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sábado, 14 de diciembre de 2019

MIDWAY

Aunque vivimos unos tiempos en que la acción y la violencia están a la orden del día en el mundo del cine, lo cierto es que el cine bélico no es el género más frecuentado, al menos no en su estado puro. Por eso, viendo Midway se respira un aroma a cine clásico, tanto en su estructura como en sus formas.
Bien es cierto que el bueno de Roland Emmerich usa (e incluso abusa) mucho el CGI, pero lo hace a merced de una historia impecablemente filmada y que, como dicta la tradición, se nutre de un elenco de actores bastante impresionante, aunque hay que decir que no todos están a su mejor nivel.
Sin embargo, quizá por el aspecto visual de sus espectaculares batallas aéreas, no es La batalla de Midway, de 1976, sino el Pearl Harbor de Michael Bay, con la que guarda ciertas similitudes. No en vano ambos directores son los grandes especialistas en la destrucción a mansalva y el tufillo patriotero de sus films (pocos han filmado la bandera americana ondeando al viento tan bien como ellos). Sin embargo, la gran ventaja de Midway sobre Pearl Harbor es que mientras Bay inventa una historia romántica que no funciona demasiado alrededor del contexto histórico (no totalmente fiel, por cierto), Emmerich pretende apostar por la realidad histórica y prescindir de florituras, lo cual hace la película más eficaz pero quizá algo repetitiva por sus muchos combates aéreos.
Sea como sea, Midway es una buena reconstrucción de la incursión de los americanos en la II Guerra Mundial y sus enfrentamientos contra los japoneses, los cuales tienen también una buena dosis de protagonismo en el metraje. Eso permite ampliar el punto de mira alrededor del conflicto, aunque, no os equivoquemos, en esta historia solo hay un bando de “buenos” y todo funciona como tributo a los héroes reales que participaron en esa mítica batalla.
Algo lastrada por esa obsesión de ser fiel a la realidad (los héroes no siempre tienen historias suficientemente interesantes detrás como para rellenar una película entera), el film está muy bien planificado y filmado, situándose entre lo mejor del cine de Emmerich, un espectáculo de piruetas y explosiones con un espíritu clásico muy agradable y que, en el fondo, da para una emocionante sesión doble para ver a continuación de la peli de Affleck y Dammon, pues las historias casi se continúan, apenas solapándose en el tramo inicial de una y final de la otra.


Valoración: Siete sobre diez.

jueves, 21 de noviembre de 2019

EN LA HIERBA ALTA

Aunque pudiera parecer Stephen King está de moda gracias a grandes producciones como It, su reciente secuela y Doctor Sueño, lo cierto es que por donde mejor se ha movido el maestro del terror es en las producciones pequeñas y de medio pelo, esas que antaño eran carne de videoclub y que, en la actualidad, dicho nicho parece haberse quedado en manos de Netflix.
Después de propuestas interesantes como El juego de Gerard y 1922, es ahora el turno de En la hierba alta, otra gran apuesta de la plataforma de streaming que se ha estrenado por todo lo alto, siendo incluso la protagonista de la inauguración del pasado Festival de Sitges. Sin embargo, las cosas no han resultado tan interesantes como parecía y la película, sin ser necesariamente mala, es lo bastante insuficiente como para dudar sobre su recomendación.
El punto más destacado de la misma es la presencia de Vicenzo Natali, el tipo que inauguró con maestría la saga Cube, adelantándose a la moda de los Escape Room y sentando las bases de un cine claustrofóbico y tramposo que más tarde se erigiría alrededor de títulos como Saw. Sin embargo, el que desde 2013 Natali hubiese estado desaparecido del panorama cinematográfico (acomodado en pequeños trabajos alimenticios en televisión) no presagiaban ya nada bueno.
En realidad, el trabajo de Natali es lo más destacado del film, esforzándose por hacer juegos de cámara visualmente muy interesantes y tratando de mantener la tensión en una historia que, la verdad, no da para mucho. Hay que señalar que la base de la misma no es una de las mastodónticas novelas de King, sino un relato breve que escribió junto a su hijo Joe Hill que podría haber dado para un interesante episodio de una seria de antologías del misterio, pero que, alargado hasta su forma de largometraje, pese a los cambios del guion respecto a la historia original, se me antoja demasiado vacía y repetitiva. Algo curioso si tenemos en cuenta que otro de los peros es que le falta tiempo para analizar más a fondo la extraña relación entre la pareja de hermanos, algo más detallada en el relato.
La cosa va de una pareja de hermanos que hacen un alto en su camino junto a un campo de hierba del que escuchan la llamada de auxilio de un niño. Cuando se adentran en la hierba alta del título, esta los atrapará en una especie de laberinto lleno de trampas, tanto físicas como mentales, que no les dejará mucha escapatoria.
Natali juega con las dimensiones paralelas y los saltos en el tiempo para dotar de más enjundia a la propuesta, pero para que ello funcione, sobre todo en su tramo final, debe pagar un peaje excesivo en forma de repetición que, quizá por obligación, podría haber funcionado en cine, pero que siendo un producto para la pequeña pantalla invita a abandonar el film en más de una ocasión.
Al final, tenemos un coctel entretenido, pero algo cansino, bastante más pobre de lo esperado, con alguna presencia importante como el icono del terror Patrick Wilson, pero que no da para mucho más análisis. Sirve para matar la tarde en un día de lluvia y frío, pero poco más.


Valoración: Cinco sobre diez.

domingo, 14 de julio de 2019

ANNABELLE VUELVE A CASA

De vuelta al Warrenverso, ese universo propio que se sacó de la manga James Wan hace ya unos años y que cuenta con películas bastante interesantes (en concreto las que él mismo dirigió) combinadas con otras ciertamente horribles (las dos últimas, sin ir más lejos), Annabelle vuelve a casa es la tercera parte de la saga sobre la muñeca maldita que arrancó con mal pie en el 2014 y remontó algo en su secuela de 2017, pero es a la vez una especie de precuela de Expediente Warren: The conjuring, ya que aquí vemos como la muñeca llega a manos de los  Warren.
Ya de entrada, es estimulante la presencia de Patrick Wilson y Vera Farmiga, aunque sea solo de manera circunstancial, dando pie a un prólogo que nos remite a los mejores momentos de la saga. A partir de ahí, será su hija quien protagonice el cotarro, juntamente con su canguro, una amiga de esta y una especie de noviete, algo que puede parecer muy trillado (y lo es, desde luego), pero que gracias a un guion solvente se acepta sin demasiados problemas, consiguiendo que se simpatice con ellos y se den por buenas las dudosas decisiones que este tipo de personajes suelen tomar para que una película así pueda seguir avanzando.
No es que Annabelle vuelve a casa sea una película aterradora, pues tras un prometedor inicio el mal rollo va perdiendo fuelle y hasta se intuye un ligero humor autoconsciente, pero al menos consigue ser suficientemente efectiva para que no aburra en ningún momento y el interés por los protagonistas nos mantenga en tensión. Sí se desaprovecha de parte sus infinitas posibilidades al permitirnos entrar en esa especie de “cámara de los horrores” que los Warren tienen en su casa, siendo más un disfrute por su exceso de personajes que por lo bien utilizados que estén, pero sin duda puede servir como catálogo de futuros spin-off como ya sucediera en su momento con La Monja.
Dirigida con buen ritmo narrativo por Gary Dauberman, que debuta tras las cámaras después de haber escrito los libretos de las anteriores Annabelle y de It, reafirmándose como especialista en el género, el reparto sufre un cambio de cromos en el caso el personaje de Judy Warren (por evidentes motivos de edad), encarnándola en esta ocasión la magnífica Mckenna Grace, de sobras conocida por haber interpretado a la versión joven de las protagonistas de Yo, Tonya y Capitana Marvel y haber participado en Independence day: Contraataque o Un don excepcional, amén de sus trabajos televisivos (La maldición de Hill HouseEl joven SheldonSucesor designado), confirmándose como una gran promesa. Junto a ella, está el rostro reconocible de Madison Iseman, la protagonista de Pesadillas 2 y una de las integrantes el cuarteto “real” de Jumanji, de la que tiene a punto de caramelo la secuela.
Sintiendo mucha desconfianza por esta película, una de las sorpresas de Annabelle vuelve a casa es que no abusa de los jumpscares, apostando más por el uso de personajes inquietantes sin que ni siquiera Annabelle llegue a tener una presencia cansina. No es terror del bueno, ni tampoco una comedia tan bestia como la que proponía Muñeco diabólico, pero al menos sube algo el listón del Warrenverso (no dejo de pensar qué mala era La Llorona) y demuestra que hay vida más allá de James Wan.
Un entretenimiento digno y, desde luego, la mejor película de la saga de la muñeca (y eso que la segunda era bastante aceptable), que no por ello no debería ser la última.


Valoración: Seis sobre diez.

domingo, 23 de diciembre de 2018

AQUAMAN

Cada vez se me hace más difícil acercarme a una película del DCEU, y mucho más hablar sobre uno de sus estrenos. Tras el desastre que supuso Liga de la Justicia, había muchas dudas de hacia donde debía encaminares en Universo Expandido de DC, y solo el éxito (y sobre todo buen sabor de boca) que dejó Wonder Woman impidió que se replantearan ciertamente hacer un borrón y cuenta nueva y comenzar de cero, aunque Aquaman se preveía como el toque de atención definitivo. De su éxito o su fracaso se levantaría el futuro de la franquicia.
Pues bien, si se trata solo de dinero, la cosa está clara. En su estreno en China Aquaman arrasó, y no le está yendo nada mal en el resto de países donde se ha podido ver ya, así que en Warner pueden respirar tranquilos: hay futuro.
Pero si se trata del aspecto cinematográfico… Ahí la cosa se pone peliaguda. Podría despacharme a gusto con la obra de James Wan y decir que es una película horrorosa, podría argumentarlo durante varios párrafos y nadie podría quitarme la razón sobre mis argumentaciones. Y, a la vez, podría defenderla a capa y espada y decir que se trata de una de las mejores películas de la saga, que es tremendamente divertida, alucinante y todo un placer sensorial y tampoco se me podría reprochar nada.
¿Es posible esto? ¿Puede Aquaman ser la mejor y peor película de una franquicia a la vez? Pues resulta que sí. Y es que con la libertad creativa que han dejado en manos de Wan (es lo que tiene cuando se contrata a un director de renombre en las horas más bajas de DC) les ha salido un extraño híbrido, una obra sumamente entretenida, que se disfruta con los ojos como platos y que resume todo lo que debería ser una película de superhéroes: emocionante, épica, espectacular y con mucha diversión, pero lo ha hecho despojándose de sus complejos de una manera tan atroz que no solo roza, sino que se zambulle directamente en el ridículo en muchos momentos de su metraje, con una puesta en escena que es por momentos de vergüenza ajena y que supone la parodia más absurda y tosca de toda la serie, robando ideas ajenas y metiéndolas en una batidora y situándose en las antípodas de películas “serias” y cargadas de trascendentalismo como fue El hombre de acero, resultando incoherente que ambas `producciones puedan compartir una misma saga.
Esa es, probablemente, la mejor palabra que define a Aquaman: ridícula. Ya cuando se anunció el proyecto abundaron los memes con imágenes del comic en el que el héroe (en las viñetas un rubito bien aseado y bastante melodramático) contaba sin complejos a lomos de un caballito de mar. Wan, en la versión más “garrula” del héroe, desmelenado y barbudo como ya se mostró en Liga de la Justicia, tiene las narices de replicar la escena, buscando también una fidelidad en ciertos uniformes (Manta Negra o El Señor del Océano, sin ir más lejos) que provocan también estupor y risa ajena.
Wan y sus guionistas, como ya he dicho, copian todo lo que pueden, y su película parce por momentos una variante del Thor de Kenneth Branagh, con esa lucha shakesperiana entre hermanos por heredar el trono del reino (aunque en este aspecto Branagh es perro viejo y ganaba la partida al director malayo), que ya se vio también, por cierto, en Black Panther, con un origen a modo flashback que evoca a Romeo y Julieta. Pero es que en esta aventura submarina (con una Atlantis que bien podría haber compartido plató con la producción de alguna de las secuelas de Avatar) también se inspira (sin demasiados disimulos) en los mitos artúricos, se hacen expediciones muy propias de Indiana Jones y se lucha contra monstruos xenomorfos, se visita una playa sacada de Jurassic World, se presenta un monstruo al más puro estilo Kaiju y eso sin contar conque la primera manifestación de los poderes del héroe se muestran de manera casi idéntica a cómo lo hiciera Harry Potter en La Piedra Filosofal.
Los efectos visuales también son bastante bipolares, yendo de lo sublime a lo mediocre, estando la gente de Warner todavía muy por debajo de Marvel en lo que a rejuvenecimiento por CGI se refiere (me dolía cada vez que aparecía en pantalla el inexpresivo Willem Dafoe de los flashbacks), y con una puesta en escena decididamente hortera, con influencias del Flash Gordon de Mike Hodges o incluso de los Power Rangers más alucinógenos. Pero el gran mérito del film es que todo esto lo hace Wan sin complejos, conocedor de que se la está jugando con estos excesos de LSD que terminan por revertir la situación y convertirse en algo positivo. Al final, los aparentes horrores de Aquaman se vuelven hipnóticos y uno puede hasta llegar a disfrutar de un espectáculo de luces y colores bastante adictivo.
Con un reparto correcto pero sin grandes alardes y una historia que, más allá de los refritos ya comentados, no es especialmente atractiva (aunque al menos no se pierde en subtramas que no van a ninguna parte ni en personajes decorativos, como le pasaba a la reciente Mortal Engines), con un Momoa carismático en su papel de canalla gracioso y una Amber Heard que por momentos parece incluso más protagonista que él mismo, la gran estrella de la función es Wan que, en medio de todo este delirio pirotécnico, resalta como el gran director que es y consigue alguna de las mejores secuencias de acción de toda la franquicia. Además, apuesta por el amor por el exceso también en cuanto a ritmo se refiere, planteando combates que en cualquier otro film podrían ser parte del clímax y que aquí es tan solo un aperitivo de lo que está por llegar.
Así, Aquaman es como una montaña rusa con constantes subidas y bajadas que hace que uno permanezca pegado a la butaca y se deje arrastrar por el absurdo sin llegarse a plantear en ningún momento el porqué de las cosas, aceptando todo lo que le está entrando por los ojos y disfrutando con un héroe que se dedica a “dar estopa” y que prefiere pelear con espada que con ese “tenedor” que heredó de su madre.
Pues ya lo saben: Aquaman puede ser una película espantosa, pero gracias al buen hacer de James Wan (y parte del mérito habría que dárselo también a una gran banda sonora de Rupert Gregson-Williams) y la total falta de complejos y carencia de sentido del ridículo, se convierte en un espectáculo muy entretenido, una divertida locura de más de dos horas que, al final, pasan en un suspiro. Y, al final, de esto es de lo que se trata, ¿no? De ir al cine a disfrutar.
De manera que al final puede que en Warner/DC lo estén haciendo bien y, tras hacer un cambio de rumbo de 180º, al fin hayan encontrado el camino correcto. La pregunta, ahora, es si sabrán seguir en esa dirección o volverán a los tumbos habituales. Eso, solo el tiempo lo dirá…

Valoración: Siete sobre diez.

lunes, 5 de febrero de 2018

EL PASAJERO

El Pasajero es la cuarta colaboración entre el director catalán Jaume Collet-Serra y Liam Neeson tras Sin identidad, Non stop (sin escalas) y Una noche para sobrevivir.
Este realizador barcelonés afincado en Hollywood tiene unas señas de identidad tan claras y definidas que resulta difícil que ninguna de sus películas lleven a engaño. En El pasajero, heredera de films de suspense hitchconianos como Extraños en un tren o incluso con dejes de los sospechosos por eliminación propios de Agatha Christie, con Asesinato en el Orient Express como mejor referencia.
En El Pasajero no hay, aparentemente, ningún asesinato, pero sí un misterio por resolver. El protagonista, un hombre que lleva diez años tomando a diario el mismo tren de cercanías y que conoce de vista a casi todos los pasajeros habituales, recibe la oferta de localizar a una persona en concreto a cambio de una generosa suma de dinero. Todo, casualmente, el día que le comunican su despido.
Este es el punto de partida de una trama imposible, llena de giros absurdos y situaciones inverosímiles que, como no podía ser de otra manera, están brillantemente resueltos por Collet-Serra. Pese a lo bien que lo hizo en los espacios abiertos de su última película, Infierno azul, el director está habituado a los espacios cerrados y claustrofóbicos, y su cómplice Neeson se mueve como pez en el agua entre los estrechos vagones de un tren abarrotado que terminará, como dictan los cánones, con los principales sospechosos reunidos en un mismo vagón.
Peleas realistas, explosiones, descarrilamientos y otros tópicos del cine de acción decoran la trama permitiendo que el director se luzca como nunca, aunque esa dejadez en el argumento termina por aguarle un poco la fiesta. Además, no sé si por culpa de la producción o debido a las carencias en la exhibición, algunos momentos se me antojaron excesivamente digitales, dándome la sensación de que en demasiados momentos se le ve el truco, convirtiéndola en una pirotecnia demasiado artificial.
Con todo, el tándem Collet-Serra/Neeson vuelve a funcionar, más si además tenemos de regalo la presencia de Vera Farmiga y se dejan ver por ahí actores de la talla de Patrick Wilson, Sam Neill o nuestra Clara Lago.
Película imposible de analizar en profundidad, pero disfrutable como espectáculo, que cumple las expectativas y hará las delicias a los fans del género.

Valoración: Seis sobre diez.

lunes, 20 de marzo de 2017

EL FUNDADOR, la creación de un imperio

Hace apenas unos días os hablaba sobre Gold, una película que, inspirándose en una historia real, hablaba sobre cómo conseguir el sueño americano y lograr llegar hasta lo más alto partiendo casi de la nada. Quizá lo más interesante de la película sea su moraleja, que es imposible lograrlo sin retorcerse entre la basura y estar dispuesto a cometer prácticas… digamos desleales como poco.

El mismo día de su estreno llegó también a las carteleras El fundador, que casi podría parecer una versión hermanada sobre el mismo tema y con las mismas reflexiones. Solo que en el caso de El fundador su director, John Lee Hancock, sabe dotar a la película de un humor ácido (para ello también ayuda, y mucho, el magnífico trabajo de Michael Keaton) que se echaba en falta en Gold.
El fundador cuenta la historia de la creación de la cadena de franquicias McDonald’s, y como tal podría casi identificarse como un spot publicitario de dos horas. Algo de ello hay, desde luego, y ya se encargan sus autores de que la firma no quede demasiado mal parada de la adaptación de la historia, aunque no se pueda decir lo mismo de su personaje protagonista, Ray Kroc. Kroc era, a mediados de la década de los cincuenta, lo que hoy en día se conoce como un emprendedor. Un emprendedor de escaso éxito, habría que añadir. Siempre estaba apostando por nuevos proyectos, dedicando todos sus esfuerzos en ellos, como el negocio de los vasos de papel o los multimixer para hacer varios batidos a la vez. Pero fue cuando conoció a los hermanos Dick y Mac McDonald y el novedoso restaurante que regentaban cuando su vida cambió definitivamente. 
Kroc no es, como pudiera parecer por el título de la película, el fundador de McDonald’s, pero sí quien supo reconocer el enorme potencial de ese tipo de restaurante diferente a todo lo que se conocía hasta entonces, con comida preparada en cadena, sin camareros y minimizando los tiempos de espera. Sí fue él el responsable de convertir la idea en una cadena de franquicias, de expandirse por toda la zona de Chicago y de crear una marca que se convertiría en todo un símbolo americano. El resto, como suele decirse, es historia…
El fundador es una película sobre cómo los sueños pueden hacerse realidad, sobre el triunfo del espíritu humano sobre las adversidades y sobre cómo nadie puede creer en uno más que uno mismo. Pero a la vez, es un fiel reflejo de cómo el dinero puede llegar a corromper, del descenso a los infiernos de alguien completamente obsesionado por triunfar y de cómo todo vale por conseguir los objetivos.

El Ray Kroc de Michael Keaton es un tipo agradable al principio de la película, buen marido y fiel amigo, pero a medida que su triunfo se va convirtiendo en realidad su espíritu se va corrompiendo hasta convertirse en un despiadado y cruel hombre de negocios, rastrero y despreciable. Sin embargo, Keaton ha logrado darle una humanidad tal que consigue que ese proceso de degradación no enturbie lo suficiente su imagen como para llegar a odiarlo, y por más que podamos sentir lástima por los “cadáveres “que va dejando en su camino al éxito, el humor cínico y (a su manera) honesto hacen de él un personaje hasta entrañable y fácil de perdonar.
El fundador no aspira a ser una revisión de El lobo de Wall Street, como pasaba con Gold, sino que es una historia mucho más humana y terrenal, y John Lee Hancock tiene la habilidad de centrarse principalmente en la ascensión de Kroc y McDonald’s sin perder demasiado tiempo en profundizar en la vida personal del protagonista, la cual con apenas cuatro pinceladas queda suficientemente definida para conocer y comprender al personaje. Por ello, la escasa aunque esencial aportación de Laura Dern interpretando a la esposa de Kroc, es fundamental para aportar el punto de vista arbitrario del propio espectador, siendo ella quien mejor puede comprender (y sufrir) el significado del ascenso de su marido.
El fundador, aparte del interés de descubrir cómo un pequeño negocio local llegó a convertirse en el monstruo empresarial que es hoy McDonald’s, es una interesante fábula sobre la lealtad, el deseo y la ambición.

Valoración: Siete sobre diez.

domingo, 19 de junio de 2016

EXPEDIENTE WARREN: EL CASO DE ENFIELD. Al fin una gran película de terror.

Tras su periplo por el mundo de los atracos y la velocidad que le supuso Fast & Furious 7 y antes de ponerse manos a la obra con Aquaman, el director James Wan regresa a su terreno más conocido, el terror, para narrar un nuevo caso real (tómese esto con pinzas) del matrimonio formado por Ed y Lorraine Warren, a los que ya nos presentó en Expediente Warren pero que no aparecían en el spin off de dicha peli: Annabelle, de la que también se ausentó el propio Wan.
Antes de entrar de lleno en mi opinión de esta película, y sin ánimos de pecar de humilde, estoy obligado a comerme mis propias palabras una vez releída mi reseña de esa primera Expediente Warren, una película inquietante pero poco más donde Wan me parecía más un maestro de la manipulación que un gran director. Tras demostrar que es capaz de cumplir a los mandos de un blockbuster (su paso por la saga de Vin Diesel fue apoteósico, por más que la desgraciada pérdida de Paul Walker ayudó en su despegue en taquilla), Wan me ha convencido también de lo gran director que puede llegar a ser, cosa de la que yo dudaba en dicha reseña.
Expediente Warren: El caso de Enfield es una estupenda película de terror, pero más allá de los sustos, las escenas inquietantes y el mal rollo de la historia (en la que vuelve a firmar como guionista Wan, por cierto), la película es, ante todo, un ejercicio de virtuosismo que la ponen muy por encima de otros productos mundanos del género. James Wan, que constituye una pieza por momentos más dramática que aterradora, sabe dotar a su historia de fantasmas y demonios de ligeras dosis de acción e incluso un toque de humor que, en lugar de desentonar como en otros de sus productos anteriores (véase el caso de Insidious 2), aporta un punto de ligereza necesaria para aliviar tensiones, mientras que se permite narrar también una historia de amor, de miedo a la pérdida y de unión familiar. 
Y lo hace regalándonos interesantes planos secuencias, jugando con los reflejos y moviendo la cámara con una sutileza de la que carecían sus otras películas.
Expediente Warren: el caso de Enfield narra la historia de una mujer abandonada por su marido que, mientras trata de subsistir con sus cuatro hijos, descubre que hay un ente diabólico en su propia casa, residuo de un antiguo propietario. Sorprende (y aplaudo) que se rompa el tópico de mujer aterrada a quien nadie cree y supone un alivio el circo mediático en que su hogar se convierte, hecho que permite la entrada en escena de los Warren, oprimidos por sus propios problemas.
Así, el matrimonio interpretado por Patrick Wilson y Vera Farmiga tiene su propia entidad, en lugar de ser los típicos secundarios sin historia ni pasado, mientras que la fabulosa interpretación de la joven Madison Wolfe, vista últimamente en Trumbo, ayuda a contagiarse del terror y la angustia que su posesión (real o imaginaria) provoca.
Y sí, también hay sustos. Y algunos muy efectivos. Y también alguna presencia que se va a convertir en icónica (baste decir que Javier Botet está en el reparto). Pero eso para mí es casi lo de menos.
Expediente Warren: el caso de Enfield funciona mucho más que como una simple película de terror. Y ello es, principalmente, mérito de James Wan.
Y de Elvis Presley, por supuesto…

Valoración: Ocho sobre diez.

domingo, 17 de noviembre de 2013

INSIDIOUS CAPÍTULO 2 (5d10)

Dicen los que entienden de esto que James Wan es el rey del terror después de poner de moda el gore con la saga Saw y, cuando todo el mundo comenzó a imitarle (no miro a nadie, Eli Roth) se salió por la tangente diciendo que el terror del bueno no precisa de sangre y se sacó de la manga la barata a la par que exitosa Insidious
Algo de razón debía tener cuando de nuevo le imitan por todas partes sin rubor, pese a que la mejor peli de miedo del año (aunque tampoco es para tanto como algunos quieren ver) ha sido suya, concretamente Expediente Warren, de la que ya se habla de secuela (lógico) y un par o tres de spin-off (¿nos hemos vuelto locos?). Así que no es de extrañar que ahora se estrene la secuela de la propia Insidious, cuyo argumento empalma directamente del final de la primera, avanzando así la narración en lugar de limitarse a repetir esquemas. Y es que si algo hay que alabar del cine de Wan es su intento de reinventarse continuamente, evitando el copia y pega que tanto usan sus imitadores. Pero claro, en esto del cine de terror (y más concretamente en la vertiente de los espíritus demoníacos) ya queda poco por inventar y lo que finalmente consigue Wan con dudoso resultado es introducir elementos menos tópicos pero que, quizá precisamente por eso, terminan por chirriar.
Claro ejemplo de ello son los dos investigadores, ya presentes en la primera entrega pero que aquí son utilizados como recurso cómico, desdramatizando en exceso la trama.
Y es que Indidiuos capítulo 2 no debería ser definida como película de terror, pues por más que se apoye en elementos sobrenaturales está más cercana a un thriller de intriga, donde el objetivo no es llegar con vida al final, sino averiguar el secreto oculto, resolver la clave del enigma.
Y en medio de todo, viajes temporales, posesiones, dramas infantiles y espiritismo (y que me perdonen los apasionados del tema porque imagino que habrá una base científica detrás, pero ver a Carl interpretando los mensajes de los difuntos mediante unos dados con letras me invita a pensar está jugando al Apalabrados con ellos), un pastiche de mil y una cosas que, en busca de romper tópicos acaba confundiendo al personal con un batiburrillo que al final no conduce a nada.
Una vez más, el punto fuerte de la película de Wan son sus intérpretes, en especial un Patrick Wilson apegado al género y director que se mueve como pez en el agua pero cuya carrera puede encasillarse peligrosamente (¿alguien lo recuerda en Watchmen?)

Así que, resumiendo, nueva vuelta de tuerca a lo de siempre en una película que entretiene pero poco más, pero que quien busque sustos que no se haga ilusiones.

domingo, 21 de julio de 2013

EXPEDIENTE WARREN: THE CONJURING (5d10)

Dicen por ahí que James Wan es el nuevo rey del terror americano. Narices no le faltan, desde luego, a este realizador nacido en Malasia que en lugar de buscar el acomodo fácil de los remakes ochenteros que tanto pululan por ahí últimamente prefirió buscarse las habichuelas por su cuenta y, partiendo de sus propios guiones, crear una nueva saga que iba a convertirse casi de inmediato en un clásico. Me estoy refiriendo, por supuesto, a Saw, que escribió y dirigió en 2004 y cuyas continuaciones dejó en manos de otros (aunque se mantuvo como productor desde la 2 a la 7), aunque se encargó de escribir también el argumento de la tercera parte. Cuando todo el mundo se dio cuenta del nuevo filón y comenzó a copiarlo, abusando del kétchup en mil y unas producciones, él se desmarcó diciendo que el terror del futuro debía prescindir de la sangre, y se embarcó en una historia más clásica de fantasmas como Insidious, que volvió a dar en el clavo y de la que ya está rodando la secuela.
En este estilo habría que incluir a Expediente Warren, el relato verídico (cada uno que crea lo que quiera) de un matrimonio famoso por sus estudios parapsicológicos y su caso más aterrador (bueno, no sé si será realmente el más aterrador, pues están preparando ya el rodaje de una secuela que se basará en otro caso real investigado por estos señores). El matrimonio Warren, formado por Ed (Patrick Wilson, que ya estaba en Insidious y al que podemos recordar también como protagonista de Watchmen) y Lorraine (Vera Farmiga, la estupenda actriz de Up in the air, Infiltrados o Código fuente, por ejemplo) que deciden ayudar a la familia Perron (Lili Taylor, que ya lo pasaba mal en La Guarida y daba muy mal rollo en Rescate, es la única cara conocida de este matrimonio con cinco hijas) que se mudan a un caserón cercano a un lago poblado por diversos espíritus, uno de los cuales quiere poseer a la madre y obligarla a matar a su benjamina.
Lo mejor de la película, aparte de sus actores, de una calidad sorprendente en este tipo de producciones, es la construcción narrativa, que nos muestra las historias de los Warren y los Perron de forma paralela hasta que sus historias se unen definitivamente, en lugar de hacer que los investigadores (los verdaderos protagonistas del film) aparezcan en mitad de la trama, como sucedía en Poltergreist, por ejemplo.  Lo peor es que, pese a lo bien construida que está la atmósfera y lo efectivos que son los sustos no se puede evitar la sensación de haberlo visto todo con anterioridad. Fantasmas que se reflejan en espejos, sombras, pies de ahorcados, cajas de música, posesiones… si, vale, quizá no todo junto en una sola película (y que nos insisten en que es todo real, incluyendo en los títulos de crédito fotografías de los personajes originales) pero todo me resulta ya muy manido, muy conocido. Los sustos te podrán hacer saltar de la butaca, pero en ningún caso te acompañarán a casa y se meterán en tu cabeza a la hora de dormir, como debería hacer una buena película de terror. En este sentido Wan ha fallado, quizá lastrado por no poder manipular el guion a su antojo.
Y permitidme que me aleje por un momento de la película, pero no puedo evitar comentar un curioso dato sobre el director, ya que acaba de confirmarse cuál será su próximo proyecto una vez finalice Insidious 2 y antes de Expediente Warren 2… ¡¡¡Fast & Furious 7!!! Eso sí que puede dar miedo de verdad, más cuando en esta película demuestra que no es un virtuoso con la cámara, precisamente, buscando más los movimientos torpes con aire documental y planos largos y lentos, algunos demasiado, que el ritmo frenético adecuado para una película de acción.

En fin, miedo y mal rollo, pero no el suficiente. Solo Wilson y Farmiga permiten que la película esté algo por encima del montón de exorcismos que vemos en cine mes sí, mes no. Algo es algo.