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sábado, 6 de abril de 2019

DUMBO

Empiezo a estar francamente cansado de este nuevo invento de Disney que consiste en revisionar sus grandes clásicos de la animación para reinterpretarlos con actores de carne y hueso. Aunque no haya tenido todavía ningún descalabro (ya veremos que pasa con Aladdin), lo cierto es que el público empieza a revelar síntomas de agotamiento y las taquillas están respondiendo a la baja.
Dumbo es el último ejemplo de esta dejadez literaria y este camino por la vía fácil que parece haber tomado definitivamente la casa del ratón, temerosa quizá de que todos sus productos originales se conviertan en fracasos (El Cascanueces y los cuatro reinos tuvo una tibia acogida mientras que Un pliegue en el tiempo fue directamente un merecido fracaso). Y eso que no reparan en gastos a la hora de contratar a realizadores de prestigio para sus proyectos, aunque de poco sirven si luego se encuentran demasiado maniatados para dejar que su estilo brille por sí solo.
Posiblemente este sea uno de los grandes problemas de Dumbo. Siendo su antecesora animada una obra maestra, resultaba difícil estar a la altura, pero en manos de cualquier director artesanal del montón uno se podría conformar que el pasatiempo entretenido y por momentos emotivo que es esta nueva adaptación del elefantito volador. Aprovechando el avance técnico para construir a un Dumbo realmente enternecedor y creando una historia tópica pero funcional alrededor de unos protagonistas humanos que no existían en la primera película, no haría falta pedirle mucho más al film para que cumpliese con creces como cine familiar mucho menos dramático que la antecesora, pero muy correcta, al fin y al cabo. Sin embargo, la presencia de Tim Burton tras las cámaras, y más con el tema circense de por medio, invitaba a pensar que íbamos a poder disfrutar del derroche visual característico de este director, de una imaginería loca y casi surrealista que iba a hacer que olvidásemos las comparaciones con la película de 1941. Sin embargo, esto no es así, y Burton se limita a hacer un trabajo correcto, pero para nada arriesgado, una película que solo en un par de momentos se puede intuir que es de su autoría y que está a años luz de su mejor época. Añade dolor al asunto que se cuente con la participación de Michael Keaton y Danny DeVito en el reparto (además de la música de Danny Elfman), lo cual hace que añoremos aún más la época de Batman vuelve en la que coincidieron ya los cuatro artistas (aunque los actores, curiosamente, con los roles intercambiados).
Así pues, Dumbo es una película visualmente interesante y divertida, algo alargada y sin la emotividad tan potente que cabría esperar, pero a la que le falta algo más de magia, algo de chispa que nos invite a dejarnos de comparaciones y disfrutarla como si el clásico de animación no fuese un referente inevitable.
Pero, cuando la sensación es que el único objetivo de estas películas es hacer dinero, la cosa no termina de funcionar nunca. Y ni siquiera Eva Green es un as suficientemente ganador para esta bajara de cartas marcadas.

Valoración: Cinco sobre diez.

domingo, 5 de noviembre de 2017

AMERICAN ASSASSIN, vengador antiterrorista.

American assasin se sitúa en el centro de una fructífera serie de novelas de intriga política del escritor Vince Flynn con Mitch Rapp como protagonista. Aunque la película homónima que ha dirigido Michael se basa directamente en ella, han tomado también elementos de otras obras y han rejuvenecido convenientemente al protagonista para que sirva como carta de presentación ante una supuesta nueva saga de un héroe de acción a la altura de James Bond, Jason Bourne, Ethan Hunt o Jack Ryan.
American Assassin narra la historia de un joven que, tras presenciar como su prometida muere en un atentado terrorista en Ibiza decide entregarse en cuerpo y alma a perseguir y exterminar a todos aquellos activistas radicales que se pongan en su punto de mira. Algo así como un Punisher internacional, para que me entiendan los seguidores de Marvel. Esto llama la atención de Irene Kennedy, subdirectora de la CIA, que ve en él las actitudes necesarias para incorporarlo a un programa de adiestramiento para convertirlo en un súper agente secreto, todo bajo la supervisión del veterano y estricto Stan Hurley. La única pega es que Rapp no parece muy bueno acatando órdenes, confundiendo a menudo el cumplimiento de la misión con su cruzada personal.
Como se puede apreciar, no hay nada que suene a original en la trama. Y tampoco su puesta en escena es nada del otro mundo. Michael Cuesta, del que hace no demasiado pudimos ver Matar al mensajero, se limita a realizar un trabajo correcto, con escenas de acción bien filmadas y que, si bien no quedarán para siempre en nuestra memoria, al menos no molestan.
Quizá el plato fuerte de la película haya que buscarlo en sus protagonistas, con ese duelo entre jóvenes estrellas como son Dylan O’Brien (a punto de culminar la saga de El corredor del laberinto) y Taylor Kitsch (que aún está esperando la gloria que John Carter le negó), aunque cuando realmente se tensa el ambiente es cuando entra en escena Michael Keaton, que tras unos años en el ostracismo parece que el éxito de Birdman lo ha recuperado a lo grande, bastando como prueba su trabajo en Spiderman Homecoming.
Con estos elementos, American Assassin es una película de acción más, con ligeros apuntes políticos, que no parece suficiente para demostrar que merece tener su propia franquicia pero que tampoco llega a aburrir en ningún momento. Es cine de entretenimiento que se deja ver con agrado y al que no se le debe pedir demasiado para que no salten todas las costuras.
American Assassin es, simplemente, más de lo mismo. Pero si ese mismo está bien hecho, tampoco es paras quejase demasiado, ¿no?

Valoración: Seis sobre diez.

lunes, 31 de julio de 2017

SPIDERMAN HOMECOMING, el verdadero amigo y vecino Spiderman

Spiderman ha vuelto a casaGracias al acuerdo al que llegaron hace un par de años con Sony, pese a no recuperar los derechos, Marvel consiguió incorporar al trepamuros en el MCU, de manera que pudiera codearse con Los Vengadores y el resto de superhéroes de La Casa de las Ideas. Ya en Capitán América: Civil War tuvimos un aperitivo, pero faltaba por ver cómo sería dejar volar al arácnido solo, más teniendo en cuenta que este es su tercera versión en poco tiempo.
Aun siendo una película Sony, todo el desarrollo creativo ha estado en manos de Marvel, con Kevin Feige a los mandos, y eso se nota. Spiderman homecoming no es, de forma intencionada, una gran película, no estando el bueno de Peter Parker entre la élite, sino perteneciendo más bien a esa clase media en la que se encontraría Ant man, Dr. Strange o Los Guardianes de la Galaxia
Es por eso que en lugar de tener villanos excesivamente megalomaníacos, el Buitre al que interpreta magistralmente Michael Keaton es mucho más terrenal, y se insiste mucho en la imagen de “héroe del barrio” de Spidey, recuperando incluso el slogan de “su amigo y vecino Spiderman”. No hay en esta Homecoming grandes amenazas cósmicas, invasiones alienígenas ni gemas del infinito, pero sí mucha diversión, buscando constantemente un entretenimiento puro con un aroma juvenil muy deudor del cine de John Hugles.
El primer cambio con respecto a las anteriores versiones fílmicas de Sony es la práctica reducción de los elementos dramáticos, empezando por obviar todo lo referente a la muerte del tío Ben o a los orígenes de los poderes arácnidos. No es que esta no sea una película de origen, porque en el fondo sí lo es, pero en lugar de contarnos lo de siempre se decide convertir a Tony Stark en esa figura paternal/mentor que, sin necesidad de pronunciar la célebre frase, enseñe a Peter eso de que todo gran poder… La clave, sin embargo, radica en que estamos ante un Peter mucho más joven que en las anteriores encarnaciones, lo que se traduce también en alguien más impulsivo y arriesgado, cuyas buenas intenciones no le impiden cometer errores. Se esto trata, en el fondo, Homecoming, del proceso de aprendizaje del héroe, que deberá pasar de novato a profesional hasta aspirar, en un futuro cercano (en Los Vengadores: La Guerra del Infinito, para ser más exactos), a convertirse en Vengador.
El Buitre, por su parte, forma parte de esa galería de villanos secundarios del comic, mucho menos históricos que El Duende Verde, el Doctor Octopus o Veneno, pero igualmente carismático, el cual, pese a cambiar notablemente con respecto al tebeo, mantiene alguna de las características básicas, como la relación personal con Peter (en los comics llega intimar con tía May, aquí… bueno, aquí hay otra cosa). Es, además, un villano moderno, un demagogo de esos que culpa de todos sus males a los poderosos (aquí no se culpa a los bancos o al gobierno, pero sí a Stark, que no deja de ser una especie de mezcla entre ambos estamentos), justificando así sus fechorías (es todo por proteger a su familia). Un villano que podría resultar esperpéntico pero que con el rostro de Keaton resulta fantástico, quizá de los mejores villanos Marvel hasta la fecha, a la altura del Loki de Hiddleston.
Sí es cierto que las versiones de Maguire y Garfield podían parecer más fieles al comic, pero esa es otras de las especialidades de Feige, transformar los personajes sin violar nunca su esencia. Así, este Spiderman y sus secundarios resultan una mezcla entre el Spidey original y el de la línea Ultimate, incorporando cosas del Spiderman Superior (toda esa ayuda tecnológica) e incluso sentando las bases de un posible futuro de la mano del Spider-man de Miles Morales.
John Watts, novato en esto de dirigir superproducciones, consigue hacer encajar todas las piezas a la perfección, consiguiendo un ritmo perfecto, con escenas espectaculares, grandes dosis de humor y el toque justo de seriedad. Tom Holland, por su parte, tal y como ya nos dejara intuir en Civil War, logra ser el Peter Parker definitivo, haciendo olvidar a sus predecesores y augurando un gran futuro al personaje.
Este nuevo Spiderman llega de la mano de Los Vengadores, pero ese no es más que un peaje para rodearlo de un ambiente que nos sea más familiar, sin llegar a sobrecargar. Es por ello que la presencia de Stark es adecuada y hay mucho menos Iron Man de lo que hacían presagiar los trailers y carteles. Tanto es así que incluso su mano derecha, ese Happy al que da vida John Favreau, tiene más presencia en pantalla que el propio Robert Downey Jr. Y aun así, nunca se pierde de vista que esta es una película de Spiderman y solo de Spiderman, siendo él (bueno, y Peter Parker) la verdadera estrella de la función.
Quizá la apuesta por el tono de comedia escolar más que por la epicidad le quiten algo de pretensiones, y no llegue a ser nunca una película de mil millones de recaudación (como imagino le habría gustado a Sony), pero de lo que no cabe la menor duda es de que es la película que todo fan del personaje (hastiado ya de que sea la sexta película en quince años) estaba esperando.
Puede que Spiderman Homecoming no sea una película perfecta, pero lo cierto es que se me hace muy complicado buscarle algún error.

Valoración: Ocho sobre diez.

lunes, 20 de marzo de 2017

EL FUNDADOR, la creación de un imperio

Hace apenas unos días os hablaba sobre Gold, una película que, inspirándose en una historia real, hablaba sobre cómo conseguir el sueño americano y lograr llegar hasta lo más alto partiendo casi de la nada. Quizá lo más interesante de la película sea su moraleja, que es imposible lograrlo sin retorcerse entre la basura y estar dispuesto a cometer prácticas… digamos desleales como poco.

El mismo día de su estreno llegó también a las carteleras El fundador, que casi podría parecer una versión hermanada sobre el mismo tema y con las mismas reflexiones. Solo que en el caso de El fundador su director, John Lee Hancock, sabe dotar a la película de un humor ácido (para ello también ayuda, y mucho, el magnífico trabajo de Michael Keaton) que se echaba en falta en Gold.
El fundador cuenta la historia de la creación de la cadena de franquicias McDonald’s, y como tal podría casi identificarse como un spot publicitario de dos horas. Algo de ello hay, desde luego, y ya se encargan sus autores de que la firma no quede demasiado mal parada de la adaptación de la historia, aunque no se pueda decir lo mismo de su personaje protagonista, Ray Kroc. Kroc era, a mediados de la década de los cincuenta, lo que hoy en día se conoce como un emprendedor. Un emprendedor de escaso éxito, habría que añadir. Siempre estaba apostando por nuevos proyectos, dedicando todos sus esfuerzos en ellos, como el negocio de los vasos de papel o los multimixer para hacer varios batidos a la vez. Pero fue cuando conoció a los hermanos Dick y Mac McDonald y el novedoso restaurante que regentaban cuando su vida cambió definitivamente. 
Kroc no es, como pudiera parecer por el título de la película, el fundador de McDonald’s, pero sí quien supo reconocer el enorme potencial de ese tipo de restaurante diferente a todo lo que se conocía hasta entonces, con comida preparada en cadena, sin camareros y minimizando los tiempos de espera. Sí fue él el responsable de convertir la idea en una cadena de franquicias, de expandirse por toda la zona de Chicago y de crear una marca que se convertiría en todo un símbolo americano. El resto, como suele decirse, es historia…
El fundador es una película sobre cómo los sueños pueden hacerse realidad, sobre el triunfo del espíritu humano sobre las adversidades y sobre cómo nadie puede creer en uno más que uno mismo. Pero a la vez, es un fiel reflejo de cómo el dinero puede llegar a corromper, del descenso a los infiernos de alguien completamente obsesionado por triunfar y de cómo todo vale por conseguir los objetivos.

El Ray Kroc de Michael Keaton es un tipo agradable al principio de la película, buen marido y fiel amigo, pero a medida que su triunfo se va convirtiendo en realidad su espíritu se va corrompiendo hasta convertirse en un despiadado y cruel hombre de negocios, rastrero y despreciable. Sin embargo, Keaton ha logrado darle una humanidad tal que consigue que ese proceso de degradación no enturbie lo suficiente su imagen como para llegar a odiarlo, y por más que podamos sentir lástima por los “cadáveres “que va dejando en su camino al éxito, el humor cínico y (a su manera) honesto hacen de él un personaje hasta entrañable y fácil de perdonar.
El fundador no aspira a ser una revisión de El lobo de Wall Street, como pasaba con Gold, sino que es una historia mucho más humana y terrenal, y John Lee Hancock tiene la habilidad de centrarse principalmente en la ascensión de Kroc y McDonald’s sin perder demasiado tiempo en profundizar en la vida personal del protagonista, la cual con apenas cuatro pinceladas queda suficientemente definida para conocer y comprender al personaje. Por ello, la escasa aunque esencial aportación de Laura Dern interpretando a la esposa de Kroc, es fundamental para aportar el punto de vista arbitrario del propio espectador, siendo ella quien mejor puede comprender (y sufrir) el significado del ascenso de su marido.
El fundador, aparte del interés de descubrir cómo un pequeño negocio local llegó a convertirse en el monstruo empresarial que es hoy McDonald’s, es una interesante fábula sobre la lealtad, el deseo y la ambición.

Valoración: Siete sobre diez.

domingo, 7 de febrero de 2016

SPOTLIGHT: el valor de la verdad.

Spotlight es una de las sorpresas del año, una película pequeña, que de no ser por el nivel de su reparto habría caído en los circuitos de corte independiente, pero que se ha colado por méritos propios en la lista de los próximos Oscars, incluyendo las categorías de película, director y dos de sus intérpretes y que ya ha sido comparada con Todos los hombres del presidente.
Basada en los sucesos reales acontecidos en Boston a principios de los noventa, la película detalla como el equipo periodístico conocido como Spotlight destapó un enorme escándalo de corrupción y pedofilia dentro de la Iglesia Católica. La película, dirigida por Tom McCarthy, no se corta lo más mínimo en su denuncia hacia los estamentos eclesiásticos, pero no desea caer en el melodrama fácil escarbando en las miserias de las víctimas de los abusos sexuales que se desvelan y denuncian, sino que se centra sobre todo en el ejercicio periodístico que el equipo vinculado al Boston Globe  realizó. De esta manera, Spotlight es sobre todo una película sobre el mundo del periodismo, mostrando a la perfección su trabajo y glorificando a los profesionales del cuarto poder.
Spotlight carga todas sus tintas contra la Iglesia, que quedó muy retratada por lo que se puso al descubierto en Boston y que supuso un cambio en su estructura interna, consiguiendo que por primera vez se reconocieran los casos de pedofilia, se pidiera perdón por ello y se realizaran merecidas compensaciones para las víctimas. 
Quizá en un vistazo superficial se pueda parecer un poco imparcial el retrato al clero que se realiza (no hay manera de justificar a los abusos, y el porcentaje de un 6% del sacerdocio de Boston me parece aterrador, así como el hecho de que la cúpula tratase de ocultarlo e incluso protegerlo, pero la condena que se hace de todo el clero como metiendo en el mismo saco al 94% restante tampoco es de rigor), pero al final los “malos de la peli” son casi un simple leif motive para que avance la trama, una justificación que no desvía la atención de los focos de los verdaderos protagonistas, los periodistas, y que en caso de haber sido un relato de ficción podría haber resultado igual de fascinante en caso de haberse optado por la corrupción política que hay en la actualidad en nuestro país o los escándalos financieros que denuncian otras películas como La gran apuesta.
Pero como digo, lo importante es la prensa. Y por ello el reparto que compone al equipo Spotlight es impresionante. Liderados por un Michael Keaton que pareció renacer con Birdman y no parece querer desaprovechar esa oportunidad, el resto del equipo lo componen Mark Ruffalo, Rachel McAdams (ambos nominados al Oscar) y Brian d’Arcy James. Además, se cuenta también con la presencia de John Slattery como editor del Globe, Liev Schreiber como nuevo editor jefe e impulsor de la investigación) o Stanley Tucci en el papel de abogado de las víctimas.
Intrépida, emotiva y alejada del sentimentalismo rancio, Spotlight es imprescindible por lo que revela pero más aún por cómo lo revela. Y sobre todo por las brillantes interpretaciones que nos regalan sus actores.

Valoración: 8 sobre 10.

miércoles, 31 de diciembre de 2014

BIRDMAN (O LA INESPERADA VIRTUD DE LA IGNORANCIA) (8d10)

Anunciada como uno de los platos fuertes del 2015, Birdman (o la inesperada virtud de la ignorancia), es una nueva genialidad del mexicano Alejandro González Iñárritu después de que su último film, Biutiful, no terminara de estar a la altura de las expectativas.
Esto no significa que Iñárritu haya vuelto a sus orígenes, pues Birdman poco o nada tiene que ver con sus Amores perros, 21 gramos o Babel, todos ellos dramas profundos donde apenas había espacio para el humor. Birdman puede ser considerada un drama, por supuesto, pero está tan repleta de situaciones hilarantes y contiene un humor negro (muy negro) tan brutal que resulta imposible no reírse a menudo con ella, pese al camino autodestructivo que vemos emprender a su protagonista.
Michael Keaton renace de sus cenizas para interpreta a Riggan Thomson, un tipo que bien podría ser un reflejo de sí mismo, un actor que en los noventa triunfó encarnando a un superhéroe (cambien el Birdman del título por el Batman de Burton y todo arreglado) y que ve que ahora que el cine superheróico está más de moda que nunca (impagables las alusiones a los últimos éxitos de Marvel) se da cuenta que su tren ya ha partido, decidiendo refugiarse en Broadway, donde se enfrenta a una obra adaptada, dirigida e interpretada por él mismo (basada en el relato de Raymond Carver De qué hablamos cuando hablamos de amor) que le supone una última oportunidad para demostrar su valía como actor.
Birdman habla, pues, de las últimas oportunidades. Últimas oportunidades como actor, últimas oportunidades como padre y últimas oportunidades como ex marido. Y se enfrenta a ello consciente de que Birdman no sólo es el personaje que más fama y riqueza le ha dado, sino también el que más le ha quitado. Como en el Fausto de Dante, Birdman es quien ha mercadeado con el alma de Thompson, dirigiendo sus pasos artísticos y corrompiendo incluso su propia cordura, con momentos que pueden evocarnos al Cisne negro de Aronofsky.
Quizá viéndose reflejado en el espejo, Keaton construye un personaje poderoso y débil a la vez, de tortuosos sentimientos, encerrado en sí mismo y en constante búsqueda de su propia identidad. Una interpretación magistral que, como con su alter ego Thompson, nos invita a preguntarnos cómo es posible que un solo personaje pueda absorber toda una carrera reduciendo su currículo (a nivel popular, me refiero) a sus dos películas del hombre murciélago y poco más.
A su alrededor, como en la también inminente Mapa de la estrellas de David Cronenberg, se encuentra una colección de personajes perdida en sus propios desvaríos: el actor de teatro mucho más valorado por la crítica pero casi desconocido para el gran público, la hija con problemas con la droga, la aspirante a actriz, el amigo y manager… Una gran familia, esta del teatro, de la que Iñárritu se burla con sutileza, aunque no con más dureza que sus chanzas hacia la familia del cine. 
Es, sin embargo, la crítica especializada contra quien realmente dispara a matar, con un discurso del personaje de Keaton acorralando a la crítica más influyente de Nueva York, que invita a levantarse en mitad de la sala para aplaudir.
Pero no sería justo alabar esta película quedándonos tan solo con su guion, pues Alejandro González Iñárritu parece emular a su colega y compatriota Cuarón en Gravity (película con la que comparte director de fotografía) al emplear el recurso del plano secuencia, alcanzando el más difícil todavía al ser capaz de realizar prácticamente toda la película en un único plano (a nivel visual, claro; técnicamente es evidente que hay varios cortes, aunque muy bien disimulados), con una sóla pausa, ya llegados al final, para separar la historia de su epílogo devastador.
Como para rematar la broma, el prodigioso reparto (todos ellos están estupendos) está conformado por dos actrices pertenecientes a la renovada moda superheróica de la que tanto se burlan, Edward “Hulk” Norton y Emma “Gwen Stacy” Stone (esta chica se las está apañando para estar en todas partes), a los que les compenetran Naomi Watts y un sorprendentemente formal Zach Galifianakis.
Con una música atronadora (y por momentos conscientemente molesta) y una imaginación desbordante, Birdman entremezcla con inteligencia las tesituras del cine y el teatro, desnudando sus intimidades y consiguiendo divertir, emocionar, soñar, sufrir y llorar. Todo a la vez. Y recordarnos, una vez más, que el glamour de Hollywood (o Broadway) no siempre es tan esplendoroso como parece.

lunes, 7 de abril de 2014

NEED FOR SPEED (3d10)

Ya he comentado alguna vez que considero que una película, para ser considerada buena, debe estar destinada a todo tipo de público, no solo a los incondicionales de un género o, como es el caso, subgénero. Así, Need for speed es una estupidez increíble que solo ofrece una sucesión de carreras espectaculares que parecen más la demo del videojuego en que se basa que una película de cine, con un guion tan plano como previsible, unos actores sin carisma (ni siquiera salvo a Dominic Cooper, el papá Stark de El Capitán América: el primer Vengador) y un metraje excesivo que solo puede interesar a los devoradores de videojuegos de coches y amantes de la adrenalina tuneada. ¿En serio son necesarios 132 minutos para este hermano bastardo de Fast & Furious venido a menos?
Podría explicar el argumento de cabo a rabo y no hacer un solo spoiler, pues no hay ninguna escena que sorprenda ni ningún giro de guion que no se pueda adivinar antes incluso de comprar la entrada del cine, pues el George Gatins este que no tiene reparos en firmar el guion sin usar pseudónimo ni nada no se complica la vida en absoluto y sigue un esquema tan clásico como lineal que insulta la inteligencia del espectador y aburre hasta a las ovejas, ya que en lo único en lo que han echado el resto es en las escenas automovilísticas, y saber sin posibilidad de error como van a terminar no ayuda a crear demasiada emoción.
Tobey Marshall (Aaron Paul, recién salido de Breaking Bad) y sus amiguitos del alma son un grupito de niñatos anormales que se dedican a hacer carreras de coches ilegales sin importarles los accidentes que provocan e incluso aplaudiendo entre risas cuando están a punto de atropellar a alguien. Entonces se cruza en sus caminos Dino (Cooper), el tipo guay que robó la novia a Tobey y es rico y famoso. Hay una movida con drama lacrimógeno incluido, Tobey va a la cárcel siendo inocente (o eso se creen ellos, si por mi fuera terminaría la película a los cinco minutos metiendo a todos los payasos estos en un calabozo y tirando luego la llave) y, como es tan majo que pasa de aprender la lección, lo primero que hace es meterse en una carrera súper mega guay y súper mega secreta donde tendrá la ayuda de la típica rubia de bote (Imogen Poots) con la que acabará liándose (uy, se me ha escapado un spoiler, perdón) y podrá vengarse del chulitoplaya. Por medio hay un negro chistoso que celebra las victorias con bailes ridículos (lo nunca visto), unos policías absolutamente imbéciles que no dan pie con bola y un Michael Keaton que, aun haciendo lo de siempre (se comenta que rodó todas sus escenas en un par de horas) termina siendo lo mejor de la película.
No encuentro ninguna excusa para simpatizar con los protagonistas, de manera que en todo momento me importa un pepino quien gane cada carrerita, indignándome por el total desprecio hacia la seguridad de los demás, como queriendo enseñar a los espectadores (el público potencial de esto son niñatos imberbes que se creen que pueden hacer esto con sus propios coches y algún que otro adulto falto de algún hervor) lo diver que es saltarse las normas y destrozar todo lo que se les cruza por delante.
No hay aquí ni una subtrama interesante ni personajes (o actores) con los que simpatizar, como la imitada Fast & Furious, ni –por supuesto- un mínimo desarrollo de personajes ni diálogos aprovechables como en la grandiosa Rush (para que veáis que mi problema con esta película no es que tenga fobia a los coches) o en cualquiera de las películas que rodó volante en mano el legendario Steve McQueen.
Lo único que podría salvar mínimamente la película sería la corrección visual en los momentos más trepidantes y el acierto que me parece que todas las escenas hayan sido rodadas por especialistas, es decir, sin retoques digitales por ordenador. Poca cosa para justificar el precio de la entrada, aunque seguro que no le faltarán defensores al videojuego con ¿actores? este.

Personalmente, os recomendaría quedaros en casa jugando al Need for speed en la Play. Con algo de suerte, pronto llegará el Furious 8.

lunes, 17 de febrero de 2014

ROBOCOP (4d10)

En 1987 un Paul Verhoeven recién llegado a los Estados Unidos haría la primera de sus tres grandes películas, RoboCop (después de Desafío Total e Instinto Básico su nombre dejó de ser sinónimo de éxito), una brillante y salvaje fábula policíaca y de ciencia ficción sobre un personaje mitad hombre mitad máquina que daría pie a dos secuelas, cuatro series de televisión y toda una franquicia en comics.
Ahora, 27 años después llega un posiblemente innecesario remake con José Padiha a los mandos y Joel Kinnaman como protagonista. Pero sería injusto cargar a esta película con la losa de ser constantemente comparada con su antecesora, así que mejor la olvidamos y la intentamos analizar como obra individual.
Y como obra individual RoboCop es demasiado plana como para entusiasmar, con un director sin demasiada pericia en las secuencias de acción (recuerden que su currículo se reduce a Tropas de Élite 1 y 2) y un actor que no produce nada de empatía, al que le perjudica enormemente su ego (como también sucede en la mayoría de películas de superhéroes) que obliga al director a rodar demasiadas secuencias con la cara descubierta (aprovecho el momento para aplaudir la valentía de actores como Hugo Weaving o Karl Urban por atreverse a interpretar personajes sin rostro como en V de Vendetta o Juez Dreed), con lo que sus escasas dotes interpretativas salen a relucir lastrando la acción del film, así como toda la subtrama familiar que –sinceramente- nos importa un pepino. Que en una película de un robot policía las mejores secuencias sean los duelos interpretativos entre despachos de Michael Keaton y Gary Oldman demuestran que algo se está haciendo mal.
Visualmente, por supuesto, es impecable, no en vano ha costado más de cien millones de dólares, pero algo rechina en esta producción que…
¡Oh, vamos! ¿En serio se han creído que no la vamos a comparar con el RoboCop de Verhoeven? Por supuesto que debemos hacerlo. No estamos hablando de la adaptación de un libro o de un comic. Es una versión de una historia casi perfecta, con una violencia y una mala baba genial que por aquí no aparece por ningún lado y con una supuesta crítica social que, en el remake, aparte de en sus primeros diez minutos, termina desvaneciéndose hasta desaparecer, al no ser que nos conformemos con las pesadas apariciones de Samuel L. Jackson como presentador de noticias con aire de telepredicador.
No se entiende que contraten a un director supuestamente con personalidad como Padiha para no concederle después total libertad, o que la película deba estrenarse con una calificación moral baja cuando una de las cosas que hicieron grande al auténtico RoboCop fue su generosidad con la sangre, o que ellos mismos reconozcan sus propios complejos con el cambio de color del uniforme con su posterior rectificación.
No les voy a intentar meter en la cabeza que esta película es una auténtica basura, pues tampoco es para tanto, pero  no es ni tan trepidante, ni tan emocionante ni tan divertida como aquel clásico ochentero, y por buenos secundarios que se hayan fichado no consiguen hacer olvidar a Miguel Ferrer, Ronny Cox o Nancy Allen.

Lamento decir esto pero si quieren que les sea sincero, si desean disfrutar de la película ahórrense la entrada del cien y corran a su videoclub a recuperar al Robocop que fue Peter Weller. Disfrutarán más.