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sábado, 3 de enero de 2015

EL JUGADOR (2015) (6d10)

En 1974 James Caan protagonizó la película El jugador (The gambler) sobre un profesor de literatura adicto al juego. La actual película de Rupert Wyatt (director de El origen del Planeta de los Simios) es un remake de aquella (de ahí que en el título en español se haya añadido el año: con lo que les gusta lo de traducir mal los títulos y aquí no han sido capaces de buscar una fórmula un poco más original…) pero con sutiles diferencias.
La obra de Karel Reisz nació con la sana intención de ser una especie de documental que en su paso a largometraje se convirtió en una metáfora de la época crítica y decadente en la que estaba sumergida por aquel entonces los Estados Unidos. El descenso a los infiernos de Caan era el descenso de todo un país, de una sociedad demasiado acostumbrada a caminar en el alambre, a vivir al límite sin pararse a pensar en las consecuencias.
Wyatt no ha pretendido ir tan lejos, desdibujando incluso a la ciudad de Los Angeles que un borroso telón de fondo por el que corretea el protagonista Jim Bennet (en esta ocasión interpretado por Mark Wahlberg), un profesor de literatura con alguna novela de éxito en su haber y de ascendencia acomodada que podría tenerlo todo en la vida si no fuera por su adicción al riesgo (más que al juego). Bennett contrae deudas con los tipos más peligrosos del circuito, pero la única respuesta que halla para salir del agujero es apostando todavía más, entrando voluntariamente en una espiral de autodestrucción suicida que lo alejará de todo y de todos.
Wyatt no arriesga tanto como hiciera su colega también británico hace ya treinta años, rehuyendo del retrato frío y acusador de las salas de juego y casinos como simples mercantes de almas. Aquí no son los locales de dudosa legalidad los malos de la película, ni los abusivos prestamistas que se aprovechan de las debilidades de su cliente. Aquí la víctima y el villano son la misma persona, un Bennett de atractivo magnetismo en algunos momentos y despreciable indiferencia en otros, en una interpretación algo más esforzada de lo habitual tratándose de Wahlberg, que logra encontrar el punto justo de cinismo con que sazonar su patética conducta.
A su alrededor, orbitando a su antojo como simples marionetas, Jessica Lange, John Goorman y Michael Kenneth Williams dejan huella con su presencia imponente, mientras que la joven Brie Larson aporte el punto de candidez que invita a ver un rayo de esperanza en la oscuridad que rodea a Bennet.
Filmada con cierto deje videoclipero y dividida por una especie de capítulos correspondientes a los diez días que transcurren desde que Bennet recibe un ultimátum de sus acreedores al arranque del film, Wyatt carece de la fuerza suficiente para mantener la tensión argumental en todo momento, estando a punto de decaer la acción en varias secuencias (hay algunas escenas que invitan a pensar en un inminente clímax que luego quedan en nada), aunque el camino de incierto final que recorre el protagonista es suficientemente destructivo como mantener un cierto punto de interés que, posiblemente, se echaría al traste en segundos visionados o reflexiones más profundas.
Si la única intención de Wyatt es la de proponer un film de suspense que nos invite a pasarlo mal con las dudosas elecciones de su protagonista, la cosa le sale más o menos bien. Si a lo que aspira, sin embargo, es –como en la obra del 74- a aleccionar y retratar un mundo de caos y miseria fracasa, perdiéndose a menudo en diatribas algo pedantes del ilustrado profesor.

lunes, 4 de agosto de 2014

ANARCHY: LA NOCHE DE LAS BESTIAS (6d10)

Ya avisó en 2013 James DeMonaco que The Purgue : La noche de las bestias sería tan solo el primer capítulo de una saga que, tras los buenos resultados en taquilla, parece que va a tener representación anual, eso sí, cambiando intérpretes y esquemas.
Así, en Anarchy: La noche de las bestias (todo un despropósito de traducción al español del título original: The Purgue: Anarchy), nos encontramos de nuevo ante la fatídica noche en la que todo está permitido. 
Con la excusa de liberar a la bestia que todos llevamos dentro, durante esta determinada noche del año la ley no existe y los robos, asesinatos y violaciones no podrán ser juzgados ni castigados.
Mientras en el primer episodio del año pasado Ethan Hawke y Lena Headey descubrían que los sofisticados sistemas de seguridad de su casa de una rica zona residencial no iban a protegerles de la locura que se extendía la noche de la Purga, en esta ocasión nos trasladamos a los barrios pobres del extrarradio donde un variopinto grupo de desconocidos deberán aunar fuerzas para sobrevivir en plena calle.
Con un arranque que casi parece compuesto por tres historias diferentes, a modo de cortometrajes entremezclados que terminan confluyendo en una sola trama, vamos a conocer a Sergeant, una especie de justiciero (brillante Frank Grillo) que emulando a clásicos como Charles Bronson y un look que recuerda al Punisher de Marvel se aventura por las vacías calles de la ciudad con un objetivo en mente, aunque por el camino se verá obligado a salvar a Eva y Cali (madre e hija) y a la pareja a punto de separarse formada por Shane y Liz.
En la película que abría la saga, DeMonaco apostaba por una historia claustrofóbica que brillaba gracias al brutal concepto de la Purga y a la estética de los agresores, pero que se desinflaba a medida que avanzaba la acción, cayendo en tópicos y volviéndose previsible y rutinaria. 
Quizá para no atascarse más todavía, en esta ocasión ha cambiado radicalmente el escenario y ha apostado por los espacios abiertos, con persecuciones de coches y francotiradores que dificultan las odiosas comparaciones con el film de Hawke y Headey. Sin la posibilidad de sorprender que a priori ofrecía aquella, DeMonaco no se avergüenza en imitar, sobre todo en el tramo final del film, a otros títulos centrados en la caza al hombre, como El malvado Zaroff o Blanco humano
Con buenas dosis de acción y un ritmo ligero, DeMonaco se permite, además, tintar su película con un tono de crítica social que, curiosamente, se convierte a la vez en lo mejor y lo peor del film. Capaz de condenar la situación económica actual de un plumazo con una sola escena (un bróker ahorcado sobre la puerta de un juzgado), se podría aplaudir su discurso moralista contra el poder y la clase alta, aun rozando la demagogia, pero cuyas buenas intenciones caen en saco roto al reconocer en el mismo prólogo de la película que las intenciones de los llamados “Nuevos Padres Fundadores” con la Purga han conseguido sus propósitos y Estados unidos se ha convertido en una nación sin delitos, sin paro y sin pobreza. 
Así pues, DeMonaco bien podría haber apostado mejor por el debate entre la doble moral no ya de los gobernantes sino de nosotros mismos sobre si aceptamos el “todo vale por la causa” o preferimos ser libres e independientes a cambio de pasar hambre y penurias.
Pero tampoco vamos a exigir una lectura demasiado sesuda a una película que no pretende más que entretener con buenos momentos de acción y ligeras dosis de terror que, sin ser una maravilla, por lo menos logra distanciarse de su antecesora lo suficiente como para poder disfrutar de la misma sin tener la sensación de que nos quieren vender más de lo mismo.
No dudo que en un futuro muy cercano la propuesta se vaya a agotar y canse al más pintado, pero por ahora, sin ser una maravilla, cumple. Y con eso ya debe valer.


lunes, 17 de febrero de 2014

ROBOCOP (4d10)

En 1987 un Paul Verhoeven recién llegado a los Estados Unidos haría la primera de sus tres grandes películas, RoboCop (después de Desafío Total e Instinto Básico su nombre dejó de ser sinónimo de éxito), una brillante y salvaje fábula policíaca y de ciencia ficción sobre un personaje mitad hombre mitad máquina que daría pie a dos secuelas, cuatro series de televisión y toda una franquicia en comics.
Ahora, 27 años después llega un posiblemente innecesario remake con José Padiha a los mandos y Joel Kinnaman como protagonista. Pero sería injusto cargar a esta película con la losa de ser constantemente comparada con su antecesora, así que mejor la olvidamos y la intentamos analizar como obra individual.
Y como obra individual RoboCop es demasiado plana como para entusiasmar, con un director sin demasiada pericia en las secuencias de acción (recuerden que su currículo se reduce a Tropas de Élite 1 y 2) y un actor que no produce nada de empatía, al que le perjudica enormemente su ego (como también sucede en la mayoría de películas de superhéroes) que obliga al director a rodar demasiadas secuencias con la cara descubierta (aprovecho el momento para aplaudir la valentía de actores como Hugo Weaving o Karl Urban por atreverse a interpretar personajes sin rostro como en V de Vendetta o Juez Dreed), con lo que sus escasas dotes interpretativas salen a relucir lastrando la acción del film, así como toda la subtrama familiar que –sinceramente- nos importa un pepino. Que en una película de un robot policía las mejores secuencias sean los duelos interpretativos entre despachos de Michael Keaton y Gary Oldman demuestran que algo se está haciendo mal.
Visualmente, por supuesto, es impecable, no en vano ha costado más de cien millones de dólares, pero algo rechina en esta producción que…
¡Oh, vamos! ¿En serio se han creído que no la vamos a comparar con el RoboCop de Verhoeven? Por supuesto que debemos hacerlo. No estamos hablando de la adaptación de un libro o de un comic. Es una versión de una historia casi perfecta, con una violencia y una mala baba genial que por aquí no aparece por ningún lado y con una supuesta crítica social que, en el remake, aparte de en sus primeros diez minutos, termina desvaneciéndose hasta desaparecer, al no ser que nos conformemos con las pesadas apariciones de Samuel L. Jackson como presentador de noticias con aire de telepredicador.
No se entiende que contraten a un director supuestamente con personalidad como Padiha para no concederle después total libertad, o que la película deba estrenarse con una calificación moral baja cuando una de las cosas que hicieron grande al auténtico RoboCop fue su generosidad con la sangre, o que ellos mismos reconozcan sus propios complejos con el cambio de color del uniforme con su posterior rectificación.
No les voy a intentar meter en la cabeza que esta película es una auténtica basura, pues tampoco es para tanto, pero  no es ni tan trepidante, ni tan emocionante ni tan divertida como aquel clásico ochentero, y por buenos secundarios que se hayan fichado no consiguen hacer olvidar a Miguel Ferrer, Ronny Cox o Nancy Allen.

Lamento decir esto pero si quieren que les sea sincero, si desean disfrutar de la película ahórrense la entrada del cien y corran a su videoclub a recuperar al Robocop que fue Peter Weller. Disfrutarán más.