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martes, 8 de agosto de 2017

ATÓMICA, ellas tienen el poder...

Mientras en las tertulias de bares (que es en lo que se han convertido algunos programas de cultura) se sigue debatiendo sobre la necesaria reivindicación del papel de la mujer en el cine, algo que parece haber inventado Wonder Woman como si antes de ella solo existiese el personaje de la mujer florero y nada más, Charlize Theron, que ya es sabia en estas lindes, presenta su nueva película como protagonista absoluta, done actúa además de productora.
Atómica, traducción a medias de Atomic Blonde, es una muy libre adaptación de la novela gráfica La ciudad más fría, escrita por Antony Johnson y dibujada por Sam Hart.
Las diferencias entre ambos productos son notables. La obra original primaba mucho más la intriga y el misterio por encima de la acción, no contenía nada de sexo y estaba dibujada en un glorioso blanco y negro. La película que dirige David Leich, en cambio, es una oda a la violencia y hace un juego de luces con los neones que iluminaban el Berlín de la época de esos que marcan tendencia. No obstante, en ambos productos se hace una apuesta firme por el thriller político ambientado en la guerra fría, con agentes dobles y triples, engaños y traiciones, y en eso sí sabe ser fiel la película.
Lorraine Broughton, el personaje al que da vida la Theron, empieza la película machacada y magullada. Acude a la central del MI6 y es sometida a un interrogatorio sobre su última misión, la incursión en el Berlín previo a la caída del muro en busca de una lista que rebela todos los agentes dobles que hay en la actualidad. Allí cuenta con la ayuda del agente David Percival (James McAvoy), pero ya se sabe que en estos casos lo de ir en busca de un objeto suele ser un macguffin en espera de algo mayor. Y teniendo por aquí a uno de los directores (no acreditado) de John Wick y de la futura secuela de Deadpool, ese algo mayor son, sin dudas, sus impecables escenas de luchas, coreografías imposibles (me viene a la mente un larguísimo enfrentamiento en un piso, la persecución por las escaleras y la culminación en un coche, todo ello en un falso pero impactante plano secuencia) y mucha espectacularidad.
Casi se podría decir que esta Lorraine es la versión femenina del propio John Wick, aunque aquí la historia prima más que en las dos películas (hasta la fecha) protagonizadas por Keanu Reeves hasta el punto que alguien puede llegar a encontrarla ligeramente confusa.
Tampoco es que quepa esperarse de esto una reflexión política ni algo tan retorcido como en las obras de John LeCarre (eso quizá sí en el comic), pues lo que prima siempre es el entretenimiento puro y duro, pero hay una historia suficientemente interesante y un drama comedido pero siempre presente como para que la película satisfaga a todos los espectadores.
También hay, como decía al principio, una reivindicación de la figura femenina. Theron es la heroína personificada, y aquí lo demuestra entregándose en cuerpo y alma a su director y prescindiendo, siempre que le ha sido posible, a los dobles de acción, lo cual le ha dado más de un disgusto durante el rodaje. Incluso en las escenas de sexo huye de los convencionalismos y da un paso más allá de donde otras no se atrevieron, rechazando la generalmente inevitable historia de amor entre camaradas espías que colaboran juntos.
David Leich es un director contundente, que ama la violencia, pero la filma con elegancia y realismo, desagradable en su dureza visual pero perfecto en su uso de la cámara. Así, Atómica logra ser una combinación extraña pero muy efectiva entre el clásico cine de espionajes y la acción más desmedida, y aunque sus intentos de contar una historia de muchas máscaras le impidan ser puro rock’n’roll como su contrapartida masculina, yo la sitúo sin problemas a la altura de ese John Wick con el que, si no fuese por la diferencia generacional, me encantaría que se terminaran encontrando.

Valoración: Siete sobre diez.

sábado, 15 de julio de 2017

DÍA DE PATRIOTAS, dolorosa pero emotiva realidad

Después de El único superviviente y Marea negra, Día de patriotas es la tercera colaboración entre el actor reconvertido en director Peter Berg y Mark Wahlberg, basada, de nuevo, en un episodio real de la historia americana reciente.
Resulta curioso como las noticias que se nos antojan lejanas pueden caer fácilmente en el olvido. Seguramente todo el mundo recuerda los atentados en Boston, junto en la línea de meta de su popular maratón, pero sin duda serán solo unos pocos los que tengan conocimiento del acoso y derribo que sufrieron los terroristas hasta ser localizados y neutralizados, llegando a paralizarse todos los medios de transporte de la ciudad e indicando a los ciudadanos que permanezcan encerrados en sus casas hasta detener a los terroristas.
Aunque Tommy Saunders, el policía al que interpreta Wahlberg, es una invención resultante de unir detalles de varios agentes, todos los demás protagonistas de la historia son reales, así como muchas de las imágenes de archivo que Berg intercala con la ficción, dando una mayor sensación de realismo a la par que angustia.
Con el handycap de que la (supuesta) escena más espectacular (la del atentado) se produce al inicio del film, Berg sabe mantener la intensidad y la emoción durante las dos horas y cuarto que dura la película que, contra todo pronóstico, no se hacen nada excesivas. Para ello, Berg presenta a los protagonistas, víctimas, policías y terroristas, con breves pero firmes pinceladas, casi al estilo de las películas corales de catástrofes (ese ritmo de pelo de catástrofes ya lo tenía también en Marea negra), ayudando así a implicarse emocionalmente al espectador y sufrir tanto como los propios protagonistas.
Más allá del buen hacer de Berg y del brillante elenco reunido (junto a Wahlberg se encuentran también Kevin Bacon, John Goodman, Michelle Monaghan o J.K. Simmons), la película se nutre de ese dolor que le supone el ser un hecho real, un acto de violencia tan gratuito e injustificado y perpetrado, además, por dos tipos tan absolutamente imbéciles (insisto en el hecho de que es una historia real, de no ser así casi parecerían bufones) que provoca más miedo incluso que cuando los villanos son los clásicos asesinos fríos y calculadores.
Cierto es que en algunos momentos Berg, que ha contado también con la participación de supervivientes reales del atentado, busca provocar la sensibilidad del espectador con escenas de lágrima fácil y emoción desatada, y que el final puede atufarles a algunos de patriotismo propagandístico (aunque, si como se dice, fue así realmente, yo lo compro). Sin embargo, es justo señalar que toda esa exaltación patriótica no se realiza, por una vez, en nombre de los grandes y solidarios Estados unidos, sino que es de la unión entre los ciudadanos de Boston y su policía de lo que se presume. Y viendo cómo reaccionó Nueva York tras el 11S, no me cabe le menor duda de que fue así.
Esta es, quizá, la mejor lección que nos ofrece una película que, de otra manera, podría provocar miedo por lo indefensos que estamos ante la locura de unos pocos: que en casos de necesidad el ser humano sí es, pese a todo, solidario. Solo con ese consuelo podemos seguir siendo capaces de enfrentarnos al terror.

Valoración: Siete sobre diez

lunes, 13 de marzo de 2017

KONG, LA ISLA CALAVERA: Espectacular y entretenida colección de secuencias vacías.

Lo primero que hay que reconocerle a Kong, la isla Calavera es que es una película Warner, con todo lo bueno y lo malo que ello conlleva. Destinada a compartir universo con la insípida Godzilla de Gareth Edwards, esta nueva recreación del simio gigante (la octava, si no cuento mal) comparte con su némesis japonesa el estilo trascendental y casi epistolar que tanto gusta a la compañía, aunque al menos han sabido rectificar los mayores errores de Edwards (aunque alabados por algunos, hay que ser justos) y primar más la acción y la espectacularidad.
El arranque es casi de manual, con un ritmo endiablado y presentado a los personajes con cuatro pinceladas suficientes como para saber situarlos en su contexto, cosa que me recordó en algo al Escuadrón Suicida. La acción se pone en marcha de forma trepidante, mostrándonos enseguida la imagen del Kong más gigantesco visto hasta ahora en pantalla y homenajeando al film clásico (y a la escena más icónica del personaje) cambiando avionetas por helicópteros. Lamentablemente, a partir de entonces todo empieza a ir cuesta abajo.
Como ya he dicho, la película reúne lo mejor y lo peor de la Warner, teniendo sus últimas producciones superheróicas como referente más claro. Incluso parece como si el director (con poquísima experiencia en cine, por cierto) Jordan Vogt-Roberts quisiera imitar a Zack Snyder y ofrecer un par de horas de puro espectáculo visual prescindiendo totalmente de un guion sobre en que sostenerlo.
Efectivamente, más allá de esa presentación inicial, los protagonistas van deambulando por la película sin propósito alguno, siendo meras caricaturas cuyos buenos actores poco pueden hacer para darles un poco de empaque. La oscarizada Brie Larson se limita a ser la inevitable rubia mona de la peli (aunque el momento sensible de su encuentro con Kong resulta muy descafeinado), Tom Hiddleston basa su papel en poner posturitas molonas, siendo su momento cumbre justamente el de su presentación y Samuel L. Jackson simplemente se reinterpreta a sí mismo, como suele ser habitual en él.
La acción es espectacular, insisto, y eso permite que la película no resulte en ningún momento aburrida. Y hay varios momentos memorables en la cinta, más allá de los homenajes evidentes a títulos como Apocalipsis Now o incluso Depredador, pero eso no basta para evitar sentir que la película no tiene alma, por más que al final haya más lágrimas que en una peli de Bayona. Es, una vez más, el efecto Warner, que aunque aquí mete algún chiste y tiene a John C. Reilly como alivio cómico (algo cargante en algún momento) sigue buscando esa trascendencia que demuestre que esto es mucho más serio y dramático de lo que podría parecer (y lo que podría parecer –y tendría que parecer- es una peli de un mono gigante dándose de leches contra otros bichos gigantes). Todo en la trama es demasiado absurdo e insustancial, empezando por un rastreador que nunca llega a rastrear nada, una misión científica en la isla que no he entendido todavía de que va, un científico (John Goodman) cuya historia con los monstruos es muy ambigua, un poblado indígena totalmente desaprovechado, un monstruo que vomita parte de su comida en el momento y lugar más oportuno  y unos militares demasiado arquetipos.
Los efectos especiales, por supuesto, están a la altura de lo que cabe esperar de una superproducción de estas características, pero la necesidad de desmarcarse de otras películas similares obligan a crear un repertorio de bichejos totalmente novedoso que tampoco me terminan de entusiasmar, en especial esa especie de bicho palo gigantesco o los verdaderos villanos de la película, esos lagartos bípedos de rostro cadavérico que no mejoran en nada a los dinosaurios a los que Kong se enfrentaba en la versión de Peter Jackson.
Si ya comenté que el Godzilla de Emmerich, pese a todo, era superior al de Gareth, lo mismo podría decirse entre el King Kong de Jackson y este. Además, de nuevo la necesidad de convertir al monstruo en el bueno de la película (recuerden los aplausos los habitantes de San Francisco ofrecían al “salvador” Godzilla después de destruir media ciudad) suena a rancio, aunque aquí al menos se deja claro que, aun en defensa de su territorio, Kong mata sin contemplaciones, y aquí está uno de los puntos fuertes de la película, que como en si de un psicokiller se tratase (de nuevo me viene a la mente el Depredador de McTiernan) uno nunca sabe qué protagonistas (quitando a los dos que todo el mundo se imagina) van a sobrevivir y cuáles no, independientemente de la importancia de sus intérpretes. Son estas muertes, de nuevo, algo que desconcierta, pues si bien en ocasiones hay secuencias realmente potentes y violentas (empalamientos, amputaciones…) como si de un homenaje al cine de serie B de hace unas décadas se tratase, por otro lado la ausencia de sangre es casi total, temerosos de ser castigados con una calificación R (cosa que, por cierto, a Logan no aprece estarle yendo nada mal). De nuevo la indefinición Warner.
Eso sí, la banda sonora de la película está genial, aprovechando al máximo el hecho de que la acción esté ambientada justo al terminar la guerra de Vietnam, con lo que ayuda a mantener en ritmo de las escenas y compensa esas carencias narrativas que culminan en un epílogo durante los títulos de crédito definitivamente anticlimáticos (y atención, que hay escena postcréditos que prácticamente nadie ha visto).
En fin, entretenimiento puro y duro y un buen espectáculo visual al que no hay que exigirle mucho si no queremos que todo se venga abajo.

Valoración: Seis sobre diez.

lunes, 2 de mayo de 2016

TRUMBO, la etapa más oscura de Hollywood.

Trumbo es, más allá de un fragmento en la vida del gran guionista  Dalton Trumbo, una crónica sobre la etapa más oscura del Hollywood dorado, ese en el que la Guerra Fría provocó una paranoia generalizada a todo lo que sonara mínimamente comunista y que produjo una feroz caza de brujas encabezada por el senador Joseph McCarthy.
Aparte de resaltar el increíble hecho de que en España hayamos tenido que esperar hasta finales de abril para ver una de las películas con nominaciones importantes al Oscar (enorme Bryan Cranston), Trumbo es una brillante recreación de cómo los denominados “los diez de Hollywood” quedaban señalados en una lista negra que les impedía trabajar o, en el peor de los casos, terminar encerrados en prisión. Fue una época de confusión y miedo, de amigos delatándose entre ellos y de desconfianza en el propio vecino, y la película sabe sacar buen partido de ello.
Podría decirse que la dirección de Jay Roach es muy plana y totalmente falta de personalidad, sin atreverse a arriesgar lo más mínimo en ningún momento, pero ello da pie, a cambio, a que el peso de la película caiga en su guion, del que hay que destacar algunos diálogos realmente brillantes, y, sobre todo, en su reparto. La nominación para Cranston es totalmente justificada, pero no se queda atrás la gloriosa (y aquí, además, odiosa) Hellen Mirren, obsesiva y pérfida o el siempre cumplidor John Goodman, que hace suya una de las escenas más divertidas del film.
Sobre la historia real se encuentra un relato sobre la amistad y la intolerancia, sobre la defensa de los derechos y del propio honor e incluso sobre la familia y el hogar. Un poquito de todo cabe alrededor del que escribiese (por más que tardaran años en reconocérselo) Vacaciones en Roma y que será eternamente recordado por el libreto, entre otras, de Espartaco.
Debo reconocer que soy público fácil para este tipo de films, ya que me encanta todo lo que rodea al Hollywood clásico (hasta soy de los que aplaudió ¡Ave, César!), y tener la oportunidad de ver aquí representados a personajes como Edward G. Robinson, John Wayne, Otto Preminger o Kirk Douglas (involuntario héroe de la película) es toda una gozada.
Ha tardado en llegar, pero pese a sus carencias y defectos Trumbo es una delicia para los amantes del cine y un interesante documento para los amantes de la historia, aparte de un brillante entretenimiento.

Valoración: Siete de diez.

sábado, 19 de marzo de 2016

CALLE CLOVERFIELD, 10: "La habitación" más monstruosa.

J.J.Abrams ha demostrado ser, aparte de un brillante realizador, un magnífico productor. Aparte de sus éxitos televisivos y de reanimar sagas tan agónicas en su momento como Misión Imposible o Star Trek (y yo añadiría a Star Wars, pero no quiero entrar en polémicas) supo crear de la nada proyectos pequeñitos que se convirtieron en grandes éxitos gracias a sus prácticas publicitarias. El más claro ejemplo de ellos es la magnífica campaña que convirtió la película Monstruoso en un éxito de taquilla provocando antes de su estreno todo tiempo de especulaciones y rumorología viral sobre su argumento (incluso se insinuaban conexiones con la misteriosa isla de Perdidos que al final quedaron en nada).
Ahora Abrams ha repetido la jugada pero con nuevas reglas. En lugar de una promoción apabullante, esta Calle Cloverfield, 10 ha aparecido casi de la nada, sin que se supiera de su existencia hasta apenas un mes antes de su estreno, fecha en la que apareció el primer póster y acompañado del correspondiente tráiler. La simple incursión de la palabra Cloverfield en su título ya invitaba a todo tipo de sospechas (Cloverfield era el título original de Monstruoso; supongo que debemos agradecer a la distribuidora en España que no hayan traducido el título de esta película como Calle Monstruoso, 10) sobre si estábamos ante una secuela del film que dirigió Matt Reeves en 2008. Al final no ha sido así, pero algo hay que relaciona ambas películas, como si compartieran Universo o, cuanto menos, espíritu.
Calle Cloverfield, 10, dirigida por el debutante Dan Trachtenberg, cuenta la historia de Michelle, que tras sufrir un accidente con su coche despierta en un inquietante búnquer, encadenada a una pared, y con su apresor, un paranoico obsesionado con la supervivencia llamado Howard, que le asegura que le ha salvado la vida, ya que la humanidad, fuera de ese refugio, ha sido eliminada.
Con Emmett como único compañero de desventura, el trío protagonista deberá aprender a confiar uno en otro en un espacio reducido en el que la realidad sobre lo que ha sucedido en el exterior es una apuesta que puede marcar la supervivencia de cada uno de ellos.
Calle Cloverfield, 10 juega muy bien sus cartas en cuanto al juego de desconcertar, con pistas falsas que cambian la percepción de lo que sucede en varias ocasiones y con una protagonista, la muy correcta Mary Elizabeth Winstead, que comparte el punto de vista con el propio espectador, aunque quien realmente impone con su presencia es el gran (en todos los sentidos) John Goodman, capaz de pasar de anfitrión bonachón a peligrosa amenaza en un pestañeo.
Quizá la principal deficiencia de la película no sea precisamente culpa de ella, sino de la casualidad. Y es que puede que se eche en falta un poco más de angustia caustrofóbica, que el ahogo que puede suponer vivir encerrado en tan poco espacio se contagie más al espectador. Y sin duda la coincidencia en pantalla con la magnífica La habitación ayuda a provocar tal sensación.
Con todo, Calle Cloverfield, 10 es un interesante thriller tan intrigante como divertido que, al igual que sucedía con La habitación, sufre un cambio de registro en su recta final que si bien tiende al exceso y desconcierta ante la nueva película que se abre al espectador sin duda revoluciona el ritmo de la película consiguiendo resultar una toda una sorpresa pese a la sucesión de tópicos y clichés (totalmente intencionados) que ofrece.
Muchas veces se ha comparado el cine de Abrams con las producciones ochenteras del estilo de su admirado Spielberg a las que rinde total tributo en Super8, pero en este tramo final de su última producción me viene a la mente ciertas películas propias de la década de los cincuenta, sin llegar a valorar más mi comentario por poder rozar el spoiler.
Buen debut de Trachtenberg como director e interesante historia que podría (o no) ampliar la historia vista en Monstruoso y que volverá a las pantallas al menos en una tercera ocasión de la mano de Bad Robot.

Valoración: siete sobre diez.

martes, 29 de diciembre de 2015

NAVIDADES, ¿BIEN O EN FAMILIA? (5d10)

Viendo el título de esta película, y contemplando el reparto o incluso el cartel promocional, lo fácil sería pensar que estamos ante otra comedia navideña más, la típica apuesta de estas fechas en los que se hace una burla a las etiquetas impuestas por la sociedad alrededor de la unión familiar que terminará derivando en un desastre muy divertido y que al final se solucionara en pos al espíritu navideño y los buenos deseos de todos.
Sin embargo, el directo Jessie Nelson (cuya última película, la conmovedora Yo soy Sam, data de 2001) y el guionista Steven Rogers (también afincado en el melodrama ligero) han querido dotar a esta película de un cierto aire trascendental, como una reflexión moral sobre el amor y la familia que termina dotando a la película de una incómoda pomposidad y, desde luego, nada de diversión.
Siguiendo el esquema clásico delas historias corales que terminan uniéndose al final de las mismas (al más puro estilo Love Actually), Navidades ¿bien o en familia? desgrana las miserias de un enorme núcleo familiar  y, basándose en los tópicos más recurridos del género (dos desconocidos que se conocen en un aeropuerto, el padre que ha perdido el trabajo y no se atreve a confesarlo a su familia, el anciano cargado de sabiduría, la familiar a la que rescatan de la residencia para pasar las navidades en familia o el inevitable susto que los lleva a todos a terminar en la sala de espera de un hospital) de una manera que, de haber apostado claramente por el melodrama, podría haber funcionado. 
Sin embargo, no es eso lo que nos quieren vender ( y la presencia de Ed Helms en el reparto así lo confirma) y la esperanza de entrar en la sala a ver esta película para reírse con las aterradoras reuniones familiares obligatorias en estas fechas y pasarlo bien por un rato se transforman en un jarro de agua fría al ver unos personajes desgraciados deambulando por la pantalla que me hacen dudar si la película (pese a su final) es decididamente pesimista o simplemente fallida.
Eso sí, en el lado positivo hay que destacar su impresionante reparto, en el que sobresalen sobremanera Alan Arkin, Marisa Tomei y John Goodman. Junto a ellos están Diane Keaton y Olivia Wilde haciendo unos personajes que suenan un poco a lo de siempre (Keaton lleva ya muchos años repitiendo el mismo papel, mientras que Wilde parece repetir el personaje autodestructivo de la también coral En tercera persona), pero no hay que olvidarse, entre otros, de la presencia de Amanda Seyfried o Anthony Mackie.
En resumen, una propuesta navideña que puede resultar interesante siempre que u8no sepa a qué atenerse. Su mayor pecado es aparentar algo que no es, aunque por lo menos, aunque todo suene a repetido, pretende tener una profundidad más allá de las típicas estupideces a los que nos tienen acostumbrados. Lo malo es que estas cosas les suelen salir mucho mejor a los británicos (y, tras ver Barcelona, nit d’hivern, a nosotros mismos), y esto no es más que una imitación americana muy descafeinada.

sábado, 3 de enero de 2015

EL JUGADOR (2015) (6d10)

En 1974 James Caan protagonizó la película El jugador (The gambler) sobre un profesor de literatura adicto al juego. La actual película de Rupert Wyatt (director de El origen del Planeta de los Simios) es un remake de aquella (de ahí que en el título en español se haya añadido el año: con lo que les gusta lo de traducir mal los títulos y aquí no han sido capaces de buscar una fórmula un poco más original…) pero con sutiles diferencias.
La obra de Karel Reisz nació con la sana intención de ser una especie de documental que en su paso a largometraje se convirtió en una metáfora de la época crítica y decadente en la que estaba sumergida por aquel entonces los Estados Unidos. El descenso a los infiernos de Caan era el descenso de todo un país, de una sociedad demasiado acostumbrada a caminar en el alambre, a vivir al límite sin pararse a pensar en las consecuencias.
Wyatt no ha pretendido ir tan lejos, desdibujando incluso a la ciudad de Los Angeles que un borroso telón de fondo por el que corretea el protagonista Jim Bennet (en esta ocasión interpretado por Mark Wahlberg), un profesor de literatura con alguna novela de éxito en su haber y de ascendencia acomodada que podría tenerlo todo en la vida si no fuera por su adicción al riesgo (más que al juego). Bennett contrae deudas con los tipos más peligrosos del circuito, pero la única respuesta que halla para salir del agujero es apostando todavía más, entrando voluntariamente en una espiral de autodestrucción suicida que lo alejará de todo y de todos.
Wyatt no arriesga tanto como hiciera su colega también británico hace ya treinta años, rehuyendo del retrato frío y acusador de las salas de juego y casinos como simples mercantes de almas. Aquí no son los locales de dudosa legalidad los malos de la película, ni los abusivos prestamistas que se aprovechan de las debilidades de su cliente. Aquí la víctima y el villano son la misma persona, un Bennett de atractivo magnetismo en algunos momentos y despreciable indiferencia en otros, en una interpretación algo más esforzada de lo habitual tratándose de Wahlberg, que logra encontrar el punto justo de cinismo con que sazonar su patética conducta.
A su alrededor, orbitando a su antojo como simples marionetas, Jessica Lange, John Goorman y Michael Kenneth Williams dejan huella con su presencia imponente, mientras que la joven Brie Larson aporte el punto de candidez que invita a ver un rayo de esperanza en la oscuridad que rodea a Bennet.
Filmada con cierto deje videoclipero y dividida por una especie de capítulos correspondientes a los diez días que transcurren desde que Bennet recibe un ultimátum de sus acreedores al arranque del film, Wyatt carece de la fuerza suficiente para mantener la tensión argumental en todo momento, estando a punto de decaer la acción en varias secuencias (hay algunas escenas que invitan a pensar en un inminente clímax que luego quedan en nada), aunque el camino de incierto final que recorre el protagonista es suficientemente destructivo como mantener un cierto punto de interés que, posiblemente, se echaría al traste en segundos visionados o reflexiones más profundas.
Si la única intención de Wyatt es la de proponer un film de suspense que nos invite a pasarlo mal con las dudosas elecciones de su protagonista, la cosa le sale más o menos bien. Si a lo que aspira, sin embargo, es –como en la obra del 74- a aleccionar y retratar un mundo de caos y miseria fracasa, perdiéndose a menudo en diatribas algo pedantes del ilustrado profesor.

lunes, 24 de febrero de 2014

THE MONUMENTS MEN (8d10)

Disparidad de opiniones la que genera la última película de George Clooney como director tras la magnífica Los Idus de marzo. Desde mis amigos del CSI (cuanto los echaba de menos) que la pusieron a caer de un burro en su paso por Cannes hasta los que fueron agraciados por pases de prensa hace un par de semanas y la definían como obra maestra.
Sin tener el punto de crítica reflexiva aquella tragicomedia política que tan brillantemente interpretaron Ryan Gosling y el tristemente desaparecido Philip Seymour Hoffman, creo que este episodio concreto de la II Guerra Mundial es un nuevo acierto de Clooney que logra con brillantez intercalar momentos de comedia con el drama que supuso el azote nazi y al amparo de talentosos intérpretes que acompañan a la estrella de la función, Matt Damon, como miembros de una coreografía, destacando a Bill Murray, John Goodman, Jean Dujardin y Bob Balaban, sin olvidar a la gran dama de Hollywood que no es otra que Cate Blanchett, por supuesto.
The Monuments Men cuenta la historia real –con las inevitables licencias, doy por supuesto- de un grupo de soldados sin formación militar que son enviados a la Francia ocupada, primero, y a la Alemania nazi después, en las acaballas de la guerra para intentar evitar si es posible robos de obras de arte por parte de los ejércitos de Hitler o, al menos, tratar de recuperar lo ya desaparecido. A simple vista puede parecer una frivolidad dedicarse a proteger unos cuadros cuando hay tantas muertes inocentes por medio, pero como muy bien justifica el personaje de Clooney al comienzo del film: “Pueden exterminar a toda una generación, arrasar sus casas, y aun así el pueblo se repondría, pero si destruyen su historia, si destruyen sus logros, eso es como si nunca hubieran existido”.
Quizá el problema que ha tenido esta película con la crítica ha sido la suposición por parte de algunos espectadores de que iban a encontrarse con un drama bélico al estilo de El tren, aquella película de John Frankenheimer con Burt Lancaster en su reparto, o con la acidez brutal de los Malditos Bastardos de Tarantino, pero si sólo se hubiesen molestado en visionar el tráiler se habrían dado cuenta de que la historia que Clooney quiere plasmar es en realidad una comedia sobre un grupo de personajes totalmente ajenos al mundo militar tanto por conocimientos como, en algunos de los casos, por edad que casi recuerda más a los Space Cowboys de Eastwood. 
No hay escenas bélicas ni apenas tiroteos, aunque eso no implica que no haya momentos de tensión o que la película ignore el drama de lo que sucedió en la vieja Europa por culpa de un dictador demente y sus cegados seguidores. Sencillamente, Clooney opta por centrarse en las andanzas de sus hombres, teniendo la habilidad de bastarse de pequeñas sutilezas (la mención al destino del hermano del personaje que interpreta Blanchett, la casa vacía de una familia judía, el bidón lleno de dientes de oro) sin necesitar recurrir a planos de cadáveres o a famélicos judíos encerrados en sus campos para hacer justicia a los caídos
Así, las propias obras de arte son una metáfora de las víctimas de la guerra, y los cuadros ardiendo bajo el fuego nazi representan todo aquello que se perdió en esa guerra. Y aun así, consigue hacernos sonreír, disfrutar con unos personajes simpáticos y efectivos a los que quizá la coralidad de la historia impide que se les saque todo el jugo posible, pero que funcionan en pantalla y transmiten su energía y positividad, que junto con la acertada composición de Alexander Desplat dan a la cinta un aire épico y emotivo.
Dirigida con un clasicismo que recuerda al Hollywood dorado, The Monuments Men no es, al fin, una película bélica, lo que muchos no han sabido perdonar a Clooney. Pero olvidan que al cine se va a disfrutar de la película que un señor (llámese George Clooney o llámese Perico de los Palotes) ha querido realizar, y no a ver lo que el propio espectador quiere ver. Nunca llueve a gusto de todos pero decir que The Monuments Men es una mala película es estar cegado por las fobias que asaltan a muchos críticos de opereta.
No es una obra maestra, pero tampoco se lo pedía.


domingo, 5 de enero de 2014

A PROPÓSITO DE LLEWYN DAVIS (7d10)

No vamos a descubrir a estas alturas que los hermanos Ethan y Joel Coen son unos genios. Con un toque especial tanto para las comedias más absurdas como para los dramas intimistas (pasando por sus historias descarnadas de violencia nunca gratuita) todo lo que hacen tienen una magnificencia que obliga a críticos y público a aplaudirlos al unísono (a mí, personalmente, la única película de ellos con la que no conecté fue Un hombre serio, quizá por estar demasiado enfocada hacia una comunidad judía cuyas costumbres no conozco en profundidad).
A propósito de Llewyn Davis es un claro ejemplo de ello. Partiendo de la historia de un perdedor (un argumento que guarda algunos puntos en común con el Corazón rebelde, de Scott Cooper, que le dio a Jeff Bridges el Oscar por su interpretación de un cantante country), un tipo con el que cuesta simpatizar, inmaduro, desastroso, incapaz de querer o dejarse querer por sus amigos o familia y cuya vida se rige tan solo alrededor del folk, los Coen consiguen que la película nos conmueva y emocione cuando, en buena ley, deberíamos estar deseando que todo le vaya mal (o peor, que muy bien no es que le vaya nunca) a este Llewyn Levis.
No puedo imaginar esta película en manos de otros directores  sin que caiga en la sensiblería barata o la mojigatería, recreándose en el sufrimiento del protagonista y camuflando sus malas decisiones de injusticia para que podamos compadecernos de él, pero –al igual que hiciera Woody Allen con la Blue Jasmine que tan brillantemente interpretó Cate Blanchet-  Ethan y Joel no muestran ninguna compasión por su protagonista, permitiéndole conmovernos únicamente a través de su música, un buen surtido de canciones folk  con las que Lewis tiene el contradictorio sentimiento de quererlas usar para vivir sin, por otro lado, sentir que se está vendiendo por dinero.
Oscar Isaac, secundario en Drive, Robin Hood o El legado de Bourne, cumple con buena nota en su primer desafío compro protagonista, llevando él y su voz prácticamente todo el peso de la historia, aunque siempre es de agradecer el buen plantel de secundarios que los Coen logran invocar en sus proyectos, destacando la pareja formada por Carey Mulligan y Justin Timberlake y sin olvidad la presencia siempre impresionante de John Goodman, casi un habitual de los Coen.

Tristeza, dirección firme y mucha, mucha música folk.

sábado, 29 de junio de 2013

LOS BECARIOS (6d10)

Los becarios es la última película de Vince Vaughn (es coautor del guion según su propio argumento, productor y protagonista) para mayor lucimiento suyo y de su amigo Owen Wilson que se estrena en España una semana justa después de Monstruos University. ¿A qué viene esta observación? Bueno, prestemos atención primero a su argumento. La historia arranca cuando la empresa para la que trabajan Billy y Nick (Vaughn y Wilson) pierden su empleo al cerrar la empresa para la que trabajan (comandada por el últimamente omnipresente John Goodman) y no se les ocurre nada mejor que tratar de ser aceptados como becarios en Google, pese a ser unos ineptos totales en el terreno informático. El planteamiento no puede ser más simple, pero su desarrollo se desliza por recovecos extraños y surrealistas imposibles de entender en España y que no queda más remedio que dar por ciertas cosas como que se realice una serie de pruebas de acceso en equipo entre las que se incluyen cosas tan extravagantes como competiciones de quidditch (aquel deporte con escobas que se juega en Harry Potter). Y digo que debemos  creer cosas así como ciertas porque la película no es más que un anuncio publicitario de casi dos horas de la empresa Google, ya que vamos a conocer a fondo las excelencias de esta empresa y habrá tiempo durante su metraje para mostrar en algún momento todas y cada una de sus aplicaciones. Aparentemente disfrazada de comedia políticamente incorrecta, al estilo de la saga Resacón (uno de los momentos clave de la trama es en un elegante club de striptease donde los excesos etílicos de los protagonistas y una pelea final se traduce en la mejor noche en la vida de sus protagonistas y la clave de la unión del equipo), pero que como suele ser habitual deriva en una comedia blanca, totalmente predecible y cargada de moralina barata y finales felices como si de una producción Disney se tratara. O Pixar,  ya puestos. Y es que si he empezado nombrado Monstruos University no ha sido casual, ya que Los becarios y la precuela de Pixar comparten tantas similitudes que casi podían tratarse de dos versiones de la misma historia. Billy y Nick, como en aquella Mike y Suley, deben unirse a un grupo de inadaptados repudiados por los demás hasta aprender a trabajar en equipo y terminar descubriendo que lo importante de verdad no es ganar (aunque se gana, por supuesto) sino conseguir una valiosa lección de vida, reforzar el concepto de amistad y recordar que con esfuerzo cualquiera puede conseguir sus objetivos,  ya sean grupos de trabajo o hermandades universitarias,  pese a partir con una clara desventaja inicial. Esta, como aquella, redunda en tópicos y situaciones absurdas pero finalmente previsibles para demostrar que estamos, ante todo, frente a una comedia. Flojita, sí, pero comedia al fin y al cabo.


En resumen, dos horas de distracción con las habituales tonterías de estos amigos (cameo de Will Ferrer incluido), unas cuantas caras conocidas entre los secundarios y una aglomeración de finales felices que restan credibilidad a una película ya de por si poco creíble. Y, por cierto, en medio de una espantosa crisis económica (que se dibuja levemente en los primeros compases del film), nada mejor para ponernos los pantalones largos que ver las entrañas de la empresa Google, de la que se dice que es el mejor lugar del mundo para trabajar y que, de ser cierto lo reflejado en la película, parece ser cierto. Solo por satisfacer la curiosidad de ver ese lugar mágico ya merece la pena el visionario.

miércoles, 5 de junio de 2013

R3SACÓN (6d10)

Cuando en 2009 Todd Phillips realizó Resacón en Las Vegas no solo logró un gran éxito comercial y de crítica (logrando colar una comedia en la quiniela de los Oscars) disparando la carrera de Bradley Cooper (hasta entonces conocido por su participación en la serie Alias y poco más) y descubriendo a Zach Galifianakis, sino que logró demostrar que se puede hacer una comedia gamberra y disparatada pero a la vez original e inteligente, sin apoyarse exclusivamente en el humor escatológico y los chistes fáciles de cacaculopedopis, aunque sin huir tampoco de ellos si conseguían aportar algo a la historia. En Resacón 2, ahora en Thailandia se siguió a rajatabla la norma de si algo funciona no lo cambies y Phillips repitió esquema con exagerada fidelidad. La película funcionó,  pero el factor sorpresa de la historia original (eso de que los protagonistas despierten tras una juerga monumental y sus vidas estén patas arriba sin que recuerden nada de lo sucedido,  destinando toda la película a completar el puzle) ya no resultaba novedoso.
Como dicen que no hay dos sin tres (y en Hollywood menos, que esto de las trilogías siempre funcionan muy bien), llega ahora la que se anuncia como el cierre definitivo (y épico) de la saga y, claro, no se podía volver a contar lo mismo por tercera vez. Así que Phillips y el guionista Craig Mazin trazaron un nuevo plan y se olvidaron de resacas y noches locas para contar una historia más lineal y clásica. Sin perder un ápice de surrealismo y locura R3sacón es una comedia de acción con robos, atracos y persecuciones con el personaje de Cho (Ken Jeong está brillante como siempre , pero sus interpretaciones tienden a parecerse demasiado entre ellas, véase a su Chang de Community como ejemplo) como estrella principal y regando la trama de homenajes a las anteriores películas (Doug una vez más es apartado de la acción, la aparición de Jade, el regreso a Las Vegas...),  conformando una sensación de fin de fiesta que parece indicar que efectivamente estemos ante la última resaca.
R3sacón es, en algunos momentos, más divertida que sus predecesoras, pero la falta de frescura que había en aquellas hace lamentablemente de lastre, convirtiéndola en una divertida pero simple comedia más al estilo de Un plan perfecto (aquella de los Coen pero sin los Coen) o Un golpe de altura (o cualquier otra de Ben Stiler).
Pero no nos engañemos,  esto es Resacón,  y entre tanto homenaje a sus orígenes no podía faltar una buena resaca, aunque sea en la escena postcreditos y a modo de emotiva despedida. El hecho de que esa escena sea la que más carcajadas provoque en las salas, sin embargo, indica que algo no se ha hecho bien, y que el público, que al final es el que manda, sigue prefiriendo el esquema original, aunque sea repetido.

Por cierto, mención aparte merece el siempre grande, y no solo de tamaño,  John Boorman, como el gran villano de la peli.

domingo, 27 de enero de 2013

EL VUELO (5d10)

Nos encontramos ante el regreso de Robert Zemeckis a la dirección con personajes reales tras su periplo por el mundo de la animación, y eso por síi solo ya debía ser motivo de celebración,  aunque personalmente, ante el debate sobre si se le da mejor la acción real que la digital, opino que en lo que es bueno de verdad Zemeckis es realizando entretenimiento, pues dejando de banda Forrest Gump (para mí muy sobrevalorada) Náufrago se reveló como un peñazo interminable,  Contact fue acusada de panfleto sectario y Lo que la verdad esconde fue sencillamente intrascendente, demostrando que al Zemeckis que queremos y añoramos es al de Tras el Corazón Verde, ¿Quién engañó a Roger Rabitt? y, sobretodo, la mítica trilogía de Regreso al Futuro (a mi incluso me gustó la incomprendida La muerte os sienta tan bien).
En este caso nos encontramos con un drama protagonizado por el siempre eficiente (pero poco más) Denzel Washington, que da vida a un piloto que o bien no está correctamenre definido como personaje o el guion patina a la hora de explicarnos su historia.
La película empieza con Whip Whitaket (Washington) en la cama hablando por teléfono, mientras su última amante, Katerina Marquez (Nadine Velazquez) se pasea desnuda por delante de la cámara. Podría ser una magnífica presentación, ya que en apenas unos minutos podemos darnos cuenta de los tres valores que mueven la vida de Whitaker (divorciado y con un hijo): el sexo, el alcohol y las drogas. Sin embargo, la crudeza natural con la que se desarrolla la escena hace que ya de entrada no podamos simpatizar con el piloto, y mucho menos con la chica, de la que podemos presuponer que es una vulgar ramera sin más importancia que ayudar a definir el personaje de Washington.  Luego veremos que no es así.
La acción en si comienza cuando durante el vuelo del 227 de Southjet (recordemos que el protagonista ha estado toda la noche copulando y ocupa el sillón de piloto medio borracho) hay un fallo mecánico y el avión está a punto de estrellarse y solo una maniobra imposible de Whitaker salva la situación, finalizando la cosa con tan solo seis fallecidos, entre los que se encuentran la azafata Katerina (si, esa misma). Naturalmente,  Whitaker es considerado un héroe hasta que los análisis médicos revelan tanto la cocaína como el alcohol de su sangre, vagando a partir de ahí la película por dos rumbos paralelos, la historia del falso héroe que recuerda a títulos como Héroe por accidente o la reciente serie de Homeland y el camino de autodestrucción personal de Whitaker, con sus intentos de desintoxicación y continuas caídas al Infierno, al estilo del Nicolas Cage de Living las Vegas. La apuesta no es mala, y la brillante dirección de Zemeckis -que no ha perdido su toque, como demuestra la espectacular secuencia del aterrizaje forzoso- permiten que se siga con entusiasmo,  algo cansina en su parte más melodramática pero de creciente interés en la parte correspondiente al proceso de culpabilidad, tanto cuando es juzgado por los medios de comunicación como en los tribunales. Quiero destacar aquí dos presencias fundamentales: Don Cheadle como el abogado y casi niñera de Whitaker y John Goodman como su camello (impresionante la interpretación de este recuperado actor que últimamente está hasta en la sopa).
Hasta aquí todo correcto. El problema viene cuando hay que decidirse por un final entre tres posibles y Zemeckis (dicen en los burladeros de Hollywood que por imposición de Washington) se decanta por el peor. Y atención porque lo que viene ahora es un SPOILER como un piano pero necesario para entender por qué falla la película. Una opción sería el drama puro y duro con moraleja incluida, es decir, que lo declaran culpable y acaba pudriéndose en la cárcel o incluso suicidándose, fiel reflejo de lo que se merece por el estilo de vida que ha elegido. La segunda opción es más cínica y pasa por engañar a todo el mundo y terminar siendo el héroe impoluto. Quizá la última escena podría ser riéndose de los periodistas desde su casa, con una nueva amiga, y metiéndose una raya de coca. Totalmente opuestas, ambas me valen. La pena es que han tirado por el camino de en medio, por un final feliz en una historia de degradación personal. En este final consigue engañar al jurado y está a punto de salir airoso cuando comprende que eludir su responsabilidad pasa por inculpar a su fallecida novia Katerina (¿comprenden ahora mi comentario inicial y la necesaria pero ausente empatía con la muchacha?), y en un acto de decencia que no ha demostrado tener en todo el film termina confesando y entrando en prisión donde participa en un programa de desintoxicación y recupera el cariño de su hijo.

Es decir, un acto de redención ridículo que hunde en la miseria lo que estaba siendo una interesante película. 

ARGO (8d10)

Después de las aburridas La noche más oscura y Lincoln, Argo se postura como la única esperanza del buen cine de cara a la próxima edición de los Oscars de Hollywood. Partiendo de una historia real Argo relata la misión casi imposible de extraer de Irak a varios diplomáticos americanos confinados en la embajada canadiense durante la crisis de los rehenes en Irán, entre noviembre del 79 y enero del 81. Tras sopesar varias opciones suicidas, la mejor (o única) alternativa es enviar un grupo de rescate haciéndose pasar por un equipo de rodaje de una productora de cine en busca de localizaciones para una película. Un plan tan rocambolesco e inverosímil que hasta podría funcionar.

No hay duda que una historia como esta es casi un caramelo, un regalo que Ben Affleck no dudó en aceptar y convertir en su tercera película, después de las buenas acogidas que tuvieron Adiós, pequeña, adiós y, sobretodo, The town, ciudad de ladrones. Con Argo Affleck cierra el círculo,  consiguiendo su película más completa y madura que, en una de esas decisiones que no se comprenden, no le reportara el Oscar como director por no estar nominado, pero que a buen seguro le abrirá las puertas a la gloria que parecía haber perdido como actor. Y es que si bien la historia es buena, no es menos cierto que en manos de cualquier otro director podía haber derivado bien en un drama político tedioso o, por el contrario, derivar en la pantomima más absoluta. No quiero ni imaginar que habría resultado de caer este proyecto en manos de Spielberg o Bigelow, por poner dos ejemplos de directores que ya han ganado un Oscar. Affleck, sin embargo, logra encontrar el punto exacto entre drama y comedia, consiguiendo un relato intenso y emocionante cuando se centra Irán pero divertido y relajado en el retrato del Hollywood de la época, ayudado también por las extraordinarias interpretaciones de Allan Arkin y John Boorman. La puesta en escena de Affleck es elegante y sobria, limitándose a narrar unos hechos sin ceder a las tentaciones del maniqueísmo político. Tan solo en la breve introducción hay un atisbo de critica a la política exterior de los Estados Unidos, promovida más por la realidad de lo que sucedió que por la ideología política del director (que por otro lado ni conozco ni me interesa), eludiendo luego una reinterpretación de la historia con la supuesta distinción entre buenos y malos. No se pretende, pues, ni alzar ni quemar la bandera de las barras y estrellas, y si queremos buscar en la narración un héroe de verdad habría que señalar al embajador canadiense (notable Victor Garber),  quien verdaderamente arriesga su vida y la de su familia no por cumplir con su trabajo (como podía ser el caso del personaje de Affleck) sino por actuar según le dicta su conciencia.

Y quiero finalizar con un apunte dedicado a aquellos que disfrutan atacando sin motivos la calidad interpretativa de un actor (que, reconozcámoslo, no es demasiado acertado a la hora de elegir de sus papeles). Ya está bien de recurrir al tópico fácil de que Affleck es tan buen director como mal actor. Él mismo ha protagonizados sus dos últimas películas, así que si son alabadas es que tampoco lo hará tan mal, digo yo.