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jueves, 8 de marzo de 2018

LA ÚLTIMA BANDERA


El tema de los veteranos de guerra y su reinserción a la vida civil es un tema recurrente en Hollywood. Hace apenas un par de semanas Clint Eastwood lo trató en 15:17, tren a París sin demasiado acierto y esta vez ha sido el reputado Richard Linklater quien ha probado suerte.
Es curioso el caso del autor de Boyhood o de la trilogía de Antes de…, ya que cada una de sus películas difiere mucho de las otras, casi como si careciera de un estilo personal definido, sin embargo, casi siempre acierta en sus trabajos, consiguiendo películas, como poco, muy interesantes.
En La última bandera Linklater reúne a tres excombatientes que no se habían vuelto a ver desde Vietnam y a los que une un oscuro secreto. Los años han pasado, cambiando sus vidas y llevándolos por caminos bien dispares, pero cuando el hijo de uno de ellos muere en Iraq, los tres se reunirán de nuevo para acudir a su funeral.
A simple vista se podría intuir que estamos ante un dramón lacrimógeno, pero aunque Linklater se muestra muy crítico con su gobierno y totalmente reflexivo, la película está repleta de diálogos brillantes y de gran ironía que dotan al film de un humor mordaz y muy negro que, en boca de tres monstruos de la interpretación como son Steve Carell, Bryan Cranston y Laurence Fishburne logran componer una película maravillosa capaz de hacernos reír a la vez que nos retuerce el alma y nos deja con un mar cuerpo terrible.
Resulta casi redundante destacar que La última bandera se apoya mucho en sus actores, un trío en estado de gracia con un Branston desatado y un Carell cada vez más adaptado al cine “serio”, lejos de su faceta como comediante a la que nos tenía tan acostumbrados y de la que ya empezó a deshacerse en papeles como el de Foxcatcher. Entre los tres dan forma a una película melancólica y extrañamente triste que no llega a ser un panfleto de moralina antimilitar pero que expone con claridad sus dudas no solo sobre el sentido de la guerra sino también sobre el del propio honor. ¿Merece la pena mantener una mentira para salvaguardar el secreto de un supuesto héroe? Esto es algo que los tres compañeros de viaje deberán resolver mientras se enfrentan a sus propias diferencias y a un mundo que ha avanzado sin esperarlos.
Valoración: Siete sobre diez.

domingo, 9 de abril de 2017

POWER RANGERS: agradable sorpresa


Lo confieso. Cuando me enteré de que iban a hacer una nueva película de los Power Rangers mi reacción fue gritar a los cuatro vientos: ¿¿Por qué??
No tengo ni idea de cómo funciona el Universo PR, que según creo se basa en una multitud de series interconectadas, con mundos paralelos y locuras varias, pero lo poco que he visto de la serie original siempre me ha dado un poco de repelús, y desde luego que un producto tan infantiloide y noventero (aunque la serie que arrancó en 1993 sigue adelante en la actualidad) me parecía una pérdida de tiempo irreparable…
Craso error. Lo creáis o no, Power Rangers es una de las películas más estimulantes que hay actualmente en cartelera, en lo que a cine palomitero se refiere, muy por encima de la pretenciosidad desinflada de Ghost in the Shell o dejando a la altura del betún la construcción de personajes de títulos como La gran muralla o Kong: la Isla Calavera.
No me malinterpretéis, Power Rangers no es una obra de arte, pero tampoco pretende serlo. Es un simple divertimento, una actualización de unos personajes infantiles llevados al límite y confiriéndoles un tono algo más adulto. Pero el caso es que lo han hecho con mucho arte y oficio, dedicando casi dos tercios de la película (ya se habla de una saga de al menos seis títulos) a darnos a conocer a los protagonistas, a presentarnos a los chicos antes que a los héroes.
Se podría decir que los nuevos Power Rangers son una versión millenial de los superhéroes de Marvel, y de hecho en la propia película se nombra a alguno, además de que el uso de la banda sonora recuerda en parte a lo que hiciera Peter Gunn con Guardianes de la Galaxia. Pero es que además se han preocupado de que esa presentación de personajes tenga sentido, consiguiendo que los cinco protagonistas tengan una personalidad propia y diferente entre ellos cuando no llevan armadura. Para ello, se limitan a mirar un poco la realidad de la sociedad, tocando temas como el bullying o la discriminación sin hacer sangre de ello. Incluso la incorporación de un personaje homosexual se hace con total normalidad, como debe ser.
Ninguno de los cinco actores protagonista son estrellas consagradas, y posiblemente no tengan tablas para llegar a serlo nunca, pero saben lidiar con sus personajes con eficacia, dejando el lucimiento en manos de la villana Elizabeth Banks o en el buen hacer de Bryan Cranston poniendo voz a Zordon.
Con unos efectos visuales de primera, el director Dean Israelite , en su segundo trabajo tras Project Almanac, se basa en el humor para conseguir que la revisión de esta especie de superhéroes funcionen en la época actual, haciendo que en su arranque casi estemos ante una comedia gamberra con continuas referencias a clásicos como El club de los cinco. Es en la relación entre ellos que mejor funciona la película, haciendo creíble la reacción ante lo que les sucede cuando reciben sus poderes y permitiendo empatizar con todos ellos, preocuparnos por sus destinos.
Power Rangers no es una película emotiva, que pretenda tocar la fibra, pero sí un divertimento estupendo, con un ritmo calculado y bien medido y al que se le puede augurar un interesante futuro por delante. Consigue (y eso era harto difícil) no traicionar el espíritu original sin caer en el ridículo y su guion funciona mucho mejor de lo que se puede apreciar en producciones supuestamente semejantes como la saga Transformers. Además, los kiaju están de moda y Powers Rangers sabe explotarlo en un final donde se pone toda la carne en el asador y se alcanza la espectacularidad esperada sin llegar a agotar ni perder el sentido del humor.
Si os soy franco, me he quedado gratamente sorprendido. Y, por una vez, eso es algo positivo.

Valoración: Siete sobre diez.

sábado, 14 de enero de 2017

¿TENÍA QUE SER ÉL?: previsiblemente discreta.

¿Tenía que ser él? es una película que ya desde su planteamiento no busca cumplir una función de extrema originalidad. La confrontación generacional, más cuando hay un padre y una hija de por medio, ha sido caldo de cultivo para comedias americanas desde el inicio de los tiempos, haciendo alarde de esa sobreprotección extrema (y normalmente irracional) que tan bien representaran en sus respectivas épocas actores como Spencer Tracy, Steve Martin y, más recientemente, Robert De Niro.
Es precisamente Los padres de ella el referente más directo de ¿Tenía que ser él?, no en vano Ben Stiller es uno de los productores, pero dando la vuelta a la tortilla. Es decir, si en la película dirigida por Jay Roach Stiller era un tipo más o menos normal y su futuro suegro el psicótico ex agente de la CIA pasado de vueltas, ahora es el papá quien recae en el convencionalismo más caduco para que el desfasado sea el yerno, totalmente alejado de aquello que todo padre desearía para su hija (excepto en el insignificante detalle de que está forrado).
No hay nada novedoso en otra comedia pretendidamente gamberra (otra cosa es que lo consiga) que, una vez más, parece casi una quedada de amigos que una película en sí, ya que Jonah Hill es uno de los que filma el guion y James Franco es quien tiene carta blanca para todo tipo de exceso en ese humor cafre y grosero en el que se siente tan a gusto.
¿Tenía que ser él? carece de la elegancia de Los padres de ella y sus secuelas (ni que decir tiene si la comparamos con la blanquísima El padre de la novia), volviendo a caer en el error de confundir gamberrismo con mal gusto y conformarse con la simpleza de confiar casi todas las cartas en soltar palabrotas y hacer chistes coitales o fecales.
Hay una escena en la que el sufrido suegro está en una fiesta organizada por su futuro yerno en la que el actor Bryan Cranston debe mostrar como su personaje se encuentra superado por la situación. Es uno de esos momentos en los que uno piensa: ¿qué demonios hago yo en medio de este fregado? y casi se podría asegurar que esa escena simboliza la esencia del propio Cranston, un muy buen actor que vale que se pasara por Godzilla un ratito porque a todos nos gusta cobrar el cheque a fin de mes, pero que aquí está como pez fuera del agua por más que su talento sea lo que mantiene en pie el film.
Franco, por otra parte, vuelve a demostrar su bipolaridad interpretativa, capaz de ofrecer personajes torturados como su Harry Osborn en el Spiderman de Raimi, el trágico aventurero de 127 horas o su contenida actuación en la miniserie 22/11/63 o de patochadas tan bochornosas como en Juerga hasta el fin o la infame Caballeros, princesas y otras bestias. Aquí está totalmente desatado, y aunque no lo hace del todo mal se nota cuando no hay un guion sólido tras él para obligarlo a esforzarse en una interpretación de verdad. Quizá lo más destacado habría que buscarlo en las aportaciones de Keegan-Michael key o en el cameo de Kaley Couco, aunque esta última solo en voz (y que en su doblaje han respetado a Mar bordallo para ser fieles a su personaje de Penny de The big bang theory).
Como he dicho al principio, el truco del choque generacional siempre funciona, así que no voy a negar que la película tenga bastantes situaciones entretenidas y que divierta por momentos, pero de nuevo nos encontramos con una de esas películas que está plagada de buenas ideas que al final, quien sabe si por culpa del guion o por desmerecimiento del propio director, un John Hamburg bastante anodino, terminan desaprovechándose.
Además, otro obstáculo en este tipo de comedias es que la sorpresa es siempre algo muy limitado, ya que resulta obvio como va a acabar todo, así que al menos debemos conformarnos con que la parte más forzadamente emotiva es más o menos efectiva y logra ser creíble, que no es lo mismo que verosímil.

Valoración: Cinco sobre diez.

lunes, 2 de mayo de 2016

TRUMBO, la etapa más oscura de Hollywood.

Trumbo es, más allá de un fragmento en la vida del gran guionista  Dalton Trumbo, una crónica sobre la etapa más oscura del Hollywood dorado, ese en el que la Guerra Fría provocó una paranoia generalizada a todo lo que sonara mínimamente comunista y que produjo una feroz caza de brujas encabezada por el senador Joseph McCarthy.
Aparte de resaltar el increíble hecho de que en España hayamos tenido que esperar hasta finales de abril para ver una de las películas con nominaciones importantes al Oscar (enorme Bryan Cranston), Trumbo es una brillante recreación de cómo los denominados “los diez de Hollywood” quedaban señalados en una lista negra que les impedía trabajar o, en el peor de los casos, terminar encerrados en prisión. Fue una época de confusión y miedo, de amigos delatándose entre ellos y de desconfianza en el propio vecino, y la película sabe sacar buen partido de ello.
Podría decirse que la dirección de Jay Roach es muy plana y totalmente falta de personalidad, sin atreverse a arriesgar lo más mínimo en ningún momento, pero ello da pie, a cambio, a que el peso de la película caiga en su guion, del que hay que destacar algunos diálogos realmente brillantes, y, sobre todo, en su reparto. La nominación para Cranston es totalmente justificada, pero no se queda atrás la gloriosa (y aquí, además, odiosa) Hellen Mirren, obsesiva y pérfida o el siempre cumplidor John Goodman, que hace suya una de las escenas más divertidas del film.
Sobre la historia real se encuentra un relato sobre la amistad y la intolerancia, sobre la defensa de los derechos y del propio honor e incluso sobre la familia y el hogar. Un poquito de todo cabe alrededor del que escribiese (por más que tardaran años en reconocérselo) Vacaciones en Roma y que será eternamente recordado por el libreto, entre otras, de Espartaco.
Debo reconocer que soy público fácil para este tipo de films, ya que me encanta todo lo que rodea al Hollywood clásico (hasta soy de los que aplaudió ¡Ave, César!), y tener la oportunidad de ver aquí representados a personajes como Edward G. Robinson, John Wayne, Otto Preminger o Kirk Douglas (involuntario héroe de la película) es toda una gozada.
Ha tardado en llegar, pero pese a sus carencias y defectos Trumbo es una delicia para los amantes del cine y un interesante documento para los amantes de la historia, aparte de un brillante entretenimiento.

Valoración: Siete de diez.

domingo, 18 de mayo de 2014

GODZILLA (5d10)

Decepcionante.
Así de claro. Si no le gustan las críticas largas puede ahorrarse el resto del comentario. Una sola palabra resume a la perfección la sensación que a uno se le queda en el cuerpo después de ver al nuevo Godzilla.
Decepcionante.
No es una película mala, ni mucho menos. Incluso tiene momentos brillantes. Pero toda la genialidad que se intuía en su alargada campaña promocional y en esos trailers intensos que sin mostrar nada te dejaban inquieto ante lo que se insinuaba desaparece a los diez minutos de película y no vuelve a aflorar, y con cuentagotas, hasta la batalla final, larga y emocionante pero con demasiado regusto a Los Vengadores y, sobretodo, El hombre de Acero. Es decir, una hora y pico de absoluto vacío para darlo todo en un final de traca destruyendo una ciudad entera.
Después de dos prólogos (uno durante los títulos de crédito) sobre las pruebas nucleares de 1954 y el posterior salto a 1999 en Filipinas, que ya va poniendo los dientes largos sobre lo que nos espera, el principio es notable, con dos actores excelentes llevando la narración: efímero Bryan Cranston y anecdótica Juliette Binoche. Ambos, Joe y Sandra Brody, trabajan en la central nuclear de Janjira hasta que un accidente nunca aclarado provoca una fuga radioactiva que obliga a desalojar la zona y ponerla en cuarentena. De aquí saltamos quince años en el futuro cuando  el hijo de los Brody, Ford, ya es un adulto de pelo en pecho, soldadito fiel del ejército americano, amante padre y esposo y desconfiado hijo que no cree a su demente padre que sigue obsesionado con la explosión nuclear que le truncó la vida y lo arrastra hasta el cementerio de hormigón en que se ha convertido Janjira en busca de respuestas.
Hasta aquí la película tiene un ritmo notable, con una tensión palpable que va in crescendo sin necesidad de haber visto todavía bicho alguno, aunque el detalle de ver a Joe Brody gritando que algo malo está pasando sin que nadie le haga el más mínimo caso empieza a oler un poco mal, siendo tan manido como en la mayoría de las películas catastrofistas de Roland Emerich. Como sea, a partir de ahí la película comienza a ir cuesta abajo, resultando irónico que la aparición del monstruo de turno, que resulta no ser Godzilla, sino un Oteni (organismo terrestre no identificado). Y aquí encuentro el primer gran fallo, y es que el bicho de marras es espantosamente feo. De aspecto insectóide (un cruce entre una araña y una amantis religiosa) su diseño bebe demasiado del Alien de H.R. Giger y un robot, ya que tanto la confección de sus patas como su cabeza se me antojan ligeramente metálicos lo que, sinceramente, me saca de la historia y me hace olvidarme que estoy ante una superproducción estadounidense que hasta ahora era visualmente impecable.
A partir de ahora el protagonismo absoluto recaerá en Ford Brody, un insustancial Aaron Taylor-Johnson que no estaba mal en Kick-Ass y lo hacía francamente bien en Anna Karenina pero que no debía tener un buen mes mientras rodaba Godzilla pues está de lo más apático. Y ese es el segundo gran fallo de la película, pues su presencia molesta más que otra cosa (como sucediera con Matthew Broderick en el film del 98). Entiendo que lo que han pretendido los productores es dar más importancia al hombre que al monstruo, recordando que Godzilla es en realidad una metáfora sobre lo letal que puede ser la humanidad para sí misma, pero el camino elegido no ha sido ni de lejos el más acertado. Ford se pasará toda la película bailando al son de un “deus ex machina” que resulta mucho más inverosímil que la propia existencia de los monstruos atómicos. Verlo sobrevivir una vez a una situación mortal para el resto de sus acompañantes tiene un pase, pero a la tercera la paciencia del espectador empieza a flojear y todo amenaza con ser tomado a cachondeo.
Además, su participación implica una subtrama dramática con su mujer (Elizabeth Olsen, otra que pasaba por ahí y cuya presencia solo sirve para que ella y Aaron empiecen a conocerse un poco de cara a generar la química necesaria para la inminente Los Vengadores: la era de Ultron, en la que interpretarán a los hermanos Maximoff) y su hijo que jugarán un cansino “¿dónde estás que no te encuentro?” cada uno por su lado al más puro estilo Lo imposible, que para nada conecta con la emotividad del público.
Mientras, aparece por ahí un segundo Oteni (un macho y una hembra, claro, porque ya demostró Alien y su secuela que toda peli de monstruos que se precie debe tener una amenazante escena de “huevos” para que funcione) y ya es entonces cuando, por fin, el señor Godzilla se digna a aparecer.
Sentadas las bases de la acción y con un patético ejército americano dando tumbos por ahí como gallina sin cabeza, generando más peligro que soluciones, y con otra muestra de la desidia de los actores participantes, pues se dejan ver por ahí actores de renombre y demostrada calidad como Ken Watanabe, Sally Hawkins y David Strathairn y todos se limitan a poner la misma cara durante todo el metraje, se empieza a intuir que Godzilla no va a ser, ni mucho menos, la gran amenaza que nos estaban vendiendo, sino más bien… Y ahí lo voy a dejar, que a veces me pierdo y explico más de la cuenta.
Godzilla no es el protagonista de la película, por más que cuando aparece su presencia sea imponente y amenazadora, y el director, Gareth Edwards, prefiere el juego de la sutileza antes que la destrucción masiva que tanto hace disfrutar a Emmerich, director de la anterior aproximación yanqui al Kaiju japonés. En este sentido, hay que agradecer que no se limite a mostrar durante dos horas a Godzilla luchando contra los Oteni (para eso prefiero revisionar el King Kong de Jackson y la escena entre el simio gigante y el dinosaurio) que podría haber resultado tan cansino como Pacific Rin (de la que trata de desmarcarse desde el primer momento) hasta el punto que la escasa aparición del lagarto mutante recuerda al trabajo de Spielberg en Tiburón o los minutos iniciales de Parque Jurásico.
Algo debimos olernos cuando se contrató a un director como  Gareth Edwards para el film, sabedores de que su única película, Monsters, era una película de extraterrestres sin apenas extraterrestres y que funcionaba como metáfora social rodada con apenas cuatro duros. Lo segundo preocupante era la clasificación moral de siete años.
Godzilla bebe mucho de sus referentes japoneses y apuesta por un toque intimista que podría haber funcionado si no fuera porque termina aburriendo. Pasan muchas cosas, hay mucha acción, pero el estar constantemente esperando la aparición triunfal del monstruo hace que todo el tramo central de la película nos sobre, pese a contener algunas secuencias hermosas (como la del salto en paracaídas, justo la misma que nos muestras prácticamente entera en el tráiler) y una impactante banda sonora a cargo de Alexandre Desplat. Así, yo me pregunto: ¿vale la pena tanta acción y destrucción si al final vamos a ver más los resultados que los hechos?
Con una tonalidad gris que predomina gran parte de la película (y que me invita a aconsejar que a nadie se le ocurra pagar la diferencia que supone su visionado en 3D), el desenlace final es un resumen de todo lo que hemos estado esperando durante más de una hora, donde se da un giro a los propósitos y, como en El hombre de acero, los destrozos son tan descomunales y los planos de edificios enteros cayendo al suelo tan repetidos que cuesta imaginar que nos puedan vender un final feliz a la historia sin hacernos reparar en los miles (o millones) de muertos que han debido dejar atrás.
En fin, que si se analiza dejando de lado las expectativas iniciales y recordando que quieran hacer más una película con mensaje que un espectáculo de acción, la obra es superior al Godzilla de Emmerich. Sin embargo, yo me lo pasé mejor con la otra.
Eso también lo resume todo…


domingo, 27 de enero de 2013

ARGO (8d10)

Después de las aburridas La noche más oscura y Lincoln, Argo se postura como la única esperanza del buen cine de cara a la próxima edición de los Oscars de Hollywood. Partiendo de una historia real Argo relata la misión casi imposible de extraer de Irak a varios diplomáticos americanos confinados en la embajada canadiense durante la crisis de los rehenes en Irán, entre noviembre del 79 y enero del 81. Tras sopesar varias opciones suicidas, la mejor (o única) alternativa es enviar un grupo de rescate haciéndose pasar por un equipo de rodaje de una productora de cine en busca de localizaciones para una película. Un plan tan rocambolesco e inverosímil que hasta podría funcionar.

No hay duda que una historia como esta es casi un caramelo, un regalo que Ben Affleck no dudó en aceptar y convertir en su tercera película, después de las buenas acogidas que tuvieron Adiós, pequeña, adiós y, sobretodo, The town, ciudad de ladrones. Con Argo Affleck cierra el círculo,  consiguiendo su película más completa y madura que, en una de esas decisiones que no se comprenden, no le reportara el Oscar como director por no estar nominado, pero que a buen seguro le abrirá las puertas a la gloria que parecía haber perdido como actor. Y es que si bien la historia es buena, no es menos cierto que en manos de cualquier otro director podía haber derivado bien en un drama político tedioso o, por el contrario, derivar en la pantomima más absoluta. No quiero ni imaginar que habría resultado de caer este proyecto en manos de Spielberg o Bigelow, por poner dos ejemplos de directores que ya han ganado un Oscar. Affleck, sin embargo, logra encontrar el punto exacto entre drama y comedia, consiguiendo un relato intenso y emocionante cuando se centra Irán pero divertido y relajado en el retrato del Hollywood de la época, ayudado también por las extraordinarias interpretaciones de Allan Arkin y John Boorman. La puesta en escena de Affleck es elegante y sobria, limitándose a narrar unos hechos sin ceder a las tentaciones del maniqueísmo político. Tan solo en la breve introducción hay un atisbo de critica a la política exterior de los Estados Unidos, promovida más por la realidad de lo que sucedió que por la ideología política del director (que por otro lado ni conozco ni me interesa), eludiendo luego una reinterpretación de la historia con la supuesta distinción entre buenos y malos. No se pretende, pues, ni alzar ni quemar la bandera de las barras y estrellas, y si queremos buscar en la narración un héroe de verdad habría que señalar al embajador canadiense (notable Victor Garber),  quien verdaderamente arriesga su vida y la de su familia no por cumplir con su trabajo (como podía ser el caso del personaje de Affleck) sino por actuar según le dicta su conciencia.

Y quiero finalizar con un apunte dedicado a aquellos que disfrutan atacando sin motivos la calidad interpretativa de un actor (que, reconozcámoslo, no es demasiado acertado a la hora de elegir de sus papeles). Ya está bien de recurrir al tópico fácil de que Affleck es tan buen director como mal actor. Él mismo ha protagonizados sus dos últimas películas, así que si son alabadas es que tampoco lo hará tan mal, digo yo.