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sábado, 15 de junio de 2019

JOHN WICK: PARABELLUM

Después de que en 2014 John Wick se convirtiera en uno de los sleepers del año (ya saben, un éxito que pilló a todos por sorpresa, empezando por una España en la que ni siquiera se llegó a estrenar en cines), la historia de este antihéroe tan expeditivo se ha convertido en una lucrosa franquicia, de la que ya hay anunciada una cuarta entrega, un spin off femenino y una serie de televisión inspirada en The Continental.
Sus dos directores iniciales, Chad Stahelski y David Leitch están en coba de todos y son auténticos referentes en el cine de acción (casi al nivel de los hermano Ruso), siendo el primero el responsable de las dos siguientes entregas de la saga y del futuro remake de Los Inmortales mientras que el segundo demostró que puede volar por su cuenta con Atómica Deadpool 2, estando a los mandos de la inminente Fast & Furious: Hobbs & Shaw, aunque sin duda quien más fortalecido ha salido del éxito de la saga es un renovado Keanu Reeves que tras unos años de ostracismo ha conseguido dar forma a un personaje más icónico todavía que su recordado Neo de Matrix.
Cuando se analiza una película, se tiende a pensar en dos términos básicos, más allá de los gustos de cada uno y cada cual: buenas o malas. Pero luego hay otras, como estas John Wick que están por encima de todo eso. Desde luego, cuando Derek Kolstad, la cuarta pata de la mesa, autor de los guiones de toda la saga y de la próxima encarnación de Hitman, pensó en el libreto de John Wick: Parabellum no estaba pensando en términos de calidad, sino de molancia. Porque sí, lo que verdaderamente importa de John Wick es que todo mole mucho, que se juegue constantemente al más difícil todavía y que se rice el rizo de forma casi irrisoria.
Ya con el final de John Wick: Pacto de Sangre se podía deducir que la suspensión de la incredulidad iba a ser muy exigente para esta tercera entrega. Y es por eso que, si se pretendiera hacer un estudio sesudo y analítico del guion, se encontrarían más agujeros y sinsentidos que en cualquiera de las dos anteriores, un peaje que se debe pagar, sin embargo, para que la película no sea una mera repetición de las anteriores.
Con la habilidad demostrada de Stahelski para las coreografías de lucha, los niveles de espectacularidad se ven notablemente incrementados, añadiéndoles quizá ciertas dosis de humor bastante acertado y consiguiendo ampliar la mitología que gira alrededor del mundo de John Wick.
Con la única pega de una duración algo desmedida (es fácil llegar al combate final algo agotado), siendo algunas de las peleas tan espectaculares que el clímax final puede llegar a saber a poco, la película reincide en ser un auténtico festival de rock’n’roll, algo más violenta y sangrienta, si cabe, que las anteriores, y con algunas incorporaciones muy estimulantes.
Con ese pacto con el diablo que Keanu Reeves parece haber hecho con el diablo para no envejecer, John Wick sigue en plena forma, la originalidad de las peleas sigue superándose (es increíble lo que se puede hacer con un simple libro) y el disfrute está asegurado.
No sé si la película será buena o mala. Quizá sea todo una gran tontería. Pero lo cierto es que la saga no está perdiendo fuelle, mantiene el nivel de diversión de las anteriores y es pura dinamita. Esperemos que con el anunciado Capítulo Cuatro no se estropee el invento…


Valoración: Siete sobre diez.

martes, 12 de marzo de 2019

MULA

Pese a su avanzada edad (está a punto de cumplir ochenta y nueve años), Clint Eastwood sigue rodando a un ritmo imparable y con menos de un año de diferencia con respecto a su última película, 15:17, tren a París, lo cual es de por sí solo digno de admiración, independientemente del resultado final de sus trabajos.
Es indudable, sin embargo, que sus mejores tiempos como director han quedado atrás, y a excepción de la estimable Sully, sus últimas películas eran bastante olvidables, siendo posiblemente Gran Torino su última aportación destacable a la industria (aparte, quizá, de ese trabajo “de encargo” que era Invictus).
Con Mula, Eastwood regresa, además, como intérprete, después de haber dicho que se retiraba tras la mencionada Gran Torino, en 2008, aunque cuatro años más tarde volvería a aparecer (fue una colaboración “como amigo”) en la olvidable (y olvidada) Golpe de efecto.
Eastwood siempre se ha caracterizado por hacer un cine bastante intimista, con una clara línea a seguir en sus trabajos más personales, con temas como la soledad, el abandono o la redención, en películas crepusculares con la que Mula podría cerrar una trilogía iniciada con sin perdón y continuada en Gran Torino.
En Mula, Eastwood interpreta a un viejo amargado, encerrado en su mundo de horticultor, donde se mueve como pez en el agua, simpático, dicharachero y triunfador, pero que lo ha alejado de una familia que, en el mejor de los casos, lo ignora y en el peor, lo odia. Cuando los tiempos avanzan más rápidos que él mismo y termina en la ruina decide aceptar un trabajo de conductor sin hacer demasiadas preguntas, pero cuando el dinero es tan sencillo de ganar y las posibilidades de arreglar sus errores del pasado parecen factibles, es difícil detenerse.
Mula es, por tanto, una huida hacia delante, un relato inspirado en el caso real de Leo Sharp, que sirve para recuperar todos los tics del “anciano” Eastwood donde se confirma que, irremediablemente, lleva años haciendo la misma película. En esta ocasión, sin embargo, y pese a contar con el mismo guionista que Gran Torino, la historia tiene algo más de humor de lo habitual y se maneja hacia unos convencionalismos que hacen que, acompañando al drama intimista del protagonista, haya una historia paralela del gato y el ratón propia de películas como Atrápame si puedes o aquella interesante Un mundo perfecto que él mismo realizó hace ya veintiséis años y que, pese a contar con la parte interpretativa más talentosa (por ahí están Bradley Cooper -que repite con Eastwood después de El Francotirador-, Michael Peña, Andy García y Laurence Fishburne) que nunca termina de arrancar del todo. Es por ello que la película muestra un ritmo irregular, cabalgando entre una trama policíaca fallida y un drama familiar algo más correcto (junto a su hija -real y en la ficción- Alison Eastwood se encuentran también Taissa Farmiga y Diane West), y que, pese a que no llega a ser aburrida, si tiene un cierto aroma a rancio, como si la trama fuese tan caduca como el propio personaje, que se limita a justificar la mayoría de sus errores condenando a Internet y a los móviles (¡ay, abuelo…!).
Duele, además, ver a un Eastwood tan mayor. Es cierto que cada uno tiene la edad que tiene y que hay que aplaudirle por seguir al pie del cañón, pero viendo los esfuerzos que aparenta necesitar para cosas tan nimias como sentarse en una silla, cuesta creerse que pueda realizar viajes tan largos al volante de su furgoneta, soportar una paliza de dos mafiosos o retozar con las espectaculares chicas que le ofrecen sus nuevos amigos narcotraficantes (por cierto, ridícula la escena en la piscina en la que Eastwood, en modo “viejo verde” quiere emular las escenas de contoneos sexuales de la saga Fast&Furious y no llega ni a la altura de Torrente).
Una película aceptable, en fin, donde se deconstruye una vez más al héroe americano y cuyo mensaje se repite con tanta insistencia que termina resultando cursi y cansino. Es mejor película que la aburrida 15:17, tren a París, la manipuladora El francotirador o la mediocre Jersey Boys, pero no está, ni de lejos, entre las mejores películas de este director al que quizá le tocaría ya un más que merecido descanso.


Valoración: cinco sobre diez.

jueves, 8 de marzo de 2018

LA ÚLTIMA BANDERA


El tema de los veteranos de guerra y su reinserción a la vida civil es un tema recurrente en Hollywood. Hace apenas un par de semanas Clint Eastwood lo trató en 15:17, tren a París sin demasiado acierto y esta vez ha sido el reputado Richard Linklater quien ha probado suerte.
Es curioso el caso del autor de Boyhood o de la trilogía de Antes de…, ya que cada una de sus películas difiere mucho de las otras, casi como si careciera de un estilo personal definido, sin embargo, casi siempre acierta en sus trabajos, consiguiendo películas, como poco, muy interesantes.
En La última bandera Linklater reúne a tres excombatientes que no se habían vuelto a ver desde Vietnam y a los que une un oscuro secreto. Los años han pasado, cambiando sus vidas y llevándolos por caminos bien dispares, pero cuando el hijo de uno de ellos muere en Iraq, los tres se reunirán de nuevo para acudir a su funeral.
A simple vista se podría intuir que estamos ante un dramón lacrimógeno, pero aunque Linklater se muestra muy crítico con su gobierno y totalmente reflexivo, la película está repleta de diálogos brillantes y de gran ironía que dotan al film de un humor mordaz y muy negro que, en boca de tres monstruos de la interpretación como son Steve Carell, Bryan Cranston y Laurence Fishburne logran componer una película maravillosa capaz de hacernos reír a la vez que nos retuerce el alma y nos deja con un mar cuerpo terrible.
Resulta casi redundante destacar que La última bandera se apoya mucho en sus actores, un trío en estado de gracia con un Branston desatado y un Carell cada vez más adaptado al cine “serio”, lejos de su faceta como comediante a la que nos tenía tan acostumbrados y de la que ya empezó a deshacerse en papeles como el de Foxcatcher. Entre los tres dan forma a una película melancólica y extrañamente triste que no llega a ser un panfleto de moralina antimilitar pero que expone con claridad sus dudas no solo sobre el sentido de la guerra sino también sobre el del propio honor. ¿Merece la pena mantener una mentira para salvaguardar el secreto de un supuesto héroe? Esto es algo que los tres compañeros de viaje deberán resolver mientras se enfrentan a sus propias diferencias y a un mundo que ha avanzado sin esperarlos.
Valoración: Siete sobre diez.

sábado, 29 de abril de 2017

JOHN WICK. PACTO DE SANGRE. Contundente y efectiva.

Hace apenas tres años cayó en manos de Keanu Reeves un proyecto llamado John Wick (Otro día para matar) que entusiasmó tanto al actor que lo convirtió en una apuesta personal. 
Actuando como productor se trajo a la silla de dirección a Chad Stahelski y David Leitch (aunque el segundo no estuvo acreditado por cuestiones sindicales), a los que conocía por su trabajo como especialistas en Matrix, y a un interesante reparto de secundarios. Al final, la productora no creyó en esta especie de variante de la saga de Venganza de Liam Neeson y la película tuvo una muy mala distribución, no llegando a estrenarse en muchos países incluido el nuestro. Eso no impidió, sin embargo, que cuadriplicase su presupuesto en taquilla y que, en tan poco tiempo, alcanzase el rango de film de culto, lo que hacía casi obligatoria una secuela que, esta vez sí, se estrena por todo lo alto.
Ahora con Chad Stahelski como director (Leitch está a punto de estrenar Atómica, con Charlize Theron), John Wick: Pacto de sangre es una digna secuela que ofrece justamente lo que promete: acción a raudales con grandes coreografías y espectaculares tiroteos.
Puede que el Wick de Reeves tenga un cierto aroma a justiciero ochentero más cercano al estilo Bronson o Norris más que al personaje que creara Luc Beson, pero todos los referentes que se quieran buscar están incluidos en esta espiral de locura y violencia (hay incluso un homenaje a La dama de Shanghái) a mayor lucimiento de las artes marciales de Reeves.
John Wick sigue siendo un hombre que huye de su pasado y que solo pide que lo dejen vivir en paz junto a su perro, pero cuando uno tiene las manos manchadas de sangre eso no suele ser tarea fácil. 
Todo el mundo (y ese todo cobra aquí un sentido casi literal) se puede llegar a convertir en el enemigo de un hombre que resulta imparable y mortal con cualquiera de las tres armas que mejor maneja: las pistolas, los coches o sus propios puños. 
Dotando al personaje de un aire de leyenda que permite que el tipo, con apenas dos películas, pueda estar ya en el imaginario popular codeándose con tipos como James Bond o Ethan Hunt, su estilo rudo y de pocas palabras recuerda también en algo al Jack Reacher de Tom Cruise, dejando que sean sus actos quienes hablen por él.
La película es conscientemente excesiva en todo momento, rindiendo tributo también al mundo del videojuego (este podría ser el Hitmanque ni Timothy Olyphant ni Rupert Friend supieron recrear), para lo cual es imprescindible destacar la labor de Stahelski. El director, más allá de limitarse a encuadrar bien, da toda una lección en cuanto a lo que es dirigir escenas de acción, jugando también con las luces y los colores para conseguir hermosas composiciones. 
Mucho se está elogiando la escena de las escaleras mecánicas, pero la muerte de Gianna D'Antonio es una maravilla visual, con la sangre cubriendo su desnudez hasta lograr la apariencia de un vestido mortuorio.
Con un buen puñado de secundarios (la reunión de Reeves y Laurence Fishburne obliga a una nostálgica sonrisa, echándose de menos la presencia de Carrie Ann Moss para acabar de rematarlo) y un guion tan simple como efectivo, John Wick: Pacto de sangre puede resultar abrumadora a determinado público que no sepa apreciar las coreografías salvajes y violentas de un estilo denominado Gun Fu que aquí se convierte casi en una danza mortal.
Nadie debería meterse con John Wick, pero como parece que hay quien no aprende, ya está en camino la tercera entrega. Keanu Reeves, denostado los últimos años, es el nuevo héroe del cine de acción. Y aún tiene mucho que decir.

Valoración: siete sobre diez.

sábado, 31 de diciembre de 2016

PASSENGERS, romance en gravedad cero.

Ahora sí, ha llegado la hora de comentar la última película de este año, con la que es el estreno más importante de este fin de semana.
Dirigida por Morten Tyldum, quien hace apenas un año triunfaba con Descifrando Enigma, se esperaba de Passengers que fuese uno de los taquillazos de las navidades, aunque solo fuese por contar en su reparto a las dos estrellas más importantes del momento. Sin embargo, parece que ni público ni crítica se están dejando seducir de momento por las miradas limpias y cristalinas que Chris Pratt y Jennifer Lawrence nos ofrecen desde el poster de la película.
Sin embargo, Passengers no es en absoluto una mala película. Las dos horas de duración pasan volando y en todo momento hay un gran trabajo interpretativo que se redondea con la presencia de Michael Sheen en un rol secundario pero fundamental.
Una nave espacial viaja hacia un planeta lejano donde se establecerá una nueva colonia. El viaje está previsto eu dure ciento veinte años, pero un accidente provoca un fallo que hace salir de su estado de hibernación a uno de los pasajeros nada menos que noventa años antes de llegar a su destino.
Con títulos como Gravity o Marte en la memoria, Passengers pretende ser una película de corte intimista (pese a su lujosa planificación y sus espectaculares diseños de producción) que debate sobre la soledad, las relaciones y el egoísmo en situaciones extremas, y en ese sentido es donde mejor funciona. Estamos acostumbrados a criticar una película por sus historias de amor que entorpecen y distraen de la acción principal, pero precisamente en Passengers es esa historia de amor, ese conflicto tan intenso y dramático entre Jim y Aurora (los personajes a los que dan vida Pratt y Lawrence) lo que mejor funciona, haciendo que cuando la cosa gira a la acción y empiezan los fuegos de artificios se desinfle todo un poco, aparte de que alguna frase engañosa del tráiler invita a pensar que la cosa va por un camino diferente y eso termina por despistar.
Así, Tyldum consigue crear una atmosfera sobrecogedora (en algo recuerda el arranque a la simpática serie de Will Forte El último hombre en la Tierra) bien apoyada en las interpretaciones de sus protagonistas, que demuestran una potente química entre ellos. Además, la música de Thomas Newman ayuda a subrayar los sentimientos cambiantes a medida que avanza la trama. Con coqueteos bien llevados entre el humor de sonrisa ligera y el drama más reflexivo, es una de esas películas que en su arranque invitan al debate y a la discusión, por más que ese discurso termine perdiéndose a medida que va avanzando y su final pueda resultar incluso ridiculo.
Además, Passenger se duele de uno de los males que sufren las grandes producciones actuales, los cambios de última hora. Parece ser que, tal y como sucediera en El despertar de la Fuerza, La era de Ultron, Batman V Superman, Suicide squad o Rogue One, por mencionar solo algunos casos documentados, mucho de lo rodado ha quedado olvidado en la mesa de montaje, y el personaje de Andy García (qué cabreo debe llevar el pobre) es buena muestra de ello.
Por lo que a mí respecta, sin ser un peliculón de esos que uno revisiona mil veces, Passengers me ha dejado con un buen sabor de boca y me ha resultado una experiencia agradable de ver, no sé si influenciado por el antihype que se estaba empezando a crear y que me preparaba para lo peor.

Valoración Siete sobre diez.

sábado, 14 de febrero de 2015

LA SEÑAL (6d10)

Corresponde La Señal a ese tipo de películas pequeñas, de limitado presupuesto, cuyo estreno suele estar condicionado a su éxito en los pases por diversos festivales (fue una de las que gustó en Sitges, sin ir más lejos) y cuya principal arma es el despliegue imaginativo de su argumento.
Arrancando de un  planteamiento tópico a más no poder (unos amigos de excursión –aquí la excusa es una mudanza en la que aprovechan para averiguar el punto de partida de la señal informática de un hacker- que terminan en una casa abandonada en medio del bosque a plena noche) la película se reinventa en varias ocasiones, cambiando de género pasando del terror a la ciencia ficción y el thriller con lo que es imposible no recordar (aunque eliminando todo su humor y referencias frikis) en ciertos momentos a la brillante Una cabaña en el bosque, por más que su línea pueda estar más en la línea de Coherence o Orígenes.
Dirigida por el desconocido William Eubank (que también firma el guion junto a su hermano Carlyle y a David Frigerio), la película cuenta en el apartado interpretativo con rostros que empiezan a abrirse paso poco a poco en el mundillo, como Brenton Thwaites (el principito azul de Maléfica), Olivia Cook (vista hace poco en Ouija) y Beau Knapp (uno de los secundarios de Super8 que en breve estrenará Southpaw, junto a Jake Gyllenhaal y Rachel McAdams), y con el veterano Laurence Fishburne para dar un poco de lustro.
Eubank suple con creces la falta de presupuesto (aunque la verdad es que lo poco que se ve luce muy bien, eso hay que reconocerlo) con un montaje atropellado en algunos momentos, mezclando flashbacks y recuerdos con el presente, lo que ayuda a crear un ambiente más desasosegante a la narración, aunque también traba un poco el ritmo.
Sin que se pueda contar demasiado de la historia para no estropear ningún giro inesperado, destacaré tan solo lo bien planteados que están los personajes, que sin apenas saber nada de ellos quedan suficientemente definidos para poder empatizar con ellos y que no caen en los prototipos predefinidos de las películas de slashers  como sería de prever.
Interesante y adictiva, no es tampoco una maravilla total, quedando a medio camino en muchos momentos (no es suficientemente aterradora, ni exageradamente claustrofóbica, ni definitivamente sorprendente), pero cumple su cometido con sinceridad, entreteniendo con inteligencia y culminando en un final que, aunque pudiera parecer previsible, es coherente y diría que hasta redondo.
Suficientes alicientes para, por lo menos, darle una oportunidad (al menos es cine, no como ese anuncio de perfume de dos horas que se ha estrenado también este fin de semana) y seguirle la pista al tal Eubank.

martes, 25 de junio de 2013

EL HOMBRE DE ACERO (5d10)

Extraña la nueva versión del héroe de DC así como extraña ha sido mi percepción de la misma. Mientras veía la película estaba disfrutando, considerando puntuarla con un mínimo de 8. Superado el ecuador de la obra la cosa decae sobremanera, de manera que he salido de la sala del cine con un 6 en la cabeza, y en el tiempo que he tardado en empezar a escribir estas líneas (apenas un par de horas) la he dejado reposar lo suficiente para quedarme con un aprobado rascado. Y gracias.
Ante sentimientos tan encontrados he decidido escribir una crítica un poco diferente a lo habitual, enumerando al principio lo que me ha gustado y a continuación lo que no, de manera que cada uno de vosotros valoréis lo que consideréis que tenga más peso.
La historia, por más que nos la sepamos de memoria, está narrada de forma bastante interesante, fusionando el argumento de las dos primeras películas clásicas (¡que larga es la sombra de Richard Donner!). Había cierta duda sobre si iba a pesar más la dirección de Zack Snyder o la producción de Christopher Nolan (ese tipo que debe odiar tanto a los superhéroes que le alimentan que se empeña en que sus nombres no aparezcan ni en el tíitulo), y por fortuna ha sido el director quien se ha llevado el gato al agua, con una dirección sobria y elegante (me sobra el uso de algún zoom), no tan excesiva como nos podíamos temer y con algunas secuencias realmente impactantes (esas peleas en vuelo, casi en primera persona). También encuentro interesante la manera de alternar dos líneas temporales, tal y como ya hiciera en la brillante Watchmen, y la recreación de Kripton es muy buena, desmarcándose de lo que habíamos visto hasta ahora e insinuando una mitología propia que sabe a poco. Otro aspecto destacado es el interpretativo. Henry Cavill (conocido por su participación en Los Tudor y por ser el hijo de Bruce Willis en esa flojita peli de intriga rodada en España llamada  En la fría luz del día) está a la altura de Christopher Reeve y a años luz del soso de Brandon Routh, haciendo un Superman creíble, con toques de humanidad y gran poder de seducción, mientras que Amy Adams consigue con esa mezcla de determinación y ternura confeccionar a la mejor Lois Lane posible (por encima de la histriónica Margot Kidder y... ¿alguien se acuerda quien hacía el papel en Superman returns?). Parecía imposible evitar comparaciones odiosas con Marlon Brandon y Glenn Ford, pero Russell Crowe y Kevin Coster aprueban con nota, mientras que Michael Shannon (al que hemos visto en Broadward Empire y poco más) cumple como villano, pese al horrible doblaje español. Así que: perfecto, el personaje se presenta con buen ritmo (el uso de los flashback nos permiten ver al héroe vestido con su característico traje apenas a la media hora de película) y la parte dedicada a su juventud es emotiva sin empalagar, así como interesante la manera de darse a conocer al mundo (me gusta especialmente que Lois descubra enseguida su identidad, nunca entendí que la ganadora de un Pulizzer pudiera ser tan torpe como periodista).
Si hasta ahora me gustaba todo... ¿Qué pasa para que me venga abajo? Para empezar, el villano. Por más que se esfuerce el actor y por mucho que a priori aplaudiésemos la ausencia de Lex Luthor en esta primera película,  lo cierto es que la amenaza que supone el general Zod es terriblemente plana. Una vez enfrentado a Superman desaparecen las subtramas y todo se reduce a más de una hora de una batalla interminable, explosiones a tutiplén y edificios derrumbándose. No creo que exagere nada si afirmo que a partir del ecuador de la película el guion brilla por su ausencia,  ignorando esa máxima del cine de calidad que afirma que, en ocasiones, más es menos. Todo ahora se reduce a un exceso de violencia y destrucción que termina por aburrir soberanamente, haciéndose eterno y recodando poderosamente además (aunque en malo) a la batalla final de Los Vengadores. Además,  tiene el film un tufillo a trascendencia épica (aquí si que se adivina la mano de Nolan) que lastra al personaje, que por momentos parece contagiarse del aurea de divinidad que ya insinuó Bryan Singer en la fallida Superman Returns, y desechando totalmente el sentido del humor que Josh Wedon tan sabiamente usó para aderezar a Los Vengadores. Sí,  este es un mundo más real, parecen decir Nolan y Snyder, pero la conclusión se me antoja muy Happy End cuando media ciudad es destruida y ni por asomo se ve o menciona a una sola víctima civil. En serio, quée terriblemente decepcionante y soporífera segunda hora de película (y dicen que el montaje inicial superaba las tres horas).
Quiero concluir esta crítica analizando dos escenas concretas que me parecen determinantes en la definición del personaje, pero que podrían tratarse de SPOILERS (bueno, una seguro que lo es) así que estáis avisados por si no queréis continuar leyendo.
No soy un especialista en la mitología de Superman, he leído mucho más Marvel (especialmente Spiderman, como veréis a continuación), pero me consta que Johnatan Kent muere por un infarto, y aunque siempre se esforzó por dar una buena educación a su hijo no lo recuerdo en el comic original como una guía espiritual tan marcada en la vida de Clark Kent como en esta película (algo así sucedía también en Smallville), donde aquí además el personaje interpretado por Kevin Costner muere a consecuencia de la no intervención de Clark en un momento dado.¿ Es cosa mía o sobrevuela por ahí el recuerdo del tío Ben? Solo falta que en algún momento el bueno de Johnatan le suelte a su hijo adoptivo eso de que "todo gran poder..." ¿Ya sabéis cómo sigue, no?
Lo segundo que quería comentar, e insisto con lo del spoiler, concierne a la escena final, al momento culminante en que Superman, para salvar la vida de tres civiles mata al general Zod. Vamos a ver, quizá esto os parezca de alguien muy cuadriculado, pero esto es así: Superman no mata. Punto. Es casi una definición del personaje. Batman es el oscuro y violento. Superman, no. Y verse en esa tesitura en la que se supone es su primera película y su primera acción como superhéroe debería marcarlo de por vida. Algo parecido pasa en Marvel. Lobezno no tiene reparos a la hora de desgarrar a alguien, pero en sus más de cincuenta años de historia Spiderman nunca ha provocado voluntariamente ninguna muerte, conocedor de que una vez que se cruce la línea ya no habrá marcha atrás. Superman la ha cruzado (da igual que hubiesen inocentes en peligro, Spiderman habría encontrado otra manera de solucionarlo o habría muerto en intento; y el verdadero Superman, tanto el del comic o como el de Donner, también), y eso hace que deje de ser nuestro héroe tal y como lo conocemos.
Otro héroe deformado, oscuro y amargado. Sigue así,  Nolan. En  Marvel te lo agradecerán.

Resumiendo, brillante arranque con una buena historia y unas grandes interpretaciones que deriva en una copia mala, burda y aburrida de la épica batalla de Nueva York de Los Vengadores. No es tan mala como el final de la estúpida y sobrevalorada trilogía del murciélago llorica,  pero sí muy decepcionante.