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martes, 3 de septiembre de 2019

DORA Y LA CIUDAD PERDIDA

Soy plenamente consciente de que existe un tipo de cine orientado a un público infantil que puede provocar un rechazo inmediato al espectador adulto, que puede sentir de antemano que la cosa no va con ellos. El tema se agrava si, como en el caso que nos ocupa, estamos ante la adaptación de un programa televisivo que no es que sea infantil, sino que redunda y se regodea en ello hasta el punto de poder ser insufrible para su público no objetivo.
Por eso, con tales avisos, enfrentarse a una película como Dora y la ciudad perdida, una adaptación en imagen real de la serie de Dora, la exploradora, podía antojarse casi como un suicidio neuronal. Y, sin embargo, mi sorpresa ha sido mayúscula al encontrarme ante una película divertida, refrescante y con un tono juvenil muy acertado, paródico y autoconsciente de sus orígenes, que se puede disfrutar perfectamente en familia. Un sorprendente descubrimiento que podría compararse a lo que me sucedió hace un par de años con la infravalorada Power Rangers.
Dora y la ciudad perdida es, en el fondo, un Indiana Jones (o una Lara Croft, no vaya a ser que se me ofenda alguien) en versión adolescente, una película de aventuras arqueológicas en la selva con un ajustado casting (Eva Longoria y Michael Peña son los nombres importantes del reparto, pero muy secundarios; él apenas tiene un par de momentos de lucimiento muy alejado de sus tronchantes aportaciones en Ant Man y Ant Man y la Avispa), donde solo puede destacar algo el mexicano Eugenio Derbez (visto en El cascanueces y los cuatro reinos o Un mar de enredos, por ejemplo). Sin embargo, como toda película juvenil que se precie debe hacer, el peso recae en un grupo de niños inadaptados que deben aprender a trabajar untos para que al fin (que de esto es en el fondo de lo que va la película) aprender el valor de la amistad. Y es donde la película guarda su mayor acierto, ya que Isabela Moner, que ya se había dejado ver con acierto en Transformers: el último caballeroFamilia al instanteSicario: el día del soldado, demuestra que es capaz de soportar ella sola el peso de la película componiendo un personaje a medio camino entre una ingenuidad casi repelente y una dulzura entrañable, siendo creíble también en sus momentos de acción. Sobre ella se centra el director James Bobin, especializado en películas de los Muppets aunque ya dio el salto a la primera división con la flojita Alicia a través del espejo, para que, con falsas roturas de la cuarta pared y el uso de las canciones, Dora se burle de los tópicos más arraigados de su serie y sepa hacer un divertido guiño a los adultos que sepan pillar las referencias.
Con alguna concesión obligada (me sobra el personaje del zorro por romper la estética de realismo del resto del film), Dora y la ciudad perdida es, en fin, un estupendo pasatiempo familiar muy superior a lo que el propio concepto podría invitar a pensar y que hará disfrutar a los más pequeños sin desmerecer ni despreciar a los adultos que acudan sin complejos y con ganas de pasar, simplemente, un rato entretenido.


Valoración: Seis sobre diez.

martes, 12 de marzo de 2019

MULA

Pese a su avanzada edad (está a punto de cumplir ochenta y nueve años), Clint Eastwood sigue rodando a un ritmo imparable y con menos de un año de diferencia con respecto a su última película, 15:17, tren a París, lo cual es de por sí solo digno de admiración, independientemente del resultado final de sus trabajos.
Es indudable, sin embargo, que sus mejores tiempos como director han quedado atrás, y a excepción de la estimable Sully, sus últimas películas eran bastante olvidables, siendo posiblemente Gran Torino su última aportación destacable a la industria (aparte, quizá, de ese trabajo “de encargo” que era Invictus).
Con Mula, Eastwood regresa, además, como intérprete, después de haber dicho que se retiraba tras la mencionada Gran Torino, en 2008, aunque cuatro años más tarde volvería a aparecer (fue una colaboración “como amigo”) en la olvidable (y olvidada) Golpe de efecto.
Eastwood siempre se ha caracterizado por hacer un cine bastante intimista, con una clara línea a seguir en sus trabajos más personales, con temas como la soledad, el abandono o la redención, en películas crepusculares con la que Mula podría cerrar una trilogía iniciada con sin perdón y continuada en Gran Torino.
En Mula, Eastwood interpreta a un viejo amargado, encerrado en su mundo de horticultor, donde se mueve como pez en el agua, simpático, dicharachero y triunfador, pero que lo ha alejado de una familia que, en el mejor de los casos, lo ignora y en el peor, lo odia. Cuando los tiempos avanzan más rápidos que él mismo y termina en la ruina decide aceptar un trabajo de conductor sin hacer demasiadas preguntas, pero cuando el dinero es tan sencillo de ganar y las posibilidades de arreglar sus errores del pasado parecen factibles, es difícil detenerse.
Mula es, por tanto, una huida hacia delante, un relato inspirado en el caso real de Leo Sharp, que sirve para recuperar todos los tics del “anciano” Eastwood donde se confirma que, irremediablemente, lleva años haciendo la misma película. En esta ocasión, sin embargo, y pese a contar con el mismo guionista que Gran Torino, la historia tiene algo más de humor de lo habitual y se maneja hacia unos convencionalismos que hacen que, acompañando al drama intimista del protagonista, haya una historia paralela del gato y el ratón propia de películas como Atrápame si puedes o aquella interesante Un mundo perfecto que él mismo realizó hace ya veintiséis años y que, pese a contar con la parte interpretativa más talentosa (por ahí están Bradley Cooper -que repite con Eastwood después de El Francotirador-, Michael Peña, Andy García y Laurence Fishburne) que nunca termina de arrancar del todo. Es por ello que la película muestra un ritmo irregular, cabalgando entre una trama policíaca fallida y un drama familiar algo más correcto (junto a su hija -real y en la ficción- Alison Eastwood se encuentran también Taissa Farmiga y Diane West), y que, pese a que no llega a ser aburrida, si tiene un cierto aroma a rancio, como si la trama fuese tan caduca como el propio personaje, que se limita a justificar la mayoría de sus errores condenando a Internet y a los móviles (¡ay, abuelo…!).
Duele, además, ver a un Eastwood tan mayor. Es cierto que cada uno tiene la edad que tiene y que hay que aplaudirle por seguir al pie del cañón, pero viendo los esfuerzos que aparenta necesitar para cosas tan nimias como sentarse en una silla, cuesta creerse que pueda realizar viajes tan largos al volante de su furgoneta, soportar una paliza de dos mafiosos o retozar con las espectaculares chicas que le ofrecen sus nuevos amigos narcotraficantes (por cierto, ridícula la escena en la piscina en la que Eastwood, en modo “viejo verde” quiere emular las escenas de contoneos sexuales de la saga Fast&Furious y no llega ni a la altura de Torrente).
Una película aceptable, en fin, donde se deconstruye una vez más al héroe americano y cuyo mensaje se repite con tanta insistencia que termina resultando cursi y cansino. Es mejor película que la aburrida 15:17, tren a París, la manipuladora El francotirador o la mediocre Jersey Boys, pero no está, ni de lejos, entre las mejores películas de este director al que quizá le tocaría ya un más que merecido descanso.


Valoración: cinco sobre diez.

domingo, 8 de julio de 2018

ANT-MAN Y LA AVISPA

Resultaba difícil regresar al universo Cinematográfico Marvel después de los duros hechos narrados en Vengadores: Infinity War, por eso ya comenté en su momento que me parecía muy inteligente la propuesta de Marvel de rebajar expectativas y tensiones haciendo que el siguiente capítulo de la saga fuese protagonizado por Ant-Man, uno de los héroes más irrelevantes de la franquicia y donde el humor prima siempre por encima de la épica.
Con Ant-Man y la Avispa no hay lugar para la sorpresa. Esto es puro entretenimiento y nada más, y así lo ha entendido el director Peyton Reed, que mejora la puesta en escena de su anterior película pero en función de una historia bastante irrelevante y sin un villano de altura.
Además, Ant-Man y la Avispa arrastra un problema muy común en las series de comics y que los lectores más habituales reconocerán enseguida. Me refiero a cuando hay un gran evento que aúna a varios personajes, lastrando la colección individual de uno en concreto. Traducido al cine, esta secuela de Ant-Man está demasiado maniatada por los acontecimientos de Capitán América: Civil War y Vengadores: Infinity War, lo que le impide tener una trama propia completamente independiente, si es que lo pretendiese.
Así pues, no esperéis aquí en siguiente eslabón de una trama compleja con el destino de la humanidad en juego. Esto es un carrusel de chistes y diálogos ingeniosos y como tal debe considerarse. De esa manera, Ant-Man y la Avispa es un buen entretenimiento, un espectáculo veraniego ligero que sabe aprovechar la química entre sus protagonistas y donde Paul Rudd brilla especialmente, aunque en algunos momentos pueda parecer un remiendo del espíritu socarrón de Deadpool.
Por ello, Ant-Man y la Avispa, desde un punto de vista estrictamente cinematográfico, estaría entre lo más flojo de Marvel, sin que ello sea especialmente malo, pero eso no indica para nada que sea decepcionante o fallida, como podría ser para muchos Thor: el Mundo Oscuro. Insisto, simplemente ni apunta más alto por decisión propia.
Así que estamos ante una aventurilla de rescates cuánticos, divertidos juegos relativos al tamaño, chascarrillos y simplezas que, sin embargo, consigue golpear de nuevo a los espectadores merced a sus escenas postcréditos, la primera mucho más trascendente que la segunda, a todas luces imprescindibles y que dan el punto de originalidad de conferir a Ant-Man y la Avispa el honor de ser la primera película Marvel de final totalmente abierto e inconcluso (teniendo en cuenta que desde mi punto de vista Infinity War no tiene un final abierto, simplemente termina con el malo ganando a los buenos: que luego vaya a haber continuación es otra cosa).
Risas, evasión y la siempre agradable presencia de Evangeline Lilly. Esto es lo que hay. ¿Para qué más?

Valoración: Seis sobre diez.

viernes, 25 de mayo de 2018

12 VALIENTES

Dirigida por el desconocido Nicolai Fuglsig, 12 valientes es la historia real de los primeros combatientes que Estados Unidos envió a Afganistán para hacer frente a los talibanes tras los crueles atentados del 11S.
Protagonizada por un solvente Chris Hemsworth, la película resulta interesante como documento acerca de un momento histórica donde la manera de afrontar una batalla cambió radicalmente. Hemsworth da vida a un capitán que, junto a su comando conformado por doce hombres, debe entrar en territorio enemigo de la mano de una frágil alianza con un señor de la guerra local para establecer las coordenadas precisas de la ubicación de los talibanes y así poder enviar aviones a bombardearlos.
Filmada con corrección, pero sin grandes alardes, la principal crítica que puede hacerse al film es su intencionado tono patriótico, exagerando quizá el sentido del deber y el sacrificio de esos soldados y retratando a los talibanes, en especial a su líder, con unos rasos claramente definitorios de villanía que casi rozan el esperpento, jugando a definir a los bandos protagonistas como los buenos muy bueno y los malos muy malos.
Más allá de eso, la película resulta suficientemente entretenida como para dedicarle las poco más de dos horas que dura su metraje, consiguiendo hacer al espectador partícipe de ese grupo de personajes reales y conviviendo con ellos como un camarada más al igual que sucedía recientemente con la también homenajeadora Héroes en el infierno. No deja de ser, en el fondo, una película de guerra más, con algún apunte crítico hacia ciertas decisiones gubernamentales (no todo va a ser azúcar), la curiosidad de ver en esta época a los soldados luchando a caballo y el carisma que tiene Hemsworth, bien acompañado por nombres como Michael Shannon, Michael Peña, William Fichtner o, incluso, Elsa Pataky, interpretando, como en la vida real, a su esposa.
Entretenido film de acción, más cercano a la aventura que al drama bélico, donde las buenas intenciones superan, en momentos, a los propios valores fílmicos.

Valoración: Seis sobre diez.

lunes, 12 de marzo de 2018

UN PLIEGUE EN EL TIEMPO

Hacía tiempo que Disney Studios necesitaba desesperadamente un gran éxito de taquilla, siendo posiblemente Zootrópolis el último. 
En el terreno de la imagen real, apuestas como El llanero solitario o Tomorrowland le habían acarreado grandes pérdidas y solo con secuelas insulsas como Piratas del Caribe: la maldición de Salazar o Alicia a través del espejo lograba maquillar los resultados. No es que eso fuese un gran problema para la casa madre, pues los otros estudios al amparo de Disney (Pixar, Marvel Studios y Lucasfilm) han arrasado con Coco, Black Panther y Los útimos Jedi, pero aún así la cosa empezaba a ser preocupante.
Disney necesitaba acertar en el pleno por una vez, y Un pliegue en el tiempo era una puesta arriesgada pero, a todas luces, a caballo ganador. Con unos impactantes efectos visuales, la película debía descubrir a los más pequeños un mundo nuevo lleno de fantasía e imaginación, en una peligrosa aventura por rescatar a un padre perdido y con un grupito de actores cuanto menoss carismático. ¿Qué podría salir mal?
No debería haber hecho esa pregunta, pues la respuesta es: prácticamente todo. Un pliegue en el tiempo, basada en una novela de Madeleine L'Engle, está dirigida por Ava DuVernay. Primer error. No voy a negarle a esta buena mujer sus dotes como realizadora en films de calado más serio como Selma, pero en Un pliegue en el tiempo pierde todo el control de la cámara, bien alejada de lo que debería ser un blockbuster de estas características. Con exagerados primeros planos, una cámara muy nerviosa y ángulos extraños, parece casi como si quisiera convertir este producto Disney en cine de autor, cosa que se pega de bruces con los momentos videocliperos al ritmo de cancioncillas que parecen salidas de cualquier serie de Disney Channel.
Pero lo peor de todo es la historia. No conozco el contenido del libro original, así que no puedo juzgarla como adaptación, pero lo que me aqueda claro es que el trabajo de los guionistas en esta película ha sido realmente esperpéntico. La película navega entre lo asombroso y lo ridículo, resultando cumplidora en su primera mitad pero naufragando hacia el desastre una vez supera el ecuador. Es cuando la película pierde sentido y no queda nada de la coherencia interna que uno debe exigirle a cualquier film que se precie, dando casi la sensación de que les han entrado las prisas por terminar la pelíucla y cualquier cosa sin sentido valiese. 
Cierto es que en estas historias juveniles de mundos paralelos y viajes interdimensionales (porque no esperéis aquí viajes en el tiempo) los deus ex machina deben estar a la orden del día, pero aquí toda la película completa es un deus ex machina gigantesco. Tanto es así que, pasada la primera hora de metraje, uno empieza a sospechar que se encuentra ante una película piloto cuya trama se desarrollará en supuestas continuaciones, como pasó con aquel fracaso que fue La bruja dorada, pero no, aquí todo se precipita para cerrar las tramas sin ningún orden ni concierto, dejando por el camino todo o que les molestaba y tomando directamente al espectador como idiota.
Más allá de los correctos efectos visuales, que una vez vista tampoco son la maravilla que parecía anunciar el tráiler, la película es aburrida y absurda, una tomadura de pelo que tiene todos los números para ser un nuevo fracaso para la compañía del ratón, que justifica así que siga exprimiendo al máximo a sus superhéroes y Jedi. 
Lo único que la hace mínimamente salvable es la simpatía que pueden producir los niños protagonistas, casi desconocidos (aunque Levi Miller ya protagonizó otro proyecto abocado al fracaso como fue el Pan de Joe Wright), con un trio de “señoras” a cuál más ridículas y un Chris Pine que, simplemente, pasaba por ahí. Cabe preguntarse como engañaron a Gugu Mbatha-Raw para subirse al carro de esto y si Zach Galifianakis o Michael peña habían perdido, quizá, una apuesta.
En fin, una suma tontería, sin ritmo, sin emoción y sin sentido, que provoca bostezos cuando se supone debería empezar la aventura y que funciona mejor en los diez minutos de drama estudiantil y familiar con que arranca que cuando empieza lo supuestamente divertido. O a lo mejor es que, siendo tan compleja como es y yo tan poco ducho en física cuántica, simplemente no la he entendido. Pero creo que no va a ser eso, no....
Simplemente, otro descalabro Disney.

Valoración: Tres sobre diez.

lunes, 26 de diciembre de 2016

BELLEZA OCULTA: manipulación estéril

Las Navidades son unas fechas propicias para los buenos sentimientos y los deseos de felicidad, y en Hollywood suelen aprovecharlo para realizar películas sentimentales que nos acaricien el alma y traten de hacer temblar nuestro férreo lagrimal. Cada año hay alguna película de estas características, pero algo debe fallas cuando tras más de un siglo de cine sigue habiendo una única película navideña por definición: Qué bello es vivir, aunque muchos aceptarían poner en segundo lugar a la más actual Love Actually.
En el 2014, sin ir más lejos, se estrenó una película que la crítica machacó pero que a mí, que soy más bueno que el pan, logró enternecerme: Canción de invierno, que al menos contaba con la ventaja de que renunciaba por completo a la realidad y se dejaba llevar por la locura emotiva con ángeles de por medio. En el caso de Belleza oculta, sin embargo, se pretende jugar al sentimentalismo barato, casi pornográfico, dándole unos toques de magia navideña que lo único que hacen es hacerla caer en el ridículo más espantoso y otorgando a la cinta un final que empobrece su ya de por sí triste desarrollo.
Allan Loeb y David Frankel son, respectivamente, el guionista y el director de esta tontería que a priori resultaba llamativa pro su impresionante reparto. Entre los dos perpetran una historia de supuesta amistad empresarial en la que un desconsolado padre lleva dos años perdido en su propio mundo tras la muerte de su niña de seis años. Para tratar de hacerle reaccionar (o, en el mejor de los casos, confirmar su demencia y poder vender la empresa sin necesitar su permiso), sus amigos y socios deciden contratar a tres actores de teatro para que se le presenten en forma de fantasmas, representando a la Muerte, al Amor y al Tiempo. Todo muy coherente, vamos.
No es extraña la participación de Will Smith en el proyecto, ya que continua en su caída libre desde que está empeñado en hacer solo papeles familiares de llorón empedernido (lo de Escuadrón Suicida debió ser solo por sacarse una pasta, y aun así mantiene este rol), y es por ello que quizá sea el único que se esfuerza en tomarse la cosa en serio. Del resto, lo mejor que se puede decir es que simplemente pasaron por allí el día de rodaje y soltaron sus frases, aunque eso solo es una forma suave de decir que están horribles y que dan hasta lastimica verlos, sobretodo en el caso de un Edward Norton al que es cada vez más difícil verlo en un buen papel. Naomi Harris, Kate Winslet, Michael Peña, Keira Knightley, Jacob Latimore y Helen Mirren completan el elenco, siendo esta última la única que, al menos, tiene algún momento de inspiración, con un leve toque de humor.
La teoría dice que la película ha cosechado críticas espantosas, siendo bodrio lo más suave que se ha dicho de ella. La realidad es que ha sido el peor estreno en la carrera de Will Smith (y el avispado que hiciera coincidir el estreno americano con Rogue One tampoco es que ayudara mucho). Personalmente, una vez visto el planteamiento inicial y aceptando que estaba ante un telefilm de lujo donde lo único que se busca es manipular al espectador a base de pedantería y desgracias varias, decidí dejarme llevar y traté de interesarme al menos por ver a donde me conducía semejante tontada, pero el previsible giro final y el intento de dotar de cierta magia espiritual al asunto terminaron por sacarme definitivamente del film.
Quizá algún día Will Smith acepte sus limitaciones y decida volver a hacernos reír. Mientras, lo único que conseguirá es seguir dando pena. En el mal sentido…

Valoración: Tres sobre diez.

lunes, 26 de octubre de 2015

MARTE (9d10)

Para mí Ridley Scott es uno de los más grandes directores que existen. 
Y aunque cuando se hable de él siempre se recuerdan sus orígenes con Alien, el octavo pasajero y Blade Runner no hay ninguna razón para desmerecer títulos como Black Rain, Therlma & Louise, Gladiator, Hannibal o (y yo la defenderé siempre a muerte) Prometheus. Sí es cierto que El Consejero fue para mí tan arriesgada como fallida y que Exodus: Dioses y reyes demuestra en su conjunto la precipitación con la que le obligaron a terminar la obra (por recordar sus dos últimos estrenos), pero quien quería dar por muerto y enterrado a este magnífico realizador va a tener que darse con un canto en los dientes después del estreno de Marte.
Y es que la película basada con bastante fidelidad en la novela de Andy Weir es simplemente abrumadora. Con un guion sencillo pero mejor trabajado que en su último título, Scott se deleita (y nos deleita a nosotros) con sus excepcionales panorámicas por el planeta rojo mientras nos cuenta la epopeya de un astronauta que debe sobrevivir una eternidad en completa soledad hasta que la NASA encuentre la forma de ir en su rescate.
Aunque el chiste fácil (a fin de cuentas de que el protagonista es Matt Damon) sea compararla con Salvar al Soldado Ryan (que manía tiene este chico de perderse y hacer que todos se vuelvan locos para ir en su búsqueda), la película con la que más se la ha comparado es con Náufrago, de Robert Zemeckis. Pero mientras la versión apócrifa de Robinson Crusoe que interpretó Tom Hanks se me antojó insufriblemente aburrida, Marte tiene el enorme mérito de transcurrir en un suspiro, pese a sus 144 minutos de duración. Resulta sorprendente que una cinta que, pese a tener secuencias emocionantes, no sea de acción sobrepase las dos horas y aún parezca breve, mérito que, aun con la buena labor de los intérpretes y el guionista, debe atribuírsele principalmente al bueno de Scott.
Aunque la película está plagada de estrellas (Jessica Chastain, que ha hecho doblete de estrenos en España con La cumbre escarlata, Jeff Daniels, Michael Peña, Sean Bean, Kate Mara, Sebastian Stan, Chiwetel Ejiofor y  Donald Glover, junto a los menos conocidos Benedict Wrong, Mackenzie Davis, Aksel Hennie o Kristen Wiig), el verdadero motor de la acción está en Matt Damon, quien por sí solo soporta todo el peso de la trama principal. 
Él y una discotequera banda sonora encabezada por Abba y rematada (inevitablemente) con el I will survive de Gloria Gaymor (¿quién iba a decir que Waterloo iba a casar tan bien con escenas de supervivencia en Marte?)
 Sin querer entrar en la crítica social ni en un pseudo intelectualismo de baratillo como Interstellar, donde, por cierto, Damon ya malvivía en soledad en un planeta lejano (no habrá que soltar de la mano a este muchacho) ni en reflexiones espirituales más o menos simuladas con Gravity, Scott se limita en Marte a plantear una historia que termina agotando, que emociona en varios momentos cruciales y que invita al aplauso en otros. No consigue que el espectador se quede sin aire bajo la claustrofobia de la escafandra como hacía Cuarón en su film, pero casi.
Marte es un planeta tan enorme como solitario, y todo en la película resuma grandeza. En ocasiones, no vale la pena extenderse en un comentario porque las palabras no podrían alcanzar nunca las imágenes, así que es mejor resumirlo todo diciendo: Id a verla. Si se habían puesto de moda las películas sobre la exploración espacial, Marte es la candidata perfecta para decir la última palabra y compone (con permiso de Atrapa la bandera) un colofón de oro a esa especie de trilogía que podríamos componer de la ciencia ficción contemporánea que completan los filmes de Cuaron y Nolan.
Magistral. Y punto.


sábado, 10 de enero de 2015

CORAZONES DE ACERO (8d10)

Dirigida por David Ayer, un muy buen director y guionista más centrado hasta ahora en el género policíaco (y que en el 2014 nos regaló la estupenda pero enormemente infravalorada Sabotage), Fury (no me gusta nada su título en español, demasiado épico y que pretende recordar a la también interesante Corazones de hierro de Brian De Palma y con la que solo comparte el escenario bélico, aunque ni siguiera se trata de la misma guerra) es la historia de un tanque y de los cinco tripulantes del mismo en las acaballas de la II Guerra Mundial.
Corazones de acero es una película dura, cruel y despiadada que (excepto en su tramo final, que posiblemente desluce un pelín el espíritu del film) rehúye drásticamente la figura de los héroes de guerra y nos presenta el campo de batalla como lo que posiblemente fue, un lugar sucio y sanguinario donde solo valía el matar o morir.
Aunque supuestamente protagonizada por un excelente Brad Pitt (bueno, hay que reconocer que los cinco intérpretes están muy bien), es Logan Lerman quien lleva el peso de la historia, en realidad una metáfora sobre el despertar de un adolescente que en las apenas veinticuatro horas en las que transcurre la película pasa de niño a hombre, iniciándose en todas las facetas cruciales de la vida y con el personaje de Pitt como mentor máximo.
Ahora que parece que la guerra de Vietnam ha caído ya en el olvido y que la II Guerra Mundial vuelve a ser el foco de atención de Hollywood (ahí tenemos las recientes Monument Men o Invencible), algo en esta película destila cierto aire clásico, quizá por la rudeza de sus protagonistas, la suciedad realista de una guerra despiadada donde no hay héroes ni villanos y donde los propios protagonistas pueden ser tan mezquinos y despreciables como el enemigo más cruel. La muerte se ha convertido en un amigo de camaradería, y eso termina marcando el carácter de un hombre hasta hacerle confundirse sobre sus propios valores.
Brad Pitt, Michael Peña, Jon Bernthal y un sorprendente y entregado Shia LaBeouf forman el grupito de amigos y compañeros a bordo del Fury, a los que se les une a última hora para cubrir la baja del artificiero el joven interpretado por Lerman (dicen que él que podría ser el nuevo Peter Parker/Spiderman), apenas un niño con aptitudes de oficinista llevado al campo de batalla por error.
Pese a no partir de ninguna historia real (aunque sí cuenta con diversas anécdotas reales que Ayer recopiló a través de diversas entrevistas con veteranos de guerra), el realismo de la campaña es notable, quizá ayudado por el hecho de no haber una némesis clara enfrentada al grupo (pongo por ejemplo el sargento japonés de Invencible), sino un ejército casi abstracto e invisible que me recuerda por momentos a la estupenda miniserie de Spielberg Hermanos de Sangre. El enemigo es el ejército nazi, así, en general (pese a que nos encontramos en una fecha en la que la guerra podría incluso haber terminado ya sin que los combatientes lo supieran), aunque también lo son ellos mismos, soldados transformados por las experiencias sufridas en las campañas de África, Francia y, ahora, Alemania. Por eso, por encima de las magníficas escenas de acción (impresionante duelo entre tres tanques americanos y uno alemán), los intensos momentos dramáticos y la desesperación palpable en esa dramática batalla final que la dirección de Ayer y la música de Steven Price confieren un toque épico del que carece la realidad, son los momentos más sosegados (en el pueblo rendido o en el interior del propio tanque –“el hogar”, tal y como ,o define el personaje de Pitt-) los que realmente definen la película y nos muestra el lado más salvaje de la guerra (da igual cual sea) por encima de las obviedades de las batallas o las torturas de los campos de prisioneros. Y de ahì la oportuna y creíble transformación de Lerman, en su intenso rito de iniciación vital.
Pitt produce una película que parece más real y despiadada que la contrapartida que se estrenó hace un par de semanas dirigida por su esposa, Angelina Jolie, que vistas juntas pueden componer las dos caras de una misma moneda: la lucha en el campo de batalla y la lucha por la supervivencia en los campos de prisioneros, el enemigo alemán y el enemigo japonés (desde el punto de vista americano la II Guerra Mundial tuvo una especie de bipolaridad que no se notó tanto en Europa, donde la amenaza nipona parecía mucho más relativa que la nazi),  el sacrificio y la supervivencia.
Excelente película y excelente reflexión la que propone Ayer. Y con un quinteto protagonista (por más que a priori Peña y, sobretodo, Bernthal, no fuesen santos de mi devoción), de auténtico lujo.