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domingo, 15 de septiembre de 2019

IT: CAPÍTULO 2

Después del tremendo éxito que fue, en 2017, It, de Andy Muschietti (es hasta la fecha la película de terror más taquillera de la historia), era previsible que más pronto que tarde llegaría una secuela, algo que ya parecía anunciar Warner desde el mismo día del estreno cuando se reveló, al final de la película, que el verdadero título de la película era It: Chapter one.
Además, por una vez, y sin que sirva de precedente, la secuela estaba justificada. Al fin y al cabo, el film era una adaptación de la gigantesca novela homónima de Stephen King pero solo se centraba en la mitad de su trama, la que ocurría a finales de los años ochenta (finales de los cincuenta en la obra literaria).
De nuevo con Muschietti a los mandos, y con un reparto de lujo donde destacan Jessica Chastain, James McAvoy y, sobre todo, Bill Haden, tanto los niños protagonistas de la primera entrega como el aterrador Bill Skarsgård repiten roles en la que, ahora sí, debería ser la conclusión definitiva de la sala.
Estamos ante un nuevo ejemplo de película que, a fuerza de haber levantado tanto hype puede acabar por decepcionar un poco. Y es que no es poca cosa ser la película más esperada del verano, capaz de aunar el concepto del blockbuster con el del terror. Además, parecía difícil superar las virtudes de la primera entrega, por lo que el director a optado por repetir la jugada, repitiendo con ello esos aciertos, pero cayendo también en los mismos errores.
It, Capítulo 2 no es, por tanto, una película perfecta, y durante gran parte de su metraje se la podría considerar incluso algo inferior a la de 2017. Esto se debe, sobre todo, porque hace dos años se jugaba muy bien con el factor nostálgico a la vez que se creaba a unos personajes entrañables encarnados por unos actores, en su mayoría desconocidos, que brillaban con luz propia. Sin embargo, y pese a la inusual duración del film (se queda a diez minutos escasos de las tres horas), sus contrapartidas adultas no están igual de bien definidos, funcionando bastante peor. Hay cierta precipitación en su presentación (lo cual, permite, por otra parte, una mayor presencia del terrorífico Pennywise), lo cual no es sino una herencia de la propia novela, donde los niños eran siempre mucho más interesantes que los adultos. Allí eso no era un problema, pues las dos líneas temporales se iban entremezclando, de manera que la historia infantil servía para conocer a los protagonistas mientras que en la adulta debían centrarse más en la resolución del conflicto. Sin embargo, al tener Muschietti que lidiar con una película centrada en cada época, la desigualdad se hace más evidente. Por ello, la necesidad de recurrir de nuevo a los niños, a modo flashback, se me antoja casi indispensable, aunque el peaje a pagar sea el de alargar, quizá innecesariamente, la película.
No quiero decir con esto que It: Capítulo 2 sea una película insuficiente, pues disfruté realmente con ella, pero si es cierto que sus carencias destacan más que en la anterior, y los sustos a base de golpes de efecto algo mañidos rechinan más. Por fortuna, todo ello se compensa con un final por todo lo alto, mucho más acertado que ese momento casi bochornoso que proponía la miniserie de 1990 y que supone un gran cierre a la saga. Eso y el esfuerzo de sus actores (cuando se tiene a figuras de la altura de Chastain y McAvoy todo resulta más sencillo) hace que sus defectos sean más fáciles de olvidar y que el resultado de sumar ambas películas continúe mereciendo una nota más que notable para la que ya es, posiblemente, la adaptación más importante de una novela de King.
Sí, el Capítulo 2 está un pasito por debajo del Capítulo 1, pero no lo suficiente como para empañarlo, logrando el colofón que un mal bicho como Pennywise se merecía.

Valoración: Siete sobre diez.

miércoles, 19 de junio de 2019

X-MEN: FÉNIX OSCURA

En el año 2000 el por aquel entonces prometedor director Bryan Singer demostró que las películas de superhéroes no eran una exclusividad de Batman y Superman, y con su buen hacer con X-men sentó las bases de lo que hoy en día (con el mega éxito que fue el Spider-man de Raimi meses después) es esta máquina de fabricar dinero que tan bien se le da a la Marvel, casi un chiste cinematográfico por aquel entonces. Tras dirigir cuatro películas de la saga, Singer se despidió de los mutantes en X-men: Apocalipsis, lo que yo en aquel entonces auguré como una nueva noticia, pues parecía evidente que la franquicia necesitaba sangre fresca después de que ya la revitalizara, en el 2011, Matthew Vaughn con la excelente Primera generación (sin duda la mejor de la saga junto a X-men 2). El trabajo ha recaído en Simon Kinberg, gran conocedor de la casa, pues es el firmante de cuatro películas de los X-men pero todo un novato ante las cámaras. La apuesta parecía más o menos segura, pero el resultado ha sido un tremendo fracaso.
Lo peor de X-men: Fénix Oscura no es lo mala que es, sino las posibilidades que esconde bajo esa capa de superficialidad que la entorpece. Junto a escenas de acción torpes hay momentos brillantes y junto al conflicto de intereses aburrido y monótono entre mutantes se esconden interesantes reflexiones sobre el uso y abuso del poder. El principal problema, aparte del evidente cansancio que los propios X-men provocan ya entre el público, es que todo suena como si ya nos lo hubiesen contado. De hecho, la base argumental de Fénix Oscura es la misma de X-men: La decisión final, la injustamente odiada película de Bred Ratner, a la que esta hace buena. El tema de cómo manejar un poder casi celestial tiene ciertas reminiscencias al Thanos de Infinity War y los poderes de Fénix Oscuro recuerdan tanto a la Capitana Marvel que incluso tuvieron que rodar un nuevo final para evitar comparaciones odiosas.
Cierto es que la película ha estado plagada de problemas durante su rodaje, lo que se puede comprobar con la desgana de los propios protagonistas, donde James McAvoy y Michael Fassbender son, como cabría esperar, de lo mejorcito de la función aún trabajando con el piloto automático mientras que estrellas de la talla de Jennifer Lawrence o Jessica Chastain no podrían estar más desaprovechadas. No voy a decir nada de la protagonista, Sophie Turner, porque sus limitaciones interpretativas ya estaban fuera de toda duda en la propia Juego de Tronos, y su salto al cine es tan fallido como lo fue el de Emilia Clarke (ella sola ha estado a punto de cargarse de un plumazo las franquicias de Terminator Star Wars), mientras que poco se espera de los buenos resultados que vaya a tener “su hermana” Maisie Williams si es que alguna vez se llegan a estrenar Los Nuevos Mutantes.
Puede que el hecho de que la sombra de la compra de Fox por parte de Disney hubiese estado sobrevolando los despachos todo el tiempo que duró la filmación, creara tiranteces e incomodidades, pero es una pena que no se aprovechara la coyuntura de tener casi la certeza de que esta iba a ser la última película de la saga (al menos en esta línea temporal) para tener una despedida por todo lo alto, como sí lo pudo hacer Logan. Ahora, tras siete películas de los X-men, tres de Lobezno y dos de Deadpool (dejo en la recámara la de Los Nuevos Mutantes), esta debería haber sido el Endgame de los mutantes, y aunque en algunos momentos parece querer jugar a eso (hay incluso un amago de Civil War x), se queda corta en todos los sentidos. Parece claro que la saga de Fénix oscura se habría tenido que ir preparando con más calma, y que los personajes, bien por estar mal escritos o por culpa de sus intérpretes, no han conseguido calar en el fandom (quitando del trío Xavier/Magneto/Mística) tanto como los de la primera trilogía.
Y no es que en el fondo no haya momentos de entretenimiento, que como simple pasatiempo palomitero incluso puede tener su pase, que tampoco es que estemos hablando de algo tan horrible como Los 4 Fantásticos de Trank, pero sería abusando del conformismo del aficionado y mancillando todo lo conseguido hasta ahora.
Esta es una despedida triste. Pero no triste por el drama que contiene (la épica brilla por su ausencia y las muertes apenas llegan a doler), sino porque van a cerrar la franquicia en lo más bajo de su historia, cosechando unas pérdidas importantes y cerrando toda puerta posible para su incorporación en el MCU (y lo fácil que habría sido ahora que se puede jugar con el multiverso).
Los X-men volverán, eso está claro, pero serán otros X-men y con otros actores. Y esta vez, a Dios gracias, bajo la batuta de Marvel. Esperemos que esta vez sean los definitivos…

Valoración: Cinco sobre diez.

viernes, 12 de enero de 2018

MOLLY'S GAME

Llega ya el momento de dejarse de comentarios y paja varia e ir a por los estrenos, que de eso vive el blog. Y el primer gran estreno del año ha sido Molly’s game, el debut como director de Aaron Sorkin.
Con una espectacular (en todos los sentidos) Jessica Chastain, Sorkin se ha basado en la historia real de Molly Bloom para realizar su primera película, heredera de las señas de identidad de su filmografía como guionista.
Molly Bloom era una aspirante a esquiadora olímpica cuya carrera se truncó por una lesión, pareciendo que debía conformarse con dirigir su vida por su plan B, la abogacía. Pero el mundo de las partidas de póker se cruza en su camino y Molly se ve seducida por la vorágine de fama, lujo y dinero que le proporciona el organizar partidas para millonarios ludópatas hasta que la mafia rusa (y por ende, el FBI) empiezan a oír hablar de ella.
Esta es una muestra más de ese subgénero que tan de moda se puso a raíz de El lobo de Wall Street sobre personajes anónimos que se enriquecen en una versión corrompida del Sueño Americano, ya sea el caso de Barry Seal, Gold, Juego de armas, y muchas más. Sin embargo, gracias al talento de Sorkin, la historia de Molly va más allá de una simple anécdota sobre una triunfadora que se enriquece casi de la noche a la mañana, convirtiendo su aventura en una historia de dolor personal, de superación y de traumas ocultos. Por ello es tan interesante ese largo prólogo sobre la juventud de Molly como esquiadora y es el personaje del padre (magnífico Kevin Costner) pieza clave de la película.
A diferencia de otros guionistas reconvertidos en directores, que quizá para centrarse más en su trabajo deciden adaptar libretos ajenos, Sorkin firma el guion a partir de la novela autobiográfica de Molly Bloom, por lo que la película se beneficia de esos diálogos brillantes y directos a los que nos tiene acostumbrados, como ráfagas de ametralladora tan intensas como las propias escenas del juego. Aun sin poderse considerar el póker un deporte, la combinación entre el juego y el mundo empresarial recuerda en parte a Mooneyball, el último guion de Sorkin para la gran pantalla, mientras que la puesta en escena tiene algo de La red social. Aquí también, como en aquella película de 2010, puede que los ajenos al juego de cartas se sientan por momentos algo desubicados, pero en realidad no importa demasiado, la historia es siempre más importante que el fondo, y es tan convincente la interpretación de Chastain (tan fría y distante en ocasiones como frágil en otras, recordándome en ciertos momentos a la Elizabeth Sloane de El caso Sloane) que realmente no es imprescindible saber más de lo justo y necesario. Cierto es que Sorkin no es David Fincher, y por más que parezca imitarlo no alcanza a sus virtudes visuales. Aun con un ritmo muy correcto que combina con eficacia el drama, la comedia y la intriga, no es Molly’s game una película completamente redonda y durante algún momento amenaza con perder algo de fuelle, pero afortunadamente nunca llega la sangre al río y el resultado global termina siendo sumamente agradable.
Muy complicada en su producción debido a los secretos que se intuyen, pero no llega a revelar (entre las identidades ocultas de los jugadores habituales parece ser que estaban Ben Affleck, Leonardo DiCaprio o Tobey Maguire), Molly’s Game es una muy interesante película, con un gran guion y unas interpretaciones grandiosas, que nos devuelven, por ejemplo, al mejor Idris Elba tras sus fiascos más recientes (La Torre Oscura, La montaña entre nosotros...).

Valoración: Siete sobre diez.

miércoles, 28 de junio de 2017

LA CASA DE LA ESPERANZA, una lista de Schindler de rebajas

Hay temáticas que, para bien o para mal, nunca dejarán de interesar al mundo del cine. Las historias reales no solo suelen funcionar, sino que en ocasiones son necesarias para recordar los errores del pasado y tratar de no volver a repetirlos.
Este podría ser el caso de todo lo relacionado con la II Guerra Mundial. Aquel fue, posiblemente, el peor conflicto bélico de la historia moderna y muchas heridas continúan aún sin cerrar. Fue una época de espantosos crímenes y matanzas injustificadas pero, también, de héroes. Héroes, generalmente, anónimos.
La casa de la esperanza cuenta la historia de uno de esos héroes, un matrimonio de Varsovia que transforman el zoo al que han entregado sus vidas antes de que la guerra lo ponga todo patas arriba en un escondite para los judíos a los que ponían liberar del gueto.
Se podría decir, en cierto modo, que Jan Zabinski y su esposa Antonina Zabinska (quien copa el centro de atención narrativo) son una suerte de Oskar Schindler en versión polaca.
Desde luego, debería resultar injusto comparar esta película de rango medio (que cuenta con la producción de su protagonista, Jessica Chastain) con la obra cumbre de Steven Spielberg, pero los parecidos argumentales son tales que resulta inevitable. Lamentablemente, la directora Niki Caro (cuyo trabajo más relevante hasta la fecha es En tierra de hombres, con Charlize Theron) no tiene el acierto estético del antaño Rey midas de Hollywood y su película se centra más en la historia que en el fondo. Esto deriva en una narración bien explicada, con las consecuentes elipsis (no es necesario volver a explicar que es La noche de los cristales rotos y cosas así), pero más cercana al telefilm que al cine de gran formato.
Aunque no hay nada en el guion que justifique la importancia de Antionina por encima de su marido (más allá de servir de seductora distracción al nazi odioso de turno, en este caso encarnado por Daniel Brühl), Jessica Chastain es el motor alrededor de quien todo gira. Y aunque la actriz está correcta (resulta difícil que esta mujer haga algún papel mal) no brilla lo suficiente como para levantar la película por sí sola, tal y como sí lo hacía en la coetánea El caso Sloane.
Además, aparte de dar a conocer la figura de este valiente matrimonio que arriesgó sus propias vidas por salvar a un sinfín de desconocidos, no hay ningún aporte histórico relevante, nada que no hayamos visto ya mil veces en pantalla. He comentado al principio que es importante recordar los errores del pasado (y pocos hay tan terribles como el dominio del fascismo nazi) para tratar de evitarlos, pero ver las mismas escenas una y mil veces tampoco es el mejor camino. Al final, la repetición provoca la insensibilidad, y eso de los judíos sacados a la fuerza de sus casas y oprimidos en un gueto perdiendo todas sus posesiones y hasta su propia identidad es algo que el cine nos ha mostrado ya tantas veces que se debe exigir algo más de brío y fuerza visual para no caer en la rutina y el contemplacionismo. Nada que ver, por poner otro ejemplo, las escenas de esta película con la que se mostraban en El Pianista de Polanski, otra obra maestra del género. Parecía que la excusa del zoo iba a servir como metáfora sobre la “humanidad” que demuestran los animales en contra de la crueldad despiadada de los verdaderos humanos, pero al final todo queda demasiado diluido.
A la postre, La casa de la esperanza es una película bienintencionada, quizá incluso algo edulcorada para lo que se debió vivir realmente, que sirve como recordatorio de una época y para dar a conocer a otros héroes que desde la clandestinidad ayudaron a salvar muchas vidas. Pero poco más. La puesta en escena es correcta pero sin alardes y muchos momentos del metraje rozan el aburrimiento, quizá porque las más de dos horas de película pueden ser excesivas para lo que se está explicando.

Valoración: Cinco sobre diez.

domingo, 28 de mayo de 2017

EL CASO SLOANE, ganar a cualquier precio

El caso Sloane es una interesantísima historia dirigida por John Madden y cuyo guion es de Jonathan Parera, un chaval que entró a trabajar en un lobby tras terminar su carrera de derecho y que quedó tan asqueado con lo que allí se encontró que decidió dejarlo todo, trasladarse a China enseñar inglés y dedicó su tiempo libre a escribir esta película cuyo libreto enamoró al instante en Hollywood.
Elizabeth Sloane es una brillante abogada entregada por completo a su trabajo hasta el punto que el tener una vida privada, con novios o momentos de desconexión es un lujo que no se puede permitir. Trabaja para un lobby donde le encargan potenciar el uso de armas en mujeres para así aumentar las ventas, pero sorprendentemente recibe una oferta para pasarse al bando contrario y usar todas sus habilidades para tratar de derrocar una futura ley que amplíe el derecho a llevar armas, granjeándose por su carácter y su forma de actuar enemigos en uno y otro bando.
El caso Sloane parece una película confeccionada a medida de su protagonista, una excelente Jessica Chastain que prácticamente copa todas las escenas, pero ello no significa que no haya buenos momentos de lucimiento para su interesante reparto, entre quienes destacan Mark Strong, Gugu Mbatha- Raw, John Lihgow o Jack Lacy entre otros.
La película tiene muy presente el debate sobre la posesión de armas y me mueve en torno a ello constantemente, pero no pretende ser una película aleccionadora ni polemizar al respecto. En el fondo, no se trata más que de un thriller judicial (en una escena se ve a Sloane leyendo una novela de John Grisham, notable declaración de intenciones) y que sus autores sean plenamente conscientes de ello es una gran ventaja.
Sin tintes de moralina barata, la película sí reflexiona sobre la soledad y la total falta de empatía de la protagonista, reflejando en ella un síntoma de nuestra sociedad donde el fin justifica los medios. 
Es este el único apunte sobre el que realmente invita a meditar El caso Sloane: ¿cuales son los límites que se pueden/deben cruzar para conseguir los resultados requeridos?
Con giros inesperados, traiciones y sorpresas varias, El caso Sloane consigue mantener en todo momento el interés del espectador, logrando atraparlo desde el inicio y consiguiendo que, si bien no es posible llegar a empatizar con esa abogada de gélido corazón, sí al menos apreciar (y admirar) su trabajo gracias, sobre todo, a una sobresaliente Chastain.
El caso Sloane es una película emocionante, intensa e inteligente que la convierten en una de las mejores opciones de la cartelera actual.
Todo un descubrimiento.

Valoración: Ocho sobre diez.

domingo, 10 de abril de 2016

EL CAZADOR Y LA REINA DEL HIELO: más de lo mismo pero un poco peor.

Hace cuatro años Blancanieves y la leyenda del Cazador se apuntaba a la moda de adaptar cuentos clásicos a la gran pantalla y, aunque no fue un gran éxito, si supo estar por encima de la otra película de Blancanieves estrenada por las mismas fechas: Mirrow, mirrow, a mayor gloria de la madrastra Julia Roberts. 
Sin entrar a valorar la calidad de una actriz más por su belleza que por su talento, muchos se preguntaban cómo podía el espejito famoso decir que la Blancanieves Kristen Stewart era más hermosa que la malvada Charlize Theron, y esa puede ser una de las claves por la que el personaje de la Stewart haya desaparecido de esta secuela, El Cazador y la Reina del Hielo, a diferencia del de Theron, pese a morir (aparentemente) en aquella. Y es una lástima, porque si bien por aquel entonces la joven actriz californiana arrastraba el sambenito de su insípido papel en la saga Crepúsculo, ahora, con títulos como En la carretera, Siempre Alice y, sobre todo, Viaje a Sils Maria, está comenzando a ganarse un merecido prestigio.
Pero lo importante de aquella película no era en realidad ni Blancanieves ni la reina mala, sino el Cazador, un héroe al que ponía cara (y físico) Chris Hemsworth y que parecía un amalgama entre su propio Thor y algún guerrero salido de la saga de El Señor de los Anillos. Él era el héroe de la historia y sobre él gira esta nueva película que parece pretender formar parte de una larga saga, a juzgar por el subtítulo de la película: Las Crónicas de Blancanieves (en España, en el título original el subtítulo destaca al Cazador), y su escena final.
También ha habido cambio de cromos en la silla del director, sustituyendo Cedris Nicolas-Troyan a Rupert Sanders sin que eso se aprecie apenas en pantalla, careciendo de personalidad fílmica tanto uno como otro. Lo que sí hay son dos incorporaciones de órdago: Emily Blunt y Jessica Chastain, reuniendo así a tres de las mejores actrices del panorama actual.
Con este escenario, algún secundario reconocible como Nick Frost o Sam Claflin, ambos estaban ya en la primera película, y alguno que no tanto, como Sheridan Smith, Sope Dirisu y Sophie Cookson, la película arranca con un epílogo anterior a la “era de Blancanieves” para saltar luego unos años después de lo acontecido en la primera película, siendo así precuela y secuela a la vez, permitiéndonos conocer algo del origen de el Cazador para volver a verlo convertido en el héroe de la historia y con el espejo mágico como objeto del deseo de todos. Sin embargo, la historia es tan simple y los personajes están tan mal desarrollados que cualquier atisbo de complejidad argumental es pura casualidad. Todo es, a la postre, una copia de cosas vistas muchas veces antes, y si en Blancanieves y la leyenda del Cazador no había una gran originalidad aquí se han quitado definitivamente las caretas y han copiado con un descaro exagerado todo lo que han querido y más. De nuevo las influencias de El Señor de los Anillos y Thor están presentes, pero a eso se añade elementos que recuerdan a Las Crónicas de Narnia, Maléfica, Pan, pero sobre todo (y esto es lo más sangrante, ya que se supone que es la baza principal del film y el elemento más novedoso) a Frozen. En efecto, el personaje de Emily Blunt, hermana del de Theron, es un calco casi textual del de esa maravilla de la animación de Disney, aunque con una personalidad mucho más desconcertante, pasando de victima a villana a mártir sin apenas lograr emocionar al espectador.
Entiendo que una película de estas características no pretenda más que ofrecer un buen espectáculo y entretener al respetable, sin poder aspirar a segundas lecturas ni interpretaciones más sesudas, pero resulta absurdo reunir un elenco tan impresionante de estrellas (sobre todo en el apartado femenino) para luego desaprovecharlas así. Es como si todos los esfuerzos para llevar a buen puerto esta película se hubieran consumido en la preproducción y no quedara ya nada que ofrecer una vez comenzado el rodaje. Todo es demasiado simple, demasiado plano y ni siquiera los efectos especiales, que requieren de cierta espectacularidad en ciertos momentos, están a la altura.
Hemsworth derrocha carisma, Theron está más hermosa que nunca (y no es un comentario machista, no crean, es que ciertamente hay muchas escenas que parecen más uno de sus anuncios de Dior que una escena de una película de aventuras) y que su papel sea mucho más plano que en la primera película no impide que su interpretación sea la mejor y eclipse en pantalla a todos sus compañeros de reparto, y los nuevos fichajes, Blunt y Chastain, cumplen sin más, pidiendo a gritos líneas de diálogo más inteligentes o algo de personalidad para sus roles.
Una vez más estamos ante una película entretenida sin más, que aprueba justito más por lo estimulante que es ver a sus protagonistas en acción que por el resultado final, y que ni siquiera mejora la original. Y lo curioso es que, pese a lo innecesaria que era, tenía en su planteamiento elementos que podrían haber dado mucho más de sí. ¿A la tercera será la vencida? Lo dudo, aunque si repiten Hemsworth y Theron yo volveré a caer en la trampa…

Valoración: Cinco sobre diez.

jueves, 29 de octubre de 2015

LA CUMBRE ESCARLATA (8d10)

Guillermo del toro siempre ha sido un director de gran personalidad, un visionario, como definen algunos. Alguien capaz de crear mundos imaginarios, de regusto gótico y aspecto fantasmagórico.
Sin embargo, hasta ahora el director mejicano siembre había funcionado mejor fuera de Hollywood que incorporado a la meca del cine. Mientras las coproducciones españolas El espinazo del Diablo o El laberinto del Fauno eran grandes películas, su cine se volvía algo más convencional cuando se debía a una industria poco dada a arriesgar, donde dirigió títulos como Blade II, Hellboy (su secuela sí era mucho más personal y posiblemente por ello no pudo completar su deseada trilogía) o la cansina y sobrevalorada Pacific Rim, quizá lo peor de su carrera.
Por eso, es una grata sorpresa que haya conseguido en La cumbre Escarlata aunar las directrices impuestas por los grandes estudios con la libertad creativa que Del Toro precisa para dar rienda suelta a su locura en una película que, como él mismo ha repetido hasta la saciedad, no es de miedo aunque sí se trate de una historia de fantasmas.
Tras la muerte de su madre, la pequeña Edith presencia aterrada como un espectro se le aparece para prevenirla sobre la Cumbre Escarlata. Este aislado suceso marcará para siempre a la muchacha que se empeñará en convertirse en escritora siempre con el tema fantasmagórico como telón de fondo de sus historias, más como metáforas del pasado que ya no volverá que como elemento sobrenatural.
Ya entrando en la madurez la vida de Edith cambiará cuando descubra las mieles del amor en Thomas Sharpe, un hombre seductor de oscuro pasado con quien contraerá matrimonio y junto al que se irá a vivir (en compañía de su no menos intrigante y perturbadora hermana) a una mansión en claro estado de deterioro a la que, debido al terreno arcilloso de color rojo sangre, se conoce popularmente como la Cumbre Escarlata.
Posiblemente el guion de la película sea lo que más flojea, no sorprendiendo tanto como la trama se merece y con un desenlace algo previsible, pero todo ello queda eclipsado ante la contundencia, primero, de una fotografía mágica, una combinación de colores donde prevalece siempre ese omnipresente rojo, y al amparo, segundo, de unas brillantes interpretaciones. Mia Wasikowska ya demostró en Stoker lo convincente que puede ser como alma torturada, atrapada entre dos mundos, víctima de la seducción de lo prohibido, pero quienes de verdad lo bordan son Tom Hiddleston y Jessica Chastain dando vida a la enfermiza pareja de hermanos que, ya desde su primera aparición, auguran algo oscuro sin que ello impida sentirse incómodo cada vez que lucen en pantalla.
No es cuestión ahora de descubrir a nadie, aunque quizá sorprenda menos el carácter de Hiddleston, más cuando su Thomas Sharpe rescata algo de la perturbadora seducción que ya luciera en sus diversas interpretaciones del Loki marveliano. Chastain, sin embargo, esa actriz que se dio a conocer en la olvidable La noche más oscura (y a la que llegué a aborrecer por esa insípida interpretación), ha ido demostrándome papel a papel lo gran actriz que llega a ser, superando sus propios límites en un fin de semana en el que encabeza dos estrenos con registros tan dispares como es esta Lucille Sharpe y su Melissa Lewis en el Marte de Ridley Scott.
La cumbre Escarlata es por encima de todo, como en las mejores historias de Del Toro, un cuento, una leyenda gótica de corte romántico, inspirada tanto en relatos de Poe, Lovecraft o Becker como en películas de mansiones encantadas y espíritus torturados. Y aunque se haya dicho por activa y por pasiva que no es una peli de terror, sustos y momentos de mal rollo también los hay, consiguiendo que esta sea una estupenda recomendación para una noche de Halloween muy por encima de las mediocridades de sustos fáciles y música chillona que acostumbran a pulular por estas fechas.
No es redonda (para ello se habría tenido que pulir algo más la trama) pero sí un ejercicio visual impecable, una ambientación que seduce al espectador tanto como a la propia protagonista y que invita a formar parte de nuestras propias pesadillas. Unas pesadillas que no se alimentan de nuestro temor a lo desconocido, sino de nuestras angustias del pasado.
Y es que en ocasiones es en el pasado donde se encuentran esos terrores que no dejan de acosarnos.

lunes, 26 de octubre de 2015

MARTE (9d10)

Para mí Ridley Scott es uno de los más grandes directores que existen. 
Y aunque cuando se hable de él siempre se recuerdan sus orígenes con Alien, el octavo pasajero y Blade Runner no hay ninguna razón para desmerecer títulos como Black Rain, Therlma & Louise, Gladiator, Hannibal o (y yo la defenderé siempre a muerte) Prometheus. Sí es cierto que El Consejero fue para mí tan arriesgada como fallida y que Exodus: Dioses y reyes demuestra en su conjunto la precipitación con la que le obligaron a terminar la obra (por recordar sus dos últimos estrenos), pero quien quería dar por muerto y enterrado a este magnífico realizador va a tener que darse con un canto en los dientes después del estreno de Marte.
Y es que la película basada con bastante fidelidad en la novela de Andy Weir es simplemente abrumadora. Con un guion sencillo pero mejor trabajado que en su último título, Scott se deleita (y nos deleita a nosotros) con sus excepcionales panorámicas por el planeta rojo mientras nos cuenta la epopeya de un astronauta que debe sobrevivir una eternidad en completa soledad hasta que la NASA encuentre la forma de ir en su rescate.
Aunque el chiste fácil (a fin de cuentas de que el protagonista es Matt Damon) sea compararla con Salvar al Soldado Ryan (que manía tiene este chico de perderse y hacer que todos se vuelvan locos para ir en su búsqueda), la película con la que más se la ha comparado es con Náufrago, de Robert Zemeckis. Pero mientras la versión apócrifa de Robinson Crusoe que interpretó Tom Hanks se me antojó insufriblemente aburrida, Marte tiene el enorme mérito de transcurrir en un suspiro, pese a sus 144 minutos de duración. Resulta sorprendente que una cinta que, pese a tener secuencias emocionantes, no sea de acción sobrepase las dos horas y aún parezca breve, mérito que, aun con la buena labor de los intérpretes y el guionista, debe atribuírsele principalmente al bueno de Scott.
Aunque la película está plagada de estrellas (Jessica Chastain, que ha hecho doblete de estrenos en España con La cumbre escarlata, Jeff Daniels, Michael Peña, Sean Bean, Kate Mara, Sebastian Stan, Chiwetel Ejiofor y  Donald Glover, junto a los menos conocidos Benedict Wrong, Mackenzie Davis, Aksel Hennie o Kristen Wiig), el verdadero motor de la acción está en Matt Damon, quien por sí solo soporta todo el peso de la trama principal. 
Él y una discotequera banda sonora encabezada por Abba y rematada (inevitablemente) con el I will survive de Gloria Gaymor (¿quién iba a decir que Waterloo iba a casar tan bien con escenas de supervivencia en Marte?)
 Sin querer entrar en la crítica social ni en un pseudo intelectualismo de baratillo como Interstellar, donde, por cierto, Damon ya malvivía en soledad en un planeta lejano (no habrá que soltar de la mano a este muchacho) ni en reflexiones espirituales más o menos simuladas con Gravity, Scott se limita en Marte a plantear una historia que termina agotando, que emociona en varios momentos cruciales y que invita al aplauso en otros. No consigue que el espectador se quede sin aire bajo la claustrofobia de la escafandra como hacía Cuarón en su film, pero casi.
Marte es un planeta tan enorme como solitario, y todo en la película resuma grandeza. En ocasiones, no vale la pena extenderse en un comentario porque las palabras no podrían alcanzar nunca las imágenes, así que es mejor resumirlo todo diciendo: Id a verla. Si se habían puesto de moda las películas sobre la exploración espacial, Marte es la candidata perfecta para decir la última palabra y compone (con permiso de Atrapa la bandera) un colofón de oro a esa especie de trilogía que podríamos componer de la ciencia ficción contemporánea que completan los filmes de Cuaron y Nolan.
Magistral. Y punto.


sábado, 4 de abril de 2015

EL AÑO MÁS VIOLENTO (9d10)

Dirigida por J.C. Chandor, realizador de la magnífica Margin Call y de la más que correcta Cuando todo está perdido, la película se sitúa en la América de 1981, año que, según los historiadores, se registró el mayor número de delitos en la historia de Nueva York.
Era una época en la que el país despertaba de ese idealismo que se extendió tras la Gran Depresión, cuando el sueño americano empezaba a naufragar y se imponía la ley del más fuerte.
Con referencias más que evidentes a El Padrino de Coppola y toques delj cine de gánsteres más sucio de Scorsese, Chandor aborda la historia de Abel Morales, un empresario dedicado a la distribución de combustible que crea un pequeño y emergente imperio de la nada (bueno, de la nada exactamente no, que la familia de su mujer ayuda a sentar las bases con dinero sucio) y se propone llegar a los más alto sin traspasar el camino de la ilegalidad.
Podría ser esta una historia sobre ambiciones empresariales, luchas por el poder e incluso análisis de un matrimonio (y de hecho lo es, todo esto está contenido en la película), pero Chandor apuesta más por abordar la hipótesis de si se puede conseguir el poder sin caer en la corrupción. Morales es un hombre honrado en una sociedad donde la honradez es una quimera, un empresario a quien todos le dicen que debe quebrantar la ley (incluso la propia ley) para seguir adelante pero que pretende mantenerse firme en su propósito, aun poniendo en juego su futuro, su familia y su propia vida. No es, sin embargo, una película moralista, ni mucho menos. Con un estilo elegante y estilístico, Chandor plantea un argumento, dibuja una situación que fácilmente podría ser real, y deja que cada cual saque sus propias conclusiones, que sea el propio espectador quien juzgue las acciones del protagonistas y, de paso, se juzgue a sí mismo, pudiendo ver reflejado en el mundo de hoy a esa Nueva York del siglo pasado que no resulta tan distante como cabría parecer.
Chandor aborda el tema como si una tragedia shakesperiana se tratase (hay mucho de Macbeth aquí), ejecutando con maestría su puesta en escena en un drama muy violento que consigue transmitir con eficacia esa sensación de presión angustiante que siente su protagonista sin necesidad de mostrar ante las cámaras esa violencia latente y despiadada a la que alude el título.
No se puede dejar de alabar el trabajo de Chandor, fiel heredero también del cine de Lumet, sin que por ello dejemos de lado a su elenco protagonista, un casting de gran nivel encabezado por un sorprendente Oscar Isaac metamorfoseado en un joven y aguerrido Al Pacino (copia todos sus tics interpretativos y estéticos sin que llegue a molestar en ningún momento) y una magnífica Jessica Chastain que probablemente se haya convertido ya en la mejor actriz de su generación  con una habilidad innata para elegir personajes totalmente opuestos entre sí y perfectamente alejados de la mujer florero que suele rodear este tipo de tramas, y a los que complementa David Oyelowo (el reciente Martin Luther King de Selma y que ya compartió papel –que no plano- con Chastain en Interstellar) en el papel de fiscal del distrito.
Resulta curioso que en un año cinematográfico tan flojo como se ha evidenciado en los recientes premios Oscars (con tonterías nominadas como la propia Selma, Siempre Alice, El Francotirador o La teoría del todo, grandes películas como esta hayan quedado en el cajón de los olvidados, haciendo compañía a los Puro Vicio o Nightcrawler de turno.
Algo huele a podrido en Dinamarca, dijo Hamlet. Y se podría añadir que no mejora mucho la cosa en Nueva York, donde las calles son peligrosas y las buenas intenciones no son suficientes para parar las balas. O quizá sí…

miércoles, 21 de enero de 2015

LA SEÑORITA JULIA (5d10)

Tras haber sido musa de Ingmar Bergman, Liv Ullman tiene una incipiente pero leve carrera como directora (su anterior película, Infiel, data del 2000), estrenando ahora su última película hasta la fecha (y sin proyectos conocidos) en la que ella misma adapta la obra teatral de August Strindberg.
Extremadamente fiel a la obra original, La señorita Julia es una apasionado alegato sobre la lucha de clases, el domino del hombre sobre la mujer (hablamos de 1890) y de la sumisión y el respeto alrededor de un poder superior que aun sin aparecer en toda la obra tiene presencia física en forma de unas botas o un puñado de billetes.
La señorita Julia es la hija de un aristócrata irlandés, afectada aún por la muerte, años atrás, de su madre, consentida y caprichosa, que en la noche de San Juan se propone seducir, sin fines muy concretos, a uno de sus sirvientes, John, sin importarle que esté emparejado con la cocinera de la casa.
Pese a recurrir a algunos exteriores y recorrer brevemente varias estancias de la casa (sobre todo en un breve prólogo donde vemos a la Julia niña), la acción se sitúa básicamente en la cocina de la mansión. Esto, y la presencia de tres únicos actores (más la mencionada y anecdótica niña) dan una clara idea de por dónde van los tiros. Y es que pese a una intensa interpretación de los tres protagonistas (sorprende especialmente un Colin Farrell al que no creía dotado para tales embistes, aunque es Jessica Chastain la que mejor logra sacar a relucir la desdoblada personalidad de Julia), una puesta en escena impecable y con algunos planos muy bellos y casi fotográficos (aunque, eso sí, alguien debería explicar a la directora la diferencia entre el día y la noche), la realización de Ullman es exageradamente teatral. Los actores caminan por la cocina como por un escenario, forzando las entradas y salidas y dando una sensación de irrealidad que da al traste con todo el realismo de los decorados. Además, el texto, que bien podría resultar muy adecuado para la escena, es artificioso para una película, no llegando a comprender en ningún momento hacia donde pretenden ir los personajes, siendo imposible por lo tanto comprenderlos y mucho menos aceptarlos. Julia, al menos, se puede excusar en esa especie de locura que la arroja a su cruel desenlace, pero sigo sin ver claras las intenciones de John y Katherine (la cocinera, correcta Samantha Morton), siendo incapaz de decidirme si John actúa movido por su amor, por su codicia, por miedo o por las tres cosas a la vez, resultando tan enfermo como su señora.
Al final, uno se limita a quedarse embobado con unos discursos perfectamente ejecutados por tres actores en estado de gracia sin que le importe mucho los constantes cambios de rumbo de las situaciones, dejándose llevar sin más en espera de un desenlace que se hace de rogar demasiado.
Tan apasionada y enfermiza como distante y confusa, Ullman busca una conjugación entre sátira social y poesía con toques de lujuria apasionada que se le va delas manos. Podría haber conseguido una excelente película. Al final se queda en una obra de teatro filmada. Muy bien filmada, de acuerdo, pero teatro al fin y al cabo.
El concepto adaptación es inexistente. Y eso desmorona el resultado final.

sábado, 8 de noviembre de 2014

INTERSTELLAR (5d10)

Los que sois seguidores habituales del blog ya debéis saber que el señor Christopher Nolan no es precisamente santo de mi devoción. No comparto la opinión de aquellos que lo consideran el gran genio del siglo XXI y lo encuentro pomposo y endiosado, en búsqueda constante de una trascendencia que la mayoría de sus películas no necesitan. Creo que la bomba de humo que se formó alrededor de su trilogía sobre Batman es completamente exagerada 8la última película era, de hecho, muy mala) y lo considero culpable también de estropear todo lo interesante que Zack Snyder podría haber hecho con Superman.
Aparte de eso, os doy mi palabra de honor que entré a ver Interstellar con la mente completamente en blanco y dispuesto a dejarme arrastrar por la propuesta del británico, dejando mis prejuicios junto a la tienda de chuches. Y durante el innecesariamente alargado prólogo la cosa no iba del todo mal, con una historia interesante y bien contada que no tenía nada que ver con viajes por el espacio sino con dramas familiares en el campo (¿Qué les pasa a las madres americanas, que todas se mueren jóvenes?), con un padre viudo a cargo de sus retoños muy al estilo de Señales o la última Transformers.
Y de repente, todo cambia.
Dicen los que saben de esto del cine (y a los que les ha gustado la película) que es mejor no saber nada del argumento y dejarse llevar por las sorpresas que esconde el guion, algo así como lo que sucede también con Perdida, de David Fincher (director con quien se empeñan en comparar siempre a Nolan pero que para mí está años luz por encima), pero lo cierto es que yo creo que da más o menos lo mismo (siempre que no se revele ninguna sorpresa crucial, claro). Y es que es posible que cuanto más se sepa del argumento de antemano más posible sea entender algo de la película.
El resumen rápido sería este: la Tierra se está muriendo y deben enviar a Cooper (un expiloto de la NASA que lleva años dedicado a cultivar el campo) sin preparación previa ni puesta en forma ni mandangas al espacio en busca de un lugar habitable.
El primer problema es que en cuanto se deja atrás la tierra la cosa se precipita tanto que se vuelve confusa, como si las casi tres horas que dura el invento no fuesen suficientes para narrar una buena historia. Nolan es un gran vendedor de humo, y por eso prefiere pasar más tiempo tras una enorme cámara IMAX para hacer bonitos planos de la nada que en la mesa del ordenador escribiendo unas buenas líneas de guion junto a su hermano del alma, y eso afecta negativamente a la película que peca de elíptica y de algunos personajes mal presentados y peor desarrollados (como por ejemplo los dos astronautas que acompañan al prota y a la chica de turno en el viaje).
Nolan, que debía ser un director de fotografía de primera, parece dudar entre contar una historia épica o intimista, y por eso intenta hacer largos y oníricos planos espaciales pero sin mostrar apenas nada, por lo que en las pocas ocasiones en la que se enseña algo (hay algunos paisajes que no voy a describir que son espectaculares) lucen más todavía.  Pero demasiado obsesionado en rendir tributo a Kubrick y su 2001, Odisea en el espacio, Nolan repite los errores principales de Spielberg (otro alumno aventajado de Kubrick) en cargar demasiado las tintas sobre el drama familiar (ya la pasaba en Origen y en su tercer Batman), de manera que el hipotético reencuentro entre un padre y su hija termina siendo más importante que el destino de toda la humanidad.
Mucho se quiere comparar esta película con la mencionada 2001, Odisea en el espacio, y sus defensores más acérrimos insisten hasta el hastío que ya no se hace ciencia ficción de verdad, como si todas las películas del espacio fueran fantasías como Star Trek o Guardianes de la Galaxia, pero yo encuentro en Interstellar muchas influencias de Contact de Zemeckis, con todo ese aire de misticismo, algo de Moon (que ya en sí era un homenaje a 2001) con el tema del robot compañero (por cierto, que diseño más feo y poco práctico el de los robots de Interstellar) y, sobre todo, ahí está el recuerdo de la reciente y excelente Gravity.
No sé si nuestra percepción de Interstellar sería diferente de no haber visto hace apenas un año la magnífica película de Cuarón. O si incluso habría sido Interstellar diferente sin la existencia de dicho film, pero lo cierto es que Nolan pretende insistir más en la parte dramática y pasional que en la fantástica, y en eso, le pese a quien le pese, no supera ni de lejos a Cuarón. Con solo un actor y medio, muchos silencios y la mitad de duración, Cuarón lograba transportarnos al espacio y que nos asfixiásemos con la angustia de Sandra Bullock, hablando, de forma muy sutil, de cosas como la vida, la esperanza y el renacer. Nolan, simplemente, aspira a algo parecido.
Y lo peor de todo es que, pese al espectáculo innegable que se nos ofrece, en ocasiones algo desequilibrado por el montaje paralelo entre la Tierra y el espacio, la historia acaba derivando en una solemne tontería, un giro radical de la trama que pretende sorprender y descolocar y, sí, lo segundo lo consigue, pero para mal. Hasta risas escuché en la sala en uno de los momentos más intensos del clímax final.
Nolan es un gran visionario, pero carece del espíritu de narrador necesario para las complejidades que pretende acometer. Quiere abarcar más de lo que puede, totalmente inconsciente de las limitaciones de su talento, y termina desaprovechando buenas ideas, como era el caso de Decepción Inception (Origen) y, desde luego, es el caso de la que nos ocupa ahora.
Al terminar la proyección escuché a unos chicos de la fila de atrás entablar un animado debate sobre si debían recomendar la película a sus amigos o no. No es una mala película, argumentaban. Pero tampoco es buena.
Muy bonita, muy visual, muy bien interpretada (al final voy a tener que acabar creyéndome que el McConaughey es buen actor) pero también muy larga, muy pesada, muy tediosa y, por momentos, muy aburrida.
Nolan pretende trascender, estar por encima del bien y del mal, ser una mezcla entre mentor y profeta. Y hay por ahí unos cuantos que lo veneran como si del líder de una secta se tratase. Yo no soy de esos.
Y como los chicos de la fila de detrás, yo también pienso que no es una mala peli. Pero tampoco una buena peli. Ahí lo dejo.

martes, 4 de noviembre de 2014

LA DESAPARICIÓN DE ELEANOR RIGBY (6d10)

Eleanor Rigby es una bonita canción de The Beatles que, con la peculiar voz de Paul McCartney habla sobre la soledad personificada en dos trágicos personajes.
Hace un año, el neoyorquino Ned Benson se inspiró en ese personaje para componer dos románticas películas que analizaban las dos caras de una ruptura con los clarificadores títulos de: La desaparición de Eleanor Rigby: Él y La desaparición de Eleanor Rigby: Ella. Aclamada en su presentación en diversos festivales internacionales, su productora apostó por estrenarlas comercialmente en cines con la condición de fusionar los dos puntos de vista en una sola película, lo cual reducía notablemente el metraje de la suma resultante pero también lastraba considerablemente la historia, redundando  en su ritmo, por momentos entrecortado y desigual.
La Eleanor Rigby a la que hace referencia el título es la mitad femenina de una pareja locamente enamorada que, tras un suceso no revelado hasta bien avanzada la historia, desaparece sin más, dejándolo todo atrás, marido incluido.
Ella es una chica de buena familia perdida en una vida sin dirección que decide reemprender los estudios. Él es el hijo de un exitoso restaurador  que trata de malvivir alejado de la sombra paterna con su decadente restaurante. Juntos formaban una bonita y entusiasmada pareja con toda la vida por delante para hacer locuras y construir un hogar que, de la noche a la mañana, se derrumba, precipitándose por un precipicio sin final.
Tras su reencuentro, él tratará de quemar sus últimas naves en pos de una reconciliación, pero ella no tiene más deseo que poner distancia de por medio, aunque en ocasiones su cabeza de enfrenta directamente a su corazón.
Con un excelente James McAvoy y una Jessica Chastain algo excesiva (y demacrada), la película describe con humor y acritud la descomposición del amor, la pérdida de un sueño que no ha de volver y la desesperanza con respecto a las segundas oportunidades. Sin embargo, Benson no es capaz de culminar su historia con acierto, y mientras el papel de los padres roza la brillantez (tan magníficas son sus opiniones como las aportaciones del impresionante trío actoral: William Hurt, Isabelle Huppert y Ciarán Hinds) el desenlace de la pareja en cuestión se me antoja poco creíble hasta el punto de desvirtualizar el conjunto y  restarle demasiados puntos.
Y lamento tener que poner aquí el indicador de spoiler para que quien no quiera saber más de lo necesario pueda dejar de leer, pero no me es posible completar mi opinión sin explicar por qué el film fracasa en su definición final, ya que, bien sea por un exceso de blandura por parte del director y guionista o bien por venderse a las exigencias de la industria, no encuentro acertado el final feliz, con reconciliación final, tras ver a los protagonistas caminar tan alejados uno del otro en una senda de autodestrucción emocional.
El tiempo todo lo cura, dicen, pero hay heridas que tardan mucho en cicatrizar. Y no siempre es posible desandar el camino recorrido. Y aunque Benson pretenda hacernos creer que sí es posible a mí no me ha conseguido convencer.
Pese a todo, el conjunto del film es emotivo y amargo. Y eso, junto a unas grandes interpretaciones, hace que la película alcance a nuestros corazones, más allá del acierto o no de su desenlace.
La lastima es que, para redondear la cosa, la susodicha canción no pueda aparecer en la película. Cosas de derechos…

martes, 12 de febrero de 2013

MAMÁ (6d10)

En 2008 Andrés Muschietti, con la colaboración de su hermana Bárbara compartiendo créditos en el guion, dirigió un cortometraje de terror titulado Mamá sobre dos niñas que recibían en su casa a un aterrador espíritu al que ellas identificaban como una figura materna. Cuando el realizador y productor Guillermo del Toro lo vio quedó prendado por la angustia y el horror que se transmitía en apenas tres minutos y decidió contactar con Muschietti para proponerle convertir su obra en un largometraje. Y así nació la película Mamá.
Desbordado por la crisis económica Jeffrey llega a tal grado de desesperación que decide que la muerte es la mejor salida a su situación, así que asesina a su esposa en su propio domicilio y se lleva a sus dos niñas a una cabaña abandonada en el bosque donde pondrá fin a sus vidas para luego acabar suicidándose. Pero algo lo espera en aquel siniestro lugar que le impedirá ejecutar a sus niñas, protegiéndolas como solo una madre podría hacer.
Tres años más tarde las niñas son encontradas en un estado lamentable, malnutridas y asalvajadas, pero vivas. Sin otro pariente vivo más que su tío Lucas (hermano gemelo de Jeffrey) y su novia Annabel, las pequeñas son puestas a sus cuidados sin sospechar que algo las acompañará en su regreso a la ciudad.
Este es, a grandes rasgos, el inicio de mamá, una película aterradora donde la calidad interpretativa de dos niñas soporta el peso de toda la película con (pocos) momentos tiernos y (muchas) situaciones de verdadero terror. Dando una vuelta de tuerca a la clásica historia de posesiones demoníacas, la empatía entre las niñas y el espíritu al que consideran una madre otorga un grado de originalidad a la historia de siempre, acompañada de un esfuerzo poco habitual en dotar de personalidad a los personajes, en especial al de Annabel, una mujer independiente y transgresora cuyo futuro inmediato no incluía el plan de convertirse en madre y que deberá aprender no solo a enfrentarse a seres del Más Allá sino –quizá más difícil aún- a la convivencia con dos niñas.
Nikolaj Coster-Waldau continúa su avance lento pero seguro por Hollywood después de despuntar en Juego de Tronos y tener pendiente de estreno Oblivion (donde secundará a Tom Cruise) mientras que el caramelo de la película recae en Jessica Chastain, en un papel completamente diferente (tanto en lo físico como en lo psicológico) al de La noche más oscura y que le permite demostrar lo buena actriz que llega a ser.
Angustiosa y aterradora, la principal pega que se puede poner a la película es la sensación (como suele suceder con todas las historias que se adaptan a partir de un cortometraje) de que se alarga demasiado el tema, que una idea que es brillante para un corto resulta aquí estirada como un chicle, llegando a resultar en algunos momentos cansina y debiendo recurrir a tópicos que estropean el conjunto para rellenar tiempo.
Pese a todo, la historia mete mucho miedo y la aparición final del espíritu (que inquietante es Javier Botet, que ya nos aterrorizó como la niña Medeiros en la trilogía de Rec) es espectacular, pudiendo haberse creado un nuevo icono del terror a la altura de Jason o Freedy.

En pocas palabras, para cagarse…

martes, 8 de enero de 2013

LA NOCHE MÁS OSCURA ( 3d10)

Dicen que La noche más oscura es la recreación de cómo el gobierno de los Estados Unidos localizó y asesino a Osama Bin Laden. Dejando aparte el rigor histórico de los hechos descritos (que muchos han definido como falseados y alejados de la realidad) lo cierto es que el tema en si es suficiente como para captar el interés de todo el mundo, seamos o no americanos. No en vano Bin Laden es (o era) uno de los hombres más odiados del mundo.
Una película de estas características puede enfocarse de dos maneras diferentes: como un documental, ofreciendo una mirada distante de lo sucedido, evitando implicarse en la historia, o como una película de ficción (una dramatización de los hechos), con un guion y un desarrollo de los personajes que sean relativamente fieles a lo sucedido pero dotándoles de personalidad cinematográfica. Desgraciadamente, la señora Kathryn Bigelow (cuya película más soportable es Le llaman Bodhi), ha optado por el camino intermedio. Empeñada, según parece, a demostrar que no ha aprendido nada de cine en los años que fue la esposa de James Cameron (que gran guion suyo estropeó ella en la visualmente confusa Días Extraños), esta mujer condenada a películas de medio pelo y bajo presupuesto ganó la lotería cuando su sobrevalorada En tierra hostil cayó en gracia entre mis amigos del CSI (Críticos sesudos intelectuales) y la elevaron a los altares. Demostrando no tener un ápice de vergüenza (y orgullo no digamos), la buena mujer ha decidido copiarse a sí misma y repetir estilo de cámara temblorosa y falso documental en su nueva película, una película que, por cierto, se comenzó a fraguar cuando nadie tenía ni puñetera idea de donde se encontraba el terrorista y para la que su captura fue como una bendición, ya que haciendo gala de un gran oportunismo se apuntaron el tanto de conseguir los derechos de la historia aprovechando que estaban en ello sin importar que su guion original no tuviera nada que ver con lo que iban a narrar ahora.
El caso es que la Bigelow no ha hecho un documental (eso da pocos premios y menos dinero aún), pero ha querido escatimar a la hora de contratar un guionista, ya que Mark Boal, el tipo que aparece en los créditos y que debe ser muy amigo de la directora, pues En tierra hostil y esto son los únicos libretos que ha escrito hasta la fecha, se limita a copiar ciertos informes (que muchos dudan de su exactitud) del caso, ignorando por completo construir unos personajes, desarrollar una estructura argumental o crear un trasfondo dramático.
La película, consciente de que necesita desesperadamente empatizar con el público, comienza manipulando vergonzosamente al espectador mediante grabaciones reales sobre fundido negro de las llamadas der los pasajeros del vuelo Unit 93 poco antes de estrellarse en los atentados del 11-S. A partir de ahí vemos una serie de investigaciones encabezados por el personaje interpretado por Jessica Chastain que no llevan a ninguna parte. Tras un interesante arranque donde vemos como se interroga a un prisionero islamista sin cortarse un pelo con las torturas, la acción se desvanece, pasando a un proceso interminable de informes, escuchas, errores, más escuchas, discusiones con el jefe, más errores… hasta que, en el último tramo, un golpe de suerte les pone sobre la pista del terrorista y en una sigilosa misión (aterrizan con dos helicópteros –uno de ellos más que aterrizar se estrella- en plena noche en el patio de Bin Laden sin que nadie oiga nada) lo identifican y acribillan. Por el camino, alguno de los que perecían protagonistas deja de salir y nos da igual. Una agente con un papel bastante destacado en la primera mitad de la película muere y nos da igual. Parece que toda la investigación vaya en una dirección equivocada y nos da igual. Todo da igual. Y es que la película no tiene nada de pasión, nada de sentimiento. Podría haber durado media hora, pasando de las escenas de tortura a las de la captura de Bin Laden y todos habríamos salido tan contentos del cine, pero como eso no puede ser (y parece que para que una película sea consideraba buena debe superar las dos horas de metraje), pues Bigelow y Boal rellenan con paja aburrida y vacía de manera totalmente aleatoria. No conocemos nada de los personajes, ni si tienen familia, amigos, qué les mueve a hacer lo que hacen, qué piensan…, impidiéndonos empatizar con ellos, mientras que tampoco nos iluminan demasiado sobre la manera de funcionar de la CIA ya que, al fin y al cabo,  todo concluye con un golpe de suerte. Por si fuera poco, las escenas finales, las que todo el mundo está esperando, y en las que Bigelow cambia de estilo y pretende despertarnos de la butaca con toques de acción, están torpemente filmadas, abusando de planos oscuros  demasiado confusos (ya sé que en la vida real era de noche y estaba oscuro, pero esto es cine, ¡caray! ¿Nunca ha oído Bigelow hablar de una técnica llamada noche americana?).

En fin, una película soporífera, donde solo se salva una correcta Jessica Chastain que si por algo destaca es por sus esfuerzos por mostrarse tan fría y contenida como la pesadez de la película le exigía y a la que podíamos tomar por una actriz inexpresiva en lugar de un esfuerzo interpretativo si no la hubiésemos visto en personajes tan diferentes como los de La deuda, El árbol de la vida y, en breve, en Mamá