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sábado, 5 de mayo de 2018

7 DÍAS EN ENTEBBE

Dirigida por José Padilha, 7 días en Entebbe es una recreación del secuestro de un avión de pasajeros francés procedente de Tel Aviv por parte de un grupo revolucionario palestino y las negociaciones entre estos y las Fuerzas de Defensa de Israel durante la semana que los 248 pasajeros permanecieron como rehenes en el aeropuerto de Entebbe, en Uganda.
Padilha, que se dio a conocer con Tropa de élite y su secuela, ya dejaba intuir en esos primeros trabajos que bajo el aparente interés por hacer un cine con cierto tono social, lo que más le interesaba era realizar películas de acción, algo que se confirmó con la decepcionante revisión de RoboCop, donde apenas dejó entrever nada del cinismo y la mala baba que tenía el original de Verhoeven. En 7 días en Entebbe le pasa un poco lo mismo, que se deja llevar por la historia del secuestro, siendo funcional y rítmico en lo que respecta a la intriga del secuestro (al menos no hay el relleno aburrido y totalmente carente de interés que tenía 15:17, tren a París, de Clint Eastwood) pero que se queda muy corta a la hora de retratar la situación política y social que envolvían al asunto.
No profundiza, por ejemplo, en las motivaciones que llevan a dos alemanes (eficientes Daniel Brühl y Rosamund Pike) a participar en el secuestro (apenas se intuye), mientras que las relaciones entre Shimon Peres y Yitzhak Rabin merecían muchos más minutos de metraje.
7 días en Entebbe se puede apreciar, por tanto, como una historieta de acción más, de la que no sacar ninguna reflexión e ignorando su realidad histórica, pero que para poder ser mínimamente comprendida requiere de unos conocimientos previos del espectador. Esto se demuestra también con la atención que Padilha pone sobre uno de los soldados participantes en la operación de rescate y su relación con su novia bailarina, que no viene a cuento y ralentiza la historia, aunque sirve como excusa para que Padilha intercale en los momentos del clímax final escenas de danza que, si bien tienen una potente musicalidad que ayuda a aumentar la tensión, parecen esconder algún tipo de metáfora que no se termina de comprender.
7 días en Entebbe es, en fin, una película que se deja ver, entretenida y, para los que no sepan nada de los hechos reales, algo instructiva, pero que no llega a ser el documento histórico que pretende y cuyo mayor logro es invitar a espectador a investigar por su cuenta sobre el conflicto palestino-israelí.

Valoración: Cinco sobre diez.

domingo, 11 de febrero de 2018

THE CLOVERFIELD PARADOX

Cuando un casi novato (en cine, al menos) J.J. Abrams tuvo un pequeño traspiés en taquilla con Misión imposible 3 se comprometió con Paramount a producir una película que daría el pelotazo y les compensaría con creces. Eso cuenta al menos la leyenda. Sea como sea, Monstruoso (la mala traducción que aquí se hizo de Cloverfield) fue realmente un gran éxito, debido más a la potente campaña publicitaria que a la calidad propia de la película (aunque para ser un found fotage no estaba tampoco mal). No estaba J.J. tras las cámaras, sino su amigo Matt Reeves, pero él era la cabeza pensante de todo, mostrándose como un gran especialista en crear grandes expectativas. Durante la campaña publicitaria todo el mundo se preguntaba qué demonios iba a ser eso de Cloverfield (había teorías que incluso lo relacionaban con el universo de Perdidos).
La clave de la película estaba en el factor sorpresa, y cuando casi diez años después se reveló la existencia de una película llamada Calle Cloverfield, 10 (Cloverfield Lane, 10) apenas un mes antes de su estreno la volvieron a liar.
Cloverfield es un universo propio, una especie de saga de películas sin relación directa entre ellas que, como pequeñas piezas de un puzle infinito, aspiran a explicar una gran historia. O puede que no. El caso es que ahora llega la tercera pieza del juego, y tampoco podía hacerlo de forma convencional. Tras un rodaje algo complejo ha sido Netflix quien adquirió los derechos de distribución, colando el tráiler como uno de los grandes eventos de la media parte de la SuperBowl. Sin embargo, mientras el resto de los potentes tráileres de sus competidores concluían con un “próximamente”, The Cloverfield paradox anunciaba su gran estreno… para esa misma noche. ¿Adivinan lo que vieron miles de norteamericanos en sus televisores apenas terminar el partido?
Otra jugada perfecta que, por desgracia, no esconde una película especialmente inspirada, probablemente la más floja de las tres. Una misión internacional al espacio para juguetear con la física cuántica y los aceleradores de partículas abrirá una puerta al multiverso que podría (o no) ser el causante de los hechos acontecidos en las dos películas anteriores. El cebo está lanzado, pero me temo que hay poco donde pescar.
Con un reparto tan interesante como poco aprovechado, la película tiene unas cuantas ideas bastante originales, aunque también algo locas, transformándose en algunos momentos en una paranoia algo absurda (todo lo relacionado con cierto brazo, por ejemplo), que hace que te preguntes por el formalismo de la misma.
A años luz de la estupenda Calle Cloverfield, 10, tampoco es que la película sea para tirarla a la basura. Se ve con agrado y mantiene bastante correctamente la intriga, pero sabe a demasiado poco teniendo en cuenta el juego que nos propone. Quizá sea culpa de los múltiples cambios realizados en el rodaje (desde aquella época en que esto se iba a titular “la partícula de Dios”) o a querer forzar demasiado las cosas para terminar con una película demasiado parecida a cualquier producto baratito de naves espaciales pero con injertos que la emparejen al universo al que pertenece.
Así y todo, es una buena propuesta para pasar una hora y media viendo sufrir a Gugu Mbatha-Raw (la única cuyo personaje tiene algo de trasfondo) y buscando los secretos ocultos que demuestren que este es el universo Cloverfield. Y alguno hay, os lo aseguro.
Y después, podéis olvidarla tranquilamente y esperar con calma a ver cómo nos sorprenden con el nuevo capítulo de la ¿saga?, que por lo visto irá sobre nazis, algo que siempre mola.

Valoración: Cinco sobre diez.

miércoles, 28 de junio de 2017

LA CASA DE LA ESPERANZA, una lista de Schindler de rebajas

Hay temáticas que, para bien o para mal, nunca dejarán de interesar al mundo del cine. Las historias reales no solo suelen funcionar, sino que en ocasiones son necesarias para recordar los errores del pasado y tratar de no volver a repetirlos.
Este podría ser el caso de todo lo relacionado con la II Guerra Mundial. Aquel fue, posiblemente, el peor conflicto bélico de la historia moderna y muchas heridas continúan aún sin cerrar. Fue una época de espantosos crímenes y matanzas injustificadas pero, también, de héroes. Héroes, generalmente, anónimos.
La casa de la esperanza cuenta la historia de uno de esos héroes, un matrimonio de Varsovia que transforman el zoo al que han entregado sus vidas antes de que la guerra lo ponga todo patas arriba en un escondite para los judíos a los que ponían liberar del gueto.
Se podría decir, en cierto modo, que Jan Zabinski y su esposa Antonina Zabinska (quien copa el centro de atención narrativo) son una suerte de Oskar Schindler en versión polaca.
Desde luego, debería resultar injusto comparar esta película de rango medio (que cuenta con la producción de su protagonista, Jessica Chastain) con la obra cumbre de Steven Spielberg, pero los parecidos argumentales son tales que resulta inevitable. Lamentablemente, la directora Niki Caro (cuyo trabajo más relevante hasta la fecha es En tierra de hombres, con Charlize Theron) no tiene el acierto estético del antaño Rey midas de Hollywood y su película se centra más en la historia que en el fondo. Esto deriva en una narración bien explicada, con las consecuentes elipsis (no es necesario volver a explicar que es La noche de los cristales rotos y cosas así), pero más cercana al telefilm que al cine de gran formato.
Aunque no hay nada en el guion que justifique la importancia de Antionina por encima de su marido (más allá de servir de seductora distracción al nazi odioso de turno, en este caso encarnado por Daniel Brühl), Jessica Chastain es el motor alrededor de quien todo gira. Y aunque la actriz está correcta (resulta difícil que esta mujer haga algún papel mal) no brilla lo suficiente como para levantar la película por sí sola, tal y como sí lo hacía en la coetánea El caso Sloane.
Además, aparte de dar a conocer la figura de este valiente matrimonio que arriesgó sus propias vidas por salvar a un sinfín de desconocidos, no hay ningún aporte histórico relevante, nada que no hayamos visto ya mil veces en pantalla. He comentado al principio que es importante recordar los errores del pasado (y pocos hay tan terribles como el dominio del fascismo nazi) para tratar de evitarlos, pero ver las mismas escenas una y mil veces tampoco es el mejor camino. Al final, la repetición provoca la insensibilidad, y eso de los judíos sacados a la fuerza de sus casas y oprimidos en un gueto perdiendo todas sus posesiones y hasta su propia identidad es algo que el cine nos ha mostrado ya tantas veces que se debe exigir algo más de brío y fuerza visual para no caer en la rutina y el contemplacionismo. Nada que ver, por poner otro ejemplo, las escenas de esta película con la que se mostraban en El Pianista de Polanski, otra obra maestra del género. Parecía que la excusa del zoo iba a servir como metáfora sobre la “humanidad” que demuestran los animales en contra de la crueldad despiadada de los verdaderos humanos, pero al final todo queda demasiado diluido.
A la postre, La casa de la esperanza es una película bienintencionada, quizá incluso algo edulcorada para lo que se debió vivir realmente, que sirve como recordatorio de una época y para dar a conocer a otros héroes que desde la clandestinidad ayudaron a salvar muchas vidas. Pero poco más. La puesta en escena es correcta pero sin alardes y muchos momentos del metraje rozan el aburrimiento, quizá porque las más de dos horas de película pueden ser excesivas para lo que se está explicando.

Valoración: Cinco sobre diez.

sábado, 28 de enero de 2017

COLONIA, desconocido episodio de la crueldad humana.

Dirigida por el alemán Florian Gallenberger, Colonia es una de esas películas que está recibiendo palos allá por donde pasa, acusándola sobre todo de trivializar un episodio real convirtiéndolo en un pasatiempo al estilo Hollywood (la película es alemana, aunque con reparto internacional).
Me permito discrepar sobre ello. Bien es cierto que Colonia no es una magnífica película y que hay muchas deficiencias en su puesta en escena, pero creo que la película consigue ser un tributo y una denuncia a la vez sobre lo que pasó durante el régimen chileno de Pinochet y solo por sacar a la luz una historia no demasiado conocida ya debe otorgarse su mérito.
Lo que sucede es que Gallenberger ha hecho justo lo contrario que sus colegas Garth Davis y Jeff Nichols en Lion y Loving respectivamente, es decir, en lugar de plasmar una historia real se inspira en ella para contar una invención sin faltar por ello a la verdad.
Veamos: Colonia cuenta la historia ficticia de Lena, una azafata enamorada de un fotógrafo alemán al que conoce en Chile y que es detenido el mismo día del golpe de estado de Pinochet por ser simpatizante de Allende. Cuando Lena averigua que su amado Daniel ha sido llevado a una especie de campamento religioso sectario llamado Colonia Dignidad decide entrar voluntariamente para tratar de liberarlo.
La historia nos habla, no obstante, de que esa Colonia Dignidad existió realmente, dirigida con mano de hierro por Paul Schäfer. Inspirada en los campos de trabajo nazis, la fachada cara a la galería era la de un grupo de hombre y mujeres felices que cantaban y cocinaban bajo la palabra de Dios, ignorando el público las torturas que se cometían en su interior y que la película refleja con precisión.
Acepto de buen grado, pues, que la historia de Daniel y Lena no sea fidedigna, aunque pueda asemejarse mucho a la de Wolfgang Muller, Heinz Kuhn u otros presos que también trataron de escapar y denunciar lo que en realidad era Colonia Dignidad.
Protagonizada con esmero por Emma Watson y Daniel Brühl, y con un Michael Nyqvist quizá algo sobreactuado en su papel de Schäfer, la película peca de caer por momentos en el convencionalismo de un thriller carcelario del montón, cuando los planes de fuga destacan más que los horrores de la realidad, pero eso favorece, al menos, a que la película resulte emocionante y emotiva, por más que su credibilidad se desvanezca en los momentos en que la acción se desarrolla fuera de la colonia.
Esta vez, por lo desconocido que puede ser el oscuro mandato de Pinochet para muchos, si es cierto esa máxima a la que me refería en otra entrada de que “esta es una historia que necesita ser contada”, y no creo que adornarla con dosis de acción y romance deban perjudicar la denuncia que, por cierto, han aplaudido y alabado los supervivientes de la misma.

Valoración: Seis sobre diez.

sábado, 30 de abril de 2016

CAPITÁN AMÉRICA: CIVIL WAR. Rozando la perfección.

Apenas un mes más tarde del estreno de Batman v.Superman: El amanecer de la Justicia, y con el debate entre sus seguidores y detractores todavía vigente, nos llega la otra cara de la moneda, la apuesta de Marvel por reflejarnos el conflicto internos entre los héroes abanderados en sus días más oscuros.
Como si de vasos comunicantes se tratara, mientras en Warner intentan poner algo más de humor en sus producciones (al menos en comparación con la oscuridad de la trilogía de Nolan y El hombre de acero) en la acera de enfrente se están poniendo cada vez más serios. Parece inevitable hacer comparaciones entre ambas compañías, más cuando sus últimas apuestas parten de la misma base (un conflicto entre dos grandes héroes que termina en una lucha sin cuartel debido a las manipulaciones del villano de turno), pero aunque parece innegable que en Warner tratan de construir su propio universo mirando de reojo a la competencia en Marvel tienen los cimientos bien construidos y no se preocupan más que por seguir adelante por su propio camino.
Efectivamente, Capitán América: Civil War (una película tan impresionante que podría ser el colofón de cualquier saga pero que sin embargo no es más que la primera piedra de la fase tres que culminará con La guerra del Infinito) es la lógica consecuencia de los hechos descritos en Capitán América: El Soldado de Invierno y Los Vengadores: la era de Ultrón.
Tras el impecable trabajo realizado por Joss Whedon, los hermanos Anthony y Joe Russo se han coronado como los grandes constructores de Marvel tomando el relevo del neoyorquino. Después de los acontecimientos vistos en películas anteriores en las ciudades de Nueva York, Washington y, sobre todo, en la nación de Sokovia, las muertes de inocentes pesan sobre las conciencias de los Vengadores y el gobierno decide tomar cartas en el asunto. Los tratados de Sokovia son un acuerdo por el cual el equipo pasará a ser un grupo gubernamental, pero ello significaría regirse por los intereses particulares de una entidad concreta, algo que va contra los ideales que siempre ha defendido Steve Rogers.
Durante toda la saga las diferencias entre Iron Man y el Capitán América han sido recurrentes, pero será ahora cuando sus posiciones serán más enfrentadas, obligando al resto de héroes a tomar partido por uno de los dos.
Los Russo han creado una historia compleja e inteligente, con un villano de gran nivel sin necesidad de grandes artificios ni mascaradas de opereta, y que sin pretender buscar un debate profundo y pretensioso sí invita a posicionarse en favor de uno u otro bando. Necesariamente alejada de su contrapartida en los comics, Civil War es una película donde se refleja el peor momento de los superhéroes, en la que se crearán diferencias irreconciliables y para la que no puede haber vencedores, sólo derrotados.
Los Russo consiguen además dos grandes méritos: por un lado manejar un reparto impresionantemente extenso sin que se les escape de las manos, con momentos de brillo para cada uno de los personajes pero sin olvidar que en todo momento es el Capitán América y solo él quien está en el centro de la historia (junto a su relación con Iron Man por un lado y con el Soldado de Invierno por otro), mientras que por otro consiguen presentar nuevos personajes con coherencia y eficacia. 
Tenemos aquí a Pantera Negra y al nuevo Spiderman brillando con luz propia, provocando aplausos en la gradería, y  de los que, sin perder más tiempo del necesario,  se cuenta lo justo para entender los personajes y sus motivaciones.
Todo ello, con escenas espectacularmente bien filmadas, quizá no tan plásticas como las de Whedon pero con grandes coreografías, creíbles y sin la sobrecarga de CGI que amenazan con deformar películas similares.
Todo en Civil War rezuma grandeza. Hay mil guiños para los fans que no entorpecen al argumento para los profanos, tiene el toque justo de humor, la grandeza de Spider-man (y el cachondeo autoreferencial con tía May), una sorpresa enorme, apuntes para posibles romances futuros, el recuerdo justo y necesario a los ausentes y, sobre todo, dolor, mucho dolor.
Y aunque pueda parecer un tópico, en este caso no lo es: a partir de ahora las cosas ya no volverán a ser iguales.
Posiblemente, la mejor película de superhéroes hecha hasta la fecha. No es perfecta, como ninguna película lo es, pero difícilmente puede mejorarse.
Pura grandeza…

Valoración: Nueve y medio sobre diez.

jueves, 16 de abril de 2015

LA DAMA DE ORO (5d10)

Basada en un reciente episodio de la historia europea, La dama de oro es una buena muestra de cómo lo mejor y lo peor puede confluir en una película dotando al resultado final de un agridulce regusto totalmente irregular, haciendo caer en la mediocridad algo que, con muy poquito esfuerzo, podría haber sido un film notable e, incluso, oscarizable.
Eso mismo debió pensar el bueno de Ryan Reynols, ese muchacho empeñado en ser un héroe de comic que no hace más que encadenar fracasos y que Masacre puede ser su última oportunidad para demostrar que es una estrella en firme, cuando le pasaron el guion. Parecía una oportunidad de oro para demostrar que también puede ser un “actor de verdad”, y que las alabanzas recibidas por Buried no fueron fruto de la casualidad. Sin embargo, su mera presencia ya parece intuir que no es oro todo lo que reluce, y que lo único que resplandece en la película es el papel de oro utilizado por  Gustav Klimt para su cuadro Retrato de Adele Bloch-Bauer I, su obra más famosa (fue definida como la Gioconda austriaca) cuyo nombre popular da título a la película.
Al lado de Reynols, que se esfuerza pero demuestra una falta de carisma total, aparecen un desaprovechado Charles Dance, el correcto sin más Daniel Brülh y una Katie Holmes que simplemente pasaba por ahí, actores de renombre que actúan como meros comparsas de la estrella de la función, la Oscarizada Helen Mirren que se come a todos sus compañeros de plano sin parecer esforzarse demasiado para ello.
Con un tono que recuerda a la amable Philomena de Stephen Frears, La dama de oro cuenta la historia de Maria Altmann, una austriaca que tuvo que abandonar su país y a su familia tras la invasión nazi y que, tras la muerte de su hermana que la convierte en la última superviviente de la dinastía familiar, decide emprender una lucha legal contra el gobierno austriaco para recuperar la colección de cuadros que los nazis saquearon durante la Segunda Guerra Mundial y que al término de la misma fueron expuestos en el museo Belvedere de Viena, considerándolos patrimonio familiar.
Podríamos decir que la película contienen todos los elementos para ser un gran film: una historia interesante (además de real), unos actores de calidad y una efectiva combinación de géneros, ya que pese al marcado tono dramático hay en el film elementos de comedia, intriga, conflictos bélicos, persecuciones y sobretodo, el siempre atractivo fondo judicial. Sin embargo, Simon Curtis (que en Mi semana con Marilyn ya se encargaba de retratar una historia real con bastante más acierto) fracasa estrepitosamente en el momento de dar forma a su historia, confiriendo a la función un claro tono de telefilm y abusando del recurso del flashback con más presencia del pasado de los que precisa la historia.
No consigue Curtis, en ningún momento, hacerse con el mando de la historia, haciéndola plana e insípida y transformando en aburrida una trama que deberías ser muy interesante, dotándola además de una dirección torpe y excesivamente simplista, con errores de encuadre y fallos de record clamorosos.
Y es que más allá de conocer la historia real (o por lo menos la versión de Altmann de lo que sucedió) de la pugna por la propiedad de unos cuadros (en especial el mencionado retrato de Adele, tía de la protagonista, que posee un valor sentimental más allá de su cotización económica). Lo que supuso la primer demanda judicial contra una nación entera, Curtis no sabe aprovechar la oportunidad de plantear un retrato sobre la codicia, el orgullo y la propiedad de los patrimonios culturales (¿pertenece una obra a su dueño legítimo o al pueblo que merece distrutar de la misma?), elementos todos ellos inherentes a la historia pero apenas pincelados.
Una lástima, porque los cimientos ya estaban plantados. Solo había que trabajarlos un poco.

jueves, 18 de septiembre de 2014

EL HOMBRE MÁS BUSCADO (7d10)

John Le Carré siempre ha sido un autor difícil de adaptar al cine. Mucho más que, por ejemplo Tom Clancy, por más que ambos traten tramas relativamente similares. Pero mientras el americano siempre se ha decantado por aventuras más adrenalíticas, sobre todo las centradas en las andanzas de Jack Ryan, el británico ha apostado más por tramas elaboradas centradas en el espionaje, de protagonistas de carácter duro y giros tan intrincados que en ocasiones resultan complicados de seguir.
La Casa Rusia, El Sastre de Panamá o El jardinero fiel son ejemplos de títulos interesantes pero que no llegaron a la redondez precisamente por esos motivos y El Topo, película sobre la que la crítica se deshizo en elogios, a mí me aburrió soberanamente.
El hombre más buscado cuenta, de entrada, con una ventaja sobre sus predecesoras, y es lo bien que se sigue el argumento. Quizá influenciada en exceso por producciones televisivas como Homeland, la trama es bastante lineal y el hecho de repartir el peso de la misma en diversos protagonistas, algunos de los cuales (como la abogada Annabel que interpreta Rachel McAdams –deliciosa y brillante, como siempre- o el banquero Tommy Brue al que da vida Willem Dafoe) no tienen nada que ver con el servicio de inteligencia, ayuda a hacer más comprensible la trama.
El hombre más buscado es una de esas historias post 11S que inciden en el miedo y el desconcierto que surgió tras descubrir los Estados Unidos que no eran tan invulnerables como se creían. Debido a que gran parte del atentado se gestó en Hamburgo, esa ciudad alemana sigue siendo foco de atención para los servicios de inteligencia de medio mundo, y allí se encuentra Günther Bachmann, controlando a cualquier sospechoso que se separe lo más mínimo del rebaño. Por eso, cuando aparece de la nada un chico de religión musulmana que resulta ser hijo de un déspota ruso, saltan todas las alarmas. Pero el joven asegura que está huyendo de las torturas que sufrió en su Rusia natal y, siendo heredero de una importante cantidad de dinero, lo único que desea es limpiar su nombre y contacta para ello con una abogada joven e idealista que se enfrentará a Bachmann hasta convertir el asunto en algo personal si es necesario.
Evidentemente, se trata de un film basado en el miedo y la desconfianza en el que nunca se sabe quien es el verdadero enemigo y que se apoya, sobre todo, en unas magníficas interpretaciones gracias a un espectacular reparto que completan Robin Wright, Daniel Brühl, Nina Hoss, Grigoriy Dobrygin como el torturado/presunto terrorista y Homayoun Ershadi como Abdullah, un respetado empresario que se considera sospechoso de subministrar dinero para armas a grupos terroristas y verdadero objeto de la investigación del equipo de Bachmann, que, por si fuera poco, deberá lidiar también contra el propio servicio de espionaje alemán y contra los americanos.
Eficientemente dirigida por Anton Corbijn, quien ya despuntará con El Americano, con George Clooney, el único punto débil de la película, a mi entender, es que todo sucede con relativa facilidad. Los inconvenientes que se encuentra por su camino Günther Bachmann son resueltos sin mayores problemas y echo en falta algún obstáculo o giro inesperado que me invite a pensar en la posibilidad de un fracaso de la operación. Es, sin embargo, una pega menor y bastante personal que no se debe tener en cuenta ante una película inteligente, entretenida y muy emocionante que, sin embargo, pasará a la historia del cine por un motivo muy diferente.
Y es que El hombre más buscado es el testamento cinematográfico de Philip Seymour Hoffman, verdadera alma del film, que compone aquí su último trabajo completo (nos queda por ver de él las dos partes de Los Juegos del Hambre: Sinsajo) con la composición de un antihéroe que bien podría representar su propio estado de ánimo (bebedor, fumador y derrotista) en una terrible premonición de su precipitado final.
Tristezas aparte, debemos quedarnos con la parte positiva, y es una interpretación grandiosa que debe recordarnos, hasta las últimas consecuencias, lo gran actor que era, quizá de los mejores de su generación.
La película está dedicada a él. No es para menos.

viernes, 1 de noviembre de 2013

EL QUINTO PODER (7d10)

Muchas eran las ganas que tenía de ver esta película basada en el fundador de WikiLeaks, sobre todo después de la tremenda decepción que supuso Jobs.
Dirigida por Bill Condon (realizador de películas tan interesantes como Dioses y Monstruos, Kinsey y Dreamgirls, el capítulo piloto de Con C Mayúscula y –ejem, ejem-, Dios sabrá por qué extraño motivo, las dos últimas partes de la saga Crepúsculo) y con guion de Josh Singer a partir de la novela “Inside WikiLeaks: my times with Julian Assange at the world’s most dangerous webside” de Daniel Domscheit-Berg, David Leigh y Luke Harding, la película hace un detallado recorrido por las vidas de Julian Assange (brillante Benedict Cumberbatch) y Daniel Berg (Daniel Brühl) desde que se conocen hasta prácticamente la actualidad.
Tras unos arrebatadores títulos de crédito (como se echan de menos en la mayoría de películas de hoy en día) que sirven como metáfora del paso del tiempo en relación a los medios de comunicación, los protagonistas nos son presentados como una especie de frikis de la informática (se conocen en una feria del sector). Assange y Berg conectan casi de inmediato, siendo el segundo completamente seducido por la labia del primero y arrastrado a un mundo donde el dicho de “la información es poder” es terroríficamente real. Assange, un tipo tan carismático como misterioso, es el creador de un portal de internet donde, gracias a colaboraciones anónimas, documentos privados son revelados con la sana, aunque ingenua, intención de conseguir hacer de este mundo un lugar mejor. Con la ayuda de Berg pronto se convierten en una amenaza para bancos y gobiernos, siendo tildados tanto de héroes como de villanos, siempre dependiendo del cristal con que sean mirados.
¿Y Condon? ¿Qué opina él?
Aun siendo conscientes de que el retrato parte de un libro escrito en parte por el propio Berg, la película trata de mostrarse lo más imparcial posible, incluso cuando las diferencias entre ambos amigos comienzan a surgir y sus posturas respecto al bien que WikiLeaks hace a la sociedad se distancian hasta llegar a un punto de no retorno.
¿Cuáles son los límites de la libertad de prensa? ¿Hasta qué punto tienen derecho a revelar secretos que pueden afectar gravemente a terceras personas? Estas son las preguntas que marcan la existencia de WikiLeaks y a las que debe enfrentarse por sí mismo el espectador. ¿Es Assange un visionario o un lunático ególatra? No será Condon quien nos de las respuestas, simplemente dejará las cartas sobre las mesas y que cada cual se quede con la que más le guste, ya que no es pretensión del director sermonear sino informar (que de eso va todo el asunto). Y esto, que ha sido de lo más criticado respecto al film, es a mi entender su mejor virtud. La relación entre libertad e información es tal que trasciende la misma pantalla e invita al público a quedarse con la postura más acertada, unas posturas defendidas por sus protagonistas en un punto final sarcástico en el que Berg escribe el libro en que se basa el guion y Assange habla directamente a cámara para defenderse de las acusaciones contra él burlándose, incluso, de la propia película.
Con unos movimientos de cámara frenéticos, como corresponde la movimiento de la información en la red, el punto álgido del film se encuentra –como no podía ser de otra manera- en la interpretación de Benedict Cumberbatch, uno de los mejores actores contemporáneos que lejos de encasillarse en su magistral representación del famoso detective Sherlock Holmes continua escalando peldaños en la dura escalinata de Hollywood con personajes fascinantes y complicados (aún resuena en mi memoria su Khan de Star Trek: En la oscuridad), estando brillantemente secundado por un Brühl en estado de gracia tras su intensa visión del piloto Niki Lauda en Rush y David Thewlis (el popular Lupin de Harry Potter es solo la muestra más conocida de su extensa filmografía) como el periodista Nick Davies, aunque también destacan Anthony Mackie (muy activo últimamente), Laura Linney y Stanley Tucci en pequeños pero importantes papeles. Y es que si la historia de WikiLeaks parece el plato fuerte de la película no menos importante es la relación (casi podríamos definirla como de amor-odio) entre Assange y Berg y sus diferentes puntos de vista sobre el compromiso y la responsabilidad de saberse poseedores de un poder capaz de hacer temblar el mundo, aunque ello no les baste, en ocasiones, para conseguir mantener la estabilidad de sus propias vidas privadas.
La sana intención de explicar una historia que pese a lo compleja que pueda parecer es fácil de comprender para el profano en la materia es su principal diferencia con Jobs, otro personaje de relativas similitudes con Assange que no lograba seducir ni por su historia ni por su intérprete.
El quinto poder no es una película redonda, y quizá se acerque por momentos con cierto peligro hacia el formato telefilmico, pero cumple con creces el objetivo de descubrir al espectador una polémica que para muchos no era más que un concepto vago que durante unos meses repitieron constantemente en los telediarios.
Sin dejar de entretener en ningún momento, el trío Condom-Cumberbatch-Brühl me han convencido por completo, sin tratar de imponerme sus ideas ni decirme cómo debo pensar.

De eso ya me encargaré yo, gracias.

domingo, 22 de septiembre de 2013

RUSH (8d10)

Me gustaría comenzar esta crítica explicando que no tengo ni idea de Fórmula 1. No me importa lo más mínimo quién gane o pierda (excepto por el orgullo patrio de Fernando Alonso), no conozco los recovecos del reglamento y no entiendo a quienes se pasan el fin de semana pegados al televisor tragándose los entrenamientos, las clasificaciones y (por fin) las carreras, largas e interminables.
Comienzo así porque quiero dejar claro mi punto de vista ante un deporte que es el protagonista de esta película, y porque creo que llegar tan virgen al cine es casi más positivo que negativo, pues si bien las escenas de competición no resultan para nada aburridas para el profano (como suele suceder con las películas sobre futbol americano o beisbol), el no tener ni idea de cómo va a acabar el duelo entre Niki Lauda (al menos el nombre de este sí me sonaba) y James Hunt me parece una clara ventaja sobre los amantes de los coches.
Es curioso que el mismo fin de semana que se estrena Jobs llegue este otro biopic (en este caso doble) que va a provocar que las tentaciones de comparativas sean casi inevitables. Y es que si en la película de Stern me quejaba de que uno salía del cine sin acabar de entender quién era Steven Jobs y lo que hacía, a Ron Howard le bastan un par de escenas para dibujar perfectamente a Lauda y Hunt y que conozcamos lo que les impulsa a hacer lo que hacen y a ser como son, dos caras de la misma moneda, almas gemelas (aunque totalmente opuestos a la vez) que por mucho odio que crean tenerse estarán condenados a entenderse y admirarse mutuamente.
Ambientada a principio de los 70’, la película arranca alternando las historias de ambos corredores, usando sendas voces en off para conocer sus pensamientos, cuando comenzaban en Fórmula 3: Hunt, mujeriego y juerguista, interpretado por un excelente Chris Hemsworth totalmente desatado lejos de la relativa rigidez que le supone ser un dios nórdico, y Lauda, frío y sensato, medido y camaleónico Daniel Brühl. Rápidamente ascienden hasta la Fórmula 1, dónde el austriaco Lauda logrará su primer campeonato, centrando toda la película en el duelo que tendrá al año siguiente contra el aspirante británico.
Ignoro hasta qué punto se ha sido fiel a la historia real y a las arrebatadoras personalidades de ambos (si hay algún lector conocedor del tema y quiere dar su opinión en los comentarios le será agradecido), pero desde el punto de vista cinematográfico la presentación de ambos es impecable, consiguiendo además que entendamos fácilmente como ve cada uno el mundo de las carreras (la presentación, por separado, de cada uno en sus respectivos talleres es un claro ejemplo de la manera de trabajar).  Ambos viven para correr y es lo único que parece importarles, pero mientras uno trabaja con la cabeza, el otro lo hace con el corazón, y por más evidente que pueda parecer quién de los dos obra con corrección (y si no ahí queda la Historia para corroborarlo), el gran acierto de la película es que en ningún momento plantea a uno como el bueno y otro como el villano, no hay favoritismos en esta lucha de egos, en este combate pasional que fue más allá de los circuitos y que se refleja también en sus vidas personales, representadas en la forma de sus matrimonios (la modelo Suzy Miller fue la fugaz esposa de Hunt hasta que lo dejó por el actor Richard Burton mientras que Marlene le robó el corazón y fue inspiración para Lauda), correctamente interpretadas por Olivia Wilde y Alexandra Maria Lara.
Casi al final de la película, tras casi dos horas de enfrentamientos y odios, Lauda y Hunt coinciden en un aeródromo y tienen una breve conversación en la que cada uno insiste en defender sus posturas. Y es ahí donde, si el espectador no ha decidido todavía quién es su favorito, ya no lo hará nunca, pues ambos tienen razón y ambos se equivocan, ya que eso es la vida, acertar y equivocarse, pero siempre con el corazón y desde la pasión.
A años luz de Jobs, Ruch logra seducir al espectador con el lujoso y espectacular mundo de la alta competición (nada que ver, eso es cierto, con el circo que es hoy en día), mostrando además sus peligros con escenas de escalofriante crudeza, consiguiendo hacernos partícipes de él e invitándonos a sentirnos como un miembro más del equipo.
Si hay que buscar algún pero podríamos encontrarlo en las escenas de carreras, brillantes y hasta poéticas, pero a las que en ocasiones les iría bien algo más de efectismo. Los planos de Howard son emocionantes, con mucho zoom y cámaras a ras de suelo, pero quizá se echa en falta ver con más claridad los adelantamientos, siempre rápidos y confusos, imagino que para hacernos sentir como dentro del propio monoplaza. Un simple detalle que no enturbia una brillante película, apasionada y apasionante, sobre una rivalidad y un campeonato que, en su época, sin duda provocó que alguien dijera: parece una historia de película.
De gran película, debo añadir.