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domingo, 11 de febrero de 2018

THE CLOVERFIELD PARADOX

Cuando un casi novato (en cine, al menos) J.J. Abrams tuvo un pequeño traspiés en taquilla con Misión imposible 3 se comprometió con Paramount a producir una película que daría el pelotazo y les compensaría con creces. Eso cuenta al menos la leyenda. Sea como sea, Monstruoso (la mala traducción que aquí se hizo de Cloverfield) fue realmente un gran éxito, debido más a la potente campaña publicitaria que a la calidad propia de la película (aunque para ser un found fotage no estaba tampoco mal). No estaba J.J. tras las cámaras, sino su amigo Matt Reeves, pero él era la cabeza pensante de todo, mostrándose como un gran especialista en crear grandes expectativas. Durante la campaña publicitaria todo el mundo se preguntaba qué demonios iba a ser eso de Cloverfield (había teorías que incluso lo relacionaban con el universo de Perdidos).
La clave de la película estaba en el factor sorpresa, y cuando casi diez años después se reveló la existencia de una película llamada Calle Cloverfield, 10 (Cloverfield Lane, 10) apenas un mes antes de su estreno la volvieron a liar.
Cloverfield es un universo propio, una especie de saga de películas sin relación directa entre ellas que, como pequeñas piezas de un puzle infinito, aspiran a explicar una gran historia. O puede que no. El caso es que ahora llega la tercera pieza del juego, y tampoco podía hacerlo de forma convencional. Tras un rodaje algo complejo ha sido Netflix quien adquirió los derechos de distribución, colando el tráiler como uno de los grandes eventos de la media parte de la SuperBowl. Sin embargo, mientras el resto de los potentes tráileres de sus competidores concluían con un “próximamente”, The Cloverfield paradox anunciaba su gran estreno… para esa misma noche. ¿Adivinan lo que vieron miles de norteamericanos en sus televisores apenas terminar el partido?
Otra jugada perfecta que, por desgracia, no esconde una película especialmente inspirada, probablemente la más floja de las tres. Una misión internacional al espacio para juguetear con la física cuántica y los aceleradores de partículas abrirá una puerta al multiverso que podría (o no) ser el causante de los hechos acontecidos en las dos películas anteriores. El cebo está lanzado, pero me temo que hay poco donde pescar.
Con un reparto tan interesante como poco aprovechado, la película tiene unas cuantas ideas bastante originales, aunque también algo locas, transformándose en algunos momentos en una paranoia algo absurda (todo lo relacionado con cierto brazo, por ejemplo), que hace que te preguntes por el formalismo de la misma.
A años luz de la estupenda Calle Cloverfield, 10, tampoco es que la película sea para tirarla a la basura. Se ve con agrado y mantiene bastante correctamente la intriga, pero sabe a demasiado poco teniendo en cuenta el juego que nos propone. Quizá sea culpa de los múltiples cambios realizados en el rodaje (desde aquella época en que esto se iba a titular “la partícula de Dios”) o a querer forzar demasiado las cosas para terminar con una película demasiado parecida a cualquier producto baratito de naves espaciales pero con injertos que la emparejen al universo al que pertenece.
Así y todo, es una buena propuesta para pasar una hora y media viendo sufrir a Gugu Mbatha-Raw (la única cuyo personaje tiene algo de trasfondo) y buscando los secretos ocultos que demuestren que este es el universo Cloverfield. Y alguno hay, os lo aseguro.
Y después, podéis olvidarla tranquilamente y esperar con calma a ver cómo nos sorprenden con el nuevo capítulo de la ¿saga?, que por lo visto irá sobre nazis, algo que siempre mola.

Valoración: Cinco sobre diez.

lunes, 26 de octubre de 2015

MARTE (9d10)

Para mí Ridley Scott es uno de los más grandes directores que existen. 
Y aunque cuando se hable de él siempre se recuerdan sus orígenes con Alien, el octavo pasajero y Blade Runner no hay ninguna razón para desmerecer títulos como Black Rain, Therlma & Louise, Gladiator, Hannibal o (y yo la defenderé siempre a muerte) Prometheus. Sí es cierto que El Consejero fue para mí tan arriesgada como fallida y que Exodus: Dioses y reyes demuestra en su conjunto la precipitación con la que le obligaron a terminar la obra (por recordar sus dos últimos estrenos), pero quien quería dar por muerto y enterrado a este magnífico realizador va a tener que darse con un canto en los dientes después del estreno de Marte.
Y es que la película basada con bastante fidelidad en la novela de Andy Weir es simplemente abrumadora. Con un guion sencillo pero mejor trabajado que en su último título, Scott se deleita (y nos deleita a nosotros) con sus excepcionales panorámicas por el planeta rojo mientras nos cuenta la epopeya de un astronauta que debe sobrevivir una eternidad en completa soledad hasta que la NASA encuentre la forma de ir en su rescate.
Aunque el chiste fácil (a fin de cuentas de que el protagonista es Matt Damon) sea compararla con Salvar al Soldado Ryan (que manía tiene este chico de perderse y hacer que todos se vuelvan locos para ir en su búsqueda), la película con la que más se la ha comparado es con Náufrago, de Robert Zemeckis. Pero mientras la versión apócrifa de Robinson Crusoe que interpretó Tom Hanks se me antojó insufriblemente aburrida, Marte tiene el enorme mérito de transcurrir en un suspiro, pese a sus 144 minutos de duración. Resulta sorprendente que una cinta que, pese a tener secuencias emocionantes, no sea de acción sobrepase las dos horas y aún parezca breve, mérito que, aun con la buena labor de los intérpretes y el guionista, debe atribuírsele principalmente al bueno de Scott.
Aunque la película está plagada de estrellas (Jessica Chastain, que ha hecho doblete de estrenos en España con La cumbre escarlata, Jeff Daniels, Michael Peña, Sean Bean, Kate Mara, Sebastian Stan, Chiwetel Ejiofor y  Donald Glover, junto a los menos conocidos Benedict Wrong, Mackenzie Davis, Aksel Hennie o Kristen Wiig), el verdadero motor de la acción está en Matt Damon, quien por sí solo soporta todo el peso de la trama principal. 
Él y una discotequera banda sonora encabezada por Abba y rematada (inevitablemente) con el I will survive de Gloria Gaymor (¿quién iba a decir que Waterloo iba a casar tan bien con escenas de supervivencia en Marte?)
 Sin querer entrar en la crítica social ni en un pseudo intelectualismo de baratillo como Interstellar, donde, por cierto, Damon ya malvivía en soledad en un planeta lejano (no habrá que soltar de la mano a este muchacho) ni en reflexiones espirituales más o menos simuladas con Gravity, Scott se limita en Marte a plantear una historia que termina agotando, que emociona en varios momentos cruciales y que invita al aplauso en otros. No consigue que el espectador se quede sin aire bajo la claustrofobia de la escafandra como hacía Cuarón en su film, pero casi.
Marte es un planeta tan enorme como solitario, y todo en la película resuma grandeza. En ocasiones, no vale la pena extenderse en un comentario porque las palabras no podrían alcanzar nunca las imágenes, así que es mejor resumirlo todo diciendo: Id a verla. Si se habían puesto de moda las películas sobre la exploración espacial, Marte es la candidata perfecta para decir la última palabra y compone (con permiso de Atrapa la bandera) un colofón de oro a esa especie de trilogía que podríamos componer de la ciencia ficción contemporánea que completan los filmes de Cuaron y Nolan.
Magistral. Y punto.


martes, 9 de septiembre de 2014

HÉRCULES (6d10)

Posiblemente, sería muy diferente la apreciación de esta película si hace apenas unos meses no hubiésemos sufrido esa aberración que era: Hércules, el origen de la leyenda
Y es que sin ser una gran película, el nuevo título de Brett Ratner sería casi una obra maestra al lado del bodrio que Renny Harlin. Y eso que ambos directores podrían ser comparados por sus filmografías, ambos artesanos del cine de acción y espectacular que, sin dotar a sus obras de una personalidad propia, sí conseguían transmitir al público el sentido del espectáculo y la diversión pretendidas. Harlin, del cual hablo en pasado porque ciertamente su carrera está en peligroso declive, ha pasado por la saga de Jungla de Cristal, cuya secuela (La jungla 2: Alerta Roja) era evidentemente inferior a su predecesora pero suficientemente digna, mientras que a Ratner nunca le perdonaran su paso por X men: la decisión final, cuyo delito no era ya el hacer una película mala (que no lo era) sino competir con un pasado cargado por dos títulos realmente brillantes.
Pues bien, tras el enfrentamiento hercúleo entre estos dos realizadores, está claro quién es el vencedor, lo mismo que podríamos asegurar que Kellan Lutz no le llega a la altura de los zapatos a Dwayne Johnson.
Hércules, además, no parte de la mitología griega en sí, como es habitual en este tipo de péplums, sino que bebe de las fuentes del comic de Steve Moore, y eso se nota durante todo el rodaje, no ya sólo en su argumento sino en su planificación artística. Así, esta desmitificación del héroe viene definida por la unión (profesional y emotiva) con sus compañeros de equipo, casi convertidos en unos Vengadores clásicos y cuyas influencias son evidentes en las escenas de lucha.
Hércules no es un semidiós. Todo es una argucia publicitaria para crear un mito a partir de un (con todo) impresionante mercenario (influencias también del Conan de Howard) que vendía sus servicios al mejor postor hasta que una traición (no la revelaré aquí, pero tienen relación con la aparición fugaz –y aun así excesiva por sus limitadísimas dotes interpretativas- de la exageradamente publicitada Irina Shayk, con lo que se pretende relatar una especie de caída a los infiernos y resurrección de Hércules en un camino sin retorno de redención y olvido.
Pero no nos dejemos engañar. Todo lo que pueda oler a seriedad y dramatismo termina aquí ya que en el fondo Hércules es casi una comedia de acción, con momentos francamente divertidos (generalmente relacionados con el gran Ian McShane) y donde lo que prima es la espectacularidad. Y ahí Retner se siente en sus anchas y hace suyo el carisma de  Johnson para conseguir un divertimento digno y refrescante, una apuesta palomitera plagada de diversión y buenos efectos especiales y con un aroma a serie B clásica (ahí están la Furia de Titanes original) que nada tiene que ver con los pseudopéplums modernetes que nos trataban de vender últimamente con tonterías como las de Percy Jackson o los titanes de Sam Worthington y compañía.
Johnson no vale (como se dice en un momento del film) su peso en oro, pero su carisma y simpatía lo convierten en un Hércules perfecto y eso, para una película que no aspira más que a ofrecernos un buen rato de entretenimiento, es más que suficiente.
Y como colofón, la música de Fernando Velázquez. Para qué pedir más…