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viernes, 28 de diciembre de 2018

BUMBLEBEE

Hay sagas de películas a las que su longevidad terminan por pesar demasiado, haciendo que sus resultados en taquilla no se ajusten con lo ofrecido en pantalla. Muchos coinciden en que Aquaman es la mejor película del DCEU (la más divertida, al menos), pero en Estados Unidos se ha estrellado, demostrando que el género superheróico, más allá de la todopoderosa Marvel, empieza a aburrir. Algo parecido podría decirse de la séptima película (más sus dos colaboraciones en Civil War e Infinity War) de Spiderman en lo que va de siglo: una pequeña obra maestra que en España no ha interesado demasiado. Y de Han Solo, casi mejor ni hablar…
En ese contexto se puede encontrar Bumblebee, la sexta película de la saga Transformers, que tras su reinvención en la (de momentoincompleta) segunda trilogía, con Mark Wahlberg poniendo caras, parecía condenada al aburrimiento más absoluto. No puede decirse que El último caballero fuese un fracaso, pero su taquilla si fue bastante más inferior a lo esperado, visto el alto presupuesto con que contaba Michael Bay para destruir cosas.
Bumblebee parece no haber contado, definitivamente, con el interés del público americano (habrá que ver si vienen los chinos a salvar la papeleta), aunque se trate, definitivamente, de la mejor película de la saga.
No solo la mejor. Me atrevería a decir, aun a riesgo de enfurecer a muchos, que se trata de la única gran película de la saga, por más que la primera pudiese ser una simpática aventurilla, pero tan caótica y confusa como absurda en su concepción.
Debo reconocer que nunca he entendido la satisfacción por los juguetes estos, hasta el punto de que me resulta del todo absurdo el concepto de unos seres extraterrestres que en su planeta de origen se camuflan bajo apariencia de vehículos terráqueos. Sin embargo, son tantas las bondades de Bumblebee que pronto consigue que uno se olvide de todas esas ridiculeces y se deje llevar solo por la historia. Porque sí, señores, aquí hay historia. Algo que ni se intuía en ninguna de las cinco películas de Bay.
El primer cambio drástico en esta nueva obra, concebida en forma de precuela (aunque, como en Rogue One, se las apaña para que el hecho de concoer el desenlace del protagonsita noreste emoción a la trama), es el cambio de director. La apuesta por Travis Knight resultaba curiosa si no arriesgada, a habidas cuenta de que sus referencias se limitan a la intimista cinta de animación Kubo y las cuerdas mágicas, pero una vez vista Bumblebee se empiezan a entender las cosas.
Partiendo de un guion de Christina Hodson, la concepción de la película es casi el término opuesto a las anteriores. Mientras aquellas trataban de robots pegándose de leches entre ellos con un puñado de humanos corriendo de un lado para otro, Bumblebee de lo que trata, en realidad, es de los problemas de una adolescente por superar la pérdida de un padre y aprender a encajar en la nueva familia que se ha formado con la llegada del nuevo novio de su madre. El dolor por la pérdida se refleja en su cambio de carácter y en el abandono de sus aspiraciones deportivas, cerrándose en si misma e incapaz de hacer amigos ni ver más allá de la obsesión por arreglar un viejo coche con la falsa esperanza de que ello la reúna en espíritu con su difunto padre. Aquí, los robots no son más que elementos secundarios que, sí, hacen mucho ruido y se pegan de vez en cuando, pero nunca entorpecen lo suficiente como para que nos olvidemos de quien es la verdadera protagonista de la historia. En realidad, la misión de Bumblebee no es la de salvar el planeta, o a su raza, sino la de recordad a la protagonista el sentido de la vida y ayudarla a superar el luto gracias al valor de la amistad y el amor. Es, el ser extraterrestre, casi una versión robótica y violenta de Mary Poppins, y es que, al fin y al cabo, también llega caído del cielo, como ella.
Gran parte del mérito de que la película funcione también es de la protagonista, una maravillosa Hailee Steinfeld a la que tenemos haciendo doblete en las carteleras (es la voz original de Gwen Stacy en Spiderman: un nuevo Universo). Entre ella, Knight y Hodson han formado un triangulo vencedor capaz de conseguir que una franquicia que se limitaba a hacer apología del caos y la destrucción se haya transformado en un entrañable relato sobre la amistad, con momentos dramáticos nada ñoños y un sentido del humor fresco y para nada ridículo. Todo ello, acompañado del toque ochentero justo y de una serie de homenajes que rememoran, sobre todo, al cine de John Hugles, hacen de Bumblebee una película muy recomendable, que, sin alcanzar la maestría, hace que uno halle esperanza en la franquicia y que demuestra que es posible aunar el cien palomitero con el sensible y ofrecer un espectáculo pirotécnico sin tener que ignorar la historia o a los personajes.
Lamentablemente, este distanciamiento del caos organizado que define al cine de Michael Bay, acercándose más al Gigante de Hierro (mejor homenajeado aquí que en Ready Player One, de Spielberg, también productor de esta) de Brad Bird que a la saturación robótica de Pacific Rin y compañía, es lo que pueda haber asustado a muchos de verla, ya que no todo el público palomitero está preparado para ver una historia bien contada. Los mismos que decían que Logan no era una película de superhéroes pueden acusar a Bumblebee de no ser una película de Transformers.
Y probablemente tengan razón. Para el bien de todos…jorge lenderborg jr., 

Valoración: Siete sobre diez.

sábado, 20 de octubre de 2018

MATAR O MORIR

Pierre Morell es un director especializado en thrillers de acción, como Distrito 13, Desde París con amor o Caza al asesino, pero cuyo trabajo más memorable fue Venganza, la película que abría la trilogía protagonizada por Liam Neeson. 
En Matar o morir sigue con un esquema parecido al ejemplo anterior, con un protagonista que se muestra imparable vengándose de aquellos que atentan contra su familia, pero cambiando el sexo del protagonista. En esta ocasión la vengadora es una mujer con el rostro y las maneras de Jennifer Gardner, actriz que se dio a conocer como la super espía de la serie Alias pero que tras el varapalo de Elektra se había mantenido alejada del cine de acción, centrándose en pequeños papeles de comedia romántica o como secundaria de lujo. 
Matar o morir recupera a la exmujer de Ben Affleck más guerrera, en un personaje que recuerda mucho a la Linda Hamilton de Terminator 2, dura, fuerte y despiadada  en lo que vendría a ser una contrapartida del personaje de Punisher, aunque mucho más contundente que las tres encarnaciones fílmicas del personaje de Marvel. También ella es testigo del asesinato de su familia y, tras cinco años desaparecida, dedicada a entrenarse en cuerpo y arma, regresa a Los Angeles para vengar la muerte de sus seres queridos y terminar con un cárter y todos aquellos a os que ha llegado corromper.
Por descontado, no voy a pretender que haya el más mínimo signo de verosimilitud en el film. Pese al pretendido tono dramático, la acción es tan espectacular como poco creíble, tal y como sucediera con cualquiera de los héroes vengadores de los ochenta a los que parece homenajear. Con una trama sencilla donde la mayor sorpresa consiste en descubrir antes de que nos lo revelen quien es un traidor y quien no, la película basa toda su fuerza en sus escenas de acción. Morell no busca mucho más, y jugando son habilidad sus cartas consigue lo que pretende. Matar o morir no es una película que vaya a ser recordada con el paso de los años, pero en la sencillez de su concepción obtiene los resultados requeridos: es sangrienta, espectacular y tiene mucha acción. Y nadie que se acerque a este film debería ir buscando mucho más.
Aunque, rascando un poco, quizá si se pueda encontrar algo más en forma del debate (superficial, eso sí) que propone al convertir a una asesina en una justiciera urbana aclamada por el pueblo, una especie de protectora que recuerda, aunque con menos humor y más contundencia a El justiciero de Eli Roth en la que Bruce Willis se disfrazaba de Charles Bronson.
Así, Matar o morir no es un gran film, pero cumple con los requisitos y se impone en esa corriente que dicta que, como decía la canción, “las chicas son guerreras”.

Valoración: Siete sobre diez.

domingo, 11 de febrero de 2018

THE CLOVERFIELD PARADOX

Cuando un casi novato (en cine, al menos) J.J. Abrams tuvo un pequeño traspiés en taquilla con Misión imposible 3 se comprometió con Paramount a producir una película que daría el pelotazo y les compensaría con creces. Eso cuenta al menos la leyenda. Sea como sea, Monstruoso (la mala traducción que aquí se hizo de Cloverfield) fue realmente un gran éxito, debido más a la potente campaña publicitaria que a la calidad propia de la película (aunque para ser un found fotage no estaba tampoco mal). No estaba J.J. tras las cámaras, sino su amigo Matt Reeves, pero él era la cabeza pensante de todo, mostrándose como un gran especialista en crear grandes expectativas. Durante la campaña publicitaria todo el mundo se preguntaba qué demonios iba a ser eso de Cloverfield (había teorías que incluso lo relacionaban con el universo de Perdidos).
La clave de la película estaba en el factor sorpresa, y cuando casi diez años después se reveló la existencia de una película llamada Calle Cloverfield, 10 (Cloverfield Lane, 10) apenas un mes antes de su estreno la volvieron a liar.
Cloverfield es un universo propio, una especie de saga de películas sin relación directa entre ellas que, como pequeñas piezas de un puzle infinito, aspiran a explicar una gran historia. O puede que no. El caso es que ahora llega la tercera pieza del juego, y tampoco podía hacerlo de forma convencional. Tras un rodaje algo complejo ha sido Netflix quien adquirió los derechos de distribución, colando el tráiler como uno de los grandes eventos de la media parte de la SuperBowl. Sin embargo, mientras el resto de los potentes tráileres de sus competidores concluían con un “próximamente”, The Cloverfield paradox anunciaba su gran estreno… para esa misma noche. ¿Adivinan lo que vieron miles de norteamericanos en sus televisores apenas terminar el partido?
Otra jugada perfecta que, por desgracia, no esconde una película especialmente inspirada, probablemente la más floja de las tres. Una misión internacional al espacio para juguetear con la física cuántica y los aceleradores de partículas abrirá una puerta al multiverso que podría (o no) ser el causante de los hechos acontecidos en las dos películas anteriores. El cebo está lanzado, pero me temo que hay poco donde pescar.
Con un reparto tan interesante como poco aprovechado, la película tiene unas cuantas ideas bastante originales, aunque también algo locas, transformándose en algunos momentos en una paranoia algo absurda (todo lo relacionado con cierto brazo, por ejemplo), que hace que te preguntes por el formalismo de la misma.
A años luz de la estupenda Calle Cloverfield, 10, tampoco es que la película sea para tirarla a la basura. Se ve con agrado y mantiene bastante correctamente la intriga, pero sabe a demasiado poco teniendo en cuenta el juego que nos propone. Quizá sea culpa de los múltiples cambios realizados en el rodaje (desde aquella época en que esto se iba a titular “la partícula de Dios”) o a querer forzar demasiado las cosas para terminar con una película demasiado parecida a cualquier producto baratito de naves espaciales pero con injertos que la emparejen al universo al que pertenece.
Así y todo, es una buena propuesta para pasar una hora y media viendo sufrir a Gugu Mbatha-Raw (la única cuyo personaje tiene algo de trasfondo) y buscando los secretos ocultos que demuestren que este es el universo Cloverfield. Y alguno hay, os lo aseguro.
Y después, podéis olvidarla tranquilamente y esperar con calma a ver cómo nos sorprenden con el nuevo capítulo de la ¿saga?, que por lo visto irá sobre nazis, algo que siempre mola.

Valoración: Cinco sobre diez.

viernes, 13 de octubre de 2017

TU MEJOR AMIGO: el sentido de la vida... perruna

Hubo un tiempo en el que el nombre de Lasse Hallström era sinónimo de calidad. Títulos como ¿A quién ama Gilbert Grape?, Chocolat o Las normas de la casa de la sidra han pasado ya a la historia del cine. Pero de eso hace ya mucho tiempo.
Tras esa época dorada, Hallström solo ha logrado alternar mediocridades sensibleras como Querido John o Un lugar donde refugiarse con películillas con un mínimo de destreza, como la simpática Un viaje de diez metros. Ni siquiera el regreso a su Suecia natal como hizo al rodar El hipnotista le sirvió demasiado.
Es Siempre a tu lado (Hachiko), posiblemente, su último título destacable, y posiblemente que esa fuese una historia lacrimógena con perrete de por medio es lo que lo ha llevado a tratar de repetir la jugada con esta cosa llamada Tu mejor amigo.
Dicen que en tiempos difíciles es fácil recurrir a la fe, y no es casual que en los últimos tiempos haya habido cierta proliferación de películas de temática religiosa, como El cielo existe, Los milagros del cielo o La cabaña (cuya calidad parece tan ínfima que apenas ha durado una semana en cartel en la mayoría de los cines), dejando de lado cosas más “disfuncionales” como La llamada o Madre! Dentro de esa corriente religiosa no es extraño encontrarse con panfletos más concretos, como las películas sobre cienciología o las budistas, y de esto último trata Tu mejor amigo.
Hago este inciso porque, más allá de las creencias religiosas que pueda tener cada uno, esa insistencia en hablar soterradamente de la rencarnación fue una de las cosas que más me sobraron de una película que busca descaradamente la empatía del espectador con el chucho de turno y provocar la lágrima fácil (en un ejercicio de pornografía sentimental exagerado) con cada momentito dramático que sacude un film que, por lo demás, tienen una comicidad propia del cine más infantil.
No por ello voy a decir que Hallström se haya olvidado del filmar, y visualmente la película está muy bien conseguida, con unos actores que no molestan (Britt Robertson, Dennis Quaid y John Ortiz son de las pocas caras conocidas en un reparto muy coral) y algún momento simpático que ayuda a digerir la función, pero tener que soportar al/los protagonista/s con esa omnipresente voz en off reflexionando sobre el sentido de la existencia (como si Mira quien habla también se pusiera en plan filosófico) y esa insistencia por mantener la identidad a través de las sucesivas vidas se hace por momentos muy cuesta arriba.
Pero claro, los perricos son muy monos, hacen monerías para que se te caiga la baba y ver a Dennis Quaid reencontrarse con el amor de su vida tiene su puntito. No suficiente para un aprobado, pero casi.

Valoración: Cuatro sobre diez.

jueves, 13 de abril de 2017

UN GOLPE CON ESTILO, risas de geriátrico

Últimamente hay tantas películas protagonizadas por un grupo de actores de avanzada edad que casi se ha convertido en un género propio. Comedias geriátricas, las llaman por ahí. El caso es que estas suelen estar cortadas por un mismo patrón: grandes actores haciendo cuatro tonterías que resultan simpáticas y entrañables pero poco más.
Un golpe con estilo no difiere mucho de esa apreciación, aunque es posible que su humor funcione mejor que en otras ocasiones. Muy heredera de Ocean’s Eleven (con homenaje al Rat Pack incluido), la película es un remake de una peli de 1979 a mayor gloria de George Burns.
Tres jubilados ven como los mamoneos empresariales los dejan sin su pensión, mientras que el banco, debido a sus hipotecas abusivas, está a punto de quitar la casa a uno de ellos. Después de presenciar un atraco en su banco, este decide que robar el banco es más sencillo de lo que parece, y ve así el final a todos sus problemas.
Con el juego de querer robar a su propio banco, la crítica a los abusos de las financieras y la dudosa moralidad de no robar más que lo que es justo, Un golpe con estilo podría ser una hermana simplona de Comanchería, por más que aquí la denuncia social se pierda rápidamente entre chistes de achaques y dolores.
Esto no es más que una reunión de amigos que quieren pasárselo bien, quizá cansados de que a ciertas edades el cine solo les ofrezca papeles secundarios. Es lo que ya sucedía en Tipos legales, Plan en Las Vegas o Ahora o nunca, y lo cierto es que ese buen rollo y esa camaradería logra traspasar las pantallas y contagiar al espectador.
Claro que tener a tres actores oscarizados como protagonistas también ayuda mucho. Morgan Freeman, Michael Caine y Alan Arkin no son moco de pavo, pero el elenco de secundarios tampoco es manco: Christopher Lloyd, Ann-Margret, Joey King, Matt Dillon y John Ortíz también andan por ahí.
En resumen, una película muy agradable de ver, divertida y entrañable, que no inventa nada, pero invita a evadirse de todo durante poco más de hora y media y, después, con una sonrisa en los labios, a otra cosa, mariposa.

Valoración: Seis sobre diez.

lunes, 13 de marzo de 2017

KONG, LA ISLA CALAVERA: Espectacular y entretenida colección de secuencias vacías.

Lo primero que hay que reconocerle a Kong, la isla Calavera es que es una película Warner, con todo lo bueno y lo malo que ello conlleva. Destinada a compartir universo con la insípida Godzilla de Gareth Edwards, esta nueva recreación del simio gigante (la octava, si no cuento mal) comparte con su némesis japonesa el estilo trascendental y casi epistolar que tanto gusta a la compañía, aunque al menos han sabido rectificar los mayores errores de Edwards (aunque alabados por algunos, hay que ser justos) y primar más la acción y la espectacularidad.
El arranque es casi de manual, con un ritmo endiablado y presentado a los personajes con cuatro pinceladas suficientes como para saber situarlos en su contexto, cosa que me recordó en algo al Escuadrón Suicida. La acción se pone en marcha de forma trepidante, mostrándonos enseguida la imagen del Kong más gigantesco visto hasta ahora en pantalla y homenajeando al film clásico (y a la escena más icónica del personaje) cambiando avionetas por helicópteros. Lamentablemente, a partir de entonces todo empieza a ir cuesta abajo.
Como ya he dicho, la película reúne lo mejor y lo peor de la Warner, teniendo sus últimas producciones superheróicas como referente más claro. Incluso parece como si el director (con poquísima experiencia en cine, por cierto) Jordan Vogt-Roberts quisiera imitar a Zack Snyder y ofrecer un par de horas de puro espectáculo visual prescindiendo totalmente de un guion sobre en que sostenerlo.
Efectivamente, más allá de esa presentación inicial, los protagonistas van deambulando por la película sin propósito alguno, siendo meras caricaturas cuyos buenos actores poco pueden hacer para darles un poco de empaque. La oscarizada Brie Larson se limita a ser la inevitable rubia mona de la peli (aunque el momento sensible de su encuentro con Kong resulta muy descafeinado), Tom Hiddleston basa su papel en poner posturitas molonas, siendo su momento cumbre justamente el de su presentación y Samuel L. Jackson simplemente se reinterpreta a sí mismo, como suele ser habitual en él.
La acción es espectacular, insisto, y eso permite que la película no resulte en ningún momento aburrida. Y hay varios momentos memorables en la cinta, más allá de los homenajes evidentes a títulos como Apocalipsis Now o incluso Depredador, pero eso no basta para evitar sentir que la película no tiene alma, por más que al final haya más lágrimas que en una peli de Bayona. Es, una vez más, el efecto Warner, que aunque aquí mete algún chiste y tiene a John C. Reilly como alivio cómico (algo cargante en algún momento) sigue buscando esa trascendencia que demuestre que esto es mucho más serio y dramático de lo que podría parecer (y lo que podría parecer –y tendría que parecer- es una peli de un mono gigante dándose de leches contra otros bichos gigantes). Todo en la trama es demasiado absurdo e insustancial, empezando por un rastreador que nunca llega a rastrear nada, una misión científica en la isla que no he entendido todavía de que va, un científico (John Goodman) cuya historia con los monstruos es muy ambigua, un poblado indígena totalmente desaprovechado, un monstruo que vomita parte de su comida en el momento y lugar más oportuno  y unos militares demasiado arquetipos.
Los efectos especiales, por supuesto, están a la altura de lo que cabe esperar de una superproducción de estas características, pero la necesidad de desmarcarse de otras películas similares obligan a crear un repertorio de bichejos totalmente novedoso que tampoco me terminan de entusiasmar, en especial esa especie de bicho palo gigantesco o los verdaderos villanos de la película, esos lagartos bípedos de rostro cadavérico que no mejoran en nada a los dinosaurios a los que Kong se enfrentaba en la versión de Peter Jackson.
Si ya comenté que el Godzilla de Emmerich, pese a todo, era superior al de Gareth, lo mismo podría decirse entre el King Kong de Jackson y este. Además, de nuevo la necesidad de convertir al monstruo en el bueno de la película (recuerden los aplausos los habitantes de San Francisco ofrecían al “salvador” Godzilla después de destruir media ciudad) suena a rancio, aunque aquí al menos se deja claro que, aun en defensa de su territorio, Kong mata sin contemplaciones, y aquí está uno de los puntos fuertes de la película, que como en si de un psicokiller se tratase (de nuevo me viene a la mente el Depredador de McTiernan) uno nunca sabe qué protagonistas (quitando a los dos que todo el mundo se imagina) van a sobrevivir y cuáles no, independientemente de la importancia de sus intérpretes. Son estas muertes, de nuevo, algo que desconcierta, pues si bien en ocasiones hay secuencias realmente potentes y violentas (empalamientos, amputaciones…) como si de un homenaje al cine de serie B de hace unas décadas se tratase, por otro lado la ausencia de sangre es casi total, temerosos de ser castigados con una calificación R (cosa que, por cierto, a Logan no aprece estarle yendo nada mal). De nuevo la indefinición Warner.
Eso sí, la banda sonora de la película está genial, aprovechando al máximo el hecho de que la acción esté ambientada justo al terminar la guerra de Vietnam, con lo que ayuda a mantener en ritmo de las escenas y compensa esas carencias narrativas que culminan en un epílogo durante los títulos de crédito definitivamente anticlimáticos (y atención, que hay escena postcréditos que prácticamente nadie ha visto).
En fin, entretenimiento puro y duro y un buen espectáculo visual al que no hay que exigirle mucho si no queremos que todo se venga abajo.

Valoración: Seis sobre diez.

sábado, 31 de diciembre de 2016

CdS: LA HORA DECISIVA: la película perdida de Disney

En ocasiones hay películas que cuesta creer que no lleguen a ser estrenadas en nuestro país. Títulos como La hora decisiva son quizá la respuesta a la pregunta de por qué Disney se gastó lo que se gastó en hacerse con las productoras LucasFilm y Marvel, y es que parece que últimamente, dejando de lado sus productos de animación, no son capaces de acertar en sus apuestas más independientes, como demuestra el descalabro (e insisten en ello) de Piratas del Caribe, las sagas fallecidas antes de tiempo de El llanero Solitario o John Carter y el fracaso de la secuela de Alicia en elpaís de las maravillas.
En el caso que nos ocupa, sorprende que siendo un film Disney y con un reparto tan interesante hayamos tenido que esperar a su estreno en plataformas digitales para poder disfrutarla, más cuando las películas sobre héroes anónimos reales están tan de moda.
Ciertamente, la película, que cuenta la historia del mayor rescate jamás realizado por la Guardia Costera, no es gran cosa, y alguno de los grandes nombres que aparecen en ella apenas tienen ocasión de lucirse, pero tampoco hay nada que justifique un hipotético descalabro en taquilla y su marginación en el baúl de los recuerdos.
Sin duda el mayor defecto del film está en el poco ritmo que el director Craig Gillespie, recordado básicamente por el remake de Noche de miedo (aunque se dio a conocer de manera prometedora con Lars y una chica de verdad), sabe imponerle, no sé si por carencias presupuestarias o porque simplemente el proyecto le venía grande. Dejándose llevar demasiado por una historia de amor algo cansina (como si pretendiese hacer una especie de Pearl Harbor a lo heroico), las acciones en altamar no resultan tan espectaculares como cabría suponer y no hay un crescendo emocional que culmine en un clímax apoteósico, lo cual desmerece mucho la función. Y más cuando el retraso ha provocado que la viese después de otro título de características relativamente similares como Marea negra, contra la que pierde en todas sus comparaciones.
Chris Pine no lo hace del todo mal, aunque no termina de convencer, dando la sensación de que él mismo no se cree muy bien el personaje, y tampoco Casey Affleck cuenta con un guion suficientemente definido como para poder lucirse, mientras que Ben Foster Y Eric Bana tampoco consiguen aportar nada de su talento (como muestra, baste ver esta misma semana el estreno de Comanchería, donde Pine y Foster coinciden de nuevo y ahí sí que lo dan todo).
Aún con esas, la película es suficientemente interesante y entretenida como para merecer un visionado, aunque está claro que no pretende competir en la misma liga de otros héroes que han poblado este 2016 como el de Sully, Hasta el último hombre o la mencionada Marea Negra.

Valoración: Cinco sobre diez.

domingo, 1 de febrero de 2015

BLACKHAT, AMENAZA EN LA RED (6d10)

Aunque no podría decirse que Michael Mann sea un director situado en extremos opuestos, de esos que hacen obras maestras o pegotes insoportables, sí es cierto que cuenta con grandes aciertos en su filmografía que lo han convertido en uno de los grandes (ahí tenemos a Heat, El dilema o Colateral), mientras que otras de sus obras, aun con un sello de calidad mínimo y un entretenimiento garantizado, terminan por caer en el olvido, como Corrupción en Miami, Enemigos públicos y, me temo, Blackhat, amenaza en la red.
Mann tiene, además, un estilo de dirigir muy particular, no excesivamente vistoso y que, sin llegar al abuso de movimientos nerviosos de Paul Greengrass, roza en ocasiones el formato documental, con una cámara en mano poco estable y una iluminación sucia ausente de colorido.
Si a esto le sumamos que alejado de la capa de Thor Chris Hemsworth parece no gozar aún de la simpatía del público (aunque yo nunca me cansaré de alabar su James Hunt de Rush), la cosa parece cantada.
Pero si nos dejamos las fobias en la puerta y nos acercamos a Blackhat dispuestos a pasar un buen rato e evasión con un thriller intrigante que, de paso, nos alecciona sobre los peligros de la excesiva conectividad informática en estos tiempos, lograremos un grato entretenimiento, con escenas trepidantes, giros sorprendentes y todo aquello que le podemos exigir a una buena película de intriga.
Cierto es que, si nos ponemos muy tiquismiquis, hay mucha parte del argumento que pueda parecer un galimatías para todos aquellos que no seamos expertos tecnológicos, pero yo me pregunto, ¿y qué? ¿No os ha pasado nunca viendo una peli de James Bond (por no hablar ya de las basadas en John LeCarré) que de repente os dais cuenta de que no tenéis ni idea de cómo ha descubierto el prota el paradero del malo pero os da igual porque a la siguiente escena hay una persecución espectacular y te olvidas de todo lo anterior? Pues algo parecido sucede en esta Blackhat, amenaza en la red, en la que muchas veces no se puede seguir el ritmo de los investigadores en una compleja trama para desestabilizar la economía mundial pero tampoco nos importa mucho. Es lo que tiene el cyberterrorismo. Es como si para entender la complejidad de una peli en la que los malos son extremistas islámicos pretendiésemos sabernos el Corán de pe a pa.
Mann logra un producto interesante y emocionante, con buenos momentos dramáticos y sacando provecho a Hemsworth, que a mi personalmente si me convence, sin más pretensiones que la de ofrecer un buen policíaco  e impactando sin necesidad de recurrir a espectaculares explosiones o efectos digitales cargantes para mantener nuestro interés.
Al final, resultará ser un Mann menor, alejado de sus más recordados títulos, pero aun así, es un buen Mann, lo cual no es poco.