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sábado, 31 de diciembre de 2016

CdS: LA HORA DECISIVA: la película perdida de Disney

En ocasiones hay películas que cuesta creer que no lleguen a ser estrenadas en nuestro país. Títulos como La hora decisiva son quizá la respuesta a la pregunta de por qué Disney se gastó lo que se gastó en hacerse con las productoras LucasFilm y Marvel, y es que parece que últimamente, dejando de lado sus productos de animación, no son capaces de acertar en sus apuestas más independientes, como demuestra el descalabro (e insisten en ello) de Piratas del Caribe, las sagas fallecidas antes de tiempo de El llanero Solitario o John Carter y el fracaso de la secuela de Alicia en elpaís de las maravillas.
En el caso que nos ocupa, sorprende que siendo un film Disney y con un reparto tan interesante hayamos tenido que esperar a su estreno en plataformas digitales para poder disfrutarla, más cuando las películas sobre héroes anónimos reales están tan de moda.
Ciertamente, la película, que cuenta la historia del mayor rescate jamás realizado por la Guardia Costera, no es gran cosa, y alguno de los grandes nombres que aparecen en ella apenas tienen ocasión de lucirse, pero tampoco hay nada que justifique un hipotético descalabro en taquilla y su marginación en el baúl de los recuerdos.
Sin duda el mayor defecto del film está en el poco ritmo que el director Craig Gillespie, recordado básicamente por el remake de Noche de miedo (aunque se dio a conocer de manera prometedora con Lars y una chica de verdad), sabe imponerle, no sé si por carencias presupuestarias o porque simplemente el proyecto le venía grande. Dejándose llevar demasiado por una historia de amor algo cansina (como si pretendiese hacer una especie de Pearl Harbor a lo heroico), las acciones en altamar no resultan tan espectaculares como cabría suponer y no hay un crescendo emocional que culmine en un clímax apoteósico, lo cual desmerece mucho la función. Y más cuando el retraso ha provocado que la viese después de otro título de características relativamente similares como Marea negra, contra la que pierde en todas sus comparaciones.
Chris Pine no lo hace del todo mal, aunque no termina de convencer, dando la sensación de que él mismo no se cree muy bien el personaje, y tampoco Casey Affleck cuenta con un guion suficientemente definido como para poder lucirse, mientras que Ben Foster Y Eric Bana tampoco consiguen aportar nada de su talento (como muestra, baste ver esta misma semana el estreno de Comanchería, donde Pine y Foster coinciden de nuevo y ahí sí que lo dan todo).
Aún con esas, la película es suficientemente interesante y entretenida como para merecer un visionado, aunque está claro que no pretende competir en la misma liga de otros héroes que han poblado este 2016 como el de Sully, Hasta el último hombre o la mencionada Marea Negra.

Valoración: Cinco sobre diez.

lunes, 24 de octubre de 2016

INFERNO: Más símbolos para descifrar.

Inferno es la película que cruza por tercera vez los caminos de Tom Hanks, Ron Howard y Dan Brown tras el éxito de El Código DaVinci y Ángeles y demonios.
Una vez más nos encontramos ante las andanzas del profesor Robert Langdon que de nuevo es perseguido por un misterio indescifrable que lo llevará a recorrer los más recónditos lugares de Europa (ahora toca Florencia y Estambul). Quizá eso sea lo mejor de la película, el recorrido turístico que las obras de Brown siempre hacen por los templos y palacios europeos y que permiten al espectador disfrutar con la belleza de tan maravillosos lugares.
Por lo demás, estamos ante un simple entretenimiento que no pasará a la historia, con una trama donde se riza el rizo hasta el exceso consiguiendo ser más inverosímil aún que las anteriores entregas de la saga. Si en la primera película Langdon luchaba por salvar su propia vida y la de su compañera (lo de resolver la clave que podría poner en jaque a todo el estamento eclesiástico iba de propina) y en la segunda salvaba la vida al mismísimo Papa, en esta es la humanidad entera (o un gran porcentaje de la misma) la que dependerá de que el profesor y su nueva acompañante resuelvan los acertijos que vayan encontrando por el camino. Un más difícil todavía con giros bastante poco creíbles aunque no por ello menos previsibles y con demasiadas cosas cogidas por los pelos.
El problema de esta saga es que depende demasiado de las novelas de Dan Brown, una obra mucho más modesta de lo que su fama parece indicar, y que el guion de David Koep logra mejorar.  
De los tres títulos protagonizados por Robert Langdon (en cine, pues queda aún otra novela sin adaptar, El Símbolo perdido) este es el más enrevesado y tramposo, y quizá también el más flojo, aunque el buen hacer de sus actores protagonistas y la efectividad con la que trabaja siempre Howard consiguen sacarla adelante. Con el Infierno de Dante como telón de fondo la base de la historia recurre a algo demasiado mascado ya, el multimillonario que con la pretensión de salvar a la humanidad de sí misma encuentra la manera de eliminar a gran parte de la población de la Tierra. Vamos, algo parecido a lo que pretendía Valentine (Samuel L. Jackson) en Kingsman: Servicio Secreto o el Hugo Drax de Moonraker.
Al menos se puede asegurar que Tom Hanks se siente cómodo en la piel de Langdon y que hace una convincente interpretación, probablemente la más trabajada de la saga, mientras que, como viene siendo marca de la casa, está rodeado por un competente reparto donde destaca la chica de moda Felicity Jones (rompiendo taquillas con Un monstruo viene a verme y protagonista absoluta estas Navidades en Roge One, a Star Wars history), Ben Foster, Irrfan Khan y Omar Sy.
En fin, película a la que no se le puede exigir más que pasar un buen rato con ella, emocionante y bastante superior a la novela que adapta. Y es que, alejado de polémicas eclesiásticas, Dan Brown tampoco da para mucho más.

Valoración: Seis sobre diez.

martes, 18 de octubre de 2016

Sitges 2016: HELL OR HIGH WATER

Hell or high water, que en España parece que se va a titular Comanchería, es la nueva película de David McKenzie, un director británico que no ha tenido demasiada suerte con sus proyectos hasta la fecha pero que el buen reparto de Hell or high water puede hacer que esto cambie.
Ambientada en la América más profunda y rural, la película nos muestra como una sociedad marcada por la crisis económica trata de subsistir aunque sea a base de puñetazos contra su propio destino. Es en este panorama donde dos hermanos a punto de perder el rancho familiar en manos de una entidad financiera deciden atracar bancos hasta reunir el dinero necesario para saldar la deuda.
No es que sea esta una película que hable directamente de la crisis ni que centre toda su atención en las manipulaciones de los bancos para acrecentar el problema, pues en el fondo no deja de ser una versión actual y fraternal de Bonnie and Clay con dos tipos atracando bancos y una pareja de rangers persiguiéndolos, pero sí es evidente que está ahí como telón de fondo, creándose una divertida paradoja al decidir los chicos atracar solo a las sucursales del propio banco que los va a embargar, de manera que si consiguen evitar que se ejecute la hipoteca lo harán con dinero del propio banco.
Hell or high water es una historia sencilla que funciona a la perfección gracias a la magnífica química que hay entre sus protagonistas. Siendo esto un drama social los diálogos son suficientemente ágiles y divertidos para invitar a disfrutar de la historia y poder empatizar con los cuatro personajes, que cada uno diferente a su manera, no deben clasificarse simplemente entre buenos y malos. No hay villanos en esta historia, sólo tipos que cometen errores.
Chris Pine y Ben Foster están magníficos como los hermanos Howard mientras que Jeff Bridges está en su habitual nivel de grandiosidad interpretando a un ranger a las puertas de la jubilación con una ácida ironía cuya relación con su compañero, medio indio medio mejicano, al que da vida Gil Birmingham resulta de lo mejor del film.
En resumen, una película con acción, violenta por momentos, con su toque reflexivo, sus medidas dosis de humor y un destino que desde el inicio se intuye que será amargo y desangelado. Porque, si no hay buenos ni malos, ¿pueden haber vencedores y vencidos?

Valoración: Siete sobre diez.

sábado, 11 de junio de 2016

WARCRAFT, EL ORIGEN: El Señor de los Anillos de marca blanca.

Parece que la tónica habitual de los últimos meses es la de la aparición de superproducciones capaces de dividir a público y crítica hasta límites que rozan el odio. Pese a honrosas excepciones, títulos como Star Wars: el despertar de la fuerza, Batman v. Superman: el amanecer de la justicia o, en menor medida, X-Men: Apocalipsis parecen quedarse cortos ante las reacciones que está provocando Warcraft, definida por algunos como la peor película del año mientras que provoca aplausos de los fans al final de algunas sesiones.
Lejos de radicalismos injustificados yo, como es habitual en mí, me quedo en una posición casi intermedia. No es Warcraft, desde luego, una buena película pero tampoco ese desastre que anuncian algunos que invite a arrancarse los ojos tras su visionado.
¿Por qué hay que odiar o amar una película que en muchos casos, no pasa del simple entretenimiento? 
Y ahí está mi principal problema con Warcraft, que en muchos momentos del metraje me aburrí hasta llegar a un punto en que el destino de los protagonistas no me importaba lo más mínimo, llegando a preguntarme hasta qué punto puedo calificarla como entretenimiento. De hecho, muchos os preguntaréis porqué ha tardado tanto en publicarse este comentario, cuando vi la película el mismo día del estreno. 
La respuesta es simple: ante la división de opiniones que ha generado quise esperar unos días antes de escribir sobre ella para digerirla mejor (y no analizarla demasiado en caliente, algo que muchos hacen de forma precipitada), pero cuando me he puesto con ello he descubierto que aparte de las sensaciones que me produjo la mayoría de lo que acontece en ella se ha borrado de mi memoria, demostrando lo poco que ha logrado llegar a interesarme esta aventurilla de orcos contra humanos, y he querido esperar a realizar un segundo visionado para tratar de ser más justo con la misma, tras el cual mi opinión ha caído más bajo aún, resultándome incluso difícil de terminar.
Duncan Jones, director de la magnífica Moon y de la algo más irregular Código fuente es el máximo valedor de la película, un director fan confeso del juego que adapta y que ha tratado de ser lo más fiel posible al mundo de guerreros, orcos y magos creado por Blizzard. En ese sentido los aficionados pueden estar satisfechos con la que parece ser una adaptación impecable. Ahora bien, ¿es conveniente mantenerse tan fiel a una obra en el momento de convertirla en película?
Nunca he jugado a Warcraft ni me ha interesado lo más mínimo ese videojuego, pero como lector confeso de cómics sé perfectamente que es imposible trasladar con total fidelidad una obra, por más que los seguidores más fervientes estallen de indignación con cada sutil diferencia, pero cada medio tiene su propio idioma, y cosas que funcionan en un género pueden cojear en otro. Entiendo a los fans que se muestran felices de ver a sus héroes tan bien representados en pantalla (aunque me comentan que esto en realidad es una precuela que narra hechos anteriores a la historia del juego), pero ¿qué pasa con los que no somos jugones y tan sólo queremos disfrutar de una buena película de fantasía? Pues que lamentablemente el señor Jones y compañía se ha olvidado de nosotros.
La elección del propio Duncan Jones resume lo mejor y lo peor que tiene la película: un director que es un jugador empedernido y se ha esforzado por lograr una simetría con respecto a la historia original casi inaudita (los más jugones reconocerán mil referencias hasta en los más pequeños detalles) pero a la vez es un realizador poco apropiado para tal envergadura, siendo su obra hasta la fecha mucho más intimista y reforzada en el aspecto narrativo  más que en el visual. Warcraft le viene ligeramente grande y la poca profundidad argumental (de la que Jones también es en parte responsable) propicia que el ritmo se le vaya de las manos, apabullando al espectador entre tanto derroche digital, estando todos más centrados en calcar planos del juego que en contar una historia.
Tampoco los actores están a la altura, aunque cuando la mayoría de ellos tiene un bagaje básicamente televisivo ya se entiende que la productora no ha apostado fuerte en este aspecto. El “vikingo” Travis Fimmel no posee ni un ápice del carisma de Viggo Mortensen al que parece querer imitar, Dominic Cooper no resulta en absoluto creíble como rey de un gran imperio y Ben Schnetzer y Ruth Negga simplemente dan pena. Solo Ben Foster trata de esforzarse un poco gracias al único papel que presenta una dualidad interesante (aunque mal desarrollada), el del mago Medivh, mientras que Paula Patton está muy desaprovechada bajo las capas de maquillaje (algo ridículo, como sucede con la mayoría de los personajes femeninos) y merced a un libreto poco esforzado.
A nadie se le escapa que el origen del juego estuvo muy influenciado por la obra de Tolkien, pero mientras que este ha logrado forjar su propia leyenda, posiblemente muy superior a la que originó El Señor de los Anillos en el terreno de los videojuegos, en cine la sombra de Peter Jackson es muy alargada. 
Hay demasiadas cosas en esta película que recuerdan a la trilogía ganadora de once Oscars, y en todas las comparaciones la obra de Jones sale perdiendo, haciendo que parezca casi una imitación de medio pelo cuando sus ciento sesenta millones de presupuesto indican lo contrario (un presupuesto que en algunos momentos luce espectacular mientras en otros flirtea con el ridículo). Cierto que hay momentos de gran brillantez, como los diseños de producción que recrean a Ventormenta o Dalaran o la recreación de algunos orcos y grifos, pero que no superan para nada, pese a la distancia en años, a Rivendel o el abismo de Helm, ni tampoco a los dragones o trolls de la saga de Jackson.
Warcraft es, sin duda, una fiel adaptación, pero nunca logrará empatizar con el público ajeno a la obra original por culpa de una historia que logra ser confusa pese a su simpleza y un desarrollo nulo de sus personajes. Ya he dicho que hay momentos en los que me aburrió, pero ello no fue motivado porque carezca de momentos de espectacularidad y buenas batallas (aunque no tantas como debería, pues el auténtico conflicto queda demasiado alejado), sino por la poca implicación a la que invita al espectador. 
No hay nada peor para una película que la muerte de personajes principales no emocionen al público, y eso es lo que sucede con Warcraft, hasta el punto que da igual lo que suceda en pantalla. Es como si a alguien a quien no le gusta el deporte le hacen ver una partido de fútbol de la segunda división inglesa: por bien que jueguen nunca llegará a interesarse. Eso sí, los verdaderos seguidores van a disfrutar como locos, aceptando a esta obra como a los cimientos de una saga que va a colmar sus expectativas.
Quiero hacer una última reflexión que posiblemente terminará por granjearme el odio definitivo de los que defienden fervorosamente el film argumentando los aplausos que ha provocado en sus primeras sesiones e insultando a los que no opinan como ellos. El año pasado “disfrutamos” de un estreno que también estaba basado en una exitosa obra previa. Los fans (las fans, en este caso) quedaron encantados y emocionados con la película y el primer fin de semana batió records de recaudación, llegando a emocionar a algunos e indignando a otros. Después de esa euforia inicial la taquilla cayó en picado y meses más tarde la película arrasó en los Razzie. No estoy diciendo que Warcraft sea comparable como película a Cincuentasombras de Grey, pero quizá como fenómeno no anden tan distanciadas.  
Y pese a lo que pueda parecer, la prueba de que no pretendo ir de hater es que no he querido referirme para nada al trasfondo misógino y xenófobo que he podido intuir.
Al final, creo que debemos ser un poco sensatos y dejar de lado las reacciones excesivamente apasionadas y radicales. Esto es cine de entretenimiento, y quien haya logrado conectar con la película debe felicitarse por ello y disfrutarla, mientras que quien, aun siendo degustador del cine de fantasía, se haya aburrido, pues peor para él. Yo soy del segundo grupo, y no siento ningún interés ante la posibilidad de una secuela de esta versión desganada y sin épica de El Señor de los Anillos, deshilachada y confusa (reconozco que hay muchas partes de la trama que no entendí, algo parecido a lo que me sucedió con la también flojeras Batman v. Superman) pero no por eso voy a odiar a quien le haya gustado. Al contrario, me voy a alegrar mucho por ellos.
Al fin y al cabo, esto es la magia del cine y no lo que hace ese tal Khadgar.

Valoración: cuatro sobre diez.

viernes, 4 de julio de 2014

EN UN LUGAR SIN LEY * (6d10)

Nos encontramos ante una pequeña joya del cine más intimista, una especie de western crepuscular cuyo ritmo lento y guion algo confuso es superado con creces por la poesía narrativa plasmada en sus imágenes y a la virtud mostrada por sus intérpretes para reflejar sus dudas y temores, unos sentimientos marcados por los errores del pasado y las decisiones que puedan marcar sus futuros.
Cuando Bob escapa de la cárcel convirtiéndose en fugitivo de la ley debe elegir entre poner toda la distancia posible entre el pueblo y él o regresar en busca de la mujer a la que ama y la hija a la que no ha llegado a conocer. Con tan sencillo punto de partida David Lowery consigue plasmar en apenas hora y media todas las vicisitudes de una historia de amor imposible con evidentes reflejos del cine de Terrence Malick pero sin los excesos y desvaríos de este, haciendo alarde de un gran ejercicio de contención y síntesis y prescindiendo de la violencia gratuita a la que podría estar tentado a entregarse pero sin huir de ella en los pocos momentos en los que es completamente necesaria. Sabe, además, sacar el máximo partido a algunos de sus excelentes actores, como Rooney Mara, Keith Carradine o Ben Foster, siendo Cassey Affleck es eslabón más débil de esta cadena de pasiones frenadas por su excesiva inexpresividad y sosería.
Deliciosa película si nos dejamos llevar por la melancolía y tristeza de sus pasajes aunque coqueteando peligrosamente en demasiados momentos con la tediosidad con la que acontecen los hechos.
Muy recomendable, aunque no para todos los paladares.

domingo, 5 de enero de 2014

EL ÚNICO SUPERVIVIENTE (6d10)

Comienza la película y vemos a unos marines portando el cuerpo ensangrentado y maltrecho de Mark Wahlberg. Empiezan a realizarle transfusiones y operaciones y un monitor nos deja con la duda de si sus constancias vitales se recuperan o no cuando la cinta da un salto en el tiempo y vemos como empieza la acción un par de días antes, pretendiéndonos dejar en ascuas sobre el estado del pobre Mark y yo me pregunto: “Peter Berg, ¿recuerdas el nombre que le has puesto a la peli?”.
Llamándose El único superviviente no hay spoiler que valga. Es una película bélica y muere hasta el apuntador. Todos menos uno, claro está. Y esa primera escena nos quita la emoción de saber quién es porque podemos reconocer a Wahlberg, así que lo único que nos queda es saber qué ha pasado y cómo.
Con un planteamiento similar a Black Hawk, derrivado (basada en hechos reales, es la historia de un grupo de soldados que quedan abandonados en territorio hostil y deben ser rescatados), con quien comparte incluso uno de sus actores, Eris Bana, hay quien pretende ver en este film paralelismos también con Salvar al soldado Ryan, ese panfleto con una media hora inicial salvajemente apabullante y que luego se diluye sin remedio dirigida por el artista anteriormente conocido como Rey Midas de Hollywood, pero lo cierto es que lo único que comparte con el film de Spielberg es la creencia de que cuanto más sádica sea la imagen más dramática resulta la historia.
Peter Berg, un actor que acertó metiéndose a director  y que tras su debut con la gamberra y divertida Very bad thing nos ha regalado también El tesoro del Amazonas, Hancock y Battleship entre otras, apuesta aquí por un drama real que supongo que oculta un mensaje anti militar (o al menos queda muy bien decirlo en los pre-estrenos) pero se revela en realidad como una propaganda magnífica sobre lo buenos y duros que son los chicos de la armada estadounidense (en este caso le toca brillar a los SEAL).
Si somos capaces de ignorar todo esto y nos centramos en la acción pura y dura, El único superviviente es una película que funciona bien gracias, sobre todo, a la dureza de sus escenas y al magnífico sonido de la misma (somos capaces de escuchar cómo se rompe cada uno de los huesos de los protagonistas), logrando cierta empatía con los personajes e invitándonos a participar en el debate moral (que no voy a explicar aquí) que desencadena el drama. Berg se encuentra cómodo en el campo de la acción (por pastiche que fuera su Battleship pienso que le da cien patadas a los Transformers de Michael Bay al que parece imitar), mientras que los protagonistas tienen el suficiente carisma para que simpaticemos inicialmente con ellos y nos apenen sus respectivas muertes. Junto a Wahlberg y el ya mencionado Bana están Taylor Kitsch (ese guaperas que iba a ser el chico de moda en Hollywood gracias a John Carter y estuvo a punto de hundir a la Disney con esa peli –que pese a todo a mí me gustó-), Ben Foster y Emile Hirsch, que entre todos llevan a buen puerto una película con trazas de western (cambiando a los indios por talibanes) y cuyo trasfondo real permite incluso ofrecer un mensaje para explicar la diferencia entre ser afgano y ser talibán y que el tomar las decisiones correctas puede llegar a recompensarte.
Junto a esto un buen puñado de tópicos y una violencia rayando lo gore que en ocasiones puede resultar exagerada, llegando a invitar a pensar que el director no confía demasiado en sus propias artes para plasmar drama sin tener que recurrir a la sangre.

En definitiva, entretenida y emocionante. Y si a alguien le ayuda a reflexionar algo, pues mejor que mejor. Eso sí, de ahí a la obra maestra que algunos quieren ver…