Parece que la tónica habitual de los últimos meses es la de la aparición de
superproducciones capaces de dividir a público y crítica hasta límites que
rozan el odio. Pese a honrosas excepciones, títulos como Star Wars: el despertar de la fuerza, Batman v. Superman: el amanecer de la justicia o, en menor medida, X-Men: Apocalipsis parecen quedarse
cortos ante las reacciones que está provocando Warcraft, definida por algunos como la peor película del año
mientras que provoca aplausos de los fans al final de algunas sesiones.

¿Por qué hay que odiar o amar una película que en muchos casos, no pasa del
simple entretenimiento?
Y ahí está mi principal problema con Warcraft, que en muchos momentos del
metraje me aburrí hasta llegar a un punto en que el destino de los
protagonistas no me importaba lo más mínimo, llegando a preguntarme hasta qué
punto puedo calificarla como entretenimiento. De hecho, muchos os preguntaréis
porqué ha tardado tanto en publicarse este comentario, cuando vi la película el
mismo día del estreno.

Duncan Jones, director de la magnífica Moon
y de la algo más irregular Código fuente
es el máximo valedor de la película, un director fan confeso del juego que
adapta y que ha tratado de ser lo más fiel posible al mundo de guerreros, orcos
y magos creado por Blizzard. En ese sentido los aficionados pueden estar
satisfechos con la que parece ser una adaptación impecable. Ahora bien, ¿es
conveniente mantenerse tan fiel a una obra en el momento de convertirla en
película?

La elección del propio Duncan Jones resume lo mejor y lo peor que tiene la
película: un director que es un jugador empedernido y se ha esforzado por
lograr una simetría con respecto a la historia original casi inaudita (los más
jugones reconocerán mil referencias hasta en los más pequeños detalles) pero a
la vez es un realizador poco apropiado para tal envergadura, siendo su obra
hasta la fecha mucho más intimista y reforzada en el aspecto narrativo más que en el visual. Warcraft le viene ligeramente grande y la poca profundidad
argumental (de la que Jones también es en parte responsable) propicia que el
ritmo se le vaya de las manos, apabullando al espectador entre tanto derroche
digital, estando todos más centrados en calcar planos del juego que en contar
una historia.

A nadie se le
escapa que el origen del juego estuvo muy influenciado por la obra de Tolkien,
pero mientras que este ha logrado forjar su propia leyenda, posiblemente muy
superior a la que originó El Señor de los
Anillos en el terreno de los videojuegos, en cine la sombra de Peter
Jackson es muy alargada.

Warcraft es, sin duda, una fiel adaptación,
pero nunca logrará empatizar con el público ajeno a la obra original por culpa
de una historia que logra ser confusa pese a su simpleza y un desarrollo nulo
de sus personajes. Ya he dicho que hay momentos en los que me aburrió, pero
ello no fue motivado porque carezca de momentos de espectacularidad y buenas
batallas (aunque no tantas como debería, pues el auténtico conflicto queda
demasiado alejado), sino por la poca implicación a la que invita al espectador.
No hay nada peor para una película que la muerte de personajes principales no
emocionen al público, y eso es lo que sucede con Warcraft, hasta el punto que da igual lo que suceda en pantalla. Es
como si a alguien a quien no le gusta el deporte le hacen ver una partido de fútbol de la segunda división inglesa: por bien que jueguen nunca llegará a
interesarse. Eso sí, los verdaderos seguidores van a disfrutar como locos,
aceptando a esta obra como a los cimientos de una saga que va a colmar sus
expectativas.

Y pese a lo que
pueda parecer, la prueba de que no pretendo ir de hater es que no he querido referirme para nada al trasfondo
misógino y xenófobo que he podido intuir.
Al final, creo
que debemos ser un poco sensatos y dejar de lado las reacciones excesivamente
apasionadas y radicales. Esto es cine de entretenimiento, y quien haya logrado
conectar con la película debe felicitarse por ello y disfrutarla, mientras que
quien, aun siendo degustador del cine de fantasía, se haya aburrido, pues peor
para él. Yo soy del segundo grupo, y no siento ningún interés ante la
posibilidad de una secuela de esta versión desganada y sin épica de El Señor de los Anillos, deshilachada y
confusa (reconozco que hay muchas partes de la trama que no entendí, algo
parecido a lo que me sucedió con la también flojeras Batman v. Superman) pero no por eso voy a odiar a quien le haya
gustado. Al contrario, me voy a alegrar mucho por ellos.
Al fin y al
cabo, esto es la magia del cine y no lo que hace ese tal Khadgar.
Valoración: cuatro
sobre diez.
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