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sábado, 2 de marzo de 2019

DESTROYER. UNA MUJER HERIDA

Algo curioso sucede con Nicole Kidman, una de las actrices más olvidadas y minusvaloradas de la actualidad. Cada vez que aparece en una película se escucha o lee algún comentario del tipo: “la recuperación de Nikole Kidman”, como si la actriz hubiese estado desaparecida del panorama cinematográfico y el mundo se hubiese olvidado de ella. O hay algún chiste acerca del abuso del Botox que le redujo su expresividad facial (reconocido por ella misma) y siguiese arrastrando esa cruz de por vida. Por eso, su aparición en Aquaman fue una sorpresa para muchos (en un papel pequeño pero que le permite actuar de verdad, no como el esperpento de personaje que le tocó a Michelle Williams en Venom). Así que nadie ha debido ver sus grandes trabajos en PaddingtonEl sacrificio de un ciervo sagrado o la maravillosa Little big lies (aparte de aparecer en otros títulos recientes tan destacables como El editor de librosLion La seducción).
Ahora, con Destroyer: Una mujer herida, por la que ha sido nominada al Globo de Oro, aunque sin llegar a entrar en la pugna final por los Oscar, Kidman vuelve a estar en boca de todos, aunque sin duda este trabajo ya habrá sido obviado cuando llegue su próximo estreno. ¡Qué fácil es olvidar…!
Y hago esta especie de ensayo tan alargado sobre la Kidman porque, pese al buen trabajo de Karyn Kusama (una de esas directoras esporádicas en cuyo haber apenas tiene la olvidable Æon Flux, la reivindicable Jennifer’s body y la estimable La invitación) y la inteligencia del guion, amén de unos buenos actores secundarios, Nicole Kidman en el cuerpo y alma de la película y todo gira en torno a ella. Y por eso, el que esta sea una gran película es debido, básicamente, a que ella la hace grande.
Y no solo por el tópico de “actriz guapa haciendo de fea”, que de eso hay un rato, sino porque su presencia llena la pantalla hasta límites imposibles y es inútil pensar en Destroyer y no pensar en ella, con ese primer plano de su rostro destrozado y su mirada perdida con que se inicia la película y que te persigue hasta el final de todo.
Una inteligente jugada del film es saber combinar con acierto dos esquemas básicos en su argumento. Por un lado, nos encontramos ante el típico drama de una mujer que, debido a sus errores del pasado, ha tirado por la borda su vida y ahora ve como su relación con su hija (quizá de lo poco bueno que haya en ella) está irremediablemente perdida. Vamos, lo que podría ser el drama social típico de los Oscar que podría recordarnos a productos del tipo The Florida Project, por ejemplo. Por el otro, tenemos un thriller policiaco que arranca con el descubrimiento de un cadáver, contado en dos tiempos sobre una pareja de policías infiltrada en una banda de atracadores y las consecuencias de ello en el futuro.
Así, se puede sufrir con el drama de una mujer maltratada por el alcohol y los fantasmas que la atormentan mientras que nos devanamos los sesos tratando de unir las piezas del puzle y disfrutando de los giros de un guion que nos conduce a su antojo, despistando, pero sin caer en la trampa absurda de o inverosímil.
Hay además, un buen puñado de caras conocidas en el reparto, como Toby Kebbell (quien fuera el Muerte de la malograda Cuatro Fantásticos) o Sebastian Stan (el Soldado de Invierno de Marvel), que acompañan, sin llegar nunca a su altura, a una Kidman por momentos irreconocible cuya intensidad casi podría ser aprovechada en una película de terror, ya que el sufrimiento y la desesperación que logra transmitir con su silencio y sus miradas realmente asusta y pone la carne de gallina.
Destroyer: una mujer herida tiene un ritmo algo lento que quizá pueda incomodar a algunos, pero es que, por encima de todo, es una película de personajes, y conviene conocer bien a la protagonista, que puede resultar odiosa de entrada, para terminar comprendiéndola hasta identificarse con su dolor.
Una película brillante con una interpretación definitivamente devastadora.


Valoración: Ocho sobre diez.

viernes, 25 de mayo de 2018

OPERACIÓN: HURACÁN


Muchas veces puedes conocer la calidad de una película sólo con ver su campaña promocional. Que Operación: Huracán se anuncie como “del director de The fast and the furious” no es de entrada nada halagüeño. Y no porque A todo gas fuese una mala película, ni mucho menos, ni porque su director, Rob cohen, no haya sido el responsable de unos cuantos títulos interesantes, como Dragonheart o Pánico en el túnel, sino porque si lo más llamativo de una película es recordar el trabajo de hace diecisiete años pues apañados estamos.
Y como se podía prever, Operación: Huracán es una peli correcta, con buen ritmo e interpretaciones correctas, pero totalmente olvidable. No hay nada memorable ni en su guion, estúpido por momentos, ni en las escenas de acción, y la gracia de conjugar el cine de atracos con el de catástrofes se difumina a los pocos minutos de metraje.
La destrucción gratuita es algo que siempre atrae a un público determinado, pero ello no significa que sea tan fácil destruir cosas de manera satisfactoria. Si Roland Emmerich y Michael Bay llevan décadas viviendo de ello, por algo será. Y Cohen, pese a estar acostumbrado a las escenas de acción (cuya es también la primera xXx), no logra imprimir el ritmo adrenalítico suficiente como para que un huracán de categoría cinco resulte tan espectacular en pantalla como debería.
La cosa va de un pueblo a punto de ser arrasado por el susodicho huracán y el plan de una banda de atracadores de aprovechar la evacuación para cometer un atraco a una sede del Tesoro de Estados unidos. Hay, por ello, todos los tópicos previsibles, con giros argumentales increíbles y persecuciones ridículas, pero ni los giros sorprenden tanto como deberían ni el caos es tan absurdo como para convertirse en una gran fiesta como si en algún momento alguien pensara en que esto merecía ser tomado en serio. Para remate, tampoco ayuda que los protagonistas sean tan poco reconocibles, dejando toda la empatía en manos de Toby Kebell (que, acostumbrado a trabajar bajo máscaras de captura de movimientos, su momento más reconocible es como el Doom de la horrenda Los 4 Fantásticos) y Maggie Grace, que pese a ser la hija de Liam Neeson en la saga Venganza, siempre será más recordada por su trabajo en la serie Perdidos (Lost). Poco renombre para levantar una película demasiado gris que solo logra ser algo entretenida cuando se vuelve totalmente inverosímil.

Valoración: Cuatro sobre diez.

martes, 14 de marzo de 2017

GOLD: oro parece...

Dirigida por Stephen Gaghan, un buen guionista que destacó como realizador con Syriana, lo peor de Gold es su tramposa campaña promocional, un verdadero desastre que quizá pueda lograr su objetivo de atraer a la gente al cine, pero no va a conseguir que estos salgan demasiados satisfechos de la misma.
Vayamos por partes: de entrada, el subtítulo español que acompaña al anglicismo es La gran estafa. Y en una época en la que se ha llegado a unos extremos exageradamente radicales por odiar a todo lo que huela a spoiler, este me parece un caso flagrantemente escandaloso. A continuación, está la frase publicitaria: Wall Street ha encontrado su próximo lobo. De acuerdo que durante toda la película se intuye la sombra del excelente film de Scorsese, pero si alguien pretende ver una variante de aquella obra maestra la decepción será total. Y finalmente, la verdadera estafa: querer colar esto como una historia real. Sí, es cierto que se indica que está simplemente inspirada, pero tan acostumbrados como estamos a las recreaciones más o menos fieles de casos insólitos de perdedores que consiguen burlarse del sistema, Gold tiene demasiado de ficción como para invitar a la comparativa.
No, definitivamente Gold no es la cara B de El lobo de Wall Street. Ni se acerca tampoco a otros casos reales como los narrados en Dolor y dinero, Juego de armas o, incluso, De-mentes criminales, aunque aparenta ir de lo mismo, de tipos corrientes que persiguen el sueño americano y logran triunfar, aunque sea de manera esporádica en algunos casos, en ello.
Kenny Wells, interpretado con algunos excesos por Matthew McConaughey, no existió realmente, pero se inspira en David Walsh, el fundador de Bre-X Minerals, una empresa minera canadiense que aseguró encontrar oro en Indonesia y cuyas acciones se dispararon de la noche a la mañana. Sí que existió su amigo y geólogo Michael de Guzmán (aunque en el film es llamado Michel Acosta, interpretado por Edgar Ramírez), cuyo final en la vida real fue similar, pero tampoco exactamente igual, al que muestra la película.
Sin embargo, si logramos evadirnos de unas expectativas que la propia distribuidora nos ha querido imponer, la película resulta un buen ejercicio para demostrar que (normalmente) no es posible eso de conseguir dinero fácil y como ejercicio para recordar los descensos al infierno que impone entrar en la vorágine destructiva del capitalismo. Es por ello, pese a su reducida presencia, que el personaje al que da vida Bryce Dallas Howard simboliza el punto de vista, inocente y puro, del propio espectador, que debe mantenerse alejado de los cantos de sirena de este mundo de corrupción e intereses creados.
McConaughey cumple como es habitual en él, aunque coquetea demasiado con la caricatura por culpa quizá a ese maquillaje excesivo que pretende mostrarnos a un tipo no especialmente agradable (un caso que me recuerda poderosamente al de Christian Bale en La gran estafa americana), y posiblemente Gaghan debería haber confiado más en su talento interpretativo y menos en un maquillaje algo tosco, repulsivo incluso.
Es Gold de esas películas de guion deslavazado que no termina por encontrar nunca el rumbo adecuado, pasando sin demasiado convencimiento de parecer una película de aventuras en la selva a una alegoría económica de despachos para terminar convertida en una peli de falsas apariencias. Y quizá Gaghan no tiene aún suficiente bagaje como director como para llevar algo así a buen puerto. Es quizá su falta de sentido del humor (hay algún momento divertido, pero no es lo que se busca) lo que hace más indigesta la historia. Volviendo a las comparativas, El lobo de Wall Street no era realmente una comedia, pero tenía un sinfín de momentos desternillantes. Aquí todos se lo toman demasiado en serio como para conseguir que la metáfora funcione realmente y lograr que el espectador se crea lo que sucede, quizá culpa de que, como digo, no es definitivamente una historia real. Con todo, una vez finalizado el visionado, tras dejar reposar el batiburrillo de ideas que se proponen, la experiencia no es del todo negativa, siendo lo más criticable que no alcance a ser lo que realmente prometía.
No me parece la gran definitiva sobre el sueño americano, pero afortunadamente, este mismo fin de semana se ha estrenado otra que, definitivamente, sí lo es.

Valoración: Cinco sobre diez. 

lunes, 13 de marzo de 2017

KONG, LA ISLA CALAVERA: Espectacular y entretenida colección de secuencias vacías.

Lo primero que hay que reconocerle a Kong, la isla Calavera es que es una película Warner, con todo lo bueno y lo malo que ello conlleva. Destinada a compartir universo con la insípida Godzilla de Gareth Edwards, esta nueva recreación del simio gigante (la octava, si no cuento mal) comparte con su némesis japonesa el estilo trascendental y casi epistolar que tanto gusta a la compañía, aunque al menos han sabido rectificar los mayores errores de Edwards (aunque alabados por algunos, hay que ser justos) y primar más la acción y la espectacularidad.
El arranque es casi de manual, con un ritmo endiablado y presentado a los personajes con cuatro pinceladas suficientes como para saber situarlos en su contexto, cosa que me recordó en algo al Escuadrón Suicida. La acción se pone en marcha de forma trepidante, mostrándonos enseguida la imagen del Kong más gigantesco visto hasta ahora en pantalla y homenajeando al film clásico (y a la escena más icónica del personaje) cambiando avionetas por helicópteros. Lamentablemente, a partir de entonces todo empieza a ir cuesta abajo.
Como ya he dicho, la película reúne lo mejor y lo peor de la Warner, teniendo sus últimas producciones superheróicas como referente más claro. Incluso parece como si el director (con poquísima experiencia en cine, por cierto) Jordan Vogt-Roberts quisiera imitar a Zack Snyder y ofrecer un par de horas de puro espectáculo visual prescindiendo totalmente de un guion sobre en que sostenerlo.
Efectivamente, más allá de esa presentación inicial, los protagonistas van deambulando por la película sin propósito alguno, siendo meras caricaturas cuyos buenos actores poco pueden hacer para darles un poco de empaque. La oscarizada Brie Larson se limita a ser la inevitable rubia mona de la peli (aunque el momento sensible de su encuentro con Kong resulta muy descafeinado), Tom Hiddleston basa su papel en poner posturitas molonas, siendo su momento cumbre justamente el de su presentación y Samuel L. Jackson simplemente se reinterpreta a sí mismo, como suele ser habitual en él.
La acción es espectacular, insisto, y eso permite que la película no resulte en ningún momento aburrida. Y hay varios momentos memorables en la cinta, más allá de los homenajes evidentes a títulos como Apocalipsis Now o incluso Depredador, pero eso no basta para evitar sentir que la película no tiene alma, por más que al final haya más lágrimas que en una peli de Bayona. Es, una vez más, el efecto Warner, que aunque aquí mete algún chiste y tiene a John C. Reilly como alivio cómico (algo cargante en algún momento) sigue buscando esa trascendencia que demuestre que esto es mucho más serio y dramático de lo que podría parecer (y lo que podría parecer –y tendría que parecer- es una peli de un mono gigante dándose de leches contra otros bichos gigantes). Todo en la trama es demasiado absurdo e insustancial, empezando por un rastreador que nunca llega a rastrear nada, una misión científica en la isla que no he entendido todavía de que va, un científico (John Goodman) cuya historia con los monstruos es muy ambigua, un poblado indígena totalmente desaprovechado, un monstruo que vomita parte de su comida en el momento y lugar más oportuno  y unos militares demasiado arquetipos.
Los efectos especiales, por supuesto, están a la altura de lo que cabe esperar de una superproducción de estas características, pero la necesidad de desmarcarse de otras películas similares obligan a crear un repertorio de bichejos totalmente novedoso que tampoco me terminan de entusiasmar, en especial esa especie de bicho palo gigantesco o los verdaderos villanos de la película, esos lagartos bípedos de rostro cadavérico que no mejoran en nada a los dinosaurios a los que Kong se enfrentaba en la versión de Peter Jackson.
Si ya comenté que el Godzilla de Emmerich, pese a todo, era superior al de Gareth, lo mismo podría decirse entre el King Kong de Jackson y este. Además, de nuevo la necesidad de convertir al monstruo en el bueno de la película (recuerden los aplausos los habitantes de San Francisco ofrecían al “salvador” Godzilla después de destruir media ciudad) suena a rancio, aunque aquí al menos se deja claro que, aun en defensa de su territorio, Kong mata sin contemplaciones, y aquí está uno de los puntos fuertes de la película, que como en si de un psicokiller se tratase (de nuevo me viene a la mente el Depredador de McTiernan) uno nunca sabe qué protagonistas (quitando a los dos que todo el mundo se imagina) van a sobrevivir y cuáles no, independientemente de la importancia de sus intérpretes. Son estas muertes, de nuevo, algo que desconcierta, pues si bien en ocasiones hay secuencias realmente potentes y violentas (empalamientos, amputaciones…) como si de un homenaje al cine de serie B de hace unas décadas se tratase, por otro lado la ausencia de sangre es casi total, temerosos de ser castigados con una calificación R (cosa que, por cierto, a Logan no aprece estarle yendo nada mal). De nuevo la indefinición Warner.
Eso sí, la banda sonora de la película está genial, aprovechando al máximo el hecho de que la acción esté ambientada justo al terminar la guerra de Vietnam, con lo que ayuda a mantener en ritmo de las escenas y compensa esas carencias narrativas que culminan en un epílogo durante los títulos de crédito definitivamente anticlimáticos (y atención, que hay escena postcréditos que prácticamente nadie ha visto).
En fin, entretenimiento puro y duro y un buen espectáculo visual al que no hay que exigirle mucho si no queremos que todo se venga abajo.

Valoración: Seis sobre diez.

sábado, 8 de octubre de 2016

UN MONSTRUO VIENE A VERME: un gigante con alma.

Con tan solo dos películas en su filmografía, J.A. Bayona se había convertido en uno de los directores más importantes del cine español. Lo imposible era una película emotiva y espectacular que aunaba el dolor con unos increíbles efectos especiales que ya les gustaría conseguir (y más a ese precio) a muchas productoras norteamericanas.
Por eso, la incertidumbre sobre su próxima película era enorme. Para Bayona, podía significar la consagración definitiva. Y a tenor por las reacciones provocadas, lo ha conseguido. Incluso se comenta que la fecha de estreno en tierras yanquis se debe a promocionarla adecuadamente de cara a su hipotética carrera por los Oscars.
Un primer hándicap con que se podría topar Un monstruo viene a verme es con la comparativa con Mi amigo el gigante de Steven Spielberg. Al fin de cuentas, ambas van sobre un niño solitario y su relación/rescate con un ser gigantesco. Afortunadamente, toda comparación cae siempre en favor de Bayona. Huyendo del humor safio y del infantilismo de Spielberg, Un monstruo viene a verme es una película dramática, dura y amarga, que amenaza con erizar la piel y provoca más de una llantera entre el público. No busca descaradamente la pornografía sentimental, pero la acaricia por momentos.
Un niño acosado por sus compañeros de clase, una madre moribunda y una abuela dictatorial es todo lo que necesita este gigante (del que en España nos perdemos el trabajo de Liam Neeson) para acudir en su rescate. Basada en la novela de Patrick Ness, la base argumental no es un desborde de originalidad, recordando mucho, por ejemplo, a El Laberinto del Fauno, pero Bayona dirige con una eficacia tal que pronto se dejan de lado los posibles prejuicios para adentrarse en esta historia triste y emotiva. Volviendo a Spielberg, al que muchos se empeñan en comparar a Bayona (no es casualidad que el barcelonés vaya a encargarse de la secuela de Jurassic World), en Un monstruo viene a verme logra aunar los dos estilos propios del director de E.T., el drama más intimista y la espectacularidad más fantástica, consiguiendo una mezcla brillante y que nunca chirría.
Además, Bayona va camino a convertirse en un descubridor de jóvenes talentos. Si fue con Lo Imposible que se dio a conocer Tom Holland, el nuevo Spiderman visto ya en Civil War, aquí quien sobresale es Lewis MacDougall, que tras haber trabajado solo en un rol secundario en la prescindible Pan acepta el reto de cargar con el peso de toda la película y sale airoso de ello. Está también magistral, aunque eso ya es habitual en ella, Sigourney Weaver en el papel de abuela, mientras que Felicity Jones y Toby Kebbell cumplen con corrección.
¿Significa todo esto que Un monstruo viene a verme es una película perfecta? Pues no exactamente. La calidad está ahí, y eso es evidente, pero otra cosa es la sensibilidad. Ahí no hay crítico que pueda (o deba) medirla, ya que es una cosa tan subjetiva que cada uno puede y debe tener su propia opinión. Yo, personalmente, soy una persona fácil de conmover en una sala de cine, y Un monstruo viene a verme no consiguió hacerlo. Disfruté de la película, aluciné con el monstruo y sentí pena por los personajes, pero nunca alcancé el grado de dolor que logró traspasarme Bayona con Lo imposible, por más que algunos la acusaran de manipuladora. Lloré con la Watts y Holland más que con MacDougall y Jones, e incluso el final de El laberinto del Fauno me dejó más tocado. No sé si esto se debe a que esperaba demasiado de Un monstruo viene a verme, que yo no estaba en mi mejor momento como espectador o que Bayona no está a la altura de su anterior trabajo, pero me quedó una sensación de vacío al terminar el film, como si necesitara algo más, como si notara que han estado jugando con mi corazón pero no me lo han llegado a retorcer lo suficiente.
Algo que, para nada, debe empañar lo que es una magnífica película. Si su objetivo es hacer llorar o no solo Bayona lo puede valorar, y doy fe que había gente en la sala en la que yo estaba que lloró. Pero a mí me faltó ese punto de emoción final que me obliga a valorar la película un poquito por debajo de lo que me habría gustado.
Solo un poquito.

Valoración: Ocho sobre diez.

viernes, 9 de septiembre de 2016

BEN-HUR (2016). Disfrutable a pesar de todo.

Cuando se anunció que se estaba preparando un remake del clásico de William Wyler de 1959 todos se llevaron las manos a la cabeza vaticinando un gran desastre. Y como suele suceder en estos casos, acertaron, sino en cuanto a su calidad sí por lo menos en sus resultados en taquilla.
Ben-Hur (2016) ha resultado un estrepitoso fracaso en Estados unidos cuyo periplo por Europa no puede más que maquillar el desastre, ya que dudo que en este caso llegue la salvación desde China. Es la crónica de una muerte anunciada, se podría decir, y es que sobre el papel todas las decisiones tomadas tenían el desastre marcadas a fuego.
Para empezar, estaba la idea del remake en sí mismo (aunque dicen que no es en realidad un remake, ya que no tenían los derechos del film original, sino una nueva versión de la novela, pero para el caso es lo mismo), la absordudez de plantearse siguiera emular a la que está considerada como una de las mejores películas de la historia del cine y cuyo records de Oscars ganados no ha sido aún superado (aunque sí igualados) con la friolera de once premios de la Academia. Se pueden hacer otras versiones, desde luego. De hecho, las hay. Pero o bien hay que limitarse a telefilmes de relleno que cuestan cuatro duros o hacerlo muy pero que muy bien. Y este no ha sido el caso.
Siguiendo con la lista de errores, tenemos la elección de su director. Timur  Bekmambetov, un realizador del que desconozco su filmografía rusa pero que en su etapa americana había hecho dos películas que no estaban mal, algo gamberras y más propias del mundillo de los comics que de los péplums (Wanted y Abraham Lincoln, cazador de vampiros). Sin cabida para el humor ni los derroches visuales, su Ben-Hur es demasiado serio, demasiado ansioso por alcanzar la épica, demostrando que al realizador ruso la cosa le va grande.
Luego tenemos a un reparto bastante discretito, donde el secundario Morgan Freeman es su máxima estrella y Rodrigo Santoro el actor más reconocible. Nada que ver con lo que suponía Charlton Heston en su época.
Todo ello, sumado a unos primeros trailers desoladores, unos posters realmente horribles y unas primeras críticas vapuleantes, auguraban que Ben-Hur iba a resultar el peor espanto posible, una película que, como en la escena de las galeras, iba a hacer aguas por todas partes.
¿Y con qué nos encontramos finalmente? Pues como en el caso de otros títulos de este mismo año, como Batman v. Superman o Warcraft, la ferocidad de las críticas y el odio vertido sobre Ben-Hur ha sido exagerado e infundado, siendo esta incluso superior a las dos películas mencionadas.
Una vez uno realiza el obligado ejercicio de dejar de lado la versión de Wyler, e incluso ignorando otros peplums modernos a los que también puede recordar (el caso más evidente es el Gladiator de Ridley Scott), lo cierto es que la película es realmente entretenida. Se evidencia un esfuerzo por parte de Bekmambetov de dar un aire fresco a la narrativa (véase la escena de la batalla naval, con ciertas reminiscencias al lenguaje de los videojuegos) mientras que los guionistas Keith R. Clarke y John Ridley deciden apostar más por el ritmo frenético y la espectacularidad que por la introspección de sus personajes. Así, la película puede parecer algo vacía en cuanto a contenido (más cuando las interpretaciones no ayudan demasiado y Ben-Hur y Messala carecen de la química necesaria entre ellos), pero esto se compensa con una buena puesta en escena donde lo digital apenas molesta y la escena de la carrera de cuadrigas (verdadero corazón del film) cumple con eficacia y dinamismo.
Nombraba antes a la referencia que se puede encontrar en el Gladiator de Ridley Scott, pero el propio realizador británico vivió en sus carnes lo que era competir con el recuerdo de una obra mítica como le sucedió con su denostada Exodus: Dioses yReyes.
Quizá en su aspecto más negativo deba encontrarse ese extraño y casi impostado acercamiento a la figura de Jesús, que parece metido con calzador, o al buenismo poco creíble de sus conclusiones finales, pero ello no empaña una película que, decididamente, nunca estará a la altura del Ben-Hur de toda la vida y que, una vez vista, continua siendo completamente innecesaria, una vez hecha, puede disfrutarse sin complejos. No es una película que nos cambiará la vida, pero sí un entretenimiento de finales de verano con el que galopar junto a su protagonista y dejarse llevar por una historia que, aún de sobras conocida, sigue funcionando.
No es una obra maestra, pero tampoco merecedora del odio visceral que parece infundir. Hay cosas que nunca lograré comprender…

Valoración: Seis sobre diez.

sábado, 11 de junio de 2016

WARCRAFT, EL ORIGEN: El Señor de los Anillos de marca blanca.

Parece que la tónica habitual de los últimos meses es la de la aparición de superproducciones capaces de dividir a público y crítica hasta límites que rozan el odio. Pese a honrosas excepciones, títulos como Star Wars: el despertar de la fuerza, Batman v. Superman: el amanecer de la justicia o, en menor medida, X-Men: Apocalipsis parecen quedarse cortos ante las reacciones que está provocando Warcraft, definida por algunos como la peor película del año mientras que provoca aplausos de los fans al final de algunas sesiones.
Lejos de radicalismos injustificados yo, como es habitual en mí, me quedo en una posición casi intermedia. No es Warcraft, desde luego, una buena película pero tampoco ese desastre que anuncian algunos que invite a arrancarse los ojos tras su visionado.
¿Por qué hay que odiar o amar una película que en muchos casos, no pasa del simple entretenimiento? 
Y ahí está mi principal problema con Warcraft, que en muchos momentos del metraje me aburrí hasta llegar a un punto en que el destino de los protagonistas no me importaba lo más mínimo, llegando a preguntarme hasta qué punto puedo calificarla como entretenimiento. De hecho, muchos os preguntaréis porqué ha tardado tanto en publicarse este comentario, cuando vi la película el mismo día del estreno. 
La respuesta es simple: ante la división de opiniones que ha generado quise esperar unos días antes de escribir sobre ella para digerirla mejor (y no analizarla demasiado en caliente, algo que muchos hacen de forma precipitada), pero cuando me he puesto con ello he descubierto que aparte de las sensaciones que me produjo la mayoría de lo que acontece en ella se ha borrado de mi memoria, demostrando lo poco que ha logrado llegar a interesarme esta aventurilla de orcos contra humanos, y he querido esperar a realizar un segundo visionado para tratar de ser más justo con la misma, tras el cual mi opinión ha caído más bajo aún, resultándome incluso difícil de terminar.
Duncan Jones, director de la magnífica Moon y de la algo más irregular Código fuente es el máximo valedor de la película, un director fan confeso del juego que adapta y que ha tratado de ser lo más fiel posible al mundo de guerreros, orcos y magos creado por Blizzard. En ese sentido los aficionados pueden estar satisfechos con la que parece ser una adaptación impecable. Ahora bien, ¿es conveniente mantenerse tan fiel a una obra en el momento de convertirla en película?
Nunca he jugado a Warcraft ni me ha interesado lo más mínimo ese videojuego, pero como lector confeso de cómics sé perfectamente que es imposible trasladar con total fidelidad una obra, por más que los seguidores más fervientes estallen de indignación con cada sutil diferencia, pero cada medio tiene su propio idioma, y cosas que funcionan en un género pueden cojear en otro. Entiendo a los fans que se muestran felices de ver a sus héroes tan bien representados en pantalla (aunque me comentan que esto en realidad es una precuela que narra hechos anteriores a la historia del juego), pero ¿qué pasa con los que no somos jugones y tan sólo queremos disfrutar de una buena película de fantasía? Pues que lamentablemente el señor Jones y compañía se ha olvidado de nosotros.
La elección del propio Duncan Jones resume lo mejor y lo peor que tiene la película: un director que es un jugador empedernido y se ha esforzado por lograr una simetría con respecto a la historia original casi inaudita (los más jugones reconocerán mil referencias hasta en los más pequeños detalles) pero a la vez es un realizador poco apropiado para tal envergadura, siendo su obra hasta la fecha mucho más intimista y reforzada en el aspecto narrativo  más que en el visual. Warcraft le viene ligeramente grande y la poca profundidad argumental (de la que Jones también es en parte responsable) propicia que el ritmo se le vaya de las manos, apabullando al espectador entre tanto derroche digital, estando todos más centrados en calcar planos del juego que en contar una historia.
Tampoco los actores están a la altura, aunque cuando la mayoría de ellos tiene un bagaje básicamente televisivo ya se entiende que la productora no ha apostado fuerte en este aspecto. El “vikingo” Travis Fimmel no posee ni un ápice del carisma de Viggo Mortensen al que parece querer imitar, Dominic Cooper no resulta en absoluto creíble como rey de un gran imperio y Ben Schnetzer y Ruth Negga simplemente dan pena. Solo Ben Foster trata de esforzarse un poco gracias al único papel que presenta una dualidad interesante (aunque mal desarrollada), el del mago Medivh, mientras que Paula Patton está muy desaprovechada bajo las capas de maquillaje (algo ridículo, como sucede con la mayoría de los personajes femeninos) y merced a un libreto poco esforzado.
A nadie se le escapa que el origen del juego estuvo muy influenciado por la obra de Tolkien, pero mientras que este ha logrado forjar su propia leyenda, posiblemente muy superior a la que originó El Señor de los Anillos en el terreno de los videojuegos, en cine la sombra de Peter Jackson es muy alargada. 
Hay demasiadas cosas en esta película que recuerdan a la trilogía ganadora de once Oscars, y en todas las comparaciones la obra de Jones sale perdiendo, haciendo que parezca casi una imitación de medio pelo cuando sus ciento sesenta millones de presupuesto indican lo contrario (un presupuesto que en algunos momentos luce espectacular mientras en otros flirtea con el ridículo). Cierto que hay momentos de gran brillantez, como los diseños de producción que recrean a Ventormenta o Dalaran o la recreación de algunos orcos y grifos, pero que no superan para nada, pese a la distancia en años, a Rivendel o el abismo de Helm, ni tampoco a los dragones o trolls de la saga de Jackson.
Warcraft es, sin duda, una fiel adaptación, pero nunca logrará empatizar con el público ajeno a la obra original por culpa de una historia que logra ser confusa pese a su simpleza y un desarrollo nulo de sus personajes. Ya he dicho que hay momentos en los que me aburrió, pero ello no fue motivado porque carezca de momentos de espectacularidad y buenas batallas (aunque no tantas como debería, pues el auténtico conflicto queda demasiado alejado), sino por la poca implicación a la que invita al espectador. 
No hay nada peor para una película que la muerte de personajes principales no emocionen al público, y eso es lo que sucede con Warcraft, hasta el punto que da igual lo que suceda en pantalla. Es como si a alguien a quien no le gusta el deporte le hacen ver una partido de fútbol de la segunda división inglesa: por bien que jueguen nunca llegará a interesarse. Eso sí, los verdaderos seguidores van a disfrutar como locos, aceptando a esta obra como a los cimientos de una saga que va a colmar sus expectativas.
Quiero hacer una última reflexión que posiblemente terminará por granjearme el odio definitivo de los que defienden fervorosamente el film argumentando los aplausos que ha provocado en sus primeras sesiones e insultando a los que no opinan como ellos. El año pasado “disfrutamos” de un estreno que también estaba basado en una exitosa obra previa. Los fans (las fans, en este caso) quedaron encantados y emocionados con la película y el primer fin de semana batió records de recaudación, llegando a emocionar a algunos e indignando a otros. Después de esa euforia inicial la taquilla cayó en picado y meses más tarde la película arrasó en los Razzie. No estoy diciendo que Warcraft sea comparable como película a Cincuentasombras de Grey, pero quizá como fenómeno no anden tan distanciadas.  
Y pese a lo que pueda parecer, la prueba de que no pretendo ir de hater es que no he querido referirme para nada al trasfondo misógino y xenófobo que he podido intuir.
Al final, creo que debemos ser un poco sensatos y dejar de lado las reacciones excesivamente apasionadas y radicales. Esto es cine de entretenimiento, y quien haya logrado conectar con la película debe felicitarse por ello y disfrutarla, mientras que quien, aun siendo degustador del cine de fantasía, se haya aburrido, pues peor para él. Yo soy del segundo grupo, y no siento ningún interés ante la posibilidad de una secuela de esta versión desganada y sin épica de El Señor de los Anillos, deshilachada y confusa (reconozco que hay muchas partes de la trama que no entendí, algo parecido a lo que me sucedió con la también flojeras Batman v. Superman) pero no por eso voy a odiar a quien le haya gustado. Al contrario, me voy a alegrar mucho por ellos.
Al fin y al cabo, esto es la magia del cine y no lo que hace ese tal Khadgar.

Valoración: cuatro sobre diez.

domingo, 23 de agosto de 2015

CUATRO FANTÁSTICOS (3d10)

El pasado viernes el sol apretaba cuando salí de mi casa, recién comido, camino al cine. Todavía adaptándome a la rutina tras una escapada de nueve días a una de las islas más bonitas del país decidí acercarme a una frutería que hay junto a mi cine preferido para comprarme un vasito de fruta troceada con la que refrescarme durante la peli. Elegí uno que llevaba melón, piña, kiwi y algún higo.
Explico esto porque ese delicioso surtido de fruta fue, de largo, lo mejor de Cuatro Fantásticos. Con eso creo que está dicho todo.
Conocedor de los problemas de rodaje que había tenido el film y sin poder evitar escuchar las primeras y catastróficas críticas que provenían del otro lado del charco, traté de acercarme a la película con la máxima objetividad posible, concentrado durante sus primeros minutos en conseguir diferenciar entre la mirada crítica del cinéfilo y las ansias apasionadas del Marvel zombie. No me hizo falta demasiado esfuerzo. La película es desastrosa tanto desde un punto de vista como bajo el otro.
Dirigida (o no) por Josh Trank, ese tipo que se hizo famoso primero por una peliculilla de superhéroes cámara en mano llamada Chronicle que por lo visto gustó a todo el mundo menos a mí, más tarde por que lo han echado de todo proyecto en el que estaba vinculado, desde la secuela de Cuatro Fantásticos a uno de los Spin Off de Star Wars (uy, perdón, que no son ellos los que lo echan, que es él el que se va), y recientemente por haber puesto a parir su propia obra, culpando del desastre a la productora, 
Cuatro Fantásticos parece tan empeñada en querer diferenciarse del tono humorístico y casi infantil de las dos películas anteriores de la Fox (al final mucho más interesantes que esto) que se rodea en sus primeros minutos de una oscuridad y una seriedad que obligan a recordar al estilo de Nolan (no en vano el propio tráiler se ha comparado hasta la saciedad con Interstellar), como si quisieran convencernos de que estamos ante una película reflexiva y profunda antes que ante un aspirante a blockbuster palomitero de verano. Trank fracasa en esa primera mitad de película, con un tono lento y aburrido y unas relaciones entre los protagonistas tan mal definidas que no logran transmitir en ningún momento la sensación de familiaridad y camaradería que se le supone al grupo, pero por lo menos consigue emprender un camino suficientemente interesante como para que nos preguntemos por el desenlace de la película y sintamos algo de curiosidad hacia un grupito de jóvenes cerebritos y su futuro, totalmente desvinculado del que conociéramos de antemano gracias a los comics. 
Es a partir de la transformación de los héroes cuando todo pierde sentido y la película deriva en una sucesión de estupideces y situaciones totalmente absurdas en donde nada tiene sentido, los autores renuncian por completo a plantearse siguiera las motivaciones de sus protagonistas y se limitan a ofrecernos una serie de explosiones ruidosas y para nada vistosas  que no hacen más que invitar al espectador a consultar constantemente el reloj y preguntarse qué diablos hace perdiendo una bonita tarde de verano con semejante despropósito.
Como ven, no he hablado nada hasta ahora de las diferencias entre la película y el comic, diferencias que a muchos indignaron antes del estreno del film (y es que no es para menos) pero que no son lo que hacen que esta película sea tan mala. Sí, de acuerdo, los cambios que hay (y eso teniendo en cuenta que la fuente de inspiración, una vez más, es la versión Ultimate de los héroes de Marvel, no su vertiente más clásica y madura) son totalmente gratuitos (y no me limito al cambio de raza de Johnny) y eso es lo primero que descoloca de la película. Y no porque la base sobre la que se sustenta sea sagrada sino porque son cambios que a la postre no conducen a nada. ¿O tiene alguna importancia en el resultado final que Sue sea adoptada y de diferente nacionalidad, por poner un simple ejemplo? Dicho de otra manera: se puede hacer una película de amor trágico y juzgarla simplemente por su calidad, pero si se le pone el nombre de Romeo y Julieta habrá que exigirle que sea algo responsable con los escritos de Shakespeare, ¿no?
Los Cuatro Fantásticos son definidos como la Primera Familia de Marvel. En pantalla, la sensación de familia desaparece por completo. No hay más que un apunte mínimo del futuro romance entre Reed y Susan, la amistad entre el primero y Ben es forzada y casual y Victor es el malo de la función porque así lo exige el guion, sin motivación ni justificación alguna. Y Johnny… Bueno, Johnny simplemente no aporta nada a la historia.
Algunos cambios, como el que motiva el accidente que les da los poderes, puede ser incluso acertado, mejorando con respecto a los comics la justificación que se le da al mismo, pero eso no compensa la completa sarta de estupideces que rodean al film. Johnny Storm es una versión cutre del Torete de Fast & Furious que como castigo por ser tan malote debe trabajar en el proyecto más importante de la compañía Baxter (!!), Ben  es invitado a la expedición como quien va de cañas con un viejo colega, sin tener ni idea de lo que se está haciendo (!!!) y Susan adquiere sus poderes sin ni siquiera tomar partido de la dichosa expedición (!!!!!). Y de Muerte, mejor ni hablar, uno de los peores villanos que he visto en cine y que consigue superar en ridiculez el diseño que lució en el film de 2005.
Y todo esto sin llegar todavía al final desastroso, incoherente y precipitado, sin duda lo peor de la película. Nada tiene sentido. Nada está justificado. Nada tiene gracia ni épica.
Y, encima, con unos efectos digitales de verdadera pena. Ni siquiera en eso se salva este despropósito que tiene más aspecto de piloto televisivo malo que de superproducción de cine.
Los fans no podemos más que gritar con fuerza a la Fox que devuelva los derechos de los personajes a Marvel.
Los no fans… Bueno, ¿en serio alguien que no sea fan se ha atrevido a ver este truño?
Puede que no sea la peor película de superhéroes que he visto (y es que Elektra o Motorista Fantasma 2 son muy duros de digerir, y a cosas como CatWoman o Barb Wire ni me he acercado), pero poco le faltará.


sábado, 19 de julio de 2014

EL AMANECER DEL PLANETA DE LOS SIMIOS (8d10)

Miedo le tenía a esta película debido al enorme hype que estaba produciendo. Tantas noticias y críticas diciendo que se trata de la película del año, casi una obra maestra, no hacían más que provocar mi desconfianza ante un nuevo producto sobredimensionado que no podía más que decepcionar.
Pues nada más lejos de la realidad. La secuela de El origen del Planeta de los Simios (que a su vez, como esta, era precuela del clásico El Planeta de los simios) es esplendida, maravillosa, grandiosa y genial.
Protagonizada por un monstruoso Andy Serkis que se merece el Oscar ya (y si no es posible dárselo porque no se le ve el rostro que inventen una categoría especial urgentemente), la película continúa tal y como quedó su antecesora, con los simios viviendo en libertad y un virus mortal para los humanos propagándose por todo el planeta. Diez años después, los simios han construido una comunidad que los muestra a medio camino entre su naturaleza salvaje y los rasgos de humanidad que el aumento de inteligencia ha formado en ellos. Así, se nos presentan como una especie de tribu ancestral, cazadora en grupo y portadores de armas de hierro y constituida en una sociedad liderada por Cesar, que se ha convertido, además, en cabeza de familia.
Por su parte, un escaso grupo de humanos ha logrado sobrevivir a la epidemia al ser inmunes al virus, pero para garantizar su supervivencia dependen de poner en funcionamiento una central energética ubicada en una presa que está, precisamente, en territorio simio. Mientras en el campamento establecido en San Francisco el líder humano Dreyfuss se encargará de armar y preparar a sus hombres para un posible combate Malcolm y un escaso puñado de humanos más tratarán de negociar un acuerdo con los simios.
Sin embargo, no todos los humanos van a aceptar de primeras la amistad de los simios, ni todos los simios se van a prestar a colaborar con los humanos.
Lo que podría parecer una película de aventuras con tintes naturistas pronto se convierte en una película bélica, sin contemplaciones. Cruel y sanguinaria, El amanecer del Planeta de los Simios se entiende como una metáfora de la imposibilidad de entendimiento entre dos razas diferentes, y cómo el odio más irracional puede conducir a la hecatombe sin que la lógica ni los sentimientos puedan evitarlo. Jugando constantemente en apuntar a unos y a otros como los “malos” de la peli, la película no ofrece un villano general (aunque sí uno particular), pues el quid de la cuestión es que los humanos se han vuelto demasiado animales y los animales demasiado humanos, con lo que el conflicto será, finalmente, inevitable.
La película está dirigida con maestría por Matt Reeves, amiguete de correrías de J.J. Abrams quien le dio la oportunidad de debutar en cine con la interesante Monstruoso a la que siguió la estupenda adaptación americana de la película nórdica Déjame entrar. Juntos además habían colaborado ya en la serie Felicity, lo que se puede comprobar en la participación en la película de Keri Russell, protagonista de la serie y no demasiado prodigada en cine. Otro viejo conocido de la familia es Kirk Acevedo, famoso por su doble papel de Charlie Francis en Fringe y que aquí tiene un breve pero determinante papel.
Reeves completa ahora su mejor película hasta la fecha, luciéndose en las escenas de acción y sabiendo mantener el ritmo sin caer en la sensiblería ni el maniqueísmo y regalándonos alguna escena especialmente inspirada, como la del tanque en pleno campo de batalla.
Como protagonistas del film (aparte, insisto, del fenomenal Andy Serkis) encontramos a Jason Clarke (actor sosete que se dio a conocer en La noche más oscura y será el nuevo John Connors) y a Gary Oldman, los cuales hacen unas interpretaciones sufridas pero sin demasiado espacio para el lucimiento. Y es que si hay que ponerle algún pero a la peli (alguno se lo pone, yo no) es lo superficialmente dibujados que están los personajes, de los cuales apenas sabemos nada aparte de que perdieron a seres queridos debido a la epidemia de la que muchos responsabilizan a los simios. 
Sin embargo, en mi opinión, no necesitamos conocer mucha más de ellos, pues los verdaderos protagonistas del film, los que mueven el motor de la acción, son los simios, y en ese bando, aparte de conocer de antemano el pasado de Cesar y de su segundo a bordo Koba quedan suficientemente bien definidos en la película para comprender sus sentimientos y motivaciones aún sin haber visto la anterior.
Como colofón final a una película que supera con creces (y eso sólo es ya todo un mérito) a la obra de Rupert Wyatt y se sitúa a la par (aunque los ritmos narrativos y las secuencias de acción son totalmente diferente, como corresponden a las épocas de rodaje) al clásico que protagonizó Charlton Heston allá por 1968 tenemos a Michael Giacchino como autor de la banda sonora, otro más que salió de la factoría Abrams pero que ya brilla con luz propia y que aquí consigue una impagable obra musical que engrandece aún más la película.
Simpática y tierna en algunos momentos, dura y trágica en otros y decididamente trepidante y emocionante pero sin renunciar a la reflexión en ningún momento, El Amanecer del Planeta de los Simios es, probablemente, la mejor película estrenada este año, por lo menos en lo que a cine comercial se refiere, y es que sus guionistas han logrado escribir el libreto de una película cargada de efectos especiales y personajes digitales sin permitir que estos se coman a la historia.
Magnífica. No hay más que decir.



lunes, 15 de julio de 2013

THE EAST (7d10)

Hace dos años Brit Marling se hizo popular con la película Otra Tierra, de la que también era guionista, y gracias a la cual se ha convertido en una especie de musa del cine más independiente de Estados Unidos, aunque se deje ver de vez en cuando en alguna producción más comercial (hacía de hija de Richard Gere en El Fraude, por ejemplo). Ella y el director de cine Zal Batmanglij pasaron un tiempo conviviendo con una comunidad ecologista y juntos se les ocurrió la idea que sirvió como simiente para esta película. En ella, Marling interpreta a una joven ex agente del FBI que decide entrar a trabajar en el sector de la seguridad privada, siendo su primera misión encontrar a una organización terrorista llamada The East.
Como la comunidad en la que estuvieron Marling y Batmanglij, The East son un grupo anarquista antisistema, que desprecia los productos químicos y se alimentan de aquello que los restaurantes y supermercados arrojan a la basura. Nobles ideales si se quedasen en eso, pero The East, influenciados por las experiencias personales de cada uno de sus miembros, deciden ir más allá y atentar contra aquellas organizaciones que se enriquecen egoístamente sin pensar en las consecuencias: farmacéuticas que ocultan efectos secundarios, petroleras que arrojan flujo al mar o empresas energéticas que contaminan ríos  están bajo su punto de mira.
Sarah se infiltra en el grupo y conseguirá ganarse su confianza, pero cuanto más tiempo pase con ellos más dudará de su misión.
Estrenadas de manera minoritaria, como corresponde a una película relativamente independiente (su presupuesto lo es, pero para hacer honor a la verdad los hermanos Scott –posiblemente en una de sus últimas aportaciones al cine del desaparecido Tony- están detrás de la producción), The East es una interesante película que aprovecha una trama de intriga para realizar una denuncia social, intentando afectar a nuestras conciencias e invitándonos a reflexionar al salir del cine. Naturalmente, no todo será blanco y negro. No es cuestión de defender a los terroristas ni de condenar a todas las multinacionales. Hay escalas de grises y cada uno debe cargar con su propia cruz. Así lo entiende Sarah, que debe decidir a quién debe lealtad, si es que se la debe a alguien.

La película funciona perfectamente, las situaciones son creíbles y es fácil empatizar con los integrantes de The East, por más que podamos estar más o menos de acuerdo con ellos. Cuenta además con unas buenas interpretaciones (aparte de Marling, constantemente en el punto de mira de la cámara), destacando el sueco Alexander Skarsgärd (visto en True Blood), Ellen Page (Juno, X-men, Origen), Toby Kebbell (Ira de Titanes, Prince of Persia), Shiloh Fernandez (uno de los mutilados de la nueva Posesión Infernal) y con breves apariciones de veteranos como Patricia Clarkson (Shutter Island, La milla verde), Julia Ormond (Leyendas de Pasión, Sabrina y sus amores) o Jamey Sheridan (últimamente visto como el vicepresidente Walden en Homeland). Quizá la única pega es el esfuerzo de Marling y Batmanglij por dar un punto de esperanza a la historia, con un final –durante los títulos de crédito- demasiado poco creíble y muy optimista.