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martes, 3 de septiembre de 2019

OBJETIVO: WASHINGTON, D.C.

Cuando en 2013 Antonie Faqua derrotó en su enfrentamiento en taquilla a Asalto al poder, de Ronald Emmerich, en la entretenida Objetivo: La Casa Blanca, ya comenté que la película habría sido una buena secuela de Jungla de Cristal, aunque carecía del humor socaron y carisma de Bruce Willis. Poco se imaginaba nadie que ese iba a ser el inicio de una nueva saga que, de paso, serviría para sostener la decaída carrera de Gerard Butler, aunque con Faqua fuera de la ecuación lo cierto es que cada entrega ha sido inferior a la anterior.
A modo anecdótico, la saga “objetivo” ha tenido otro elemento en común con Jungla de Cristal: el poco acierto de los traductores al poner su título en original. Siendo tan prácticos al traducir la mucho más metafórica Olympus has fallen (La caída del Olimpo), fueron a lo fácil con la secuela (Objetivo: Londres por Londres has fallen), viéndose en la encrucijada de no saber como hacerlo con esta Angel has fallen y limitarse a Objetivo:Washington, D.C., aunque eso no tenga nada que ver con la realidad.
En efecto, esta película no va contra ningún objetivo concreto del poder, sino que el propio protagonista, Mike Banning, será la víctima de los villanos de turno (él es el ángel al que se refiere el título, ya que su trabajo es el de proteger al Presidente de los Estados Unidos). La manera de hacerlo es convirtiéndolo en aparente villano, haciendo que todas las fuerzas del orden vayan a por él. Nada nuevo bajo el sol, ya pasaron por eso, sin ir más lejos James Bond o Ethan Hunt. Y el recurso de solicitar ayuda a un padre con quien apenas tenía contacto tampoco es para nada novedoso. La nueva Shaft es el ejemplo más reciente que me viene a la mente de ello.
Con un argumento, pues, para nada original. Podríamos tratar de agarrarnos al trabajo de un director, el tercero de la saga, de escaso currículo. Ric Roman Waugh es conocido por El mensajero y poco más, pero en un film con Dwayne Johnson lo cierto es que el director suele ser lo de menos. Además, en un tiempo en que realizadores como los hermanos Russo, Joss whedon, Chad Stahelski o David Leitch han conseguido que nos olvidemos de esas cámaras temblorosas y de escenas de acción confusas en las que apenas se ve nada que tan de moda pusieron Paul Greenglass y compañía, Waugh vuelve a pecar con una puesta en escena nerviosa que afea la posible espectacularidad el film.
Con esto, solo nos queda agarrarnos al magnetismo de ese presidente que a todo el mundo le gustaría tener encarnado por Morgan Freeman y en la presencia de un Butler al que le pesan los años, pero sigue dando la talla para la acción (Radha Mitchell ha huido a tiempo y su personaje es encarnado aquí por Piper Perabo).
La película no aburre, desde luego, y la falta de interés provocado por el previsible argumento se compensa con explosiones y un gran Nick Nolte (de lejos, lo mejor del film), pero viendo de dónde veníamos, la saga parece ya finiquitada, condenada a ser un entretenimiento sin más interés que el de evadirse de la realidad durante un par de horas para volver a nuestra vida cotidiana tras el fundido final, sin necesidad de recordar siquiera nada de lo que acabamos de ver.

Valoración: Cinco sobre diez.

domingo, 11 de noviembre de 2018

EL CASCANUECES Y LOS CUATRO REINOS

Disney sigue buscando desesperadamente un éxito en su departamento de imagen real que la devuelva a épocas doradas del pasado, pero parece que cada vez que se distancia de las adaptaciones de sus clásicos de animación la cosa se torna en patinazo (está en proyecto un reboot de Piratas del Caribe después de la tibia acogida de la última entrega, veremos qué pasa con ella). El Cascanueces y los Cuatro Reinos la cosa no va a ser, ni de lejos, ese éxito, pues no ha convencido ni a público ni a crítica, o cual es un reflejo de la propia falta de audacia en su puesta en escena.
Uno de los recursos que más está explotando Dinsey en estos proyectos es la de apostar por directores de renombre, algunos de ellos que a priori no parecían tener cabida en este mundo de fantasía y cuentos de hadas, y en el caso de esta película, la apuesta es por partida doble. El Cascanueces y los Cuatro Reinos está dirigida a cuatro manos por Lasse Hallström, autor de títulos entrañables como ChocolatLas normas de la casa de la SidraSiempre a tu lado (Hachiko) o Un viaje de diez metros, y Joe Johnston, que debutó precisamente para Disney con Cariño, he encogido a los niños y Rocketeer y que es también responsable de JumanjiParque Jurásico III o Capitán América: el primer Vengador. Una pareja que tampoco parece que peguen muy bien entre ellos y de cuyo sello personal apenas queda nada en el film. No obstante, no hay ningún pero que poner a la puesta en escena de la película, impecable, aunque funcional. De hecho, no hay ningún pero a nada de El Cascanueces y los Cuatro Reinos, aparte de resultar un compendio de mil películas ya vistas con anterioridad. Parece como si existiera una fórmula matemática para realizar estas películas y que nadie se atreviese a salirse ni un ápice de la misma, con lo que tenemos una recreación maravillosa del Londres victoriano, de los bailes palaciego y, por supuesto, de los cuatro reinos imaginarios. Cuenta, además, con una buena protagonista, Mackenzie Foy (Interstellar), y unos reconocibles secundarios (Keira Knightley, Eugenio Derbez, Morgan Freeman, Helen Mirren y Matthew Macfadyen), y tiene como base el cuento de Ernst Theodor Wilhelm Hoffmann y que ya había dado pie a una versión menos oscura de la mano de Alejandro Dumas y al célebre ballet de Piotr Ilich Tchaikovsky.
Es en la conversión a cuento de hadas en lo que la película se desdibuja, adaptando lo que, en todo despectivo se suele definir como “el toque Disney” y que la convierten en una fotocopia de cualquier otra película moderna de cuento de hadas, con su heroína femenina enfrentándose a su destino, malos que no lo son tanto (y viceversa), el típico alivio cómico, y la moralina de unión familiar siempre precediendo a una tragedia (si es la muerte de una madre o un padre, o de ambos, mejor).
No es El Cascanueces y los Cuatro Reinos un desastre a la altura de Un pliegue en el tiempo, llegando a ser incluso entretenida y momentáneamente emotiva, pero al final queda todo en un espectáculo pirotécnico demasiado artificioso, un bonito conjunto de luces de colores y paisajes maravillosamente digitalizados que no tienen aroma ni sabor, tan agradables de contemplar como de olvidar. Ya he dicho que no hay nada realmente malo en esta película, pero de igual manera, no hay nada especialmente reseñable, nada que merezca la condición de clásico inmediato que antaño tenía las películas Disney y que servían para contradecir a todos aquellos que aseguraban que las películas solo servían para vender muñequitos y otros juguetes. En este caso, mucho me temo que habrá que darles la razón. Aunque tampoco parece que vayan a vender demasiados.
El Cascanueces y los Cuatro Reinos pueden ser agradable de ver estas navidades (si aguanta en cartel, cosa que dudo), pero no da para mucho más que una tarde familiar en el cine para compensar el estrés de las compras navideñas.

Valoración: Cinco sobre diez.

jueves, 13 de abril de 2017

UN GOLPE CON ESTILO, risas de geriátrico

Últimamente hay tantas películas protagonizadas por un grupo de actores de avanzada edad que casi se ha convertido en un género propio. Comedias geriátricas, las llaman por ahí. El caso es que estas suelen estar cortadas por un mismo patrón: grandes actores haciendo cuatro tonterías que resultan simpáticas y entrañables pero poco más.
Un golpe con estilo no difiere mucho de esa apreciación, aunque es posible que su humor funcione mejor que en otras ocasiones. Muy heredera de Ocean’s Eleven (con homenaje al Rat Pack incluido), la película es un remake de una peli de 1979 a mayor gloria de George Burns.
Tres jubilados ven como los mamoneos empresariales los dejan sin su pensión, mientras que el banco, debido a sus hipotecas abusivas, está a punto de quitar la casa a uno de ellos. Después de presenciar un atraco en su banco, este decide que robar el banco es más sencillo de lo que parece, y ve así el final a todos sus problemas.
Con el juego de querer robar a su propio banco, la crítica a los abusos de las financieras y la dudosa moralidad de no robar más que lo que es justo, Un golpe con estilo podría ser una hermana simplona de Comanchería, por más que aquí la denuncia social se pierda rápidamente entre chistes de achaques y dolores.
Esto no es más que una reunión de amigos que quieren pasárselo bien, quizá cansados de que a ciertas edades el cine solo les ofrezca papeles secundarios. Es lo que ya sucedía en Tipos legales, Plan en Las Vegas o Ahora o nunca, y lo cierto es que ese buen rollo y esa camaradería logra traspasar las pantallas y contagiar al espectador.
Claro que tener a tres actores oscarizados como protagonistas también ayuda mucho. Morgan Freeman, Michael Caine y Alan Arkin no son moco de pavo, pero el elenco de secundarios tampoco es manco: Christopher Lloyd, Ann-Margret, Joey King, Matt Dillon y John Ortíz también andan por ahí.
En resumen, una película muy agradable de ver, divertida y entrañable, que no inventa nada, pero invita a evadirse de todo durante poco más de hora y media y, después, con una sonrisa en los labios, a otra cosa, mariposa.

Valoración: Seis sobre diez.

viernes, 9 de septiembre de 2016

BEN-HUR (2016). Disfrutable a pesar de todo.

Cuando se anunció que se estaba preparando un remake del clásico de William Wyler de 1959 todos se llevaron las manos a la cabeza vaticinando un gran desastre. Y como suele suceder en estos casos, acertaron, sino en cuanto a su calidad sí por lo menos en sus resultados en taquilla.
Ben-Hur (2016) ha resultado un estrepitoso fracaso en Estados unidos cuyo periplo por Europa no puede más que maquillar el desastre, ya que dudo que en este caso llegue la salvación desde China. Es la crónica de una muerte anunciada, se podría decir, y es que sobre el papel todas las decisiones tomadas tenían el desastre marcadas a fuego.
Para empezar, estaba la idea del remake en sí mismo (aunque dicen que no es en realidad un remake, ya que no tenían los derechos del film original, sino una nueva versión de la novela, pero para el caso es lo mismo), la absordudez de plantearse siguiera emular a la que está considerada como una de las mejores películas de la historia del cine y cuyo records de Oscars ganados no ha sido aún superado (aunque sí igualados) con la friolera de once premios de la Academia. Se pueden hacer otras versiones, desde luego. De hecho, las hay. Pero o bien hay que limitarse a telefilmes de relleno que cuestan cuatro duros o hacerlo muy pero que muy bien. Y este no ha sido el caso.
Siguiendo con la lista de errores, tenemos la elección de su director. Timur  Bekmambetov, un realizador del que desconozco su filmografía rusa pero que en su etapa americana había hecho dos películas que no estaban mal, algo gamberras y más propias del mundillo de los comics que de los péplums (Wanted y Abraham Lincoln, cazador de vampiros). Sin cabida para el humor ni los derroches visuales, su Ben-Hur es demasiado serio, demasiado ansioso por alcanzar la épica, demostrando que al realizador ruso la cosa le va grande.
Luego tenemos a un reparto bastante discretito, donde el secundario Morgan Freeman es su máxima estrella y Rodrigo Santoro el actor más reconocible. Nada que ver con lo que suponía Charlton Heston en su época.
Todo ello, sumado a unos primeros trailers desoladores, unos posters realmente horribles y unas primeras críticas vapuleantes, auguraban que Ben-Hur iba a resultar el peor espanto posible, una película que, como en la escena de las galeras, iba a hacer aguas por todas partes.
¿Y con qué nos encontramos finalmente? Pues como en el caso de otros títulos de este mismo año, como Batman v. Superman o Warcraft, la ferocidad de las críticas y el odio vertido sobre Ben-Hur ha sido exagerado e infundado, siendo esta incluso superior a las dos películas mencionadas.
Una vez uno realiza el obligado ejercicio de dejar de lado la versión de Wyler, e incluso ignorando otros peplums modernos a los que también puede recordar (el caso más evidente es el Gladiator de Ridley Scott), lo cierto es que la película es realmente entretenida. Se evidencia un esfuerzo por parte de Bekmambetov de dar un aire fresco a la narrativa (véase la escena de la batalla naval, con ciertas reminiscencias al lenguaje de los videojuegos) mientras que los guionistas Keith R. Clarke y John Ridley deciden apostar más por el ritmo frenético y la espectacularidad que por la introspección de sus personajes. Así, la película puede parecer algo vacía en cuanto a contenido (más cuando las interpretaciones no ayudan demasiado y Ben-Hur y Messala carecen de la química necesaria entre ellos), pero esto se compensa con una buena puesta en escena donde lo digital apenas molesta y la escena de la carrera de cuadrigas (verdadero corazón del film) cumple con eficacia y dinamismo.
Nombraba antes a la referencia que se puede encontrar en el Gladiator de Ridley Scott, pero el propio realizador británico vivió en sus carnes lo que era competir con el recuerdo de una obra mítica como le sucedió con su denostada Exodus: Dioses yReyes.
Quizá en su aspecto más negativo deba encontrarse ese extraño y casi impostado acercamiento a la figura de Jesús, que parece metido con calzador, o al buenismo poco creíble de sus conclusiones finales, pero ello no empaña una película que, decididamente, nunca estará a la altura del Ben-Hur de toda la vida y que, una vez vista, continua siendo completamente innecesaria, una vez hecha, puede disfrutarse sin complejos. No es una película que nos cambiará la vida, pero sí un entretenimiento de finales de verano con el que galopar junto a su protagonista y dejarse llevar por una historia que, aún de sobras conocida, sigue funcionando.
No es una obra maestra, pero tampoco merecedora del odio visceral que parece infundir. Hay cosas que nunca lograré comprender…

Valoración: Seis sobre diez.

miércoles, 27 de julio de 2016

AHORA ME VES 2: Película de magos carente de magia.

Ahora me ves fue uno de esos éxitos que nadie se esperaba, recaudando más de trescientos cincuenta millones sobre un presupuesto de setenta y cinco y convirtiéndose en una de las sorpresas de 2013.
Amén de un reparto bastante lujoso y de un director muy competente, el film parecía rescatar de forma tardía la moda por el cine relacionado con la magia que arrasó en el 2006 con títulos como El truco final, El ilusionista, Scoop o El último gran mago (esta última ya del 2007), pero mezclándolo con un estilo dinámico que recordaba también a títulos corales como Ocean’s Eleven y sus secuelas.
Parecía lógico (incluso de alguna manera anunciado al final de la propia película) que tarde o temprano llegase a las carteleras una segunda entrega (ya está anunciada la tercera), donde se prometía más de lo mismo pero mejor y más grande. Con un cambio de cromos en la silla del director y en el protagonismo femenino, la película aspiraba a superar el listón de su precedente ampliando más aún el reparto e incorporando, quizá a modo de moda privada, al intérprete del mago más importante del cine: Harry Potter.
Así pues, con Daniel Radcliffe en el equipo, la película busca esa grandeza que se exige a toda secuela apostando también por un toque más humorístico. Para ello se centra en dos personajes nuevos, un acierto y un error tremendo. Mientras la sustitución de Isla Fisher en manos de Lizzy Caplan aporta un toque de frescura y socarronería, la interpretación doble de Woody Harrelson como hermano gemelo bufonesco del personaje de Merrit no funciona para nada, convirtiendo el elemento cómico en una broma grotesca que lastra el ritmo narrativo.
Tampoco la sustitución del espectacular Louis Letterrier por Jon M. Chu es beneficiosa, haciendo que se eche de menos el dinamismo y las acrobacias de cámara del film de 2006.
Pero el gran vacío de Ahora me ves 2 hay que buscarlo en su historia, una historia tramposa y artificial que buscando más acción y diversidad se aleja de los casinos y los espectáculos cerrados para aspirar a mucho más de lo puede abarcar y saturando al espectador con mucho ruido sin sentido.
Cabe recordar que una de las cosas que más pueden atraer de un espectáculo de magia es el no descubrir el truco que oculta, pero no estamos ahora, recordemos, ante un espectáculo de magia, sino ante uno de cine. Una cosa es ver desaparecer a David Copperfield (co-productor de la película, por cierto) en vivo y en directo y otra muy diferente que lo haga alguien en pantalla y no expliquen en ningún momento como lo ha hecho. No vale con decir que son luces estroboscópicas y ya está.
Todo el casting original ha crecido en caché con respecto a 2013, lo cual se agradece pues son las interpretaciones y la aparición de tanto rostro conocido lo que más disfrutable hace la película, pero eso no parece suficiente para tomar en serio un film que sigue siendo distraído y que funciona en momentos puntuales pero que contiene una historia demasiado deshilachada y una puesta en escena torpe y algo repetitiva que hace que, como sucedía con La leyenda de Tarzán, resulte decepcionante. Ahora me ves prometía ser una saga potente y sus personajes podían dar mucho juego. De momento, no lo están dando. Ya veremos qué pasa (si se confirma finalmente, la taquilla no está siendo muy halagüeña)  en esa tercera parte de los magos de El Ojo.

Valoración: Cinco sobre diez.

domingo, 10 de abril de 2016

OBJETIVO: LONDRES: Pasó el tiempo de los chicos buenos...

Hace un par de entradas he comentado el estreno de Las Crónicas de Blancanieves: El Cazador y la Reina del Hielo, que era una secuela de una película de hace unos años que coincidió en su fecha de estreno con otra de igual argumento. 
Exactamente lo mismo sucede en el caso del otro estreno “blockbuster” de esta semana, Objetivo:Londres, secuela de Objetivo: la Casa Blanca que en 2013 compitió en taquilla contra Asalto al poder, ese film de Roland Emmerich de inferior calidad pero más espectacularidad. Con Babak Najafi sustituyendo a los mandos a Antoine Fuqua, Objetivo: Londres parece querer emular a esa Asalto al poder aumentando la dosis de espectacularidad de su predecesora pero bajando algo el listón artístico.
Con Gerard Butler de nuevo como el tipo duro que salva la situación y Aaron Eckhart en el papel de Presidente de los Estados Unidos la acción se traslada esta vez a la capital británica, donde el inesperado fallecimiento del Primer Ministro convoca a los principales mandatarios del mundo para un funeral que es un verdadero quebradero de cabeza para los respectivos cuerpos de seguridad.
De nuevo cualquier trasfondo reflexivo se deja de lado (hay alguna insinuación sobre la posibilidad de que los propios gobiernos sean los culpables de sus males, pero se deshecha de inmediato), incluyendo el aspecto sentimental (en eso Emmerich solía ser más cuidadoso), obviando al momento las muertes más dolorosas en pos a que todo conduzca a un final feliz. Es esta una película de explosiones, con la destrucción de los principales monumentos nacionales y que si bien no aporta nada novedoso (visualmente hablando) a las destrucciones ya perpetradas por el mencionado Emmerich o Michael Bay (el otro maestro de la destrucción) sí añade un elemento de angustia y terror (que no han sabido potencial, por cierto) al ver que la tragedia no viene de la mano de monstruos mutantes o alienígenas, sino algo tan real y tangible como el terrorismo. Aun así, pese a que los acontecimientos del 11-S cambiaron nuestra manera de ver las amenazas terroristas, tiene todo en esta película un velo de inverosimilitud demasiado evidente, sin que en  ningún momento se esfuercen en pretender que nos creamos la historia merced de un plan de ejecución por parte de los malos tan complejo como imposible. Por ello, el camino más fácil de evitar el ridículo sea pasar totalmente de cualquier tipo de explicación y que nunca nos entremos de cómo consiguen la mayoría de los objetivos.
Recuerdo cuando se estrenó la primera película que sus defensores (yo entre ellos) la definieron como La Jungla de Cristal 5 (y es que la verdadera Jungla de Cristal 5, esa cosa llamada Un buen día para morir, nunca existió para sus fans), y Mike Banning (el personaje encarnado por Butler) recogía el testigo de John McClaine. Sin embargo, son tiempos difíciles, y el McClaine de Bruces Willis parecería una hermanita de la caridad al lado de Banning. Ya estamos acostumbrados a los héroes oscuros y vengativos, con los personajes de Liam Neeson a la cabeza y en una generación en la que Superman y Batman matan, pero Banning está un poco pasado de rosca. 
Más allá de la posible implicación por su sentido del deber y su amistad personal con el Presidente, esta no es una historia de venganza, sino de supervivencia, pero la manera de actuar de Banning parecen un acto de venganza hacia todo el mundo islámico, por más que por motivos de corrección política se disfrace a los terroristas de traficantes de armas sin claros trasfondos políticos o religiosos más allá del dinero (aunque por el otro bando, la película rezuma patriotismo americano hasta límites insospechados). 
En un momento de la trama Banning retiene a un enemigo y lo tortura con sadismo para que el hermano de este oiga sus gritos de agonía. Entonces, el Presidente le pregunta: “¿Es realmente necesario?” y Banning, imperturbable, responde: “No”. Y todo el cine se parte de risa. Este es un resumen perfecto del tipo de película que tenemos entre manos, en la que los tipos buenos ya no lo son tantos y el ojo por ojo está a la orden del día. Todo vale si es para defender nuestra bandera y el honor y los valores son ya cosa de otro tiempo.
Y no sé qué es peor, que la película presuma de esa violencia gratuita sin complejos, o que el público disfrutemos de ello, riéndonos del dolor ajeno y de la crueldad de un protagonista que en ningún momento tiene los matices ni motivaciones que podría tener el Mel Gibson de Rescate o el mencionado Neeson en la saga Venganza.
Tenemos, pues, un producto de puro disfrute, con acción a borbotones, violento y espectacular, algo plano en su dirección pero con una escena en concreto bastante llamativa, un largo asalto a un edificio que demuestra que hoy en día eso de hacer interminables planos secuencia (con trampa, pero bueno) no es ya demasiado meritorio (¿te enteras, Iñárritu?) y que tiene un simpático aroma a videojuego totalmente intencionado.
No está a la altura de la primera ni será considerada como La Jungla de Cristal 6, pero tampoco me importaría, con lo de moda que están ahora los crossovers o Universos Compartidos, que algún día este Banning se cruzase en su camino con el bueno de McClaine.

Valoración: Seis sobre diez.

sábado, 1 de agosto de 2015

TED 2 (5d10)

Nada nuevo bajo el sol. Esa es la mejor manera de definir esta secuela que sigue los pasos de su antecesora hasta límites exagerados. Si Ted comenzaba con el personaje de Mark Wahlberg siendo niño y recibiendo a su osito Ted y terminaba con Ted y su novia Vane casándose en una boda oficializada por Sam J. Jones, esta comienza precisamente por la boda y termina con un niño recibiendo n nuevo osito.  Todo lo contrario. Pero todo igual.
Con el cambio obligado de Mila Kunis (su embarazo coincidió con las fechas de rodaje) por Amanda Seyfried en un nuevo personaje, Ted 2 narra cómo el gobierno descubre la existencia de Ted, considerando que es un simple juguete y que por lo tanto no merece el reconocimiento de ser humano, así como los derechos y obligaciones propios del mismo. Es entonces cuando Ted, su fiel amigo John y la joven e inexperta abogada Samantha harán todo lo posible por demostrar en los tribunales que Ted es un ser humano.
Con toda la escatología y mala leche habitual en los guiones de Seth MacFarlane, Ted 2 busca la provocación fácil sin apenas conseguirlo. Dicho vulgarmente, está ya todo el pescado vendido y ver a Mark Wahlberg empapado en semen de donantes desconocidos puede provocar más o menos gracia, pero a estas alturas ya no escandaliza a nadie.
Mil maneras de morder el polvo fue un merecido fracaso en la trayectoria de este director, pero al menos en aquella se intuía un deje de ambición de la que carece Ted 2, que más bien parece un simple intento de exprimir una franquicia que nunca debió ser tal. Si la divertida, gamberra y un punto original Ted hubiese sido única en su especie podría haber llegado a convertirse en título de culto para futuras generaciones, pero cuando su primera secuela muestra ya claros síntomas de agotamiento la cosa pinta francamente mal.
Ted 2 se beneficia, sin embargo, del exceso de chistes, resultando imposible no desternillarse con alguno de ellos. Si sólo pretendemos reírnos, la película lo consigue en diversos momentos, demostrando que el bueno de Mark es un buen actor de comedia, capaz incluso de demostrar una buena química con un oso de peluche aunque su feeling con Amanda Seyfried no es tan redondo como el que tenía con Mila Kunis. La película está plagada de grandes aciertos y situaciones tronchantes (hay que tener muy mala baba para comparar a la Seyfried con Gollum, un chiste que sin duda perseguirá a la actriz de por vida) tanto como de momentos soporíferos, sobre todo cuando pretende tomarse demasiado en serio a sí misma y trata de convertir esta simple gamberrada en un alegato en favor de las minorías y señalando con el dedo a la hipocresía de la sociedad americana, insinuando que el país de la libertad y la igualdad es poco más que un mito. En ese respecto, me pregunto qué pinta en esta historia Morgan Freeman (aparte de cobrar un buen cheque) y su discursito sentimentaloide. Aquí se demuestra una de las grandes carencias de MacFarlaine como director, su falta de sentido del ritmo, capaz de hacer que una película decaiga en un segundo y costándole una barbaridad remontar el vuelo humorístico. El cómico, niño mimado televisivo pero que, más allá del éxito económico de su primer Ted, aún tiene mucho que demostrar en cine, se recrea en todas sus filias y fobias, como si la película estuviese pensada casi exclusivamente para sus seguidores más acérrimos. Si bien todos podemos aplaudir su gusto por el musical (hermosa escena de créditos iniciales o sutil pero divertido el montaje musical en la biblioteca), tanto chiste sobre gays o alrededor de las drogas apenas ofrece algo interesante a la historia, más allá de condenarla a una rutina monótona e insípida.
En fin, película con grandes altibajos, capaz de hacernos aplaudir el “homenaje” a Parque Jurásico como abochornarnos con la insistencia en recurrir a Sam J. Jones (la gracia de ver a Flash Gordon terminó a mediados del primer Ted) como cameo principal, aunque hay muchos más (menudo veranito de cameos llevamos), desaprovechando a mi entender las múltiples posibilidades que le ofrecía la ComicCon de Nueva York como escenario final (¿soy el único que estaba esperando algún chiste entre Mark Wahlberg y los Transformers?).
Se puede pasar el rato viéndola, pero poco más. Y su arranque en la taquilla americana parece decir lo mismo. Habrá que ver si la broma/amenaza de Wahlberg en El Séquito sobre una tercera parte llega a buen puerto.

miércoles, 27 de agosto de 2014

LUCY (5d10)

Dejando claro que no estamos ante una gran película y que hay demasiados agujeros como para contentar a cualquiera (desde la elección de la actriz protagonista hasta la pretenciosidad del director), no me parece tampoco justo las despiadadas críticas que se han vertido sobre ella como si se tratase del peor film de la historia.
Es de sobras conocido el gusto de Luc Besson por la acción artificiosa y efectiva, ya sea como director (donde sus mejores trabajos, posiblemente El quinto elemento, Nikita, difícil de matar y El profesional (Leon), quedan ya muy lejos en el tiempo)o productor (desde la saga Transporter a la de Venganza), por lo que no debería extrañar la tramposa argucia argumental que se oculta tras Lucy, en la que la acción y espectacularidad están a la altura de lo previsible en manos del director galo y es en su mensaje idealista donde la película se pierde como lluvia en el mar. Y es que la idea, por bizarra que pueda parecer, tiene su gracia.
Una chica es secuestrada y obligada a ejercer de mula de una nueva y potente droga. Sin embargo, cuando un paquete se revienta en su estómago y la droga pasa a formar parte de su organismo, su cerebro comienza a desarrollar un rápido aumento de sus capacidades, apareciendo así extraños y asombrosos poderes en espera a alcanzar el 100% de todo su potencial. Para sobrellevar la situación (y de paso, vengarse de los tipos que la han metido en ese lio) contará con la ayuda del profesor Norman (un Morgan Freeman que sigue desperdiciando su talento en papeles de escaso esfuerzo interpretativo) y del policía Pierre Del Rio (Amr Waked, actor egipcio pero que ejerce como la habitual referencia gala del cine de Besson). Con esta premisa, la película podría haber sido una tontería rollo superheróico con la “superwoman” interpretada por Scarlett Johansson repartiendo mamporros imposibles al más puro estilo de Milla Jovovich en Ultravioleta o Charlize Theron en Aeon Flux. Pero, para empezar, para ello habría sido necesaria la participación de una actriz más solvente (como la inicialmente deseada Angelina Jolie), ya que la Johansson parece haber olvidado todo lo aprendido en su representación de la Viuda Negra marveliana y apenas cambia de registro cuando está asustada, herida o enfadada.
Pero el gran problema es que Luc Besson se olvida por un momento de quién es y qué sabe hacer y disfraza Lucy de una pomposa pretenciosidad, como si estuviera escrutando los secretos del Universo y hubiese dado con la clave de la vida humana, fusionando su narración con flashes ecologistas y paisajes que descolocan más que si fuese una obra de Terrence Malick y cuya conclusión final se le va de las manos.
Casi, y a riesgo de parecer un lelo, podría asegurar que no la entendí. Sé lo que pasa pero no sé lo que Besson me quiere decir, con una paranoia mental tal que en algunas secuencias dudo sobre si estoy viendo Lucy o esa otra burbuja de sabiduría pajillera que fue Trascendence, hasta el punto en que me pregunto si la idea de la peli no saldría de una noche de borrachera entre Luc Besson, Wally Pfister y Christopher Nolan (al final la culpa será del pobre Freeman, que es el elemento común en estos fregados).
En definitiva, que si tomamos la película como lo que podría ser, una simple película de acción con grandes persecuciones y momentos impactantes, la cosa funciona bien, entretiene, divierte y  casi hasta emociona.
Pero si la tomamos como lo que Besson pretende que la tomemos… ¡ay, amigos! Entonces la cosa cambia. Y todo ese pretencioso mensaje de sabiduría sesuda y conocimiento sagrado se resume en una majadería total.
Antes de entrar a ver el film podéis decidir con que ojos deseáis verla. Sólo así se podrá disfrutar o defenestrar. Está en vuestras manos…

martes, 24 de junio de 2014

TRANSCENDENCE (4d10)

Que soy de los que opinan que Christopher Nolan es un director sobrevalorado no debería ser ninguna novedad para los que me conocen. Es un tipo que adorna muy bien unas producciones disfrazadas de trascendencia y dramatismo que ocultan muy bien sus muchas carencias. Y si lo hace con un reparto espectacular, mejor que mejor.

Lo malo del tipo este es que cuando no dirige se debe aburrir mucho, así que se dedica en meter mano en películas de otros y, disfrazado de productor, reconduce tonterías como El hombre de Acero o el título que nos ocupa ahora.
Dirigida por su amigo (y director de fotografía habitual)  Wally Pfister, se denotan en Transcendence todos los tics del amigo Nolan, con la salvedad de que el tal Pfister es aún peor director y como no le da el tipo para ser director y director de fotografía a la vez se pierde en su ópera prima lo que debería ser su mayor virtud, la belleza de las imágenes.
Pero en el fondo, Transcendence no es una película de gran impacto visual. Ni siquiera es una película de actores, por más que presente un rico (y desaprovechado) elenco de estrellas donde (y no os dejéis engañar) el protagonismo cae casi exclusivamente en la figura de Rebeca Hall. Transcendence es, sobre todo, una película de guion. Una historia de las que invitan a pensar, a reflexionar sobre si lo que estamos haciendo con nuestras vidas y si nuestra sociedad va por buen camino o nos estamos volviendo todos locos, con un toque de tecnocrítica y tratando de sorprendernos y desconcertarnos en cada giro de guion. Invitan, he dicho. Porque a la hora de la verdad, el guion termina siendo lo peor del invento, con situaciones que no hay por donde cogerlas y un desarrollo que (y perdonen si no están de acuerdo, posiblemente se deba todo a que soy demasiado tonto para esta película) no se entiende nada.

Y eso es así. La película no se entiende. No es ya que contenga una ambigüedad pretendida como sucediera con Origen, del propio Nolan, o que juegue a dobles cartas en una fumada mental como la que perpetro hace poco Denis Villeneuve en Enemy. Se trata más bien de que Pfister quiere explicar algo muy complejo y sesudo y lo explica mal.
Intentaré contar algo del argumento: Will y Evelyn son una pareja muy enamorada que se dedican a hacer cosas con ordenadores (quieren crear una inteligencia global, o algo así). El caso es que sufren un atentado de un grupo radical antitecnócrata (que matan gente pero luego resulta que son los buenos) que disparan a Will con una bala envenenada que no lo mata al momento pero si lo va consumiendo poco a poco. En sus últimos días de vida Evelyn decide traspasar su conciencia al sistema operativo en el que estaban trabajando, consiguiendo no sólo mantener con vida la mente de su amado sino convertirlo en una especie de dios.
Hasta ahí, todo más o menos correcto. Luego es cuando se les empieza a ir la pinza con una serie de poderes del Will digital este que parecen sacado de un comic de superhéroes de los noventa (para el profano le diré que en los noventa hubo una de las peores crisis creativas de la historia del comic) y es donde yo ya no logro entender nada, con lo cual me importa un churro la resolución a la que lleguen porque me la voy a tener que comer con patatas, es decir, aceptarla porque ellos me lo digan.
El caso es que independientemente de lo mal explicada que esté, lo tonto que yo sea o lo complicado del tema, la película transcurre por dos caminos separados, no llegando a decidirse cual tomar, si el de la intriga pura y dura o el de la acción desenfrenada, queriendo picotear en ambos géneros sin hacerlo bien en ninguno y derivando en una especie de drama romántico que ya no se aguanta por ningún lado. Y por el camino, como ya pasaba con la última crítica que he publicado, aburre hasta decir basta.

Ya he insinuado que Johnny Deep, amo y señor en todas las carátulas, no es ni de lejos el protagonista. Tiene un par de escenas iniciales y, a partir de su prematura muerte, se limita a pasarse de vez en cuando por el set de rodaje poniendo caras y voz sin ningún tipo de convicción. Es Rebeca Hall, la Vicky de Vicky Cristina Barcelona, quien debe llevar toda la película a sus espaldas, consiguiendo así una oportunidad de oro para dar un giro a su carrera y demostrar que vale más que para ser la secundaria simpática de Scarlett Johansson en la cinta de Allen o de Gwyneth Paltrow en Iron man 3. Y la desaprovecha por completo, no consiguiendo emocionar en ningún momento con una interpretación que resulta ser tan plana como su propio personaje.
Destaca a su lado Paul Bettany, en lo que parece apuntar a un triángulo amoroso nunca desarrollado, mientras que pululan también (en personajes que no pintan nada) Morgan Freeman y el inevitable Cillian Murphy, no sé si simplemente para cobrar su cheque o por lo que mola eso de decir que han actuado en la última peli de Nolan, aunque se supone que esto no es una peli de Nolan.
Cierran el reparto Kate Mara (la futura Sue Richards del renacimiento de Los Cuatro Fantásticos) y Lukas Hass (¿recuerdan al niño de Único testigo?) que tiene una pedazo interpretación de un par de minutos.
Como digo, un grupo de amiguetes cobrando por pasearse por una película que pretende ser tan trascendental como su título indica y que acaba siendo un enorme y soporífero montón de paja, donde da la sensación de que ni los propios actores entienden de que va la cosa ni les importa. Eso justificaría al menos la cara de pasmo con la que se pasan gran parte de la aventura.
No es insultante, como la de Yo, Frankenstein. No es despreciable, como la de No hay dos sin tres. Simplemente es aburrida. Como una peli de Nolan, pero peor.
Y si alguien la ha entendido, agradeceré me la explique.


miércoles, 27 de noviembre de 2013

PLAN EN LAS VEGAS (7d10)

Después de visionar el tráiler de esta película quedaba claro que nos la querían vender bajo el estigma de Resacón en las Vegas versión jubilados (incluso se incluye la palabra “resacón” en dicho tráiler), pero afortunadamente, tras su visionado, puedo aseguraros que no hay demasiado de aquella saga en la nueva película del irregular director Jon Turteltaub, por más que se trate de una comedia ambientada en Las Vegas con la amistad como telón de fondo.
De hecho, tras un principio transportándonos a la infancia de los protagonistas, lo primero que viene a la mente es el aroma nostálgico de la magnífica Cuenta Conmigo, con la presentación de unos personajes en la edad en la que se labran las amistades verdaderas y en las que se viven acontecimientos que marcarán nuestras vidas de adultos, aquí representadas en forma de botella de whisky.
Naturalmente, la excusa de una despedida de soltero en Las Vegas provoca una serie de secuencias obligadas, como las impresionantes panorámicas de los casinos, las chicas espectaculares, las actuaciones musicales, borracheras, las chicas espectaculares, algún cameo famosete  y… ¿he nombrado ya las chicas espectaculares?
Sin embargo, la historia de cuatro amigos que se reencuentras para la boda de uno de ellos y las cicatrices que las decisiones que tomaron algunos de ellos en el pasado les ha provocado, no solo da para casi dos horas de chistes y situaciones absurdas sino que se permite también reflexionar sobre temas tan importantes como la vejez, la amistad como contraposición del amor, la pérdida y la soledad. Los protagonistas no son unos jóvenes alocados con toda la vida por delante, aunque en ocasiones se quieran comportar como tal (sirva de ejemplo cuando ejercen de jurado de un concurso de biquinis), sino que deben cargar con un pasado que invita, entre risa y risa, a reflexionar sobre la vida misma.
Repasemos un momento a los protagonistas: Archie (Morgan Freeman) ha tenido algún amago de infarto y vive temeroso por su delicada salud y la sobreprotección de su preocupado hijo, Sam (Kevin Kline) colecciona operaciones y prótesis aparte de un matrimonio feliz al que los años han hecho mella hasta hacerle perder toda pasión, Paddy (Robert De Niro) ha perdido al amor de su vida, Sophie ( la niña que fue nexo de unión entre los cuatro amigos en sus años mozos y que con su muerte provocó “diferencias irreconciliables” entre Paddy y Billy) y es huraño y amargado, y finalmente Billy (Michael Douglas), el triunfador que lo tiene todo: salud, dinero y el amor de una chica treinta años más joven que él pero que, cuando escarbamos solo un poco la superficie, quizá acabe siendo el más pobre de todos.
Y para cuadrar el círculo nos falta la “chica” de la película, Diana, una Mary Steenburgen que a sus sesenta años parece mucho más joven y esterilizada que en la ya lejana Regreso al Futuro III y que deberá reencarnar el espíritu de Sophia para curar heridas que seguían reacias a cerrarse.
Pero no se confundan, por encima de todo esto es una comedia, aunque con mensaje, y como tal los equívocos se sucederán uno tras otros, con mayor o menor brillantez, haciéndonos pasar un rato estupendo gracias, en gran medida, a cuatro actores monstruosos que están completamente desatados y dan lo mejor de sí mismos, destacando la buena química existente entre ellos (no en vano entre los cuatro suman seis Oscars y otras nueve nominaciones) y regalándonos algún gag de corte personal (el malentendido sexual de Kevin Kline puede referenciarnos a In&Out, Michael Douglas parece sacado de Wall Street y las referencias mafiosas siempre irán de la mano de De Niro).
El punto débil habría que buscarlo en la recta final, cuando puede encontrarse un cierto bajón y se echa en falta algo más de gamberrismo, pretendiendo Turteltaub ser demasiado amable y azucarado (no en vano uno de sus primeros éxitos fue Mientras dormías) pero que no es suficiente para enturbiar una buena película que sin carcajadas demasiado estridentes (además de que los mejores gags se destripan en el tráiler) sí mantiene la sonrisa perpetua durante todo el metraje.

Si además, invita a la reflexión, ¿qué más se puede pedir?

miércoles, 31 de julio de 2013

AHORA ME VES... (7d10)

Curioso el título de esta película que hace referencia a las populares frases que usaban los prestidigitadores para embaucar a su público durante sus juegos de manos. “Nada por aquí, nada por allí”, decían, o “ahora lo ves, ahora no lo ves”. Cosas así. Y de esto va la película, de juegos de ilusionismo, trucos (nada baratos) de magia al servicio del más puro concepto de espectáculo.
“Señoras y señores: ¡presten atención! ¡Acérquense más, por favor! Observen: en una mano sujeto a David Copperfield. En la otra están los chicos de Ocean’s Eleven. Unos toques mágicos y… ¡voilà!”
Y esto es Ahora me ves…: un reparto impactante y distinguido que juegan a combinar magia con pirotecnia, imitando al mago que hizo desaparecer a la Estatua de la Libertad ante miles de testigos. Pero el fin oculto, claro está, no es lo que parece a simple vista.
Lo explicaré un poco mejor: un cuarteto de magos especializado en diversos estilos (J. Daniel Atlas –Jesse Eisenberg- el ilusionista, Henley Reeves –Isla Fisher- la escapista, Merritt McKinley –Woody Harrelson- el mentalista y Jack Wilder -Dave Franco- el prestidigitador) son reunidos por una figura misteriosa y forman un grupo llamado Los cuatro Jinetes, que bajo el amparo del magnate Arthur Tressler (Michael Caine), debutan en Las Vegas con el asombroso truco de robar un banco en directo. Un banco que, para más inri, está en Francia. Naturalmente, la policía no se quedará de brazos cruzados y encargan la investigación a Dylan Rhodes (Mark Ruffalo), que hará equipo con la agente de la Interpol  Alma Dray (Mélanie Laurent) mientras recibirán la ayuda (o la interferencia, nunca se sabe) de Thaddeus Bradley (Moorgan freeman), un mago retirado que tiene un famoso programa en Internet en el que se dedica a desenmascarar a otros artistas del ramo.
Algunas voces críticas han calificado esta película como una tontería; bien filmada, pero tontería al fin y al cabo; a lo que yo respondo: ¿es la magia una tontería? Cuando vemos a un tipo trajeado hacer desaparecer un conejo de su chistera, o atravesar con espadas a su hermosa ayudante, o cuando el gran Juan Tamariz adivina la carta en la que estamos pensando… ¿es una tontería? Sí, por supuesto. La magia no existe. Al menos, no a ese nivel.  Es evidente que si alguien tuviese el poder de leer la mente tendría metas más ambiciosas que la de entretener a un puñado de embobados espectadores pero… ¿acaso no los contemplamos boquiabiertos, estrujándonos los sesos para tratar de adivinar el truco o incluso compramos a nuestros niños juegos de mesa para que los imiten? ¿Es eso una tontería?
Dirigida por Louis Leterrier (me gustó El increíble Hulk pero algo menos Furia de Titanes), la película no plantea una trama excesivamente inteligente, ni fuerza al espectador a devanarse los sesos. No plantea cuestiones éticas ni reflexiona sobre la sociedad actual. Tampoco lo pretende. Es un espectáculo, un divertimento de verano, una fantasía muy bien interpretada (curioso que dos monstruos de la pantalla como Freeman y Caine no hayan compartido plano nunca, aunque sí cartel en la trilogía del Caballero Oscuro) por actores tan variopintos como efectivos (Jesse Eisenberg crece en cada película, logrando personajes tan diferentes como el patético Columbus de Bienvenido a Zombieland –donde coincidía ya con Harrelson-, el frío y distante Mark Zuckerberg en La Red Social o el embaucador que aquí nos ocupa). La dirección es espectacular, con virtuosos movimientos de cámara que resaltan la grandilocuencia de los Cuatro Jinetes  y un ritmo trepidante acompañado de una música casi omnipresente que acentúa el misterio y la emoción, y con un montón de malabarismos que nos distraerán del punto de la pantalla en la que se descubre el truco. Quizá cuando pasen unos meses hayamos olvidado completamente esta película, pero durante las dos horas que dura no podremos ni parpadear un segundo por miedo a perdernos algo.
En el fondo todo es un engaño, una patraña camuflada bajo la apariencia de un bonito regalo. Pero a veces es divertido dejarse engañar, ¿no?

Sí, posiblemente Ahora me ves… sea una tontería. Tanto como cualquier buen truco de magia. Al fin y al cabo, por algo dicen que el cine es magia.

lunes, 13 de mayo de 2013

OBJETIVO: LA CASA BLANCA (7d10)

Resulta curioso como en Hollywood, en ocasiones, coinciden en el tiempo dos proyectos de características similares, aparentemente de forma casual. Hace unos años tuvimos, por ejemplo, dos películas sobre meteoritos que caían a la Tierra, dos adaptaciones de Robin Hood, dos versiones del duelo en OK Corral y, este pasado año,  sin ir más lejos, tres Linconls (aunque la del cazador de vampiros bastante menos ortodoxa) y dos Blancanieves (sin contar la de Pablo Berges, que también es harina de otro costal). Pues buen, de nuevo nos encontramos con dos obras de idéntica temática que se estrenarán con apenas un par de meses de diferencia: Asalto al poder, de Ronald Emmerich, y la que nos ocupa, dos puntos de vista sobre un supuesto ataque terrorista en el edificio más protegido y emblemático del mundo.

Dicen sus responsables que para escribir el guion realizaron exhaustivas investigaciones que confirman que todo lo que se ve en pantalla podría producirse en la realidad y tan seguros están de ello que la escena del asalto está filmada en tiempo real. No sé hasta qué punto será eso cierto, pero quien acuda a ver esta película con esperanza de ver algo con tintes documentales o algún elemento de crítica al poder gubernamental,  que se vaya olvidando. Objetivo: la Casa Blanca es una película de palomitas, con mucha acción,  mecha espectacularidad y cero reflexión. No hay tiempo para las metáforas sociales,  ni falta que le hace. Objetivo: la Casa Blanca es una peli de tiros, violencia y explosiones,  y como tal no puede ser más sincera.
La película está dirigida por Antonie Fuqua, responsable entre otras de Training day, El rey Arturo o Los amos del Brooklyn, y cuenta la historia de Mike Banning (Gerard Butler), jefe de seguridad del Presidente (Aaron Eacklear) a  la par que amigo, hombre de confianza de su mujer y todo un ejemplo a seguir por el hijo adolescente de estos. Pero todo cambia cuando durante un accidente de coche no puede evitar la muerte de la primera dama. Reubicado desde entonces en un despacho será testigo en primera persona del asalto de los terroristas y no dudará en volver a la acción, mientras el presidente del parlamento (Morgan Freeman) se hace cargo de tomar el mando del país en tan crítica situación.
Dirigida con corrección y un buen control del ritmo, lo que más se puede echar en falta en la película es un protagonista con más carisma. Butlet nos tiene acostumbrados a alternar comedias románticas con papeles de duro (300, Un ciudadano ejemplar,...) y hay que reconocer que se esfuerza por hacer creíble su personaje, pero algo falla a la hora de conectar con el público. No puedo evitar imaginarme la misma película interpretada por Bruce Willis, por ejemplo, llevando a su John McClaine a salvar al Presidente en la que podría haber sido una secuela de Jungla de Cristal mucho más apetecible que esa chorrada de Un buen día para morir. Tanto es así que Freeman, sin apenas levantarse de un sillón en todo el metraje, hace suya la peli.
Pese a ello, entretenida cinta de evasión que atrapa durante sus 120 minutos de duración sin aburrir en ningún momento y que supone  una buena descarga de adrenalina al más puro estilo americano.

domingo, 14 de abril de 2013

OBLIVION (8d10)

Una vez más quiero dedicar la crítica de una película a los señores del CSI, a los que, como dice la canción de Arjona, odio con todo el amor de mi vida, que la han puesto a caer de un burro. La han repudiado por recordarles en espíritu a 2002, odisea en el espacio, estando a años luz de esta, se han burlado de su final que recuerda al de Los últimos días (sí,  seguro que como productor Tom Cruise no tiene nada mejor que hacer que espiar a los hermanos Pastor para copiar sus guiones), que si es moralista, que si le falta mensaje, que si el ritmo es lento, que si Tom Cruise sale mucho, que si Morgan Freeman poco... ¡Basta ya! El problema se resume en un concepto simple: es una peli de Tom Cruise, y ya se sabe que a Tom Cruise hay que atizarle haga lo que haga, que es lo que se lleva, ya se implique en papeles arriesgados como el de Rock of ages o thrillers interesantes como Jack Reacher.
En Oblivion interpreta a Jack, una especie de técnico de mantenimiento que, con la única compañía de su mujer Victoria (Andrea Riseborough), se encarga de supervisar a unos droides destinados a extraer los recursos naturales de un planeta Tierra abandonado tras una guerra contra una raza extraterrestre. Sin embargo, aún permanece un grupo de supervivientes terrestres, encabezados por Beech (Morgan Freeman) y con Sykes (Nikolaj Coster-Waldau, popular por Juego de Tronos y visto también en Mamá) que tratarán de tocar las narices a los técnicos.
Ciertamente, muchas son las influencias que Joseph Kosinski (director y creador de la idea original) ha recibido para Oblivion, desde el concepto de una Tierra deshabitada mantenida por robots de Wall-e hasta la idea de los clones de Moon, pasando por el estilo intimista y reflexivo de la ya mencionada 2001. Así que acepto una falta de originalidad en este pastiche de clásicos, aunque al menos Kosinski no se ha limitado a copiar sin más, sino que ha extraído lo mejor de cada idea y hacerlas suyas,  dándole una entidad propia. ¿Acaso no es lo que siempre ha hecho Tarantino y por lo que todos le hemos aplaudido? Así, Oblivion propone una trama futurista reflexiva, cocinada a fuego lento, creándose en ese nuevo mundo en que se ha convertido la Tierra tras la guerra y deleitándonos en paisajes imposibles que apabullan visualmente y nos recuerdan que Kosinski fue arquitecto antes que cineasta. Es entonces cuando aparece el personaje de Julia (una Olga Kurylenko bastante mejor de lo habitual) y se plantea un misterio que cambiará todo en lo que creíamos hasta ahora y entraremos en una nueva película donde, ahora sí,  la acción primará por encima de todo. Hasta llegar a su desenlace final, tan terriblemente trágico como a la vez optimista que, sin entrar en spoilers, solo diré que encontré perfectamente lógico. Y a quien no le haya gustado es que, simplemente, no ha sabido entender la película.
Cruise es aquí más omnipresente que nunca, pero por una vez lo encuentro justificado, ya que solo así se entiende la soledad que siente en un mundo desaparecido, una soledad que ni siquiera Victoria puede mitigar.
En una época en la que prevalecen las explosiones y la ciencia ficción parece que tenga que ser sinónimo de oscuridad se agradecen películas como esta,  que invitan a disfrutar de la experiencia de la gran pantalla con una historia inteligente y un personaje bien definido. No estará, eso es cierto, a la altura de los films en los que se inspira, pero ese es el precio de codearse con los más grandes.

Oblivion no será una obra maestra,  pero si una magnífica película. Le pese a quien le pese.