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viernes, 17 de agosto de 2018

THE EQUALIZER 2

Hace ya cuatro años Antonie Fuqua y Denzel Washington repetían colaboración tras Training Day. Deben formar buen equipo, pues desde entonces han vuelto a coincidir en Los Siete Magníficos y vuelven a hacerlo en esta secuela de The Equalizer, en la que también repite el guionista Richard Wenk, que consigue ir un poco más allá e incluso superar el nivel de aquella.

Uno de los reproches que hice en su momento a The Equalizer es su total falta de credibilidad, con un héroe todopoderoso e implacable. En The Equalizer 2 el protagonista sigue en la misma estela, pero Faqua se preocupa por humanizarlo un poco más, evitando así que la película sea una mera repetición de aquella y ampliando el mundo de Robert McCall.
En esta ocasión, McCall tiene un trabajo que le permite conocer a todo tipo de gente y aprovechar sus habilidades únicas para “desfacer” entuertos, siempre con un punto de lógica humanidad por en medio. Posiblemente ese fue el argumento que emplearon para seducir a Washington, ya que esta es la primera secuela que acepta protagonizar en toda su extensa carrera. Por fin conocemos algo más el pasado de McCall y lo vemos interrelacionar con el mundo que lo rodea, no es ese lobo solitario y amargado que pasaba noches en vela leyendo en una cafetería. En este sentido, el personaje sale muy enriquecido y reforzado, convirtiendo el dolor que lleva por dentro en una motivación para luchar por causas perdidas, ya sea atravesando medio mundo para devolver a una niña a los brazos de su madre o ayudar al vecino cuya incursión en un grupo pandillero no puede más que acarrearle problemas.
Esto no significa, sin embargo, que Fuqua se olvide de la acción. The Equalizer 2 tiene acción, y mucha, decorando una trama con tintes de intriga y falsas pistas que tampoco es que se salgan del camino habitual. Cierto es que la verosimilitud puede quedar de nuevo en entredicho, pero el ritmo narrativo está mejor medido esta vez, y aunque el acto final sea una traca apoteósica, hay suficientes escenas de lucha a lo largo de toda la película, muy sangrientas y crueles, como para perdonarle ciertas licencias.
The Equalizer 2 es dura y contundente, con puñetazos que llegan a doler al espectador y muertes tan salvajes que, hay que reconocerlo, se llegan a disfrutar con cierto sadismo. La historia, más allá de ese intento de profundizar más en McCall, no es que sea nada del otro mundo, pero el buen trabajo de Washington y la pericia de Fuqua lo compensan a la perfección.
Se echa en falta el punto de diversión de películas como, por ejemplo, Misión Imposible: Fallout, aunque algo más de humor que en la primera entrega sí que hay, pero se puede entender la película como una cara B más seria y despiadada del título de Tom Cruise, y disfrutar de una sesión doble que podría ser, junto a Los Increíbles 2, de lo mejor de este verano.

Valoración: Siete sobre diez.

lunes, 24 de octubre de 2016

SNOWDEN: un brillante (aunque discutible) Oliver Stone.

Existen dos maneras de adentrarse en esta película, y dependiendo de la manera elegida de puede aceptar mejor o peor a Snowden, el último título del director Oliver Stone que, como es habitual en él, viene precedido por la polémica.
Por un lado, siendo una biografía de un personaje real, podemos analizarla como un retrato supuestamente fiel a lo sucedido y a la realidad del personaje protagonista. Quizá ahí sea donde más se pueda poner en duda la parcialidad del director, que ha contado con la colaboración del propio Snowden para la realización del film así como del diario The guardian, que se hizo cargo de difundir los secretos de estado revelados por el agente de la CIA. Es bien sabido que Stone se inclina mucho a la izquierda y es posible que esas inclinaciones deformen parte de la personalidad y las acciones de un hombre considerado traidor en su país y que en la película queda dibujado no sólo como un héroe sino casi como un santo, sin una sola sombra que enturbie su figura.
Sin embargo, más allá de consideraciones políticas, esto de lo que se trata es de analizar una película. Y como película hay que reconocer que Snowden es impecable. Consiguiendo explicar de manera sencilla y clara los acontecimientos que llevaron a Ed Snowden a traicionar la confianza de su gobierno (de una manera que me recuerda a la inferior El quinto poder), la película usa como excusa argumental la grabación del reportaje que Laura Poitras y los periodistas de The guardian le hicieron en la habitación de un hotel de Hong Kong (y que se complementaría perfectamente con esta película para una sesión doble) para rememorar sus primeros pasos en la CIA, su historia de amor con Lindsay Mills y los motivos que transformaron a un idealista patriota en un liberar que termino por filtrar secretos de estado, relacionados sobre todo con el espionaje ilegal a millones de ciudadanos de todo el mundo.
Sí se echa en falta, posiblemente, la presencia de algún personaje bienintencionado capaz de defender la postura gubernamental, pudiendose haber convertido la película en un debate más que en una simple acusación.
Con el miedo a la impotencia ante el espionaje masivo de los Estado unidos como nota de relleno, la película cuenta con un reparto espectacular, encabezado por un Joseph Gordon-Levitt acostumbrado a mimetizarse para parecerse al personaje que interpreta (aunque aquí está mucho más convincente que en El desafío) y una gran Melisa Leo que da vida a Poitras. Ideologías políticas aparte, no cabe la menor duda de que Stone es un gran director, y aquí lo demuestra una vez más con una historia muy bien narrada, que mantiene la intriga en todo momento, pese a los tecnicismos utilizados y al hecho de conocer de antemano el desenlace, y que logra emocionar a la vez que indignar. Una película que puede invitar a la reflexión y que es un nuevo dardo envenenado a la política exterior (e interior) de los Estados Unidos.

Valoración: Ocho sobre diez. 

domingo, 10 de abril de 2016

OBJETIVO: LONDRES: Pasó el tiempo de los chicos buenos...

Hace un par de entradas he comentado el estreno de Las Crónicas de Blancanieves: El Cazador y la Reina del Hielo, que era una secuela de una película de hace unos años que coincidió en su fecha de estreno con otra de igual argumento. 
Exactamente lo mismo sucede en el caso del otro estreno “blockbuster” de esta semana, Objetivo:Londres, secuela de Objetivo: la Casa Blanca que en 2013 compitió en taquilla contra Asalto al poder, ese film de Roland Emmerich de inferior calidad pero más espectacularidad. Con Babak Najafi sustituyendo a los mandos a Antoine Fuqua, Objetivo: Londres parece querer emular a esa Asalto al poder aumentando la dosis de espectacularidad de su predecesora pero bajando algo el listón artístico.
Con Gerard Butler de nuevo como el tipo duro que salva la situación y Aaron Eckhart en el papel de Presidente de los Estados Unidos la acción se traslada esta vez a la capital británica, donde el inesperado fallecimiento del Primer Ministro convoca a los principales mandatarios del mundo para un funeral que es un verdadero quebradero de cabeza para los respectivos cuerpos de seguridad.
De nuevo cualquier trasfondo reflexivo se deja de lado (hay alguna insinuación sobre la posibilidad de que los propios gobiernos sean los culpables de sus males, pero se deshecha de inmediato), incluyendo el aspecto sentimental (en eso Emmerich solía ser más cuidadoso), obviando al momento las muertes más dolorosas en pos a que todo conduzca a un final feliz. Es esta una película de explosiones, con la destrucción de los principales monumentos nacionales y que si bien no aporta nada novedoso (visualmente hablando) a las destrucciones ya perpetradas por el mencionado Emmerich o Michael Bay (el otro maestro de la destrucción) sí añade un elemento de angustia y terror (que no han sabido potencial, por cierto) al ver que la tragedia no viene de la mano de monstruos mutantes o alienígenas, sino algo tan real y tangible como el terrorismo. Aun así, pese a que los acontecimientos del 11-S cambiaron nuestra manera de ver las amenazas terroristas, tiene todo en esta película un velo de inverosimilitud demasiado evidente, sin que en  ningún momento se esfuercen en pretender que nos creamos la historia merced de un plan de ejecución por parte de los malos tan complejo como imposible. Por ello, el camino más fácil de evitar el ridículo sea pasar totalmente de cualquier tipo de explicación y que nunca nos entremos de cómo consiguen la mayoría de los objetivos.
Recuerdo cuando se estrenó la primera película que sus defensores (yo entre ellos) la definieron como La Jungla de Cristal 5 (y es que la verdadera Jungla de Cristal 5, esa cosa llamada Un buen día para morir, nunca existió para sus fans), y Mike Banning (el personaje encarnado por Butler) recogía el testigo de John McClaine. Sin embargo, son tiempos difíciles, y el McClaine de Bruces Willis parecería una hermanita de la caridad al lado de Banning. Ya estamos acostumbrados a los héroes oscuros y vengativos, con los personajes de Liam Neeson a la cabeza y en una generación en la que Superman y Batman matan, pero Banning está un poco pasado de rosca. 
Más allá de la posible implicación por su sentido del deber y su amistad personal con el Presidente, esta no es una historia de venganza, sino de supervivencia, pero la manera de actuar de Banning parecen un acto de venganza hacia todo el mundo islámico, por más que por motivos de corrección política se disfrace a los terroristas de traficantes de armas sin claros trasfondos políticos o religiosos más allá del dinero (aunque por el otro bando, la película rezuma patriotismo americano hasta límites insospechados). 
En un momento de la trama Banning retiene a un enemigo y lo tortura con sadismo para que el hermano de este oiga sus gritos de agonía. Entonces, el Presidente le pregunta: “¿Es realmente necesario?” y Banning, imperturbable, responde: “No”. Y todo el cine se parte de risa. Este es un resumen perfecto del tipo de película que tenemos entre manos, en la que los tipos buenos ya no lo son tantos y el ojo por ojo está a la orden del día. Todo vale si es para defender nuestra bandera y el honor y los valores son ya cosa de otro tiempo.
Y no sé qué es peor, que la película presuma de esa violencia gratuita sin complejos, o que el público disfrutemos de ello, riéndonos del dolor ajeno y de la crueldad de un protagonista que en ningún momento tiene los matices ni motivaciones que podría tener el Mel Gibson de Rescate o el mencionado Neeson en la saga Venganza.
Tenemos, pues, un producto de puro disfrute, con acción a borbotones, violento y espectacular, algo plano en su dirección pero con una escena en concreto bastante llamativa, un largo asalto a un edificio que demuestra que hoy en día eso de hacer interminables planos secuencia (con trampa, pero bueno) no es ya demasiado meritorio (¿te enteras, Iñárritu?) y que tiene un simpático aroma a videojuego totalmente intencionado.
No está a la altura de la primera ni será considerada como La Jungla de Cristal 6, pero tampoco me importaría, con lo de moda que están ahora los crossovers o Universos Compartidos, que algún día este Banning se cruzase en su camino con el bueno de McClaine.

Valoración: Seis sobre diez.

domingo, 24 de enero de 2016

LA GRAN APUESTA: los días previos al apocalipsis financiero.

Desde que en el 2008 estallara la burbuja inmobiliaria que provocó una de las crisis económicas más devastadoras que se recuerdan, sobre todo por ser un problema prácticamente global, muchas han sido las películas que han llegado desde Hollywood tratando de explicar lo que pasó.
The Company men, Margin Call, el documental Inside Job o incluso El lobo de Wall Street pretendían dar pinceladas que ayuden a entender al ciudadano de a pie porqué los banqueros hicieron lo que hicieron y quién lo permitió.
La gran apuesta pretende ofrecer su granito de arena en tan complicado propósito, poniendo a los bancos en el punto de mira y tratando de esclarecer términos y conceptos casi imposibles de asimilar. Atravesando la cuarta pared en repetidas ocasiones, contando incluso con figuras internacionales (Selena Gómez, Margott Robbie o el cheff Anthony Bourdain, por ejemplo) hablando directamente a cámara para explicar algún palabro económico concreto, que en palabras del protagonista de la película (Jared Vennett, interpretado por Ryan Gosling), son un invento de Wall Street para que no entendamos una mierda.
La película es bastante coral, aunque el personaje de Gosling hace de narrador e hilo conductor. Junto a él se encuentran una serie de tipos fuera del sistema que detectan años antes el caos que va a acontecer y tratan de evitarlo, ya sea por cuestiones morales o con el fin de enriquecerse ellos mismos de la desgracia ajena. Creerse que las buenas intenciones de algunos en la vida real sean tal y como se describen en la película es decisión de cada uno.
La película adapta con ingenio el libro de Michael Lewis, una obra de no ficción, casi un manual de economía, que podría parecer imposible de adaptar y que Adam McKay hace francamente bien, consiguiendo aclarar muchas cosas con una punzante ironía que, sin llegar a recaer en la comedia pura, resulta cruelmente divertida. Y ya tiene narices que seamos capaces de divertirnos con una estafa tan enorme y que, de una manera u otra, nos llegó a afectar a todos (bueno, menos al presidente Zapatero, que quizá no se haya enterado aún de lo que pasaba).
Puede que una de las claves de la película sea la acertada elección de los actores, todos ellos a un excelente nivel, destacando el excéntrico y descontrolado Christian Bale, el ufano (cosa rara en él) Ryan Gosling, un renovado Steve Carrell (que parece querer volcarse en películas de carácter más serio, como demostró con Foxcatcher) o Brad Pitt, que acostumbra a reservarse un pequeño pero intenso papel en las películas que produce (aunque su aparición aquí es algo más generosa que su paseo por 13 años de esclavitud).
No está claro si la película simplemente aspira a ser un divertimento inspirado en lo que pasó o si tiene aspiraciones de panfleto acusador, pero el caso es que refleja bastante bien la sociedad de la época, los excesos, el mirar hacia otro lado y el silencio ante un escándalo que crecía hasta volverse imparable.
Siendo sincero (y quizá la culpa sea mía y sólo mía) no todo lo que explica me queda totalmente claro, y hay un momento que pierdo la perspectiva de la realidad con tantos bonos, emisiones de CDO, hipotecas subprime y triples A. Pero no importa. Donde no me llega la comprensión me llega la acción. Y al final, gracias al ritmo y a la interpretación, alcanzo a comprender el gran secreto de todo esto. Siempre pagan los mismos. Y, entre sonrisas y chascarrillos, el fondo de la película da mucho miedo. Porque la conclusión es que la culpa es nuestra y solo nuestra, porque no tenemos remedio.
La película no revela ninguna verdad oculta ni sirve para quitar ninguna venda de los ojos, pero señala con dureza y explica un desarrollo de acontecimientos previos a este profético “fin del mundo” que se digiere con la resignación con la que podemos recibir una patada en el estómago y encima sonreír.

Valoración: 8 sobre 10.

martes, 21 de octubre de 2014

THE EQUALIZER (EL PROTECTOR) (7d10)

Inspirada muy ligeramente en una conocida serie televisiva que por estos lares se vio, por lo menos, por algún canal autonómico, The Equalizer supone el reencuentro entre el actor Denzel Washington y el director Antoine Fuqua después del buen resultado que tuvieron con Día de entrenamiento (Oscar al mejor actor para Washington).
La película cuenta (con muy pocos detalles) la historia de Robert McCall, un simple trabajador  en un almacén de bricolaje, muy amigo de sus amigos y con un aire de melancolía que se refleja en sus noches de insomnio al amparo de un buen libro en una cafetería. Sin embargo, no se tarda demasiado en descubrir que las cosas no son lo que parecen y que hay algo oscuro tras este hombre afable y de buen corazón.
Resulta harto complicado definir el film en una sola palabra, pues contiene demasiados elementos negativos como para poder definirla simplemente como una buena película. Empezando por los personajes, exageradamente arquetipos, con unos buenos muy buenos y unos malos muy malos, sin matices ni claroscuros.
Luego está el tema de la credibilidad. Nada de lo que sucede es factible, y el tal McCall se nos presenta como un héroe cuasi indestructible, una máquina de matar perfecta que dejaría en ridículo a machos como Chuck Norris o Charles Bronson. 
De hecho, no sería exagerado decir que la película recuerda mucho a esos títulos de justicieros implacables de los ochenta, de manera que si el protagonista llevase gafas de sol, una cerilla en la boca y un apodo surgido de su apellido italiano o si condujese un descapotable al ritmo de AC/DC y tratara de vengar la muerte de su primo segundo favorito, ustedes ya me entienden, no nos extrañaría en absoluto.
Sin embargo, y pese al punto de seriedad y dramatismo que trata de dotar a su personaje Denzel Washington (y mira que le salen bien las miradas perdidas llenas del más absoluto vacío), sobre todo en lo referente a su relación con el personaje de Chloë Grace Moretz (una prostituta rusa perteneciente a la mafia), esta nueva versión de El Ecualizador (aquí subtitulada como El Protector) podría ser la pareja de baile de la recientemente comentada The Guest, cinta inédita aún en España pero que se dejó ver por el festival de Sitges. Ambas son, en resumen, una soberana tontería, una colección de muertes a cual más burra que, analizadas fríamente, no se sostienen por ningún lado, pero ambas tienen, a su vez, algo que mola. Si The Equalizer se hubiese presentado en Sitges (o en algún festival de similares características) seguramente habría arrancado cientos de aplausos coreando sus escenas más sangrientas, ya que la falta de humor de The Equalizer se compensa con la bestialidad de la mayoría de las muertes de los malos, algunas rozando el gore.
No diré ningún spoiler importante si aseguro que nadie puede con McCall y eso, como en los buenos tiempos de Segal, mola. Absurdo e incoherente todo, de acuerdo, pero efectivo. Washington parte la pana, y no hay más que comentar.

jueves, 17 de octubre de 2013

PRISIONEROS (7d10)

Puede que no sea una definición muy académica, pero personalmente considero película de cine todo aquel producto que ha sido estrenado en una sala comercial, es decir, todas las películas que no son consideradas X (y no es este el foro adecuado para recordar la absurda polémica que provocó hace unos años la ministra de cultura con la prohibición del estreno de una de las partes de la saga Saw) o destinadas directamente al circuito televisivo o, incluso, a su visionado directo en la red o en venta en DVD (por desgracia vamos a tener que ir olvidándonos del concepto de películas de videoclub).
Digo esto porque al comenzar el visionado de Prisioneros uno tiene una sensación similar al principio de la recomendable El mensajero, como si de un domingo por la tarde se tratase y estuviésemos acomodados en el sillón de casa viendo que telefilm nos ofrece la cadena de turno. Así que lo primero que se piensa es: ¿qué pinta Hugh Jackman (lo mismo que decíamos en el otro ejemplo con Dwayne Johnson) en un drama de sobremesa?
Y es que el arranque no puede ser más tópico: Dos familias felices son truncadas cuando alguien secuestra a las respectivas niñas y, ante la aparente ineficacia de la policía, el padre de una de ellas decide actuar por su cuenta. Vamos, otra vuelta de tuerca al ya clásico “padre coraje”.
Hay, sin embargo, algunos detalles que nos indican que no estamos ante un telefilm al uso. Para empezar, el reparto, encabezado por un magnífico Hugh Jackman que cada dos por tres nos recuerda que hay vida más allá de Lobezno (aunque todos sabemos, él incluido, que nunca se librará del estigma del mutante) y acompañado por unos más que correctos Jake Gyllenhaal, Viola Davis, Maria Bello, Terrence Howard, Melissa Leo y Paul Dano, todos nombres reconocibles que brillan con luz propia y conforman el primer punto de interés del film.
El segundo punto en que debemos fijar nuestra atención es en el director, Denis Villeneuve, que ya fue nominado al Oscar por Incendius y que en breve volverá a remover nuestras consciencias con Enemy, de nuevo con Gyllenhaal en el reparto.
Pero el plato fuerte de la película es, no ya su historia (el lema es directo: ¿hasta dónde llegaría un padre por salvar a su hija?) sino el desarrollo de la misma. Partiendo como un thriller clásico y hasta cierto punto tópico la trama va introduciéndose en un terreno pantanoso y enfermizo plagada de decisiones difíciles aunque comprensibles y de escenas incómodas de ver, con giros de guion constantes (algunos más previsibles que otros) aunque siempre inteligentes pero que no lastran el resultado final, como sucede con otras películas de estas características, pues al final descubrimos que, por encima de saber dónde o cómo están las niñas, esta es una película de personajes, de enfrentamientos entre carácteres, de desesperación y de sacrificio.
Con una estética visual brillante, la película nos sumerge en una angustiante carrera contrarreloj en la que su principal virtud es la facilidad con la que el espectador consigue identificarse no ya con el protagonista sino con cualquiera de los personajes principales, ya sea un torturador, un supuesto asesino de niñas o un  padre atormentado con serios problemas de conciencia.
Así que no, definitivamente, no es un telefilm. Es la demostración de que una historia desgraciadamente demasiado cotidiana puede resultar en una gran película. Y tan dura que por momentos ni siquiera parece americana. Aunque lo es.

De ahí su final.

lunes, 13 de mayo de 2013

OBJETIVO: LA CASA BLANCA (7d10)

Resulta curioso como en Hollywood, en ocasiones, coinciden en el tiempo dos proyectos de características similares, aparentemente de forma casual. Hace unos años tuvimos, por ejemplo, dos películas sobre meteoritos que caían a la Tierra, dos adaptaciones de Robin Hood, dos versiones del duelo en OK Corral y, este pasado año,  sin ir más lejos, tres Linconls (aunque la del cazador de vampiros bastante menos ortodoxa) y dos Blancanieves (sin contar la de Pablo Berges, que también es harina de otro costal). Pues buen, de nuevo nos encontramos con dos obras de idéntica temática que se estrenarán con apenas un par de meses de diferencia: Asalto al poder, de Ronald Emmerich, y la que nos ocupa, dos puntos de vista sobre un supuesto ataque terrorista en el edificio más protegido y emblemático del mundo.

Dicen sus responsables que para escribir el guion realizaron exhaustivas investigaciones que confirman que todo lo que se ve en pantalla podría producirse en la realidad y tan seguros están de ello que la escena del asalto está filmada en tiempo real. No sé hasta qué punto será eso cierto, pero quien acuda a ver esta película con esperanza de ver algo con tintes documentales o algún elemento de crítica al poder gubernamental,  que se vaya olvidando. Objetivo: la Casa Blanca es una película de palomitas, con mucha acción,  mecha espectacularidad y cero reflexión. No hay tiempo para las metáforas sociales,  ni falta que le hace. Objetivo: la Casa Blanca es una peli de tiros, violencia y explosiones,  y como tal no puede ser más sincera.
La película está dirigida por Antonie Fuqua, responsable entre otras de Training day, El rey Arturo o Los amos del Brooklyn, y cuenta la historia de Mike Banning (Gerard Butler), jefe de seguridad del Presidente (Aaron Eacklear) a  la par que amigo, hombre de confianza de su mujer y todo un ejemplo a seguir por el hijo adolescente de estos. Pero todo cambia cuando durante un accidente de coche no puede evitar la muerte de la primera dama. Reubicado desde entonces en un despacho será testigo en primera persona del asalto de los terroristas y no dudará en volver a la acción, mientras el presidente del parlamento (Morgan Freeman) se hace cargo de tomar el mando del país en tan crítica situación.
Dirigida con corrección y un buen control del ritmo, lo que más se puede echar en falta en la película es un protagonista con más carisma. Butlet nos tiene acostumbrados a alternar comedias románticas con papeles de duro (300, Un ciudadano ejemplar,...) y hay que reconocer que se esfuerza por hacer creíble su personaje, pero algo falla a la hora de conectar con el público. No puedo evitar imaginarme la misma película interpretada por Bruce Willis, por ejemplo, llevando a su John McClaine a salvar al Presidente en la que podría haber sido una secuela de Jungla de Cristal mucho más apetecible que esa chorrada de Un buen día para morir. Tanto es así que Freeman, sin apenas levantarse de un sillón en todo el metraje, hace suya la peli.
Pese a ello, entretenida cinta de evasión que atrapa durante sus 120 minutos de duración sin aburrir en ningún momento y que supone  una buena descarga de adrenalina al más puro estilo americano.

domingo, 14 de abril de 2013

OBLIVION (8d10)

Una vez más quiero dedicar la crítica de una película a los señores del CSI, a los que, como dice la canción de Arjona, odio con todo el amor de mi vida, que la han puesto a caer de un burro. La han repudiado por recordarles en espíritu a 2002, odisea en el espacio, estando a años luz de esta, se han burlado de su final que recuerda al de Los últimos días (sí,  seguro que como productor Tom Cruise no tiene nada mejor que hacer que espiar a los hermanos Pastor para copiar sus guiones), que si es moralista, que si le falta mensaje, que si el ritmo es lento, que si Tom Cruise sale mucho, que si Morgan Freeman poco... ¡Basta ya! El problema se resume en un concepto simple: es una peli de Tom Cruise, y ya se sabe que a Tom Cruise hay que atizarle haga lo que haga, que es lo que se lleva, ya se implique en papeles arriesgados como el de Rock of ages o thrillers interesantes como Jack Reacher.
En Oblivion interpreta a Jack, una especie de técnico de mantenimiento que, con la única compañía de su mujer Victoria (Andrea Riseborough), se encarga de supervisar a unos droides destinados a extraer los recursos naturales de un planeta Tierra abandonado tras una guerra contra una raza extraterrestre. Sin embargo, aún permanece un grupo de supervivientes terrestres, encabezados por Beech (Morgan Freeman) y con Sykes (Nikolaj Coster-Waldau, popular por Juego de Tronos y visto también en Mamá) que tratarán de tocar las narices a los técnicos.
Ciertamente, muchas son las influencias que Joseph Kosinski (director y creador de la idea original) ha recibido para Oblivion, desde el concepto de una Tierra deshabitada mantenida por robots de Wall-e hasta la idea de los clones de Moon, pasando por el estilo intimista y reflexivo de la ya mencionada 2001. Así que acepto una falta de originalidad en este pastiche de clásicos, aunque al menos Kosinski no se ha limitado a copiar sin más, sino que ha extraído lo mejor de cada idea y hacerlas suyas,  dándole una entidad propia. ¿Acaso no es lo que siempre ha hecho Tarantino y por lo que todos le hemos aplaudido? Así, Oblivion propone una trama futurista reflexiva, cocinada a fuego lento, creándose en ese nuevo mundo en que se ha convertido la Tierra tras la guerra y deleitándonos en paisajes imposibles que apabullan visualmente y nos recuerdan que Kosinski fue arquitecto antes que cineasta. Es entonces cuando aparece el personaje de Julia (una Olga Kurylenko bastante mejor de lo habitual) y se plantea un misterio que cambiará todo en lo que creíamos hasta ahora y entraremos en una nueva película donde, ahora sí,  la acción primará por encima de todo. Hasta llegar a su desenlace final, tan terriblemente trágico como a la vez optimista que, sin entrar en spoilers, solo diré que encontré perfectamente lógico. Y a quien no le haya gustado es que, simplemente, no ha sabido entender la película.
Cruise es aquí más omnipresente que nunca, pero por una vez lo encuentro justificado, ya que solo así se entiende la soledad que siente en un mundo desaparecido, una soledad que ni siquiera Victoria puede mitigar.
En una época en la que prevalecen las explosiones y la ciencia ficción parece que tenga que ser sinónimo de oscuridad se agradecen películas como esta,  que invitan a disfrutar de la experiencia de la gran pantalla con una historia inteligente y un personaje bien definido. No estará, eso es cierto, a la altura de los films en los que se inspira, pero ese es el precio de codearse con los más grandes.

Oblivion no será una obra maestra,  pero si una magnífica película. Le pese a quien le pese.