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viernes, 17 de agosto de 2018

THE EQUALIZER 2

Hace ya cuatro años Antonie Fuqua y Denzel Washington repetían colaboración tras Training Day. Deben formar buen equipo, pues desde entonces han vuelto a coincidir en Los Siete Magníficos y vuelven a hacerlo en esta secuela de The Equalizer, en la que también repite el guionista Richard Wenk, que consigue ir un poco más allá e incluso superar el nivel de aquella.

Uno de los reproches que hice en su momento a The Equalizer es su total falta de credibilidad, con un héroe todopoderoso e implacable. En The Equalizer 2 el protagonista sigue en la misma estela, pero Faqua se preocupa por humanizarlo un poco más, evitando así que la película sea una mera repetición de aquella y ampliando el mundo de Robert McCall.
En esta ocasión, McCall tiene un trabajo que le permite conocer a todo tipo de gente y aprovechar sus habilidades únicas para “desfacer” entuertos, siempre con un punto de lógica humanidad por en medio. Posiblemente ese fue el argumento que emplearon para seducir a Washington, ya que esta es la primera secuela que acepta protagonizar en toda su extensa carrera. Por fin conocemos algo más el pasado de McCall y lo vemos interrelacionar con el mundo que lo rodea, no es ese lobo solitario y amargado que pasaba noches en vela leyendo en una cafetería. En este sentido, el personaje sale muy enriquecido y reforzado, convirtiendo el dolor que lleva por dentro en una motivación para luchar por causas perdidas, ya sea atravesando medio mundo para devolver a una niña a los brazos de su madre o ayudar al vecino cuya incursión en un grupo pandillero no puede más que acarrearle problemas.
Esto no significa, sin embargo, que Fuqua se olvide de la acción. The Equalizer 2 tiene acción, y mucha, decorando una trama con tintes de intriga y falsas pistas que tampoco es que se salgan del camino habitual. Cierto es que la verosimilitud puede quedar de nuevo en entredicho, pero el ritmo narrativo está mejor medido esta vez, y aunque el acto final sea una traca apoteósica, hay suficientes escenas de lucha a lo largo de toda la película, muy sangrientas y crueles, como para perdonarle ciertas licencias.
The Equalizer 2 es dura y contundente, con puñetazos que llegan a doler al espectador y muertes tan salvajes que, hay que reconocerlo, se llegan a disfrutar con cierto sadismo. La historia, más allá de ese intento de profundizar más en McCall, no es que sea nada del otro mundo, pero el buen trabajo de Washington y la pericia de Fuqua lo compensan a la perfección.
Se echa en falta el punto de diversión de películas como, por ejemplo, Misión Imposible: Fallout, aunque algo más de humor que en la primera entrega sí que hay, pero se puede entender la película como una cara B más seria y despiadada del título de Tom Cruise, y disfrutar de una sesión doble que podría ser, junto a Los Increíbles 2, de lo mejor de este verano.

Valoración: Siete sobre diez.

miércoles, 22 de febrero de 2017

MOONLIGHT: Más cine racial reflexivo, intenso pero sobrevalorado.

Poco a poco seguimos avanzando hacia los Oscars y cada vez son menos las películas pendientes de estreno (ya se sabe que en este país se hace todo a última hora).
Moonlight, estrenada la semana pasada, es una de las pocas, junto a Manchester frente al mar, que puede hacer sombra a La la land!, no en vano se hizo con el Globo de Oro al mejor drama, aunque ya os vaticino que eso no va a ocurrir.
Con Brad Pitt como productor (y parece que últimamente eso se le da mejor que elegir papeles como actor), Moonlight está englobada dentro de esa corriente que ha llegado este año de películas “negras”, quizá en un intento de Hollywood de redimirse por la polémica del año pasado y que está provocando que se pase al lado contrario, igual de excesivo. Estamos ante la historia de Chiron contada en tres años, tres facetas de su vida en la que es un niño, un adolescente y un adulto. A través de ellas conoceremos el duro ambiente en el que este chaval negro de Miami ha tenido que crecer, rescatado de los problemas de drogadicción de su madre por una pareja que lo acogen como a un hijo, sufriendo bullying en el colegio y debiendo enfrentarse a su propia identidad sexual.
Barry Jenkins, director cuyo único trabajo anterior, Medicine for Melancholy, data de hace ocho años, dirige la película con un ritmo pausado, regodeándose en los silencios e invitando a que el espectador traspase la pantalla y se sienta partícipe de la película, contagiando la angustia y la claustrofobia de los barrios marginales de Miami y compartiendo la soledad de Chiron. 
Sin embargo, hay momentos en los que llega a abusar de esos recursos y su película, sobretodo en el último acto, entra en un peligroso bucle donde el lenguaje propio de Jenkins pierde fuerza y parece convertirse más en un mero ejercicio estilístico algo presuntuoso. Es evidente que la personalidad del director no se refleja con suficiente naturalidad y en demasiadas ocasiones la cosa queda muy forzada como para demostrarnos lo único y especial que es el tipo este. Además, la historia, que no es apropiada para cualquier tipo de espectador, falla a mi entender en su tramo final, cuando el protagonista deriva en aquello que más debía rechazar y toda la simpatía que se pueda sentir hacia él se desvanece en el acto. 
Supongo que eso es algo intencionado por parte de Jenkins, conocedor de que las calles de algunos barrios americanos son un círculo vicioso del que resulta difícil escapar, pero a mí, por lo menos, no me ha terminado de seducir.
El triple papel del protagonista está interpretado por Alex R. Hibbert, Ashton Sanders y Trevante Rhodes, y ninguno de los tres me parece que sobresalga especialmente. Afortunadamente, la calidad interpretativa recae en los secundarios, sobretodo el triángulo paternal que componen Mahershala Ali, Janelle Monáe (ambos compartían pantalla en Figuras ocultas) y Naomi Harris.
Moonlight es una película dura e incómoda, de esas cuyo abrupto final invita a que el espectador continúe pensando en ella tras el final del film. Sin embargo, es tan evidente y forzada esa pretensión de hacer reflexionar que en mi caso no llegó a funcionar, ya que peca de una artificiosidad que no va conmigo.
Casi hasta me atrevería a apostar que muchos de los críticos que la ponen por las nubes lo hacen por simple postureo, porque ante el convencionalismo clásico de La la land! Esta es la película independiente y antinatura a la que hay que alabar, independientemente de que la hayan llegado a ver o no.
Es una buena película, difícil y arriesgada, pero no es, ni de lejos, la obra maestra que nos quieren vender. O a lo mejor es que ya empiezo a cansarme de tanto “buenismo racial”.

Valoración: siete sobre diez.