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martes, 25 de diciembre de 2018

A CIEGAS

A ciegas supone el último gran estreno del año para Netflix en otra apuesta lujosa cargada con grandes nombres de la industria que, aunque no llegue a ser una película memorable, si cumple suficientemente bien con sus expectativas, resultando ser un entretenimiento angustiante que engancha al espectador desde la primera secuencia.
La historia, escrita por Eric Heisserer, autor del libreto de La llegada, a partir de una novela de Josh Malerman, nos presenta una nueva amenaza, de incierto origen, que supondrá el final de la sociedad tal y como la conocemos. Culminando en un mundo apocalíptico, la única posibilidad de supervivencia de los protagonistas en el mundo exterior es permanecer con los ojos vendados, ya que “algo” los acecha, haciendo que su simple visión provoque la locura y los obligue a suicidarse violentamente.
No voy a negar las muchas influencias que reconocí en la película. El arranque tiene una semejanza argumental similar a la de El incidente, de M. Night Shyamalan, aunque A ciegas avance de manera mas satisfactoria, y ver cómo un grupo de desconocidos se refugia en el interior de una casa, obligados a entenderse entre ellos pese a sus evidentes diferencias me rememoró a La Niebla, la estupenda adaptación que Frank Darabont hizo de la obra de Stephen King. Además, Heisserer no quiere pecar de tramposo y, conocedor de que el espectador conoce bien las reglas de la partida, pone las cartas sobre la mesa desde el minuto uno y, confrontando dos líneas temporales diferentes, vemos a la protagonista sola con dos niños huyendo desesperadamente por un río (aquí me vino a la mente Río Salvaje, con Meryl Streep), de manera que cuando se nos indica que el relato del principio de la “epidemia” (por llamarla de alguna manera) es cinco años antes ya se nos indica que solo ella sobrevivirá del grupo de refugiados de la casa, de manera que lo importante no es el qué, sino el cómo.
Liderado el casting con una muy solvente Sandra Bullock, la película tiene un interesante plantel de secundarios, donde destaca el nombre de John Malkovich, pero pudiendo reconocer también a Sarah Paulson (que ya coincidió con Bullock en su anterior película, Ocean’s 8) o a Rosa Salazar, la inminente Alita de Robert Rodriguez, mientras que tras los mandos se encuentra la oscarizada Susanne Bier. ¿Qué puede llevar a una directora de prestigio como Bier a realizar un survival horror como este? Posiblemente, lo que se encuentra entre las sobras. Y es que lo más interesante de A ciegas está en las lecturas ocultas que contiene, esa metáfora sobre el temor a lo desconocido que, en el caso de la protagonista, se representa ante la falta de responsabilidad y su imposibilidad de aceptar su inminente maternidad, dudas existenciales que culminan en la decisión que esta debe tomar ante una nueva amenaza (los rápidos del río) y cuya resolución definirán quién y qué es en realidad.
En fin, interesante drama de terror, con momentos aterradores y otros demasiado reconocibles, que cumple con las expectativas y supone otro interesante pasito de Netflix por codearse con las grandes productoras de Hollywood, rodeándose cada vez de más nombres ilustres (recuerden las películas de los hermanos Coen o de Alfonso Cuarón) que no hace más que calentar motores respecto a lo que llegará en el 2019.
El año empezó casi con la fantástica Un lugar tranquilo, en la que una familia debía sobrevivir a un mundo inhóspito sin poder hacer ningún ruido, y termina con la historia de otra familia que debe sobrevivir en un mundo inhóspito sin poder ver nada. El ciclo sensorial se ha cerrado.

Valoración: Siete sobre diez.

sábado, 15 de septiembre de 2018

PREDATOR

No cabe ninguna duda de que estamos en una época en la que, ya sea por la nostalgia o por la falta de ideas, el mundo del cine y la televisión mira hacia el pasado más que nunca, ya sea en forma de productos ambientados en los ochenta o haciendo directamente secuelas o reboots de títulos emblemáticos. Así, recientemente, hemos tenido secuelas de Blade Runner o reinvenciones como la de Cazafantasmas y aún está por ver qué va a pasar con el retorno de James Cameron a la franquicia de Terminator tras la poco valorada Terminator: Génesis.
Aunque el caso de Predator no sea exactamente el mismo, ya que de alguna manera la saga siempre ha estado más o menos viva, la unanimidad en destacar que el film original de John McTiernan no ha sido superado hace que esta nueva aproximación a la figura del cazador interestelar sea vista casi como una secuela directa de aquella, aunque es evidente que el film de Stephen Hopkins está en continuidad.
Llegados a tal punto, hay dos maneras de enfrentarse a la recuperación de un personaje tan icónico como difícil de tratar. Se puede hacer dese la admiración por un film y una época que ha influido en muchos realizadores que vivieron esos añorados ochenta como espectadores, como podría ser el caso de la propuesta de Robert Rodriguez que acabó derivando en la divertida aunque irregular Predators, o se puede hacer desde el conocimiento del que ha mamado desde dentro esa época dorada del cine palomitero. Shane Black no solo fue uno de los protagonistas de la Depredador original (el primero en morir, concretamente), sino que por aquel entonces se convirtió en el guionista mejor pagado gracias a sus trabajos en films ahora de culto como Arma Letal, El último boy scout o El último gran héroe. Desaparecido del panorama (no sé si cuenta como intento de resurrección en 2005 su debut en la dirección con Kiss kiss bang bang) hasta que su amigo Robert Downey Jr. lo recuperó para la infravalorada Iron Man 3 y hace unos años escribió y dirigió la genial Dos buenos tipos.
Uno de los desafíos de volver a la saga de Depredador estaba en como enriquecer su Universo sin contradecir el canon establecido, un canon al que ya se sabía que no pertenecían los dos títulos de la subsaga de Alien versus Predator, ya que las alteraciones que introdujo en su momento Paul WS Anderson ya fueron obviados por Ridley Scott y su recuperación del Universo Alien. Black, guionista talentoso donde los haya, ha sabido avanzar en la historia entre depredadores y humanos sin caer en la repetición de esquemas ni abusar de los homenajes. Que los hay, y muchos (solo por recuperar el tema musical de Alan Silvestri ya merece todo mi respeto y admiración), pero son suficientemente sutiles como para eludir la etiqueta de ser meros fan service (algo de lo que quizá deberían tomar nota en la franquicia Star Wars) y le permiten reinventar al depredador, creándole nuevas motivaciones y haciéndolo evolucionar físicamente para permitirle constituir una amenaza mayor, aunque quizá alguno pueda protestar por perder el sentido romanticismo de la cacería embutida de cierto sentido del honor que insinuaban las dos primeras películas.
Pero lo mejor y lo peor de Predator se resume, curiosamente, con la misma palabra. Fox. La productora, por un lado, ha dado suficiente manga ancha a Black para hacer lo que le ha dado la gana con el estilo visual del film, una apuesta similar a la que hicieran con Tim Miller y su Deadpool, permitiéndole hacer una película de clasificación R brutalmente sangrienta y salvaje, pero por otro, una vez terminado el film, ha querido meter mano para adecuarla a sus gustos con unos recortes y remontajes que afectan en algo al ritmo final del film, dando la sensación de que el resultado final es algo inferior a lo que podría haber sido.
Los depredadores de esta nueva película (no es spoiler avisar de que sale más de uno) molan. Son salvajes en sus acciones pero inteligentes en sus propósitos, pero Black sabe que eso no es suficiente para llenar una película que aspire a estar a la altura de la obra que encumbró a Schwarzenegger como actor, por lo que copiando en parte la jugada de Predators da el mayor protagonismo a los humanos, consiguiendo que ese grupo de soldados, unos inadaptados sociales más parecidos a una especie de Escuadrón Suicida que al comando militar del film original, a los que ha sabido dar un tratamiento y unas personalidades mucho más trabajadas que en la película de Adrien Brody, donde todos los personajes eran puros arquetipos y poco más. Por eso, el efectivo reparto de Predator ayuda a que el tono descaradamente cómico del film no chirríe
 y uno pueda llegar a entender que eso en realidad es más una gamberrada que una obra seria, siendo autoconciente de ello y logrando que el divertimento esté por encima de todo. Hay momentos de terror, desde luego, y de angustia emocional. Y mucha y muy buena acción. Pero en ningún momento pide al espectador que se tome demasiado en serio lo que está pasando en pantalla, ya que de lo contrario se verían demasiado las costuras de un guion tan brillante en su sencillez como incoherente en su lógica interna. Incluso hay escenas, como la que acontece en el interior de un instituto, que podrían recordar al tono de slasher que tuvo Alien versus Predator: Requiem, con la diferencia de que aquí sí funciona la fórmula.
Puede que, de no haber impuesto esos cambios de última hora Fox, a la película solo le faltase la frustrada aparición de Schwarzenegger (me pegunto porqué no intentaron, al menos, contar con Danny Glover), aunque no se descarta su participación en una posible secuela. De hecho, la escena final (ya aviso que no hay escena postcréditos) anticipa el deseo de seguir ampliando la franquicia (aunque que sea un guiño más de Black al cine de finales ambiguos de los ochenta o si de verdad tenga un plan en su cabeza para continuar la saga es algo que por ahora no vamos a saber), aunque mucho me temo que viendo el tono violento y casi gore de esta sumando al hecho de que en el supuesto de haber un nuevo film de Depredador este sería ya bajo la tutela de Disney, me parece poco probable. Al menos en estos términos.
Los personajes humanos, como digo, son mucho más protagonistas que los propios depredadores, por eso es interesante resaltar el elenco de actores que, pese a no contar con grandes estrellas que sirvan como reclamo, si tiene a grandes actores, reconocibles todos ellos. Desde el protagonista principal, Boyd Holbrook, visto en títulos como Logan, Caminando entre las tumbas, Perdida o Morgan, hasta la estrella con más futuro del panorama actual (que consigue que, por una vez, un personaje infantil en una película de acción no sea un lastre): Jacob Tremblay, de Oscar en La Habitación y muy brillante también en Wonder. Junto a ellos dos, otros nombres populares como Olivia Munn (Mariposa Mental en X-Men: Apocalipsis), Trevante Rhodes (de 12 valientes o Moonlight), Keegan-Michael Key (cómico de gran popularidad que ha hecho algún trabajito más serio como el de Tomorrowland), Sterling K. Brown (el N’Jobu de Black Panther), Thomas Jane (olvidable Punisher que se ha revalorizado con 1922, donde, después de La Niebla, repetía en el universo de Stephen King), Alfie Allen (odioso Theon Greyjoy de Juego de Tronos) o Yvonne Strahovski (imprescindible en las series Dexter y El cuento de la criada).
No hay duda de que, pese a todo, Predator es inferior a Depredador, lo cual no debe ser visto como un demérito. Pienso que Depredador nació de una conjugación de elementos irrepetibles que la convirtieron en un amalgama de géneros tan extraño como perfecto y será difícil (por no decir imposible) superarla. Sin embargo, debe ocupar un puesto de honor en la saga, resultando un espectáculo muy estimulante para culminar este verano marcado por Misión Imposible: fallout y Los Increíbles 2 y que debería (esperémoslo) hacer renacer la franquicia tras el frustrado intento de Nimród Antal y Robert Rodriguez que, por acontecer fuera del planeta Tierra, nos tendrán que explicar algún día si sigue en continuidad o no.
Mientras, esperemos poder volver a ver a los depredadores por este u otro planeta. Ahora la pelota está en el tejado del público... y de Disney.

Valoración: Siete sobre diez.

miércoles, 22 de febrero de 2017

MOONLIGHT: Más cine racial reflexivo, intenso pero sobrevalorado.

Poco a poco seguimos avanzando hacia los Oscars y cada vez son menos las películas pendientes de estreno (ya se sabe que en este país se hace todo a última hora).
Moonlight, estrenada la semana pasada, es una de las pocas, junto a Manchester frente al mar, que puede hacer sombra a La la land!, no en vano se hizo con el Globo de Oro al mejor drama, aunque ya os vaticino que eso no va a ocurrir.
Con Brad Pitt como productor (y parece que últimamente eso se le da mejor que elegir papeles como actor), Moonlight está englobada dentro de esa corriente que ha llegado este año de películas “negras”, quizá en un intento de Hollywood de redimirse por la polémica del año pasado y que está provocando que se pase al lado contrario, igual de excesivo. Estamos ante la historia de Chiron contada en tres años, tres facetas de su vida en la que es un niño, un adolescente y un adulto. A través de ellas conoceremos el duro ambiente en el que este chaval negro de Miami ha tenido que crecer, rescatado de los problemas de drogadicción de su madre por una pareja que lo acogen como a un hijo, sufriendo bullying en el colegio y debiendo enfrentarse a su propia identidad sexual.
Barry Jenkins, director cuyo único trabajo anterior, Medicine for Melancholy, data de hace ocho años, dirige la película con un ritmo pausado, regodeándose en los silencios e invitando a que el espectador traspase la pantalla y se sienta partícipe de la película, contagiando la angustia y la claustrofobia de los barrios marginales de Miami y compartiendo la soledad de Chiron. 
Sin embargo, hay momentos en los que llega a abusar de esos recursos y su película, sobretodo en el último acto, entra en un peligroso bucle donde el lenguaje propio de Jenkins pierde fuerza y parece convertirse más en un mero ejercicio estilístico algo presuntuoso. Es evidente que la personalidad del director no se refleja con suficiente naturalidad y en demasiadas ocasiones la cosa queda muy forzada como para demostrarnos lo único y especial que es el tipo este. Además, la historia, que no es apropiada para cualquier tipo de espectador, falla a mi entender en su tramo final, cuando el protagonista deriva en aquello que más debía rechazar y toda la simpatía que se pueda sentir hacia él se desvanece en el acto. 
Supongo que eso es algo intencionado por parte de Jenkins, conocedor de que las calles de algunos barrios americanos son un círculo vicioso del que resulta difícil escapar, pero a mí, por lo menos, no me ha terminado de seducir.
El triple papel del protagonista está interpretado por Alex R. Hibbert, Ashton Sanders y Trevante Rhodes, y ninguno de los tres me parece que sobresalga especialmente. Afortunadamente, la calidad interpretativa recae en los secundarios, sobretodo el triángulo paternal que componen Mahershala Ali, Janelle Monáe (ambos compartían pantalla en Figuras ocultas) y Naomi Harris.
Moonlight es una película dura e incómoda, de esas cuyo abrupto final invita a que el espectador continúe pensando en ella tras el final del film. Sin embargo, es tan evidente y forzada esa pretensión de hacer reflexionar que en mi caso no llegó a funcionar, ya que peca de una artificiosidad que no va conmigo.
Casi hasta me atrevería a apostar que muchos de los críticos que la ponen por las nubes lo hacen por simple postureo, porque ante el convencionalismo clásico de La la land! Esta es la película independiente y antinatura a la que hay que alabar, independientemente de que la hayan llegado a ver o no.
Es una buena película, difícil y arriesgada, pero no es, ni de lejos, la obra maestra que nos quieren vender. O a lo mejor es que ya empiezo a cansarme de tanto “buenismo racial”.

Valoración: siete sobre diez.