Mostrando entradas con la etiqueta jacob tremblay. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta jacob tremblay. Mostrar todas las entradas

sábado, 31 de agosto de 2019

CHICOS BUENOS

Poco se puede decir de los directores (aunque solo el primero aparece acreditado) y guionistas de Chicos buenos: Gene Stupnitsky y Lee Eisenberg, pues su experiencia se limita a los guiones de Bad teacher y un buen puñado de episodios de la versión americana de The office, serie de la que también han dirigido alguno. Sin embargo, si nos fijamos en los nombres que constan como productores, Seth Rogen y Evan Goldberg, será más fácil saber por dónde van los tiros.
Efectivamente, si están por aquí las cabezas pensantes de SupersalidosSuperfumadosJuerga hasta el fin y un largo etcétera de gamberradas varias (Casi imposible es de lo más convencional -a la par que genial- que han hecho recientemente), es presumible que chicos buenos sea una reflexión sobre la amistad y el miedo a crecer bien regado de chistes sexuales, escatología y drogas varias.
El desconcierto es cuando uno se da cuenta de que la película está protagonizada por niños. Esto produce que se reduzca un poco el nivel de grosería a cambio de divertirnos con el desconocimiento de los chavales ante lo que ellos ven como una vida de adultos aterradora y salvaje (las “villanas” del film, dos chicas que solo quieren pegarse una juerga son, a sus ojos, unas yonquis peligrosas que ya han echado a perder sus vidas). Así, un acto de rebeldía adolescente del personaje interpretado maravillosamente por Jacob Tremblay (con el noble objetivo de aprender cómo dar correctamente su primer beso) termina derivando en una aventura impresionante para la panda de amigos, cuya misión consiste en ir al centro comercial más cercano a comprar un dron sin que su padre lo descubra.
Así, con un tono aventurero muy propio de los Goonies pero con la incorrección política propia de Rogen y Goldberg, la película camina por un extraño terreno que juega con la ingenuidad infantil en una película demasiado heavy para que sea recomendable para niños pero con unos protagonistas tan tiernos que resultará difícil que logren la empatía de un público adulto.
Al final, resulta complicado definir el público al que va dirigido la película, lo cual lastrará mucho sus posibilidades de taquilla, pero lo cierto es que el resultado final, incluso en lo desconcertante, resulta encantadoramente divertido, incluyendo esa reflexión final nada moralista sobre lo efímero que es el amor, la levedad de la amistad y la necesidad de crecer y abrirse a nuevos horizontes de un trío protagonista donde destaca Tremblay (lo suyo ya no es noticia, después de sus papelones en La habitación o Wonder) pero con unos Keith L. Williams y Brady Noon que no desentonan para nada.


Valoración: Siete sobre diez.

sábado, 15 de septiembre de 2018

PREDATOR

No cabe ninguna duda de que estamos en una época en la que, ya sea por la nostalgia o por la falta de ideas, el mundo del cine y la televisión mira hacia el pasado más que nunca, ya sea en forma de productos ambientados en los ochenta o haciendo directamente secuelas o reboots de títulos emblemáticos. Así, recientemente, hemos tenido secuelas de Blade Runner o reinvenciones como la de Cazafantasmas y aún está por ver qué va a pasar con el retorno de James Cameron a la franquicia de Terminator tras la poco valorada Terminator: Génesis.
Aunque el caso de Predator no sea exactamente el mismo, ya que de alguna manera la saga siempre ha estado más o menos viva, la unanimidad en destacar que el film original de John McTiernan no ha sido superado hace que esta nueva aproximación a la figura del cazador interestelar sea vista casi como una secuela directa de aquella, aunque es evidente que el film de Stephen Hopkins está en continuidad.
Llegados a tal punto, hay dos maneras de enfrentarse a la recuperación de un personaje tan icónico como difícil de tratar. Se puede hacer dese la admiración por un film y una época que ha influido en muchos realizadores que vivieron esos añorados ochenta como espectadores, como podría ser el caso de la propuesta de Robert Rodriguez que acabó derivando en la divertida aunque irregular Predators, o se puede hacer desde el conocimiento del que ha mamado desde dentro esa época dorada del cine palomitero. Shane Black no solo fue uno de los protagonistas de la Depredador original (el primero en morir, concretamente), sino que por aquel entonces se convirtió en el guionista mejor pagado gracias a sus trabajos en films ahora de culto como Arma Letal, El último boy scout o El último gran héroe. Desaparecido del panorama (no sé si cuenta como intento de resurrección en 2005 su debut en la dirección con Kiss kiss bang bang) hasta que su amigo Robert Downey Jr. lo recuperó para la infravalorada Iron Man 3 y hace unos años escribió y dirigió la genial Dos buenos tipos.
Uno de los desafíos de volver a la saga de Depredador estaba en como enriquecer su Universo sin contradecir el canon establecido, un canon al que ya se sabía que no pertenecían los dos títulos de la subsaga de Alien versus Predator, ya que las alteraciones que introdujo en su momento Paul WS Anderson ya fueron obviados por Ridley Scott y su recuperación del Universo Alien. Black, guionista talentoso donde los haya, ha sabido avanzar en la historia entre depredadores y humanos sin caer en la repetición de esquemas ni abusar de los homenajes. Que los hay, y muchos (solo por recuperar el tema musical de Alan Silvestri ya merece todo mi respeto y admiración), pero son suficientemente sutiles como para eludir la etiqueta de ser meros fan service (algo de lo que quizá deberían tomar nota en la franquicia Star Wars) y le permiten reinventar al depredador, creándole nuevas motivaciones y haciéndolo evolucionar físicamente para permitirle constituir una amenaza mayor, aunque quizá alguno pueda protestar por perder el sentido romanticismo de la cacería embutida de cierto sentido del honor que insinuaban las dos primeras películas.
Pero lo mejor y lo peor de Predator se resume, curiosamente, con la misma palabra. Fox. La productora, por un lado, ha dado suficiente manga ancha a Black para hacer lo que le ha dado la gana con el estilo visual del film, una apuesta similar a la que hicieran con Tim Miller y su Deadpool, permitiéndole hacer una película de clasificación R brutalmente sangrienta y salvaje, pero por otro, una vez terminado el film, ha querido meter mano para adecuarla a sus gustos con unos recortes y remontajes que afectan en algo al ritmo final del film, dando la sensación de que el resultado final es algo inferior a lo que podría haber sido.
Los depredadores de esta nueva película (no es spoiler avisar de que sale más de uno) molan. Son salvajes en sus acciones pero inteligentes en sus propósitos, pero Black sabe que eso no es suficiente para llenar una película que aspire a estar a la altura de la obra que encumbró a Schwarzenegger como actor, por lo que copiando en parte la jugada de Predators da el mayor protagonismo a los humanos, consiguiendo que ese grupo de soldados, unos inadaptados sociales más parecidos a una especie de Escuadrón Suicida que al comando militar del film original, a los que ha sabido dar un tratamiento y unas personalidades mucho más trabajadas que en la película de Adrien Brody, donde todos los personajes eran puros arquetipos y poco más. Por eso, el efectivo reparto de Predator ayuda a que el tono descaradamente cómico del film no chirríe
 y uno pueda llegar a entender que eso en realidad es más una gamberrada que una obra seria, siendo autoconciente de ello y logrando que el divertimento esté por encima de todo. Hay momentos de terror, desde luego, y de angustia emocional. Y mucha y muy buena acción. Pero en ningún momento pide al espectador que se tome demasiado en serio lo que está pasando en pantalla, ya que de lo contrario se verían demasiado las costuras de un guion tan brillante en su sencillez como incoherente en su lógica interna. Incluso hay escenas, como la que acontece en el interior de un instituto, que podrían recordar al tono de slasher que tuvo Alien versus Predator: Requiem, con la diferencia de que aquí sí funciona la fórmula.
Puede que, de no haber impuesto esos cambios de última hora Fox, a la película solo le faltase la frustrada aparición de Schwarzenegger (me pegunto porqué no intentaron, al menos, contar con Danny Glover), aunque no se descarta su participación en una posible secuela. De hecho, la escena final (ya aviso que no hay escena postcréditos) anticipa el deseo de seguir ampliando la franquicia (aunque que sea un guiño más de Black al cine de finales ambiguos de los ochenta o si de verdad tenga un plan en su cabeza para continuar la saga es algo que por ahora no vamos a saber), aunque mucho me temo que viendo el tono violento y casi gore de esta sumando al hecho de que en el supuesto de haber un nuevo film de Depredador este sería ya bajo la tutela de Disney, me parece poco probable. Al menos en estos términos.
Los personajes humanos, como digo, son mucho más protagonistas que los propios depredadores, por eso es interesante resaltar el elenco de actores que, pese a no contar con grandes estrellas que sirvan como reclamo, si tiene a grandes actores, reconocibles todos ellos. Desde el protagonista principal, Boyd Holbrook, visto en títulos como Logan, Caminando entre las tumbas, Perdida o Morgan, hasta la estrella con más futuro del panorama actual (que consigue que, por una vez, un personaje infantil en una película de acción no sea un lastre): Jacob Tremblay, de Oscar en La Habitación y muy brillante también en Wonder. Junto a ellos dos, otros nombres populares como Olivia Munn (Mariposa Mental en X-Men: Apocalipsis), Trevante Rhodes (de 12 valientes o Moonlight), Keegan-Michael Key (cómico de gran popularidad que ha hecho algún trabajito más serio como el de Tomorrowland), Sterling K. Brown (el N’Jobu de Black Panther), Thomas Jane (olvidable Punisher que se ha revalorizado con 1922, donde, después de La Niebla, repetía en el universo de Stephen King), Alfie Allen (odioso Theon Greyjoy de Juego de Tronos) o Yvonne Strahovski (imprescindible en las series Dexter y El cuento de la criada).
No hay duda de que, pese a todo, Predator es inferior a Depredador, lo cual no debe ser visto como un demérito. Pienso que Depredador nació de una conjugación de elementos irrepetibles que la convirtieron en un amalgama de géneros tan extraño como perfecto y será difícil (por no decir imposible) superarla. Sin embargo, debe ocupar un puesto de honor en la saga, resultando un espectáculo muy estimulante para culminar este verano marcado por Misión Imposible: fallout y Los Increíbles 2 y que debería (esperémoslo) hacer renacer la franquicia tras el frustrado intento de Nimród Antal y Robert Rodriguez que, por acontecer fuera del planeta Tierra, nos tendrán que explicar algún día si sigue en continuidad o no.
Mientras, esperemos poder volver a ver a los depredadores por este u otro planeta. Ahora la pelota está en el tejado del público... y de Disney.

Valoración: Siete sobre diez.

miércoles, 6 de diciembre de 2017

WONDER: edulcoradamente deliciosa

A priori, todo hacía pensar que Wonder iba a ser una de esas películas insoportablemente lacrimógenas, un melodrama más propio de una tv movie que de un film de gran presupuesto. No en vano se trata de la típica historia de superación de un niño inadaptado (en este caso a causa de su deformidad) deseando ser tratado como alguien “normal”.
Sin embargo hay algo extraño en la película que hace que funcione de maravilla. Basada en una novela de R.J. Palacio, Wonder cuenta la historia de Auggie, un niño que a causa de una incompatibilidad genética de sus padres nace con múltiples deformaciones físicas. Tras haber sufrido varias operaciones ha logrado tener una vida más o menos saludable, aunque lo que no han conseguido evitar es que tenga un rostro deforme y con feas cicatrices. Hasta ahora, Auggie ha estudiado en casa, ocultando su rostro bajo un casco de astronauta cada vez que salía a la calle, pero ha llegado el momento de enfrentarse al mundo real e iniciar una nueva andadura en un colegio donde sin duda va a ser centro de atención y objetivo de crueles mofas.
Puede que sea mérito de su director, Stephen Chbosky, acostumbrado a relatos marginales ya que escribió y dirigió Las ventajas de ser un marginado aparte de encargarse también del libreto de La Bella y la Bestia. Quizá sea cuestión de resaltar los trabajos de los intérpretes, desde el pequeño Jacob Tremblay, que ya demostró de lo que era capaz en La habitación, o su amigo Noah Jupe (al que veremos en breve como hijo de Matt Damon en Suburbicon), pasando por las estrellas que interpretan a los adultos, solventes Owen Wilson y Julia Roberts, amén del siempre reflexivo Mandy Patinkin. 
O puede que el secreto esté en la forma de concebir la historia, que evita centrarse solo en el pobre chavalín sino que nos ofrece también el punto de vista de la hermana, afectada por los “daños colaterales” que le provoca ser “normal”, convirtiéndola en otra variedad de marginada dentro del núcleo familiar. 
Incluso se permite ciertas subtramas aparentemente alejadas de la historia principal, como todo lo referente a Miranda, amiga de la familia en el pasado y alejada ahora de ellos por motivos diversos. Al final, todos aquellos que orbitan alrededor de Auggie tienen sus propios problemas, haciendo que esta sea casi una película coral sobre la marginación. Un feo rostro no siempre es el motivo de discriminación más evidente, y ese es el trasfondo de la película. Todos tenemos nuestros propios problemas, y algunos, en ocasiones, son tan sencillos de solventar como escuchar a nuestros propios corazones.
Wonder tiene mucha azúcar, tanta que casi está más cerca de ser una comedia que un drama. Pero eso, por una vez, juega más en favor de la película que en su contra, ya que consigue enternecer al espectador tocándole la fibra mientras le dibuja una sonrisa en el rostro.
Wonder es una lección de vida. Y una estupenda película para disfrutar de estas fechas de buenos propósitos y deseos felices.

Valoración: Siete sobre diez.

domingo, 28 de febrero de 2016

LA HABITACIÓN: magnífica y caustrofóbica.

A riesgo de repetirme con los argumentos de mis últimos comentarios, estamos de nuevo ante una película donde una de las cosas que más destacan es el poderío interpretativo de la actriz protagonista. Brie Larson, principal favorita para llevarse el Oscar esta noche, es el alma de La habitación, aunque no hay que olvidar a Jacob Tremblay, que sería el corazón de la misma.
La habitación cuenta la historia de una joven que siendo niña fue secuestrada y encerrada en una caseta de jardín. Allí ha sobrevivido los últimos siete años, siendo violada rutinariamente por su captor y sin más vía de escape que el de criar al niño que ha tenido fruto de esas relaciones.
La película, un drama desgarrador que, por más que su argumento invite a pensarlo, nada tiene que ver con un melodrama televisivo del montón, está marcado por dos partes bien diferenciadas. La primera, claustrofóbica y angustiante, recuerda ligeramente al film de Benigni La vida es bella, ya que Joy, la madre a la que da vida Brie Larson, construye un mundo imaginario para su hijo en el que no parece existir nada más que el interior de ese habitáculo de apenas diez metros cuadrados.
En la segunda, recuperando la alegoría de la caverna de Platón, Joy y, sobretodo, el pequeño Jack deben enfrentarse al mundo real, a un mundo que para el chavalín de cinco años es totalmente desconocido y sorprendente.
Sin querer buscar el drama fácil o truculento, el director Lenny Abrahamson construye una fábula aterradora donde consigue aunar dos lenguajes cinematográficos completamente antagónicos según el momento de la película en el que se encuentre, dotando a la historia de una serie de sutilezas en las que no necesita insistir para que dejen huella (la negativa del abuelo de mirar a su nieto a la cara, por ejemplo, ya que no puede evitar pensar en que su padre es el violador y secuestrador).
Con una interpretación contenida y perfecta, Brie Larson consigue hacer creíble su personaje de madre coraje, de mujer que debe crear una realidad nueva para su hijo y sobrevivir a la locura de su encarcelamiento, mientras que Jacob Tremblay, pese a su corta edad, está impresionante, realizando en todo momento una composición creíble y racional.
Tras la salida de la habitación podría pensarse que la historia va a decaer, perdiendo una de las cargas dramáticas de la trama, pero Abrahamson consigue, con su cambio de estilo, mantener la emoción a flor de piel, jugando con las sensaciones de los dos personajes, madre e hijo, y su adaptación, o no, al nuevo entorno, con momentos que pueden evocar ligeramente a la magnífica Perdida de Fincher, y que demuestran que el trabajo de un director puede resultar magnífico sin necesidad de caer en artificios extravagantes o artificiales como sus colegas Iñárritu o Miller.
Esta noche, El Renacido y Mad Max se van a dar de tortas por ganar el Oscar, pero La habitación puede que sea, por encima de esas dos tonterías muy bien maquilladas, la mejor película del año.

Valoración: nueve sobre diez.