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lunes, 8 de julio de 2019

SPIDERMAN: LEJOS DE CASA

Cuando Sony realizó en 2012 el primer reboot de las aventuras de Spiderman tras la trilogía de Raimi, a muchos les sorprendió que el director elegido fuese Marc. Su principal carta de presentación era (500) días juntos, por lo que era de esperar que las intenciones fuesen potenciar el tono de comedia romántica a través de la relación entre Peter y MJ. Sin embargo, pese a los esfuerzos de Andrew Garfield y Emma Stone, la química no terminó de funcionar y tras la fallida secuela la saga volvió a fallecer.
El siguiente reboot, ya de la mano de Marvel Studios y con el bueno de Spidey enfrascado en el MCU, fue dirigido por Jon Watts, y curiosamente, aunque sus películas hasta ahora eran menores y bastante alejadas de la comedia romántica, supo implantar la semilla entre Peter y Liz de manera que la (complicada) vida personal de Spiderman funcionaba con el mismo buen ritmo que su vida superheróica, aceptando ese deus ex machina tan propia del tono culebronesco de los comics que hace que nos podamos creer sin demasiados problemas que el interés romántico del protagonista sea también la hija del villano principal.
Spiderman homecoming sirvió como carta de presentación de todo un nutrido grupo de secundarios que, pese a rechinar inicialmente por sus notables diferencias con los personajes originales, tienen suficiente empaque para funcionar en la secuela como elementos ya bien definidos en el paisaje del protagonista, liberándose ahora toda la química entre Peter y esa MJ que, sin llegar a ser nunca la Mari Jane del papel, consigue consagrarse como la protagonista femenina definitiva, habiendo entre Zendaya y Tom Holland una química tal que permite que Spiderman: Lejos de casa funcione, esta vez sí, como una comedia romántica perfecta.
Que nadie se asuste. Esto sigue siendo una película de superhéroes, pero por mucho que pueda molestar a algunos, lo cierto es que Spiderman siempre ha sido (tal y como se encargan de recordar en el film) el “amigo y vecino”, un héroe más cómodo en su lucha contra gánsteres y atracadores de bancos que luchando junto a dioses en medio del espacio. Estas limitaciones, junto con los equilibrios que debe hacer para compaginar las mallas con su vida privada, son las dos claves de la película, en la que no se esconden las referencias al cine de John Hugles y que, con todas sus escenas de acción -bastante espectaculares algunas-, funciona a la perfección como comedia de instituto.
Spiderman: lejos de casa es una comedia, desde luego, pero tiene también un tono ligeramente amargo, no en vano sirve como epitacio a la tercera fase del MCU y la sombra de Tony Stark sobrevuela todo el rato la trama. Sin embargo, por el contrario de lo que podía parecer en los tráileres, el recuerdo de Iron Man no llega a avasallar (como tampoco lo hacía, pese a los temores de los más alarmistas, en la primera entrega), sirviendo como excusa para que Peter siga creciendo a nivel personal, emocional y como héroe. Pese a su enfrentamiento desesperado a Thanos, seguimos estando ante un Spiderman relativamente novato, con las inseguridades propias de su edad (y que tanto reflejó en los comics el gran Steve Ditko) y en pleno desarrollo hormonal. Esto propicia que, pese a los excesos tecnológicos, los diversos uniformes y los cambios físicos de los compañeros de instituto (de viaje, en este caso), la fidelidad al espíritu del cómic sea total.
Y he aquí otra de las claves del éxito del film. Desde que Marvel se ha hecho cargo de la creación artística del personaje, hasta los tráileres están cuidados al mínimo detalle, sin desvelar más de la cuenta e incluso jugando al engaño con lo poco mostrado. Eso permite que toda la película (hasta en sus dos magníficas escenas postcréditos) sea una completa sorpresa, algo digno de ese Misterio que se alza como el gran coprotagonista del film (y se han atrevido incluso a respetar esa especie de “pecera” de la cabeza) de la mano de un inmenso Jake Gyllenhaal), aunque cierto es que a los seguidores del comic algunos de los giros argumentales no nos venían de nuevas. Ni siquiera la desconfianza que producía el sacar a Spidey de su Nueva York natal han resultado fundadas, pues es capaz de desenvolverse como pez en el agua incluso en los edificios bajos de Venecia, otorgándole un tono muy a los James Bond, aunque ese vuelo final por entre los rascacielos de Manhattan saben a gloria.
En resumen, que este punto y final a la fase tres del MCU es espléndido. No todo es perfecto (hay cierto discurso del villano que rechina un poco), pero a nivel general es un cierre perfecto, la guinda del pastel de una gran saga y donde, con mucha imaginación, se pueden intuir pequeñas pistas de por donde puede ir el futuro.
Espectacular, divertida, emocionante, romántica y repleta de guiños. Todo eso tiene Spiderman: lejos de casa, con la que Holland se confirma, definitivamente, como el mejor Spiderman que se ha visto en la pantalla grande.
Y no puedo dejar de aplaudir, por cierto, esa escena final, todo un regalo para los fans que demuestra que en la Marvel se escucha, y mucho, a sus seguidores.

Valoración: Ocho sobre diez.

lunes, 13 de mayo de 2019

LOS HERMANOS SISTERS

Los hermanos Sisters es la adaptación de una novela de Patrick DeWitt en manos del director Jacques Audiard a cuatro manos junto a su colaborador habitual Thomas Bidegain. Con este realizador por en medio, es evidente que no nos vamos a encontrar ante una película convencional.
Los hermanos Sisters es un western, pero, aunque tiene muchos elementos que rememoran al cine del oeste más clásico, sabe a la vez romper los esquemas para resultar tan sorprendente como revitalizante, siendo a la vez un relato sórdido y desagradable como luminoso y colorido.
Pese a ser una producción pequeña (de esas que van a quedar apagadas a la sombra de Endgame), con hasta veinte productoras metiendo mano en el asunto, algunas de ellas españolas, una de sus mejores bazas es su impresionante reparto, con unos John C. Reilly, Joaquin Phoenix y Jake Gyllenhaal absolutamente brillantes y un Riz Ahmed que sabe estar a la altura (amén de un bree cameo de Rutger Hauer).
Como el propio título indica, la historia versa sobre dos hermanos que, a las órdenes de un comodoro, deben perseguir y matar a un buscador de oro que, junto a un químico, ha encontrado una forma revolucionaria para sacar el valioso metal del río.
Una de las virtudes de la película, aparte de su magnífico tratamiento de personajes, está en los desvaríos de un argumento que nunca parece discurrir por el camino previsto, lo que consigue que el interés se mantenga en todo momento pese a su aparente ritmo lento. No obstante, teniendo en cuenta que es Audiard quien está a los mandos (y no parece haberse domesticado por el reparto de estrellas que le han conseguido), es evidente que la película no es apropiada para todo tipo de público.
Es, además, conscientemente amarga e incluso antipática, reflejando una época que ya empezaba a agonizar y daba paso a una modernidad aquí representada en la ciudad de san Francisco.

Valoración; Siete sobre diez.

sábado, 9 de marzo de 2019

VELVET BUZZGAW

Dan Gilroy es un interesante director y guionista que despuntó hace un par de años junto al actor Jake Gyllenhaal con la provocativa e incómoda Nightcrawler. Su siguiente película, Roman J. Israel, Esq., pese a tener representación en los Oscar del año pasado, dejó un sabor agridulce, llegando a decepcionar por su falta de provocación y su realización rutinaria, por lo que el autor ha vuelto a repetir con su actor fetiche para, de la mano de Netflix, crear Velvet Buzzsaw, una extraña película que ironiza sobre el mundo del arte y que, a medio camino entre la sátira y el terror, crea un extraño enigma alrededor de un artista fallecido y su herencia pictórica.
En su arranque, la película recuerda a una especie de Pret’a’porter trasladada al mundo del arte, algo así como la excesiva The Square, en la que todo parece resumirse en una reflexión crítica y muy paródica sobre los tejemanejes de los críticos de arte, los comisarios de las exposiciones de arte y los artistas, cada uno un demente ególatra y obsesivo rey de su propio mundo. Sin embargo, a medida que la trama avanza, las muertes comienzan a sucederse y nada parece tener sentido, como si de repente nos encontrásemos ante un film de terror con objetos poseídos por entes demoníacos. ¿Recuerdan ustedes como una prenda de vestir podía convertirse en un espíritu asesino en la no menos demencial In fabric? Pues a algo así, pero con más sofisticación y elegancia, juega Gilroy en Velvet Buzzsaw.
Con un interesante reparto (junto a Gyllenhaal se encuentra Rene Russo, Toni Collette, John Malkovich -parece que Netflix le está tratando bien, ya estaba en A ciegas- y Natalia Dyer -una de las estrellas de Stranger Things-), la película sabe conjugar con acierto el humor con el drama, la crítica social con el terror, y la intriga con el gore, en una combinación que, eso debemos tenerlo claro, no será del gusto de todos. Con una estética muy cuidada, Gilroy juega a algo muy peligroso, tan sutil que obliga al espectador a rendirse ante su propuesta sin contemplaciones. Esta no es una película experimental, pero finge serlo, y como tal, se debe decidir de antemano si se acepta entrar en ella a pies juntillas o no. La colección de personajes exagerados, manipuladores y soberbios que pululan por la historia no invitan a simpatizar demasiado con ellos y la trama, insufriblemente lenta al arranque, caótica en su conclusión, es tan perturbadora y surrealista que par algunos el peaje a pagar podría antojarse demasiado elevado.
Sin embargo, si se decide aceptar el juego y participar en la propuesta de un Gilroy más enfermizo de lo habitual, se podrá llegar a disfrutar de un título sin duda extremo y que solo se puede digerir como un ejercicio de auto parodia que, sin tomarse en serio a sí mismo, dispara con baja contra el mundo del arte. Casi como si Gilroy acusara a todos los implicados en el negocio del arte de ser esclavos del dinero y poco más, quién sabe si incluyéndose a sí mismo en el concepto.

Valoración: Siete sobre diez.

domingo, 9 de abril de 2017

LIFE (VIDA): Lujoso aperitivo para el nuevo Alien

Que la nueva película de Daniel Espinosa (director de la entretenida El invitado y la irregular El niño 44) con guion de Rhett Reese y Paul Wernick (los mismos que se inventaron ese pelotazo que fue Deadpool) está claramente inspirada en Alien, el octavo pasajero de Ridley Scott es una obviedad tan grande que ni los propios responsables son capaces de negarlo.
Hay mucho más en Life (vida) que huele a fotocopia de otras películas, pero tal y como suceda con Redención, lo importante es el resultado final, y en este caso el resultado final es ciertamente estimulante.
Se podría decir de esta epopeya claustrofóbica y aterradora sobre un alien mortal que amenaza a los cinco integrantes de la Estación Espacial Internacional que no deja una huella demasiado profunda en el espectador, pero hay que reconocerle que durante la proyección logra cumplir con creces todos sus objetivos, resultando emocionante, emotiva y angustiante. Con una clasificación R se permite ser algo más sangrienta que otras producciones del estilo y su construcción en formato de cine de slasher (que eso era, al fin y al cabo, el Alien de Scott) atrapa desde el primer momento, como en un macabro juego de ruleta rusa en el que nunca se sabe quién será la siguiente víctima.
Resulta curioso que en el mismo fin de semana se estrenen dos films de corte similar (y Life, como Órbita 9, también tiene un cartel algo tramposo), pero en el caso del film de Espinosa el dilema moral que se plantea no se esquiva a la primera de cambio, sino que resulta tan contundente que no genera debate posible: si es necesario, todos deben morir con tal de que el alienígena no llegue a la Tierra. Esta amenaza (y el detalle de que estemos ante una recreación casi perfecta de la auténtica Estación Internacional) son los dos puntos diferenciadores más claros con respecto a Alien.
Espinosa busca siempre el horror mediante la sensación de claustrofobia, moviendo la cámara con delicadeza entre los recovecos de la nave (atención al magnífico plano secuencia que abre el film) y recreándose en la gravedad cero que sufren sus protagonistas (esto la aúna, a su vez, con Gravity), y aunque apenas tenga tiempo de definir mejor a sus personajes, las cuatro pinceladas que se da de cada uno me resulta suficiente. Al fin y al cabo, esto no va a ser el inicio de una franquicia como comentaba al respecto de Power Rangers.
Sí se echa en falta algo más de valentía a la hora de plasmar el terror, ya que no se llega a jugar bien las bazas de la clasificación R y Espinosa apuesta más por la luz y la limpieza de lo que lo hacía Scott, pero la mezcla de unos efectos especiales que crean un ser creíble y terrorífico, el lujoso reparto y el ritmo de la acción que penas deja respiro convierten Life (Vida) en un entretenimiento apasionante y muy recomendable.
Puede que sea injusto compararla constantemente con Alien, pero eso es a lo que sus creadores han querido jugar. Al fin y al cabo, en unos días el propio Scott lo sufrirá en sus propias carnes con el estreno de Alien: Covenant.

Valoración: Siete sobre diez.

REDENCIÓN: Magnífica fotocopia

Aunque hace unos años Antoine Fuqua llamara la atención de todos con la multipremiada Training day y continuara con un par de dramas bastante bien narrados (Lágrimas del sol, Los amos de Brooklyn…), lo cierto es que en los últimos años su toque se estaba perdiendo. Objetivo: La Casa Blanca es un buen blockbuster y poco más, The Equalizer es demasiado irregular y Los Siete Magníficos resultó decepcionante en proporción a sus expectativas.
Sin embargo, entre esas dos últimas rodó Redención, un drama pugilístico que ha pasado bastante desapercibido y que ha tardado casi dos años en llegar a nuestro país. Sin embargo, puede que Redención sea, sin muchos problemas, la mejor de esas últimas películas de Fuqua.
No tiene Redención ni un solo ápice de originalidad, y el guion de Kurt Sutter se inspira sin demasiados remordimientos en los grandes títulos del género, ya sean Rocky, Toro Salvaje o Campeón. Sin embargo, la puesta en escena es tan impecable y el ritmo narrativo tan efectivo que la película funciona magníficamente bien, siendo capaz de sacudir los sentimientos del espectador sin importar que este sepa de antemano todo lo que va a pasar. Tanto es así, que a la traducción española del título (que en inglés, Southpaw, vendría a ser algo así como Golpe de izquierda) poco le ha importado que eso de Redención sea un spoiler en toda regla de lo que ha de venir.
Fuqua filma los combates con elegancia, transmitiendo el dolor de cada puñetazo, y logra templar suficientemente bien el drama para provocar la lágrima sin caer en el exceso de sentimentalismo. Para ello se ayuda notablemente en la interpretación de sus actores protagonistas, en especial un magnífico Jake Gyllenhaal acostumbrado a los papeles conflictivos, y un brillante Forest Whitaker, alejado de los papeles cómodos y estereotipados de sus últimos trabajos (La llegada o Rogue One, sin ir más lejos) y que consigue que no nos importe lo mucho que su personaje se asemeja al de Morgan Freeman en Millon dólar baby.
Completan el reparto Rachel McAdams, 50 Cent, Naomie Harris y la joven Oona Laurence, a la que muchos descubrimos en Peter y el dragón.
Redención es una película de boxeo, sí, pero va más allá y se sustenta sobre una reflexión acerca de las malas decisiones, las consecuencias que los actos propios pueden tener en uno mismo y en los que lo rodean y el amor y el dolor ante la pérdida. Es por eso, más allá de que uno pueda ser más o menos aficionado a este deporte, que la película agarra y conmueve, llegando a agotar por momentos al espectador.
Además, el incomprensible retraso de su estreno ha permitido que pueda estar dedicada a un magnífico compositor como es James Horner, ya que aunque lograra finalizar la composición de la banda sonora de Los siete magníficos antes de su fallecimiento, esta es su verdadera despedida.

Valoración: Siete sobre diez.

sábado, 3 de diciembre de 2016

ANIMALES NOCTURNOS, desesperadamente aburrida

Tom Ford, o bien es un tipo muy simpático, de esos que caen bien a todo el mundo, o tiene mucha suerte. O quizá un poco de ambas. Ya en su primera película como director y guionista, Un hombre soltero, logró unificar un interesante cuarteto protagonista (lo que le ayudó a triunfar entre la crítica y acumular un buen puñado de premios), pero en su segunda película ha conseguido superarse logrando un casting verdaderamente impresionante, por más que en la mayoría de los casos sean apariciones tan fugaces que al menor descuido uno se las podría perder.
Animales nocturnos es esta segunda película en la que la crítica parece haberse vuelto a volcar y que ya empieza a acumular también algún que otro reconocimiento. Es, además, una película que ha llegado casi por sorpresa, de la que no se ha hecho apenas publicidad ni se ha machacado con trailers previos, con lo que es fácil entregarse a ella sin tener ni idea de lo que uno se puede esperar. Este ha sido, al menos, mi caso.
Y la película, inspirada en una novela de Austin Wright, arranca, hay que reconocerlo, con imágenes impactantes, una de las escenas de desnudez femenina más desagradables que puedo recordar y que, como poco, logra atrapar al espectador como si del propio Nicolas Winding Refn se tratase. De hecho, en varios momentos parece Ford querer parecerse a Winding Refn, igual que su aparente sátira al mundo ecléctico y superficial del arte quiere parecerse al de la moda que se muestra en The Neon Demon. Pero esas intenciones se desvanecen bien pronto cuando Ford apunta a otra dirección, al thriller más convencional (y la arquetípica banda sonora así nos lo quiere demostrar), planteando el típico juego de los espejos donde dos historias se muestran en paralelo, una real y una ficticia, que se retroalimentan la una de la otra.
Susan Morrow es una influyente galerista de arte atrapada en una vida que no le satisface con un marido casi siempre ausente que recibe, por sorpresa, el manuscrito de su primer marido, un joven aspirante a escritor que por fin parece haber cumplido su sueño. Susan se sumerge en la novela, una historia rural y violenta sobre una familia que es atacada en una carretera solitaria de Texas, reconociendo en ella los vacíos de su propia existencia.
El lujo acomodado de Susan se opone a los paisajes áridos y abruptos de Texas en un paralelismo que invita a pensar que estamos ante una obra reflexiva, una metáfora sobre la pérdida y el deseo bienintencionada y de momentos visualmente interesantes pero que fracasa en su premisa más básica: es insoportablemente aburrida.
Desconozco el material original de la novela en la que se basa, pero la adaptación es aterradoramente fallida. La historia “ficticia” está plagada de tópicos y diálogos bochornosos y no funcionaría ni como telefilm de domingo por la tarde (que, por cierto, es a lo que recuerda), aparte de que no tiene ninguna credibilidad como supuesta obra literaria. La historia “real” comienza a deslucirse en favor a la novelada entorpeciendo aún más el ritmo con flashbacks que nos muestran una tercera historia, la del momento en que Susan y Tony, ese primer marido abandonado y futuro escritor, se conocieron, enamoraron y separaron.
Para dar lustre a estas dos insufribles horas de anodinas secuencias presuntuosas pero vacuas Ford ha conseguido reunir a Amy Adams (en cartel con la también reflexiva, pero en este caso inteligente y brillante La llegada) y Jake Gyllenhaal (acostumbrado a personajes incómodos en películas difíciles como sus dos colaboraciones con Villeneuve, Enemy y Prisioneros o la brillante Nightcrawler) como la pareja protagonista, aunque destaca también la presencia de Michael Shannon, Aaron Taylor-Johnson y Armie Hammer. Otros nombres destacados, aunque con una presencia efímera como comentaba al principio, son Isla Fisher, Laura Linney, Jena Malone y Michael Sheen. Imagino que sobre el papel el proyecto resultaba realmente estimulante. En la práctica, ni siquiera las interpretaciones logran salvar la película, antojándoseme de las peores de los respectivos protagonistas, alguno de los cuales roza el ridículo.
Cierto, he escrito más arriba que la crítica la está aplaudiendo y premiando. ¿Se trata, quizá, de que tenía un mal día o simplemente que la estoy tratando con demasiada dureza? Bueno, en mi defensa debo señalar que, a tenor de los bostezos y comentarios finales del resto de la sala, no. Nadie parecía más contento que yo con esta patraña que no conduce a nada, no me invita a reflexionar como entiendo que pretende y no me produce ningún sentimiento más que el tedio total. Ni siquiera el ecléctico final me invitó a congraciarme con Ford ni por un momento, por más que pretenda ser líricamente emotivo y cerrar el círculo de heridas abiertas.

Valoración: Tres sobre diez.

sábado, 19 de septiembre de 2015

EVEREST (4d10)

Dirigida por Baltasar Kormákur, ese director islandés que debutó en Estados Unidos con la normalita Contraband y se reafirmó con la bastante más recomendable 2 guns, Everest narra la tragedia acontecida en 1996 cuando varias expediciones de alpinistas trataron de criticar la cima del mundo. No voy a dar más datos por no entrar en spoilers pero el detalle de que esté basada (bastante fielmente, parece) en una historia real hace que no haga falta mucho esfuerzo para saber cómo van a producirse los acontecimientos.
La película cuenta con un director correcto, unos bonitos paisajes (algunas escenas están filmadas en el mismo Nepal) y un reparto tan espectacular como desaprovechado, pero todo ello no es suficiente, ni de lejos, para que Everest sea una buena película.
Lo primero que falla es la empatía con los personajes. A priori es fácil solidarizarse con la desgracia ajena, tanto en ficción como en la vida real, pero hay que profundizar un poco más en los personajes para conseguir la comunión necesaria para sentirse en su piel y sufrir como sufren ellos. En el caso de un accidente o desastre fortuito es diferente, y el espectador no debe conocer al detalle la vida de todos los ocupantes del Titanic o saberse el nombre de todos los habitantes de Pompeya (que pese a sus carencias y pretensiones más palomiteras la película de Anderson tiene mucha más alma que esta) para sufrir por ellos. Aquí el problema principal es que son los protagonistas los que ponen sus vidas en juego conscientemente sin más objetivo que el orgullo, el desafío personal o incluso el siempre lucro. Unos tipos van a la montaña más peligrosa del mundo y les sorprende un gran peligro... ¡Pues claro! Como diría el humorista José Mota: si hay que ir se va, pero ir por ir...
No, no estoy diciendo que por poner sus vidas en juego caprichosamente merezcan lo que les sucede, pero algo deberían tener para poder simpatizar con ellos y no ser meros maniquíes sobre los que, al principio de la película, puedes apostar sobre si viven o mueren. Y eso, más allá del hecho de ser una historia real, es culpa del guionista, que no sabe dar un toque de épica a la narración, como si tenía ¡Viven!, de Frank Marshall, ni la carga dramática que tenían otros personajes reales que sufrían las consecuencias de su propia imprudencia como el Ramón Sampedro de Mar Adentro o el Aron Ralston de 127 horas.
Everest arranca con un planteamiento similar al típico cine de catástrofes, lo que puede justificar su reparto estelar, pero olvida que una de las normas no escritas de ese género consiste en dar su minuto de gloria a todos los personajes. Everest, en cambio, se limita a seguir las andanzas de Rob Hall (Jason Clarke) como líder de la expedición y a Beck Weathers (Josh Brolin), escalador cuyos méritos se los ha dado más el dinero que la experiencia, quedando como tercer bastón argumental a Jon Krakauer (Michael Kelly), el periodista que a la postre escribirá el libro en que se basa la historia. De telón de fondo están los personajes femeninos que interpretan sin demasiado esfuerzo Emily Watson como mano derecha en el campamento base de Hall, Keira Knightley como su embarazada esposa y Robin Wright como la casi anecdótica mujer de Weathers. 
Todo lo demás es la nada más absoluta, desde un incomprensiblemente olvidado Jake Gyllenhaal cuya inicial rivalidad con el personaje de Clarke se diluye como la nieve bajo el sol o un Sam Worthington que, literalmente, pasaba por ahí. ¡Por Dios, que es el prota de Avatar y Terminator Salvación y se pasa la peli hablando por radio cómodamente sentado en su campamento!
Parece ser que la idea inicial de los productores, que llevaban diez años trabajando en la película, era centrar la trama sólo en Hall, que iba a protagonizar Christian Bale, pero cuando Bale se bajó del carro para ser sustituido por Clarke tuvieron tan poca fe en el actor de El amanecer del Planeta de los Simios y Terminator Génesis  que improvisaron está historia coral de forma tan chapucera.
Ciertamente, lo único que salva algo la película son sus maravillosos paisajes, por más que se note la parte filmada en estudio, pues no en vano fue concebida para estrenarse en Imax y los que la han visto en 3D dicen que vale la pena el formato.
En la cuneta queda lo que podía haber sido verdaderamente interesante si hubiesen querido tirar por ese camino, como es la transformación que el Everest ha sufrido en los últimos tiempos (por no decir prostitución) de manera que cualquiera puede ir a pasear por ahí como si fuesen Las Ramblas sólo con pagar un módico precio, convirtiendo el lugar en un estercolero de basura, bombonas abandonadas, campamento vacíos y, ¿por qué no decirlo?, cadáveres imposibles de rescatar, demostrando que la seguridad puede llegar a ser algo secundario ante la necesidad de conseguir llevar a un cliente hasta la cima por no perder la reputación, ya de por sí no muy destacable, del negocio. Pero la película no quiere tomar ese camino y prefiere desviarse por la vía fácil y cobarde de convertir a Hall (para mí el gran culpable de lo que pasa, que para algo su trabajo es mantener con vida a sus clientes) en un mártir, mereciendo la santificación por conseguir, pese al precio a pagar, cumplir el sueño de uno de los personajes.
Al final, la calidad del film es como el oxígeno a partir de los 4.000 metros de altura: muy escasa...

jueves, 5 de febrero de 2015

NIGHTCRAWLER (8d10)

Nightcrawler es una corrosiva y descorazonadora crítica al mundillo de la telebasura más morbosa y despreciable disfrazada de inquietante thriller en la que un desgraciado que malvive de robar aluminio y tapas de alcantarillas para véndelo luego en chatarrerías ve la oportunidad de su vida al ver con sus propios ojos, casi por casualidad, como unos reporteros graban imágenes de un accidente y las venden al mejor postor. 
Louis Bloom, así se llama este tipejo, un hombre formado a sí mismo, autodidacta gracias a Internet de la cultura del marketing y las ventas y (esto sí hay que reconocérselo) un absoluto emprendedor, decide que ese es su futuro soñado y tras conseguir una cámara de video y una radio con la frecuencia de la policía empezará a acudir a las escenas de crímenes o accidentes graves para conseguir las filmaciones más sangrientas y morbosas posibles.
La historia de Nightcrawler es incómoda y desagradable, con un Jake Gyllenhaal absolutamente genial que hace suya la película desde el primer minuto con un aspecto sumamente perturbador y violento que no será capaz en ningún momento de crear unos límites que no se deberían traspasar. Cuando sus vilezas nos invitan a pensar en que no se puede caer más bajo va el bueno de Gyllenhaal y se supera a sí mismo, logrando que aborrezcamos a su personaje de una manera casi visceral. Tiene, sin embargo, su interpretación ese punto de genialidad que se me antoja casi hipnótica. Si hace unas semanas os comentaba el ejemplo de Mr. Turner como muestra de que la falta de empatía con el protagonista puede distanciarnos de la película, en este caso el gran mérito de Gyllenhaal es conseguir que odiemos y despreciemos a este carroñero sin escrúpulos sin que por ello dejemos de sentirnos cautivados por sus andanzas.
En la otra cara de la moneda se encuentra Nina Romina, interpretada por una olvidada Rene Russo), directora de un canal de noticias y aparente mentora (aunque pronto de verá que poco tiene que enseñarle) de Bloom y su principal defensora ante los buenos resultados de audiencia que sus grabaciones aportan a la cadena.
Comparada con la también inquietante Drive (yo mismo pensé en el film de Gosling durante la proyección), quizá por el estilo de narración urbana, situada casi en su totalidad en un Los Angeles nocturno, y por la constante utilización de un automóvil como “base de operaciones”, tiene Dan Gilroy un estilo de filmar algo más clasicista y convencional que los excesos visuales de Nicolas Winding Refn, aunque ello facilita que el rimo narrativo sea también más intenso y nunca decaiga el interés.
Es difícil precisar desde España lo habitual que pueda ser en los medios de comunicación americanos la práctica de estos nightcrawlers, aunque quiero pensar que este Louis Bloom es una vuelta de tuerca retorcida y desmedida a la profesión de dudosa moralidad que representa, en su vertiente más comedida, otro gran actor resucitado para la ocasión, Bill Paxton. Lejos de la definición que por estos lares tenemos de la palabra telebasura (aunque en camino vamos, baste con ver algunos telediarios), Nightcrawler nos presenta la cara oscura y mórbida de los medios de comunicación a la par que se inventa un personaje que, con la mirada enfermiza de Gyllenhaal, bien habría merecido un hueco en la lista de nominaciones al Oscar de este año.
Inquietante, desasosegante y despreciable, Nightcrawler engancha desde su primer plano, resultado un delicioso e insano entretenimiento y una de las películas más interesantes en lo que llevamos de año.

Absolutamente recomendable, aunque quizá luego nos odiemos un poco a nosotros mismos cada vez que veamos un canal de noticias.

lunes, 31 de marzo de 2014

ENEMY (3d10)

Basada en la novela “El hombre duplicado” del portugués José Samarago, el director canadiense Denis Villeneuve ha recurrido al español Javier Guillón para que le confeccione un guion a su medida en la que también metió mano, aparte del propio director, el protagonista, el californiano Jake Gyllenhaal (como ven, una ficha técnica muy internacional). Tras el éxito de público y crítica de Prisioneros, actor y director han decidido repetir colaboración para completar esta inquietante película que ya pasó por el ya lejano festival de Sitges y que llegaba precedido de enarboladas críticas.
La base de la película es tan sencilla como inquietante. Un profesor universitario, Adam, con una vida anodina y vacía, ve un día una película que le recomienda un compañero y se sorprende al descubrir entre el elenco de secundarios a un actor idéntico a él, Anthony. Obsesionado con la existencia de este doble suyo comenzará a investigar hasta conseguir localizarlo y organizar un encuentro.
La película arranca con una escena perturbadora y desconcertante, logrando descolocar al espectador para regresarlo a la realidad con la violencia de una bofetada enseñándonos la monotonía de Adam (hasta el sexo con su novia es monótono) y consiguiendo que sintamos tanta curiosidad como el propio protagonista con la existencia del tal Anthony. Empieza entonces un complicado rompecabezas con intercambio de papeles entre Adam y Anthony incluido con lo que ello representará para sus respectivas parejas, Mary (Mélanie Laurent) y Helen (Sarah Gadon). Pulula también por ahí la madre de Adam (o de ambos, vaya usted a saber), una desaprovechada Isabella Rossellini).
Todo en esta película es extraño. Lejos de estar ante un thriller de ritmo trepidante Villeneuve prefiere ofrecernos un tempo lento, acompasado, haciéndonos partícipes del desconcierto del protagonista e invitándonos a proponer nuestras propias teorías ayudados por detalles con cuentagotas que van surgiendo como miguitas de pan durante el metraje: una especie de club sexual exclusivo, las respuestas enigmáticas de la madre, la actitud de la esposa embarazada… Un camino de posibilidades infinitas que pueden variar desde la clonación, la posibilidad de que sean hermanos o el simple desdoblamiento de personalidad. Todo cabe en un abanico de especulaciones donde lo importante es indagar sobre el concepto de la identidad y, sobretodo, confundir al atrapado espectador en una incomprensible sucesión de hechos que derivarán en…
¡Eh! ¿No pensarían que les voy a revelar el final, verdad? Pues no lo haré. Pero no por miedo a chafarles la sorpresa y fastidiarles el visionado con spoilers sin indicar. No, qué va. No lo haré porque no lo tiene.
A medio camino entre el supuesto trascendentalismo de Terrence Malick y el caos visual y sin sentido de David Lynch, la mejor manera de definir Enemy es decir que se trata de, y perdonen ustedes mi vulgaridad, una paja mental del Villeneuve de las narices, que tras hora y media de escenas anodinas y sosas que uno aguanta con la simple esperanza de terminar entendiendo algo te arrea un puñetazo en los morros en forma de créditos finales y se queda tan pancho. No es que sea un final ambiguo y abierto a la interpretación, como sería el caso de Origen, por ejemplo, es más bien que el colega se ha reído de todos los que hemos pagado la entrada y nos ha hecho perder noventa minutos de nuestra vida con una colección de situaciones incomprensibles que al final resultan no llevar a nada.
No está del todo mal Gyllenhaal, tan soso como siempre cuando es Adam pero algo más inspirado en su papel de Anthony, pero su interpretación no justifica el despropósito y la tomadura de pelo que me pareció esta película, cuyos elogios me resultan incomprensibles y que, quizá, leyendo antes el libro o con un segundo visionado, pueda llegar a entender algo, pero que no me voy a molestar en hacer.

Interesante mientras se ve, espantosa, tras su conclusión, no soy amigo de la violencia, pero si alguien se cruza por la calle con el señor Villeneuve, por favor, denle un buen bofetón de mi parte. Y si pregunta por qué, se le echa la culpa a su doble y tan anchos…

jueves, 17 de octubre de 2013

PRISIONEROS (7d10)

Puede que no sea una definición muy académica, pero personalmente considero película de cine todo aquel producto que ha sido estrenado en una sala comercial, es decir, todas las películas que no son consideradas X (y no es este el foro adecuado para recordar la absurda polémica que provocó hace unos años la ministra de cultura con la prohibición del estreno de una de las partes de la saga Saw) o destinadas directamente al circuito televisivo o, incluso, a su visionado directo en la red o en venta en DVD (por desgracia vamos a tener que ir olvidándonos del concepto de películas de videoclub).
Digo esto porque al comenzar el visionado de Prisioneros uno tiene una sensación similar al principio de la recomendable El mensajero, como si de un domingo por la tarde se tratase y estuviésemos acomodados en el sillón de casa viendo que telefilm nos ofrece la cadena de turno. Así que lo primero que se piensa es: ¿qué pinta Hugh Jackman (lo mismo que decíamos en el otro ejemplo con Dwayne Johnson) en un drama de sobremesa?
Y es que el arranque no puede ser más tópico: Dos familias felices son truncadas cuando alguien secuestra a las respectivas niñas y, ante la aparente ineficacia de la policía, el padre de una de ellas decide actuar por su cuenta. Vamos, otra vuelta de tuerca al ya clásico “padre coraje”.
Hay, sin embargo, algunos detalles que nos indican que no estamos ante un telefilm al uso. Para empezar, el reparto, encabezado por un magnífico Hugh Jackman que cada dos por tres nos recuerda que hay vida más allá de Lobezno (aunque todos sabemos, él incluido, que nunca se librará del estigma del mutante) y acompañado por unos más que correctos Jake Gyllenhaal, Viola Davis, Maria Bello, Terrence Howard, Melissa Leo y Paul Dano, todos nombres reconocibles que brillan con luz propia y conforman el primer punto de interés del film.
El segundo punto en que debemos fijar nuestra atención es en el director, Denis Villeneuve, que ya fue nominado al Oscar por Incendius y que en breve volverá a remover nuestras consciencias con Enemy, de nuevo con Gyllenhaal en el reparto.
Pero el plato fuerte de la película es, no ya su historia (el lema es directo: ¿hasta dónde llegaría un padre por salvar a su hija?) sino el desarrollo de la misma. Partiendo como un thriller clásico y hasta cierto punto tópico la trama va introduciéndose en un terreno pantanoso y enfermizo plagada de decisiones difíciles aunque comprensibles y de escenas incómodas de ver, con giros de guion constantes (algunos más previsibles que otros) aunque siempre inteligentes pero que no lastran el resultado final, como sucede con otras películas de estas características, pues al final descubrimos que, por encima de saber dónde o cómo están las niñas, esta es una película de personajes, de enfrentamientos entre carácteres, de desesperación y de sacrificio.
Con una estética visual brillante, la película nos sumerge en una angustiante carrera contrarreloj en la que su principal virtud es la facilidad con la que el espectador consigue identificarse no ya con el protagonista sino con cualquiera de los personajes principales, ya sea un torturador, un supuesto asesino de niñas o un  padre atormentado con serios problemas de conciencia.
Así que no, definitivamente, no es un telefilm. Es la demostración de que una historia desgraciadamente demasiado cotidiana puede resultar en una gran película. Y tan dura que por momentos ni siquiera parece americana. Aunque lo es.

De ahí su final.