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sábado, 30 de diciembre de 2017

THE GREATEST SHOWMAN, el último gran musical.

Empezó el año (al menos en las pantallas españolas) con Ciudad de Estrellas (La la land) y lo terminamos con otro musical, The greatest showman. Con ello se completa un círculo en el que, para terminar de cerrar mejor el asunto, los autores de las piezas musicales son los mismos. Y solo por ello va a ser inevitable comparar ambas producciones.
No hay duda de que en el apartado visual Damien Chazelle es más adelantado que Michael Gracey, que debuta en la dirección con esta aparente biografía de P.T. Barnum. No esperen encontrar aquí imposibles planos secuencias ni la maestría que tenían algunas secuencias de la triste historia de amor entre el músico de jazz y la aspirante a actriz, pero ello no significa que no hayan lujosas y espectaculares coreografías y que, desde el punto de vista más formal, este sea un musical más redondo que La la land, donde habían demasiados momentos donde se echaba en falta más canciones. Además, aunque la presencia allí de Emma Stone era impagable, hay que reconocer que en cuanto a lo que carisma se refiere Ryan gosling no le llega a Hugh Jackman a la altura de los zapatos.
Jackman se mueve como pez en el agua en el terreno de los musicales, ya sea por su gran trabajo como presentador de los Oscars o por se de lo único salvable en aquella insípida y teatral adaptación de Los Miserables, y por ello solo los recovecos del guion (que dan una importancia bastante elevada a una subtrama romántica entre los personajes de Zac Efron y Zendaya) impiden que él solo se coma toda la película, eclipsando a todo lo demás.
The greatest showman dice ser un biopic de P.T. Barnum, pero ni se profundiza lo suficiente en su figura ni se ofrece una fidelidad extrema como para no reconocerlo como una simple excusa, una treta para hablar (como ya sucedía en The disaster Artist, también con Efron de secundario) sobre un hombre que persigue sus sueños y los límites que es capaz de cruzar para alcanzarlos.
The greatest showman tiene grandes nombres en su reparto, todos ellos capaces de brillar con luz propia (me quedé hipnotizado con la belleza y la voz de Rebecca Ferguson), aunque quizá Michelle Williams mereciera algo más de peso en la trama. Pero al final, por más que se quiera hablar de una especie de “ceniciento” que logra triunfar pese a sus humildes orígenes, aunque sea una oda a la integración y la igualdad sin importar razas o deformaciones, aunque sea una historia sobre el amor, la familia y la amistad, aunque los números musicales tengan magia y el espectáculo visual sea por momentos acaparador, nada logra al fin hacer sombra a Jackman.
El ya retirado Lobezno es el motor, para bien y para mal, de toda la historia, tal y como Barnum lo debía ser en su propio mundo, y solo por él ya valdría la pena pagar la entrada.
The greatest showman tiene sus deficiencias, no voy a negarlo, y quizá falta algo más de profundidad y reflexión en su sencilla historia, mucho más amable que la realidad que envolvía a Barnum, pero desprende un amor y un cariño por parte de todos sus realizadores (ahí está Bill Condon, autor de Chicago que este año ha arrasado como director de La bella y la bestia, colaborando en el guion; o James Mangold, amigo personal de Jackman y director de Logan, como productor), y es, en resumen, un gran espectáculo musical, un ejemplo de locura y maravilloso caos donde todo es posible y la magia es tan real como los gigantes, los enanos, las mujeres barbudas y otros encantadores engendros.

Valoración: Ocho sobre diez. 

domingo, 5 de marzo de 2017

LOGAN: amarga despedida del verdadero Lobezno.

Nos encontramos ante la (supuestamente) última película en la que Hugh Jackman va a interpretar a Lobezno, y eso merecía una despedida por todo lo alto. Y no me refiero a una despedida espectacular, a modo de blockbuster veraniego, con fuegos artificiales y bandas de música. 
En ese sentido, Logan apuesta en dirección contraria, siendo casi la película más pequeña de la franquicia X-men, más incluso que esa gamberrada que fue Deadpool. Logan no es, apenas, una película de superhéroes, con sus grandes explosiones y sus impactantes efectos digitales. Y eso es lo que hace que sea, paradójicamente, la mejor película de la franquicia.
Han pasado diecisiete años desde que un desconocido Jackman se metiese por primera vez en la piel del irascible mutante canadiense, y pese a los trucos de maquillaje o cgi es evidente que los años no pasan en balde, ni siquiera para el héroe inmortal. Ahora, todo ese cansancio, todas esas heridas de batallas acumuladas y el balance de muertes de uno y otro bando acumuladas en sus recuerdos han terminado por pasar factura. Logan, brillantemente dirigida por James Mangold, se remonta treinta años después del final de X-men: Apocalipsis, y mucho han cambiado las cosas desde entonces. Se pudo evitar la purga de 2024 presagiada en X-men: Días del futuro pasado, pero ello no es sinónimo de tiempos felices para los mutantes. El homo-superior al fin ha caído y han pasado años sin el nacimiento de ninguno de ellos. Y por lo que los propios protagonistas pudieran saber, Logan, Caliban (presentado, aunque con otro actor, en X-men: Apocalipsis) y un Charles Xavier senil y agonizante pueden ser los últimos de su especie. Hasta la aparición de una niña llamada Laura que aporta un poco de esperanza en este futuro tan desolador.
Logan no es una película de superhéroes al uso. Pese a sus secuencias de luchas salvajes y desenfrenadas, no es ni siquiera una película de acción. Estamos más bien ante una especie de western crepuscular, una película de perdedores acosados por su pasado que recuerda mucho al Sin Perdón de Clint Eastwood y que no oculta sus influencias homenajeando abiertamente al film Horizontes lejanos. El futuro imaginado por Mangold para Logan está más cercano de las tierras baldías y desérticas de Mad Max que de los diseños futuristas de títulos como Blade Runner, y eso se debe también a las in fluencias de la mini serie El viejo Logan, de Mark Millar y Steve  McNiven. Logan no puede, por más que le hubiese gustado, adaptar la mítica obra pues el futuro apocalíptico que en ella se describe es vital la interactuación (ya sea en acción o recuerdo) del resto del Universo Marvel, ausente en la franquicia de la Fox, pero sus influencias están siempre presentes. Logan es ahora un hombre derrotado, una sombra del héroe que fue, apenas un fantasma del pasado que debe luchar contra sus propios recuerdos y proteger a los pocos que le quedan a su lado ahora que el sueño de Xavier de un mundo en paz a perecido definitivamente.
Sin contener incoherencias con respecto al resto de películas de la franquicia (algo muy habitual en la propia saga, por cierto), Logan respeta sus orígenes sin regodearse en ellos. Rechaza tanto el ser una película autoreferencial que ni siquiera obsequia a sus seguidores con los populares “fan-eggs” o con una escena postcrédito que, a modo de chiste, dulcifique la historia. No hay aquí tipos con mallas de colores ni edificios volando, y ni siquiera hay una explicación detallada de lo que ha sucedido con el resto de los héroes, apenas unas pinceladas que deben bastar para entender dónde estamos y como henos llegado aquí.
Logan es una película de perdedores buscando su propio camino, una historia de redención y segundas oportunidades, amarga y deprimente, donde una niña violenta y asalvajada es la única luz de esperanza que queda. Se trata, sobre todo, de una película sobre padres e hijos, sobre la relación entre Charles y Logan, por un lado, y entre Logan y Laura por otro, una road movie de carreteras polvorientas sin destino definido que se asemeja también al Blood Father donde Mel Gibson buscaba su propio camino de redención siendo también su recién encontrada hija su único punto de contacto con la realidad.
Hay momentos divertidos en Logan, pero se trata de una diversión a cuentagotas, de chistes amargos y dolorosos. Marvel/Fox abre aquí una nueva vía para hacer cine de superhéroes, y demuestra que hay vida más allá del colorido amable y espectacular de la línea marcada por Los Vengadores y de la oscuridad depresiva con que Nolan tiñó el Universo DC. Deadpool, con sus chistes incesantes y desmedidos, abrió las puertas a un cine menos infantil, con violencia extrema y sangre a borbotones, y Logan ha seguido ese camino, rehuyendo del humor pero no de la violencia que identifica la película como “R”, algo que antaño se consideraba veneno para la taquilla. 
Así, gracias a poder ver desmembramientos, decapitaciones y destripamientos, nos encontramos con el Lobezno que siempre debió ser, ese antihéroe salvaje y desmedido con el que Fox no se había atrevido hasta la fecha.
Hemos tenido que esperar hasta su última aventura tras ocho apariciones anteriores en el universo cinematográfico de los X-men para verle el verdadero rostro al hombre anteriormente conocido como James Horwlett. Y, esta vez, sí es de verdad la última.
En los cómics, El viejo Logan no pertenecía al canon oficial, por aquello tan complicado de entender para los apócrifos de los Multiversos, pero en cine sí deberíamos dar esta película como el cierre definitivo de la historia de los X-men. Podemos seguir averiguando qué pasó por el camino, e incluso se podrían buscar argucias argumentales para recuperar a un rejuvenecido Logan sin alterar la corriente temporal, pero esta película es, y debe ser, su epitafio definitivo.
Logan es, sin duda, la mejor película de mutantes hasta la fecha. Y, muy posiblemente, está entre las mejores películas de superhéroes de todos los tiempos. Puede que porque ni siquiera es una película de superhéroes.
Ahora la pregunta que en Fox deben hacerse es… ¿vale la pena seguir expandiendo el malherido universo mutante o deberían seguir los pasos marcados por Mangold en Logan? Seguramente será lo primero (a la serie Legión hay que sumar la inminente X-men: Supernova), pero yo aplaudiría por la segunda vía. El futuro de los hombres X debería definirse bajo las indicaciones de X… 23. Aunque Logan no vaya a estar ahí para verlo.

Valoración: Ocho sobre diez.

domingo, 11 de diciembre de 2016

Cds: EDDIE EL ÁGUILA, cuando los sueños se hacen realidad.

Una de los puntos de partida más llamativos a la hora de crear una historia es la reconstrucción de un héroe. El mundo del cine ha dado héroes de todo tipo: libertadores enfrentados a su propio país, como el Newton Knight de Los hombres libres de Jones, médicos que salvan vidas en tiempo de guerra, como el Desmond Doss de Hasta el último hombre, o simples pilotos de avión que se limitan a hacer su trabajo lo mejor posible como Chesley Sullenberger en Sully.
A su manera, el mundo del deporte también ha dado héroes de todo tipo, siendo posiblemente Jesse Owens (cuya última adaptación a su vida fue en El héroe de Berlín) uno de los más populares.
Sin embargo, en ocasiones, las hazañas no pueden medirse por su grandeza, y un ser casi anónimo puede convertirse en un héroe incluso siendo el peor de su categoría. Algo así sucedió con Eddie Edwars, un chaval británico sin ninguna aptitud para el deporte que se empecinó en participar en unos Juegos Olímpicos logrando su sueño en la modalidad de salto de esquí.
La cosa tiene truco, por supuesto. Gran Bretaña no tenía equipo olímpico de salto y, pese a las tramas que le pusieron (era considerado, quizá de forma merecida, poco más que un payaso), los requisitos para clasificarse eran tan mínimos que logró cumplir su sueño. No solo eso, sino que siendo incluso el peor saltador consiguió dos record para su país y, sobre todo, el cariño y la aclamación popular.
Eddie el águila, la adaptación al cine de este héroe improbable y estrafalario corre a cargo de Dexter Fletcher (director de la simpática Amanece en Edimburgo), que hace un trabajo correcto pero que no va más allá de lo funcional. Quien parece estar realmente tras el corazón de la película es Matthew Vaughn (viejo amiguete de Fletcher, pues contó con él como actor en Stardust y Kick-Ass), quien además de producir se ha traído para protagonizarla a la estrella de su película Kingsman, un Taron Egerton qaue está realmente brillante.
Egerton es, posiblemente, el alma de la película, el que hace que funcione tan bien y sea posible encariñarse con un tipo que, visto de otra manera, pudiera resultar patético. De hecho, sus primeras escenas, las más histriónicas de la película, invitan a sospechar que su interpretación (reforzada en una notable caracterización) pudieran caer hacia el esperpento, pero el joven actor consigue superar las trabas iniciales y componer un personaje tierno, sensible y capaz de calar en nuestros corazones.
Consciente de sus limitaciones históricas, la película no pretende en ningún momento ser un drama épico como cualquiera de los ejemplos más arriba mencionados, sino que apuesta claramente por la comedia ligera, haciéndonos conocer las desgracias de Eddie con una sonrisa y pudiendo empatizar con él más fácilmente, emocionándonos con sus avances sin importar que sepamos de antemano el resultado final.
Quizá una pieza clave para que todo funcione es la invención de un entrenador que nunca existió en la vida real al que interpreta magníficamente Hugh Jackman. Jackman aporta el toque de socarronería y gamberrismo necesario para contrastar con el optimismo exagerado de Eddie y permite que se desarrolle una historia secundaria de redención que no se molesta para nada con la principal y aporta su granito de arena a que todo cuadre a la perfección.
Después de que la película pasara fugazmente por las carteleras, casi de tapadillo, el VOD es una magnífica oportunidad para recuperarla y conocer un poco mejor a este patán con de buen corazón y ambiciones claras que da sentido a la popular cita de que “lo importante es participar, no ganar”.

Valoración: Siete sobre diez.

lunes, 26 de octubre de 2015

PAN (5d10)

Después de dos agotadores fines de semana en Sitges y ante la imposibilidad por motivos laborales de dejarme caer por las salas de cines en días laborables, llega al fin el fin de semana donde trataré re recuperar estrenos que se han quedado por el camino.
Y para empezar, con un poco de sentido cronológico, ha tocado visionar Pan.
¿Y qué es esto de Pan? Pues, visualmente, una absoluta maravilla. Un despliegue imaginativo que justifica la presencia  de Joe Wright como realizador después de ver el repertorio escenográfico de Anna Karenina, donde el 3D luce espléndidamente, con un aroma muy burtoniano en la caracterización de los villanos (esa mezcla de piratas-payasos) y unas secuencias aéreas muy trepidantes. Pero Pan pretende ser algo más que un conjunto de fotografías en movimiento, y es por ello que (supongo) han contratado a un guionista y unos intérpretes para dar forma a todo ese imaginario que Wright ha concebido para simple regocijo de su hijo. Y ahí es donde la película fracasa, siendo absolutamente plana e insulsa, resultando incluso aburrida con sus excesivos ciento once minutos de metraje.
Con esta moda (¿alguien ha dicho burbuja?) tan cansina de adaptar en imagen real cuentos clásicos que resultan inolvidables en su versión animada, los productores de Pan han querido repetir la jugada que tan buenos resultados le dio a Maléfica tratando, en lugar de repetir la historia, de contarnos lo sucedido antes de en el clásico de Disney basado en la obra de J.M.Barrie.
No es la primera aproximación en imagen real de Peter Pan (me viene a la mente Peter Pan: la gran aventura de P.J.Hogan  o la magnífica Descubriendo Nunca Jamás, de Marc Forster, esta segunda inspirada en el momento de creación de la obra), pero parece que por la importancia de sus realizadores o intérpretes (y dejando de lado las múltiples secuelas para video o todo lo relacionado con Campanilla) han convertido la historia del niño que no quería crecer en una especie de trilogía no oficial: el Peter Pan de Disney (al final la mejor de todas), la fallida Hook de Steven Spielberg (que podía ser una secuela con un Peter ya adulto) y ahora la precuela, en la que se nos explica como un niño huérfano llamado Peter Pan llega desde un Londres de postguerra hasta el país de Nunca Jamás para enfrentarse a su destino como líder de los Niños Perdidos. El problema es que, gustara más o menos, Maléfica explicaba como la bruja de La Bella Durmiente pasaba de ser un hada a convertirse en la villana de la historia, pero en el caso de Pan todas las explicaciones exigibles en una precuela no existen. Sí, está la llegada de Peter a Nunca Jamás, la presencia de las hadas, de Garfio e incluso de Smiegel. Pero si alguien quiere ver como Peter y Campanilla se conocieron, por ejemplo, como Garfio se convirtió en su enemigo mortal (aquí son amigos), el motivo por el que Peter Pan pierde su sombra al más mínimo despiste… Da la sensación de que todo eso ha quedado en el tintero con la pretensión (maldita ambición) de que esto sea tan solo el principio de una saga de manera que la relación entre Peter Pan y James Garfio (con Tigrilla como tercer elemento del triángulo). Y los veintisiete millones recaudados en los Estados Unidos (Setenta y cinco a nivel mundial) sobre un presupuesto de ciento cincuenta millones invitan a pensar que esa saga nunca se prolongará más allá de esta única película que tiene el honor de ser uno de los más estrepitosos fracasos del año a la altura de Tomorrowland o Los Cuatro Fantásticos (vaya rachita de las hermanas Mara).
Ya el propio reparto es un claro despropósito, en el que solo se salva el joven Levi Miller interpretando a Peter. Hugh Jackman, cuya carrera lejos de Lobezno anda bastante perdida, roza el esperpento, con un personaje tan exagerado y caricaturesco como fue el propio Garfio que Dustin Hoffman interpretó en Hook. Rooney Mara muestra su apatía habitual, contagiando su mirada mustia e insípida a la grada. Garret Hedlund no tiene nada de carisma, tratando de emular a Chris Platt en esta especie de antihéroe simpático y socarrón que no transmite absolutamente nada. Y lo de Adeel Akhtar como Smiegel es casi de juzgado de guardia.
La historia es totalmente estúpida  y desdibujada, con momentos de verdadero ridículo (los piratas recibiendo a Barbanegra a ritmo de Nirvana en una escena que recuerda demasiado al Mad Max: Fury Road de Miller), un ritmo muy mal llevado, unos villanos e opereta (empezando por las grotescas monjas del orfanato) y un argumento que avanza hacia ningún lado, yendo de más a menos, limitándose a buscar la espectacularidad de la batalla final pretendiendo ser un blockbuster veraniego más que una simple obra de un director que se dejó su personalidad junto al talonario y cuyo talento solo se aprecia en el despliegue visual (impresionante, eso sí) para los que no merece la pena emplear dos horas de tiempo. Más bonito y mejor conformado está el tráiler, donde se pueden ver en un minuto lo mejor del film, y a otra cosa, mariposa.
Totalmente prescindible.


sábado, 14 de marzo de 2015

CHAPPIE (6d10)

Cuesta encontrar el sentido de una película como Chappie, una historia tan extraña e irregular que definirla como una mezcla entre Cortocircuito y RoboCop (la original, claro) puede parecer un recurso fácil, pero las referencias a esas películas es tan constante a lo largo del metraje que es imposible verla y pensar en otra cosa. Claro que es un film de Neill Blomkamp, con lo que no se pueden evitar sus fobias habituales, como la (aparente) crítica social sobre la situación de Sudáfrica, las familias disfuncionales, la soledad de los que son diferentes…
Chappie deambula entre varias tramas paralelas: un trío de ladronzuelos de poca monta que deben devolver una gran cantidad de dinero al psicótico líder de una banda para lo que deben organizar un atraco a lo grande, la competividad entre dos creadores informáticos, uno de los cuales apuesta por la Inteligencia Artificial de sus ciborgs mientras que el otro se decanta más por la fuerza mastodóntica de robots tripulados siempre por humanos y, finalmente, la creación del primer androide con Inteligencia Artificial completa al que hay que enseñarle todo como si de un bebé se tratase.
Con las referencias de Distrito 9 y Elysium en el currículo de Blomkamp uno ya sabe más o menos lo que puede encontrarse en la película: acción bien dosificada, buen ritmo, grandes efectos especiales y mucho entretenimiento. Y todo esto se encuentra en Chappie, aunque repartido de forma muy desmedida e irregular.
Quizá el principal problema de la obra sea que o bien Blomkamp no sabe lo que nos quiere transmitir o bien no es capaz de hacerlo, pero el caso es que su Chappie arranca como una cinta de un corte tan infantil que borda lo ridículo, con ese robot aprendiendo a ser malote (no es un invento mío, la palabra malote se repite varias veces a lo algo de la peli, lo juro) para terminar en una horda de destrucción con toques lo suficientemente sangrientos para recordar el estilo de Verhoeven. 
Blomkamp, además, se rodea de un elenco de actores que no parecen tomarse en ningún momento en serio la historia, exceptuando quizá al esforzado -aunque limitado- Dev Patel, el chico de Slumdog millionaire, destacando el grotesco y sopbreactuado papel de Hugh Jackman, la desaprovechada Sigourney Weaver y los ridículos Ninja (sí, así se llama) y Yo-Landi Visser, una pareja de raperos sudafricanos que bien podrían seguir dedicándose a lo suyo, aunque en el caso de ella casi logra transmitir algo de ternura en su papel maternal de trágico final (no entro a valorar a Sharlto Copley porque la vi doblada).
La historia de Chappie, aparte de su planteamiento inicial, es completamente absurda, logrando que cada giro de guion sea más desconcertante que el anterior y que si se analiza con un mínimo de tranquilidad podría resultar hasta insultante. Es estúpida, boba e insensata, pero son tales los despropósitos que se cruzan en ella que logra, sorprendentemente, ser divertida y hasta entretener.
Se trata, podríamos decir, de cine palomitero elevado a su máximo exponente, siendo obligado el dejar el cerebro en la entrada y dejándose llevar por una serie de tontadas simpáticas de humor muy blanco e ingenuo que no debería aspirar a más que hacer pasar un rato distraído y poco más.
Eso sí, saliendo de la sala del cine uno ya empieza a temblar pensando si eso de que el señor Blomkamp se haga cargo de la nueva película de Alien es realmente buena idea.


domingo, 15 de junio de 2014

X-MEN: DÍAS DEL FUTURO PASADO (7d10)


Resulta complicado tratar de valorar con imparcialidad una película como esta, ya que hay tres elementos fundamentales en ella que según la influencia que le reconozcamos hará que aumente o disminuya su percepción. 

Por un lado (y esto debería ser lo más lógico y fundamental) podemos tratarla simplemente como lo que es: una peli de acción y entretenimiento de las que se podría considerar como simplemente palomitera. Por otro lado se puede tener en cuenta que es una adaptación de un comic y como tal puntuar la fidelidad que tiene con el mismo y con su espíritu (y en ello no me entretendré demasiado, pues personalmente nunca he sido un gran seguidor de los mutantes). Y finalmente se le puede considerar como el cierre de una saga en la que su director, Bryan Singer, se ha empeñado en tapar grietas y agujeros con más o menos fortuna.
Se mire como se mire, X-men: Días del futuro pasado es una entretenidísima película con momentos impactantes y suficiente carga emocional para contentar a los más exigentes, aunque se le echa en falta un poco de chispa, un punto de pasión que termine por emocionar a todos aquellos que no vamos a jadear cada vez que hay un guiño o referencia que no va dirigido a nosotros, los “no muties”. Así, aunque no sea amigo de las comparaciones, teniendo en cuenta las grandes apuestas de género super heroico en lo que va de año, podríamos decir que está por encima de The Amazing Spider-man 2: el poder de Electro pero  que no alcanza a El Capitán América: El Soldado de Invierno.
Pero hagamos un poco de historia: Bryan Singer fue el artífice, allá por los lejanos 2000 y 2003, de resucitar las pelis de superhéroes con X-men y X-men 2, poniendo de moda el mundo de los comics tras los últimos fiascos en adaptaciones que hacían pensar que el Superman de Donner y el Batman de Burton eran excepciones que confirmaban que cine y comics no casaban bien (luego ya vendrían los pelotazos del Spiderman de Raimi, El Caballero Oscuro de Nolan y el exitoso experimento de Universo Cinemático de Marvel) aunque tras producir X-men Origenes: Lobezno tuvo que abandonar el barco mutante cuando la Fox no quiso esperar a que terminara Superman Returns para realizar la tercera parte de la saga, siendo sustituido por Brett Ratner . Viendo que la acogida de estas dos películas no fue especialmente buena (y lo mismo se podría decir de la carrera de Singer por su cuenta), la Fox y el director parecían condenados a reencontrarse. 
A punto estuvieron con X-men: Primera generación, que de nuevo los problemas de agenda (esta vez por culpa de Jack Cazagigantes) dejaron fuera del barco al director neoyorquino en favor de  Matthew Vaughn, y que supuso un soplo de aire fresco a la saga que en taquilla, sin embargo, no terminaba de remontar el vuelo, como terminó de confirmar la secuela de X-men orígenes: Lobezno (Lobezno Inmortal). Así, parecía el momento propicio para que Singer y Fox volviesen a unir fuerzas en busca de la película definitiva o el fracaso más absoluto. Hacía ya catorce años de aquel primer equipo de superhéroes mutantes que asombró al mundo y quedaba por en medio todo un camino de decisiones precipitadas, guiones irregulares y muertos mal enterrados.
Por eso, con Singer de nuevo a los mandos de los mutantes de Marvel, lo primero que se hizo es construir un gigantesco puzle donde no sólo se reuniese a lo mejor de los dos films de Singer con lo del de Vaughn sino que en lugar de correr un tupido velo sobre las decepciones que supusieron X-men: La decisión final y los dos Lobeznos (tal y como el propio director había hecho con su también fallido Superman returns, para la que había ignorado totalmente la existencia de Superman 3 y 4) se tratara de explicar y/o arreglar todos los desaguisados de tales films.
Un poco siguiendo la estela del Star Trek de Abrams, Singer logra reinventar la saga con una película que es a la vez reboot, secuela y precuela, usando el truco de los viajes en el tiempo y con la historia creada por Chris Claremont como base principal (curiosamente una historia en la que el propio Cameron confesó haberse inspirado para su Terminator, película a la que hay un guiño en la propia X-men: Dias del futuro pasado).
Estamos en el futuro, un futuro oscuro ya anunciado por el profesor Xavier y Magneto en el prólogo final de Lobezno Inmortal. Tras una cruel guerra que ha diezmado a la raza mutante la humanidad entera está en peligro y la única esperanza es que los X-men supervivientes (los que quedan de la trilogía original más alguna nueva incorporación) envíen la conciencia de Lobezno al Lobezno de hace cincuenta años para, con la ayuda de la versión joven de los mutantes vistos en X-men: Primera generación tratar de cambiar los acontecimientos que terminarán desembocando en la guerra contra los mutantes.
Con un planteamiento que de entrada puede resultar confuso, la película transita entre pasado y futuro con dos generaciones de X-men luchando por su propia supervivencia pero entre los que sobresale el trío protagonista que ya brillara en la versión de Vaughn, es decir, los personajes interpretados por Michael Fassbender, James McAvoy y Jennifer Lawrence, con un Hugh Jackman que termina siendo menos omnipresente de lo que inicialmente nos pudiésemos temer (lo cual es de agradecer, Fox tiene que convencerse de que hay vida más allá de Lobezno) y una absolutamente genial presentación de Mercurio (mutante al que también veremos, aunque interpretado por otro actor, en Los Vengadores: La era de Ultrón), que roba protagonismo a todos los que le rodean durante unos minutos brillantes pero que después desaparece para que el peso de la acción y el drama recupere a sus protagonistas.
Uno de los grandes méritos de esta nueva incursión de los X-men en el cine es el conseguir mantener a todos los actores del elenco principal cuyos rostros estarán por siempre ligados a los personajes y aumentar aún más el nivel interpretativo con la apuesta de Peter Dinklage (el maquiavélico Tyrion Lannister de Juego de Tronos) como el villano de la función, que junto a Evan Peters como el mencionado Mercurio y Omar Sy (quizá uno de los actores más desaprovechados del gran reparto coral) como Bishop es una de las nuevas caras de la saga.
Supongo que hay que concederle un punto de fortuna a una franquicia que en su momento apostó por rostros bastante desconocidos como fueron Hugh Jackman o Halle Berry que luego se convirtieron en grandes estrellas y volvieron a acertar en el reboot con Fassbender, McCavoy y Lawrence, consiguiendo así que al juntarlos todos y sumar a los veteranos Patrick Stewart y Ian McKellen a la ecuación nos encontremos con uno de los repartos más impresionantes de todos los tiempos (sumemos las apariciones más o menos relevantes de Nicholas Hoult, Anna Paquin o Ellen Page más alguna sorpresita que no voy a revelar).
Con todos estos componentes resultaba casi imposible que Singer hiciera una película mala, en la que solo debe preocuparse por acertar en el ritmo narrativo y establecer con claridad las preferencias entre las dos líneas temporales, consiguiendo acertar en ello y poner el broche de oro a una franquicia que le pertenece por méritos propios (aunque no hay que restarle méritos ni obviar la influencia que ha ejercido Vaughn en la misma).
X-men: Días del futuro pasado es, en resumen, un gran fin de fiesta, una película donde confluyen todos los afluentes que parecían perderse a lo largo de las seis películas anteriores y que establece un punto y aparte en el mundo mutante marvelita. No es la última película que veremos del grupo (ya están anunciadas una tercera de Lobezno y X-men: Apocalipsis), pero la creación de diferentes líneas temporales que se producen a lo largo del film (los que en su día no se aclararon con la trilogía de Regreso al futuro aquí lo van a flipar) permite que los fans más acérrimos disfruten de una despedida/homenaje de toda una generación a la par que deja claro quién dirigirá el cotarro a partir de ahora, con Jennifer Lawrence como gran estrella, James McCavoy con un papel que le permite lucirse y un Fassbender que quizá sea de lo más flojito del film, como si no terminara de estar demasiado interesado en la historia.
Centinelas, una buena recreación de los 70’ y muchos mutantes para una peripecia narrativa a la que tuvieron que eliminar una subtrama entera para no liar más la cosa y que hará que su aparición en DVD en una hipotética versión extendida sea muy apetecible.
Los mutantes han vuelto. Y es para quedarse.

jueves, 17 de octubre de 2013

PRISIONEROS (7d10)

Puede que no sea una definición muy académica, pero personalmente considero película de cine todo aquel producto que ha sido estrenado en una sala comercial, es decir, todas las películas que no son consideradas X (y no es este el foro adecuado para recordar la absurda polémica que provocó hace unos años la ministra de cultura con la prohibición del estreno de una de las partes de la saga Saw) o destinadas directamente al circuito televisivo o, incluso, a su visionado directo en la red o en venta en DVD (por desgracia vamos a tener que ir olvidándonos del concepto de películas de videoclub).
Digo esto porque al comenzar el visionado de Prisioneros uno tiene una sensación similar al principio de la recomendable El mensajero, como si de un domingo por la tarde se tratase y estuviésemos acomodados en el sillón de casa viendo que telefilm nos ofrece la cadena de turno. Así que lo primero que se piensa es: ¿qué pinta Hugh Jackman (lo mismo que decíamos en el otro ejemplo con Dwayne Johnson) en un drama de sobremesa?
Y es que el arranque no puede ser más tópico: Dos familias felices son truncadas cuando alguien secuestra a las respectivas niñas y, ante la aparente ineficacia de la policía, el padre de una de ellas decide actuar por su cuenta. Vamos, otra vuelta de tuerca al ya clásico “padre coraje”.
Hay, sin embargo, algunos detalles que nos indican que no estamos ante un telefilm al uso. Para empezar, el reparto, encabezado por un magnífico Hugh Jackman que cada dos por tres nos recuerda que hay vida más allá de Lobezno (aunque todos sabemos, él incluido, que nunca se librará del estigma del mutante) y acompañado por unos más que correctos Jake Gyllenhaal, Viola Davis, Maria Bello, Terrence Howard, Melissa Leo y Paul Dano, todos nombres reconocibles que brillan con luz propia y conforman el primer punto de interés del film.
El segundo punto en que debemos fijar nuestra atención es en el director, Denis Villeneuve, que ya fue nominado al Oscar por Incendius y que en breve volverá a remover nuestras consciencias con Enemy, de nuevo con Gyllenhaal en el reparto.
Pero el plato fuerte de la película es, no ya su historia (el lema es directo: ¿hasta dónde llegaría un padre por salvar a su hija?) sino el desarrollo de la misma. Partiendo como un thriller clásico y hasta cierto punto tópico la trama va introduciéndose en un terreno pantanoso y enfermizo plagada de decisiones difíciles aunque comprensibles y de escenas incómodas de ver, con giros de guion constantes (algunos más previsibles que otros) aunque siempre inteligentes pero que no lastran el resultado final, como sucede con otras películas de estas características, pues al final descubrimos que, por encima de saber dónde o cómo están las niñas, esta es una película de personajes, de enfrentamientos entre carácteres, de desesperación y de sacrificio.
Con una estética visual brillante, la película nos sumerge en una angustiante carrera contrarreloj en la que su principal virtud es la facilidad con la que el espectador consigue identificarse no ya con el protagonista sino con cualquiera de los personajes principales, ya sea un torturador, un supuesto asesino de niñas o un  padre atormentado con serios problemas de conciencia.
Así que no, definitivamente, no es un telefilm. Es la demostración de que una historia desgraciadamente demasiado cotidiana puede resultar en una gran película. Y tan dura que por momentos ni siquiera parece americana. Aunque lo es.

De ahí su final.

sábado, 27 de julio de 2013

LOBEZNO INMORTAL (7d10)

Antes de comenzar con mi comentario permitidme unos momentos de reflexión, en plan aviso para navegantes, ordenando un poco cronológicamente el mundo cinematográfico de X-men. Y es que, contra lo que pudiera pensarse, Lobezno Inmortal no es una secuela directa de X-men Origenes: Lobezno, ese petardo de película que desdibujo al mutante de las garras de adamantium y estuvo a punto de hundir la franquicia. Si nos centramos básicamente en el personaje de Logan, X-men Origenes: Lobezno sería la primera película de la saga, donde se explica el nacimiento del canadiense en un mundo donde no se sabía de la existencia de más mutantes (que pena que no se hubiese conformado con contar solo el origen del héroe, obviando la época más moderna, como si hicieron con El Capitán América). A continuación situaríamos X-men: Primera Generación, donde aparecen los primeros mutantes “oficiales” y Charles Xavier y Eric Lensherr asentaban las bases de su enemistad. Si recordáis, por ahí aparecía Lobezno, que simplemente ignoraba la llamada a filas de la pareja. De ahí pasamos a X-men, con el Profesor X reclutando a Logan para su academia y mostrándole la amenaza que supone Magneto. Continuamos con X-men 2 (más de lo mismo) y continuamos hasta X-men: La decisión final, donde se referencia a la saga de la Fénix Oscura y concluye con Lobezno matando a su amada Jean Grey para salvar a la humanidad. Y he querido empezar con esta aclaración primero porque el orden cronológico de las apariciones cinematográficas de Lobezno (todas ellas Hugh Jackman) no corresponde con el orden cronológico en que las películas fueron realizadas y segundo porque, al igual que pasara con Iron man 3 en referencia a Los Vengadores, mucho de lo que aquí sucede está directamente vinculado con los hechos de X-men: La decisión final. Por cierto, que la siguiente aparición de Lobezno en cines será en menos de un año en X-men: Días de futuro pasado (es decir, que tampoco será, contra lo que pudiera pensarse, una secuela de X-men: Primera generación; ¿o sí?) y debería ordenarse en el tiempo justo después de esta Lobezno Inmortal (y como enlace hay que esperar a la escena postcréditos de rigor), aunque a la vez habría que situarla también entre X-men: Primera generación y X-men. ¿Confundidos? Bueno, de esto hablaré más detenidamente el año que viene.
Al tema, que Lobezno Inmortal bebe mucho a nivel argumental de aquella película (despreciada por muchos pero que a mí me entusiasmó y me pareció muy emocionante, solo algo por debajo de las de Bryan Singer) de Brett Ratner hasta el punto de recuperar el personaje de Jean Grey (interpretado por cuarta vez por Framke Janssen), con un Logan torturado por su pasado que decide huir de lo que es y lo que representa, llegando incluso a renegar del apodo de Lobezno. Comparándola de nuevo con la reciente Iron man 3, la última aportación Marvel al celuloide se muestra a medio camino entre sus adaptaciones habituales, siendo menos colorida y divertida (como las primeras Iron man, Spider-man o la propia Los Vengadores) pero sin alcanzar la oscuridad y supuesto trascendentalismo del DC más nolaniano (los tres Caballero Oscuro o El hombre de Acero). Como en aquel caso hiciera Marvel, la 20th Century Fox ha optado por un director de interés poco dado a las pelis de superhéroes como es el irregular James Mangold (suyas son las estupendas Copland, En la cuerda floja o El tren de las 3:10, pero también la sonrojante Noche y Día, aquel tonto vehículo de lucimiento de Tom Cruise y Cameron Díaz corriendo unos San Fermines en Sevilla), dándole al film un tono más cercano al thriller que a la fantasía más pura, con toques de James Bond (homenaje incluido con la escena de la piscina). Eso hace de Lobezno Inmortal un film diferente, muy interesante y sorprendentemente emocionante, que si bien no se adentra tanto como debería en la obra Lobezno: Honor en la que se basa (un clásico de Chris Claremont y Frank Miller), si consigue reanimar a un personaje que parecía muerto tras la estúpida y totalmente prescindible X-men Origenes: Lobezno, película de la cual la Fox no reniega pero sí invita a olvidar con nulas referencias a ella. De nuevo recordando a Iron man 3, el único punto flojo del film de Madgold es que, a fin de cuentas, se trata de una peli de superhéroes, y la interesante trama de intrigas y traiciones debe perderse en el climax final para ofrecer una pelea espectacular con un villano de altura (en este caso el elegido es el Samurái de Plata, en una de las mayores licencias tomadas por el film con respecto a los personajes de comic), un enfrentamiento que pese a resultar emocionante y dramático desdibuja un poco el tono adulto del resto de la historia, algo similar a lo que sucedía con el derroche de armaduras al final del último Iron man.
La película arranca con Logan prisionero en territorio japonés en plena II Guerra Mundial, en una espectacular secuencia donde se observa el devastador lanzamiento de la bomba atómica sobre Nagasaki. De ahí saltamos al presente (debemos recordar que Logan apenas envejece), donde como ya he comentado el mutante canadiense vaga en un laberinto de desesperación y autodestrucción atormentado por sus actos contra Jean hasta que es localizado por Yukio (la extraña y desconocida Rila Fukushima) que le pide que la acompañe a Japón para despedirse de Yashida, un millonario empresario moribundo al que Logan salvó la vida en Nagasaki. A regañadientes, Logan accede solo para descubrir que todo es una trampa, un desafío que le llevará a enfrentarse a sus temores, a luchar contra sí mismo y a dudar de sus propios deseos de vivir. Pero a la vez le permitirán reencontrarse con el amor en la persona de Mariko (Tao Okamoto, otra actriz que debuta en esto del cine). Mermado físicamente como nunca había estado, Logan (¿o será de nuevo Lobezno?) deberá enfrentarse a angustiosas persecuciones, clanes mafiosos,  ninjas y una mutante letal, Víbora (otra licencia notable, en el comic el personaje no tiene ningún poder, aunque es igual o más peligrosa aún). En una cultura desconocida para él (no estamos en Lost in traslation, pero qué duda cabe de que Japón es un protagonista más del film), con sus poderes deteriorados y sin saben en quien puede confiar, Logan se enfrenta a una de sus más duras pruebas. No solo debe vencer a sus ene
migos, sino que debe descubrir en lo más profundo de su ser si tiene fuerzas para seguir luchando por ello.
Por supuesto, la película podría ser más reflexiva e intimista, pero por suerte no se empeña en profundizar en exceso, anteponiendo ante todo la acción y la espectacularidad con secuencias de acción muy bien filmadas y en las que se agradece que no se abuse de los efectos digitales (una de las cosas más ridículas de X-men orígenes: Lobezno eran las garras de adamantium generadas por ordenador).
Interesante, emotiva y divertida, Lobezno Inmortal no pretende ser una drama shakesperiano, sino un entretenimiento veraniego algo más inteligente que la media, ofreciendo algo más que mamporros a diestro y siniestro y ejerciendo como telonera a la próxima X-men: Días de futuro pasado, aunque arriesgándose a que la franquicia mutante quede demasiado saturada de un único personaje que más que icono se ha convertido en amo y señor de un universo que, como demostró Matthew Vaughn en X-men: Primera generación, puede sobrevivir sin él. Si se atreven.
Sobre Hugh Jackman, pues ¿qué queréis que os diga? Pasa lo mismo que con Robert Downey Jr. Después de interpretar el personaje cinco veces (seis si contamos el cameo) y estar a punto de hacerlo de nuevo (y encima por partida doble, ya hablaremos de ello, os lo prometo), pues no hay ninguna duda de que Lobezno es él y nadie más que él. Brutal y efectivo para nuestros gustos, atractivo y descamisado para los gustos de ellas. ¿Qué más se puede pedir?

Cierto es que, una vez más, los más fanáticos seguidores del comic se rasgaran las vestiduras por algunas de las cosas que suceden pero, mentalizaos, chicos, esto es el universo Marvel del cien. Aquí la cosas son diferentes, para bien o para mal, y si nos obsesionamos por trasladarlo todo textualmente del papel al celuloide difícilmente lograremos disfrutar. ¿O no?