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domingo, 22 de enero de 2017

LION. La búsqueda de un pasado perdido.

Poco a poco, con el dichoso retraso al que nos tienen acostumbrados las distribuidoras españolas, van llegando las películas importantes del 2016, aquellas con presencia en los Globos de Oro y que suenan de cara a la carrera por los Oscars, aunque si alguna le va a toser a La la land no será esta precisamente.
Lion cuenta la historia de Saroo Brierley, un niño de ocho años que se pierde en su India natal y vaga sin rumbo hasta ser internado y posteriormente adoptado por una familia acomodada de Australia. Allí, una vez adulto, se obsesiona con su pasado y se embarca en la búsqueda imposible de su familia biológica.
Dirigida por el debutante Garth Davis, Lion está basada en la vida real de Saroo tal y como la recoge en su biografía A long way home. El hecho de que estemos ante una historia real es lo que marca el devenir de la película, siendo su principal acicate y lastre a la vez.
Me explico: hay momentos del film que, de haber partido de una ficción, podrían resultar poco creíbles, y solo saber que lo ocurrido es (más o menos) fiel a la realidad es lo que permite identificarse con el protagonista y sufrir por su angustia ante la pérdida de su identidad y la necesidad de volver a ver a su madre y poder decirle que sigue vivo. Por otro lado, sin embargo, la historia me resulta demasiado simple, demasiado lineal como para ser el ejercicio dramático que pretende. Sí, la historia es dura, pero tampoco tanto. De hecho, es más terrible la lucha interna del protagonista, el enfrentamiento a sus propios fantasmas y el sentimiento de culpa (ese remordimiento del superviviente del que hablaba al comentar la película Los del túnel) por haber llevado una buena vida mientras su madre había quedado condenada al sufrimiento de no saber qué había sido de su hijo, que lo que le sucede al niño en una India inhóspita y atroz pero no tan sórdida como cabría esperar.
Así, Davis apuesta más por hacer hincapié en esa búsqueda (física y existencial) del Saroo adulto que del drama del niño, lo cual se contradice con el tiempo de metraje que se le dedica, casi media película de lo que argumentalmente termina siendo más un prólogo que otra cosa.
Es de agradecer la presencia de grandes intérpretes que den un poco de alma al film, desde el Dev Patel protagonista hasta los secundarios Nicole Kidman (nominada al Globo de Oro por este papel), David Wenham o Rooney Mara, dando lustro a un casting predominantemente indio (y poco conocido para los espectadores occidentales).
Algo falla, sin embargo, a la hora de transmitir esas emociones, ese dolor de Saroo que dificultan su empatía con el espectador. Lo mencionaba cuando hice el comentario sobre Figuras ocultas: en aquella, sin apenas saber más que unas pinceladas sobre sus protagonistas, éramos capaces de identificarnos con ellas y emocionarnos con sus logros. Aquí, aun habiendo vivido las andanzas de niño perdido y conociendo a su madre y hermanos, el momento del desenlace no resulta tan emotivo y lacrimógeno como se le supone, puede que porque al final toda la historia es demasiado previsible o por la dificultad que pueda tener una persona educada por sus padres biológicos para entender el dolor y el drama del adoptado.
Quizá, si en lugar de insistir tanto en el concepto de la búsqueda en sí o dedicar tanto tiempo a la infancia de Saroo, Davis se hubiese centrado más en las relaciones paternofiliares la cosa habría resultado más interesante. Esta todo demasiado centrado en la figura del personaje de Patel, un personaje que sin un análisis exhaustivo alguien podría confundir (como él mismo se define en algún momento) como ingrato hacia su familia adoptiva. Y quizá en esa relación, en los sentimientos de sus padres adoptivos, en los conflictos del segundo hijo adoptado, es donde se encontraba el verdadero interés de un film que tiene lo justo como para no convertirse en un telefilm de sobremesa pero que no alcanza las virtudes que se le suponían de antemano.
Eso sí, Davis, cuyo mínimo currículo es televisivo, consigue un cierto lucimiento en algunos planos aéreos ciertamente hermosos, pero su pulso narrativo no es suficientemente firme como para que el drama demasiado edulcorado de Saroo nos apasione lo suficiente.

Valoración: Seis sobre diez.

viernes, 26 de agosto de 2016

EL HOMBRE QUE CONOCÍA EL INFINITO: un genio por mandato divino.

De nuevo tengo oportunidad de recuperar en cines una película de hace ya un par de meses a la que tenía bastantes ganas.
El hombre que conocía el infinito es un retrato de la historia real de Srinivasa Ramanujan, un joven indio que sin estudios ni formación previa logró crear fórmulas matemáticas que lo situaban a la altura de Einstein y cuyos trabajos se siguen utilizando en la actualidad para el estudio de los agujeros negros.
El principal handycap que tiene la película es su complejidad temática. Lo mismo que el profano en economía puede perderse ante algunas explicaciones de La gran apuesta o el que no esté interesado en tecnología no se entera nunca de lo que hablan en Steve Jobs, aquí podemos pasar mucho tiempo contemplando a Dev Patel o a Jeremy Irons (que da vida al mentor de Srinivasa y su máximo valedor ante los incrédulos y algo racistas académicos de Cambridge) escribiendo fórmulas en una pizarra que nos pueden sonar a chino. ¿La solución? Reconocer que nos importa un pepino y disfrutar del trasfondo de la historia. Porque esto, en realidad, no va de matemáticas, sino del joven que vive por y para ellas. Así, El hombre que conocía el infinito es un retrato de un chico que lo abandona todo en pos de un sueño pero es también una historia de amor y amistad, un fresco de una época donde la discriminación por el color de la piel no estaba mal vista y  una mirada episódica a una Europa que comenzaba a conocer los horrores de su primera gran guerra.
Interesante y emotiva, es esta una película exclusiva para entregados a tales ofrendas, que podría causar bostezos en el aficionado más comercial pero que nos devuelve al mejor Irons en mucho tiempo que con su mera presencia logra dar un empaque especial a la historia y que logra rociar de humor (fino y británico, pero humor al fin y al cabo) una historia muy dramática sin caer en el ridículo.
Proyecto muy personal de Matt Brown, que escribe, produce y dirige, al que se le nota la carencia de fondos que hace que en algunos momentos tenga un aspecto visual demasiado televisivo, un mal común en este tipo de producciones biográficas de recursos limitados. Apenas una ligera pega para una buena película que, cuanto menos, sirve para darnos a conocer a un hombre legendario del cual, lo confieso, no había oído hablar nunca.
Solo por eso ya vale la pena.

Valoración: Seis sobre diez.

jueves, 16 de abril de 2015

EL NUEVO EXÓTICO HOTEL MARIGOLD (6d10)

En 2011 el director John Madden, que en el 98 había alcanzado la fama por Shakespeare in love pero que desde entonces no había sabido dar con la tecla acertada, junto al guionista Ol Parker, dieron la campanada con la película El exótico Hotel Marigold, una simpática película que combinaba las peripecias de un grupo de personajes bien adentrados en la tercera edad con una especia de canto de amor hacia la India y su cultura.
Tal fue el (a mis ojos desmedido) éxito de la película que era inevitable que tuviese una secuela, y director y guionista han vuelto a reunirse para dar forma a este El nuevo exótico Hotel Marigold que supone una continuación lógica y coherente a la anterior película.
Posiblemente lo más destacado del film sea el logro de volver a juntar  a las mismas estrellas del film original (solo ha faltado Tom Wilkinson por razones obvias) a los que se les suma, además, Tamsin Greig y un estelar Richard Gere, además de un breve cameo de David Strathairn. Así, concebida más como una reunión de viejos amigos (esto no deja de ser, en el fondo, un extravagante hogar del jubilado), volvemos a ver deambulando por el hotelito de marras a Maggie Smith, Judi Dench, Bill Nighy, Celia Imrie, Ronald Pickup, Diana Hardcastle o Lillete Dubey. Ni siquiera Penelope Wilton ha querido perderse su participación en la fiesta, de nuevo comandada (esta vez en exceso) por Dev Patel y Tina Desai.
Como si de la secuela de un film de acción se tratase, Madden y Parker se han limitado a repetir la receta de la primera y exitosa película pero multiplicando sus ingredientes por dos. Si en aquella funcionaban las relaciones entre los abueletes aquí hay más romances octogenarios, si gustó el aroma a curry ahora la cultura hindú está mucho más presente gracias a la excusa de la boda entre Sonny y Susaina, y si la idea del hotel para jubilados era original, ahora es el momento de abrir (o no, no adelantemos acontecimientos) un segundo hotel.
Esta es una película que, sin duda, gustará a los que disfrutaron de la primera. Sin arriesgar lo más mínimo, las relaciones entre los personajes evolucionan lo mínimo para no provocar demasiadas sorpresas, dejando a Nighy y Dench (sin duda los mejores artistas del amplio reparto) como estrellas de la función. Sin la carga de tener que presentarnos a los personajes, la acción arranca con mejor efectividad en esta secuela pero, por el contrario, acusa de

masiado el exceso de protagonismo del personaje que interpreta Dev Patel, que resulta cansino y, por momentos, insoportable.
Concebida al más puro estilo de sitcom en versión cinematográfica, la película, más que un argumento propio (la mencionada boda podría ser el hilo argumental, ya que incluso se diferencian los tres arcos narrativos mediante las tres partes que conforman la ceremonia tradicional) se divide en diversas subtramas, cada una de ellas protagonizada por sus propios personajes, que apenas se molestan entre ellas, lo cual hace que se pierda un poco el sentimiento de coralidad pero que, por el contrario, permite que se pueda disfrutar del resultado final pese a que alguna de esas subtramas puedan no conectar con algún espectador.
Por ello, la película termina siendo una comedia amable, cumplidora con lo que promete, destinada a un público muy concreto que sin duda la disfrutará sin demasiadas pegas y que funcionará correctamente en taquilla (lo suficientemente correcta, imagino, para poder pensar en una tercera entrega), aunque faltará ver si la eliminación del factor sorpresa que impacto en la película original le pasa factura.
Para el resto del público solo es recomendable si se quiere pasar un rato entretenido sin demasiadas exigencias. Al menos, nadie podrá quejarse de haber sido engañado. Hay lo que se ve, ni más ni menos.

sábado, 14 de marzo de 2015

CHAPPIE (6d10)

Cuesta encontrar el sentido de una película como Chappie, una historia tan extraña e irregular que definirla como una mezcla entre Cortocircuito y RoboCop (la original, claro) puede parecer un recurso fácil, pero las referencias a esas películas es tan constante a lo largo del metraje que es imposible verla y pensar en otra cosa. Claro que es un film de Neill Blomkamp, con lo que no se pueden evitar sus fobias habituales, como la (aparente) crítica social sobre la situación de Sudáfrica, las familias disfuncionales, la soledad de los que son diferentes…
Chappie deambula entre varias tramas paralelas: un trío de ladronzuelos de poca monta que deben devolver una gran cantidad de dinero al psicótico líder de una banda para lo que deben organizar un atraco a lo grande, la competividad entre dos creadores informáticos, uno de los cuales apuesta por la Inteligencia Artificial de sus ciborgs mientras que el otro se decanta más por la fuerza mastodóntica de robots tripulados siempre por humanos y, finalmente, la creación del primer androide con Inteligencia Artificial completa al que hay que enseñarle todo como si de un bebé se tratase.
Con las referencias de Distrito 9 y Elysium en el currículo de Blomkamp uno ya sabe más o menos lo que puede encontrarse en la película: acción bien dosificada, buen ritmo, grandes efectos especiales y mucho entretenimiento. Y todo esto se encuentra en Chappie, aunque repartido de forma muy desmedida e irregular.
Quizá el principal problema de la obra sea que o bien Blomkamp no sabe lo que nos quiere transmitir o bien no es capaz de hacerlo, pero el caso es que su Chappie arranca como una cinta de un corte tan infantil que borda lo ridículo, con ese robot aprendiendo a ser malote (no es un invento mío, la palabra malote se repite varias veces a lo algo de la peli, lo juro) para terminar en una horda de destrucción con toques lo suficientemente sangrientos para recordar el estilo de Verhoeven. 
Blomkamp, además, se rodea de un elenco de actores que no parecen tomarse en ningún momento en serio la historia, exceptuando quizá al esforzado -aunque limitado- Dev Patel, el chico de Slumdog millionaire, destacando el grotesco y sopbreactuado papel de Hugh Jackman, la desaprovechada Sigourney Weaver y los ridículos Ninja (sí, así se llama) y Yo-Landi Visser, una pareja de raperos sudafricanos que bien podrían seguir dedicándose a lo suyo, aunque en el caso de ella casi logra transmitir algo de ternura en su papel maternal de trágico final (no entro a valorar a Sharlto Copley porque la vi doblada).
La historia de Chappie, aparte de su planteamiento inicial, es completamente absurda, logrando que cada giro de guion sea más desconcertante que el anterior y que si se analiza con un mínimo de tranquilidad podría resultar hasta insultante. Es estúpida, boba e insensata, pero son tales los despropósitos que se cruzan en ella que logra, sorprendentemente, ser divertida y hasta entretener.
Se trata, podríamos decir, de cine palomitero elevado a su máximo exponente, siendo obligado el dejar el cerebro en la entrada y dejándose llevar por una serie de tontadas simpáticas de humor muy blanco e ingenuo que no debería aspirar a más que hacer pasar un rato distraído y poco más.
Eso sí, saliendo de la sala del cine uno ya empieza a temblar pensando si eso de que el señor Blomkamp se haga cargo de la nueva película de Alien es realmente buena idea.