Mostrando entradas con la etiqueta nicole kidman. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta nicole kidman. Mostrar todas las entradas

sábado, 2 de marzo de 2019

DESTROYER. UNA MUJER HERIDA

Algo curioso sucede con Nicole Kidman, una de las actrices más olvidadas y minusvaloradas de la actualidad. Cada vez que aparece en una película se escucha o lee algún comentario del tipo: “la recuperación de Nikole Kidman”, como si la actriz hubiese estado desaparecida del panorama cinematográfico y el mundo se hubiese olvidado de ella. O hay algún chiste acerca del abuso del Botox que le redujo su expresividad facial (reconocido por ella misma) y siguiese arrastrando esa cruz de por vida. Por eso, su aparición en Aquaman fue una sorpresa para muchos (en un papel pequeño pero que le permite actuar de verdad, no como el esperpento de personaje que le tocó a Michelle Williams en Venom). Así que nadie ha debido ver sus grandes trabajos en PaddingtonEl sacrificio de un ciervo sagrado o la maravillosa Little big lies (aparte de aparecer en otros títulos recientes tan destacables como El editor de librosLion La seducción).
Ahora, con Destroyer: Una mujer herida, por la que ha sido nominada al Globo de Oro, aunque sin llegar a entrar en la pugna final por los Oscar, Kidman vuelve a estar en boca de todos, aunque sin duda este trabajo ya habrá sido obviado cuando llegue su próximo estreno. ¡Qué fácil es olvidar…!
Y hago esta especie de ensayo tan alargado sobre la Kidman porque, pese al buen trabajo de Karyn Kusama (una de esas directoras esporádicas en cuyo haber apenas tiene la olvidable Æon Flux, la reivindicable Jennifer’s body y la estimable La invitación) y la inteligencia del guion, amén de unos buenos actores secundarios, Nicole Kidman en el cuerpo y alma de la película y todo gira en torno a ella. Y por eso, el que esta sea una gran película es debido, básicamente, a que ella la hace grande.
Y no solo por el tópico de “actriz guapa haciendo de fea”, que de eso hay un rato, sino porque su presencia llena la pantalla hasta límites imposibles y es inútil pensar en Destroyer y no pensar en ella, con ese primer plano de su rostro destrozado y su mirada perdida con que se inicia la película y que te persigue hasta el final de todo.
Una inteligente jugada del film es saber combinar con acierto dos esquemas básicos en su argumento. Por un lado, nos encontramos ante el típico drama de una mujer que, debido a sus errores del pasado, ha tirado por la borda su vida y ahora ve como su relación con su hija (quizá de lo poco bueno que haya en ella) está irremediablemente perdida. Vamos, lo que podría ser el drama social típico de los Oscar que podría recordarnos a productos del tipo The Florida Project, por ejemplo. Por el otro, tenemos un thriller policiaco que arranca con el descubrimiento de un cadáver, contado en dos tiempos sobre una pareja de policías infiltrada en una banda de atracadores y las consecuencias de ello en el futuro.
Así, se puede sufrir con el drama de una mujer maltratada por el alcohol y los fantasmas que la atormentan mientras que nos devanamos los sesos tratando de unir las piezas del puzle y disfrutando de los giros de un guion que nos conduce a su antojo, despistando, pero sin caer en la trampa absurda de o inverosímil.
Hay además, un buen puñado de caras conocidas en el reparto, como Toby Kebbell (quien fuera el Muerte de la malograda Cuatro Fantásticos) o Sebastian Stan (el Soldado de Invierno de Marvel), que acompañan, sin llegar nunca a su altura, a una Kidman por momentos irreconocible cuya intensidad casi podría ser aprovechada en una película de terror, ya que el sufrimiento y la desesperación que logra transmitir con su silencio y sus miradas realmente asusta y pone la carne de gallina.
Destroyer: una mujer herida tiene un ritmo algo lento que quizá pueda incomodar a algunos, pero es que, por encima de todo, es una película de personajes, y conviene conocer bien a la protagonista, que puede resultar odiosa de entrada, para terminar comprendiéndola hasta identificarse con su dolor.
Una película brillante con una interpretación definitivamente devastadora.


Valoración: Ocho sobre diez.

domingo, 23 de diciembre de 2018

AQUAMAN

Cada vez se me hace más difícil acercarme a una película del DCEU, y mucho más hablar sobre uno de sus estrenos. Tras el desastre que supuso Liga de la Justicia, había muchas dudas de hacia donde debía encaminares en Universo Expandido de DC, y solo el éxito (y sobre todo buen sabor de boca) que dejó Wonder Woman impidió que se replantearan ciertamente hacer un borrón y cuenta nueva y comenzar de cero, aunque Aquaman se preveía como el toque de atención definitivo. De su éxito o su fracaso se levantaría el futuro de la franquicia.
Pues bien, si se trata solo de dinero, la cosa está clara. En su estreno en China Aquaman arrasó, y no le está yendo nada mal en el resto de países donde se ha podido ver ya, así que en Warner pueden respirar tranquilos: hay futuro.
Pero si se trata del aspecto cinematográfico… Ahí la cosa se pone peliaguda. Podría despacharme a gusto con la obra de James Wan y decir que es una película horrorosa, podría argumentarlo durante varios párrafos y nadie podría quitarme la razón sobre mis argumentaciones. Y, a la vez, podría defenderla a capa y espada y decir que se trata de una de las mejores películas de la saga, que es tremendamente divertida, alucinante y todo un placer sensorial y tampoco se me podría reprochar nada.
¿Es posible esto? ¿Puede Aquaman ser la mejor y peor película de una franquicia a la vez? Pues resulta que sí. Y es que con la libertad creativa que han dejado en manos de Wan (es lo que tiene cuando se contrata a un director de renombre en las horas más bajas de DC) les ha salido un extraño híbrido, una obra sumamente entretenida, que se disfruta con los ojos como platos y que resume todo lo que debería ser una película de superhéroes: emocionante, épica, espectacular y con mucha diversión, pero lo ha hecho despojándose de sus complejos de una manera tan atroz que no solo roza, sino que se zambulle directamente en el ridículo en muchos momentos de su metraje, con una puesta en escena que es por momentos de vergüenza ajena y que supone la parodia más absurda y tosca de toda la serie, robando ideas ajenas y metiéndolas en una batidora y situándose en las antípodas de películas “serias” y cargadas de trascendentalismo como fue El hombre de acero, resultando incoherente que ambas `producciones puedan compartir una misma saga.
Esa es, probablemente, la mejor palabra que define a Aquaman: ridícula. Ya cuando se anunció el proyecto abundaron los memes con imágenes del comic en el que el héroe (en las viñetas un rubito bien aseado y bastante melodramático) contaba sin complejos a lomos de un caballito de mar. Wan, en la versión más “garrula” del héroe, desmelenado y barbudo como ya se mostró en Liga de la Justicia, tiene las narices de replicar la escena, buscando también una fidelidad en ciertos uniformes (Manta Negra o El Señor del Océano, sin ir más lejos) que provocan también estupor y risa ajena.
Wan y sus guionistas, como ya he dicho, copian todo lo que pueden, y su película parce por momentos una variante del Thor de Kenneth Branagh, con esa lucha shakesperiana entre hermanos por heredar el trono del reino (aunque en este aspecto Branagh es perro viejo y ganaba la partida al director malayo), que ya se vio también, por cierto, en Black Panther, con un origen a modo flashback que evoca a Romeo y Julieta. Pero es que en esta aventura submarina (con una Atlantis que bien podría haber compartido plató con la producción de alguna de las secuelas de Avatar) también se inspira (sin demasiados disimulos) en los mitos artúricos, se hacen expediciones muy propias de Indiana Jones y se lucha contra monstruos xenomorfos, se visita una playa sacada de Jurassic World, se presenta un monstruo al más puro estilo Kaiju y eso sin contar conque la primera manifestación de los poderes del héroe se muestran de manera casi idéntica a cómo lo hiciera Harry Potter en La Piedra Filosofal.
Los efectos visuales también son bastante bipolares, yendo de lo sublime a lo mediocre, estando la gente de Warner todavía muy por debajo de Marvel en lo que a rejuvenecimiento por CGI se refiere (me dolía cada vez que aparecía en pantalla el inexpresivo Willem Dafoe de los flashbacks), y con una puesta en escena decididamente hortera, con influencias del Flash Gordon de Mike Hodges o incluso de los Power Rangers más alucinógenos. Pero el gran mérito del film es que todo esto lo hace Wan sin complejos, conocedor de que se la está jugando con estos excesos de LSD que terminan por revertir la situación y convertirse en algo positivo. Al final, los aparentes horrores de Aquaman se vuelven hipnóticos y uno puede hasta llegar a disfrutar de un espectáculo de luces y colores bastante adictivo.
Con un reparto correcto pero sin grandes alardes y una historia que, más allá de los refritos ya comentados, no es especialmente atractiva (aunque al menos no se pierde en subtramas que no van a ninguna parte ni en personajes decorativos, como le pasaba a la reciente Mortal Engines), con un Momoa carismático en su papel de canalla gracioso y una Amber Heard que por momentos parece incluso más protagonista que él mismo, la gran estrella de la función es Wan que, en medio de todo este delirio pirotécnico, resalta como el gran director que es y consigue alguna de las mejores secuencias de acción de toda la franquicia. Además, apuesta por el amor por el exceso también en cuanto a ritmo se refiere, planteando combates que en cualquier otro film podrían ser parte del clímax y que aquí es tan solo un aperitivo de lo que está por llegar.
Así, Aquaman es como una montaña rusa con constantes subidas y bajadas que hace que uno permanezca pegado a la butaca y se deje arrastrar por el absurdo sin llegarse a plantear en ningún momento el porqué de las cosas, aceptando todo lo que le está entrando por los ojos y disfrutando con un héroe que se dedica a “dar estopa” y que prefiere pelear con espada que con ese “tenedor” que heredó de su madre.
Pues ya lo saben: Aquaman puede ser una película espantosa, pero gracias al buen hacer de James Wan (y parte del mérito habría que dárselo también a una gran banda sonora de Rupert Gregson-Williams) y la total falta de complejos y carencia de sentido del ridículo, se convierte en un espectáculo muy entretenido, una divertida locura de más de dos horas que, al final, pasan en un suspiro. Y, al final, de esto es de lo que se trata, ¿no? De ir al cine a disfrutar.
De manera que al final puede que en Warner/DC lo estén haciendo bien y, tras hacer un cambio de rumbo de 180º, al fin hayan encontrado el camino correcto. La pregunta, ahora, es si sabrán seguir en esa dirección o volverán a los tumbos habituales. Eso, solo el tiempo lo dirá…

Valoración: Siete sobre diez.

jueves, 19 de octubre de 2017

Sitges 2017: EL SACRIFICIO DE UN CIERVO SAGRADO

Resulta difícil, a estas alturas, presentar a Yorgos Lanthimos a quien desconozca su filmografía. Encumbrado en su Grecia natal por Canino y tras dar el salto al cine rodado en inglés con Langosta, que le supuso además una nominación al Oscar al mejor guion, este extraño y poco convencional autor repite con el actor de esta última, Colin Farrell es una fábula más enfermiza si cabe pero de narrativa algo más convencional.
Steven Murphy es un brillante cirujano, felizmente casado y con dos estupendos hijos. Mantiene, además, una indefinida relación con un adolescente con el que se ve a escondidas, al que parece acoger bajo su tutela y al que ofrece una puerta de entrada a su propia familia sin saber que, con ello, se está abocando a un fatídico desenlace.
Lanthimos vuelve a presentarnos a unos personajes fríos, distantes, parcos en palabras y de melancólicas miradas. De nuevo utiliza una fábula irreal y algo surrealista para hablar de la soledad y la pérdida, envolviéndolo todo en una atmósfera aséptica y ayudándose por unos actores que ofrecen lo mejor de sí mismos. Barry Keoghan vuelve a parecer el pajarillo indefenso de Dunkerque pero con un aterrador halo de oscuridad en su interior, Colin Farrell logra una sobriedad impasible casi carente de sentimientos y Nicole Kidman vuelve a ofrecer un recital interpretativo que confirma que se encuentra en una magnífica segunda juventud.
Lo más terrible de El sacrificio de un ciervo sagrado es que consigue hacernos reír en diversas ocasiones, pese a lo terrible de los hechos que narra, jugando a retorcer los sentimientos del espectador que se puede llegar a sentir culpable divirtiéndose ante la inminente muerte de uno de los miembros de la familia.
Como suele suceder con Lanthimos, la película no es redonda, pero sí se me antoja mejor cerrada que Langosta, a la que pesaba demasiado su tramo final. No es, desde luego, una película para todos los públicos, y el espectador debe estar preparado de antemano de lo que le espera (aunque el surrealismo del título ya ayuda a ello), consciente además de que la historia que se cuenta y los sentimientos que provoca a su alrededor es más importante, a la postre, que su conclusión.
Interesante nuevo paso de Lanthimos, quizá algo menos excesivo en cuanto a surrealismo que en otras ocasiones pero a cambio con más coherencia formal , logrando una película de imposible intriga que engancha desde el principio y a la que es tan fácil amar como odiar. O, incluso, hacer ambas cosas a la vez.

Valoración: Ocho sobre diez.

sábado, 19 de agosto de 2017

LA SEDUCCIÓN, hermosa intriga sureña

Resulta difícil enfrentarse a una película como La Seducción sin tener presente la anterior adaptación de la novela de Thomas Cullinan, El seductor, de Barry Siegel. Sin embargo, esto propicia el debate sobre si se trata, en realidad, de un remake o simplemente una nueva adaptación.
Sea como sea, resulta innegable que los paralelismos entre la película de Sofía Coppola y la que protagonizara Clint Eastwood son constantes, si bien en esta ocasión se ha dejado un poco de lado la oscuridad casi terrorífica para incidir, sobre todo al inicio, en un humor ligero y algo sarcástico que se va volviendo muy negro a medida que avanza la trama.
Estamos en plena Guerra de Secesión y un desertor yanqui es encontrado por una niña que lo lleva al instituto donde estudia. En total, dos mujeres, una jovencita y cuatro niñas tendrán que convivir con el soldado herido hasta decidir qué hacer con él, iniciándose un juego de seducción y celos entre ellas totalmente insano.
Coppola no ha querido retorcer demasiado la historia, manteniendo una puesta en escena muy clásica y dejando que sea la calidad de los actores (en especial en el apartado femenino) quienes mejor hagan avanzar la historia, limitándose ella (que no es poco) a conseguir imágenes de belleza plástica, auténticos cuadros en movimiento que dotan al film de una desasosegante dulzura que, como el propio título indica, seduce al propio espectador.
Es esta una película sobre la fuerza de la mujer, sin que por ello sea necesariamente una obra de reivindicación femenina. Las mujeres son dueñas de su propio destino y así lo proclama Coppola, por más que el camino para llegar a él sea arduo y competitivo.
La seducción es divertida y angustiante a la vez, conmovedora y hermosa, y con una superlativa Nicole Kidman que definitivamente ha recuperado el buen camino trasunos años de dudas, aunque Kirsten Dunst (una fija para la directora), Elle Fanning o Angourice Rice no le van a la zaga.

Valoración: Siete sobre diez.

domingo, 22 de enero de 2017

LION. La búsqueda de un pasado perdido.

Poco a poco, con el dichoso retraso al que nos tienen acostumbrados las distribuidoras españolas, van llegando las películas importantes del 2016, aquellas con presencia en los Globos de Oro y que suenan de cara a la carrera por los Oscars, aunque si alguna le va a toser a La la land no será esta precisamente.
Lion cuenta la historia de Saroo Brierley, un niño de ocho años que se pierde en su India natal y vaga sin rumbo hasta ser internado y posteriormente adoptado por una familia acomodada de Australia. Allí, una vez adulto, se obsesiona con su pasado y se embarca en la búsqueda imposible de su familia biológica.
Dirigida por el debutante Garth Davis, Lion está basada en la vida real de Saroo tal y como la recoge en su biografía A long way home. El hecho de que estemos ante una historia real es lo que marca el devenir de la película, siendo su principal acicate y lastre a la vez.
Me explico: hay momentos del film que, de haber partido de una ficción, podrían resultar poco creíbles, y solo saber que lo ocurrido es (más o menos) fiel a la realidad es lo que permite identificarse con el protagonista y sufrir por su angustia ante la pérdida de su identidad y la necesidad de volver a ver a su madre y poder decirle que sigue vivo. Por otro lado, sin embargo, la historia me resulta demasiado simple, demasiado lineal como para ser el ejercicio dramático que pretende. Sí, la historia es dura, pero tampoco tanto. De hecho, es más terrible la lucha interna del protagonista, el enfrentamiento a sus propios fantasmas y el sentimiento de culpa (ese remordimiento del superviviente del que hablaba al comentar la película Los del túnel) por haber llevado una buena vida mientras su madre había quedado condenada al sufrimiento de no saber qué había sido de su hijo, que lo que le sucede al niño en una India inhóspita y atroz pero no tan sórdida como cabría esperar.
Así, Davis apuesta más por hacer hincapié en esa búsqueda (física y existencial) del Saroo adulto que del drama del niño, lo cual se contradice con el tiempo de metraje que se le dedica, casi media película de lo que argumentalmente termina siendo más un prólogo que otra cosa.
Es de agradecer la presencia de grandes intérpretes que den un poco de alma al film, desde el Dev Patel protagonista hasta los secundarios Nicole Kidman (nominada al Globo de Oro por este papel), David Wenham o Rooney Mara, dando lustro a un casting predominantemente indio (y poco conocido para los espectadores occidentales).
Algo falla, sin embargo, a la hora de transmitir esas emociones, ese dolor de Saroo que dificultan su empatía con el espectador. Lo mencionaba cuando hice el comentario sobre Figuras ocultas: en aquella, sin apenas saber más que unas pinceladas sobre sus protagonistas, éramos capaces de identificarnos con ellas y emocionarnos con sus logros. Aquí, aun habiendo vivido las andanzas de niño perdido y conociendo a su madre y hermanos, el momento del desenlace no resulta tan emotivo y lacrimógeno como se le supone, puede que porque al final toda la historia es demasiado previsible o por la dificultad que pueda tener una persona educada por sus padres biológicos para entender el dolor y el drama del adoptado.
Quizá, si en lugar de insistir tanto en el concepto de la búsqueda en sí o dedicar tanto tiempo a la infancia de Saroo, Davis se hubiese centrado más en las relaciones paternofiliares la cosa habría resultado más interesante. Esta todo demasiado centrado en la figura del personaje de Patel, un personaje que sin un análisis exhaustivo alguien podría confundir (como él mismo se define en algún momento) como ingrato hacia su familia adoptiva. Y quizá en esa relación, en los sentimientos de sus padres adoptivos, en los conflictos del segundo hijo adoptado, es donde se encontraba el verdadero interés de un film que tiene lo justo como para no convertirse en un telefilm de sobremesa pero que no alcanza las virtudes que se le suponían de antemano.
Eso sí, Davis, cuyo mínimo currículo es televisivo, consigue un cierto lucimiento en algunos planos aéreos ciertamente hermosos, pero su pulso narrativo no es suficientemente firme como para que el drama demasiado edulcorado de Saroo nos apasione lo suficiente.

Valoración: Seis sobre diez.

viernes, 23 de diciembre de 2016

PATERSON + EL EDITOR DE LIBROS: Pasión por escribir por partida doble.

Tengo por costumbre dedicar una entrada a cada estreno que quiero comentar, pero en enero de este año rompí la norma haciendo una sesión doble (así fue también como las disfruté en el cine, una detrás de otra) de dos películas que tenían mucho en común: Macbeth y La Novia.
Y como para cerrar el círculo, voy a repetir la jugada en una de las últimas entradas del año, ya que tanto Paterson como El editor de libros, aun siendo completamente diferentes entre sí (no hay aquí esas similitudes artísticas de las anteriores mencionadas) sí comparten una cosa en común, el amor por la literatura y el reflejo de ese arte a través de su autor. Y también, como en los films de Justin Kurzelm y Paula Ortíz, las he visto seguidas en el cine.
Paterson es la última película del peculiar Jim Jarmusch, un autor tan indefinible como poco prolífico cuya película más reciente era esa extraña historia de amor vampírico Sólo los amantes sobreviven. Protagonizada por Adam Driver, el Kylo Ren de El despertar de la Fuerza, cuenta la historia de un conductor de autobuses llamado Paterson que reside, precisamente, en el barrio de New Jersey con quien comparte nombre, y de donde también es, entre otros, el poeta William Carlos Williams, referente principal del protagonista. Enamorado de la hermosa Laura (Golshifteh Farahani), con quien comparte casa junto al perro Marvin, la vida de Paterson representa una anodina pero reconfortante rutina (desayuno-trayecto en bus-cena-paseo de Marvin-cerveza en el bar) interrumpida tan solo por sus inspiraciones poéticas a las que da vida en la libreta que lleva siempre consigo. Su vida, sencilla y armónica, se contrapone con los impulsos casi irracionales de Laura que lo mismo aspira a enriquecerse haciendo cupcakes como quiere aprender a tocar una guitarra para ser una estrella country, todo ello mientras redecora constantemente su casa a base de un minimalista blanco y negro. Es esa dualidad lo que permite que la pareja funcione, sirviendo uno como contrapunto del otro y teniendo la poesía como el fruto perfecto de su relación. Así, Paterson es una declaración de amor al día a día, una demostración de la pureza del arte y de la simpleza de la inspiración. Driver consigue con su temple sosegado y apacible condensar toda su fuerza interior, toda su pasión, en esos poemas absurdamente cotidianos, inspiradores y hermosos, que rompen con la monotonía precisamente desde la propia rutina.
Se podría decir que Paterson es también la antítesis del malogrado escritor Thomas Wolfe, un artista histriónico, excéntrico y excesivo en todos los sentidos. Wolfe, que escribía novelas de cinco mil páginas y se desgarraba por dentro cada vez que tenía que recortar un solo párrafo para alcanzar una cantidad mínima publicable, fue contemporáneo de Hemingway y Scott Fitzgerard, y posiblemente habría sido mucho más grande que ellos si no fuese por su prematura desaparición. El editor de libros no va exactamente sobre Wolfe, sino que se centra más bien en Max Parkins, el descubridor de esos tres genios de la literatura norteamericana, pero es sin duda su relación con Wolfe lo que lo definió como persona y como editor.
El actor Michael Grandage debuta como director con una película que detalla la historia real entre estos dos hombres, dos amigos enfrentados por sus caracteres dispares, aprovechando para analizar, de paso, la pasión por las letras, la fuerza arrolladora de las palabras que Wolfe exterioriza golpeando a los que los rodean con ella sin importarle las consecuencias. Ambos, Perkins y Wolfe, están interpretados magníficamente por Colin Firth y Jude Law, aunque es Nicole Kidman la que sobresale por encime de todo el reparto dando vida a Aline Bernstein, amante de Wolfe y fuente de inspiración (también andan por ahí Laura Linney, Guy Pearce y Dominic West).
Thomas Wolfe es un personaje real, mientras que Paterson es ficticio, pero ambos sirven para reflejar dos formas de entender un arte, de conmover mediante sus escritos, sirviendo de verdadera fuente de inspiración a todos aquellos que alguna vez han soñado, aunque sea brevemente, en llegar a escribir. Jarmusch dibuja una historia sosegada con un estilo brutalmente personal, convirtiendo las propias imágenes en poesía; Grandage, por el contrario, retrata la pasión desde el convencionalismo con una historia fílmicamente muy clásica. Ambos, a su manera, reflejan lo que es el proceso de creación, y ambos, curiosamente, utilizan una metáfora similar: Paterson se relaja contemplando una cascada en las afueras de New Jersey mientras Wolfe describe la vida como un rio que se aleja y acerca constantemente.
Y en ambas películas, cada una a su manera y a su modo, se refleja el arte en estado puro: una con poemas visuales, la otra con diálogos arrebatadores. Al final, el arte es sentimiento. Y tanto Paterson como El editor de libros describen a la perfección el sentimiento de sus autores. Como dos caras de un mismo espejo. O, quizá, dos versos de un mismo poema.

Valoración: Ocho sobre diez (ambas) 

lunes, 25 de abril de 2016

EL SECRETO DE UNA OBSESIÓN: Digno remake

Resulta difícil valorar esta película y ser justos con ella, ya que todo título merece ser juzgado por sí mismo y no en relación a sus antecedentes, pero el hecho de que El secreto de una obsesión sea un remake de la estupenda El secreto de sus ojos la condiciona demasiado.
Tratando de ignorar la existencia de la cinta de Campanella, la versión que Billy Ray ha dirigido tiene un cierto regusto a Thriller de los noventa de segunda fila que se me antoja algo desfasado. No porque tenga nada de malo en su factura, sino porque parece un poco pasado de moda, retrayéndome a films como Análisis final, Jennifer 8, Copycat… Incluso la elección de sus actrices protagonistas así parece demostrarlo. Estamos hablando de una película que lleva seis meses en espera de su estreno y que en los propios USA pasó muy desapercibida pero, ¿se imaginan la repercusión que en esos noventa habría tenido una película que reuniera en su elenco a Julia Roberts y Nicole Kidman?
Aunque Juan José Campanella figura en los créditos como productor ejecutivo, imagino que habrá influido directamente en la película tanto como Jaume Balagueró lo hizo en Quarentine, el remake fotocopiado de REC. Sin embargo, a Billy Ray se le nota la devoción que sentía por la película argentina y ha cuidado con precisión algunos detalles de manera que, por más que el argumento tome en algún momento un camino diferente al de la original, sí recrea alguna escena de forma milimétrica, provocando una sonrisa al espectador que conserve fresca en su memoria El secreto de sus ojos.
Protagonizada por Chiwetel Ejiofor, que hereda el papel de Ricardo Darín, estamos de nuevo ante una historia contada en dos épocas: la actual, en la que Ray Casten está trabajando en el sector privado, y los recuerdos de un brutal asesinato acometido hace trece años, cuando Casten era investigador del FBI. Acompañado por su colega  Bumpy (Dean Norris) y bajo la permisividad más o menos intencionada de la nueva fiscal del distrito, Claire Sloane (Kidman), el cuerpo violado y sin vida que encuentran es el de la hija de la compañera y amiga de Casten en el FBI, Jessica Cob (Roberts), en la diferencia más evidente con respecto al film de Campanella.
Un turbio asunto que derivará en la obsesión a la que hace referencia el título (elegido para no confundirlo con la película argentina, ya que en inglés sí se ha llamado Secret in their eyes) y que funciona relativamente bien mezclando drama y suspense y donde los actores realizan un buen trabajo, aunque sin llegar ninguno a la maestría.
Más que ensuciar el recuerdo de la película anterior, como sucede en la mayoría de remakes estadounidenses, la película ofrece un punto de vista más moderno (ahí están las referencias a la paranoia post 11S) y americano, aunque se diluye en el tono poético que rondaba el film de Campanella (el juego de las puertas abiertas o cerradas, por ejemplo) mientras que la historia amorosa pierde fuelle al no estar bien cerrada. Casi se podría decir que, en la comparativa, El secreto de una obsesión sale bien parada en sus formas pero carece del alma que hizo de El secreto de sus ojos una pieza imprescindible en la filmografía argentina y un éxito internacional que no va a conseguir su homónima americana.
Con todo, es suficientemente digna como para merecer su visionado, aunque su limitada distribución tampoco invite demasiado a ello.

Valoración: Seis sobre diez.

sábado, 28 de febrero de 2015

NO CONFÍES EN NADIE * (4d10)

Dirigida (es un decir) por Rowan Joffre , que también se ocupa del guion (faceta que se le da algo mejor, a tenor de sus libretos en El Americano y 28 semanas después), No confíes en nadie recuerda a aquellos thrillers desconcertantes y rocambolescos que tan de  molda se pusieron en los noventa a raíz de títulos como Instinto Básico, Análisis Final o incluso El sexto sentido donde engañar al espectador y llevarlo por caminos equivocados hasta la inesperada y sorprendente revelación final que tras pasar la moda quedaron relegados a simples telefilmes de sobremesa.
Poco merecedora de reclamar nuestra atención por su escasa calidad es su interesante reparto lo que invita a acercarse a la adaptación de la novela de S.J.Watson, un reparto que solo puede comprenderse por un tema de amiguismo entre ellos. En resumidas cuentas, el matrimonio sobre el que gira la ficción tiene los rostros de Nicole Kidman y Colin Firth, que acababan de coincidir en la también prescindible Un largo viaje, mientras que Firth y Mark Strong (el tercero en discordia) ya debían estar enfrascados en el rodaje de Kingsman, servicio secreto.
La premisa puede parecer interesante, lo cual no es sinónimo de original. Una mujer, debido a un accidente, tiene graves lesiones cerebrales que le reducen su campo de memoria a un solo día. Así, cada vez que se va a dormir se despierta al día siguiente sin recordar absolutamente nada sobre sí misma y su paciente marido tiene que repetirle una agotadora rutina para permitirle acercarse a algo ligeramente parecido a la normalidad. Ya ven, algo así como el tipo de Memento o, ya cayendo por lo bajo, la Drew Barrymore de 50 primeras citas. Además, la repetición de la escena de Kidman despertándose amnésica cada mañana recuerda los momentos repetitivos de Atrapado en el tiempo o Al filo del mañana, pero sin su gracia, eso sí.
Todo cambia cuando entra en juego el doctor que interpreta Strong, que tras aconsejar a la mujer que grabe sus vivencias diarias en una cámara de vídeo a escondidas del marido consigue que empiece a recordar cosas.
Como digo, un planteamiento interesante que podría dar algo de juego (o haberlo dado, al menos, hace un par de décadas) si no fuese por la total incompetencia de su realizador, que bien poco ha debido aprender de su padre Roland Joffre, artífice de grandes títulos como La misión, La ciudad de la alegría o La letra escarlata. La realización no solo es plana, sino que la insistencia en saltar contantemente en el tiempo del Joffre hijo, como queriendo ser más descarado todavía en su imitación a Nolan, aburre soberanamente, haciendo que veamos una y otra vez escenas idénticas que no aportan nada y que solo consiguen entorpecer el ritmo de la narración. Hay un momento en que nada nos importa ya, y perder el interés por sus protagonistas es lo peor que puede pasarle a una película de intriga, que apunta a remontar cuando se alcanza el tercer acto y se descubren las trampas ocultas, pero que ya es demasiado tarde como para salvar la situación.
Parece como si, en un ataque de pedantería, Joffre considerase indigno el género del thriller y quisiera disfrazar su historia de drama intimista con lo que naufraga sin remisión, ayudado, en parte, por la total falta de química existente entre la Kidman y Filth.
Al final, se trata se una simple pérdida de tiempo que podría haber dado el pego como episodio aislado en una de aquellas series al estilo Alfred Hitchcock presenta pero nunca como un largometraje digno de ser estrenado en cine. Se puede soportar por el siempre solvente Strong (que también está lejos de sus mejores interpretaciones) y poco más.

sábado, 17 de enero de 2015

PADDINGTON (6d10)

Reconozco haberme presentado ante esta película con cierto escepticismo, esperando encontrarme una tontada muy grande destinada simplemente a un público infantil al que, como suele ser habitual, se trata como a tontos y no como a niños. Sin embargo, y dejando claro que sí, es una película infantil y no tiene más pretensiones que entretener a los críos con un oso que habla, algo hay tras ella que me transmite más inteligencia que muchos productos de más altas pretensiones.
Paddington es el protagonista de una popular saga literaria creada por Michael Bond, que se inspiró en un oso de peluche que vio en una tienda de la estación de tren de Paddington. Retroalimentándose de la realidad, el escritor concibió la historia de un osezno de una peculiar especia peruana que llega a Londres en busca de un hogar y es acogida por la familia Brown, enternecidos (al penos parte de ella) ante la simpatía y educación del osezno parlante y al que bautizan con el nombre de la estación en la que lo encuentran.
Convertido en un icono más de los muchos que representan la cultura británica, resultaba extraño que la industria del cine hubiese tardado tanto tiempo en poner sus ojos sobre él, siendo lógico que estuviese tras ella David Heyman, productor de la saga Harry Potter, el otro gran referente literario infantil de Gran Bretaña.
Con un reparto correcto donde no falta el obligado toque de glamour para el papel de villano (que en esta ocasión ha recaído sobre una poco esforzada pero divertida Nicole Kidman), la historia no pretende ser nada del otro mundo, la clásica historia de meteduras de pata divertidas y desastrosas que terminarán por desquiciar al cabeza de familia, el toque emotivo con la búsqueda de un  hogar para el desamparado osito, la moralina final en pos de la confraternación familiar y una trama algo absurda donde la Kidman ejerce de una sofisticada Cruella de Vil obsesionada con capturar y disecar a Paddington.
Con todo, la trama funciona correctamente, con momentos muy divertidos alternándose con algún otro algo tópico y que recuerda demasiado a productos típicos de John Hughes y Chris Columbus, pero sin llegar a aburrir en ningún momento, logrando la ternura necesaria para esta especie de “peluche” que habla y con unos efectos digitales brillantes que dan vida con gran efectividad al animalillo. Pero lo que más hay que destacar de la película (y lo que me provocó una agradable sorpresa) es el trabajo de su director, Paul King, apenas conocido a nivel internacional, que otorga al film una pericia visual inédita en el cine infantil y que recuerda por momentos al estilo de Wes Anderson, consiguiendo una ambientación exquisita que saca el mejor partido posible a la ciudad de Londres en general y al Museo de Ciencias Naturales en particular (muy por encima que en la reciente Noche en el Museo 3) y con una transición de planos y unas fusiones muy imaginativas y espectaculares.
Así, Paddington se convierte en una película navideña (pese a su estreno tardío e España) entrañable y aplaudible tanto para pequeños como mayores, con más cualidades de las que se podrían esperar de un producto de estas características.

lunes, 26 de mayo de 2014

GRACE DE MÓNACO (6d10)

Si nos olvidamos por un momento de su pasado hollywoodiense y vemos a Grace Kelly tan solo como la protagonista de un cuento de hadas que tras casarse con su príncipe azul descubrió que los finales felices no existen y que las perdices no eran su plato preferido, embajadora de causas perdidas y obras de beneficencia varias y condenada a un desenlace trágico (con accidente automovilístico por medio) resulta inevitable encontrar similitudes entre su vida y la de Diana de Gales, por lo que es tentador pensar que esta Grace de Mónaco va a ser la otra cara de la moneda del insulso film de Oliver Hirschbiegel Diana.
Casualidad o no, ambas producciones están protagonizadas por las amiguísimas Nicole Kidman y Naomi Watts, que a la larga resultaron ser lo mejor de los respectivos films , y en ambos casos se contó con directores europeos con algún título notable en su pasado.
Afortunadamente, y sin que Grace de Mónaco sea una gran obra, las similitudes con Diana finalizan aquí. Cierto es que las dos películas se centran en un episodio concreto de la vida de las respectivas princesas cenicientas (bueno, en el caso de la Kelly no tan cenicienta, que tenía un Oscar en su haber y ofertas de hasta un millón de dólares por película) y el desencanto que la presión de la realeza causa en sus deseos e inquietudes es el motor de arranque de las tramas, pero mientras Diana se convertía en un pasteloso telefilm romántico aburrido y sin más interés que comprobar si milagrosamente iba a surgir en algún omento algo de química entre sus protagonistas, en el caso que nos ocupa hay una trama política como telón de fondo, con un juego de intrigas palaciegas más o menos reales que, cuanto menos, entretienen y ayudan a digerir mejor la historia de la joven y guapa actriz que no logra encajar en su nuevo rol.
Aunque el matrimonio entre Grace Kelly y el príncipe Rainiero no pasa por su mejor momento y parte de la trama consiste en averiguar si la pareja puede salir adelante o no, hay una subtrama de traiciones y un enrarecido ambiente de hostilidad que logran mantener la intriga del espectador, y aunque no voy a negar que Nicole Kidman enla gran estrella dela función alrededor de la que gira todo, el conflicto entre Rainiero y Charles de Gaulle acapara suficiente la atención como para adivinar que el director Olivier
Daham pretendía coquetear con una trama coral, a la que se apuntan un Hitchcock brillantemente interpretado por Roger Ashton-Griffiths que da cien vueltas a la pantomima del año pasado perpetrada por Anthony Hopkins y la pareja Aristotle Onassis/Maria Callas a los que dan vida Robert Lindsay y Paz Vega con corrección.

Y después tenemos a los inmensos Frank Langella y Derek Jacobi cuya presencia en un reparto convierten la película en imprescindible.
Quizá por evitar posibles demandas (la casa Grimaldi ha estado siempre en contra de esta película), el film comienza con un rótulo que reza, más o menos, que se trata de una historia de ficción basada en la realidad, y esto es el primer punto negativo de Grace de Mónaco, pues pone en duda su propia verosimilitud e invita al espectador a sentirse descolocado ante lo que va a contemplar. Así, el decisivo papel de la princesa ante la crisis con Francia puede quedar como simple anécdota cuando debería ser el plato fuerte del film y lo que defina al personaje, más allá del proceso de aprendizaje al que se somete para lograr integrarse en la sociedad, un aprendizaje tardío y difícil de entender si tenemos en cuenta que han pasado ya más de seis años desde el matrimonio y que fruto del mismo hay ya dos hijos monegascos.
Aunque el parecido físico no sea exactamente un calco, Tim Roth cumple con creces como Rainiero III y Kidman, aunque ni de lejos tan guapa como la Kelly original y con mucha más edad que su personaje, recupera el glamour que parecía haber perdido en los últimos años y seduce lo suficiente como para poderla imaginar como la rubia preferida de Hitchcock o la protagonista de Mogambo.
Grace de Mónaco no gustó en su paso por Cannes, pero habría que preguntarse si los abucheos son para su calidad artística o por la imagen que ofrece de los franceses. No voy a aplaudirla a rabiar hasta que me sangren las manos ni me pelearé con nadie por defenderla, pero personalmente la encontré entretenida e interesante. La parte histórica me ayudó a descubrir algunas interioridades de un país que es más que un Casino y un premio de Fórmula 1 y la personalidad de la actriz está bien definida, convenciéndome la metáfora de que la transformación a princesa debe ser visto como un papel más en su carrera.

Infinitamente superior a Diana, más entretenida que Hitchcock y posiblemente comparable con aquella simpática Mi semana con Marilyn con la que comparte muchos recursos, aunque aquí el glamour de Hollywood no pueda ser más que intuido.

martes, 21 de mayo de 2013

STOKER (8d10)

Stocker es una película de Chan-Wook Park, director coreano reconocido internacionalmente por su trilogía de la venganza (Boksuneun naui geot, Oldboy y Chinjeolhan geumjassi). Comienzo así porque este es un caso de esos en los que conviene conocer al director y su obra antes de adentrarse en la oscuridad de la sala del cine y así estar más preparados para lo que nos espera. Y es que Park, como buen heredero del cine oriental, es un poeta filmando, importándole poco -o quizás nada- el abusar del ritmo lento de la narración en favor de un plano concreto o un sonido determinando. Y es que para redondear la cosa Park no se conforma con deslumbrar visualmente, sino que con el mero pretexto de que la protagonista tiene un oído por encima de lo normal consigue cautivar con un sentido habitualmente menospreciado en el cine.
Pero empecemos por el principio. La historia, aunque interesante, no es un homenaje a la originalidad, precisamente. Tras la muerte del cabeza de familia, la viuda y su hija adolescente acogen en su casa al desconocido e inquietante (a la par que cautivador) hermano de este. La incursión de un elemento extraño en el núcleo familiar (ya sea un vecino, un familiar o incluso una mascota) es un recurso recurrente en el cine, válido tanto para comedias, thrillers o incluso dramones televisivos ideales para la sobremesa, pero en el caso que nos ocupa Park no se centra solo en lo que cuenta, sino en cómo lo cuenta. Apoyándose en situaciones que se nos pueden antojar tópicas (el dolor por la pérdida de un padre, la falta de adaptación entre compañeros de clase, la atracción hacia un desconocido, el despertar sexual...) Park consigue seducirnos con su estilo único y reconocible, bailando entre el misterio y el drama pero recordándonos siempre que hay una amenaza latente que terminará irremediablemente en un estallido de violencia que el director muestra con hermosa maestría, como demuestran las escenas de la sangre empapando flores (y permitidme recordar que Stoker fue rodada con anterioridad a Django desencadenado). Sin duda el mayor triunfo de la película es, sin embargo, su capacidad para incomodar e incluso angustiar con las decisiones que toman sus protagonistas sin que ello nos impida identificarnos con ellos. A diferencia de otro film reciente (para mi muy sobrevalorada e infinitamente inferior a Stoker) como The Master, en esta ocasión la tortura interna de sus protagonistas no provoca un distanciamiento hacia los mismos, por más reprobables que podamos encontrar sus actos. Otra diferencia esencial entre Stoker y The Master cabe encontrarla en sus intérpretes. Mientras en aquella (y ahora es cuando los gafapastas y críticos sesudos intelectuales se me tirarán al cuello) sólo Philip Seymor Hoffman estaba correcto, Amy Adams solo pasa por ahí y la estrella (estrellada) de la función,  Joaquin Phoenix, está simplemente horrible (ahora es cuando llueven los puñales), en Stoker todos sus intérpretes están geniales,  incluyendo al sosainas de Dermot Mullroney. Nicole Kidman, aparentemente libre del botox que a punto estuvo de hundir su carrera, cumple a la perfección el papel de madre frívola y distante, más preocupada de su propio mundo que de intentar recordar que tiene una hija. Pero los que verdaderamente hacen magia son la pareja sobrina-tío. Mia Wasikowska, está inmensa, calculando pon precisión de cirujano la emoción necesaria en cada plano,  saltando de la apatía a la pasión en un parpadeo y demostrando, tras sobrevivir con acierto a la marabunta de efectos digitales sin sentido fue fue la Alicia de Burton, que tiene un gran futuro por delante, mientras que Matthew Goode, después de interpretar al Ozymandias de Watchmen, se ha convertido en un especialista en personajes seductores e inquietantes a la vez. Lo que es capaz de transmitir (y perturbar) con una mirada o una sonrisa lo sitúan, a mi parecer, a la altura de Anthony Hopkins en El Silencio de los Corderos, paseando con libertad por la fina línea que separa el bien y el mal que hace que el espectador dude entre amarlo u odiarlo, aunque lo más sensato sería,  sin duda, temerlo.


Tres interpretaciones brillantes, más si tenemos en cuenta lo tentador que podría ser con semejantes personajes caer en el histrionismo y la sobreactuación,  ofreciendo un regalo que Park aprovecha regando la película con planos brillantes y una inteligente composición de sonidos y silencios que subrayan a la perfección la tensión casi insoportable que se extiende durante el metraje insinuando un violento desenlace.