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sábado, 23 de noviembre de 2019

SECRETOS DE ESTADO

En 2015, el director Gavin Hood demostró que después de haberse hecho cargo de películas tan fallidas como X-Men Orígenes: Lobezno o El juego de Ender, era capaz de dar lo mejor de sí mismo si se ponía serio con la talentosa Espías desde el cielo. En la misma línea se encuentra Secretos de estado, donde vuelve a centrarse en la intriga política en lugar de desarrollar su faceta más palomitera para relatar la historia real de Katharine Gun, una traductora británica que trabajó para la Oficina Central de Comunicaciones del Gobierno donde tuvo acceso a un memorando sobre un espionaje ilegal orquestado por los gobiernos de Estados unidos y Gran Bretaña con el fin de conseguir apoyos para orquestar la guerra de Irak y decide filtrarlo la prensa.
Sin entrar en hacer demasiadas valoraciones morales (uno podría debatir sobre si es lícito traicionar a su país -incumpliendo un contrato que ella firmó voluntariamente- por subsanar su propia conciencia), Hood opta por hacer un relato bastante sobrio, limitándose a plasmar una realidad (ya se sabe que en esto de las historias reales nunca se es completamente objetivo) para que cada uno se quede con su versión. Para ello, divide la narrativa en dos subtramas que confluyen entre ellas, la del juicio por traición a la que someten a Katherine y la que corresponde a la investigación periodística. Es quizá esta segunda propuesta la que resulta más estimulante, recordando en ciertos momentos a films como Spotlight Los archivos del Pentágono, reflejos de una época en la que el periodismo era serio y comprometido.
Para la realización de la película, Hood se ha rodeado de un gran reparto, encabezado por la siempre solvente Keira Knightley a la que rodean bien nombres tan importantes como Matthew Goode, Ralph Fiennes, Matt Smith o Rhys Ifans entre otros.
Con todo, la película no es del todo redonda, quedando algo por debajo de la mencionada Espías desde el cielo, quizá porque está historia se dilata más en el tiempo (era increíble la tensión que la otra transmitía sin salir apenas de una habitación), lo que provoca un ritmo más irregular que en ocasiones decae ligeramente.
Con todo, no deja de ser una propuesta interesante aparte de una denuncia sobre como los gobiernos manipulan a su antojo, quedando generalmente inmunes por ello.

Valoración: Seis sobre diez.

sábado, 28 de septiembre de 2019

DOWNTON ABBEY

Debería comenzar diciendo que Downton Abbey es una película deliciosa, con un sentido del humor agradable y que desprende una sensación de bunas intenciones y positividad que se agradece. Es una lujosa recreación de la Inglaterra eduardina centrada en la historia de una familia que recibe en su mansión al mismísimo monarca y los tejemanejes de su cuerpo de empleados por conseguir ser ellos los encargados de atender a os invitados en lugar del propio séquito que lo acompaña desde palacio.
Sin ser una obra perfecta, la película se deja ver con agrado, sin conflictos demasiado relevantes ni villanos que amenacen con agriar el ambiente. Es una dramedia pura para un sábado por la tarde agradable, con un argumento algo tibio que se puede adolecer, si acaso de una falta de ritmo que puede llegar a aburrir a aquel que no acepte dejarse enamorar por el glamour y la elegancia de los bailes reales y los banquetes.
Dicho esto, es momento de entrar en el gran problema de la película. Y es, ni más ni menos, que no es una película. Hecha con un buen presupuesto y grandes recursos, estamos, en realidad, ante el capítulo alargado de una serie de televisión. La conclusión, de hecho, de la ya mítica Downron Abbey que a su vez era heredera de la clásica Arriba y Abajo. Esto significa que todos los esfuerzos y todo el cariño depositados en esta producción van dirigidos, casi exclusivamente, a los seguidores de la serie, dejando que el resto de los espectadores entremos en la mansión por la puerta de atrás, como invitados de segunda fila, con permiso para mirar, pero no tocar. Así, al ajeno a la producción televisiva le costará mucho entrar en la historia, entender de buenas a primeras las relaciones familiares o simpatizar con los protagonistas, ya que no hay una presentación de personajes formal y se da por sentado que quien se vaya a aventurar a ver esta película viene directamente de la serie. Es algo similar a lo que sucediera, en su tiempo, con Serenity, que el iluso que escribe esto pretendió ver sin tener conocimiento alguno de lo que era Firefly.
Así, sin desmerecer el resultado final, me veo en la obligación de, si no desaconsejar, por lo menos advertir, a los que no sean fieles seguidores de la serie, para que estén sobre aviso de que se van a encontrar con una fiesta ajena. Y que van a poder distraerse con las peripecias de la familia Crawleys y sus sirvientes, pero nunca lograran sentirse como en casa y disfrutar como se debe.


Valoración: Seis sobre diez.

miércoles, 21 de noviembre de 2018

LA SOCIEDAD LITERARIA Y EL PASTEL DE PIEL DE PATATA


Detrás de tan peculiar título, La sociedad literaria y el pastel de piel de patata, se esconde un bonito cuento orquestado por uno de los directores más impersonales de la actualidad, un Mike Newell que lo mismo te hace una resultona comedia romántica como Cuatro Bodas y un funeral, un aspirante a blockbuster como Prince of Persia, un film de culto como Donnie Brasco o un capítulo más de la franquicia de Harry Potter.
Ahora, después de un tiempo alejado de las cámaras, regresa con una película pequeña pero muy agradable, uno de esos trabajos cuya mejor definición es la de “simpático” y que, gracias a su protagonista principal, la siempre eficiente Lily James, resulta agradable y emotiva.
En realidad, esto no es más que una comedia romántica al uso, con la clásica historia de chica conoce chico, chica y chico se enamora, pero algo se interpone entre ellos, chica y chico se separan y… bueno, imaginen el resto. El caso es que es el telón de fondo lo que hace de la película algo más especial de lo esperado, tanto en su faceta más literaria (ella es una escritora que se inmiscuye en un club de lectura atraída por su llamativo nombre y la curiosidad que despierta en ella la correspondencia que mantiene con uno de sus miembros) como en su faceta histórica, con el relato del pasado de la incursión nazi en la isla de Guernsey.
Newell sabe deambular entre las diversas tramas con precisión, entremezclando la moda actual por las películas de corte literario (La buena esposa, Book club, Collette…), el encanto de las poblaciones rurales a ojos del forastero de ciudad (en ese sentido me recuerda un poco en su corte a La gran seducción) y a los retratos bélicos con mujeres fuertes de por medio (hay un ligero aroma también a Su mejor historia, por ejemplo). Todo ello es mezclado con eficacia, consiguiendo un variopinto grupo de personajes (amigos improbables si los nazis no se hubieran cruzado en sus destinos) que con penas cuatro pinceladas, resultan casi como de la familia.
Cierto es que hay un momento en que el guion se le va de las manos y la historia de amor toma demasiado peso, dejando lo demás en un segundo plano algo lejano, pero no es suficiente para empañar una historia que seduce con su sencillez y que se ve con una sonrisa boba en el rostro.

Valoración: Seis sobre diez.

domingo, 27 de noviembre de 2016

ALIADOS: sospechas en tiempos de guerra.

Estamos ante una de esas películas en las que se habla más de lo que sucedió (o pudo suceder) durante el rodaje que de su calidad como obra, lo cual resulta publicitariamente beneficioso pero intelectualmente perjudicial. Cuesta enfrentarse ante esta película sin tener en mente la figura de Angelina Jolie  por más que no tenga participación alguna en la misma.
Igualmente, parece, por lo que se lee por ahí, que es imposible hablar de Aliados sin referirse a la mítica Casablanca de Michael Curtiz. Sí, realmente estamos ante una historia de amor que arranca en Casablanca en 1942, pero en cuanto avanza la acción las similitudes desaparecen hasta encontrarnos más cerca del cine de Hitchcock que de Curtiz. De lo que no hay duda es de que todo en Aliados rezuma a cine clásico, a añoranza de una época en que las historias tenían un ritmo pausado, el lujo detallista envolvía a los protagonistas y el amor imperaba por encima de la acción.
Robert Zemeckis es un gran director, quizá uno de los mejores que hay en activo, pero desde que su trabajo se centra en lo que podríamos denominar como cine “serio” no parece haber encontrado al guionista adecuado con quien trabajar. Olvidadas ya sus descacharrantes y divertidas aventuras de la época de Regreso al futuro, ¿Quién engañó a Roger Rabitt? o La muerte os sienta tan bien y su etapa volcada en el cine de animación por stop motion, Zemeckis no ha conseguido hacer todavía ninguna película que me convenciera por completo, encontrando carente de identidad el desenlace de El vuelo y la aburridilla El desafío.
El gran problema de Aliados es su historia, perpetrada por Steven Knight, que no termina de definirse hasta demasiado avanzada la película. Estamos ante la historia de Max y Marianne, un espía del ejército británico (aunque en realidad canadiense) y una miembro de la resistencia francesa. Juntos abordan la misión de asesinar a un embajador alemán y a unos cuantos nazis de regalo, y mientras lo hacen aprovechan para enamorarse. Tras esto la película se convierte en una historia costumbrista con Max y Marianne en Londres, casados y con una niña. Y es el tercer giro, cuando advierten a Max de las sospechas de que Marianne es en realidad una espía alemana, cuando de verdad arranca la historia. Y llevamos ya cuarenta y cinco minutos de película.
Afortunadamente, para contrarrestar esto, tenemos el enorme carisma de Brad Pitt y la eficaz ambigüedad de Marion Cotillard, la magnífica puesta en escena con un diseño de producción impecable y el estilo fino y elegante de Zemeckis tras las cámaras. Robert Zemeckis huye de la frialdad política que tenía la excelente El puente de los espías, de su amigo y mentor Steven Spielberg, para recrearse más con el detalle, regalándonos la vista con esos vestidos y peinados de la época, ese Londres de mitad de siglo y esa exquisita ambientación. Poco importa lo absurda que pueda ser la escena del sexo durante la tormenta de arena cuando está filmada con ese virtuosismo, o lo fuera de lugar que quede una estampa tan brutal y desgarradora como el parto bajo el bombardeo. Zemeckis rememora el cine clásico pero no renuncia a la tecnología más actual, aquella con la que siempre ha querido jugar, y ello justifica momentos como el del  avión derribado sobre Londres.
Al final, la historia resulta previsible y casi hasta irrisoria, pero da igual. Hay toda una secuencia (la de la cárcel) inverosímil por su situación, y no importa. Los secundarios están en muy segundo plano y quedan totalmente desaprovechados, pero es lo mismo. Aliados es el título perfecto para definir la alianza entre Zemeckis, Pitt y Cotillard, y sobre ellos tres, y nada más que ellos tres, gira todo.
Y si aceptamos esa única y sencilla norma, la película resulta deliciosa, interesante y tristemente dolorosa. Y supone, para mí, el mejor trabajo de Zemeckis desde la época de Contact.

Valoración: Siete sobre diez.

miércoles, 29 de julio de 2015

ETERNAL (6d10)

Antes de empezar mi comentario quiero dejar claro un tema: la mayoría de críticas de medios especializados que he escuchado/leído por ahí han puesto está película a caer de un burro. Pero siendo objetivos, no lo han hecho por su calidad, sino por el pequeño detalle de ser un remake y perder en comparación con respecto al original. Soy el primero en criticar ciertos remakes innecesarios que sabemos de antemano que van a ser inferiores al imitado (me vienen a las mente casos recientes como RoboCop, Poltergeist o la polémica que recorre la red últimamente ante el rumor -desmentido por el propio Zemeckis- de que se podría estar planeando una nueva saga de Regreso al futuro). Pero eso tiene cierta lógica cuando
se trata de auténticos clásicos (nadie en su sano juicio se atrevería a hacer un remake de Casablanca, Gus Van Sant lo intentó con Psicosis y así le fue) o de películas míticas como las mencionadas. Pero no creo que eso se de en el caso de Plan diabólico, el título del que se referencia Eternal. La película de John Frankenheimer es sin duda una gran obra, pero tampoco original, pues se basaba en una novela de David Ely, así que ¿por qué rasgarse las vestiduras comparando está peli con una de 1966 que tampoco es que forme parte de la historia más imprescindible del cine en lugar de disfrutar (o no) del trabajo de Tarsem Singh por sus propios méritos?
Y el caso es que la película no está nada mal, le pese a quien le pese. No es magnífica pero logra su propósito de entretener e intrigar durante un buen rato. Aunque arrastra un problema, eso hay que reconocérselo.
Al crear una historia, ya sea para cine o en novela, es relativamente fácil hallar una buena idea de base. El problema es saber desarrollarla. Es lo que pasaba en títulos a priori tan interesantes como La noche de las Bestias (The Purgue) o Tú eres el siguiente, cuyas premisas llamaban mucho la atención pero terminaban cayendo hacia la rutina a medida que avanzaba el metraje.
Así, el punto de partida es muy interesante. Un acaudalado empresario está próximo a morir y como medida desesperada para alcanzar la inmortalidad acepta realizar una intervención médica mediante la cual su conciencia pasará a ocupar un cuerpo más joven, creado artificialmente en un laboratorio. El problema es cuando se descubre que el nuevo cuerpo que ocupa no es tan artificial como le habían asegurado y los recuerdos de su anterior propietario comienza a mezclarse con los suyos propios. Como podéis ver, ciencia ficción sesuda y con dilema moral incluido que puede recordarnos a las historias clásicas de Philip K. Dick. Es una parte de la película, además, protagonizada por el siempre excelente Ben Kingsley.
Lo que sucede es que una vez descubierto el meollo nuestro protagonista, ahora interpretado por un correcto pero para nada genial Ryan Reynols, emprende una carrera contrarreloj por salvar su vida y la de los inocentes que lo acompañan (no daré más detalles, que para spoilers ya está el tráiler) que convierten la ciencia ficción del principio en algo anecdótico para convertirse en una peli de acción más, como si de un film del desaparecido Tony Scott se tratase. Aunque claro, Singh no es Scott, por desgracia.
Así, la película es correcta y funciona bien si la tomamos como un simple entretenimiento de acción, con persecuciones intensas bien ejecutadas y algunos rostros conocidos (Matthew Goode, Natalie Martinez y Victor Garber completan el quinteto protagonista), aunque puede decepcionar el que no se apostara más por la dualidad interna del protagonista como se intuía al principio.
Quien quiera buscar en Eternal algo más, como los señores a los que me refería al principio, se sentirán defraudados. Estafados incluso. Los que sepan que van a ver una simple peli de acción con giros de guion y algo de drama, se sentirán satisfechos. El problema es que a veces el espectador pretende decidir lo que quiere que le enseñen, en lugar de recordar que el cine consiste en disfrutar con lo que el director decide mostrarte. Y con un guion, por cierto, de los hermanos Pastor, que parecen afianzarse cada vez más en Hollywood.

sábado, 3 de enero de 2015

THE IMITATION GAME (DESCIFRANDO ENIGMA) (8d10)

El debut en Hollywood del noruego Morten Tyldum es una interesante película sobre el descubrimiento científico más importante de la década de los cuarenta y que pudo suponer la inclinación de la balanza hacia el lado de los aliados durante la II Guerra Mundial.
Sin embargo, podría parecer también un vehículo destinado solamente al lucimiento de uno de los actores más en forma del panorama actual, un Benedict Cumberbatch que se hace dueño y señor del film y llena la pantalla en cada plano en que aparece, que –también es cierto- son la mayoría.
Emparentado a simple vista con su televisivo Sherlock, Alan Turing es un personaje de inteligencia extrema, calculador y extremadamente lógico, pero a la vez incapaz de mostrar cualquier síntoma de empatía con su entorno. Engreído, soberbio y cruelmente sincero, el problema de Turing no es que esté por encima de los demás, sino que es plenamente consciente de ello. Por eso el programa secreto en el que participa junto a otros matemáticos  para desvelar las claves de las comunicaciones encriptadas de los nazis (mediante el ingenio denominado Enigma) parece condenado al fracaso. Pero su dedicación absoluta y obsesiva, junto con la entrada en el proyecto de Joan Clarke (¡¡una mujer inteligente en un mundo de hombres!! ¡qué escándalo!), que logrará sacar el lado más humano de Turing hasta hacer que colabore con sus compañeros, propiciará que se invente una máquina (antecedente de los ordenadores actuales) que interprete los mensajes alemanes y permita a los aliados anticiparse a sus movimientos.
The imitation game (que es el nombre del primer estudio que publicó Turing sobre su invento, mucho antes de entrar en el equipo secreto del gobierno británico) es una drama basado en la historia real de este proyecto que había permanecido oculto hasta hace un par de años y de un hombre que realizó uno de los mayores avances científicos de la época y que, por su condición de homosexual, no fue reconocido hasta ahora como el principal causante del final de la guerra. Quizá el film no logra transmitir con acierto la construcción de la máquina definitiva, llamada Christopher (quien no sea matemático, informático o ingeniero seguramente no alcanzará a comprender como funciona exactamente el invento) pero sí ahonda a la perfección en la psique del matemático protagonista, empleando unos flashbacks para mostrar su infancia que, si bien al principio parecen estorbar a la historia principal, a medida que las dos tramas avanzan en paralelo lo sucedido en una termina influyendo en la otra, logrando un paralelismo armónico y consecuente.
El guion, obra del debutante Graham Moore a partir de un libro de Andrew Hodges, roza la perfección para un relato de ficción, pero se muestra demasiado preciso para tratarse de una historia real. Todo cuadra en su justa medida, todo se estropea y se arregla justo cuando se tiene que estropear y arreglar, y eso resta algo de verosimilitud a la historia que, por otro lado, se permite invitar a la reflexión en temas como la homosexualidad o el poder de decisión que, con el código Enigma descubierto, les permite decidir quién va a vivir y quien va a morir en una de las guerras más horribles de la historia de la humanidad (en cierto momento se dice, muy acertadamente, que están incluso por encima de Dios).
Es posible que, debido a la escasa experiencia de director y guionista para un proyecto de cierta envergadura, falte algo de alma en la historia, pero allí donde ellos no llegan se encuentra Cumberbatch, que si ya acostumbra a estar excelente en personajes aparententemente tópicos (me viene a la memoria su Khan de Star Trek: En la oscuridad y ardo en deseos en verlo interpretar al Doctor Extraño en el Universo Marvel) raya la perfección con interpretaciones más complejas como su versión de Julian Assange o el esclavista Ford de 12 años de esclavitud. Aquí está magistral, con unos matices que, como dije al principio, puede recordar mucho a su Sherlock pero al que dota de una humanidad y unas debilidades ocultas bajo su fachada de perfección que logra que veamos las diferencias en el personaje de ficción que es el detective de Baker Street y el personaje real que fue Alan Turing. Tanto es así que logra, incluso, minimizar la aparición de secundarios de renombre como la cada vez más excelente Keira Knightley, el enigmático Matthew Goode o las presencias siempre efectivas de Mark Strong o Charles Dance.
En definitiva, una interesante escenificación de un hecho que cambió la historia, una reflexión sobre el poder de decisión y la represión social de la época y una interpretación genial que debía llevar a Cumberbatch camino del Oscar.


lunes, 15 de septiembre de 2014

BELLE * (7d10)

Exquisita recreación de la historia real de Dido Elizabeth Belle, la hija bastarda de un aristócrata en el Londres del siglo XVIII que pese a ser de raza negra recibe, tras la muerte de sus padres, la educación y consideraciones dignas de su clase social, aunque con ciertas restricciones.  
Educada tras la muerte de sus padres por sus tíos Lord y Lady Mansfield y considerada como una hermana por su prima Elizabeth Murray, Belle y Elizabeth crecen en la comodidad y el lujo de estar acogidas por Lord Mansfield, juez de las Cortes Supremas y, tal y como comenta alguien en la película, posiblemente la persona más poderosa de Inglaterra después del rey. Se da la ironía de que, llegadas a la edad de buscar marido, Dido es heredera de una gran fortuna, mientras que Elizabeth es repudiada por su propio padre, con lo que la chica negra, por más que sea considerada como alguien inferior en esa época, es la que consigue más pretendientes.
La historia de Dido fue impactante no solo por la aceptación que se ganó a pesar de su color de piel sino por la in fluencia que tuvo en su tío a la hora de dictar una sentencia en referencia a la esclavitud. Independiente y revolucionaria, la vida de Dido es como un caramelo para Hollywood que la británica Amma Asante ha aprovechado para construir una narración de época con toques de drama y romance pero cuyas verdaderas intenciones están en un alegato en contra de la discriminación racial (no en vano la propia directora es de color) aprovechando de paso para hacer una burla de la aristocracia que no duda en poner los intereses económicos por encima de cualquier sentimiento. Aun sin tener rasgos de comedia, resulta cruelmente divertida la secuencia en que las madres buscan desesperadas mujeres con buenas dotes para casar como sea con sus hijos.
Posiblemente, todo y la buena mano de Asante como realizadora, una de las bazas del film está en su reparto, encabezado por los siempre excelentes Tom Wilkinson y Emily Watson y que tiene en Gugu Mbatha-Raw y Sarah Gordon  en el papel de las jóvenes primas sus mejores armas, con una caracterización y química entre ellas impecable y que logra que sus actuaciones convenzan y emocionen.
En ocasiones el cine histórico o de época puede resultar anodino o incluso pedante, pero Belle nos descubre un pedacito de historia imprescindible y con una sencillez y elegancia muy de agradecer.
Y sin necesitar de tres interminables horas como hacen otras.

martes, 21 de mayo de 2013

STOKER (8d10)

Stocker es una película de Chan-Wook Park, director coreano reconocido internacionalmente por su trilogía de la venganza (Boksuneun naui geot, Oldboy y Chinjeolhan geumjassi). Comienzo así porque este es un caso de esos en los que conviene conocer al director y su obra antes de adentrarse en la oscuridad de la sala del cine y así estar más preparados para lo que nos espera. Y es que Park, como buen heredero del cine oriental, es un poeta filmando, importándole poco -o quizás nada- el abusar del ritmo lento de la narración en favor de un plano concreto o un sonido determinando. Y es que para redondear la cosa Park no se conforma con deslumbrar visualmente, sino que con el mero pretexto de que la protagonista tiene un oído por encima de lo normal consigue cautivar con un sentido habitualmente menospreciado en el cine.
Pero empecemos por el principio. La historia, aunque interesante, no es un homenaje a la originalidad, precisamente. Tras la muerte del cabeza de familia, la viuda y su hija adolescente acogen en su casa al desconocido e inquietante (a la par que cautivador) hermano de este. La incursión de un elemento extraño en el núcleo familiar (ya sea un vecino, un familiar o incluso una mascota) es un recurso recurrente en el cine, válido tanto para comedias, thrillers o incluso dramones televisivos ideales para la sobremesa, pero en el caso que nos ocupa Park no se centra solo en lo que cuenta, sino en cómo lo cuenta. Apoyándose en situaciones que se nos pueden antojar tópicas (el dolor por la pérdida de un padre, la falta de adaptación entre compañeros de clase, la atracción hacia un desconocido, el despertar sexual...) Park consigue seducirnos con su estilo único y reconocible, bailando entre el misterio y el drama pero recordándonos siempre que hay una amenaza latente que terminará irremediablemente en un estallido de violencia que el director muestra con hermosa maestría, como demuestran las escenas de la sangre empapando flores (y permitidme recordar que Stoker fue rodada con anterioridad a Django desencadenado). Sin duda el mayor triunfo de la película es, sin embargo, su capacidad para incomodar e incluso angustiar con las decisiones que toman sus protagonistas sin que ello nos impida identificarnos con ellos. A diferencia de otro film reciente (para mi muy sobrevalorada e infinitamente inferior a Stoker) como The Master, en esta ocasión la tortura interna de sus protagonistas no provoca un distanciamiento hacia los mismos, por más reprobables que podamos encontrar sus actos. Otra diferencia esencial entre Stoker y The Master cabe encontrarla en sus intérpretes. Mientras en aquella (y ahora es cuando los gafapastas y críticos sesudos intelectuales se me tirarán al cuello) sólo Philip Seymor Hoffman estaba correcto, Amy Adams solo pasa por ahí y la estrella (estrellada) de la función,  Joaquin Phoenix, está simplemente horrible (ahora es cuando llueven los puñales), en Stoker todos sus intérpretes están geniales,  incluyendo al sosainas de Dermot Mullroney. Nicole Kidman, aparentemente libre del botox que a punto estuvo de hundir su carrera, cumple a la perfección el papel de madre frívola y distante, más preocupada de su propio mundo que de intentar recordar que tiene una hija. Pero los que verdaderamente hacen magia son la pareja sobrina-tío. Mia Wasikowska, está inmensa, calculando pon precisión de cirujano la emoción necesaria en cada plano,  saltando de la apatía a la pasión en un parpadeo y demostrando, tras sobrevivir con acierto a la marabunta de efectos digitales sin sentido fue fue la Alicia de Burton, que tiene un gran futuro por delante, mientras que Matthew Goode, después de interpretar al Ozymandias de Watchmen, se ha convertido en un especialista en personajes seductores e inquietantes a la vez. Lo que es capaz de transmitir (y perturbar) con una mirada o una sonrisa lo sitúan, a mi parecer, a la altura de Anthony Hopkins en El Silencio de los Corderos, paseando con libertad por la fina línea que separa el bien y el mal que hace que el espectador dude entre amarlo u odiarlo, aunque lo más sensato sería,  sin duda, temerlo.


Tres interpretaciones brillantes, más si tenemos en cuenta lo tentador que podría ser con semejantes personajes caer en el histrionismo y la sobreactuación,  ofreciendo un regalo que Park aprovecha regando la película con planos brillantes y una inteligente composición de sonidos y silencios que subrayan a la perfección la tensión casi insoportable que se extiende durante el metraje insinuando un violento desenlace.