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martes, 29 de diciembre de 2015

EL DESAFÍO (6d10)

Aunque no puedo considerarme un fan declarado de Robert Zemeckis reconozco que admiraba profundamente al realizador en su primera etapa, la más divertida y palomitera (con la trilogía de Regreso al futuro como punto álgido, aunque nunca me cansaré de reivindicar La muerte os sienta tan bien). 
Luego le llegó una faceta más seria y adulta con la que ya no conecté tanto (no soy nada fan de Forest Gump y Náufrago me aburrió soberanamente) y finalmente se perdió en los delirios digitales de Polar Express, Beowulf y Cuento de Navidad hasta que se pegó el batacazo y regresó al cine de imagen real con El Vuelo.
Él mismo, sin embargo, ha reconocido que está más interesado en la técnica que en la historia (quizá por eso lo mejor de El Vuelo fuese la escena del avión volando del revés y su posterior aterrizaje forzoso). Por ello, El desafío es una película técnicamente impecable, con un glorioso y muy bien aprovechado 3D (esta es una de las pocas ocasiones donde la técnica tridimensional es realmente aconsejable) y un hermoso tributo a las tristemente desaparecidas Torres Gemelas de Nueva York.
La historia es otra cosa…
El desafío narra la epopeya de Philippe Petit, un artista callejero parisino que, buscando siempre nuevos desafíos, se empeña en cruzar el espacio que separa ambas torres haciendo funambulismo. Una proeza para la que debe reunir a un variopinto grupo de cómplices, casi a modo de los chicos de Clooney en Ocean’s Eleven.
Así, la primera mitad del film sigue el clásico planteamiento de una película de robos (hay que decir que para el desafío al que quiere enfrentarse Petit no hay permisos posibles, así que todo se hará en contra de la ley), resultando algo monótona y aburrida. En la segunda, todo el protagonismo recae en la “actuación” final, en el ejercicio de equilibrismo que decora el cartel y que, por estar basado en una historia real y por ser el propio Petit quien nos narra la historia desde la primera escena, ya sabemos que terminará bien.
Por eso, por la falta de emoción práctica al conocer (o imaginar) el desenlace, y por lo mal que puede llegar a caer el propio Petit, un personaje egoísta, engreído y sobrado, uno no llega a conectar demasiado con una historia demasiado poco trabajada y en la que demasiadas cosas se dejan en manos del caprichoso azar.
Y esto, que resume muy bien el cine de Zemeckis de los últimos años, es lo que más define a la película desde el punto de vista artístico. Pero, como digo, al propio director todo esto le importa bien poco. Lo verdaderamente importante, la excusa de esta historia que no por real resulta poco cautivadora, es el clímax final, la media hora larga en la que Petit recorre el cable, los planos desde lo alto de la torre capaces de provocar vértigo en el propio espectador, la magnificencia de esas torres tan perfectamente recreadas que parecen reales…
Esta es la magia de la película y la única excusa para ir a verla, más allá de lo que el señor Petit y su caprichosa vanidad nos puede llegar a interesar. De cada uno dependerá valorar si esta media hora final de pausada adrenalina compensa el visionado completo.

domingo, 13 de septiembre de 2015

APRENDIENDO A CONDUCIR (6d10)

Tras cuatro entradas consecutivas dedicadas a películas españolas podría esperarse cambiar algo de tercio, pero tampoco va a ser exactamente así, ya que aunque Aprendiendo a conducir sea un film completamente anglosajón está dirigido por nuestra Isabel Coixet, así que algo sigue quedando en casa.
No soy un gran conocedor del cine de Coixet, el cual parece haberse desinflado en sus últimos trabajos, y quizá este Aprendiendo a conducir no sea el mejor ejemplo para fijarse en ella. Y no porque sea una mala película o porque no funcione su historia, sino porque están convencional, tan alejada de alguno de las señales de identidad de la realizadora de Sant Adrià del Besos, que difícilmente podría definirse bajo el estigma de “una película de Coixet”.
No es malo, sin embargo, que de vez en cuando un director de fuerte personalidad renuncie a sus rasgos distintivos al aceptar una peli de encargo (Coixet no ha participado en nada del guion) para realizar un buen trabajo, funcional y carente de riesgo, que le permita coger fuerzas para futuros proyectos en los que su involucración sea más definitoria, para bien o para mal.
Y es que si no fuese por la fuerza que tiene el nombre de Coixet tras las cámaras, posiblemente esta sería recordada simplemente como “la nueva peli de Ben Kingsley”.
Treinta y tres años después de Ghandi, el brillante actor británico vuelve a interpretar a un indio (posiblemente sea el intérprete que más nacionalidades diferentes ha representado en cine), en el papel de un refugiado político afincado en Nueva York que pese a ser un hombre de estudios debe subsistir dando clases prácticas en una autoescuela.
Por otro lado, Patricia Clarkson (conformando el reencuentro de los dos actores y la directora tras Elegy), interpreta a una crítica literaria que se encuentra completamente desorientada en la vida tras el repentino abandono de su marido.
Darwan y Wendy, los protagonistas, son dos personajes atrapados por su pasado y enfrentados a sus propios miedos cuyo encuentro provocará una relación de aprendizaje mutuo. Así, las clases de conducción que toma Wendy se convierten en realidad en una excusa para que dos personas aprendan el uno del otro, siendo el título del film un equivalente metafórico de lo que podría haber sido “Aprendiendo a vivir”.
Posiblemente la historia sea algo rutinaria y, en algunos momentos, incluso tediosa, pero ello no es suficiente para lastrar una historia simpática y que funciona correctamente, sin que sus deliberadas gotas de sabiduría lleguen a resultar cargantes ni rezuma una pretenciosidad trascendental excesiva. Aprendiendo a conducir funciona como sencillo manual de autoayuda en el que la soledad (entendida esta como el aislamiento de los que nos rodean, ya sea por razones sentimentales, culturales o sociales) es la madre de todos los males y donde la improbable amistad de los dos protagonistas revelará el camino a seguir.
Completan un eficiente reparto Grace Grummer (una de las hijas de Meryl Streep), Jake Weber (recordado sobre todo por su papel de marido de Patricia Arquette en Medium) y Sarita Choudhury (vista recientemente en Hommeland), siendo la propia ciudad de Nueva York un elemento determinante más.

miércoles, 29 de julio de 2015

ETERNAL (6d10)

Antes de empezar mi comentario quiero dejar claro un tema: la mayoría de críticas de medios especializados que he escuchado/leído por ahí han puesto está película a caer de un burro. Pero siendo objetivos, no lo han hecho por su calidad, sino por el pequeño detalle de ser un remake y perder en comparación con respecto al original. Soy el primero en criticar ciertos remakes innecesarios que sabemos de antemano que van a ser inferiores al imitado (me vienen a las mente casos recientes como RoboCop, Poltergeist o la polémica que recorre la red últimamente ante el rumor -desmentido por el propio Zemeckis- de que se podría estar planeando una nueva saga de Regreso al futuro). Pero eso tiene cierta lógica cuando
se trata de auténticos clásicos (nadie en su sano juicio se atrevería a hacer un remake de Casablanca, Gus Van Sant lo intentó con Psicosis y así le fue) o de películas míticas como las mencionadas. Pero no creo que eso se de en el caso de Plan diabólico, el título del que se referencia Eternal. La película de John Frankenheimer es sin duda una gran obra, pero tampoco original, pues se basaba en una novela de David Ely, así que ¿por qué rasgarse las vestiduras comparando está peli con una de 1966 que tampoco es que forme parte de la historia más imprescindible del cine en lugar de disfrutar (o no) del trabajo de Tarsem Singh por sus propios méritos?
Y el caso es que la película no está nada mal, le pese a quien le pese. No es magnífica pero logra su propósito de entretener e intrigar durante un buen rato. Aunque arrastra un problema, eso hay que reconocérselo.
Al crear una historia, ya sea para cine o en novela, es relativamente fácil hallar una buena idea de base. El problema es saber desarrollarla. Es lo que pasaba en títulos a priori tan interesantes como La noche de las Bestias (The Purgue) o Tú eres el siguiente, cuyas premisas llamaban mucho la atención pero terminaban cayendo hacia la rutina a medida que avanzaba el metraje.
Así, el punto de partida es muy interesante. Un acaudalado empresario está próximo a morir y como medida desesperada para alcanzar la inmortalidad acepta realizar una intervención médica mediante la cual su conciencia pasará a ocupar un cuerpo más joven, creado artificialmente en un laboratorio. El problema es cuando se descubre que el nuevo cuerpo que ocupa no es tan artificial como le habían asegurado y los recuerdos de su anterior propietario comienza a mezclarse con los suyos propios. Como podéis ver, ciencia ficción sesuda y con dilema moral incluido que puede recordarnos a las historias clásicas de Philip K. Dick. Es una parte de la película, además, protagonizada por el siempre excelente Ben Kingsley.
Lo que sucede es que una vez descubierto el meollo nuestro protagonista, ahora interpretado por un correcto pero para nada genial Ryan Reynols, emprende una carrera contrarreloj por salvar su vida y la de los inocentes que lo acompañan (no daré más detalles, que para spoilers ya está el tráiler) que convierten la ciencia ficción del principio en algo anecdótico para convertirse en una peli de acción más, como si de un film del desaparecido Tony Scott se tratase. Aunque claro, Singh no es Scott, por desgracia.
Así, la película es correcta y funciona bien si la tomamos como un simple entretenimiento de acción, con persecuciones intensas bien ejecutadas y algunos rostros conocidos (Matthew Goode, Natalie Martinez y Victor Garber completan el quinteto protagonista), aunque puede decepcionar el que no se apostara más por la dualidad interna del protagonista como se intuía al principio.
Quien quiera buscar en Eternal algo más, como los señores a los que me refería al principio, se sentirán defraudados. Estafados incluso. Los que sepan que van a ver una simple peli de acción con giros de guion y algo de drama, se sentirán satisfechos. El problema es que a veces el espectador pretende decidir lo que quiere que le enseñen, en lugar de recordar que el cine consiste en disfrutar con lo que el director decide mostrarte. Y con un guion, por cierto, de los hermanos Pastor, que parecen afianzarse cada vez más en Hollywood.

lunes, 8 de diciembre de 2014

EXODUS: DIOSES Y REYES (8d10)

Hay ocasiones en que uno desea tanto ver una película que esta por fuerza termina por decepcionar y es necesario un segundo visionado para poderla valorar correctamente. En este caso, sin embargo, eran tan desastrosas las primeras críticas que habían llegado a mis oídos (y eso que siempre intento evitar escuchar nada de una película antes de verla, pero en ocasiones resulta imposible) que habían producido en mí una especie de antihype que me hacía prever un péplum espantoso y plomizo.
Nada de eso. Exodus: De Dioses y Reyes es una gran película, en la línea de los grandes títulos de Ridley Scott, genial director injustamente vilipendiado por el mero hecho de que realizó dos títulos tan absolutamente buenos al principio de su carrera que siempre tendrá que competir contra la sombra de estos.
Probablemente es principal problema para algunos es que, por más que finjan no haberse dado cuenta, se trata de una película religiosa, independientemente del disfraz de épica que la rodea. Para bien o para mal es la adaptación (con ciertas licencias en las que luego me detendré más tranquilamente) de la historia bíblica de Moisés, que lidera la liberación del pueblo hebreo por mandato de Dios. Por tanto, todo aquel que no crea en la existencia de Dios (o simplemente respete a quien lo haga) difícilmente podrá aceptar la calidad de la película.
El verdadero defecto de Exodus: De Dioses y Reyes es su guion, algo endeble y con algunos diálogos realmente malos. 
Da la sensación de que, ante la falta de un contexto histórico real (no hay ningún hallazgo arqueológico que confirme la existencia de Moisés ni está claro que el Éxodo se produjese realmente, así como los motivos del mismo) los guionistas han querido “normalizar” la historia bíblica, como queriendo hacerla más creíble para los profanos, incluyendo conflictos de intereses entre Moisés y Dios, la representación divina en forma de niño, la creación de las Tablas de la Ley de la propia mano de Moisés o incluso una inicial explicación a las plagas de Egipto ligeramente basadas en un documental de National Geographic
Siendo Scott un director extremadamente sobrio, más preocupado por la calidad de sus imágenes (y estas son espectaculares, como no podía ser menos) que por la solidez de la historia (y la prueba es su otro gran péplum: Gladiator), era lógico que esta producción bíblica fuese mucho menos controvertida que la reciente Noé (qué duda cabe que Aronofsky es un autor mucho más personal que Scott), aunque sí mejor que aquella que, siendo también muy espiritual, estaba demasiado adornada por inspiraciones tolkinianas y tintes culebronescos.
Si en aquella la gran escena correspondía al diluvio, aquí todo el mundo espera la secuencia del Mar Rojo, en la que Scott era consciente de que las comparaciones con su mítica análoga de Los Diez Mandamientos de DeMille iban a ser inevitables, por lo que busca distanciarse lo máximo de la misma, consiguiendo una apuesta visual impecable aunque posiblemente menos espectacular que aquella.
Resulta curiosos, sin embargo, que en una película de más de dos horas de duración que noten ciertos huecos argumentales, ciertas elipsis excesivas que quién sabe si quedaron en la mesa de montaje o simplemente fueron maltratadas en el rodaje por la precipitación que se dice que hubo en el mismo, motivada por la imposición de la productora de estrenar antes de fin de año con vistas a entrar en la pugna por los Oscars. 
Es por ello que algunos personajes parecen desaprovechados (la Tuya interpretada por Sigourney Weaver es el ejemplo más claro) y se echen en falta historias ligeramente apuntadas (como la de la adoración del falso ídolo a los pies del monte Sinaí o la llegada de las diez plagas, que son terriblemente angustiantes pero pasan con relativa rapidez) o simplemente ignoradas (la expulsión de Moisés de la Tierra Prometida por golpear una piedra con su vara para conseguir agua o los diversos milagros que realizó durante el éxodo).
Tampoco considero que hayan tantos errores de casting como se ha apuntado por ahí, gustándome el Moisés de Bale (un actor que acostumbra a defraudarme) o incluso el Ramsés de Edgerton, que en los trailers o fotos promocionales no me encajaba pero que en pantalla luce muy bien.
Exodus: de Dioses y Reyes tiene secuencias épicas, emoción, drama y está exquisitamente bien filmada, con un Moisés mucho más humano y atormentado de lo que cabría suponer por los textos bíblicos, y una recreación hermosa e impresionante del Antiguo Egipto, en la que algunos podrán encontrar un cierto abuso del cartón piedra y el ordenador pero que a mí, como me sucediera ya en la ninguneada Pompeya, me ha maravillado.
La última película de Ridley Scott no es una película redonda, pero sí una gran película. El problema es que no es apta para todo tipo de mentes. Que cada uno lidie con su problema…

sábado, 28 de diciembre de 2013

EL MÉDICO (8d10)

Cuando se anunció que comenzaba a rodarse una adaptación de la exitosa novela de Noah Gordon, El médico, que ha vendido más de veinte millones de copias en todo el mundo, cabría suponer que los fans se pondrían como locos, criticando las elecciones de casting o alabando los supuestos aciertos.
Sin embargo, no sé si por tratarse de una película alemana y no americana (aunque filmada en inglés y con aire de superproducción), el film se ha estrenado con más pena que gloria, con una publicidad paupérrima y en menos salas de lo esperado, por más que la fecha elegida sea propicia para una película de carácter histórico como la que nos ocupa.
Dejando de lado la odiosa comparativa con la novela, El médico es una magnífica recreación de la sociedad de la Edad Media (Londres en su inicio, Persia el resto del film) con la excusa de un joven huérfano que comienza trabajando como ayudante de un barbero (mezcla de charlatán y matasanos) que decide emprender un viaje por medio mundo para conocer a Ibn Sina, quien se supone es el mejor médico del mundo, con la esperanza de poder aprender de él algo de medicina “de verdad”.
Con unos toques fantásticos que a mi entender deslucen la obra (¿de verdad lo considerabas necesario, Gordon?), El médico no solo es la historia de la madurez (mental y espiritual) de este joven capaz de cambiar incluso de Fe por conseguir su objetivo, y de sus aventuras y enamoramientos por el camino. Es, además, una reflexión sobre la codicia política (eso de que el poder corrompe viene de lejos) y los peligros de la religión mal entendida.
Dirigida con brío por Philipp Stölzl, prácticamente un desconocido hasta la fecha, todo el peso de la película (150 minutos que no se hacen para nada largos) cae sobre las espaldas del joven Tom Payne, que acepta la responsabilidad y cumple con creces, sabiendo pasar de la ternura al odio en una fracción de segundo sin caer en la caricatura ni perdiendo credibilidad. Junto a él, dos veteranos lucen con luz propia, Stellan Skarsgård, magnífico, y Ben Kingsley, que por fin puede volver a demostrar lo gran actor que es después de su polémica interpretación de el mandarín en Iron man 3 y su plano paso por Los juegos de Ender.
Stölzl compone una película épica, de hermosa fotografía y grandes confrontaciones, que bien podrían recordar a las grandes producciones que Estados Unidos parece haber olvidado como hacer, destilando grandiosidad sin necesidad de caer en digitalizaciones exageradas que acaban por sacar al espectador de la historia.

Interesante, emocionante, divertida y dramática a partes iguales, bien interpretada y mejor dirigida, con una subtrama romántica que en ningún momento obstaculiza a la narración, no encuentro ningún pero con que señalar a esta historia que, además, invita a reflexionar sobre la intransigencia religiosa y a disfrutar de los (escasos) momentos de paz y cordialidad entre judíos, musulmanes y un cristiano infiltrado.

domingo, 17 de noviembre de 2013

EL JUEGO DE ENDER (5d10)

Cuando se estrena una película basada en una novela (y más si se trata de una novela superventas como es el caso) es inevitable preguntarse si uno debe analizar la película como tal o en función a lo bien o mal adaptada que esté. Es evidente que cuando se escribe un libro no hay límites ni imaginativos ni de duración, por lo que el autor puede explayarse todo lo que quiera sin miedo a exceder presupuesto alguno, cosa que no ocurre en las películas. Ello obliga a que, por ejemplo, los seis años que en la novela dura la formación del protagonista deba resumirse en unos pocos meses.
Sin embargo, yo no he leído el libro ni tengo un conocimiento suficiente de la obra del por otro lado odiado Orson Scott Card, por lo que voy a limitarme a opinar de El Juego de Ender como si de una película original se tratase, sin la carga que lleva a cuestas debido a su pasado literario.
Y así, me encuentro ante una película flojita, cuyo ritmo, efectos visuales y carisma de sus intérpretes la salvan de ser un gran fiasco, pero poco más. Y es que poco hay en su argumento que se pueda sostener, empezando por la absurdidad de empeñarse en que todo el futuro de la humanidad recaiga en las manos de un solo hombre (niño en este caso) y que éste deba comandar una escuadra militar pese a estar supervisado por una serie de mandos superiores que sin duda deberían ser mucho más aptos que él para la misión.
Como muchas otras historias por el estilo (After Earth es el ejemplo más reciente) el argumento parte con un planeta superviviente a una invasión alienígena (cuando lo más interesante sería que por una vez nos dejasen ver la acción y no solo las consecuencias). El coronel Graff dirige una academia militar con el objetivo de encontrar a la persona capaz de comandar toda la tropa terrestre en previsión de una segunda oleada alienígena, con el pretexto de que la mente de un niño es mucho más imaginativa para el combate que la de un adulto. Así es como Ender Wiggin entra a formar parte de un elitista grupo de elegidos donde irá escalando peldaños con pasmosa facilidad, demostrando que es el más mejor en todo, hasta llegar al momento del desafío final.
Así de absurdo es el argumento de los Juegos de Ender, donde ni las motivaciones de los que rodean al pequeño Ender se explican ni los desafíos a los que se debe enfrentar son prueba suficiente como para justificar que se convierta en el defensor de la humanidad. Escenas de ridículo ajeno como cuando le asignan en un entrenamiento un grupo de marginados sociales a su mando (añgo parecido los llama el coronel Graff) y tras un triunfo en un combate virtual ya pasan a ser los mejores amigos del mundo y la mano derecha de Ender a la hora de defender a la humanidad.
Otro claro ejemplo es cuando tras encararse Ender a uno de sus superiores, el sargento Dap (interpretado por Nonso Anozie, posiblemente uno de los peores actores de la historia del cine), asegurándole que algún día el sargento será quien le tenga que saludar a él y el militar se burla, diciendo que eso nunca sucederá. Apenas una secuencia después Ender ya ha sido ascendido y el sargento no solo le saluda, sino que lo hace con total satisfacción. Todo, absolutamente todo, lo que le sucede a Ender es con suma facilidad, y por mucho que nos quieran mostrar a un elegido, al poseedor de nuestro destino, es todo demasiado plano como para que podamos identificarnos bien con el héroe.
En medio de todo ello un mensaje de absoluto fascismo, un elogio insoportable a la doctrina militar que algún compañero ha definido con acierto como “las juventudes hitlerianas del espacio”. Cierto es que en un momento dado hay un giro de los acontecimientos de los que hablaré en un momento y donde dije digo digo diego, pero en cine ya es tarde para rectificaciones. Un giro argumental puede sorprendernos con grado, pero no hacernos cambiar de parecer sobre la doctrina que nos han estado inculcando hasta el momento. No si no hay un detonante dramático suficiente como para hacer tambalearse nuestros sentimientos. Y en Los juegos de Ender, desde luego, no los hay.
¿Qué se puede aprovechar de esta película? Evidentemente, se trata de un gran espectáculo visual. Tiene unos efectos visuales de primera y su ritmo es acertado, al menos hasta llegar a sus compases finales. Además, siempre es interesante ver de nuevo en pantalla grande a Harrinson Ford, por más que lleve ya unas cuantas películas que parece que lo único que le interesa del cine sea que le pague la hipoteca. Afortunadamente, a su lado están Ben Kingsley y Viola Davis, y eso ya son palabras mayores, y no deja de tener su gracia ver juntos en pantalla al niño de La Invención de Hugo y a la niña de Valor de Ley, aparte de la breve presencia de Abigail Breslin a la que siempre recordaré cargándose muertos en Bienvenido a Zombieland.
Pese a todo, la película no deja de ser entretenida durante su visionado, sin conseguir por ello llegar a forzar la reflexión interna una vez finalizada a la que aspira (y que imagino sí conseguía la novela). El problema principal viene cuando hay un error de libro en su guion que voy a describir a continuación, aclarando primero que se trata de un spoiler en toda regla y que, si no conocéis el giro final y queréis seguir sin conocerlo, deberíais dejar de leer de inmediato.
Pues bien, la cosa es que Ender se prepara para su última misión. Una especie de graduación, digamos. Debe comandar a su grupo en una simulación visual contra los alienígenas. Ender, desde una pantallita de ordenador, dirige el ataque y, ni corto ni perezoso, decide destruir el planeta entero. Muerto el perro, se acabó la rabia que dicen por ahí. Es entonces cuando entre celebraciones y aplausos, se espera que le digan que es el elegido para liderar la Tierra, pero no, porque ya lo ha sido, y es que resulta que lo que ha hecho no era una simulación, sino una realidad. Ha cometido un genocidio contra una raza extraterrestre en un ataque preventivo sin provocación alguna.
¿Conclusiones? Dos, principalmente. La primera a nivel estructural. Es la primera vez que me encuentro con una película donde te indican que se ha llegado al clímax una vez finalizado este. ¿Cómo puede emocionarnos la batalla final si no sabemos que es la batalla final? ¿En serio nos tenemos que tragar esto? El segundo es a nivel argumental. Si Ender ejecuta la misión como lo haría en la realidad, ¿por qué se desespera cuando se entera de que ha matado a toda una raza? ¿Acaso si hubiera sido en verdad una simulación habría actuado después de forma diferente? ¿Para qué piensa que lo están entrenado, para un videojuego?
Así que, me la vendan como me la vendan, el mensaje está claro. Dispara primero y pregunta después. Supervivencia de la raza. Enemigo bueno, enemigo muerto. Llámenlo como quieran. Kubrick se estará revolviendo en su tumba.
Dicen que no está garantizada la secuela (por más que el final sea abierto), y que de hacerse lo más seguro es que vaya directamente a vídeo. Quizá sea mejor así. Si esto es lo mejor que saben hacer…

Creo que me voy a leer las novelas. Será sin duda un tiempo mejor invertido.

sábado, 27 de abril de 2013

IRON MAN 3 (8d10)

Lo han vuelto a hacer. Cuando Marvel explicó su plan de crear un Universo cinematográfico propio no me lo creí. Y lo hicieron. Cuando dijeron que iban a hacer una peli de Los Vengadores y que iban a mantener los mismos actores (solo falló Edward Norton, pero quizá ganamos con el cambio, así que lo perdonamos) no me lo creí. Y lo hicieron. Así que cuando Josh Wedon hizo la mejor peli de superhéroes de la historia y encima se convirtió en la tercera más taquillera de la historia (una peli basada en los comics, ¡Dios mío!) ya no me pilló por sorpresa.
Por eso ahora, cuando anunciaron que iba a comenzar la fase dos de Marvel, que terminaría con Los Vengadores 2, que iba a ser una trilogía de sagas (simplemente alucinante) y que empezaría con otra más de Iron man que iba a ser mejor que las anteriores pues... bueno, ya me lo creo todo.
Y aunque es difícil determinar si Iron man 3 es mejor que la primera,  pues aquella estaba condicionada por la necesidad de entretenerse en presentar a unos personajes totalmente desconocidos para el gran público y salió airosa y con muy buena nota, lo cierto es que es una muy buena película que si supera claramente a la secuela (que por otro lado no era tan mala como ahora se está diciendo, lo que pasa es que el listón estaba muy alto).
A estas alturas ya nadie duda que Robert Doney Jr. ha nacido para ser Tony Stark, personaje con el que se ha mimetizado hasta tal punto que cuesta saber dónde termina el actor y comienza el personaje. O viceversa. Así que, una vez explorados los limites de Iron man, llegaba el momento de descubrir también los de Stark.
Muchos eran los que se temían (yo entre ellos) que íbamos a ver una versión nolanizada del superhéroe, pero una vez más se ha demostrado que, a diferencia que en DC, en Marvel saben hacer buen las cosas. La única similitud entre este Iron man y el Batman de Nolan está en que el héroe disfrazado acapara menos escenas de las esperadas, pero mientras en aquella el murciélago era un elemento obligado pero que parecía molestar a Nolan para contar una historia negra sin nada que ver con los superhéroes,  en esta ocasión el protagonismo robado a Iron man es en favor de Tony Stark. Y el cambio es para mejor. Hay que tener en cuenta que Iron man 3 no es una continuación directa de Iron man 2, sino que su antecesora es Los Vengadores. Así pues nos encontramos con un Stark que ha pasado de creerse el tío más guay del universo a descubrir que existen alienígenas hostiles, monstruos superpoderosos,  dioses mitológicos... De manera que él,  un tipo corriente que depende de su armadura para poder hacer lo que hace, es en realidad alguien insignificante. Nos encontramos así a un Stark vulnerable, angustiado, obsesionado con proteger a Pepper (de nuevo Gwyneth Paltrow) por encima de todo, consciente de que ante un nuevo ataque a Nueva York como el acontecido en Los Vengadores nada iba a poder hacer él solo. Es en ese momento tan crucial de su vida cuando se ve acechado por una sombra de su pasado, de una vida anterior de excesos, desprecios a sus compañeros y chicas de una sola noche que creía haber dejado atrás. Un científico de poca monta, Aldrich Killian (Guy Pierce) y una brillante genetista, Maya Hansen (Rebeca Hall) vuelven a su presente unidos por un proyecto común llamado Extremis, pero no son más que elementos secundarios para Stark ante una amenaza mayor que está haciendo temblar los cimientos de todo el país, los ataques terroristas de El Mandarín (excelente Ben Kingsley), una versión sofisticada y desquiciada de Bin Laden. Él será quien le arrebate todo a Stark, quien logrará arrojarlo al pozo de la desesperación y le obligará a aprender a sobrevivir sin su armadura, dependiendo por una vez no de su tecnología sino de su ingenio y obligándole a recurrir a la ayuda de su amigo James Rhodes (Don Cheadler) y de un  niño de pueblo (correcto Ty Simpkins, con el que consiguen que, por una vez, la aportación de un niño en una película de estas características no resulte cargante y molesta). A partir de aquí, como ya he comentado, mucho más Stark que Iron man, con momentos que recuerdan más a una película de James Bond o incluso a Arma Letal que a un superhéroe de comic. Y es que no en vano el director elegido para la ocasión (también firmante del guion) no es otro que Shane Black, personaje con una carrera comparable a la del propio Robert Downey Jr. que deslumbró como guionista en los ochenta, siendo de los más cotizados gracias a los libretos de la saga de Arma Letal, El último boy scout o El último gran héroe y que cayó en desgracia por culpa de sus coqueteos con el alcohol y las drogas. Intentó levantar cabeza en 2005 con Kiss, kiss, bang, bang, para la que contó con un decadente Robert Downey Jr. y este le devolvió el favor recomendándolo para Iron Man 3. Con este curriculum no es de extrañar que Iron man 3 desprenda un agradable aroma ochentero, con un toque de humor y camaradería muy propios de esa época, pero sin olvidar de lo que se trata en realidad.
Mientras hemos visto en fechas recientes fracasar películas con claras referencias de ese pasado de cines de sesión doble y videoclubs como El último desafío o Una bala en la cabeza, Black se homenajea a si mismo durante gran parte del metraje para terminar como debe, con un gran festival de fuegos artificiales, un fin de fiesta donde la épica toma el relevo del humor y donde Iron man vuelve a coger las riendas de la película, cerrándose el círculo que ha recorrido Stark en su particular descenso a los infiernos y resurgiendo de sus cenizas cual Ave Fénix de los superhéroes. Y ya recuperado de sus angustias, no lo dudéis, ahí estará cuando lo volvamos a necesitar. Es decir, para Los Vengadores 2
No es una película redonda, ni mucho menos, pero si un gran espectáculo con más inteligencia de lo que cabría esperar y donde se hace un esfuerzo por ir más allá de unos simples efectos especiales, humanizando a los personajes y consiguiendo que ese Tony Stark que empezaba a resultar un poco odioso regrese al mundo terrenal, a la altura de cualquiera de nosotros.
Mención aparte merece el tema del Mandarín, una decisión polémica por parte de Black que yo desde aquí aplaudo por lo arriesgado y coherente que ha sido pero que puedo comprender el enfado de los fans del comic más acérrimos. Sin entrar en spoilers que estropeen la sorpresa final de la película, solo diré que sí aparece el Mandarín en este Iron man 3, y que es una gran amenaza, terrible y poderoso. Solo que no es quien nos imaginábamos al principio.
Así pues, solo me queda felicitar a Marvel por cómo están haciendo las cosas. Arriesgaron mucho en una apuesta de futuro, y ahora están recogiendo lo que sembraron. Y lo que les queda…