Mostrando entradas con la etiqueta charles dance. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta charles dance. Mostrar todas las entradas

sábado, 22 de junio de 2019

GODZILLA. REY DE LOS MONSTRUOS

Una regla básica al hacer la secuela de un blockbuster es que esta tiene que superar con creces a la película anterior. En el caso de Godzilla, rey de los monstruos esta norma se cumple con creces, pues si el Godzilla de Gareth Edwards era bastante aburrida, esta secuela resulta literalmente insoportable.
Sí, hay muchos más monstruos, y más acción. Pero, como parece marca registrada en Warner, es una acción oscura, de esas en las que cuesta ver lo que está pasando. Tras las críticas que tuvo el film de Edwards por lo poco que se veía al monstruo protagonista, aquí el lagarto de marras luce bastante más (aunque en metraje mucho menos de lo que cabría esperar), pero como deberían haber aprendido del cine de Zack Snyder (y el prólogo de esta película es casi un calco de Liga de la Justicia), mucha destrucción no siempre es sinónimo de mucho espectáculo.
Resulta evidente que no soy muy partidario del anterior Godzilla, aunque sí pude rendirme ante el poderío visual de Edwards (poderío confirmado posteriormente con Rogue One), pero con Michael Dougherty (realizador de productos simpáticos pero muy menores como Krampus Truco o trato, comedias de terror que nada tienen que ver con una superproducción como esta) se da un paso atrás, siendo la música de Bear McCreary lo único destacable de esta secuela.
Y es que pese a que el realizador ha demostrado ser competente en sus trabajos anteriores y el reparto vuelve a ser bastante estelar (tanto como desaprovechado), de poco vale cuando el guion es tan ridículamente malo como este. De nuevo la propuesta de Warner/Legendary comete el mismo error de su antecesora de minimizar la faceta humana, con personajes arquetípicos que, aunque ocupan mucho tiempo en pantalla, no tienen apenas nada interesante que decir. Además, las situaciones son ridículas, y cada vez que parece que un protagonista hace algo que no puede ser más torpe, la escena siguiente te demuestra que no hay límites para la sandez.
Todo ello hace que, pese a estar hablando de una película con monstruos gigantes pegándose de leches entre ellos (unos supuestamente “amistosos”, como si los millones de muertos que deben causar no contasen), el resultado final sea totalmente insatisfactorio. Tal y como está aquí planteado es totalmente absurdo el concepto de un Godzilla protector de la humanidad, y se nota demasiado que todo es, en realidad, una mera excusa para allanar el camino de cara a la cuarta entrega de la saga (recuerden que entre ambas Godzilla se sitúa Kong, la Isla Calavera, ligeramente mencionada aquí), esa Godzilla Vs. Kong que verá a la luz sólo porque ya está en producción, pues los discretos resultados en taquilla de Godzilla: el rey de los monstruos invita a pensar que esto del Universo Compartido de Monstruos es más un capricho de Warner en su intento de clonar el éxito de Marvel (ya que el Universo de DC parece haber caído en el olvido y del Dark Universe de la Universal mejor ni hablar) que no por una demanda del público.
Imagínense lo torpe que el guion que, para ahorrar sufrimientos, el propio título (y por una vez no es culpa de la traducción española) anuncia ya como va a terminar el film. Ver para creer…

Valoración: Cuatro sobre diez.

sábado, 14 de enero de 2017

UNDERWORLD: guerras de sangre. fórmula agotada.

Empezaré diciendo sin ningún rubor que cuando vi Underworld en el 2003 el invento no me desagradó del todo, más si tenemos en cuenta que el rollo gótico y la estética del cuero estaban de moda y que mola mucho más ver enfundada en un traje de esos a Kate Beckinsale (a la que yo personalmente descubrí en Pearl Harbor pero que fue con su personaje de Selene con el que saltó a la fama) que a Keanu Reeves o Wesley Snipes, por poner dos ejemplos más o menos coetáneos.
Luego llegó la secuela y ahí la cosa empezó a interesarme menos, más cuando nunca me he aclarado mucho con el rollo culebrón que se traía y lo único que quería era ver a vampiros y hombres lobo zurrándose entre ellos, y la tercera entrega/precuela ya ni siquiera la vi (y es que para colmo carecía de la presencia de la Beckinsale). La taquilla estaba cayendo y la saga parecía moribunda, pero aún se empeñaron en hacer una nueva continuación recuperando al personaje de Selena en el 2012 que no creo que interesara a casi nadie.
Por algún motivo que no alcanzo a comprender, se estrena ahora la quinta película de la saga, la que se supone (y remarco lo de se supone) que debe ser el capítulo definitivo. Han pasado catorce años desde la primera película y el tiempo y la moda han pasado, por más que los productores de la franquicia no quieran verlo.
Ahora, el rollo Matrix está muy desgastado, a la pobre Beckinsale no la pueden lucir tanto para que no se note el paso del tiempo (es una vampira inmortal, recordad) y el bajo presupuesto hace que las transformaciones de los licántropos sean menos que ridículas. Además, si no se es un fan declarado de la saga (¿existe eso?) es difícil aclararse con el batiburrillo de nuevas razas y derivados que tienen que inventarse para poder avanzar en una trama que, al final, parece un remiendo de Juego de Tronos venido a menos. No en vano hay varios intérpretes de la película que han pasado por la serie, mientras que algunos personajes parecen un quiero y no puedo -¿soy el único al que la tal Lena le ha parecido una versión vampírica de Daenerys (supongo que el caché de Emilia Clarke está muy por encima de estas producciones)-. Por otro lado, y quizá esto es una paranoia mía, el personaje de Semira interpretado por Lara Pulver (el elemento más sensual del film en detrimento de Beckinsale) se me antoja escrito (y vestido) pensando en Eva Green.
Len Wiseman (que solo dirigió las dos primeras, aunque puede considerarse el padre de la criatura) deja de nuevo la silla de dirección en manos de otro, en este caso de Anna Foerster, que hasta ahora se había limitado a hacer algo de televisión, pero para el caso es lo mismo: la estética del film sigue tan imperecedera desde la película de 2003 que todas parecen filmadas por el mismo equipo, siempre con el piloto automático.
Al menos hay que aceptar que Underworld: guerras de sangre es una película que no engaña. Lleva tanto tiempo haciendo lo mismo que uno sabe perfectamente lo que se va a encontrar, y si las expectativas son suficientemente bajas y somos complacientes con la absurdidad del guion puede llegar a entretener. Incluso parece como si los actores se creyeran lo que están haciendo.
Si los efectos especiales fuesen un poco más dignos (porque al final lo de los vampiros y los licántropos queda en una anécdota, los principales enfrentamientos son a disparo limpio) podría ser un pasatiempo bastante digno, aunque lo que más me mosquea es que el final (que parece algo precipitado pese a que la película dura noventa minutos escasos) no es el fin de fiesta que uno podría esperar para cerrar una pentalogía.
Mucho me temo que, tal y como quedan las cosas, el día que el matrimonio Wiseman/Beckinsale esté un poco aburrido, tendremos más Underworld.

Valoración: Cinco sobre diez.

domingo, 10 de julio de 2016

ANTES DE TI: Sensiblería de baratillo.

Parece que toda generación merezca tener su drama romántico de turno heredera de la ya clásica (y no por mítica exenta de sensiblería) Love Story (me gustaría saber, por cierto, quién recordaría este título si no fuese por su popular melodía),y cada poco tiempo aparece una nueva y lacrimógena historia tratando de conquistar el trono,  tales como Elegir un amor, Mi vida, Otoño en Nueva York, Quédate a mi lado o, por poner dos ejemplos más recientes, Bajo la misma estrella o Freeheld, todas ellas con un denominador común (ojo, aquí los más ingenuos del lugar podrían considerar lo siguiente como un spoiler, leed solo bajo vuestra propia voluntad): uno de los dos enamorados va a terminar irremediablemente fiambre.
Antes de ti, sin embargo, parece querer aspirar a tocar fibras más sensibles al presumir de un cierto toque de intelectualidad cuando homenajea al cine europeo, defiende la visualización de cintas en versión original y hasta aparece en pantalla un poster de Todo sobre mi madre de Pedro Almodóvar. Pero no se dejen engañar, todo ello no es más que para disfrazar este nada disimulado remake de Intocable, la película de Olivier Nakache y Éric Toledano donde la historia de amistad protagonizada por François Cluzet y Omar Sy se sustituye por un romance prefabricado y nada creíble en manos de Sam Claflin y Emilia Clarke, siguiendo ese tópico tan de moda actualmente de Cenicienta enamorándose de joven apuesto y millonario que se permite invitarla a “pasear” por Paris cuando le plazca. Así que no, de cine de autor nada de nada.
No estamos ante una historia de enfermedades terminales como las anteriormente mencionadas, pues la tragedia del guapo protagonista es una lesión de médula que lo mantiene confinado a una silla de ruedas, pero su determinación por terminar con su vida de sufrimiento derivará en el previsible final de ese subgénero tan sentido. Pero hasta que llegue el momento, cómo no, la pareja tendrán tiempo de conocerse y aprender el uno del otro. Como en Intocable, insisto, pero para chicas de lágrima fácil.
Cierto es que la película empalaga hasta decir basta, pero quizá lo más sorprendente de todo es la espantosamente mala interpretación de Emilia Clarke que si bien no terminó de convencer en su versión de Sarah Connors para Terminator: Génesis aquí demuestra que sin un buen guion y una buena dirección como tiene la Daenerys Targaryen de Juego de Tronos no es más que una cara bonita sin demasiado talento. Y aquí hasta le cuesta ser una cara bonita, la verdad.
Sé que la película está gustando y que muchos pensarán que estoy siendo muy duro con ellas (película y actriz), pero que una historia de amor con trágico destino no logre emocionarme lo más mínimo es la prueba de que algo se está haciendo rematadamente mal.
Si acaso, una escena concreta con el gran Charles Dance y Janet McTeer demuestra lo falta que está la película de actores de verdad.
El único consuelo, poder ver cara a cara a “La madre de Dragones” con Tywin Lannister, pero si no eres fan de la serie de la HBO, ni eso.

Valoración: Tres sobre diez.

lunes, 25 de abril de 2016

VICTOR FRANKENSTEIN: Entretenida reinvención

Engañoso título el de Victor Frankenstein que ningunea al verdadero protagonista de un film puramente palomitero y sin más pretensiones que entretener al precio de caer en el olvido rápidamente y quizá (y ya les digo yo que no) aspirar a abrir una saga de poca monta. 
Y es que estamos ante una nueva adaptación de la novela de Mary Shelley pero desde el punto de vista, no del doctor ni del monstruo, sino del ayudante, el jorobado Igor. Un Igor que, por cierto, no aparecía en la novela original, sino que fue creado para el cine, primero en títulos como la saga de Frankentein de la Universal de los años 30 bajo el nombre de Fritz pero que se convirtió en el icono que es hoy en día gracias a la parodia de Mel Brooks de El jovencito Frankenstein.
Pretende su director Paul McGuigan, de la mano con el guionista Max Landis, ofrecer un nuevo enfoque a la historia ya conocida, pero su variación de los arquetipos de sobras conocidos del doctor obsesionado con sus ideas y su fiel ayudante no consiguen aportar demasiado como para merecer la etiqueta de innovadora. Cierto es que recurre a una narrativa bastante más moderna de lo habitual, salpicada de escenas de acción y sabiendo alternan correctamente el humor negro que la define con el dramatismo que ocultan el pasado de sus personajes protagonistas, a los que dan vida unos Daniel Radcliffe y James McAvoy empeñados en dejar atrás el lastre de sus famosos Harry Potter y Charles Xavier.
No estamos, desde luego, ante el horror aquel de hace un par de años que trataba de colarnos al monstruo salvando al mundo de unas gárgolas vivientes en Yo, Frankenstein, pero creo que desde la infravalorada adaptación de Kenenth Branagh de 1994 no ha habido ninguna aproximación interesante al mito del moderno Prometeo. Quizá, y debido sobre todo a la ambientación en un Londres más cercano a la revolución industrial que a su estilo victoriano, y a sus frenéticas escenas de acción, la película se me antoja una hermana bastarda de la reinvención que en 2009 se hizo de Sherlock Holmes, aunque desde luego McGuigan no es ni de lejos digno de compararse con Guy Richie. A modo anecdótico, diré que incluso se incluye en su reparto a un Moriarty, Andrew Scott, aunque en este caso de la magnífica Sherlock de la BBC.
Pasatiempo distraído al que no hay que pedirle demasiado, puesto que no nos lo va a dar…

Valoración: Cinco sobre diez.

lunes, 4 de abril de 2016

ORGULLO+PREJUICIO+ZOMBIES: las chicas son guerreras

Basada en la novela homónima de Seth Grahame-Smith que a su vez era una variación del clásico literario de Jane Austen, Orgullo+prejuicio+zombies es una extraña mezcla entre comedia romántica, drama victoriano, acción y algo de gore.
La primera sensación que produce el film es de querer abarcar tanto que se queda un poco a medias en todo, sobre todo en el humor. Burr Steers, su director (después de una lista infinita de nombres que pasaron por la complicada producción de esa película), ha querido tomarse demasiado en serio la historia, hasta el punto que hay momentos de traslación casi literal de la obra de Austen, en lugar de apostar por la parodia y la simple diversión (es el personaje de Matt Smith el que aporta el toque más cómico). Pese a que tanto su limitado presupuesto como su base argumental invitan a pensar en una obra casi de serie B, Steers huye siempre de la casquería y los excesos de hemoglobina para mantenerse fiel a la historia de amor entre Elizabeth Bennet y Darcy, insistiendo en las luchas de clases reflejadas ya en la novela inicial (aquí las diferencias más que sociales son vitales) y reivindicando el protagonismo de la figura femenina en una época donde el lugar de la mujer era en el hogar, cocinando y cuidando de la casa, o en los bailes al acecho de un marido bien acaudalado.
En este sentido sobresale la presencia de Lily James, vista hace poco en la Cenicienta de Kenneth Branagh, que se toma muy en serio su personaje y conforma una Elizabeth atractiva y guerrera por igual, en una interpretación (con esas miradas desafiantes y ese descaro juvenil) que por algún motivo me ha recordado a la Rey que interpretaba Daisy Ridley en Star Wars: El despertar de la fuerza.
No voy a detenerme en el reparto de secundarios (todos jóvenes y guapos que consiguen no desentonar en la función) que es muy extenso, pero sí quiero fijarme un momento en los dos nombres más destacados, un Charles Dance y una Lena Headey a los que echo en falta más minutos de metraje e incluso (tras haberlos visto odiándose tanto en Juego de Tronos) alguna escena intensa juntos.
Al final, Orgullo+prejuicio+zombies es otra muestra más, como Guerra Mundial Z (aunque en el fondo no tengan nada que ver comparten mucho de las formas), de cine de zombies para todos los públicos, familiar, donde el gore se intuya más que se ve y las escenas de lucha se centran tanto en las protagonistas (unas hermanas que manejan katanas y dominan las artes marciales como si hubiesen escapado del casting de Kill Bill) que apenas se llega a ver lo que sucede alrededor de ellas (y en esto debe influir tanto el tono “amable” de la propuesta como sus limitaciones económicas). Hay que ver el arte que tiene la protagonista para rebanar cabezas y atravesar corazones sin que le salpique una sola gotita de sangre…
En definitiva, una tontería simpática, sin más pretensiones que jugar con la obra clásica como ya hiciera Grahame-Smith (autor también de la obra en la que se basaba Abraham Lincoln: Cazador de vampiros)en su propia novela, que funciona como entretenimiento y a la que hay que agradecerle una fidelidad argumental que elevan el nivel de la misma llegando incluso a dignificarla.

Valoración: seis sobre diez.

jueves, 16 de abril de 2015

LA DAMA DE ORO (5d10)

Basada en un reciente episodio de la historia europea, La dama de oro es una buena muestra de cómo lo mejor y lo peor puede confluir en una película dotando al resultado final de un agridulce regusto totalmente irregular, haciendo caer en la mediocridad algo que, con muy poquito esfuerzo, podría haber sido un film notable e, incluso, oscarizable.
Eso mismo debió pensar el bueno de Ryan Reynols, ese muchacho empeñado en ser un héroe de comic que no hace más que encadenar fracasos y que Masacre puede ser su última oportunidad para demostrar que es una estrella en firme, cuando le pasaron el guion. Parecía una oportunidad de oro para demostrar que también puede ser un “actor de verdad”, y que las alabanzas recibidas por Buried no fueron fruto de la casualidad. Sin embargo, su mera presencia ya parece intuir que no es oro todo lo que reluce, y que lo único que resplandece en la película es el papel de oro utilizado por  Gustav Klimt para su cuadro Retrato de Adele Bloch-Bauer I, su obra más famosa (fue definida como la Gioconda austriaca) cuyo nombre popular da título a la película.
Al lado de Reynols, que se esfuerza pero demuestra una falta de carisma total, aparecen un desaprovechado Charles Dance, el correcto sin más Daniel Brülh y una Katie Holmes que simplemente pasaba por ahí, actores de renombre que actúan como meros comparsas de la estrella de la función, la Oscarizada Helen Mirren que se come a todos sus compañeros de plano sin parecer esforzarse demasiado para ello.
Con un tono que recuerda a la amable Philomena de Stephen Frears, La dama de oro cuenta la historia de Maria Altmann, una austriaca que tuvo que abandonar su país y a su familia tras la invasión nazi y que, tras la muerte de su hermana que la convierte en la última superviviente de la dinastía familiar, decide emprender una lucha legal contra el gobierno austriaco para recuperar la colección de cuadros que los nazis saquearon durante la Segunda Guerra Mundial y que al término de la misma fueron expuestos en el museo Belvedere de Viena, considerándolos patrimonio familiar.
Podríamos decir que la película contienen todos los elementos para ser un gran film: una historia interesante (además de real), unos actores de calidad y una efectiva combinación de géneros, ya que pese al marcado tono dramático hay en el film elementos de comedia, intriga, conflictos bélicos, persecuciones y sobretodo, el siempre atractivo fondo judicial. Sin embargo, Simon Curtis (que en Mi semana con Marilyn ya se encargaba de retratar una historia real con bastante más acierto) fracasa estrepitosamente en el momento de dar forma a su historia, confiriendo a la función un claro tono de telefilm y abusando del recurso del flashback con más presencia del pasado de los que precisa la historia.
No consigue Curtis, en ningún momento, hacerse con el mando de la historia, haciéndola plana e insípida y transformando en aburrida una trama que deberías ser muy interesante, dotándola además de una dirección torpe y excesivamente simplista, con errores de encuadre y fallos de record clamorosos.
Y es que más allá de conocer la historia real (o por lo menos la versión de Altmann de lo que sucedió) de la pugna por la propiedad de unos cuadros (en especial el mencionado retrato de Adele, tía de la protagonista, que posee un valor sentimental más allá de su cotización económica). Lo que supuso la primer demanda judicial contra una nación entera, Curtis no sabe aprovechar la oportunidad de plantear un retrato sobre la codicia, el orgullo y la propiedad de los patrimonios culturales (¿pertenece una obra a su dueño legítimo o al pueblo que merece distrutar de la misma?), elementos todos ellos inherentes a la historia pero apenas pincelados.
Una lástima, porque los cimientos ya estaban plantados. Solo había que trabajarlos un poco.

sábado, 3 de enero de 2015

THE IMITATION GAME (DESCIFRANDO ENIGMA) (8d10)

El debut en Hollywood del noruego Morten Tyldum es una interesante película sobre el descubrimiento científico más importante de la década de los cuarenta y que pudo suponer la inclinación de la balanza hacia el lado de los aliados durante la II Guerra Mundial.
Sin embargo, podría parecer también un vehículo destinado solamente al lucimiento de uno de los actores más en forma del panorama actual, un Benedict Cumberbatch que se hace dueño y señor del film y llena la pantalla en cada plano en que aparece, que –también es cierto- son la mayoría.
Emparentado a simple vista con su televisivo Sherlock, Alan Turing es un personaje de inteligencia extrema, calculador y extremadamente lógico, pero a la vez incapaz de mostrar cualquier síntoma de empatía con su entorno. Engreído, soberbio y cruelmente sincero, el problema de Turing no es que esté por encima de los demás, sino que es plenamente consciente de ello. Por eso el programa secreto en el que participa junto a otros matemáticos  para desvelar las claves de las comunicaciones encriptadas de los nazis (mediante el ingenio denominado Enigma) parece condenado al fracaso. Pero su dedicación absoluta y obsesiva, junto con la entrada en el proyecto de Joan Clarke (¡¡una mujer inteligente en un mundo de hombres!! ¡qué escándalo!), que logrará sacar el lado más humano de Turing hasta hacer que colabore con sus compañeros, propiciará que se invente una máquina (antecedente de los ordenadores actuales) que interprete los mensajes alemanes y permita a los aliados anticiparse a sus movimientos.
The imitation game (que es el nombre del primer estudio que publicó Turing sobre su invento, mucho antes de entrar en el equipo secreto del gobierno británico) es una drama basado en la historia real de este proyecto que había permanecido oculto hasta hace un par de años y de un hombre que realizó uno de los mayores avances científicos de la época y que, por su condición de homosexual, no fue reconocido hasta ahora como el principal causante del final de la guerra. Quizá el film no logra transmitir con acierto la construcción de la máquina definitiva, llamada Christopher (quien no sea matemático, informático o ingeniero seguramente no alcanzará a comprender como funciona exactamente el invento) pero sí ahonda a la perfección en la psique del matemático protagonista, empleando unos flashbacks para mostrar su infancia que, si bien al principio parecen estorbar a la historia principal, a medida que las dos tramas avanzan en paralelo lo sucedido en una termina influyendo en la otra, logrando un paralelismo armónico y consecuente.
El guion, obra del debutante Graham Moore a partir de un libro de Andrew Hodges, roza la perfección para un relato de ficción, pero se muestra demasiado preciso para tratarse de una historia real. Todo cuadra en su justa medida, todo se estropea y se arregla justo cuando se tiene que estropear y arreglar, y eso resta algo de verosimilitud a la historia que, por otro lado, se permite invitar a la reflexión en temas como la homosexualidad o el poder de decisión que, con el código Enigma descubierto, les permite decidir quién va a vivir y quien va a morir en una de las guerras más horribles de la historia de la humanidad (en cierto momento se dice, muy acertadamente, que están incluso por encima de Dios).
Es posible que, debido a la escasa experiencia de director y guionista para un proyecto de cierta envergadura, falte algo de alma en la historia, pero allí donde ellos no llegan se encuentra Cumberbatch, que si ya acostumbra a estar excelente en personajes aparententemente tópicos (me viene a la memoria su Khan de Star Trek: En la oscuridad y ardo en deseos en verlo interpretar al Doctor Extraño en el Universo Marvel) raya la perfección con interpretaciones más complejas como su versión de Julian Assange o el esclavista Ford de 12 años de esclavitud. Aquí está magistral, con unos matices que, como dije al principio, puede recordar mucho a su Sherlock pero al que dota de una humanidad y unas debilidades ocultas bajo su fachada de perfección que logra que veamos las diferencias en el personaje de ficción que es el detective de Baker Street y el personaje real que fue Alan Turing. Tanto es así que logra, incluso, minimizar la aparición de secundarios de renombre como la cada vez más excelente Keira Knightley, el enigmático Matthew Goode o las presencias siempre efectivas de Mark Strong o Charles Dance.
En definitiva, una interesante escenificación de un hecho que cambió la historia, una reflexión sobre el poder de decisión y la represión social de la época y una interpretación genial que debía llevar a Cumberbatch camino del Oscar.


domingo, 26 de octubre de 2014

DRÁCULA, LA LEYENDA JAMÁS CONTADA (5d10)

Desde hace algún tiempo los grandes estudios de Hollywood parecen empeñados a tomar grandes personajes literarios (y si son malvados, mejor) y convertirlos en una especia de superhéroes trágicos, supongo que acongojados por los grandes éxitos de películas basadas en personajes Marvel y DC y de los que la mayoría no tienen los derechos. Me vienen a la mente, por lo pronto, Yo, Frankenstein o Maléfica, que, aun tratándose de personajes de ficción, poseen un origen que merecería ser respetado.
No quiero ponerme en plan gafapastas (eso le pega más a los señores del CSI a los que llevaba tiempo sin nombrar por aquí) y exigir que se respeten textualmente los relatos originales o los hechos históricos, pues el cine debe ser por encima de todo un divertimento y todo vale con tal de hacer un buen entretenimiento, pero debería exigirse al menos un poco de criterio a la hora de versionar y retorcer algunos mitos, hacerlo con algún aporte, no solo como parte de una futura franquicia sin cuidar lo más mínimo los detalles. Y para que conste que no me obceco con el tema quiero recordaros que soy un gran defensor de títulos como Abraham Lincoln, cazador de vampiros, Hansel & Gretel, cazadores de brujas o el Van Helsing de Sommers. Al menos aquellas tenían ideas frescas en sus guiones y directores que sabían lo que pretendían ofrecer.
En esta ocasión, con la excusa de resucitar y homenajear a sus grandes clásicos de antaño, la Universal ha concebido el inicio de una franquicia monstruosa que, tras el estreno de obras basadas en Frankenstein, El Hombre Lobo, la Criatura de la Laguna Negra, la Momia o el Hombre Invisible, terminarán entremezclándose todos en un único film al más puro estilo Los Vengadores.
¿Y qué nos encontramos en la primera piedra de un mega proyecto que sólo las taquillas decidirán si llega a cuajar? Pues lo esperado, una versión nada fiel a la narrada por Stoker del señor de los vampiros, mucho CGI, no demasiada sangre (para no asustar al público más tierno) y algunas actuaciones lamentables.
No voy a negar que Drácula, la leyenda jamás contada (el título es bueno, nunca se ha contado esta versión de la leyenda, entre otras cosas porque no existía hasta ahora esta versión de la leyenda) sea bastante entretenida y no se haga para nada pesada, aun cuando carezca de la capacidad de sorprender y sólo la escena final (donde vemos al gran Charles Dance en todo su inquietante esplendor) nos deja con ganas de más.
Vlad (Drácula) es un príncipe (por decir algo, pues da la sensación de que sólo gobierna sobre su propio castillo amurallado) que ve como su pueblo va a ser subyugado por los turcos y hace un pacto con ente maléfico para convertirse en una criatura de la noche y así poder enfrentarse al malvado Mehmed (un ridículo y esperpéntico Dominic Cooper). 
Lo peor del invento, que tampoco aspira a nada más que a mostrar cuatro escenas de batallas demasiado digitales y a edulcorar la trama con la presencia algo cansina de Milena (Sarah Gordon), la esposa del príncipe, es la mala definición de sus personajes, a los que tampoco ayuda unas interpretaciones algo limitadas, empezando por el propio protagonista, Luke Evans, que se limita a repetir dos expresiones (tipo guapo e interesante y tipo enfadado) todo el rato.
Drácula no da miedo. Y no lo digo yo, se refleja en el film. A la postre, no es respetado ni por su pueblo ni por sus enemigos turcos. Y ni siquiera al final, desatado ya todo su poder, consigue ser respetado por otros vampiros. Esto quizá sea una buena treta para no atarlo a nadie y convertir su figura en la de un héroe caído, atormentado, que pueda dar mucho juego en futuras películas (ya el cartel es una especie de homenaje/copia al Batman de Nolan), pero que hace que realmente nos importe poco que logre o no su objetivo en la película. Eso y el nulo respeto histórico (hemos de recordar que Vlad fue un personaje real, no así Drácula) hace que el film flojee demasiado. Casi al comienzo de la acción, cuando Vlad va a ser transformado, su “mentor” le dice: “que empiece el juego”, y no podría estar más acertado.
Drácula, la leyenda jamás contada no es más que un juego. Un divertimento. Hay buenas historias inspiradas en la leyenda de Drácula creada por Brad Stoker. Hay también interesantes obras que recrean la realidad del príncipe Vlad, el Empalador. Y luego está esto…
No voy a cargarme del todo la película, ni siquiera la voy a suspender, pero es innegable que, bajo los ojos de un amante del género vampírico como me considero este amalgama de superhéroe y vampiro resulta, cuanto menos, decepcionante.
Y eso que tampoco es que esperara mucho.