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sábado, 22 de junio de 2019

GODZILLA. REY DE LOS MONSTRUOS

Una regla básica al hacer la secuela de un blockbuster es que esta tiene que superar con creces a la película anterior. En el caso de Godzilla, rey de los monstruos esta norma se cumple con creces, pues si el Godzilla de Gareth Edwards era bastante aburrida, esta secuela resulta literalmente insoportable.
Sí, hay muchos más monstruos, y más acción. Pero, como parece marca registrada en Warner, es una acción oscura, de esas en las que cuesta ver lo que está pasando. Tras las críticas que tuvo el film de Edwards por lo poco que se veía al monstruo protagonista, aquí el lagarto de marras luce bastante más (aunque en metraje mucho menos de lo que cabría esperar), pero como deberían haber aprendido del cine de Zack Snyder (y el prólogo de esta película es casi un calco de Liga de la Justicia), mucha destrucción no siempre es sinónimo de mucho espectáculo.
Resulta evidente que no soy muy partidario del anterior Godzilla, aunque sí pude rendirme ante el poderío visual de Edwards (poderío confirmado posteriormente con Rogue One), pero con Michael Dougherty (realizador de productos simpáticos pero muy menores como Krampus Truco o trato, comedias de terror que nada tienen que ver con una superproducción como esta) se da un paso atrás, siendo la música de Bear McCreary lo único destacable de esta secuela.
Y es que pese a que el realizador ha demostrado ser competente en sus trabajos anteriores y el reparto vuelve a ser bastante estelar (tanto como desaprovechado), de poco vale cuando el guion es tan ridículamente malo como este. De nuevo la propuesta de Warner/Legendary comete el mismo error de su antecesora de minimizar la faceta humana, con personajes arquetípicos que, aunque ocupan mucho tiempo en pantalla, no tienen apenas nada interesante que decir. Además, las situaciones son ridículas, y cada vez que parece que un protagonista hace algo que no puede ser más torpe, la escena siguiente te demuestra que no hay límites para la sandez.
Todo ello hace que, pese a estar hablando de una película con monstruos gigantes pegándose de leches entre ellos (unos supuestamente “amistosos”, como si los millones de muertos que deben causar no contasen), el resultado final sea totalmente insatisfactorio. Tal y como está aquí planteado es totalmente absurdo el concepto de un Godzilla protector de la humanidad, y se nota demasiado que todo es, en realidad, una mera excusa para allanar el camino de cara a la cuarta entrega de la saga (recuerden que entre ambas Godzilla se sitúa Kong, la Isla Calavera, ligeramente mencionada aquí), esa Godzilla Vs. Kong que verá a la luz sólo porque ya está en producción, pues los discretos resultados en taquilla de Godzilla: el rey de los monstruos invita a pensar que esto del Universo Compartido de Monstruos es más un capricho de Warner en su intento de clonar el éxito de Marvel (ya que el Universo de DC parece haber caído en el olvido y del Dark Universe de la Universal mejor ni hablar) que no por una demanda del público.
Imagínense lo torpe que el guion que, para ahorrar sufrimientos, el propio título (y por una vez no es culpa de la traducción española) anuncia ya como va a terminar el film. Ver para creer…

Valoración: Cuatro sobre diez.

sábado, 2 de marzo de 2019

DESTROYER. UNA MUJER HERIDA

Algo curioso sucede con Nicole Kidman, una de las actrices más olvidadas y minusvaloradas de la actualidad. Cada vez que aparece en una película se escucha o lee algún comentario del tipo: “la recuperación de Nikole Kidman”, como si la actriz hubiese estado desaparecida del panorama cinematográfico y el mundo se hubiese olvidado de ella. O hay algún chiste acerca del abuso del Botox que le redujo su expresividad facial (reconocido por ella misma) y siguiese arrastrando esa cruz de por vida. Por eso, su aparición en Aquaman fue una sorpresa para muchos (en un papel pequeño pero que le permite actuar de verdad, no como el esperpento de personaje que le tocó a Michelle Williams en Venom). Así que nadie ha debido ver sus grandes trabajos en PaddingtonEl sacrificio de un ciervo sagrado o la maravillosa Little big lies (aparte de aparecer en otros títulos recientes tan destacables como El editor de librosLion La seducción).
Ahora, con Destroyer: Una mujer herida, por la que ha sido nominada al Globo de Oro, aunque sin llegar a entrar en la pugna final por los Oscar, Kidman vuelve a estar en boca de todos, aunque sin duda este trabajo ya habrá sido obviado cuando llegue su próximo estreno. ¡Qué fácil es olvidar…!
Y hago esta especie de ensayo tan alargado sobre la Kidman porque, pese al buen trabajo de Karyn Kusama (una de esas directoras esporádicas en cuyo haber apenas tiene la olvidable Æon Flux, la reivindicable Jennifer’s body y la estimable La invitación) y la inteligencia del guion, amén de unos buenos actores secundarios, Nicole Kidman en el cuerpo y alma de la película y todo gira en torno a ella. Y por eso, el que esta sea una gran película es debido, básicamente, a que ella la hace grande.
Y no solo por el tópico de “actriz guapa haciendo de fea”, que de eso hay un rato, sino porque su presencia llena la pantalla hasta límites imposibles y es inútil pensar en Destroyer y no pensar en ella, con ese primer plano de su rostro destrozado y su mirada perdida con que se inicia la película y que te persigue hasta el final de todo.
Una inteligente jugada del film es saber combinar con acierto dos esquemas básicos en su argumento. Por un lado, nos encontramos ante el típico drama de una mujer que, debido a sus errores del pasado, ha tirado por la borda su vida y ahora ve como su relación con su hija (quizá de lo poco bueno que haya en ella) está irremediablemente perdida. Vamos, lo que podría ser el drama social típico de los Oscar que podría recordarnos a productos del tipo The Florida Project, por ejemplo. Por el otro, tenemos un thriller policiaco que arranca con el descubrimiento de un cadáver, contado en dos tiempos sobre una pareja de policías infiltrada en una banda de atracadores y las consecuencias de ello en el futuro.
Así, se puede sufrir con el drama de una mujer maltratada por el alcohol y los fantasmas que la atormentan mientras que nos devanamos los sesos tratando de unir las piezas del puzle y disfrutando de los giros de un guion que nos conduce a su antojo, despistando, pero sin caer en la trampa absurda de o inverosímil.
Hay además, un buen puñado de caras conocidas en el reparto, como Toby Kebbell (quien fuera el Muerte de la malograda Cuatro Fantásticos) o Sebastian Stan (el Soldado de Invierno de Marvel), que acompañan, sin llegar nunca a su altura, a una Kidman por momentos irreconocible cuya intensidad casi podría ser aprovechada en una película de terror, ya que el sufrimiento y la desesperación que logra transmitir con su silencio y sus miradas realmente asusta y pone la carne de gallina.
Destroyer: una mujer herida tiene un ritmo algo lento que quizá pueda incomodar a algunos, pero es que, por encima de todo, es una película de personajes, y conviene conocer bien a la protagonista, que puede resultar odiosa de entrada, para terminar comprendiéndola hasta identificarse con su dolor.
Una película brillante con una interpretación definitivamente devastadora.


Valoración: Ocho sobre diez.

viernes, 17 de agosto de 2018

MENTES PODEROSAS

Si en el mundillo de Hollywood en general todos andan locos por conseguir tener bajo su amparo una franquicia adolescente que les garantice un buen futuro económico, en el caso de la Fox la cosa era más apremiante, pues acaban de finiquitar su último (relativo) éxito con la trilogía de El Corredor del Laberinto, de manera que Mentes Poderosas llega con la idea de suplir ese (supuesto) vacío y ser la njueva obra de referencia teenager.
No es necesario saber que se basa en una serie de novelas (inicialmente anunciada como trilogía, pero que va ya por el quinto volumen) para imaginar por donde van los tiros, pues una de las primeras dificultades con las que se encuentra el espectador al enfrentarse a la película es la de notar, apenas llegado el ecuador de la misma, que esto no es más que un planteamiento, sin que hayan muchas esperanzad de poder ver un final a la historia (ni en esta película ni, me temo, en un futuro próximo). Y es que me pregunto ¿a qué brillante directivo le pareció buena idea adaptar este batiburrillo de ideas tópicas y simplonas sin ninguna estrella que al menos anime algo el cotarro y encima con un presupuesto ridículo que ni siquiera pueda garantizar un poco de espectáculo?
Jennifer Yuh Nelson, directora de dos entregas de Kung Fu Panda y que debuta aquí con la imagen real, hace lo que puede con un desastre de guion muy tonto y confuso, que se limita a plantear situaciones de cara a futuras películas y que al final debe basar su fuerza en el (inevitable) romance imposible entre dos de los protagonistas y poco más.
No es mi intención destrozar una película que, conceptualmente, nació ya destrozada, pues no todo es malo en esta cosa que se vende prostituyendo los nombres de dos productos tan excelsos como el de Stranger Things y La llegada, así que voy a tratar de ser positivo y fijarme en algunas de sus virtudes, que con un poco de voluntad algo se encuentra.
Y es que si bien los cuatro actores protagonistas no lo hacen mal (en especial Amandla Stenberg, sobre quien cae todo el peso de la narración), hay que reconocerle la valentía de querer aspirar a todo sin apenas herramientas para hacerlo. Lo que podría ser una historia plana de niños correteando por un bosque y entrando en almacenes abandonados se convierte en una locura con campos de concentración, persecuciones repentinas de la mano de extravagantes cazarecompensas e incluso helicópteros que son arrojados contra un personaje en un momento determinado. No han puesto freno a una serie de secuencias que, por lo menos, sirve para animar un poco el asunto y evitan que el film sea un aburrimiento total, llegando a alcanzar incluso el nivel de aceptable.
Sobre el argumento, poco que contar. No porque no lo tenga, sino porque o bien está explicado de manera demasiado confusa o soy yo que apenas le prestó el interés necesario para entenderlo. O quizá es que hay que ver esas secuelas que no creo que lleguen a hacerse para terminar de encajar las piezas. En fin: chavales con poderes a lo X-Men perseguidos por el gobierno, por ellos mismos y por una asociación clandestina (que me mueven por ahí con flamantes coches Audi, muy discreto todo), no se sabe muy bien con que fin.
Pues eso, la nueva propuesta de saga YA, casi exclusiva para adolescentes, y que tiene todo los números para quedarse incompleta nada más empezar. Casi mejor esto que la tomadura de pelo que terminó resultando Divergente, ¿no?

Valoración: Cinco sobre diez.

domingo, 21 de enero de 2018

LOS ARCHIVOS DEL PENTÁGONO

Hace ya bastante tiempo que Spielberg perdió su tirón comercial. Pese a haber sido capaz en los últimos tiempos de grandes películas como El puente de los espías, han sido más sus meteduras de pata, tanto en el terreno “serio” como eran War Horse o Lincoln como en el campo de lo fantástico, con Las aventuras de Tintín: El secreto del Unicornio o Mi amigo el gigante.
Este año, el antaño Rey Midas de Hollywood va a probar suerte en ambos géneros, siendo Los archivos del Pentágono la primera en llegar.
Inspirada en los hechos reales acontecidos a principios de los años 70 con el descubrimiento por parte del New York Times de un informe encargado por el propio gobierno de los Estados Unidos según el cual la guerra de Vietnam estaba condenada desde el principio, revelando las mentiras que contaron indiscriminadamente varios presidentes hasta llegar al Nixon actual, Spielberg constituye una película brillante y muy honesta sobre el ejercicio periodístico y la búsqueda de la verdad, sin importar el precio a pagar por ello.
Con el New York times momentáneamente fuera de juego es turno del Washington Post, en una difícil situación por la muerte de su dueño y las dudas sobre la capacidad de su viuda (¡¡una mujer!!) de mantenerse al frente del mismo, quien debe decidir si seguir con las revelaciones o agachar la cabeza ante el gabinete de Nixon.
Poco importa lo que suceda con la noticia. No solo por ser un caso real de sobras conocido, aunque el desarrollo de la trama tampoco deja mucho hueco para las sorpresas. Hay alguna subtrama, como la del futuro en bolsa del diario de la capital, que tampoco termina por resultar demasiado relevante. Lo que en el fondo pretende Spielberg es ofrecer un tributo al ejercicio periodístico, una profesión demasiado en tela de juicio últimamente, y aprovecha la coyuntura actual del gobierno de Trump para realizar una interesante metáfora entre el pasado y el presente que demuestra lo poco que cambian las cosas. Incluso el mensaje feminista que oculta tras el personaje al que da vida Meryl Streep podría pertenecer a un contexto actual, más con el movimiento contra los abusos sexuales y de poder que se están propagando por todo Hollywood.
En ese sentido, Spielberg apuesta sobre seguro y confía en actores del talento de la Streep y Tom Hanks para dar vida a los protagonistas, aunque el listado de secundarios no es nada baladí, con gente como Bradley Whitford, Bob Odenkirk, Bruce Greenwood, Michael Stuhlbarg o la cada vez más destacable Allison Brie. Sin embargo, esa apuesta segura en el reparto, junto a la visión tan clasisista de su realización, restan sensación de riesgo a una película que, aún siendo muy buena no alcanza la categoría de brillante. Es, posiblemente, la película donde se ve menos la mano del director, mientas que el noble tributo que se ofrece a la profesión de prensa se ve empañado por la sencillez de la historia. Hay muchas referencias (y la escena final así lo demuestra) a Todos los hombres del presidente, aunque no hay aquí la intriga de aquel estimulante thriller político, mientras que pierde también en la comparativa de otra película de similares intenciones como fue la reciente Spotlight, la cual no solo recordaba como era la época en la que el periodismo luchaba por defender la verdad por encima de todo sino que invitaba, además,al debate con respecto al tema a tratar, debate que no llega a existir en ningún momento de Los archivos del Pentágono.
Es por ello que esta última película de Spielberg es una gran obra, emotiva y muy intensa, pero que no llega a aportar nada suficientemente destacable como para mantenerla en la memoria tras su visionado. Sí, refleja una época y acusa a aquel que abusa de su poder, pero todo suena a ya visto y sabido y más allá de la corrección visual y narrativa se diría que uno espera mucho más de Spielberg, al que el instinto parece haberle caducado (¿o quizá sea simple acomodamiento?).
En un par de meses llega el Spielberg fantástico con Ready Player One. Será la prueba definitiva de si este otrora gran director sigue en la cresta de la ola o debemos aceptarlo como un correcto artesano, pero poco más.

Valoración: Siete sobre diez.

domingo, 28 de mayo de 2017

DÉJAME SALIR, un Shyamalan racial de segunda

Jordan Peele es un actor de comedia que debuta como director y guionista en Déjame salir (traducción muy simplona de Get out, que evoca inevitablemente a aquella brillante película –remake incluido- de vampiros llamada Déjame entrar), un film a medio camino entre el clásico Adivina quién viene esta noche con las comedias sobre las relaciones yerno-suegro al estilo Los padres de ella, pero con una vuelta de tuerca oscura. No es exactamente una película de terror, aunque se burle del género en un arranque inquietante y manipulador, sino más bien una propuesta de misterio con giros desconcertantes muy al estilo Shyamalan, así que quien busque aquí sustos aterradores y sangre saldrá tan decepcionado como aquellos que no supieron entender la sugerente y genial La bruja.
Es Déjame salir, en el fondo, una película muy pequeña, de esas que si no tuviese el nombre de James Blum detrás difícilmente habría tenido la distribución con la que se ha encontrado, estando más relegada a festivales (su arranque es muy Sitges) y plataformas digitales. Pero ya se sabe que el amigo Blum convierte en oro todo lo que toca y esta no es una excepción.
Posiblemente sea esa un arma que juega en contra de la película, pues llega precedida de tales alabanzas que puede llegar a provocar un hype desproporcionado y que, definitivamente, no es para tanto.
Y es que tras un arranque prometedor, la cosa se va desinflando peligrosamente.
Déjame salir cuenta la historia de Chris y Rose, una pareja interracial de enamorados que deciden ir de visita a casa de los padres de ella. Y un chico negro en una comunidad tan blanca no promete nada bueno.
Con toques que recuerdan también al desconcierto de títulos como El pueblo de los malditos o Las mujeres perfectas, Chris se va a encontrar rodeado por un ambiente social que, bajo su capa de educada amabilidad, revelan un innegable juicio hacia su color de piel.
Déjame salir presenta, pues, a un chico negro atrapado en una sociedad amenazante de la que no va a poder escapar, pese a no tener tampoco muy clara cuál es la amenaza. Una metáfora sobre el racismo que sigue existiendo en los Estados Unidos (y en el resto del mundo) y que dan a la película un toque de terror más realista y reflexivo de lo que cabe esperar de este tipo de films.
El problema radica en que una vez se revela el primer gran giro de la trama (demasiado pronto, por cierto), la película pierde fuerza, volviéndose algo aburrida en su tramo central (toda la secuencia que se evoca en el poster me parece demasiado alargada) y muy previsible en su resolución. Déjame salir es, en sus últimas consecuencias, una película tramposa, que en su intento por engañar al espectador termina traicionándose a sí misma, dejando el tema del racismo de lado y renegando de todo aquello que la había brillante en su arranque, sin que el excelente trabajo de Bradley Whitford y Catherine Keener sirvan para creernos lo que nos quieren colar.
Al final, Peele compone un buen film de suspense con algún susto efectivo y personajes inquietantes pero que no termina de ir hacía ningún lado y que solo funciona cuando las expectativas son bajas, resultando algo mediocre en perspectiva a todo lo que se está diciendo de ella y con unos toques de humor (al final la cabra tira al monte) que no funcionan nada bien.
Aceptable a la par que decepcionante.

Valoración: Seis sobre diez.

lunes, 3 de febrero de 2014

AL ENCUENTRO DE MR. BANKS (7d10)

Existen dos formas diferentes de analizar esta película.
La primera, y más importante, es analizándola como lo que es, un producto Disney, una historia entrañable, tierna y simpática basada en los esfuerzos de Walt Disney para conseguir que la escritora Pamela Travers le ceda los derechos de su obra más personal: Mary Poppins, de la que el mandatario de la multinacional de las orejas lleva veinte años enamorado. Así, la película discurre por un lado entre las negociaciones con la autora, la confección del guion a ocho manos (la propia Travers interviene de forma determinante en la escritura del mismo junto al guionista Don DaGradi y los autores musicales Robert y Richard Sherman) y el esperado estreno, mientras que por otro lado conoceremos los orígenes de la popular niñera mediante un recorrido por la infancia de Travers y su relación con su admirado padre, un hombre fantasioso y soñador pero con preocupantes problemas que arrastrarán a toda su familia).
Así, podríamos pensar que es una película en la línea de Mi semana con Marilyn o Hitchcock, que no eran realmente biopics de los dos artistas, sino crónicas del rodaje de El Príncipe y la Corista y Psicosis respectivamente, pero yo la acercaría más bien a la deliciosa (y finalmente trágica) Descubriendo nunca jamás, la historia de como James Barrie consigue estrenar la obra teatral basada en su célebre Peter Pan (otro personaje que, curiosamente, ha logrado pasar parte del imaginario infantil gracias a Disney). Como aquella, Al encuentro de Mr. Banks no es tanto un estudio del mundo de Hollywood (el célebre concepto de cine dentro de cine) como un análisis de lo que pasa por la cabeza de la excéntrica y gruñona escritora, por lo que aquí importa es más la parte literaria de Mary Poppins que no la parte cinematográfica.
Con esta base, la historia está repleta de toques de humor, sensibilidad y algo de dramatismo (este es el mundo real, aquí no hay magia que valga), que funciona perfectamente gracias a una brillante dirección a manos de John Lee Hancock, que filma de manera muy clásica y tradicional, y consiguiendo equilibrar a la perfección las dos historias paralelas. Pero de nada nos valdría todo esto si no fuese por el gran nivel de sus intérpretes, con un Tom Hanks muy convincentemente transformado en Walt Disney, con Colin Farrell demostrando una vez más que brilla mejor como secundario que cuando debe llevar el peso de la película (por cierto, un inciso: ¿por qué es tan ninguneado tanto en los títulos de crédito como en algunos de los carteles del film cuando su presencia en pantalla es tan grande –si no más- que la del propio Hanks y quizá más relevante), y secundarios brillantes como Bradley Whitford, Jason Schwartzman, B.J. Novak o Paul Giamatti.
Mención especial merece Emma Thompson, posiblemente la opción más lógica para interpretar este personaje si tenemos en cuenta sus dos recientes experiencias como guionista con La niñera mágica y La niñera mágica y el Big Bang, en las que interpreta a una niñera claramente inspirada en Mary Poppins. Thompson está brutalmente genial, recreando en las poco más de dos horas de metraje todos los registros posibles en un actor, mimetizándose perfectamente en la estirada escritora de portes británicos, consiguiendo traspasar su antipatía cuando es preciso pero provocando también nuestra simpatía a su antojo. Es incomprensible como puede haber quedado fuera de la terma de los Oscars, pues pocas interpretaciones pueden tener la fuerza de la Thompson a excepción, probablemente, de Cate Blanchett, cuyos respectivos personajes (recuerden la desequilibrada Blue Jasmine) guardan ciertas similitudes.
La segunda forma de analizar la película es confrontándola a la realidad que pretende trasladarnos. Y ahí es donde falla la cosa. Como es natural, no vamos a exigir una fidelidad fiel a un retrato de Walt Disney producido por los estudios Walt Disney Productions, ya que se prefiere apostar por las tiranteces entre Disney y Travers apostando por la comicidad que produce la diferencia de caracteres y el choque cultural entre la flema británica y el Hollywood más artificial, pero nada se dice del carácter tiránico del creador de Mickey Mouse ni de lo mucho que finalmente llegó a odiar Travers la película, cuya excesiva caracterización como mujer amargada y antipática (por momentos parece la mala de la peli, en contraposición con el amable y generoso Walt) y el desprecio que siente ante la pérdida de los valores y la venta de su propia integridad en favor del dinero americano se debe simplemente a un trauma infantil.

Si se tratase de una película de corte histórico o de la biografía de una personalidad clave sin duda me sentiría decepcionado, pero la fidelidad alcanzada en una historia casi anecdótica que sirve de paso para mostrarnos una vez más el Hollywood dorado y sus entresijos no me resulta fundamental a la hora de decantarme por disfrutar de una película entrañable y muy bien hecha que incita irremediablemente a revisar la Mary Poppins original apenas llegar a casa.

lunes, 18 de noviembre de 2013

LA CABAÑA EN EL BOSQUE * (7d10)

Aprovecho esta película para explayarme aquí con unas reflexiones sobre las distribuidoras y la piratería que llevo tiempo deseando compartir.
Veréis, La cabaña en el bosque (o The Cabin in the Woods, como se la conoce mejor) se rodó en el año 2009, pero no se estrenó en Estados Unidos hasta 2012 (imagino que aprovechando el tirón de Josh Wedon a raíz de Los Vengadores), cuando medio mundo se la había bajado ya de Internet. Aun así, llegó a Sitges ese mismo año y arrasó, aunque se anunció que no iba a ser estrenada en cines comerciales, por lo que el otro medio mundo no tuvo más remedio que bajársela también por Internet, ya que las críticas eran bestiales. Ahora, al fin, de golpe y porrazo se estrena en España, sin nada de publicidad y en escasos cines en Versión Original alejados de las grandes ciudades.
Conclusión: Yo también me la he bajado de Internet.
Claro, ahora es cuando todos se echan las manos a la cabeza y dicen que la piratería está hundiendo el negocio del cine. Por favor (y me dirijo tanto a productores como distribuidores y exhibidores), déjense de tonterías y comiencen a respetar un poco al espectador. Quizá así el espectador les respete también a ustedes.
Y dicho esto (¡Dios, qué a gusto me he quedado!) debo decir que The Cabin in the Woods (tanto tiempo esperando en vano su llegada a España ha hecho que me acostumbre más a su título en inglés) no es la obra maestra que algunos aseguran (y es que los hay exagerados), pero sí es una magnífica película, fresca, divertida y desquiciante (a la par que desquiciada) con mucha más inteligencia que todas esas patrañas de cine de terror con aspiraciones que nos llega últimamente y, sorprendentemente, sí se estrenan correctamente con su publicidad en las paradas del autobús y todo.
Poco se puede contar de La cabaña en el bosque, ya que lo mejor de ella son los sorprendentes giros argumentales para los que es necesario llegar a ella lo más vírgenes posibles, por lo que quizá su único defecto es que la propia película nos desvela alguno de sus secretos de forma algo precipitada (aunque eso también ayuda a desconcertar).
La historia no puede ser más simple, en claro homenaje a Posesión Infernal. Un grupo de jovenzuelos van a pasar unos días a una cabaña perdida en mitad del bosque, pese a que por el camino encuentran a un tipo de lo más siniestro regentando una gasolinera que les recomienda que no lo hagan. Allí, aislados del mundo excepto por un único camino de entrada y salida y sin cobertura telefónica, se enfrentarán a una pesadilla cuando invoquen, por accidente, a poderosas fuerzas del mal.
¿Les suena, verdad? Más tópico imposible.
¿O no?
Pues no, porque todo en la película escrita a cuatro manos por Joss Whedon y Drew Goddard y dirigida por el segundo es una enorme broma, un retorcido giro a las películas de terror que todos hemos mamado a las que homenajea y ridiculiza por igual. Con unos geniales Richard Jenkins y Bradley Whitford como protagonistas de una de las dos historias paralelas (de la que no pienso mencionar nada) y con Chris Hemsworth (antes de ser Thor) como única cara conocida del grupo de muchachos, La cabaña en el bosque es la hermana lista de Screen, como un reverso oscuro de aquella otra broma de Wes Craven aunque mucho más desquiciante si cabe, con una media hora final demencialmente apoteósica, donde las referencias invitan a detener el video para reconocer todos los guiños, hasta llegar al clímax final, con la imponente presencia de…
No, hombre, no. ¿De veras pensaban que iba a desvelarlo?
Como ya he comentado, cuanto menos se sepa de ella, mejor. No es una obra maestra ni derrocha talento por doquier, pero es difícil disfrutar más con tanta sangre y tantas muertes por doquier.

Y es que, si ella no se toma en serio a sí misma, ¿por qué vamos a hacerlo nosotros?