Después
de la compra de la franquicia Star Wars
por parte de Disney era evidente que
la compañía de las orejas iba a hacer todo lo posible para rentabilizar la operación
al máximo, y tras estrenarse el año pasado el episodio siete de la saga, El despertar de la Fuerza, llega ahora
la segunda parte de su ambicioso plan, una serie de spin off o historias
paralelas que arrancan con este Rogue One y al que seguirán Han Solo y, posiblemente, Boba Fett.

No
le tenía yo mucha fe a esta película, principalmente por la poca estima que le
tengo a su director, Gareth Edwars, tras la sobrevalorada Monsters (de cuya insoportable secuela solo era productor) y la
cansina Godzilla. Sin embargo, parece
que en Disney lo han atado en corto, sacando solo sus mejores cualidades y
añadiendo escenas filmadas posteriormente por Tony Gilroy.
El resultado, una
película entretenidísima, mucho más seria de lo que a primera vista podría
parecer (aunque luego seguirán acusando a Disney de infantilizar sus
franquicias, como si Capitán américa: El Soldado de Invierno o Civil War
fuesen comedietas) y que está cerca de las mejores películas de la saga (aunque
no es momento ahora de discutir cuales son estas).
Casi
se podría hablar de que hay dos películas dentro de Rogue One, y es que casi todos sus análisis permiten un desdoblamiento
de conceptos.

Luego,
tenemos dos partes muy diferenciadas en cuanto a su estructura, una primera muy
pegada a la ideología Star Wars, con
sus pequeñas batallitas, sus planetas exóticos, sus bichejos y sus
conspiraciones políticas, y una segunda que es cine bélico sin contemplaciones.
Evidentemente, no se trata de una guerra cruda y descarnada como la de Hasta el último hombre, pero sí que va
más allá de los simples combates aéreos para ofrecer un despliegue militar
intenso y dramático que, puestos a hablar de ciencia ficción, podría evocar más
al Starship Troopers de Verhoeven que
a la dicotomía propia de Lucas.
Incluso
si extrapolamos este desdoblamiento a la nueva generación ofrecida por Disney, parece como si en Rogue One hubiesen querido hacer todo lo
contrario que en El despertar de la Fuerza.
Si en una se repetían esquemas y situaciones y localizaciones ya conocidas, en
esta hay un montón de lugares y razas alienígenas nuevos, mientras que por el
contrario si en el film de Abrams los personajes creados recordaban a los
clásicos pero en busca de su propio destino aquí esos personajes son muy diferentes
a lo esperado pero en un marco de sobras conocido. Allí habían nuevos Jedis y
luchas con espadas laser, mientras que la fuerza era una mitología casi olvidada, y por el contrario aquí los
Jedis están extintos y no hay duelos de espadas pero se recupera ese misticismo
casi religioso que se le supone a la Fuerza. En lo que sí coinciden ambas
películas es en que el protagonismo recaiga sobre una chica, una figura fuerte,
valerosa e independiente de lo que sí podríamos culpar a Disney y a su nuevo enfoque del descafeinado concepto que tenía de
sus “princesas” (sirva Vaiana como
ejemplo más reciente), claro que incluso en este punto se podría argumental que
ya la Amidala que interpretara Natalie Portman iba por esos derroteros.

Con
estos elementos, los guionistas Chris Weitz y Tony Gilroy se las han apañado
para concebir una historia muy entretenida e intensa pese a que, de una forma u
otra, ya sepamos cual va a ser el desenlace final. Sin embargo, no todo van a
ser virtudes en Rogue One y hay que
reconocer que quizá les haya faltado algo de tiempo para poder desarrollar un
poco más las personalidades de sus protagonistas, en especial ese Cassian al
que da vida Diego Luna cuyos cambios de actitud no resultan demasiado creíbles.

No
estamos ante un drama bélico desgarrador, tampoco se trataba de eso, pero sí es
bastante más adulta (siempre dentro de lo que pueda considerarse adulta una
historia dentro del Universo Star Wars)
y oscura de lo que me esperaba, y hay momentos de gran belleza visual, sobre
todo los planos generales y las explosiones, en las que sí han permitido a
Edwars buscar esa especie de poesía plástica que es una de sus cualidades. Las
batallas aéreas no están a la altura de las de Abrams y hay momentos en los que
se intuye un exceso de lo digital (dudo que hayan aquí tantas maquetas
artesanales como en El despertar de la
fuerza), pero se puede perdonar a cambio de disfrutar de una primera hora
entretenida, una segunda hora magnífica y un epílogo final que emociona de
verdad, sobre todo gracias al buen hacer de Michael Giacchino que consigue una
efectiva banda sonora muy apegada a las referencias de Williams.
Y
no he comentado nada sobre los villanos, a uno de los cuales no quiero nombrar
por no chafar la sorpresa, pero la verdad… sabiendo que aparece Darth Vader, poco
importa el resto.
En
fin que, aunque no sea perfecta y puede que algunos la acusen de carecer de la
épica que arrastra de por sí la saga familiar Skywalker, yo la pondría en el
top tres de la franquicia. Y eso, tratándose de lo que podríamos considerar una
película “menor” ya es decir mucho. Eso sí, resulta un divertimento añadido
contemplar a los menos frikis del cine sin entender nada sobre el salto
cronológico respecto a la anterior película.
Valoración:
Ocho sobre diez.
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