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domingo, 17 de noviembre de 2019

DÍA DE LLUVIA EN NUEVA YORK

Se echó en falta el año pasado el estreno anual de Woody Allen. Más allá de las polémicas alrededor de su vida privada (polémicas en las que parece no importar que un juez le diera la razón en todo), el conflicto con Amazon parecía presagiar que nos quedásemos sin ver su penúltima película (ya se encuentra filmando en San Sebastián la siguiente), lo cual habría sido una verdadera pena.
No es que Día de lluvia en Nueva York sea una película perfecta, pero Allen sabe mejor que nadie como sacarle partido a su ciudad y, aunque sus mejores tiempos hayan quedado muy lejanos ya, su nuevo film, por más que nos empeñemos en clasificarlo como uno de sus títulos “menores”, sigue siendo una gran película.
Con tono de comedia romántica amable, aunque con ciertos puntos agridulces muy eficaces, Allen rejuvenece a sus protagonistas habituales para convertir a Timothée Chalamet y Elle Fanning en el epicentro de una historia que, aunque eficazmente interpretada, tiene en el personaje de Selena Gomez su mayor acierto. Allen hace un singular recorrido por el mundillo del cine neoyorkino (no tan glamuroso como el hollywoodiense), para diseccionar los tres pilares fundamentales de un film (director -Liev Schreiber-, guionista -Jude Law- y actor -Diego Luna-) con la excusa del reportaje que una oven pretende hacer para el periódico universitario, terminando por caer rendida ante los destellos de los focos y los cantos de sirena de ese maravilloso mundillo, al lado del cual su novio parece un actor secundario aburrido y prescindible.
Alrededor de esta trama, Allen presenta un recorrido de ambos personajes a través de su adorada ciudad con un encanto y romanticismo especial, sin renunciar a sus brillantes diálogos (que quizá puedan llegar a restar algo de naturalidad al film al escucharlo por boca de unos chicos nada representativos de la juventud actual), y aportando el toque de magia suficiente para conseguir que una fábula increíble e inverosímil termine resultando tan maravillosa y encantadora que no puede más que terminar por enamorar.
Sí, insisto en que no es el mejor Allen, pero sigue estando muy por encima de la mayoría de las comedias románticas que se estrenan hoy en día. Y es que cuando uno es un genio, en ocasiones resulta más acertado apostar por una sencillez narrativa que por extraños artificios de originalidad. Por eso, y centrándonos solo en sus trabajos más actuales, puede que Día de lluvia en Nueva York no resulte tan contundente como Blue Jasmine ni sea tan desgarradora como Wonder Wheel, pero funciona mucho mejor que alguna de sus obras más recientes, como Irrational man o Magia a la luz de la luna, estando a la altura, en cuanto a estilo y poder de seducción, a Midnight in Paris.
Día de lluvia en Nueva York es puro encanto. Y si encima le añadimos la maravillosa fotografía de Vittorio Storaro, miel sobre hojuelas.


Valoración: Ocho sobre diez.

sábado, 2 de febrero de 2019

EL BLUES DE BEALE STREET

Hace apenas un ar de años, el desconocido Barry Jenkins saltó a la palestra al ganar el Oscar a la mejor película con Moonlight(espoleado también por la grotesca equivocación de Warren Beatty y Faye Dunaway), una obra a mi entender sobrevalorada y que parece haber caído en el olvido con el paso del tiempo (y eso es que hablamos casi de antes de ayer).
El blues de Beale Street es su nueva película, y en ella el tema racial vuelve a estar como telón de fondo, aunque acompañado de una historia de amor demasiado acaramelada (y hasta algo cursi) que entorpece la narrativa.
Lo cierto es que el arranque es sorprendentemente bueno, con la joven protagonista anunciando a sus padres y futuros suegros su embarazo, en un momento muy divertido de diálogos afilados que recuerda los momentos más inspirados de Un dios salvaje. Pero es solo un espejismo.
A partir de ahí, la película transcurre en dos corrientes temporales: el presente, en el que el futuro padre está en la cárcel por una violación que dice no haber cometido, y el pasado, en el que vamos conociendo como creció su amor. Al final, mezclando ambas tramas, uno puede encontrar un punto de interés en saber cómo va a desarrollarse la trama judicial, mientras que el resto es puro relleno que no hace más que invitar al aburrimiento. Está bien seguir denunciando el racismo y recordar que las cosas siguen estando muy mal para ciertos colectivos, pero en la época en la que vivimos se debería exigir un poco más de calidad en la denuncia, evitando caer en los tópicos de siempre (esa escena con el poli blanco matón, por ejemplo). Quizá Jenkis podría tomar ejemplo de Farrelly y su magnífica Green Book.
En fin, otra muestra más de la arrogancia de Barry Jenkins, que, pese a querer hablar de los problemas de gente pobre y marginal lo hace desde las alturas, con planos en los que demuestra lo mucho que se gusta a sí mismo, en un ritmo muy lento, buscando (sin conseguir) una poesía nada original. Moonlight me pareció una película floja en su momento, pero al menos me pilló con el pie cambiado y logró sorprenderme lo suficiente como para verle unos méritos que dudo que tuviese. En el caso de El blues de Beale Street no pienso volver a caer en el mismo truco y, pese a que podría estar un poco por encima de aquella, esta vez no me voy a dejar cegar por el brillo de sus artificios.
Aprueba, sí, pero poco más.

Valoración: Cinco sobre diez.

domingo, 5 de noviembre de 2017

ENGANCHADOS A LA MUERTE, ridículo remake que glorifica a la original

En 1990, Joel Schumacher dirigió Línea mortal, una interesante película que sin llegar a ser tampoco nada del otro mundo sí era muy efectiva en unificar una trama de intriga con un inteligente desarrollo de personajes, un quinteto de amigos encarnados por un selecto grupo de estrellas en auge encabezados por Kiefer Sutherland y Julia Roberts.
Ahora llega Enganchados a la muerte, una nueva versión de la historia, adaptada a los tiempos actuales, donde el director Niels Arden Oplev juega al despiste entre si estamos ante una secuela o un remake al utilizar al propio Sutherland como secundario de lujo en un personaje que bien podría ser el mismo de aquella película, con su correspondiente evolución. Este es, tomado como simpático guiño, el mejor acierto de una película que no llega a funcionar en ningún momento, torpe mezcla entre film de terror al uso (entiéndase esto como fantasmas que aparecen por sorpresa a la espalda de los protagonistas, sustos a golpe de subidas de música y todos los recursos tópicos esperados) con una moralina sobre el bien y el mal y el peso de los pecados de nuestro pasado que no satisface de ninguna de las maneras, menos si se comete el error de compararla con la cinta original.
Con la excusa de un experimento para descubrir si hay vida después de la muerte, una serie de estudiantes de medicina deciden provocar su propia muerte deteniendo sus corazones para realizar un escaner cerebral que registre la actividad eléctrica del mismo en esos escasos minutos en los que estén clínicamente muertos. Esto provoca una especie de competición entre ellos para ver quien logra permanecer más tiempo en ese estado de muerte temporal, comprobando que a su regreso su cerebro parece más estimulado y activo, pero sin saber que con ello están abriendo una puerta con el más allá que estaría mejor cerrada. Una premisa idéntica a la película original, con unos personajes que, pese a sus diferencias de raza o sexo, son también un calco de aquellos y con una resolución de la trama que, salvo por un giro aislado, sigue también los mismos pasos de Línea mortal. Esto hace que los paralelismos sean casi inevitables y funciona como perfecta metáfora de las diferencias entre el cine de finales de los ochenta y el actual, demostrando porqué seguimos añorando tanto aquella época dorada para muchos muy sobrevalorada.
Y es que la clave para distinguir ambas películas, más allá del carisma de los actores protagonistas (el aspecto eternamente aniñado de Ellen Page no ayuda a hacer creíble su personaje mientras que Diego Luna parece en todo momento consciente de estar dando un paso atrás en su carrera haciendo esto después de protagonizar Rogue One), está en lo mal que están desarrollados los personajes. El danés Niels Arden Oplev, pese a estar curtido en personajes oscuros y atormentados como demuestra su trabajo en Millenuim: los hombres que no amaban a las mujeres o La venganza del hombre muerto, parece más interesado aquí en conseguir una estética chula y un ambiente emocionante que en explicar las motivaciones y los conflictos internos de los protagonistas, algo muy necesario en esta película para alcanzar a comprender porqué hacen lo que hacen. Además, ni siquiera en el aspecto visual logra estar a la altura de un Schumacher por momentos muy impregnado de la estética de Blade Runner. Pretende, además, alejarse del tono casi religioso (aunque convenientemente sutil) de aquella, haciendo que esa moralina por momentos ridícula resulte más superflua todavía.
Es por ello que en ningún momento se consigue comprender a los protagonistas y mucho menos simpatizar con ellos, lo cual deriva en una desconexión con la trama que provoca aburrimiento y hastío. Sustos artificiales aparte, la película parece tan muerta como sus protagonistas en muchos momentos de la trama, y el mencionado cambio con respecto a su predecesora es suficiente para hacernos reconciliarnos con la historia.
Y luego se preguntan porqué hay aún tanta gente que critica a los remakes...

Valoración: Tres sobre diez.

sábado, 17 de diciembre de 2016

ROGUE ONE, brillante episodio bélico.

Después de la compra de la franquicia Star Wars por parte de Disney era evidente que la compañía de las orejas iba a hacer todo lo posible para rentabilizar la operación al máximo, y tras estrenarse el año pasado el episodio siete de la saga, El despertar de la Fuerza, llega ahora la segunda parte de su ambicioso plan, una serie de spin off o historias paralelas que arrancan con este Rogue One y al que seguirán Han Solo y, posiblemente, Boba Fett.
Sin embargo, Rogue One no es una historia tan alejada de la saga original como podría parecer, por más que los protagonistas sean personajes nuevos y no se paseen por aquí Luke Skywalker, Han Solo, Chewbacca, etc. pues las referencias son tantas que quien se acerque a esta película son ser conocedor del universo creado por George Lucas hace ya la friolera de treinta y nueve años, hasta el punto de servir perfectamente de puente entre la trilogía moderna y la clásica y poderse considerar casi como el episodio 3,5.
No le tenía yo mucha fe a esta película, principalmente por la poca estima que le tengo a su director, Gareth Edwars, tras la sobrevalorada Monsters (de cuya insoportable secuela solo era productor) y la cansina Godzilla. Sin embargo, parece que en Disney lo han atado en corto, sacando solo sus mejores cualidades y añadiendo escenas filmadas posteriormente por Tony Gilroy. 
El resultado, una película entretenidísima, mucho más seria de lo que a primera vista podría parecer (aunque luego seguirán acusando a Disney de infantilizar sus franquicias, como si Capitán américa: El Soldado de Invierno o Civil War fuesen comedietas) y que está cerca de las mejores películas de la saga (aunque no es momento ahora de discutir cuales son estas).
Casi se podría hablar de que hay dos películas dentro de Rogue One, y es que casi todos sus análisis permiten un desdoblamiento de conceptos.
Por un lado, como ya he comentado, se alterna una historia ya conocida, el robo de los planos de la Estrella de la Muerte por parte de la Resistencia, para lo que se recurre a algunos personajes ya conocidos y que no voy a nombrar para mantener la sorpresa (al menos yo, que traté de evitar todos los trailers que me fueron posibles, me sorprendí en no pocas ocasiones), con una trama nueva alrededor del ingeniero que diseñó el arma definitiva y su hija (aquí todo va de padres e hijos, eso ya lo sabemos).
Luego, tenemos dos partes muy diferenciadas en cuanto a su estructura, una primera muy pegada a la ideología Star Wars, con sus pequeñas batallitas, sus planetas exóticos, sus bichejos y sus conspiraciones políticas, y una segunda que es cine bélico sin contemplaciones. Evidentemente, no se trata de una guerra cruda y descarnada como la de Hasta el último hombre, pero sí que va más allá de los simples combates aéreos para ofrecer un despliegue militar intenso y dramático que, puestos a hablar de ciencia ficción, podría evocar más al Starship Troopers de Verhoeven que a la dicotomía propia de Lucas.
Incluso si extrapolamos este desdoblamiento a la nueva generación ofrecida por Disney, parece como si en Rogue One hubiesen querido hacer todo lo contrario que en El despertar de la Fuerza. Si en una se repetían esquemas y situaciones y localizaciones ya conocidas, en esta hay un montón de lugares y razas alienígenas nuevos, mientras que por el contrario si en el film de Abrams los personajes creados recordaban a los clásicos pero en busca de su propio destino aquí esos personajes son muy diferentes a lo esperado pero en un marco de sobras conocido. Allí habían nuevos Jedis y luchas con espadas laser, mientras que la fuerza era una mitología  casi olvidada, y por el contrario aquí los Jedis están extintos y no hay duelos de espadas pero se recupera ese misticismo casi religioso que se le supone a la Fuerza. En lo que sí coinciden ambas películas es en que el protagonismo recaiga sobre una chica, una figura fuerte, valerosa e independiente de lo que sí podríamos culpar a Disney y a su nuevo enfoque del descafeinado concepto que tenía de sus “princesas” (sirva Vaiana como ejemplo más reciente), claro que incluso en este punto se podría argumental que ya la Amidala que interpretara Natalie Portman iba por esos derroteros.
Al frente de la función tenemos a la actriz de moda, una Felicity Jones que posiblemente vaya a ser la actriz más taquillera del año gracias al bombazo que será esta nueva entrega de Star Wars y a lo que ya está amasando la española Un monstruo viene a verme, siendo Infernosu único desliz en este 2016. A su lado se reúne un variopinto (quizá si se hayan pasado un poco con la variedad racial) grupo encarnado por Diego Luna, Wen Jiang, Riz Ahmed, Alan Tudyk (aunque este solo prestando su voz al robot K-2SO) y Donnie Yen, dando vida al que puede ser el personaje más interesante y atractivo de la película.
Con estos elementos, los guionistas Chris Weitz y Tony Gilroy se las han apañado para concebir una historia muy entretenida e intensa pese a que, de una forma u otra, ya sepamos cual va a ser el desenlace final. Sin embargo, no todo van a ser virtudes en Rogue One y hay que reconocer que quizá les haya faltado algo de tiempo para poder desarrollar un poco más las personalidades de sus protagonistas, en especial ese Cassian al que da vida Diego Luna cuyos cambios de actitud no resultan demasiado creíbles. 
En un segundo visionado para recrearse en los detalles se pueden descubrir, además demasiados deux ex machina, demasiadas situaciones absurdas concebidas solo para permitir el avance de la acción, como interruptores o controles de antenas situados en lugares ridículos, pero a cambio no hay por aquí personajes estorbo que saquen de las casillas al espectador, como los dichosos Ewoks o el odiado Jar Jar Binks. Incluso el nuevo robot creado para la ocasión (y es que hay que vender juguetes, que nadie lo olvide), pese a ofrecer algunos de los momentos más simpáticos, no es un simple recurso cómico y participa bastante de la acción. Quizá el exceso de personajes (o de grandes actores) les haya lastrado un poco haciendo que tipos como Forest Whitaker o Mads Mikkelsen parezcan algo desaprovechados, pero tampoco se puede tener todo.
No estamos ante un drama bélico desgarrador, tampoco se trataba de eso, pero sí es bastante más adulta (siempre dentro de lo que pueda considerarse adulta una historia dentro del Universo Star Wars) y oscura de lo que me esperaba, y hay momentos de gran belleza visual, sobre todo los planos generales y las explosiones, en las que sí han permitido a Edwars buscar esa especie de poesía plástica que es una de sus cualidades. Las batallas aéreas no están a la altura de las de Abrams y hay momentos en los que se intuye un exceso de lo digital (dudo que hayan aquí tantas maquetas artesanales como en El despertar de la fuerza), pero se puede perdonar a cambio de disfrutar de una primera hora entretenida, una segunda hora magnífica y un epílogo final que emociona de verdad, sobre todo gracias al buen hacer de Michael Giacchino que consigue una efectiva banda sonora muy apegada a las referencias de Williams.
Y no he comentado nada sobre los villanos, a uno de los cuales no quiero nombrar por no chafar la sorpresa, pero la verdad… sabiendo que aparece Darth Vader, poco importa el resto.
En fin que, aunque no sea perfecta y puede que algunos la acusen de carecer de la épica que arrastra de por sí la saga familiar Skywalker, yo la pondría en el top tres de la franquicia. Y eso, tratándose de lo que podríamos considerar una película “menor” ya es decir mucho. Eso sí, resulta un divertimento añadido contemplar a los menos frikis del cine sin entender nada sobre el salto cronológico respecto a la anterior película.

Valoración: Ocho sobre diez. 

domingo, 11 de septiembre de 2016

BLOOD FATHER: grandioso Mel Gibson

Lo mejor que se puede decir de esta película es que es brutalmente sincera y autoconsciente de lo que es y de lo que aspira a ser.
Muy cercana al llamado cine de serie B de los años setenta y ochenta, Blood father es una historia sencilla, muy sencilla sobre un hombre que huye de su oscuro pasado y su reencuentro con su hija perdida. Una historia de venganza, violencia y redención que no se anda por las ramas y va directa al grano, como un western crepuscular pero sucio metáfora quizá de la situación del propio actor protagonista.
Y es que analizando la película se podría comentar el buen trabajo del director del remake de Asalto al Distrito 13, Jean-François Richet, la buena química entre Erin Moriarty (vista en Jessica Jones) con su padre, las interesantes aunque breves aportaciones de Michael Parks y William H. Macy o la escasa aportación de Diego Luna, lo más flojo del film, pero la verdadera alma del film, el motor que mueve la película y que da verdadero sentido a todo el invento es Mel Gibson.
El magnífico actor y director de Braveheart ha pasado una época oscura tras sus coqueteos con el alcohol y el veto que Hollywood le impuso a raíz de sus polémicas declaraciones, pero hace ya unos años mostró síntomas de recuperación con el interesante Vacaciones en el Infierno y este puede ser su año de redención total, pues se le espera de nuevo trabajando tras las cámaras.
Pese a los años perdidos, Gibson demuestra aquí que no ha perdido un ápice de su calidad interpretativa ni su carisma, mejorando si cabe con un trabajo de contención donde la locura y desesperación que tan bien sabía reflejar con sus aspavientos y arranques de rabia se condensan ahora en una simple mirada.
Blood father es, para bien y para mal, Mel Gibson. Un Gibson es estado puro, un Gibson recuperado, inconmensurable y que a la postre es quien sostiene toda la historia a sus espaldas. 
Una historia de violencia pero, también, una historia de segundas oportunidades, de reencuentros familiares y de la importancia de saber elegir las opciones correctas en la vida.
Valoración: Siete sobre diez.


miércoles, 29 de julio de 2015

ANT-MAN (7d10)

Que tras un breve prólogo (que ya de entrada sienta las bases de la continuidad del MCU) se de paso al ya clásico logotipo de Marvel a ritmo de salsa ya indica que esta película tiene algo de diferente con respecto a las demás.
Sí, vista desde la distancia, puede parecer más de lo mismo: un tipo con grandes poderes que se pone un disfraz colorido para salvar al mundo a base de tortas. De acuerdo, no lo voy a negar. Pero intentemos no ser tan simplistas, ¿os parece?
Ant-man, el Hombre Hormiga, ya nació con la pretensión de ser una película pequeña, más modesta en su producción que sus “hermanas mayores” y con ambiciones mucho más comedidas. Esto no quiere decir que Marvel no quiera ganar dinero con ella, por supuesto, pero si tenemos en cuenta que es la película con menos presupuesto de la saga se puede intuir por donde va la cosa.
Ant-man se mantiene en la línea de Marvel de querer ofrecer  cosas diferentes dentro de cada película. Si Los Guardianes de la Galaxia era una Space Opera y Capitán América: Soldado de Invierno era sobre todo un thriller político, Ant-man debe considerarse como una comedia de robos, muy en la línea de Oceans Eleven o Un golpe de altura, por ejemplo. Además, consigue una vez más el inmenso mérito de construir una historia notablemente diferente a su contrapartida en los comics sin que por ello los fans de toda la vida deban sentirse ofendidos (aunque ya se sabe que el fan acérrimo en ocasiones peca de forofismo).  Así, el Ant-man de la película no es el héroe original que fue miembro fundador de Los Vengadores, Henry Pym, ni está acompañado por su mujer Janet Van Dyne, sino una encarnación mucho más moderna, la que representó Scott Lang (aunque con algo del sentido del humor que definió la etapa de Eric O'Grady). 
En la película, sin embargo, se nos cuenta que Henry Pym es ya un héroe retirado (por lo que nunca llegó a luchar con Los Vengadores) y a Janet no llegamos ni a conocerla, aunque sí aparece una hija inexistente en las viñetas clásicas (aunque sí en un futuro alternativo que.. dejémoslo estar, es muy complicado para los no iniciados) que se supone asimilará el rol de Janet en futuras adaptaciones.
Las partículas Pym, el invento de Henry Pym que permite encogerse hasta el tamaño de una hormiga, está en manos de un empresario sin escrúpulos que no dudará en venderlos al mejor postor (y ya sabemos que Hydra, o lo que quede de ella, está siempre por ahí) y Pym debe encontrar a alguien que acepte su legado como Hombre Hormiga para recuperar su fórmula original y detener al villano de turno. Y para ello, el elegido es un ladronzuelo recién salido de prisión pero con grandes conocimientos tecnológicos.
Pese al trasfondo humorístico que mantiene el film en todo momento, hay mucha más profundidad en Ant-man de lo que cabría esperar. Sin pretender caer en el melodrama, ni mucho menos, la película trata en realidad sobre las segundas oportunidades y la redención, con héroes que tienen los pies de barro más que nunca y donde la reconciliación entre un padre y una hija (en un doble paralelismo entre la historia de Henry y la de Scott) es casi tan importante que cómo se detendrá al malo.
Con un guion ágil y divertido concebido por Edgar Wright y Joe Cornish la película no contiene demasiadas escenas de acción, aunque las que hay son suficientemente potentes como para llenar la película, mostrándonos además cosas diferentes a las vistas hasta ahora en cine, con impresionantes coreografías que juegan constantemente con los cambios de tamaño y que me recuerdan en esencia a aquella magistral escena de X-men 2 con Rondador Nocturno en la Casa Blanca. Marvel, además, ha vuelto a jugársela en la elección del director, apostando por Peyton Reed, un especialista en comedias románticas (suyas son Di que sí, con Jim Carrey, y Separados, con Jennifer Aniston) que consigue casi que nos olvidemos la decepción que supuso cuando Wright se cayó del proyecto, aunque su huella parece haber quedado a tenor de algunas escenas que parecen llevar su sello característico.
En el apartado interpretativo, Paul Rudd cumple con solvencia en el papel de simpático caradura, aunque sin llegar a alcanzar las cuotas de carisma y descaro que encumbró a Chris Pratt en Los Guardianes de la Galaxia. No ha sido, realmente, un descubrimiento, pero teniendo en cuenta que su carrera estaba prácticamente limitada a papeles de comedia ligera no desentona nada como futuro héroe de acción.
Junto a él, el veterano Michael Douglas aporta la dosis de elegancia y personalidad, llenando la pantalla cada vez que aparece como sucediera con Robert Redford en Capitán américa: Soldado de Invierno, mientras que el toque femenino lo compone Evangeline Lilly, posiblemente la única que ha sobrevivido al legado de Perdidos y que ya demostró en la trilogía de El Hobbit que aparte de ser una cara bonita puede mostrarse como una aguerrida luchadora. No es que tenga muchos momentos de acción en Ant-man, pero su futuro con Marvel puede ser de largo recorrido.
Completa el elenco protagonista Corey Stoll como el villano de la función, quizá el único pero que podría ponerle al film. Y no porque su interpretación no sea estimable o porque su Chaqueta Amarilla no mole en acción, sino porque la creación de un villano de nivel sigue siendo uno de los puntos débiles de la saga Marvel. Me cansa un poco el esquema de ver a un héroe luchar contra su reverso oscuro: Iron man es un tipo con armadura que se enfrenta en su primer film a un villano con armadura, Hulk es un tipo que se transforma en monstruo que se da de tortas contra un villano que se transforma en monstruo y Ant-man es un tipo que se encoje que debe lidiar contra un villano que se encoje. Todo demasiado repetido, me temo.
Pero quizá lo mejor haya que buscarlo en los secundarios de lujo, como ese trío calamitoso que ponen los toques de humor más absurdos y que están encabezados por Diego Luna, uno de los más agraciados del reparto. Mención especial se merece, en un rol muy secundario (por no decir terciario) Judy Greer. Su interpretación de la exmujer de Scott no es que sea muy destacable pero sí me resulta llamativo como esta actriz de Detroit, aun en intervenciones muy pequeñas, ha conseguido colarse en algunas de las películas más destacadas de los últimos años, como El amanecer del Planeta de los Simios, Tomorrowland o Jurassic World.
La historia de Marvel sigue creciendo. Con Ant-man se cierra la fase dos, y aunque no sea la película más grande ni la más importante de la saga sí es un capítulo interesante, una nueva película origen que dará sus frutos en el futuro, y cuyos dos epílogos (recordad quedaros todos hasta el final de los créditos) comienzan a enseñar lo que va a ser la Fase Tres. Y no voy a reventaros ninguna sorpresa soltando spoilers, ni mucho menos, pero si esperáis algún cameo directo con el resto de la saga... no sufráis: haberlo, haylo.
El Futuro ya está escrito. De momento, ya es oficial que Ant-man estará en Capitán América: Civil War. El Henry Pym de los comics fundó Los Vengadores. El Scott Lang del cine tendrá la oportunidad de unirse a ellos. Y a poco bien que vayan las cosas, seguro que lo hará.
Ant-man consigue ser una gran película, pese a su diminuto protagonista. Es diferente a lo que nos había acostumbrado Marvel, y esa diferencia la hace especial. No será un mega taquillazo, pero tampoco nació para ello. En una semana prácticamente ha recaudado su presupuesto. Y eso ya augura un nuevo éxito para la Casa de las Ideas.
Solo nos queda la espinita de fantasear cómo habría sido de diferente si al final la hubiese dirigido el genial realizador de Zombies Party, pero so es algo que ya nunca podremos averiguar. Una pena… ¿o no?

viernes, 30 de agosto de 2013

ELYSIUM (8d10)

Una vez más me veo obligado a comenzar una opinión recordando a mis queridos enemigos íntimos del CSI, a los cuales llevaba ya un tiempo sin mencionar por aquí y que si bien no han dejado esta película a bajar de un burro sí se han empeñado en proclamar a los cuatro vientos lo interior que es a Distrito 9 (Distrito 9, no District 9, que es como se tituló en España, por más que el incompetente que escribió la frase publicitaria en el cartel de la nueva película de Neill Blomkamp se empecine en lo contrario). 
Así que seamos rápidos y directos y pasemos a la primera pregunta: ¿Es Elysium peor película que Distrito 9? Pues la respuesta es que no. Elysium es una magnífica película, con un guion interesante a la vez que inteligente, unos actores de sobrada calidad y un director competente que, si bien abusa en ciertos momentos de la cámara en mano, sabe filmar con destreza y mantener la tensión en todo momento. El único argumento de los Críticos Sesudos Intelectuales es, y no seré yo quien los contradiga, que el factor moralista es en esta ocasión más débil que en su antecesora, aunque no inexistente. En Distrito 9 Blomkamp utilizaba la excusa de una incursión extraterrestre pacífica para condenar la política antinmigración de algunos países y proclamar la igualdad entre razas y culturas, llevando su metáfora hasta las últimas consecuencias en forma de transformación física y mental del personaje interpretado por Sharlto Copley en extraterrestre. En esta ocasión la denuncia social está puesta en la diferencia de clases entre ricos y pobres, entre norte y sur, pareciendo flojear esta reflexión hacia mitad del film para centrarse más en la acción pura y dura. Sin embargo, creo que si bien a priori la crítica parece más floja y apenas apuntada, si escarbamos un poco en los personajes descubriremos que las cosas no son lo que parecen. La diferencia estriba en que esta vez  Blomkamp ha querido ser más sutil, más retorcido, de manera que la metáfora no sea tan clara y contundente, ya que incluso el papel de Jodie Foster, la gran villana del film tiene su oportunidad de reflexionar sobre sus motivaciones, mientras lo que mueve a Matt Damon no es ni de lejos la lucha obrera o contra la opresión, sino el puro egoísmo ante su inminente muerte.
No obstante, si estuviésemos actuando de jurado en un concurso de cine social quizá sí deberíamos inclinar la cabeza en favor a Distrito 9, pero no es de eso de lo que se trata, sino de valorar una película por sí misma, por su calidad y oficio, y si en esas estamos no hay duda de que el mayor presupuesto conseguido por Elysium está plenamente justificado, su director ha sabido madurar y sus protagonistas son infinitamente superiores al por entonces novato y desconocido Copley.
Elysium nos presenta un futuro en el que los recursos del planeta Tierra están casi agotados y donde los humanos han buscado una alternativa donde vivir, al estilo de las recientes Oblivion y After Earth, aunque esta tierra prometida, el satélite que da nombre al film, sólo tiene cabida para aquellos que se lo puedan permitir. En la Tierra, por tanto, permanecen millones de personas en lamentables condiciones que trabajan con la esperanza de ganarse algún día su pedacito de cielo. En  semejante situación de halla Max (Matt Damon), un empleado en una fábrica que ha aceptado su destino con resignación hasta que un accidente laboral lo deja con escasos días de vida. Es entonces cuando se une a una fuerza revolucionaria que pretende asaltar Elysium con el fin de acabar con la lucha de clases y conseguir que todo el mundo tenga acceso a la misma, incluyendo sus milagrosas máquinas de curación. Para ello deberán enfrentarse al poder personificado en la figura de Delacourt (Jodie Foster) y a la fuerza militar que comanda Kruger (Sharlto Copley). Blomkamp sabe jugar con maestría sus cartas, consiguiendo una historia emocionante y épica, a la vez que manipula nuestros sentimientos con elementos adicionales, como el personaje de John Caryle (excelente William Fichtner) como representación de la corrupción política o las víctimas colaterales que suponen –o pueden suponer- Julio y Frey (Diego Luna y Alice Braga). Así, sin tiempo para la reflexión, todos tenemos claro quién es el bueno de la función y quién el villano, pero hay que prestar atención a las palabras de Celacourt cuando sus superiores cuestionan sus métodos. Los habitantes de Elysium, aunque millonarios, se presuponen que son honrados y han pagado el precio necesario para vivir en ese paraíso, así que si un inmigrante ilegal (que una vez más de eso se trata) aparece corriendo por sus jardines, amenazando la seguridad de sus hijos, ¿qué deben hacer? ¿Qué haría usted, amigo lector? Y tras la conclusión de la película, con un final totalmente cerrado y sin hueco a segundas lecturas, Blomkamp no nos obsequia con el típico epílogo que nos muestra el destino de la humanidad varios meses –o años- después. Eso queda para la imaginación del espectador, para que una vez haya abandonado la oscuridad de las salas del cine, confortado por saber que de nuevos ha ganado el bien, reflexione sobre lo que puede acontecer a esa sociedad liberada y se lo plantee de nuevo. ¿Han ganado los buenos? ¿Realmente ha ganado alguien? ¿Y a qué precio?

Señores y señoras, el debate queda abierto…