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domingo, 17 de noviembre de 2019

DÍA DE LLUVIA EN NUEVA YORK

Se echó en falta el año pasado el estreno anual de Woody Allen. Más allá de las polémicas alrededor de su vida privada (polémicas en las que parece no importar que un juez le diera la razón en todo), el conflicto con Amazon parecía presagiar que nos quedásemos sin ver su penúltima película (ya se encuentra filmando en San Sebastián la siguiente), lo cual habría sido una verdadera pena.
No es que Día de lluvia en Nueva York sea una película perfecta, pero Allen sabe mejor que nadie como sacarle partido a su ciudad y, aunque sus mejores tiempos hayan quedado muy lejanos ya, su nuevo film, por más que nos empeñemos en clasificarlo como uno de sus títulos “menores”, sigue siendo una gran película.
Con tono de comedia romántica amable, aunque con ciertos puntos agridulces muy eficaces, Allen rejuvenece a sus protagonistas habituales para convertir a Timothée Chalamet y Elle Fanning en el epicentro de una historia que, aunque eficazmente interpretada, tiene en el personaje de Selena Gomez su mayor acierto. Allen hace un singular recorrido por el mundillo del cine neoyorkino (no tan glamuroso como el hollywoodiense), para diseccionar los tres pilares fundamentales de un film (director -Liev Schreiber-, guionista -Jude Law- y actor -Diego Luna-) con la excusa del reportaje que una oven pretende hacer para el periódico universitario, terminando por caer rendida ante los destellos de los focos y los cantos de sirena de ese maravilloso mundillo, al lado del cual su novio parece un actor secundario aburrido y prescindible.
Alrededor de esta trama, Allen presenta un recorrido de ambos personajes a través de su adorada ciudad con un encanto y romanticismo especial, sin renunciar a sus brillantes diálogos (que quizá puedan llegar a restar algo de naturalidad al film al escucharlo por boca de unos chicos nada representativos de la juventud actual), y aportando el toque de magia suficiente para conseguir que una fábula increíble e inverosímil termine resultando tan maravillosa y encantadora que no puede más que terminar por enamorar.
Sí, insisto en que no es el mejor Allen, pero sigue estando muy por encima de la mayoría de las comedias románticas que se estrenan hoy en día. Y es que cuando uno es un genio, en ocasiones resulta más acertado apostar por una sencillez narrativa que por extraños artificios de originalidad. Por eso, y centrándonos solo en sus trabajos más actuales, puede que Día de lluvia en Nueva York no resulte tan contundente como Blue Jasmine ni sea tan desgarradora como Wonder Wheel, pero funciona mucho mejor que alguna de sus obras más recientes, como Irrational man o Magia a la luz de la luna, estando a la altura, en cuanto a estilo y poder de seducción, a Midnight in Paris.
Día de lluvia en Nueva York es puro encanto. Y si encima le añadimos la maravillosa fotografía de Vittorio Storaro, miel sobre hojuelas.


Valoración: Ocho sobre diez.

domingo, 7 de febrero de 2016

SPOTLIGHT: el valor de la verdad.

Spotlight es una de las sorpresas del año, una película pequeña, que de no ser por el nivel de su reparto habría caído en los circuitos de corte independiente, pero que se ha colado por méritos propios en la lista de los próximos Oscars, incluyendo las categorías de película, director y dos de sus intérpretes y que ya ha sido comparada con Todos los hombres del presidente.
Basada en los sucesos reales acontecidos en Boston a principios de los noventa, la película detalla como el equipo periodístico conocido como Spotlight destapó un enorme escándalo de corrupción y pedofilia dentro de la Iglesia Católica. La película, dirigida por Tom McCarthy, no se corta lo más mínimo en su denuncia hacia los estamentos eclesiásticos, pero no desea caer en el melodrama fácil escarbando en las miserias de las víctimas de los abusos sexuales que se desvelan y denuncian, sino que se centra sobre todo en el ejercicio periodístico que el equipo vinculado al Boston Globe  realizó. De esta manera, Spotlight es sobre todo una película sobre el mundo del periodismo, mostrando a la perfección su trabajo y glorificando a los profesionales del cuarto poder.
Spotlight carga todas sus tintas contra la Iglesia, que quedó muy retratada por lo que se puso al descubierto en Boston y que supuso un cambio en su estructura interna, consiguiendo que por primera vez se reconocieran los casos de pedofilia, se pidiera perdón por ello y se realizaran merecidas compensaciones para las víctimas. 
Quizá en un vistazo superficial se pueda parecer un poco imparcial el retrato al clero que se realiza (no hay manera de justificar a los abusos, y el porcentaje de un 6% del sacerdocio de Boston me parece aterrador, así como el hecho de que la cúpula tratase de ocultarlo e incluso protegerlo, pero la condena que se hace de todo el clero como metiendo en el mismo saco al 94% restante tampoco es de rigor), pero al final los “malos de la peli” son casi un simple leif motive para que avance la trama, una justificación que no desvía la atención de los focos de los verdaderos protagonistas, los periodistas, y que en caso de haber sido un relato de ficción podría haber resultado igual de fascinante en caso de haberse optado por la corrupción política que hay en la actualidad en nuestro país o los escándalos financieros que denuncian otras películas como La gran apuesta.
Pero como digo, lo importante es la prensa. Y por ello el reparto que compone al equipo Spotlight es impresionante. Liderados por un Michael Keaton que pareció renacer con Birdman y no parece querer desaprovechar esa oportunidad, el resto del equipo lo componen Mark Ruffalo, Rachel McAdams (ambos nominados al Oscar) y Brian d’Arcy James. Además, se cuenta también con la presencia de John Slattery como editor del Globe, Liev Schreiber como nuevo editor jefe e impulsor de la investigación) o Stanley Tucci en el papel de abogado de las víctimas.
Intrépida, emotiva y alejada del sentimentalismo rancio, Spotlight es imprescindible por lo que revela pero más aún por cómo lo revela. Y sobre todo por las brillantes interpretaciones que nos regalan sus actores.

Valoración: 8 sobre 10.

sábado, 23 de enero de 2016

LA QUINTA OLA: otra utopía adolescente del montón.

La quinta ola es una nueva tontería que trata, sin demasiada convicción, abrir una nueva saga para adolescentes copiando descaradamente todas las reglas del juego: basarse en una saga literaria juvenil, tener a un actor (o preferentemente actriz) más o menos reconocida, imaginar un panoramas utópico o postapocalíptico, reunir a base de talonario a un par o tres de secundarios de lujo y conseguir que entre mundos que salvar y familias a las que vengar cuele una historia de amor, si es con aspiraciones de triángulo mucho mejor.
La mejor baza de La quinta ola (y casi la única) es la presencia de Chloë Grace Moretz, intentando tomar el testigo de Jennifer Lawrence y su Katniss Everdeen de Los juegos del hambre, una actriz sobre la que recae casi todo el peso de la película y que puede ser perfecta para el papel de chica asustada y superada por las circunstancias que, si el público lo permite, irá endureciéndose a medida que avancen las secuelas hasta volverse dura y fría (algo así como el personaje que la encumbró a la fama en Kick Ass). Capaz de ello es, tal y como demostró en el remake de Carrie. Otra cosa es que eso sea suficiente para aguantar una historia tan inestable y ridícula.
Pero vayamos al asunto: La quinta ola describe como unos extraterrestres llegan a la Tierra y empiezan a liarla parda. La invasión se desarrolla en cinco fases (de ahí la quinta ola del título), con algunas secuencias de destrucción bastante interesantes pese a la artificiosidad digital que las condiciona (todas ellas desveladas ya en el tráiler). Así, uno casi puede imaginar que habría hecho el director Roland Emmerich si le hubiesen dado este guion: seguramente hacer una película por cada ola y eso que habríamos ganado. Aquí, la invasión solo ocupa el primer acto de la trama, pasando a mostrarnos dos historias paralelas en su segundo arco, donde las sorpresas son escasas y todo suena a demasiado repetitivo. Por un lado, la protagonista, Cassie, deberá desenvolverse en solitario en un mundo hostil con unos alienígenas descendientes de los de La Invasión de los ladrones de cuerpos y cosas que recuerdan mucho a The Host (La Huesped), la fallida adaptación de otra obra de la creadora de Crepúsculo. Por otro, vemos como su hermano es reclutado por el ejército superviviente para adiestrarlo junto a otros niños a modo de Los juegos de Ender (otra peli fallida que nunca llegó a convertirse en saga).
Por medio de todo, naturalmente, dos galanes que se disputarán en posteriores entregas el amor de la dama: uno duro y malote (Alex Roe, un actor tan espantoso que su aparición hace que la película termine por desinflarse del todo) y otro tierno y con cara de perrito adorable (Nick Robinson, el hermano mayor de Jurassic World).
Poco se puede reseñar de una película que copia de todas partes (por supuesto, ni he leído la novela ni me he molestado en datarla, por lo que no se si la obra de Rick Yancey copiaba o era copiada) aparte de celebrar las apariciones de los mencionados secundarios de lujo. Por ahí aparecen una caricaturesca y exagerada Maria Bello; Maika Monroe, que invita a pensar que el triángulo amoroso puede tener cuatro vértices; Ron Livingston, recordado principalmente por Boardwalk Empire y, sobre todo, Liev Schreiber, que siempre cumple en el papel de machote.
No pretendo ser excesivamente cruel con este subgénero, el denominado Young Adult (YA) en los USA, que parecen siempre cortados por el mismo patrón (al menos Los Juegos del hambre y El corredor del laberinto son sagas que me funcionan bastante bien, aunque no soporto Divergente ni su secuela), pero parece haber un cierto aire de desgana en esta producción sin más ambiciones que la de crear una nueva franquicia que de dinero sin molestarse en profundizar lo más mínimo ni arriesgar más que lo estrictamente necesario.
Lo siento por la Moretz, una chica de extraña belleza que siempre me cayó muy bien, pero no le auguro demasiado futuro a esta aspirante a saga que, desde luego, no merece llegar a serlo. Por más que siempre mole ver tsunamis arrasándolo todo  en pantalla grande.

Valoración: 4 sobre 10.

viernes, 9 de mayo de 2014

APRENDIZ DE GIGOLÓ (6D10)

Curioso es ver a Woody Allen actuando en una película que no ha escrito y dirigido, aunque dicen algunas malas lenguas por ahí que es realmente él y no Turturro quien estuvo tras los mandos, ya que quieren ver en Aprendiz de gigoló la huella tan característica del director neoyorquino.
Yo personalmente no lo tengo tan claro pues, mejores o peores toda la filmografía de Allen camina en una dirección, mientras que las metas hacia las que se dirige la película firmada por John Turturro son tumultuosas, haciéndonos dudar sobre si se trata de una comedia, una sátira social o una cruel crítica a la sociedad judía más radical.
Sí hay en Aprendiz de gigoló muchos elementos característicos de Allen, eso es innegable. Ahí esta Nueva York como telón de fondo, los diálogos ingeniosos y el amor (o el sexo) como eje sobre el que gira todo. Sin embargo, me da la impresión de que Turturro lo que hace realmente (como hacía también Torregrossa en La vida inesperada) es jugar a ser Allen, copiar sus tics y manías y, para más inri, invitarlo a la fiesta.
El argumento no puede ser más desquiciante. Murray (Allen) tiene graves problemas de dinero, y a su amigo Fioravante (Turturro) no es que le vaya mucho mejor. La casualidad quiere que la dermatóloga de Murray, Parker (espectacular Sharon Stone para la que no parecen pasar los años) le comente sus deseos de realizar un trío con su amiga Selima (Sofía Vergara, sobran las palabras), a lo que Murray propone a su colega como candidato. Así será como Fioravante se convertirá en inesperado gigoló y Murray en su chulo, pero la cosa se complicará cuando entre en la ecuación Avigal (Vanessa -quedientesmáshorriblestienes- Paradis), viuda de un importante rabino y miembro de una rama ultraconservadora de judíos ortodoxos. Cierra el círculo un iracundo policía de barrio secretamente (o no tanto) enamorado de Avigal al que pone rostro el siempre efectivo Liev Schreiber.
Con todo este elenco tan variopinto la cinta avanza con complacencia mientras Turturro y Allen se enzarzan en discusiones dispares sobre la conveniencia o n de entrar a formar parte del negocio del amor y las primeras experiencias del inexperto gigoló, se pierde en la confusión de una historia de amor aburrida y que no lleva a ninguna parte (esto coincide con la parte de metraje en la que apenas aparece Allen) y trata de levantar el vuelo durante un extraño juicio judío que no termina de estar bien explicado para aquellos a los que los recovecos más radicales de esta religión nos resultan desconocidos.
Lo mejor de la función reside sin duda en sus intérpretes. Turturro es un grande que aquí parece algo comedido mientras que siempre es agradable ver a Woody allen haciendo de Woody Allen. La química entre ellos es innegable y se echa en falta más duelos entre ellos sin molestas interrupciones. La historia naufraga sin embargo al querer alejarse de una simple comedia romántica con ingenio y meterse en otros menesteres que enturbian la marcha de la acción y deja una sensación de desazón en el espectador, como si no entendiésemos lo que está pasando ni porqué los acontecimientos han tomado semejantes giros.
Y es que al final, como ya sucediera con la película de Torregrossa, la conclusión es que se le puede odiar o se le puede amar, pero Woody Allen no hay más que uno.

Por mucho que se empeñen en imitarlo.

lunes, 14 de octubre de 2013

EL MAYORDOMO (7d10)

Estamos de enhorabuena. Por fin ha pasado el verano. Se olvida uno del calor, los escaparates de pueblan de calabazas y murciélagos y las rebajas dejan paso a los primeros arrebatos de las compras navideñas. Y en cine, tonterías estivales como El hombre de Acero, Pacific Rin o El llanero Solitario dejan paso a aquellas películas con serias aspiraciones a llenar sus vitrinas con los premios más prestigiosos del séptimo arte. Si la semana pasada la visualmente impresionante Gravity hacía el disparo de salida, es ahora turno de El mayordomo, una de las sorpresas de la temporada en los USA a la vez que una sencilla y entrañable historia río sobre un hombre negro que pasó más de veinte años trabajando para la Casa Blanca.
Cecil Gaines nació en una hacienda del sur donde estaba destinado a trabajar en los campos de algodón. Allí vio morir a su padre a manos de su patrón y enloquecer a su maltratada y violada madre, así que tan pronto tuvo edad de valerse por sí mismo salió por piernas de ese lugar y emigró al norte, donde aprendió a ser un “negro doméstico” con tanta eficacia que llegó a ser el mayordomo del mismísimo presidente de los Estados Unidos.
Bajo esta premisa, que se inspira en la verdadera historia de Gaines, Lee Daniels se embarca en una aventura que, lejos de pretender ser un biopic al uso, es un fiel retrato de la sociedad americana de final de siglo. Mientras se nos explica el conflicto familiar de Gaines, tan centrado en su papel de mayordomo que a menudo olvida que tiene una esposa y dos hijos, el verdadero trasfondo del film es el racismo que imperó (y se mantiene aún en demasiadas poblaciones americanas) en un país que era la tierra de las oportunidades dependiendo del color de piel de cada uno. Mientras los presidentes vienen y van por la vida de Gaines (con breves pinceladas de cada uno de ellos), el verdadero conflicto lo mantiene con su hijo mayor, pacífico revolucionario fiel a Luther King al principio y activista de los Panteras Negras de Malcolm X más adelante, en una reflexión sobre la oscuridad que hay en el alma humana que facilita que víctimas y verdugos intercambien roles a la menor ocasión.
Es aventurado a estas alturas pronosticar el Oscar para Forest Whitaker, aunque no me cabe duda de que se hallará entre los nominados, pues encabeza con firmeza un espectacular reparto donde todos rayan a buen nivel (incluso el habitualmente inexpresivo James Marsden), aunque tengan un tiempo demasiado limitado para destacar. Solo Oprah Winfrey dispone del protagonismo necesario para lucirse a la altura de su marido en la ficción, aunque personalmente encuentro que la presentadora es de lo peor del film, con una plasticidad en su rostro que resulta incluso incómoda de contemplar y que sólo convence en el (esperado) arrebato de furia cerca del final de la película. Así, por el Despacho Oval de la Casa Blanca (que por una vez consigue terminar una película intacta), desfilan Robin Williams como Eisenhower, Liev Schreiber como Johnson, James Marsden como Kennedy, John Cusack como Nixon y Alan Rickman y Jane Fonda como Ronald y Nancy Reagan, además de contar también con las interpretaciones de David Banner y David Oyelowo como los hijos de Gaines y las apariciones de Mariah Carey, Vanessa Redgrave, Terrence Howard, Cuba Gooding Jr., Lenny Kravitz y un largo etcétera.
Una vez más, el punto débil de la película es lo mucho que quiere abarcar en tan reducido tiempo, lo que dificulta que los menos conocedores de la historia contemporánea americana puedan perderse entre los recovecos de todo lo que sucede, en ocasiones apenas insinuado. Los problemas de Nixon con el watergate, el asesinato de Kennedy, la postura de Regan ante el apartheid , las diferencias de actitud entre Martin Luther King y Malcolm X… Todo está ahí, pero no siempre es fácil verlo y, mucho menos, reconocerlo.
Con todo, Daniels consigue que en ningún momento decaiga el interés tanto por lo que está sucediendo por todo el país (aterra pensar que actuaciones tan terribles contra la raza negra se dieran hace tan poco tiempo) como por la crisis en el matrimonio entre Cecil y Gloria, a la par que vamos aprendiendo cómo funciona el interior de la Casa Blanca, empleando con sabiduría el montaje paralelo en no pocas ocasiones y aderezándolo todo con una muy acertada banda sonora.

Quizá no sea tan redonda como para definirla como una lección de cine (o ni siquiera una lección de historia), pero se le acerca. Y Whitaker está, una vez más, de Oscar.