Mostrando entradas con la etiqueta woody allen. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta woody allen. Mostrar todas las entradas

domingo, 17 de noviembre de 2019

DÍA DE LLUVIA EN NUEVA YORK

Se echó en falta el año pasado el estreno anual de Woody Allen. Más allá de las polémicas alrededor de su vida privada (polémicas en las que parece no importar que un juez le diera la razón en todo), el conflicto con Amazon parecía presagiar que nos quedásemos sin ver su penúltima película (ya se encuentra filmando en San Sebastián la siguiente), lo cual habría sido una verdadera pena.
No es que Día de lluvia en Nueva York sea una película perfecta, pero Allen sabe mejor que nadie como sacarle partido a su ciudad y, aunque sus mejores tiempos hayan quedado muy lejanos ya, su nuevo film, por más que nos empeñemos en clasificarlo como uno de sus títulos “menores”, sigue siendo una gran película.
Con tono de comedia romántica amable, aunque con ciertos puntos agridulces muy eficaces, Allen rejuvenece a sus protagonistas habituales para convertir a Timothée Chalamet y Elle Fanning en el epicentro de una historia que, aunque eficazmente interpretada, tiene en el personaje de Selena Gomez su mayor acierto. Allen hace un singular recorrido por el mundillo del cine neoyorkino (no tan glamuroso como el hollywoodiense), para diseccionar los tres pilares fundamentales de un film (director -Liev Schreiber-, guionista -Jude Law- y actor -Diego Luna-) con la excusa del reportaje que una oven pretende hacer para el periódico universitario, terminando por caer rendida ante los destellos de los focos y los cantos de sirena de ese maravilloso mundillo, al lado del cual su novio parece un actor secundario aburrido y prescindible.
Alrededor de esta trama, Allen presenta un recorrido de ambos personajes a través de su adorada ciudad con un encanto y romanticismo especial, sin renunciar a sus brillantes diálogos (que quizá puedan llegar a restar algo de naturalidad al film al escucharlo por boca de unos chicos nada representativos de la juventud actual), y aportando el toque de magia suficiente para conseguir que una fábula increíble e inverosímil termine resultando tan maravillosa y encantadora que no puede más que terminar por enamorar.
Sí, insisto en que no es el mejor Allen, pero sigue estando muy por encima de la mayoría de las comedias románticas que se estrenan hoy en día. Y es que cuando uno es un genio, en ocasiones resulta más acertado apostar por una sencillez narrativa que por extraños artificios de originalidad. Por eso, y centrándonos solo en sus trabajos más actuales, puede que Día de lluvia en Nueva York no resulte tan contundente como Blue Jasmine ni sea tan desgarradora como Wonder Wheel, pero funciona mucho mejor que alguna de sus obras más recientes, como Irrational man o Magia a la luz de la luna, estando a la altura, en cuanto a estilo y poder de seducción, a Midnight in Paris.
Día de lluvia en Nueva York es puro encanto. Y si encima le añadimos la maravillosa fotografía de Vittorio Storaro, miel sobre hojuelas.


Valoración: Ocho sobre diez.

domingo, 24 de diciembre de 2017

WONDER WHEEL, el genio brilla más que nunca

Existen dos Woody Allen diferentes, por más que en ocasiones uno se entremezcle con el otro: el cómico y el dramático. En los últimos años el cómico parece haberse difuminado poco a poco, haciendo que esos inteligentes diálogos del neoyorquino sean cada vez menos divertidos, aunque fue Blue Jasmine la película más amarga del autor en los últimos tiempos.
Con un paralelismo innegable con aquella, Wonder Wheel es tan amarga o más, siendo también un relato de perdedores, de tipos abocados al fracaso y a la autodestrucción, que buscan una felicidad inexistente a base de engañarse a ellos mismos y a sus propias convicciones. Son, en fin, personajes mezquinos, egoístas, alcohólicos o vanidosos, pero también personajes de lo que uno es capaz de enamorarse sin poder evitarlo.
Mickey, un aspirante a dramaturgo, es un socorrista de playa en una playa donde nunca se ahoga nadie. Él hace de narrador de la historia, incapaz de asumir, desde la misma presentación, los propios fantasmas que lo atormentan. Ginny es una antigua aspirante a actriz que ha visto como la vida le ha pasado de largo, madre de un hijo pirómano y casada con un borracho que, a la postre, ha sido su salvador. Humpty no es nadie. No tiene aspiraciones. Maneja un Tío Vivo en Coney Island y sale a pescar con sus amigos. Solo el regreso de una hija a la que no veía desde hace cinco años le devuelve la alegría. Carolina es una chica marcada, apenas una niña que huyo de casa para casarse con un mafioso y a la que han puesto precio por su cabeza.
Estos cuatro personajes, como en una tragicomedia griega, cruzan sus caminos hacia una irremediable perdición a la sombra de la noria Wonder Wheel, una de las atracciones más características de Coney Island, que ilumina de rojo y azul el interior del hogar de Ginny y Humpty, y que sirve de magnífica metáfora sobre las vueltas que da la vida, generalmente para terminar en el mismo punto de partida. Ambientada en los años cincuenta, Coney Island sirve también como representación de la decadencia humana, tal y como se encontraba la popular zona turística tras la decadencia a la que entró una vez finalizada la Segunda Guerra Mundial.
Wonder Wheel es una de las mejores películas de Woody Allen, desangelada y con un punto de sarcasmo que, al final, termina por dibujar una tímida sonrisa en el rostro, como la utilización del niño pirómano, metáfora del propio Allen arremetiendo contra sus propios miedos (sirva como ejemplo cuando prende fuego a la consulta de la psiquiatra).
Con cientos de guiños a otras películas, siendo el aroma de Tenessee Williams el que más empapa la obra, se confirma aquí el cambio de estilo fílmico de Allen que ya apuntaba en Café Society, quizá influenciado por su nuevo director de fotografía, el reconocido Vittorio Storaro, que consigue unos juegos de luces y unos movimientos de cámara que dotan de cierta modernidad al habitualmente estilo plano y clasicista de Allen. Los actores, como es habitual en trabajos del director, están sobresalientes (me ha alegrado reencontrarme con Jim Belushi, al que tenía muy perdida la pista, aunque siempre recordaré de aquellos años de Danko, calor rojo, o el Superagente K9), siendo la escena del diálogo final entre Ginny y Mickey sencillamente brillante. Un agotador enfrentamiento entre Kate Winslet y Justin Timberlake en un plano sin cortes que es un verdadero prodigio.
Es difícil si estamos ante uno de los mejores Allen, ya que en el nuevo siglo no ha llegado a alcanzar la calidad de sus obras maestras, pero si no es así, poco le faltará. La película emociona y desgarra. Y eso es lo que pretende el autor. Retorcernos al ritmo del carrusel multicolor.

Valoración: Ocho sobre diez.

martes, 30 de agosto de 2016

CAFÉ SOCIETY, pequeño gran Allen

El estreno de un Woody Allen siempre es una buena noticia para las carteleras, por más que su cine sea más apetecible con el dorado de las hojas del otoño que sufriendo el último empujón del calor veraniego, donde apetece más refrescarse al amparo de estupideces palomiteras de rápido olvido.
Café Society no está entre lo mejor de la filmografía del Sr. Allen, que en lo que llevamos de siglo solo ha hecho dos películas realmente memorables: Match point y Midnigth in Paris (Blue Jasmine no estaba nada mal, pero eso era más mérito de Cate Blanchett que de él), pero tampoco está entre lo peor. Se mueve más bien en un terreno intermedio, marcado por la comodidad, en la que el neoyorquino parece estancado desde hace muchos años.
Café Society, como la mayoría de sus títulos recientes se limita a realizar un copia y pega de sus tics más habituales, configurando una comedia triste donde la genialidad de los diálogos sólo asoma muy esporádicamente y en la que la cámara se mueve acompasadamente pero sin grandes virtuosismos. Eso sí, es la primera vez que Allen filma en digital y eso embellece la fotografía, sobretodo en la parte correspondiente al Hollywood clásico.
Leí una vez que muchos autores (el artículo comparaba demencialmente a Allen con Stephen King) escribían sobre perdedores a los que les pasaban grandes cosas hasta que la vida sonreía a estos autores y entonces se dedicaban a hablar sobre triunfadores a los que les pasaban malas cosas. En ese término, Café Society nos enseña como un don nadie, Bobby, vuelve escaldado de su intento por comerse el mundo en el Hollywood de los años 30 para terminar regentando el local más cool de todo Nueva York, pero, como suele suceder en el cine de Allen, el amor se cruzará en su  camino y será ese amor, imposible por definición, lo que marcará el ritmo de la historia, una historia, eso sí, regada de lujo y glamour por doquier.
Con toques humorísticos más dedicados a las tramas paralelas que a la principal, Café Society es una historia triste y reflexiva que deja un regusto amargo tras su visualización y desaprovecha las muchas posibilidades que la mítica meca del cine podía ofrecer.
Nuevamente es en el reparto donde se encuentran las mejores bazas de la película mostrando Eisenberg y Stewart la gran química que hay entre ellos (es su tercera película juntos) y lo que han evolucionado como actores. Ella, con un papel intencionadamente comedido y sensual que la acercan más a la Valentine de Viaje a Sils Maria que a la Bella de la saga Crepúsculo, mientras él consigue que superemos las pesadillas que su Luthor nos provocó en Batman V. Superman. Por el contrario, la magnífica Blake Lively apenas tiene tiempo ni frases para lucirse mientras que Steve Carrell, un gran actor de comedia a la que cada vez lo vemos en más películas serias, no parece en su mejor momento, haciendo que nos preguntemos cómo habría cambiado la película si su papel lo hubiese realizado el inicialmente previsto Bruce Willis.
Allen acierta en muchas de sus propuestas, con escenas bastante icónicas (el encuentro de Bobby con la prostituta Candy) o las falsas apariencias que el personaje de la Stewart debe mostrar según en qué momento de su vida se encuentre, pero al final la cosa sabe a poco como si esta hubiese podido ser una gran película que queda algo desleída y Allen no hubiese sabido (o querido) retorcer a sus personajes en el último momento. A Jasmine la trató tremendamente mal: con otros personajes como  la Sophie Baker que Emma Stone interpretó en Magia bajo la luz de la luna supo ser más amable. En Café Society prácticamente abandona a la joven pareja a su antojo para que ellos mismos purguen sus errores y deja pie al espectador para juzgar por sí mismo quien gana y quién pierde a raíz de las decisiones tomadas.
Café Society no es una gran película, pero en manos de Woody Allen ninguna película es tampoco demasiado pequeña.

Valoración: siete sobre diez.

lunes, 5 de octubre de 2015

IRRATIONAL MAN (8d10)

Decir que en los últimos años (o quizá incluso en lo que llevamos de siglo) en cine de Woody Allen ya no es lo que era no es revelar nada nuevo. Lejos queda la fuerza y el poderío del autor de Annie Hall, Manhattan o Hannah y sus hermanas, agotados quizá por el simple desgaste de un autor a punto de cumplir los ochenta años y con el exigente ritmo de trabajo de estrenar con impecable puntualidad una película por año.
Es por ello que debemos olvidarnos ya de aquellos primeros tiempos de gloria y dejar de lado las comparaciones imposibles para centrarnos en los últimos años del cineasta en los que ha demostrado una extraña irregularidad, capaz de títulos brillantes como Midnight in Paris (2011) o Blue Jasmine (2013) con otros más decepcionantes como A Roma con amor (2012) o Magia a la luz de la luna (2014). ¿Será quizá que el Allen actual destaca especialmente en los años impares?
Como para demostrar esta absurda teoría Irrational man es uno de sus títulos “buenos”, con un guion sencillo pero interesante y unas excelentes interpretaciones (cosa que no sorprende demasiado teniendo en cuenta que el reparto está encabezado por el agotador Joaquin Phoenix –no tengo ningún problema con este actor, pero sí con la mayoría de personajes que suele interpretar- y la siempre brillante Emma Stone), donde incluso los secundarios más fugaces están a un gran nivel. Parece ser que, en contra de lo que algunos opinan, Allen sí es un buen director de actores.
En esta ocasión, además, sorprende el estilo visual del neoyorquino, muy aficionado a colocar la cámara en el encuadre más correcto y dejar que sea la historia quien lleve el tempus de la narración. En Irrational man hay planos ciertamente estimulantes y una sugerente fotografía, mucho más entregada a los espacios abiertos de lo habitual en él. Es como si recuperásemos al Allen director además de tener al habitualmente efectivo Allen guionista).
La historia parte, como no podía ser de otra manera, de un personaje atormentado, un inteligente, culto y autodestructivo profesor de literatura que precisamente por su tono sombrío y fracasado terminará atrayendo a una colega de la universidad (Parker Posey) y a una alumna. Esta vez, los conflictos mentales del protagonistas no serán tratados, como era de esperar, por ningún psicoanalista o similar, sino por un amigo más fiel (a la par que traicionero) como es el alcohol.
Nada nuevo bajo el sol: historia simpática (que no cómica) sobre un aparente triángulo amoroso como pretexto para profundizar en los temas preferidos de Allen, como el deseo, la inseguridad, el sexo… Sin embargo, un inesperado giro argumental convierten esta (aparente) tragicomedia romántica en una especie de thriller donde (pese a recordar por momentos a la magnífica Misterioso asesinato en Manhattan) Allen hace propuestas nuevas, adentrándose en terrenos más oscuros donde el instinto asesino (disfrazado de una retorcida justicia divina), la moral y la culpa se interponen en la historia de nuestros tres infelices protagonistas.
 Aun sin ser un cambio drástico en su filmografía (no me veo yo al Allen actual haciendo ciencia ficción –algo de ello hubo ya en El dormilón- o repitiendo en el terreno de los musicales, como Todos dicen I love you), Irrational man es un paso más (y son ya cuarenta y cinco) en la carrera del artista en la que, lejos de estancarse (y títulos olvidables como Todo lo demás, Si la cosa funciona  o Conocerás al hombre de tus sueños me hacían temer hace unos años que ya lo había hecho) es capaz de reinventarse ligeramente y buscar nuevas propuestas para contar cosas diferentes sin salirse de su universo particular, aprovechando para homenajear, una vez más, a Dostoyevski, y sin renunciar a su conocida pasión por el jazz.
Irrational man es, al final, una comedia negra donde destaca un humor tan inteligente como sutil (no hay chistes evidentes, como en la anterior Magia a la luz de la luna), cuya gracia se encuentra más en la conclusión de los acontecimientos que en el desarrollo de los mismos y que, en realidad, resulta ser una fábula tremendamente pesimista alrededor de unos personajes a los que no llegas nunca a amar ni a odiar, sino todo lo contrario.
Me reconcilio de nuevo (como cada dos años) con Allen, quien ya tiene preparada su siguiente película (de la que finalmente se ha caído Bruce Willis) y al que incluso le ha sobrado tiempo para adentrarse en el mundo de la televisión. Este judío de Brooklyn nacido bajo el nombre de Allan Stewart Konigsberg parece tener cuerda para rato. Y yo que me alegro…

lunes, 8 de diciembre de 2014

MAGIA A LA LUZ DE LA LUNA (6d10)

Ya tenemos aquí nuestra ración de Woody Allen, y este año se ha hecho esperar, con más de dos meses respecto a su estreno americano.
Continúa el autor de Manhattan aprovechando sus películas para recorrer mundo y esta vez toca visitar La Provenza, donde se aleja de sus acostumbrados círculos urbanitas pero sin dejar de lado el ambiente adinerado y de clase alta que parecen tener sus últimas producciones.
Ambientada a finales de la década de los locos años veinte tiene esta Magia a la luz de la luna algún eco a su magnífica Midnight in Paris y no sólo por su ambientación francesa y su diversidad de personajes (la introspección entre cuatro paredes y alrededor de una mesa se la reserva para su amado Manhattan), sino por ese trasfondo mágico y sobrenatural que ya retrataba con mucho más humor en Scoop.
Un afamado mago (un gentleman londinense que actúa bajo el disfraz de un oriental) es persuadido por su mejor amigo (en un personaje que sin duda hace unos años Allen se habría reservado para si) para alojarse en una preciosa villa de la Provenza con el fin de desacreditar a una atractiva médium que al parecer pretende embaucar a una acaudalada familia.
Colin Firth cumple con creces como el estirado e incrédulo británico en un papel que le viene como anillo al dedo y que podría interpretar con el piloto automático puesto, siendo una mezcla entre la sobriedad de sus papeles más serios (como en El discurso del Rey o El topo) con su bis más cómica, el punto de locura surrealista de la que hiciera gala en Un plan perfecto.
Junto a él, Emma Stone se estrena como nueva chica Allen, logrando hacer suya la película y demostrando que, por encima de la genialidad (o no) del autor es ella (como Cate Blanchett lo era en Blue Jasmine) el verdadero motor del film. Tanto es así que se podría decir que si ella falla, la película falla, y por eso Allen ha tenido el acierto de contar con una de las mejores actrices jóvenes del momento (dudo que la Johannson hubiese resistido el peso de la narración tan bien), que siempre luce mejor con un ligero aire clásico (recuerden lo bien que le quedaba el papel de femme fatale en Gangsters Squad e incluso su Gwen Stacy tenía un puntito clasicista muy acertado).
Store brilla con luz propia, eclipsado todo lo demás, incluso los errores de guion que podrían ser pasable en cualquier otro director pero imperdonables en Allen, que si por algo ha destacado siempre es por sus libretos.
Y es que casi parece como si Woody Allen hubiese escrito esto con algo de desgana, forzando situaciones absurdas (un observatorio abandonado en mitad del bosque con la puerta abierta y en perfecto estado de utilización es sólo un ejemplo de ello) sólo por favorecer una situación, como si su ingenio fuese incapaz de buscar caminos más coherentes (para estas situaciones impostadas ya tenemos a Nolan), y con unos diálogos que, aun conservando la agudeza habitual y el cinismo propio de Allen, se tornan en ocasiones reiterativos y pesados, dando constantes vueltas sobre el mismo tema sin permitir avanzar demasiado la trama. Casi se diría que a Allen le sobra media hora de metraje (y eso que hablamos de una peli de hora y media justa) y no sabe cómo rellenarla.
Quizá si sea el momento de echar el freno y dejar de auto imponerse la realización de una película por año, más cuando en esta ocasión ha tenido el añadido de implicarse en otro rodaje por en medio, la flojita Aprendiz de Gigoló de su amigo Turturro.
Y no es que Magia a la luz de la luna llena sea mala, como lo era Desde Roma con amor, pero si flojea demasiado para un autor al que se le exige la excelencia, aunque todos (él inclusive) seamos conscientes de que las obras que bordó hace ya dos décadas no se repetirán. Pero aun así debemos pedir a Woody Allen mantener un nivel de brillantez que aquí sólo alcanza en momentos muy contados.
Claro que igual todo se resume a un "el fin justifica los medios" y todo valga para alcanzar un desenlace que, como los trucos de magia más manidos, no engaña a nadie y se deja ver desde el primer minuto.

viernes, 9 de mayo de 2014

APRENDIZ DE GIGOLÓ (6D10)

Curioso es ver a Woody Allen actuando en una película que no ha escrito y dirigido, aunque dicen algunas malas lenguas por ahí que es realmente él y no Turturro quien estuvo tras los mandos, ya que quieren ver en Aprendiz de gigoló la huella tan característica del director neoyorquino.
Yo personalmente no lo tengo tan claro pues, mejores o peores toda la filmografía de Allen camina en una dirección, mientras que las metas hacia las que se dirige la película firmada por John Turturro son tumultuosas, haciéndonos dudar sobre si se trata de una comedia, una sátira social o una cruel crítica a la sociedad judía más radical.
Sí hay en Aprendiz de gigoló muchos elementos característicos de Allen, eso es innegable. Ahí esta Nueva York como telón de fondo, los diálogos ingeniosos y el amor (o el sexo) como eje sobre el que gira todo. Sin embargo, me da la impresión de que Turturro lo que hace realmente (como hacía también Torregrossa en La vida inesperada) es jugar a ser Allen, copiar sus tics y manías y, para más inri, invitarlo a la fiesta.
El argumento no puede ser más desquiciante. Murray (Allen) tiene graves problemas de dinero, y a su amigo Fioravante (Turturro) no es que le vaya mucho mejor. La casualidad quiere que la dermatóloga de Murray, Parker (espectacular Sharon Stone para la que no parecen pasar los años) le comente sus deseos de realizar un trío con su amiga Selima (Sofía Vergara, sobran las palabras), a lo que Murray propone a su colega como candidato. Así será como Fioravante se convertirá en inesperado gigoló y Murray en su chulo, pero la cosa se complicará cuando entre en la ecuación Avigal (Vanessa -quedientesmáshorriblestienes- Paradis), viuda de un importante rabino y miembro de una rama ultraconservadora de judíos ortodoxos. Cierra el círculo un iracundo policía de barrio secretamente (o no tanto) enamorado de Avigal al que pone rostro el siempre efectivo Liev Schreiber.
Con todo este elenco tan variopinto la cinta avanza con complacencia mientras Turturro y Allen se enzarzan en discusiones dispares sobre la conveniencia o n de entrar a formar parte del negocio del amor y las primeras experiencias del inexperto gigoló, se pierde en la confusión de una historia de amor aburrida y que no lleva a ninguna parte (esto coincide con la parte de metraje en la que apenas aparece Allen) y trata de levantar el vuelo durante un extraño juicio judío que no termina de estar bien explicado para aquellos a los que los recovecos más radicales de esta religión nos resultan desconocidos.
Lo mejor de la función reside sin duda en sus intérpretes. Turturro es un grande que aquí parece algo comedido mientras que siempre es agradable ver a Woody allen haciendo de Woody Allen. La química entre ellos es innegable y se echa en falta más duelos entre ellos sin molestas interrupciones. La historia naufraga sin embargo al querer alejarse de una simple comedia romántica con ingenio y meterse en otros menesteres que enturbian la marcha de la acción y deja una sensación de desazón en el espectador, como si no entendiésemos lo que está pasando ni porqué los acontecimientos han tomado semejantes giros.
Y es que al final, como ya sucediera con la película de Torregrossa, la conclusión es que se le puede odiar o se le puede amar, pero Woody Allen no hay más que uno.

Por mucho que se empeñen en imitarlo.

miércoles, 20 de noviembre de 2013

BLUE JASMINE (8d10)

Aunque uno suele relacionar la palabra blue con el color azul, Blue Jasmine puede traducirse como Triste Jasmine. Y así es la nueva película de Woody Allen, triste.
Existe el debate sobre si Woody Allen ha vuelto o si nunca se había ido, pero lo cierto es que la ración anual del director neoyorquino recuerda mucho a sus piezas más clásicas, presentando una notable mejoría con respecto a sus trabajos de los últimos años, tales como Si la cosa funciona, Vicky Cristina Barcelona, Todo lo demás, Conocerás al hombre de tus sueños o A Roma con amor, todas ellas decepcionantes si tenemos en cuenta el historial de Allen. No es cuestión de resucitar a nadie ni devolverlo a los altares, pues es evidente que no estamos ante una película a la altura de Manhattan, Annie Hall o Maridos y mujeres, pero no nos engañemos, ese Allen nunca volverá lo mismo que nunca volverá el Coppola de El Padrino o el Spielberg de La lista de Schindler o los primeros Indiana Jones, y es que cuando un artista llega a lo más alto deja de competir contra otros directores, sino contra su propia y alargada sombra. Y esa lucha suele ser cruel.
Como cruel es esta película que si bien provoca en no pocas ocasiones la sonrisa lo cierto es que oculta un mensaje amargo, con uno de los personajes más maltratados por Allen en toda su filmografía, al que no concede un ápice de compasión.
Alternando presente y pasado con constantes flashbacks, Blue Jasmine explica por un lado como Jasmine viaja a San Francisco para rehacer su vida junto a su hermana adoptiva mientras por otro lado descubriremos cómo ha pasado de ser una dama de la alta sociedad neoyorquina a estar completamente arruinada por culpa de los negocios sucios de su marido.
Siempre se ha acusado a Allen de que a medida que su prestigio (y cuenta corriente) crecía lo hacía también la condición social de sus protagonistas, estando cómodo hablando de personajes con alma de bohemios pero residentes en lujosos lofts, habituales de galerías de arte y expertos en vinos y restaurantes caros. Ahora, sin embargo, afronta el descenso a los infiernos de Jasmine con un eficiente retrato de la clase obrera, mucho más terrenal que el ambiente donde se mueve el personaje de Alec Baldwin. Jasmine hace méritos para ser despreciada por todos los que la rodean, pero como un cachorro herido termina provocando compasión mientras la vida la obsequia constantemente de segundas oportunidades que ella sóla se encarga de dilapidar.
Allen no pretende hablar de la crisis económica actual (aunque cualquier español que se acerque a la película tendrá en mente en varios momentos a la infanta Cristina), sino de la crisis emocional de alguien que lo ha tenido todo sin esfuerzo alguno y no es capaz de aceptar la perdida y evolucionar. Y no es sólo dinero lo que Jasmine pierde...
No es una película redonda, pero sí muy correcta, aunque Allen parezca desde hace un tiempo demasiado cansado para arriesgar con la cámara.
Y luego está Cate Blanchett.
Enorme, inconmensurable, esta actriz de origen australiano es sin duda la gran dama del cine actual, hipnótica ya sea interpretando a una elfa, a una reina o a la mismísima Kathetine Hepburn y que aquí está sencillamente magistral, con una de las mejores interpretaciones que recuerdo en mucho tiempo y que responde con generosidad al regalo envenenado que le entrega Allen haciéndola dueña y señora de la película.
Blue Jasmine es una película de Woody Allen, pero merece ser recordada como una película de Cate Blanchett. Ella pone el alma en su interpretación. Y Hollywood se lo recompensará en los próximos Oscars.

La nominación, como mínimo, es obligada.