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lunes, 7 de octubre de 2019

JOKER

Como no podría tratarse de otra manera siendo una película del universo DC (que no integrada en el DCEU, si es que eso todavía existe), Joker es una película extraña, de las que cuesta valorar hasta qué punto puede llegar a gustar y que, desde luego, resulta mucho más difícil a la hora de recomendar o no, pues su aceptación dependerá más del espectador que de la propia película. Aislada de ese universo compartido por sus compañeros de viñetas, donde ya existe un Joker encarnado por Jared Leto, esta nueva versión con el rostro y los tics de Joaquin Phoenix tampoco aspira a alzar el vuelo en solitario, ya que, pese a parecer renegar de sus orígenes en papel está, a la vez, muy atado a la iconografía clásica de Batman. En exceso, incluso.
Dirigida por Todd Phillips, ese tipo cuya mejor película, a día de hoy, continúa siendo Resacón en Las VegasJoker pretende ser una versión gafapastas de un personaje de comic, impregnando la locura del payaso asesino en un aire realista y buscando justificaciones e intromisiones mentales que den un empaque más profundo a su retorcida psique. Y, visto lo visto en Venecia, han logrado vender la moto a esos tipejos a los que yo siempre he definido como el CSI (críticos sesudos intelectualoides) que no tienen ningún problema en renegar de todo lo que huela a superhéroes (posiblemente sin haberse molestado en ver demasiadas películas el género) pero que babean ahora ante este Joker solo por presumir de hacer algo diferente.
Joker no es, en el fondo, más que la historia de siempre, solo que quitándole la capa de adornos que son las capas y las mallas. Con un arranque intenso, la película pronto se torna en un drama en el que la empatía con el actor es obligatoria para no caer en la desidia (poco me logra transmitir a mi el culebrón familiar) para tratar de remontar el vuelo en un tramo final más estimulante pero que no aporta nada novedoso al género. Con un Joaquin Phoenix en su salsa (aunque Jack Nicholson sigue siendo, a mi parecer, el mejor Joker hasta la fecha), pese a que lo que más me gustó es poder ver de nuevo a Robert De Niro haciendo un papel menos alimenticio de lo que últimamente nos tenía acostumbrados, Joker es un intento por parte de Phillips de imitar a Martin Scorsese (pobrecito mío), quedándose lejos de conseguirlo.
Puede que lo que menos me entusiasme de la película, lo que me hace distanciarme de esas críticas tan elogiosas y que se me antoja como una campaña nacida desde las entrañas de la propia Warner de cara a los próximos Oscar) sea su guion. Después de unas semanas donde el uso injustificado de la violencia entraba en debate (un debate absurdo solo alimentado por los que no saben distinguir realidad y ficción), lo cierto es que la película se alimenta de esa violencia para componer el retrato de un psicópata para nada novedoso. Traumas infantiles, falta de una figura paterna y una genética no demasiado saludable es el pan nuestro de cada día de los chalados del cine, ya sean Freddy Krueger, Hannibal Lecter o cualquier otro villano de opereta, lo cual hacen que sea una justificación pobre (e innecesaria para los amantes del comic) para definir a este Joker, que siempre se ha caracterizado por la locura pura y dura (ahí sí que acertó Christopher Nolan en la versión con Hugh Ledger). Empieza la película, además, poniendo a este Joker en el lado de las víctimas, haciendo Phillips un uso de la violencia gratuita e in justificada personalizada por unos adolescentes que dan una paliza al protagonista sin motivo alguno. Aquí presenta ya la película sus credenciales de que esto no va de lo que presume ser y que el guion, coherente o no, se mueve a merced de la película, y no al revés. Hay señales de un discurso político y social, pero algo añejo y confuso, rememorando la lectura también ambigua que escondía El caballero oscuro: la leyenda renace, sin saber nunca a ciencia cierta lo que Phillips nos pretende decir. 
Quizá la única reflexión interesante verse en su tramo final, cuando la pregunta es si es la sociedad la que hace al hombre o el hombre el que hace a la sociedad, pero para llegar a esto se podrían haber ahorrado una hora de análisis psicológicos y trastornos mentales varios cuando, visto lo visto, es toda la sociedad la que está enferma. Al menos en Gotham. Otra excusa de ese guion supuestamente realista que entremezcla la ideología de V de Vendetta con la demencia colectiva de The Purge (la noche de las Bestias), aunque el cambio que las acciones de Joker provocan en la sociedad es demasiado repentino como para estar bien justificado. Todd Phillips, que también es coautor del guion, copia tantas referencias que al final se olvida de mostrar su propia personalidad (si es que la tiene) y todo queda a merced, simplemente, de los buenos trabajos interpretativos y el deseo que tenga el espectador (o crítico de turno) en dejarse seducir por la película, cuyo desmedido hype está provocando una predisposición para abrazarla con los ojos cerrados que ya veremos si termina por pasarle factura.
Lo pero de todo, y quien tenga fobia a los spoiler que se salte este párrafo, es que no consigue ni tan siquiera desligarse del mundo deceíta del que reniega, siendo el momento más insufrible cuando se nos muestra (¿en serio, Todd Phillips?) por enésima vez la muerte de los padres de Bruce Wayne en pantalla (collar de perlas incluido), haciendo que lo que era una película independiente se transforme, por sorpresa, en el inicio de algo que probablemente no está contemplado que vaya a legar nunca.
Y, pese a lo que pueda parecer después de haber leído esto, lo cierto es que Joker no me parece una mala película, ni micho menos. Siempre es de agradecer intentar dar un enfoque diferente a un género que podría empezar a estar ya un poco trillado. Pero la realidad es que ni es una gran película para los amantes de los superhéroes ni es un gran drama para los amantes del cine más serio y realista. Es una cosa extraña, a medio camino entre dos aguas, que puede llegar a gustarme, pero no me ha enamorado ni me ha hecho pensar, ni mucho menos, en esa gran obra maestra del siglo XXI que nos pretenden vender.

Valoración: Cinco sobre diez.

lunes, 13 de mayo de 2019

LOS HERMANOS SISTERS

Los hermanos Sisters es la adaptación de una novela de Patrick DeWitt en manos del director Jacques Audiard a cuatro manos junto a su colaborador habitual Thomas Bidegain. Con este realizador por en medio, es evidente que no nos vamos a encontrar ante una película convencional.
Los hermanos Sisters es un western, pero, aunque tiene muchos elementos que rememoran al cine del oeste más clásico, sabe a la vez romper los esquemas para resultar tan sorprendente como revitalizante, siendo a la vez un relato sórdido y desagradable como luminoso y colorido.
Pese a ser una producción pequeña (de esas que van a quedar apagadas a la sombra de Endgame), con hasta veinte productoras metiendo mano en el asunto, algunas de ellas españolas, una de sus mejores bazas es su impresionante reparto, con unos John C. Reilly, Joaquin Phoenix y Jake Gyllenhaal absolutamente brillantes y un Riz Ahmed que sabe estar a la altura (amén de un bree cameo de Rutger Hauer).
Como el propio título indica, la historia versa sobre dos hermanos que, a las órdenes de un comodoro, deben perseguir y matar a un buscador de oro que, junto a un químico, ha encontrado una forma revolucionaria para sacar el valioso metal del río.
Una de las virtudes de la película, aparte de su magnífico tratamiento de personajes, está en los desvaríos de un argumento que nunca parece discurrir por el camino previsto, lo que consigue que el interés se mantenga en todo momento pese a su aparente ritmo lento. No obstante, teniendo en cuenta que es Audiard quien está a los mandos (y no parece haberse domesticado por el reparto de estrellas que le han conseguido), es evidente que la película no es apropiada para todo tipo de público.
Es, además, conscientemente amarga e incluso antipática, reflejando una época que ya empezaba a agonizar y daba paso a una modernidad aquí representada en la ciudad de san Francisco.

Valoración; Siete sobre diez.

viernes, 30 de marzo de 2018

MARÍA MAGDALENA

Hace un par de años el Papa Francisco se encargó de rectificar una de las injusticias de la Iglesia Católica respecto a su rigor histórico y reconoció la verdadera condición como discípula de Jesús, y no prostituta, de María Magdalena. Ahora, en pleno fervor feminista, el director Garth Davis, que se encumbró el año pasado con la insuficiente Lion, ha realizado una película que recrea la “verdadera” historia de un personaje que ya sufrió un repunte de popularidad a raíz de la novela (y posterior adaptación cinematográfica) de Dan Brown, El Código DaVinci.
En María Magdalena no se confiere a la seguidora de Jesús toda la autoría de crear la Iglesia Católica, ni se apunta ninguna posibilidad de que llegara a casarse con el Mesías e incluso tener un hijo con él, como apuntaba el best-seller, pero sí nos presenta a una maría de Magdala adelantada a su tiempo, de fuertes convicciones, enfrentada a su familia (en especial a su hermano) por su negativa a que su destino fuese simplemente casarse y dar hijos a su marido, revolucionaria y líder de un feminismo declarado que se resume en varios diálogos entre ella y Jesús o alguna acción en concreto que dudo mucho hubiesen estado en la película si esta se hubiese filmado apenas un par de años antes.
Con todo, María Magdalena busca más ser un relato sobre la Fe y la convicción de un ideal que una biografía en sí, resultando por ello que Davis cae en un trascendentalismo demasiado intenso, cargando la historia con un tono realista que puede llegar a confundir por momentos (la necesidad de mostrar los escasos milagros de manera tan poco espectacular), y con un abuso de primeros planos de una lacónica Rooney Mara que llega a hastiar con su eterno rostro melancólico y dejando al Jesús de Joaquin Phoenix en demasiado segundo plano.
En un tiempo donde las películas bíblicas parecen de otra época (La Pasión de Cristo, de Mel Gibson, es el último gran éxito del género, y data ya de hace catorce años), María Magdalena no tiene ni la espectacularidad de títulos como Noé, de Darren Aronofsky, o Exodus, de Ridley Scott ni la polémica sangrante de La última tentación de Cristo, de Martin Scorsese, con lo que debe conformarse con ser una revisión dela historia muy apática y plana, con un actor bastante desaprovechado y una actriz incapaz de transmitir la fuerza que se le supone al personaje. Es, desde luego, una película idónea para ver en Semana Santa, que interesará a los más fieles, incapaz de ofender en su mensaje (a no ser que uno sea muy seguidor del personaje de pedro), pero que como producto cinematográfico resulta tedioso. A nivel argumental, la historia tiene algún elemento de acción que Davis es totalmente incapaz de plasmar con efectividad, limitándose solo a brillar (es un decir) en los momentos más contemplativos y oníricos de la trama, empeñado en hacer una película tan intensa y profunda que solo se puede resumir como de aburrida, resultando además demasiado elíptica para los menos conocedores de la historia y cuyos momentos cumbres (la última cena, la traición de Judas) resultan demasiado atropellados.
Es cierto que, a partir de ahora, ya no podremos entender igual la canción de Sabina de Una canción para la Magdalena, pero más allá de eso, poco va a trascender esta película correcta en lo visual pero de pocos méritos más, que ni siquiera servirá para ensalzar el mensaje feminista, por más que parezca querer intentarlo.

Valoración: Cuatro sobre diez. 

lunes, 5 de octubre de 2015

IRRATIONAL MAN (8d10)

Decir que en los últimos años (o quizá incluso en lo que llevamos de siglo) en cine de Woody Allen ya no es lo que era no es revelar nada nuevo. Lejos queda la fuerza y el poderío del autor de Annie Hall, Manhattan o Hannah y sus hermanas, agotados quizá por el simple desgaste de un autor a punto de cumplir los ochenta años y con el exigente ritmo de trabajo de estrenar con impecable puntualidad una película por año.
Es por ello que debemos olvidarnos ya de aquellos primeros tiempos de gloria y dejar de lado las comparaciones imposibles para centrarnos en los últimos años del cineasta en los que ha demostrado una extraña irregularidad, capaz de títulos brillantes como Midnight in Paris (2011) o Blue Jasmine (2013) con otros más decepcionantes como A Roma con amor (2012) o Magia a la luz de la luna (2014). ¿Será quizá que el Allen actual destaca especialmente en los años impares?
Como para demostrar esta absurda teoría Irrational man es uno de sus títulos “buenos”, con un guion sencillo pero interesante y unas excelentes interpretaciones (cosa que no sorprende demasiado teniendo en cuenta que el reparto está encabezado por el agotador Joaquin Phoenix –no tengo ningún problema con este actor, pero sí con la mayoría de personajes que suele interpretar- y la siempre brillante Emma Stone), donde incluso los secundarios más fugaces están a un gran nivel. Parece ser que, en contra de lo que algunos opinan, Allen sí es un buen director de actores.
En esta ocasión, además, sorprende el estilo visual del neoyorquino, muy aficionado a colocar la cámara en el encuadre más correcto y dejar que sea la historia quien lleve el tempus de la narración. En Irrational man hay planos ciertamente estimulantes y una sugerente fotografía, mucho más entregada a los espacios abiertos de lo habitual en él. Es como si recuperásemos al Allen director además de tener al habitualmente efectivo Allen guionista).
La historia parte, como no podía ser de otra manera, de un personaje atormentado, un inteligente, culto y autodestructivo profesor de literatura que precisamente por su tono sombrío y fracasado terminará atrayendo a una colega de la universidad (Parker Posey) y a una alumna. Esta vez, los conflictos mentales del protagonistas no serán tratados, como era de esperar, por ningún psicoanalista o similar, sino por un amigo más fiel (a la par que traicionero) como es el alcohol.
Nada nuevo bajo el sol: historia simpática (que no cómica) sobre un aparente triángulo amoroso como pretexto para profundizar en los temas preferidos de Allen, como el deseo, la inseguridad, el sexo… Sin embargo, un inesperado giro argumental convierten esta (aparente) tragicomedia romántica en una especie de thriller donde (pese a recordar por momentos a la magnífica Misterioso asesinato en Manhattan) Allen hace propuestas nuevas, adentrándose en terrenos más oscuros donde el instinto asesino (disfrazado de una retorcida justicia divina), la moral y la culpa se interponen en la historia de nuestros tres infelices protagonistas.
 Aun sin ser un cambio drástico en su filmografía (no me veo yo al Allen actual haciendo ciencia ficción –algo de ello hubo ya en El dormilón- o repitiendo en el terreno de los musicales, como Todos dicen I love you), Irrational man es un paso más (y son ya cuarenta y cinco) en la carrera del artista en la que, lejos de estancarse (y títulos olvidables como Todo lo demás, Si la cosa funciona  o Conocerás al hombre de tus sueños me hacían temer hace unos años que ya lo había hecho) es capaz de reinventarse ligeramente y buscar nuevas propuestas para contar cosas diferentes sin salirse de su universo particular, aprovechando para homenajear, una vez más, a Dostoyevski, y sin renunciar a su conocida pasión por el jazz.
Irrational man es, al final, una comedia negra donde destaca un humor tan inteligente como sutil (no hay chistes evidentes, como en la anterior Magia a la luz de la luna), cuya gracia se encuentra más en la conclusión de los acontecimientos que en el desarrollo de los mismos y que, en realidad, resulta ser una fábula tremendamente pesimista alrededor de unos personajes a los que no llegas nunca a amar ni a odiar, sino todo lo contrario.
Me reconcilio de nuevo (como cada dos años) con Allen, quien ya tiene preparada su siguiente película (de la que finalmente se ha caído Bruce Willis) y al que incluso le ha sobrado tiempo para adentrarse en el mundo de la televisión. Este judío de Brooklyn nacido bajo el nombre de Allan Stewart Konigsberg parece tener cuerda para rato. Y yo que me alegro…

lunes, 13 de abril de 2015

PURO VICIO (5d10)

Ya escribí en mi cuenta de twitter, al poco de terminar de ver la película, que necesitaba dejar pasar algo de tiempo hasta averiguar si Puro vicio me había gustado o no. Unos días después me mantengo en la tesitura.
Qué duda cabe que hay algo en el cine de Anderson hipnótico y adictivo, que te atrapa con fuerza y te mantiene enganchado a la historia, por más que no tengas claro en ningún momento cuál es esa historia. Protagonizada por un Joaquin Phoenix tan desesperadamente pasmoso como es habitual en él (aunque en esta ocasión tiene algo que lo hace más soportable), la película se nutre de un buen nombre de ilustres secundarios que dan algo de brillo a la trama, posiblemente debido a simples tratos de colegueo o porque participar en una película de Anderson siempre queda bien en el currículo, por más que sepas que el público te va a amar u odiar por ello.
Efectivamente, es común encontrar entre los conocedores de la filmografía de Paul Thomas Anderson (y en especial de sus trabajos más recientes) gente que lo eleve a los altares con la misma facilidad que lo pueden pisotear por el barro, incluso entre los miembros del sagrado CSI que pueden puntuar la película tanto con rotundos dieces como con orondos ceros. Yo mismo me sentí así con la última película del peculiar realizador, en la que ya estaba Phoenix, The Master, para mí una de las peores obras del 2013 (amén de una de las primeras críticas aparecidas en este blog) y que ha sido, sin embargo, alabada por doquier.
No me sucede lo mismo con este Puro Vicio, cuyos sentimientos me hacen permanecer en un indefinido punto intermedio. No siendo tan visualmente llamativa como alguno de sus carteles parecían insinuar pues,francamente, me esperaba una fotografía más cercana a la de Spring Breakers de Harmony Korine o Sólo Dios perdona, de Nicolas Winding Refn, de las que Anderson prefiere distanciarse, el director centra el efecto alucinógeno correspondiente al uso y abuso de drogas diversas (aunque los porros se llevan la palma, siendo los verdaderos protagonistas del film e invitando a que nos preguntemos cuantos se habrán fumado los propios Anderson y Phoenix durante el rodaje para cuadrar semejante historia) para transmitir lo mismo mediante la propia narrativa.
Concebida como una película de cine negro al uso, con sus femmes fatales y su voz en off incluida, pronto nos damos cuenta de que nada es lo que parece, que lo real y lo imaginado se confunden constantemente hasta llegar a desconcertarnos totalmente. Deduzco que la intención de Anderson es la de introducirnos en la mente del protagonista y que nos sintamos tal y como se siente él, pero no cuenta con que el público acostumbra a acudir a la sala del cine lo suficientemente lúcido como para transformarse de manera absoluta en la mente de Phoenix, con lo cual posiblemente la película mejoraría si el propio espectador acudiese a su visionado tras fumarse un par de canutos primero.
Demasiado etérea y dispersa como para aplaudirla, Puro Vicio está lejos de ser la obra maestra que se le suponía (hace unos días, antes de verla, yo mismo me extrañaba de su ausencia en las nominaciones importantes de los pasados Oscars, de lo cual me retracto ahora), con un argumento que va dando tumbos constantemente y que culmina en un desenlace disperso y poco aclaratorio, amén de redondear un metraje algo excesivo. Tampoco puedo, sin embargo, suspenderla cuando contiene algunos pasajes francamente divertidos, sabe mantener el interés en todo momento y muestra algunos recursos narrativos ciertamente acertados, aparte de la interesante (y en algún caso concreto incluso surrealista) aportación de ciertos secundarios, en concreto un desatado Martin Short o un sobrio Owen Wilson, aunque por ahí también pululen, entre otros, Benicio Del Toro, Josh Brolin, Eric Roberts o Reese Witherspool.
Quizá la mejor definición del film sería la de desconcertante, capaz de alternar grandes aciertos con momentos sumamente absurdos y que, aparte de contar con los tics habituales del cine de Anderson uno sale de la proyección con la sensación de no saber que nos ha pretendido contar el director californiano, aunque habiendo pasado un rato al menos interesante.

lunes, 14 de julio de 2014

EL SUEÑO DE ELLIS * (6d10)

Interesante reflexión sobre la inmigración en manos de James Gray (director acostumbrado a trabajar con Joaquin Phoenix), representada en la figura de Ewa Cybulska ( Marion Cotillard), una refugiada polaca que acepta la ayuda de Bruno Weiss (Phoenix) para lograr ser aceptada en los Estados Unidos a pesar del alto precio que deba pagar por ello.
Ambientada a principio de los años 20, la isla de Ellis constituía el último obstáculo para entrar en la Tierra de las Oportunidades y allí era donde terminaban por forjarse o destruirse los sueños de todos aquellos que deseaban dejar atrás su pasado y comenzar de cero en el “nuevo continente”.
En el caso de la protagonista la enfermedad de su hermana Magda (es retenida en el hospital de Ellis al diagnosticarle tuberculosis) la impulsa a trabajar como actriz en el cabaret que dirige Bruno, aunque el objetivo final del erótico espectáculo no es otro que el de ofrecer chicas de alterne con cierta discreción.
Atrapada en un mundo que aborrece y teme, Ewa encontrará una vía de escape cuando conoce a Orlando (Jeremy Renner), un mago del espectáculo que le promete ayudarla a ella y su hermana y llevarlas a California. Se crea ahí un peligroso triángulo que sólo podrá terminar en tragedia debido al enfermizo enamoramiento de Bruno.
Esta es solo una de las muchas historias que podrían haberse producido en una época en la que Europa era un lugar maltratado por la Gran Guerra y del que convenía escapar, pero bien puede trasladarse a cualquier época o país, y esa es la gran virtud de la película. No es simplemente la historia de una polaca obligada a prostituirse. No es sólo la crónica de un país convertido en una promesa de esperanza. La isla de Ellis es intemporal. Puede ser Gibraltar. Puede ser la costa italiana. Puede ser la frontera con México…
La isla de Ellis es aquel lugar en donde un hombre capaz de renunciar a sus raíces por un futuro puede permitirse soñar.
Y mientras se pueda soñar habrá esperanza.

lunes, 24 de febrero de 2014

HER (8d10)

Cuando falta cada vez menos para la entrega de los premios Oscar (apenas una semana justa), y siendo evidente que como siempre nos quedaremos sin poder ver alguna de las películas importantes de la noche, se estrena este fin de semana la última obra de Spike Jonze, Her, otra que compite como mejor película y guion, aunque extrañamente su director y protagonista (casi omnipresente) han sido obviados (¿será que la película se ha hecho sola?).
Aunque no suele ser lo habitual en mí, en ocasiones me enfrento a una pantalla de cine sin tener ni idea de lo que voy a ver, sin una base argumental a la que agarrarme. Algunas veces (y The Master, con el mismo protagonista, es un buen ejemplo) ese es un error atroz, pero esta vez me ha resultado toda una sorpresa, sintiéndome desconcertado y sorprendido hasta casi el ecuador del film.
No obstante, si ustedes no son gente intrépida y prefieren saber de qué va el último invento de un director tan personal como Spike Jonze, que llamó mi atención con Cómo ser John Malkovich, no estuvo mal en Adaptation (el ladrón de orquídeas) y me aburrió en la visualmente interesante pero poco más Donde viven los monstruos, aquí les dejo cuatro pinceladas.
Joaquin Phoenix (uno de esos actores que normalmente no trago por mucho que suela alabarlo la prensa del CSI) es Theodore, un hombre solitario y amargado por el fracaso de su matrimonio pero con alma de poeta (se dedica a escribir cartas personales para otros –sí, ese es su oficio, en serio-) hasta que se hace con un nuevo sistema operativo con inteligencia artificial con quien entablara una peculiar relación. Hay que advertir, si no lo han notado ya, que estamos ante una película futurista, pero a apenas unos pocos años de nuestro presente. Nada de coches voladores ni pistolas de rayos, solo ligeros avances tecnológicos, un poco al estilo de Un amigo para Frank, o la patria Eva).
Con esta premisa, Jonze nos invita a conocer un mundo obsesionado por la tecnología donde un ordenador o un videojuego puede llegar a ser suficiente para satisfacer las necesidades sociales del individuo, más cuando ese ordenador tiene la capacidad de aprender y evolucionar, llegando a tener sentimientos más intensos incluso que una persona de carne y hueso (y alma).
Pero no es esta una fábula sobre los peligros dela tecnología, pues en todo momento (independientemente de hacia dónde termine dirigiéndose el film) esos avances se ven más como una bendición que como un problema y no es ese el objetivo real de Jonze, firmante también del guion. Una vez más, como ya sucediera en Nebraska, la última película de la que hablé, se trata de hablar sobre sentimientos. Sobre la soledad, el amor (y la perdida de este) y los problemas de comunicación.
Phoenix está extrañamente brillante, y pese a lucir su habitual cara de circunstancias en algunos momentos, en otros muestra una variedad de registros como no le conocía al hermano del malogrado River Phoenix, siendo capaz de aguantar la presión de la cámara en los muchos momentos de conversaciones virtuales en la que su rostro ocupa un permanente primer plano.
Está muy presente el tema del matrimonio y del fin del amor en una pareja, por lo que me deja la duda sobre si la empatía que siento hacia Theodore es sólo por su calidad interpretativa o hay un punto de implicación personal por mi parte, pero lo que no deja margen de duda es que tanto él como los pocos (y conocidos) actores que lo rodean desprenden una naturalidad sorprendente en curioso contraste con la temática tecnológica del asunto. Por aquí andan la nueva novia de América Amy Adams, una fugaz Olivia Wilde, Rooney Mara –la Lisbeth Salander yanqui- y Chris Pratt, el nuevo héroe Marvel.
Y sin dejar el apartado interpretativo quiero hacer hincapié de nuevo en el terreno del desconocimiento del que les hablaba al principio de mi comentario. Una parte esencial de la historia la compone  ese personaje virtual al que oímos contantemente la voz pero solo nuestra imaginación es capaz de poner rostro. Y eso me lleva a una reflexión: ¿es intención del director influir en nuestra imaginación con respecto al físico tras la voz o debería ser ese un elemento más con el que jugar? Los espectadores que acudan a verla en versión original quizá lo tengan claro, pero en la versión doblada yo acudí de nuevo con la ignorancia de quienes eran los intérpretes aparte del protagonista de la carátula. Y al escuchar la voz sin rostro me recordó a Ellen Page no podía evitar pensar en la protagonista de Juno a ver a Theodore hablar son su Sistema Operativo (SO). ¿Habría cambiado algo si desde el primer momento hubiese sabido que la voz original correspondía a Scarlett Johansson? Ahí les dejo la pregunta.

En resumen, una interesante propuesta sobre las parejas, el amor, la amistad y la artificialidad bien aderezada con planos reflexivos e interesantes y bellos paisajes.

martes, 8 de enero de 2013

THE MASTER (2d10)

The Master es, sin duda, la película del año. Los críticos sesudos intelectuales y demás gafapastas la han encumbrado hasta lo más alto. Ha arrasado por los festivales por los que ha pasado, va a triunfar en los próximos Globos de Oro y sus competidoras ya están planteándose retirarse de la pugna por los Oscars por no hacer el ridículo. La dirección es maestra y Joaquín Phoenix y compañía nos regalan una interpretación simplemente maravillosa.
¿O no?
Pues va a ser que no. Lo siento por mis queridos amigos los críticos sesudos intelectuales pero The Master se me antoja como una de las peores películas que he visto jamás. ¿Exagero? No, para nada.
Paul Thomas Anderson, su director, es uno de esos tipos que ha conseguido el nombramiento de genio sin haber dirigido nada digno de atención, y en esta película se le nota que la divinidad se le ha subido a la cabeza. Las buenas películas no se crean, surgen de manera espontánea, pero Anderson sin duda tenía la conciencia durante todo el rodaje de que él lo estaba haciendo, pues el film es de esos que parecen más dedicados a arrasar en los Oscars que en contar una historia. Y eso que la historia, de entrada, tiene su cosa: un veterano de guerra que no encuentra su lugar en el mundo, hundido por el alcohol y el sexo, encuentra una salida en su amistad con el líder de una secta que trata de ayudarlo. A partir de aquí Anderson podría haberse decantado por un drama sobrThe Master termina siendo una caricatura de un hombre despreciable al que Phoenix le pone tics y rostros en una de las interpretaciones más patéticas y sobreactuadas que puedo recordar.
e la inadaptación, una historia de amistad y esperanza o un alegato contra las sectas (con la sombra de la Cienciología aflorando tras cada esquina), pero incapaz de decidir intenta un batiburrillo de las tres cosas sin acertar en ninguna de ellas. No por apretar muchas teclas se aprende a tocar el piano y
Si la historia tiene su interés, el guion propiamente dicho es horrendo. En su incapacidad para hacernos entender el drama de Freddie Quell (Phoenix) tras su regreso de la guerra (que tan bien se muestran en El Cazador o Nacido el cuatro de julio, por poner solo dos ejemplos), Anderson necesita escarbar tanto en la basura y lanzar tanta mierda alrededor del personaje (y perdonen por tan desagradable metáfora) que al final acaba salpicando al espectador. Quell es una persona odiosa, mezquina y despreciable, y toda la película está repleta de situaciones desagradables que incomodan al espectador. Cierto es que eso es lo que busca Anderson, pero llega a tales extremos que no consigue ningún tipo de empatía hacia el desgraciado que interpreta Phoenix. Volviendo a uno de los ejemplos antes expuestos, el veterano que interpretaba Tom Cruise en la película de Oliver Stone también podía incomodarnos por sus actos y su carácter, pero siempre se tenía la sensación de que el malo de la historia era e conflicto bélico. Aquí, por más que el tema sea el mismo, Quell regresa y tiene un buen trabajo, una chica y unos amigos, así que no se puede excusar en la inadaptación. Él es el problema, y resulta por ello imposible mostrar la más mínima simpatía hacia él, por lo que todo lo que no sea terminar la película con Quell brutalmente descuartizado de la manera más cruel posible supone una decepción enorme.
Phoenix, como ya he dicho, está totalmente fuera de control, recordando a las interpretaciones más histriónicas de Nicholson o Penn. Estar tan pasado de vueltas aleja aún más al espectador, ya que en ningún momento provoca la más mínima compasión. A su lado, sin embargo, Philip Seymour Hoffman raya a muy buen nivel, tal y como nos tiene acostumbrados, haciendo creíble su papel y consiguiendo, esta vez sí, que simpaticemos con él pese a saber que todo lo que mueve a su alrededor es un completo fraude.
Cierra el círculo una de las actrices de moda, Amy Adams, que me da la sensación de que simplemente pasaba por ahí. No es que trabaje mal, pero trata de buscar un contrapunto tan fuerte a Quell, logrando una interpretación tan contenida, que da la sensación de que cualquier actriz desconocida sin su caché podría haber logrado lo mismo.

Una película, en fin, de esas en las que hay que entrar. Yo, desde luego, no lo hice. Y me aburrí soberanamente. Pretenciosa  como su director, The Master será de esas películas que, pese a las flores que la crítica le lance, será olvidada en breve. Y si no, al tiempo.