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domingo, 28 de abril de 2019

VENGADORES: ENDGAME

En el primer tráiler de Vengadores: Endgame, Tony Stark dice algo que luego serviría como serviría como frase promocional para el poster: “una parte del viaje es el final”.
Me resulta difícil imaginar una definición mejor para esta película, una película que podría dar miedo de antemano, pues si bien el éxito lo tenía asegurado de antemano, el gran hype que producía podría haber jugado en su contra.
Efectivamente, esto no es solo una película. Esto es el final de un viaje. Un viaje que se inició hace once años con Iron Man y que ni siquiera tras la gloriosa Los Vengadores de Joss Whedon podríamos imaginar que alcanzaría un nivel narrativo y emocional como el que ha conseguido en su tramo final.
Ya está, se terminó. Hemos disfrutado, amado, llorado, gritado y luchado durante una larga lista de películas, alguna mejor que otra, alguna mítica y otra casi olvidable, y solo nos queda ese último momento de recoger el equipaje y volver del aeropuerto, que es lo que supone, tras Endgame, el saber que el fin definitivo de la Fase Tres del MCU es, en realidad, Spiderman: Lejos de casa.
¿Y qué es lo que nos han dado los hermanos Russo para cerrar esta parte de la historia del cine? Pues ni más ni menos que un hito, una obra que trasciende lo puramente cinematográfico. Más allá de sus cualidades técnicas (que las tiene, y enseguida hablaré sobre ello), Vengdores: Endgame supone, tal y como ya pasaba con Infinity War, un antes y un después para el séptimo arte. No solo va a arrasar en taquilla, sino que va a ser un film referencial para generaciones futuras que va a cambiar la concepción del propio cine (en una época en la que parecía que el futuro estaba en manos de plataformas tipo Netflix) y que demuestra que ls grandes películas deben disfrutarse en grandes pantallas, con cientos de desconocidos emocionándose a la vez, con risas y aplausos y esa sensación palpable en el ambiente de que todos nos estamos emocionando como si de un solo corazón se tratase.
Hay algunos nombres que deben considerarse pilares fundamentales del MCU (centrándonos en el plano artístico, si miramos hacia los despachos quienes merecen sendas estatuas en la entrada de Marvel Studios son Kevin Feige y Sarah Finn): John Favreau, el que lo empezó todo, Joss Whedon, el que le dio forma, y los hermanos Russo, quienes lo elevaron a las alturas. Tras dar forma definitiva a la imagen del Capitán América y demostrar que no todo son risas y colores en el MCU con las fantásticas El Soldado de Invierno y Civil War (y aquí hay que nombrar también a los guionistas Christopher Markus y Stephen McFeely, que ya firmaron el libreto de El primer vengador y han seguido escribiendo al Capi hasta este glorioso final), ellos se han encargado de culminar la mastodóntica saga del Infinito y, incluso, asentar las bases de lo que está por venir. Lo han hecho, además con valentía y coherencia, algo que se contrapone con la otra gran saga cinematográfica que culmina también este año (sumémosle eso al final de Juego de Tronos y resultará que el 2019 es un año amargo para el fandom). Y es que, si siempre es tentador comparar los éxitos de Marvel con el errático camino cinematográfico de su competidora comiquera de DC, en esta ocasión me parece más interesante mirarlos en el reflejo de Star Wars, que al fin y al cabo pertenecen a la misma madre, aunque no lo parezca. Y es que en cuestiones de hype el año pasado la cosa estaba muy igualada, con los fans haciendo cientos de teorías de lo que iba a suceder con sus héroes preferidos y tratando de averiguar (destripar) guiones que se guardaban con un secretismo absoluto. Pero mientras la locura argumental ha dominado el camino galáctico hasta el punto de que Los últimos Jedi parecían más pendientes de contradecir las teorías de Internet que de contar sus propias historias (hasta el punto de que Joe Johnson puede ser el principal culpable de todo lo malo que vaya a tener El ascenso de Skywalker), los Russo han optado por la coherencia, sin salirse de un plan determinado. Su Endgame se ha rodeado de mucho secretismo, es cierto, y ellos son los primeros que han jugado con el espectador para mantener sus cartas bien ocultas, pero eso no implica que se hayan obsesionado hasta tal punto como para traicionar su propia historia.
Así, en el lado argumental, se podría decir que Endgame es completamente previsible. Una de las teorías más difundidas sobre la manera de derrotar a Thanos era la de los viajes en el tiempo (algo que finalmente se terminó por insinuar claramente en Ant Man y la Avispa), y se especulaba con que gran parte de la película fuese sobre los Vengadores tratando de recuperar las dichosas gemas en diversos momentos del tiempo. Y así ha sido, sin sorpresas ni cambios absurdos de guion de última hora. En lugar de eso, los Russo han desarrollado una trama inteligente y llena de giros y golpes de efecto que permiten que, aun sabiendo que la cosa iba de lo que ya se sabía que iba, cada escena fuese una emoción diferente, cada plano ofreciera una sorpresa nueva y la magia volviera a impactarnos tal y como sucediera ya en Infinity War.
Cierto que las emociones aquí son diferentes. No tenemos ese impacto final que supuso ver a la mitad de la humanidad (héroes incluidos) desapareciendo, pero eso no significa que ver las consecuencias de aquello y como los supervivientes han sabido enfrentarse a sus propios temores sea menos intenso y doloroso. Incluso el final, donde no había duda alguna de que los héroes volverían (hay películas confirmadas de la mayoría de ellos) y que Thanos sería derrotado, es tan impactante y emotivo como para que, de nuevo, las lágrimas amenacen con aflorar.
Y todo ello con una película que, para ser un blockbuster de tres horas de duración (que pasan en un suspiro, todo sea dicho), tiene posiblemente menos acción de lo esperado. Hay más momentos intimistas y de conversaciones de lo que cabría esperar, pero funcionan perfectamente bien y no hay un solo minuto que parezca estar de más, que reste interés a la obra. Una obra, eso sí, que vuelve a ser tan heredera de esas veintiuna películas anteriores que no es muy recomendable ver Endgame si no se conocen bien las bases sobre las que se sostiene, siendo, para sorpresa de muchos, la historia de Ant man más importante que, por ejemplo, la de La Capitana Marvel.
Además, los Russo han hecho quizá su mejor trabajo como realizadores, no ya por la pericia visual que ya demostraron sobradamente en El soldado de Invierno, con unas escenas de lucha impactantes (cabe destacar cierto plano secuencia realmente espectacular), sino por saber marcar un  ritmo preciso, aportando más humor que en sus tres trabajos anteriores sin que este desentone en ningún momento, consiguiendo que personajes que podrían parecer ridículos tengan en realidad una profunda carga dramática (cada uno se enfrenta al dolor y al fracaso de una manera diferente)  y midiendo el tempo con precisión de relojero.
A ello ayuda también la simbiosis perfecta que se da entre los actores y sus personajes. Resulta ya casi imposible imaginar a ningún héroe Marvel con un rostro diferente al del actor que lo interpreta, y es tal el nivel de compromiso que la productora ha conseguido con ellos (y esto es algo que va más allá de los generosos cheques que puedan ofrecerles) que la película se convierte en un quien es quien del MCU, con la presencia de actores (aunque sea en escenas de apenas unos segundos) del pasado y que consiguen que este sea realmente un fin de fiesta.
Y, como debería suceder, algo de amargura queda al terminar una fiesta. Es por ello que, pese a que la película se dedique a contrarrestar los acontecimientos traumáticos de Infinity War, un deje de amargura quede tras los créditos finales (sin escena postcréditos esta vez, como para subrayar que la cosa va en serio). Y es que, por hermoso que sea un viaje, las despedidas siempre son tristes. Y esta película es, toda en sí, una gran despedida. Hermosa, emotiva, nostálgica y apasionante, pero despedida, al fin y al cabo.
Los héroes (algunos de ellos, al menos), volverán, pero parece evidente que las cosas ya nunca volverán a ser lo mismo. Es difícil que una película cierre una saga millonaria (de la que se sabe que habrá continuación) con la sensación de que algo va a cambiar para siempre. Endgame lo ha conseguido.
Este es otro mérito más de la que, posiblemente, y vista en conjunto con Infinity War (¿acaso no son ambas una sola película de más de cinco horas de duración?) sea la película más importante de la década, sino del siglo. Una película que cambia las reglas del juego y que sienta unos precedentes que, por otro lado, son casi imposibles de imitar.
Sin duda, no todo es perfecto, y habrá quien pueda reprocharle algo al film, como el uso de algunos personajes, la poca presencia de otros o algún as de la manga que huele a truco de guion más que a otra cosa, pero al final esto corresponde más a decisiones creativas que a fallos cinematográficos, lo cual es algo siempre subjetivo. Para el que esto escribe, resulta impensable hacerlo mejor. Allá donde esté, Stan Lee se sentiría orgulloso.
Nuff Said!

Valoración: Nueve y medio sobre diez.

jueves, 19 de octubre de 2017

Sitges 2017: WIND RIVER

Comanchería no solo fue una de las mejores películas del año pasado, colocándose entre las nominadas al Oscar pese a su origen independiente, sino que supuso también la consagración de su guionista, Taylor Sheridan, que ya había empezado a destacar gracias al libreto de Sicario
Con Wind River, donde además debuta como director, Sheridan cierra una especie de trilogía sobre los conflictos fronterizos, esas zonas en tierra de nadie donde la desolación lo domina todo y de la que es difícil escapar.
Sin las gotas de humor de la brillante película de David Mackenzie, Wind River versa sobre la investigación de un asesinato en una pequeña reserva india en el estado de Wyoming, una zona que no parece importarle a nadie y por lo que el FBI envía a una novata al frente de su primer caso.
En medio de unos hermosos paisajes nevados, tan bellos como mortales, la agente Jane Banner, con la ayuda del rastreador Cory Lambert, hará un recorrido por la américa más olvidada, de perdedores atrapados por sus raíces, siendo el asesinato un simple mcguffin para que Sheridan se recree con el retrato de esa tierra de perdedores que tanto le gusta describir en sus películas, avanzando con paso lento pero firme en una trama que, eso sí, derivará en un duelo propio del oeste más salvaje.
Bien apoyado en un reparto firme, que supone el reencuentro de Elizabeth Olsen y Jeremy Renner tras sus trabajos en el Universo Marvel, Wind River es una hermosa pero triste reflexión que, por lo pronto, ya se llevó un premio en la pasada edición del festival de Cannes.

Valoración: Siete sobre diez.

lunes, 17 de octubre de 2016

Sitges 2016: LA LLEGADA

Teniendo en cuenta que en  2013 Denis Villeneuve estrenó dos películas muy diferentes en un periodo de tiempo relativamente corto, una que me entusiasmó (Prisioneros) y otra que odio profundamente (Enemy), cada vez que me enfrento a un estreno de este director me pregunto cuál de sus dos versiones nos ofrecerá.
La llegada aúna un poco de ambas. Por un lado es una historia intensa y emocionante, con la descripción en un tono bastante realista de la llegada de unas naves extraterrestres a la Tierra, pero sin dejar de lado la carga más íntima y emotiva, centrándose en la figura de una experta en lengua que debe tratar de hacer de intérprete con los alienígenas. Pero por otro lado también tenemos esa atmósfera desconcertante que es capaz de hipnotizarnos con sus imágenes a la vez que amenaza con no hacernos entender nada de lo que está pasando en pantalla. Afortunadamente, y sin hacer ningún tipo de spoiler, esta vez sí hay un final cerrado que si bien invita a la reflexión y al debate no deja al espectador con la cara de tonto que uno se quedaba al final de Enemy.
Pese a la presencia de Forest Whitaker y Jeremy Renner, todo el peso interpretativo recae en Amy Adams, que recupera aquí sus buenas sensaciones tras del despropósito que era su personaje en Batman v. Superman. Ella soporta toda la carga emocional dela historia y cumple a la perfección con el desafío de provocar, pero al mismo tiempo sufrir, el propio desconcierto que debe sentir el espectador conforme va avanzando la historia.
Aún siendo una película de extraterrestres con clara carga fantástica y de ciencia ficción, La llegada es ante todo un drama que empieza con dureza y juega al despiste constantemente sin dejarnos entrever el sufrimiento interno de los protagonistas para permitir que el espectador saque sus propias conclusiones. Sin embargo, para no ser tildado de tramposo, Villeneuve va plantando a partir del ecuador del film pequeñas semillitas sobre lo que está sucediendo, lo cual puede adelantar demasiado lo que va a suceder al cinéfilo más avispado.
No sé si esta será la mejor película de Villeneuve, pero sí está claro que él pretende que lo sea. Su estilo fílmico, la lentitud de la narración, las escenas intimistas de los flashbacks… Todo está planificado con una cuidada delicadeza que invitan a pensar que estamos ante la cinta más personal de un director ya de por sí con bastante identidad propia, demostrando también que la productora ha confiado en él lo suficiente como para no obligarle a transformar su historia de extraterrestres (de efectos especiales sencillos pero cumplidores, por cierto) en un enorme blockbuster palomitero.
Y tras la historia personal del personaje de Amy Adams, además, Villeneuve plantea una denuncia social usando los trucos del lenguaje para reflejar los problemas de comunicación entre los dirigentes de los grandes países, demostrando que a veces es más complicado entenderse con el vecino de al lado que con un ser del otro lado del universo.
Puede que uno encuentre muchas cosas conocidas en La llegada, desde el estilo intimista de Monsters o Distrito 9 hasta la profundidad reflexiva que buscaba Nolan en Interstellar (incluso alguna influencia de Malick se puede adivinar por aquí), pero Villeneuve se las apaña para reunir todas las referencias y darles una entidad propia, haciendo que esos recuerdos se acepten sin molestar demasiado.
La llegada es, en fin, un muy interesante film que invita al debate posterior y que gustará más tras un tiempo de reflexión que tras su inminente visionado, aunque hay que reconocerle también que utiliza muchas trampas para llevar la historia por donde lo requiere el guion, no siguiendo siempre las leyes de la lógica.
Todo un lujo que no llegará a nuestros cines hasta dentro de un mes largo pero que se ha podido disfrutar como colofón final en la sesión sorpresa del festival de Sitges 2016.

Valoración: Ocho sobre diez.

domingo, 9 de agosto de 2015

MISIÓN IMPOSIBLE: NACIÓN SECRETA (8d10)

Perseguido y vilipendiado por muchos (demasiados) por temas totalmente ajenos a lo estrictamente cinematográfico, Tom Cruise (uno de los mejores actores de su generación, busquen si no dónde han quedado todas aquellas figuras emergentes que compartieron cartel con él en el Rebeldes de Coppola)ha sabido ignorar las críticas empeñadas en destrozar su carrera y, por consiguiente, enturbiar en taquilla sus más recientes películas (no hay ninguna lógica en la pobre recaudación y escaso reconocimiento de Al filo del mañana, una de las mejores películas del año pasado), apostando siempre según le guiaba su instinto.
Ya a comienzos de su carrera supo alternan su figura de guapito “forracarpetas” de Cocktael o Top Gun con interpretaciones soberbias y arriesgadas como Nacido el cuatro de julio, y cuando parecía que no le quedaba nada por demostrar decidió, hace unos años, convertirse en un héroe de acción aparte de máximo embajador de la ciencia ficción de este siglo (sirva como ejemplos Minority Report, La guerra de los Mundos, Oblivion o la ya mencionada Al filo del mañana). Y digo que se guía por su instinto porque pese al relativo descalabro que supuso Misión Imposible III ha sabido mantenerse fiel a su única franquicia hasta la fecha (hay rumores de que va a repetir en breve como Jack Reacher y en Top Gun 2) y ha conseguido resucitar a su Ethan Hunt tras la ya excelente Misión Imposible: Protocolo fantasma, hasta el punto que ya se ha anunciado el rodaje de la sexta entrega.
Misión Imposible es una saga que ha sabido reinventarse en cada película, gracias en parte al empleo de directores de fuerte personalidad pero manteniéndose fiel al espíritu del personaje. Hunt es una especie de James Bond moderno (pese a que los orígenes hay que buscarlos en la serie televisiva de mediados de los sesenta) aunque más pendiente que el agente con licencia para matar del equipo que le acompaña en las misiones. Así, tras la destrucción del grupo en la primera película J.J.Abrams devolvió ese sentido de la pluralidad en su tercer capítulo que se intensificó en MI: Protocolo Fantasma hasta el punto que todos excepto Paula Patton (una verdadera lástima, supongo que su inexplicada ausencia se debe a la sencilla razón de no incluir dos femmes fatales que se puedan entorpecer entre ellas) repiten para esta quinta pero no definitiva entrega.
Tras Brian De Palma, John Woo, J.J. Abrams y Brad Bird es turno ahora de ocupar la silla de director a Christopher McQuarrie, viejo conocido de Cruise (dirigió Jack Reacher y guionizó, aparte de esta, Valkiria y Al filo del mañana). Quizá menos experimentado y afamado que sus antecesores (a excepción de Abrams, que debutaba en cine pero ya se había consagrado en televisión), McQuarrie consigue el inmenso mérito de aunar el clasicismo de las películas de espías con dobles juegos y trasfondo político tal y como sucediera en la primera película, con la espectacular y la intensidad adrenalítica que se incrementó en la tercera parte y se multiplicó en el capítulo correspondiente a Bird.
Misión Imposible: Nación Secreta parte tal y como concluyó Protocolo Fantasma, con Hunt persiguiendo a una misteriosa entidad criminal conocida como El Sindicato. Pero las cosas en suelo americano se han puesto peliagudas tras los roces internacionales que el FMI ha provocado tras el incidente con el Kremlin, lo que lleva al director de la CIA a convencer al senado para eliminar al FMI y poner en busca y captura a Hunt. Más aislado y falto de recursos que nunca, Hunt deberá luchar para salvar una vez más la situación, aunque como no podía ser de otra manera, el equipo volverá a unirse para emplearse a fondo en una nueva misión. Una misión imposible, por supuesto.
Una vez más Cruise es la estrella absoluta, repartiendo a diestro y siniestro un carisma arrebatador (el mismo que ha derrochado en las promociones que han permitido un excelente arranque en taquilla de la película), con suficiente falta de complejos para demostrar en no pocas escenas algunas debilidades que demuestren que el tiempo no pasa en balde para nadie, ni siquiera para él. A su alrededor, Jeremy Renner cumple con eficacia, sin grandes alardes pero sin desentonar con el conjunto, tal y como sucediera con su personaje en Los Vengadores, mientras que Simon Pegg aumenta su importancia en la trama proponiendo el trasfondo cómico que libera tensión ante tanta secuencia de acción tan emocionante como angustiante. Ving Rhames completa el equipo, repitiendo personaje por quinta vez, mientras que la faceta seductora recae en Rebecca Ferguson, en un interesante personaje de doble (o triple) trasfondo y competidora con Cruise por hacerse con las mejores escenas de acción.
Misión Imposible: Nación Secreta es un grandísimo entretenimiento, una estupenda, emocionante e interesante película con escenas muy espectaculares (por increíble que parezca la promocionada hasta la extenuación aventura del avión no es ni de lejos lo más destacado) y momentos especialmente inspirados, como toda secuencia que transcurre en la Ópera de Viena.
Ethan Hunt volverá, eso ya está claro, y aquí estaremos para disfrutar de su nueva misión. Si decide aceptarla…

lunes, 4 de mayo de 2015

LOS VENGADORES: LA ERA DE ULTRÓN (8d10)

Había mucha expectativa ante la llegada de esta nueva película de la saga de Marvel. No era para menos. Los Vengadores (2012) de Joss Whedon rompió todos los pronósticos y batió auténticos récords de taquilla, ascendiendo al tercer puesto de las películas más taquilleras de la historia. Resultaba verdaderamente emocionante ver lo que iba a ser capaz de conseguir su secuela.
Sin embargo, habría que empezar señalando que Los Vengadores: la era de Ultrón no es para nada una secuela de aquel exitoso título, sino un episodio más en la titánica saga que Marvel está creando desde que debutara como productora propia con Iron man, creando una compleja historia río (de acuerdo que algunas de las películas tienen poca conexión con la trama de las gemas, pero alguna semillita hay siempre) que derivará, Dios mediante, en La guerra del Infinito. Así pues, Marvel y Whedon han planteado esta película como un escalón más hacia su meta, una oportunidad de aportar nuevos detalles sobre esas dichosas gemas y, de paso, analizar más en profundidad a algunos personajes que no tienen la posibilidad de desarrollarse en películas individuales, amén de presentar a algún que otro personaje (o concepto, como la mención de cierta nación) de cara al futuro.
A simple vista, sí podría parecernos esta Era de Ultrón una secuela al uso. De hecho, algunos medios torpes (mis amigos del CSI, ya sabéis, los Críticos Sesudos Intelectualoides), aseguran que Whedon se ha limitado a copiar el mismo esquema, con la simple fórmula de multiplicarlo todo sin criterio alguno. A esos opinadores (los mismos puristas que pueden rellenar páginas y páginas calibrando las diferencias entre un western épico o uno crepuscular sin constatar que en el fondo todos son tipos a caballo pegando tiros con escasas similitudes a sus homólogos reales) les diría que no tienen ni idea, y que un análisis más en profundidad revela las múltiples diferencias entre ambas películas. O quizá es cosa mía, que soy un purista de los comics…
Como sea, el propio Whedon debía ser consciente de lo imposible que sería contemplar esta película sin realizar comparaciones (tanto es así que tres son las referencias a as que se han de enfrentar estos Vengadores, más tarde lo analizaré con más calma) por lo que el mérito de haber construido una película tan extraordinaria es, a mi entender, más grande si cabe.
Ante todo, Los Vengadores: la era de Ultrón es una película entretenida, fresca y adrenalítica. Cuenta con grandes y épicos enfrentamientos y la acción no decae en ningún momento, desde ese prólogo tan “Bondiano” hasta la resolución final (escena intercréditos, que no postcréditos, incluida), pero además se toma el tiempo necesario para analizar la personalidad de sus protagonistas, reflexionar sobre las relaciones entre ellos y recordaros que, pese a sus inmensos poderes, no dejan de tener también grandes debilidades (eso de los héroes con pies de barro es toda una tradición para Marvel), consiguiendo aunar sin que rechine secuencias de gran trascendencia interna con grandes momentos de diversión.
Los que leéis habitualmente este blog ya sabéis que la acción desmedida, la destrucción sin más, termina por aburrirme. Ese final infinito de El hombre de Acero o la segunda mitad de Transformers 4 (las otras tres ya las tengo completamente olvidadas) son para mí un sinsentido digital en las que solo se destrozan cosas sin el más mínimo ápice de alma. Ya en Los Vengadores se veía mucha destrucción, pero con los interludios precisos para permitirnos coger aire. Y esa sensación de pausas entre combates, incluyendo el inmenso y épico combate final (sirva como ejemplo al conversación entre Ojo de Halcón y Wanda o la escena de Pietro), está más potenciada aún en esta película.
La era de Ultrón no es una película perfecta, como no lo es ninguna, y puede fallar allí donde acertaba Los Vengadores. En las inevitables comparaciones que mencionaba al principio resulta evidente que cuenta con la ventaja de no tener que justificar la presencia de cada uno de los protagonistas, que pese a haber sido ya presentados en anteriores películas necesitaban de un tiempo para conocerse entre ellos (cosa que el film de 2012 hacía ejemplarmente bien, por cierto), pero eso, que como positivo tiene que la acción arranca de inmediato sin perder tiempo en explicaciones innecesarias, provoca a su vez que los personajes nuevos queden algo desdibujados, que quizá falte algo más de tiempo para conocer mejor a Wanda y Pietro o que incluso el destino de personajes aparentemente secundarios como Strucker o Ulisses Klauer sean algo abruptos.
La era de Ultrón cuenta como, tras la disolución de SHIELD vista en Capitán América: Soldado de Invierno y Marvel: Agentes de SHIELD los Vengadores se dedican a buscar células ocultas de HYDRA y, de paso, recuperar el cetro de Loki, portador de una de las gemas del Infinito (de momento en cine ya hemos podido ver cuatro de las seis existentes). En estas, Tony Stark logra dar con la clave para finalizar un antiguo proyecto suyo, llamado Ultrón, consistente en la creación de Inteligencia Artificial. Ni que decir tiene que el asunto se le va de las manos y se va a liar parda con el tal Ultrón.
Sin perder el tiempo en introspecciones demasiado cargantes, La era de Ultrón, una película decididamente palomitera y espectacular, contiene elementos propios de films más reflexivos, como el apunte al complejo de Edipo (mucho más difuso que en el comic, donde la relación entre Ultrón y su creador original, Henry Pym –esto ha tenido que cambiar en la película porque el personaje de Pym no hace su aparición en el MCU hasta dentro de unos meses, en Ant-Man- es un conflicto paternofilial llevado a su máximo exponente), la pérdida de la inocencia o incluso una vuelta de tuerca a la fábula de la bella y la bestia. Todo tiene cabida en las más de dos horas y media que dura la película y que, aun pudiendo resultar por momentos agotadora, no aburre en ningún momento, gracias en buena medida a la inteligencia con la que Whedon reparte el tiempo entre sus protagonistas.
Más allá de sus valores propios como película, que dentro del género blockbuster roza la perfección, ya he comentado que el film iba a tener que sufrir tres grandes comparativas. La primera es con su propia antecesora, de la que sale airosa, aunque sin llegar a superarla. La segunda corresponde a la lucha que enfrenta a Marvel con su “distinguida competencia” por ser los dioses del Olimpo cinematográfico. Si gracias al Superman de Donner y al Batman de Burton  parecía que DC era la única editorial de comics de superhéroes con derecho a triunfar en taquilla la “nueva” Marvel no solo ha plantado cara a la DC “nolaniana” sino que, en mi parecer, la ha terminado por superar. No solo el titánico proyecto de hacer una especie de serie cinematográfica le está funcionando bien (incluso con productos a priori menos comerciales como Los guardianes de la Galaxia) sino que ha demostrado una cohesión y claridad de ideas de la que parecen carecer en la acera de enfrente. Se temía, por las palabras de Whedon hablando de una película más oscura (y vista la innegable calidad de la sobria Capitán América: el soldado de Invierno) que estos nuevos Vengadores se iban a acercar bastante a la oscuridad que desde que se impusiera en la trilogía del murciélago está marcando la nueva corriente superheróica, a juzgar por ese sombrío y totalmente carente de humor Hombre de Acero, y que se reflejaba en otras películas supuestamente palomiteras como Godzilla.
Pero no, Los Vengadores están a otra cosa, muy por encima de modas y corrientes, y si bien es verdad que están más serios y reflexivos que en la primera entrega esto corresponde más a una madurez en los personajes, a una conciencia de las consecuencias de sus propios actos, que a un cambio de orientación.
Cambian, podríamos decir, las maneras, pero no las formas, y mientras los debates internos y las relaciones afectivas van marcando el camino del futuro los chascarrillos se siguen sucediendo, recordando que el drama puede ir de la mano del humor siempre que se haga con el corazón. Puede que alguien quiera criticar el exceso de chistes en momentos de máxima tensión, pero no nos engañemos, esto es Marvel, y así han sido las cosas aquí desde aquella antológica portada de comic en la que el Capitán américa arreaba un puñetazo en la cara al mismísimo Hitler.
Whedon es perro viejo (pese a que apenas es un novato en esto del cine) y sabe que no necesita ni de la amarga trascendencia de Nolan ni del artificio colorista y explosivo de Michael Bay para crear una obra compleja pero sin complejos, épica pero dinámica, emotiva pero sin melodramas. Y es que hasta esto lo hace bien el director: emocionando y retorciéndonos el corazón cuando menos se espera, preparando el camino en una dirección para dar un repentino volantazo que, en medio de una narrativa que podría parecer tópica, retorcer e incluso burlarse de los convencionalismos para demostrar que es posible sorprender en una historia que todo el mundo sabe cómo debe concluir.
Y eso nos lleva a la tercera comparativa, quizá la que más pueda perder. Y es que si la carga dramática (amén de la semilla que se planta del distanciamiento entre Iron Man y el Capi y de la relación –o no relación, según lo queramos ver- sentimental que se vislumbra) viene dada sobre todo por esos misteriosos hermanos gemelos que actúan por venganza tras la muerte de sus padres (se les llama “mejorados”, ya que en cine la palabra mutante es propiedad de la Fox), es inevitable comparar al Pietro Maximoff que interpreta Aaron Taylor-Johnson con el Peter Maximoff al que dio vida Evan Peters en X-men: Días del futuro pasado. Efectivamente, ambos personajes son el mismo en el mundo del comic, pero el complicado entramado de los derechos legales  los ha desdoblado en cine aunque manteniendo sus poderes originales.  No hay duda de que el Maximoff de la película de Bryan Singer tenía una escena mucho más espectacular que todas las apariciones de Pietro en La era de Ultrón, pero también se podría decir que llegó a morir de éxito, pues finalizada dicha escena el chico desaparecía de pantalla para dejar el terreno libre “a los mayores”. Aquí el héroe luce mucho menos, pero mantiene su propia subtrama hasta el final, y es una apuesta ganadora afirmar que lo que acontece a los hermanos Maximoff marcará sin duda el futuro de la saga.
Conseguí con el visionado de esta película algo que hoy en día se me antoja casi imposible, ir a las salas sin apenas idea de lo que me esperaba, gracias en buena parte a un par de trailers muy bien confeccionados que no llegaban a desvelar casi nada de la trama y que incluso invitaba al engaño. Es por eso por lo que quiero mantenerme muy cauto con no desvelar nada más de lo que ya se ha machacado estos días en los medios de comunicación y me limitaré a mencionar la aparición de La Visión, otra apuesta de futuro para la franquicia y que compone el primero de los muchos secundarios de lujo que decoran esta gran película, una especie de fin de fiesta a lo grande para la Fase Dos de Marvel (queda Ant Man, pero por magnitud creo que será más bien un epílogo antes de adentrarnos en la tercera y definitiva fase) que nadie ha querido perderse (y los que no han podido estar son mencionados en uno de los muchos chistes antológicos del film), un espectáculo de luces y sonido donde la Santísima Trinidad siguen siendo Iron Man, Thor y el Capitán américa pero cuyos minutos están magníficamente bien repartidos y nos presenta sorpresas que a estas alturas de la historia ya no nos esperábamos de ciertos personajes, aunque quizá se eche algo en falta el protagonismo cómico que tenía Hulk (aquí mucho más Banner que nunca) en la primera película y que ha sido sustituido, como elemento sobre el que giran los mejores chistes, por el propio Mjolnir.
Quizá la peor noticia de la película sea la confirmación de que Whedon, agotado por el titánico esfuerzo de llevar a buen puerto tan magna producción, no estará a los mandos de la tercera aventura de los héroes más poderosos de la Tierra, aunque se espera que siga vinculado de alguna manera al MCU. Al menos sabemos que sus sustitutos, los hermanos Russo, son una buena garantía tras su Soldado de Invierno. Por eso el final de la película tiene un ligero tono a despedida, aunque quizá lo más glorioso de todo sea que, por muy espectacular que sea todo, por muy definitivas que parezcan las batallas, por muy colosal que sea la amenaza de Ultrón, esto no son sino los preparativos de lo que está por llegar. La película es casi una hoja de ruta codificada exclusivamente para los Marvel Zombies más fieles que marca las pautas que conducirán hasta el enfrentamiento definitivo contra cierto ser de tono violáceo. Siempre que primero logren sobrevivir a su propia guerra civil, claro.
Magnífica en todo su esplendor, sólo puedo concluir tal y como lo hace el Capi en la última escena (y si esto es un spoiler, después de esta parrafada, casi hasta me da igual), al grito de: “Vengadores…”
Fundido final.

lunes, 17 de noviembre de 2014

MATAR AL MENSAJERO (7d10)

Gary Webb fue un laureado periodista norteamericano que saltó a la fama, sobre todo, por destapar conexiones entre la CIA y el narcotráfico de drogas procedente de Nicaragua.
La presente película, dirigida por Michael Cuesta, realizador curtido en televisión y acostumbrado al género de la intriga política por su trabajo en diversos capítulos de la serie Homeland, se centra en el periodo concreto en que Webb se dedicó a investigar el escándalo, desde sus primeros hallazgos hasta las consecuencias personales hacia su persona, sin entrar de lleno en el concepto del biopic ni querer perderse por derroteros divagando sobre su todavía no esclarecida muerte, a la que se refieren simplemente en los créditos informativos finales.
A priori, la elección de Jeremy Renner para dar vida al polémico periodista del San José Mercury News podría parecer arriesgada. Actor de demostrada solvencia, lleva años como eterna promesa (desde que se dejara ver por la sobrevalorada película de Kathryn Bigelow En tierra hostil) pero con sólo un gran éxito en su haber, y como secundario, Los Vengadores, pese a haber participado en franquicias tan valoradas como Misión Imposible, la saga Bourne o haberse puesto a las órdenes del afamado David O. Russell. No parecía, hasta ahora, ser capaz de pasar del simple secundario conocidillo, sin carisma suficiente para protagonizar un film con éxito, y en esta película, pese a su cacareado reparto lleno de estrellas, debe soportar él solito todo el peso de la trama. Pero lo cierto es que Renner no sólo sale airoso del intento, sino que consigue hacer suyo el personaje y componer un emotivo e intenso Webb, en un papel que son un caramelo envenenado para un actor por la cantidad de registros que ofrece, permitiéndole lucirse o fallar estrepitosamente.
Con Renner metiéndose al público en el bolsillo el otro elemento de la ecuación que funciona de maravillas es el propio Cuesta, que consigue desgranar una trama compleja de manera fácil de entender, sin perderse en el amplio abanico de nombres y personajes que pululan por la trama. Uno de sus principales aciertos en no condensar la trama sólo en la investigación periodística, sino abordar abiertamente la faceta más humana de Webb, de manera que sus problemas con su esposa e hijos o su confrontación con su editora y amiga del periódico supongan alivios narrativos a la gran cantidad de información que nos hacen digerir.
Otro acierto del film es su reparto, que aunque algo tramposo en su publicidad (muchos de los grandes nombres que aparecen en los trailers se reducen a meros cameos) sí ayuda, por lo menos, a identificar y poner cara a los nombres de los implicados en la trama, que de otra manera se perderían en el maremágnum de datos con los que el periodista trabaja. De esta manera, se pasean por ahí nombres como los de Andy García, Paz Vega,  Michael Kenneth Williams o Barry Pepper mientras que otros actores realizan apariciones vistas y no vistas como Ray Liotta, Richard Schiff, Michael Sheen o Robert Patrick, mientras que los únicos que realmente tienen posibilidades de lucirse un poco a la sombra de Renner son Mary Elizabeth Winstead, Rosemarie DeWitt y Oliver Platt.
Además, Cuesta no se conforma con explicar una historia de intriga con la consecuente crítica a los métodos más que discutibles del gobierno de los Estados Unidos en su política exterior, sino que, además, aprovechando la aparente caza de brujas a la que Webb fue sometido tras la publicación de su artículo, realiza una exposición crítica hacia el mundo del periodismo en general, que tiene como brillante colofón el discurso de Webb durante la entrega de un premio.
Webb no es un personaje perfecto, y arrastra un pasado reprochable y lleno de errores, pero aun así es fácil simpatizar con él e indignarse a su lado por el uso y abuso que hacen contra él sus propios colegas, por no decir ya las altas esferas.
Tras ver vilipendiado y desacreditado, todo el caso fue revelado por la propia CIA años más tardes, durante el mandato de Clinton, posiblemente demasiado tarde para resarcir al pobre Webb, lo cual nos invita a reflexionar de los métodos llevados a cabo por el gobierno de los Estados Unidos y hasta donde son capaces de llegar por conseguir primero sus objetivos y lograr después mantenerlos ocultos.
Eso sí, al final todo sale a la luz. Otra reflexión que nos deberíamos hacer a nivel local. La verdad, de una manera u otra termina por aflorar y los culpables suelen pagar. En España las cosas todavía son muy diferentes…
Sólo por ello (aparte de su calidad y del entretenimiento que proporciona) la película es imprescindible.


lunes, 14 de julio de 2014

EL SUEÑO DE ELLIS * (6d10)

Interesante reflexión sobre la inmigración en manos de James Gray (director acostumbrado a trabajar con Joaquin Phoenix), representada en la figura de Ewa Cybulska ( Marion Cotillard), una refugiada polaca que acepta la ayuda de Bruno Weiss (Phoenix) para lograr ser aceptada en los Estados Unidos a pesar del alto precio que deba pagar por ello.
Ambientada a principio de los años 20, la isla de Ellis constituía el último obstáculo para entrar en la Tierra de las Oportunidades y allí era donde terminaban por forjarse o destruirse los sueños de todos aquellos que deseaban dejar atrás su pasado y comenzar de cero en el “nuevo continente”.
En el caso de la protagonista la enfermedad de su hermana Magda (es retenida en el hospital de Ellis al diagnosticarle tuberculosis) la impulsa a trabajar como actriz en el cabaret que dirige Bruno, aunque el objetivo final del erótico espectáculo no es otro que el de ofrecer chicas de alterne con cierta discreción.
Atrapada en un mundo que aborrece y teme, Ewa encontrará una vía de escape cuando conoce a Orlando (Jeremy Renner), un mago del espectáculo que le promete ayudarla a ella y su hermana y llevarlas a California. Se crea ahí un peligroso triángulo que sólo podrá terminar en tragedia debido al enfermizo enamoramiento de Bruno.
Esta es solo una de las muchas historias que podrían haberse producido en una época en la que Europa era un lugar maltratado por la Gran Guerra y del que convenía escapar, pero bien puede trasladarse a cualquier época o país, y esa es la gran virtud de la película. No es simplemente la historia de una polaca obligada a prostituirse. No es sólo la crónica de un país convertido en una promesa de esperanza. La isla de Ellis es intemporal. Puede ser Gibraltar. Puede ser la costa italiana. Puede ser la frontera con México…
La isla de Ellis es aquel lugar en donde un hombre capaz de renunciar a sus raíces por un futuro puede permitirse soñar.
Y mientras se pueda soñar habrá esperanza.

lunes, 3 de febrero de 2014

LA GRAN ESTAFA AMERICANA (6d10)

Hace apenas unos años el director David O. Russell era persona non grata en el mundillo de Hollywood. Acabó a puñetazos con George Clooney en el rodaje de Tres Reyes, fracasó con su película Extrañas coincidencias pese a su interesante reparto y dejó una película inacabada por sus desvaríos con el presupuesto, estando a punto de llevar a la quiebra a una de las productoras que participaban en ella.
Fue entonces cuando su actor fetiche Mark Wahlberg le convenció para hacer The Fighter, una de esas películas que nacen ya con los Oscars como punto de mira. Finalmente Mark se quedó con un palmo de narices, pero los otros dos protagonistas de la historia, Christian Bale y Amy Adams si se llevaron una estatuilla a casa y Russell aprendió el arte de hacer amigos.
Su siguiente película, El lado bueno de las cosas,  era interesante dentro del género de las comedias románticas, pero ninguna obra maestra, pese a lo cual tuvo un montón de nominaciones incluida la que ganó Jennifer Lawrence y algo parecido puede pasarle con el estreno que nos ocupa.
Está claro que en Hollywood es fundamental caer bien. Y por algún extraño motivo las tornas se han girado y ahora David O. Russell cae bien. La gran estafa americana es la máxima favorita para llevarse un montón de premios este año y su reparto está presente en las cuatro categorías interpretativas de los Oscars. ¿Es para tanto la cosa? Desde luego que no.
Partiendo de una temática real (unos estafadores que son obligados por el FBI a colaborar para detener políticos corruptos), podríamos encontrar similitudes en cuanto a los personajes con las recientes El lobo de Wall Street o Sudor y dinero; de nuevo un puñado de personajes actuando de forma bastante absurda, unos perdedores que en pos de la justicia no merecerían dar un palo al agua (vale, los tipos de la peli de Scorsese están forrados, pero quitando a Belfort el resto no deja de ser un grupito de matados a los que la suerte les lleva a ganar una millonada). Otro referente que nos puede venir a la mente son los Ocean’s de Sodelberg, con la que comparte la espectacularidad del casting y la base de ladrones robando a ladrones (o timadores timando a timadores para ser más exactos), pero ni Russell tiene el nivel narrativo como cineasta de sus colegas Bay, Scorsese o Sodelberg ni el guion está a la altura de las circunstancias.
El reparto es interesante, sí, y todos lo hacen muy bien, desde Bradley Cooper tratando de desencasillarse de sus Resacones hasta un irreconocible Christian Bale, barrigudo y medio calvo, pasando por las divas Amy Adams y Jennifer Lawrence y un episódico Jeremy Renner (el único que se ha quedado sin nominación), pero tampoco creo que podamos hablar de interpretaciones antológicas que queden gravadas en nuestras retinas para el resto de nuestras vidas.
Además, 140 minutos para contar esta historia es algo excesiva, llegando a aburrir en muchos momentos (el mismo arranque es tedioso) y resultando más interesante las maquinaciones y traiciones entre ellos que la trama general de la estafa (que sí, es americana, pero no tiene nada de grande), mientras que lo mejor son los puntos más absurdos y surrealistas como la participación de Michael Peña haciéndose pasar por jeque árabe o el cameo de Robert De Niro interpretando, cómo no, a un mafioso.
Al final, da la sensación de que Russell se ha obsesionado queriendo rendir homenaje a la década de los setenta de tal manera que parece más centrado en los adornos que en la historia en sí, cuidando más los detalles de maquillaje y vestuario (los verdaderos protagonistas del film son los peinados de ellos y los escotes infinitos de la Adams) y en la estupenda banda sonora repleta de hits de la época que en hacer creíbles algunas situaciones y diálogos.

En resumidas cuentas, mucho ruido y pocas nueces para una película correctita pero que no va a ser, ni de lejos, de lo más destacado del año. Yo, probablemente, el mes que viene me haya olvidado ya de ella.

domingo, 3 de marzo de 2013

HANSEL Y GRETEL: CAZADORES DE BRUJAS (6d10)

Después de un año 2012 sobrecargado de películas de Blancanieves, este 2013 comienza repartiéndose un poco más las cosas en lo que adaptaciones de cuentos se refiere. Y es que no podemos negar que los personajes de historias infantiles forman parte de la nueva moda en Hollywood, después de saturarnos con vampiros, superhéroes y extraterrestres. Sin embargo, la película que abre la veda es claramente atípica, alejada de los tópicos previsibles y con un público potencial que nada tiene que ver con niños (tanto es así que en los USA ha sido estrenada solo para mayores de 18 años), a diferencia de las adaptaciones de El mago de Oz y Jack, el cazagigantes que están al caer.
Ya con ver quién es su director podemos intuir por donde van a ir los tiros, ya que el trabajo más reconocible del noruego Tommy Wirkola es Zombis nazis, aquella extraña película sobre muertos vivientes con uniformes alemanes llena de homenajes al cine americano como Posesión Infernal y similares. Así pues, ¿qué podemos esperar de su primera incursión en tierras yanquis? Pues una gamberrada monumental, una broma que quizá no tenga una gran calidad y cuyo guion sea tan absurdo como simple pero que propone una hora y media de diversión palomitera con chistes burdos, desmembramientos y escotes de vértigo.
Encabezada por Jeremy Renner (que tras meterse en la saga Bourne, en la de Misión Imposible y en Los Vengadores parece obsesionado por conseguir una franquicia que le asegure generosos dividendos en el futuro) y la ex chica Bond Gemma Artenton y con una recuperada Famke Janssen (la Jean Grey de X-men), la película nos cuenta en cinco minutos la tradicional historia de Hansel y Gretel, los niños que son abandonados en el bosque y se enfrentan a una bruja con una casita de chocolate (o de chuches, en este caso), para saltar inmediatamente quince años en el tiempo y presentarnos a una pareja de hermanos bien crecidita que se ganan la vida como caza recompensas, especializados, como no, en brujas. A partir de aquí todo es posible: brujas ninjas, siamesas, seductoras, armas de fuego inverosímiles, ballestas automáticas… Mil y un sinsentidos con una sola premisa: que no pare el ritmo. Como una versión casposa y barata (apenas ha costado cincuenta millones) del Van Helsing de Stephen Sommers, es todo una sucesión de gadges, persecuciones, tiroteos y sangre, mucha sangre, con un desquiciante sentido del humor.

Qué duda cabe que, una vez se enciende la luz y abandonamos la sala del cine, la película es totalmente olvidable, pero durante la proyección la diversión ha estado asegurada. Y dudo que Wirkola aspirase a mucho más.