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miércoles, 2 de octubre de 2019

RAMBO: LAST BLOOD

En 1982, un joven Sylvester Stallone trataba de conquistar a su público con personajes que fuesen más allá del mítico Rocky (ese fue el año de estreno de Rocky III), y el camino para conseguirlo sería con la adaptación de la novela Primera sangre de David Morrell, con la que su protagonista, un veterano de Vietnam acosado por los fantasmas de la guerra, se convertiría en un icono del cine.
Tras Acorralado (que es como se tradujo aquí lo de First blood) llegaría una secuela con guion de James Cameron y con un Stallone en plan estrella que elevaría el personaje a la condición de mito, algo que ni la inferior Rambo III logró estropear. Tuvo que haber un salto de veinte años para que alguien (el propio Stallone, ¿quién si no?) se animase a resucitar la saga con John Rambo y, no contentos con ello, llega ahora la que debería ser el colofón definitivo a la saga.
Rambo: last blood es la demostración de cómo muchos actores se conforman con malvivir de sus éxitos del pasado, y si bien a Stallone la jugada de estirar el chicle de Rocky con Creed (al menos en su estimable primera película), con el mercenario no está teniendo tanta suerte. La nueva Rambo es, sencillamente, mala y muchos son los problemas que impiden que se la pueda ver con buenos ojos, aun esforzándose por recurrir al cariño de unos años de glorias hipermusculadas.
Por un lado, este no es Rambo. Sí, se le parece (aunque la edad le ha hecho estragos), hace alguna mínima referencia a la guerra y en un momento dado dispara con un arco. Fin. Por lo que a la historia respecta, bien podría ser una secuela más de la saga Venganza o cualquier subproducto derivado. No se reconoce al personaje ni hay conexiones con el pasado (ni siquiera unos créditos finales con imágenes de películas anteriores consiguen evocar ese recuerdo) como para que esto sea la despedida que el icono se merece. Los años no pasan en balde y, por más que este Rambo parezca recuperarse de brutales palizas como por arte de magia, la verdad es que da la sensación de que en ningún momento debería poder lidiar con sus enemigos, pareciendo un abuelete de asilo al lado de tipos como John Wick o el Bryan Mills de Liam Neeson.
Por otro lado, nos encontramos con los peores villanos de la saga. Después de haberse enfrentado con ejércitos enteros, Rambo se encara ahora con una pandilla de proxenetas mexicanos que, ni de lejos, dan la sensación de ser un peligroso cartel. Dos idiotas (muy malos, eso sí) y un puñado de matones que controlan una red de prostitución de estar por casa.
Y, por último, y esto lo pongo en un pack porque son ya cuestiones puramente cinematográficas, la dirección y el propio guion. Mientras que el tal Adrian Grunberg (que en Vacaciones en el Infierno no me pareció tan malo) parece carecer del más mínimo concepto del ritmo narrativo y tiene afición por emborronar las escenas de acción para conseguir que no se entienda nada de lo que sucede en pantalla, el guion es tan plano y carente de un simple giro argumental que sorprenda (y despierte) al espectador que no puede más que provocar indiferencia ante lo que sucede en pantalla.
La historia es terriblemente limitada: Un familiar de Rambo es secuestrado, este intenta rescatarla, pero sin éxito y prepara unas trampas en su granja para matarlos a todos. Fin. Sí, en contra lo habitual os acabo de soltar un spoiler, pero si a estas alturas a alguien le preocupa conocer un spoiler de una película de Rambo es que la cosa se nos está yendo de las manos. El caso es que es todo exageradamente lineal. Las cosas van pasando en una apática continuidad y la película se reduce a más de una hora de aburrido dramón televisivo para desembocar en un aparente festival de violencia desmedida que, a la postre, tampoco es para tanto. Parece como si Grunberg quisiera hacer una orgía de sangre e higadillos, pero entre su cámara nerviosa y la oscuridad de las escenas, tampoco da ni para eso.
Desde luego, hay una violencia insana y hasta desagradable atufando toda la película, pero dudo que eso esté en el lado de las cosas positivas de un film que, si realmente es el colofón de la saga, supone un triste final para la leyenda de John Rambo, ya que por momentos se me antoja ridícula y, a la vez, sumamente desagradable, pues ni siquiera como festival gore me llega a funcionar.
Sly, pensaba que sabías hacerlo mejor, pero viendo las reacciones a tus últimos trabajos (ahí están las dos secuelas de Plan de escape estrenadas directamente en VOD) parece que no es así. Si hasta el propio Morrell ha renegado de su creación…
Lo dicho, una lástima.


Valoración: Tres sobre diez.

lunes, 17 de noviembre de 2014

MATAR AL MENSAJERO (7d10)

Gary Webb fue un laureado periodista norteamericano que saltó a la fama, sobre todo, por destapar conexiones entre la CIA y el narcotráfico de drogas procedente de Nicaragua.
La presente película, dirigida por Michael Cuesta, realizador curtido en televisión y acostumbrado al género de la intriga política por su trabajo en diversos capítulos de la serie Homeland, se centra en el periodo concreto en que Webb se dedicó a investigar el escándalo, desde sus primeros hallazgos hasta las consecuencias personales hacia su persona, sin entrar de lleno en el concepto del biopic ni querer perderse por derroteros divagando sobre su todavía no esclarecida muerte, a la que se refieren simplemente en los créditos informativos finales.
A priori, la elección de Jeremy Renner para dar vida al polémico periodista del San José Mercury News podría parecer arriesgada. Actor de demostrada solvencia, lleva años como eterna promesa (desde que se dejara ver por la sobrevalorada película de Kathryn Bigelow En tierra hostil) pero con sólo un gran éxito en su haber, y como secundario, Los Vengadores, pese a haber participado en franquicias tan valoradas como Misión Imposible, la saga Bourne o haberse puesto a las órdenes del afamado David O. Russell. No parecía, hasta ahora, ser capaz de pasar del simple secundario conocidillo, sin carisma suficiente para protagonizar un film con éxito, y en esta película, pese a su cacareado reparto lleno de estrellas, debe soportar él solito todo el peso de la trama. Pero lo cierto es que Renner no sólo sale airoso del intento, sino que consigue hacer suyo el personaje y componer un emotivo e intenso Webb, en un papel que son un caramelo envenenado para un actor por la cantidad de registros que ofrece, permitiéndole lucirse o fallar estrepitosamente.
Con Renner metiéndose al público en el bolsillo el otro elemento de la ecuación que funciona de maravillas es el propio Cuesta, que consigue desgranar una trama compleja de manera fácil de entender, sin perderse en el amplio abanico de nombres y personajes que pululan por la trama. Uno de sus principales aciertos en no condensar la trama sólo en la investigación periodística, sino abordar abiertamente la faceta más humana de Webb, de manera que sus problemas con su esposa e hijos o su confrontación con su editora y amiga del periódico supongan alivios narrativos a la gran cantidad de información que nos hacen digerir.
Otro acierto del film es su reparto, que aunque algo tramposo en su publicidad (muchos de los grandes nombres que aparecen en los trailers se reducen a meros cameos) sí ayuda, por lo menos, a identificar y poner cara a los nombres de los implicados en la trama, que de otra manera se perderían en el maremágnum de datos con los que el periodista trabaja. De esta manera, se pasean por ahí nombres como los de Andy García, Paz Vega,  Michael Kenneth Williams o Barry Pepper mientras que otros actores realizan apariciones vistas y no vistas como Ray Liotta, Richard Schiff, Michael Sheen o Robert Patrick, mientras que los únicos que realmente tienen posibilidades de lucirse un poco a la sombra de Renner son Mary Elizabeth Winstead, Rosemarie DeWitt y Oliver Platt.
Además, Cuesta no se conforma con explicar una historia de intriga con la consecuente crítica a los métodos más que discutibles del gobierno de los Estados Unidos en su política exterior, sino que, además, aprovechando la aparente caza de brujas a la que Webb fue sometido tras la publicación de su artículo, realiza una exposición crítica hacia el mundo del periodismo en general, que tiene como brillante colofón el discurso de Webb durante la entrega de un premio.
Webb no es un personaje perfecto, y arrastra un pasado reprochable y lleno de errores, pero aun así es fácil simpatizar con él e indignarse a su lado por el uso y abuso que hacen contra él sus propios colegas, por no decir ya las altas esferas.
Tras ver vilipendiado y desacreditado, todo el caso fue revelado por la propia CIA años más tardes, durante el mandato de Clinton, posiblemente demasiado tarde para resarcir al pobre Webb, lo cual nos invita a reflexionar de los métodos llevados a cabo por el gobierno de los Estados Unidos y hasta donde son capaces de llegar por conseguir primero sus objetivos y lograr después mantenerlos ocultos.
Eso sí, al final todo sale a la luz. Otra reflexión que nos deberíamos hacer a nivel local. La verdad, de una manera u otra termina por aflorar y los culpables suelen pagar. En España las cosas todavía son muy diferentes…
Sólo por ello (aparte de su calidad y del entretenimiento que proporciona) la película es imprescindible.


sábado, 15 de noviembre de 2014

LA IGNORANCIA DE LA SANGRE (6d10)

La ignorancia de la sangre (película) es una obra inicial, es decir, que no proviene de ningún film previo ni forma parte de ninguna saga, por más que su protagonista, Javier Falcón, ya haya sido visto en pantalla en otras ocasiones.
La ignorancia de la sangre (novela) es el cuarto título de una saga de Robert Wilson, a través de la cual el policía protagonista va definiéndose.
Ese es el principal (y casi único) escollo de la película. Manuel Gómez Pereira ha querido ser tan fiel al espíritu de la obra original que el espectador se pasa casi todo el metraje con la sensación de que le falta algo de información, de que hay un pasado en los personajes que desconoce. Y eso puede llegar a desorientar.
Este detalle aparte, La ignorancia de la sangre es un notable thriller policíaco que aúna tres tramas que pueden, o no, tener relación entre sí tan dispares como la presencia cada vez mayor de la mafia rusa en la Costa andaluza, el secuestro del hijo de Consuelo (brillante Paz Vega), la pareja del policía, y una trama interna y familiar alrededor de un español islamista en Marruecos.
Precisamente la relación entre Javier Falcón (un muy convincente Juan Diego Botto, quizá algo falto de nervio en alguna escena concreta) y Mercedes, cuya historia de amor proviene de las novelas anteriores, es lo que más desconcierta por la comentada falta de datos, aunque esto es algo que afecta más a la curiosidad propia del espectador (voyerista por vocación) que al desarrollo de la propia historia, para la que contamos con datos suficientes para dejarnos arrastrar por el mundo sucio y despiadado de prostitución y ejecuciones merced de una lucha entre bandas rusas.
Excelentemente filmada, aprovechando la belleza de las localizaciones sevillanas (Gómez Pereira sabe aprovechar la ciudad sin caer en tópicos más dignos de folletos turísticos que de cine de calidad), y demostrando en los momentos de acción su buena labor tras las cámaras, reivindicándose así ante quienes le acusan de ser un buen artesano pero falto de personalidad (no todo tiene porque tener el detallismo fotográfico de La Isla Mínima), uno de los detalles más aterradores de la historia está en la realidad que muestra con respecto a la cara más oscura de la ciudad (y de toda la costa, por extensión) en manos de gentes sin escrúpulos que no tienen reparos en esclavizar a sus chicas o decapitar por capricho. La película es ficción, por supuesto, pero la realidad está ahí, oculta bajo luces de neón y bailes exóticos.
Con un interesante trabajo actoral (la presencia de Alberto San Juan es más reducida pero muy intensa), el ritmo amenaza con decaer cuando una de las tramas desaparece de escena para dejar todo el protagonismo a la otra (no daré más detalles para no desvelar los giros de guion), provocando un falso clímax demasiado alejado del final del film que puede hacer que la duración del mismo se nos antoje elevada (apenas llega a las dos horas), pero Gómez Pereira sabe remontar el vuelo y alcanzar su meta con mano firme y emoción asegurada. Si es cierto, sin embargo, que malacostumbrados como estamos a realizadores como Daniel Monzón, Alberto Rodríguez o Alejandro Amenábar, La ignorancia de la sangre cae en alguno de los defectos más tópicos y denostados del mal llamado “cine español” en una escena innecesaria y que interrumpe el camino aparentemente cuesta abajo y sin frenos hacia el desenlace final, como si alguien hubiese pensado que era absurdo tener en el reparto a Paz Vega y no mostrarla desnuda, aunque sea gratuitamente, pero se trata de un defecto anecdotario que no debe enturbiar una excelente película de intriga ni mucho menos un trabajo actoral de la sevillana realmente sobrecogedor.
Con algún pero más culpa de un opinador quizá excesivamente quisquilloso que otra cosa, La ignorancia de la sangre es una muestra más del buen nivel que nuestro cine está demostrando últimamente, con un 2014 francamente espectacular.

lunes, 26 de mayo de 2014

GRACE DE MÓNACO (6d10)

Si nos olvidamos por un momento de su pasado hollywoodiense y vemos a Grace Kelly tan solo como la protagonista de un cuento de hadas que tras casarse con su príncipe azul descubrió que los finales felices no existen y que las perdices no eran su plato preferido, embajadora de causas perdidas y obras de beneficencia varias y condenada a un desenlace trágico (con accidente automovilístico por medio) resulta inevitable encontrar similitudes entre su vida y la de Diana de Gales, por lo que es tentador pensar que esta Grace de Mónaco va a ser la otra cara de la moneda del insulso film de Oliver Hirschbiegel Diana.
Casualidad o no, ambas producciones están protagonizadas por las amiguísimas Nicole Kidman y Naomi Watts, que a la larga resultaron ser lo mejor de los respectivos films , y en ambos casos se contó con directores europeos con algún título notable en su pasado.
Afortunadamente, y sin que Grace de Mónaco sea una gran obra, las similitudes con Diana finalizan aquí. Cierto es que las dos películas se centran en un episodio concreto de la vida de las respectivas princesas cenicientas (bueno, en el caso de la Kelly no tan cenicienta, que tenía un Oscar en su haber y ofertas de hasta un millón de dólares por película) y el desencanto que la presión de la realeza causa en sus deseos e inquietudes es el motor de arranque de las tramas, pero mientras Diana se convertía en un pasteloso telefilm romántico aburrido y sin más interés que comprobar si milagrosamente iba a surgir en algún omento algo de química entre sus protagonistas, en el caso que nos ocupa hay una trama política como telón de fondo, con un juego de intrigas palaciegas más o menos reales que, cuanto menos, entretienen y ayudan a digerir mejor la historia de la joven y guapa actriz que no logra encajar en su nuevo rol.
Aunque el matrimonio entre Grace Kelly y el príncipe Rainiero no pasa por su mejor momento y parte de la trama consiste en averiguar si la pareja puede salir adelante o no, hay una subtrama de traiciones y un enrarecido ambiente de hostilidad que logran mantener la intriga del espectador, y aunque no voy a negar que Nicole Kidman enla gran estrella dela función alrededor de la que gira todo, el conflicto entre Rainiero y Charles de Gaulle acapara suficiente la atención como para adivinar que el director Olivier
Daham pretendía coquetear con una trama coral, a la que se apuntan un Hitchcock brillantemente interpretado por Roger Ashton-Griffiths que da cien vueltas a la pantomima del año pasado perpetrada por Anthony Hopkins y la pareja Aristotle Onassis/Maria Callas a los que dan vida Robert Lindsay y Paz Vega con corrección.

Y después tenemos a los inmensos Frank Langella y Derek Jacobi cuya presencia en un reparto convierten la película en imprescindible.
Quizá por evitar posibles demandas (la casa Grimaldi ha estado siempre en contra de esta película), el film comienza con un rótulo que reza, más o menos, que se trata de una historia de ficción basada en la realidad, y esto es el primer punto negativo de Grace de Mónaco, pues pone en duda su propia verosimilitud e invita al espectador a sentirse descolocado ante lo que va a contemplar. Así, el decisivo papel de la princesa ante la crisis con Francia puede quedar como simple anécdota cuando debería ser el plato fuerte del film y lo que defina al personaje, más allá del proceso de aprendizaje al que se somete para lograr integrarse en la sociedad, un aprendizaje tardío y difícil de entender si tenemos en cuenta que han pasado ya más de seis años desde el matrimonio y que fruto del mismo hay ya dos hijos monegascos.
Aunque el parecido físico no sea exactamente un calco, Tim Roth cumple con creces como Rainiero III y Kidman, aunque ni de lejos tan guapa como la Kelly original y con mucha más edad que su personaje, recupera el glamour que parecía haber perdido en los últimos años y seduce lo suficiente como para poderla imaginar como la rubia preferida de Hitchcock o la protagonista de Mogambo.
Grace de Mónaco no gustó en su paso por Cannes, pero habría que preguntarse si los abucheos son para su calidad artística o por la imagen que ofrece de los franceses. No voy a aplaudirla a rabiar hasta que me sangren las manos ni me pelearé con nadie por defenderla, pero personalmente la encontré entretenida e interesante. La parte histórica me ayudó a descubrir algunas interioridades de un país que es más que un Casino y un premio de Fórmula 1 y la personalidad de la actriz está bien definida, convenciéndome la metáfora de que la transformación a princesa debe ser visto como un papel más en su carrera.

Infinitamente superior a Diana, más entretenida que Hitchcock y posiblemente comparable con aquella simpática Mi semana con Marilyn con la que comparte muchos recursos, aunque aquí el glamour de Hollywood no pueda ser más que intuido.

domingo, 10 de marzo de 2013

LOS AMANTES PASAJEROS (3d10)

Me gustaría comenzar esta crítica avisando de que no soy un gran seguidor de Almodóvar. No tengo nada contra él, pero el director manchego es tan especial y arrastra tantos seguidores como detractores que opinan sobre sus películas con tal pasión que creo interesante advertiros que yo no estoy en ninguno de esos dos grupos. Ni lo amo ni lo odio. En realidad conozco poco de su cine, supongo que básicamente por falta de interés, hasta tal punto que solo he visto tres de sus obras en las salas, curiosamente un melodrama (La flor de su secreto, que me interesó bastante, un declarado homenaje a Douglas Sirk que no fue de sus mayores éxitos), un thriller (La piel que habito, intensa y apasionante, no perfecta pero sí muy buena) y una comedia, esta que nos ocupa hoy, con la que dicen que vuelve a sus orígenes.
Y hago esta larga introducción para que sepáis que no conozco de primera mano esos orígenes (no busquéis aquí comparaciones con Mujeres al borde de un ataque de nervios  o Átame), pero si Los amantes pasajeros debe servirme como referencia del estilo Almodóvar sin duda debería entrar de cabeza en el grupo de los que lo odian y creer que cosas como La piel que habito son un accidente en su carrera. No obstante, prefiero ser generoso y creer que éste es el accidente y esperar a su siguiente proyecto, porque no encuentro en esta epopeya en un avión ni calidad ni humor ni nada que poder destacar. La película es, sencillamente, horrible, espantosa y desagradable, quizá de lo peor que he visto últimamente en un cine (forzosamente; esta película la veo en televisión y no llego al primer intermedio).
Cuando hablo de cine intento ser más racional que pasional (aunque sé que no siempre lo consigo), y eso me ha impedido hacer lo que me pedía el cuerpo y valorarla directamente con un cero patatero, ya que pienso que incluso la película más inmunda suele tener algo que salvar (y si no repasad mi crítica de The Master) y esta no va a ser la excepción. Almodóvar es un gran director y hay momentos en los que eso se nota, algunos encuadres son interesantes y la utilización del color puede considerarse brillante. Además un espectacular reparto (tanto los protagonistas como los amiguetes que simplemente pasaban por ahí) hace que la intensidad interpretativa sea alta. Pero aquí termina todo, y la balanza cae pesadamente sobre el lado negativo, empezando por un guion que si bien tiene una premisa curiosa termina mutando en un despropósito total que invita a pensar que Almodóvar debería empezar a plantearse, a estas alturas de su carrera, en dedicarse sólo a dirigir dejando la escritura en manos de otro profesional, ya que su desgaste –al igual que le está sucediendo a Woody Allen- es más que evidente.
Pasemos al argumento: después de que una distracción de  unos operarios del aeropuerto (ese gag/prólogo con Antonio Banderas y Penélope Cruz es una de las dos escenas salvables de la película, de la otra hablaré en breve) un avión en pleno vuelo se encuentra con que no pueden abrir el tren de aterrizaje. En espera de una solución, el comandante decide drogar a todo el pasaje para evitar una crisis, no teniendo suficiente tranquilizantes para los pasajeros de primera, que serán, junto con tres asistentes de vuelo y los dos pilotos (Hugo Silva y Antonio de la Torre), los protagonistas de esta ¿comedia? coral. Este es el punto de partida interesante y que podría desembocar en diversos estilos que Almodóvar se empeña en mezclar  (en lugar de elegir) de forma torpe y confusa. Según conocemos las historias internas de cada pasajero (en una especie de Gran Hermano aéreo) podríamos encontrarnos ante una película de intriga (tenemos a un asesino a sueldo –José María Yazpik-  que comparte espacio con su próxima víctima –Cecilia Roth- y una vidente que viaja a México es busca de unos desaparecidos –Lola Dueñas-), una crónica política (hay un político prófugo acusado de corrupción –José Luis Torrijo- y el aeropuerto donde finalmente tratarán de aterrizar lleva años construido y nunca se ha utilizado), una comedia loca (los tres asistentes –por no decir azafatos- son gays –Carlos Areces, Javier Cámara y Raúl Arévalo-  y tratan de rebajar la tensión con una actuación musical), un drama (por la historia del político que lleva años sin saber de su hija desaparecida que resulta que ahora trabaja de score –por no decir puta- o los momentos previos al aterrizaje forzoso que invitan a pensar que todo puede acabar en tragedia) o apostar por el tono romántico (un galán de cine –Guillermo Toledo-  huye de una relación destructiva –con Paz Vega- mientras comprende que abandonó e hirió a la chica que realmente merecía la pena –Blanca Suarez-). Pero el manchego quiere jugar todas las cartas a la vez, meterlas todas en una batidora y ofrecernos el batiburrillo resultante, sin importarle que sea inconexo o carezca de ritmo.
Pero quien considere mi crítica como un simple punto de vista –opinable, como todos-, resulta que comete aquí el señor Pedro un error de novato que me ayuda a cerrar toda posibilidad de debate. Si repasamos la gran totalidad de las críticas profesionales (tanto las que son a favor como las que son en contra, o incluso las más indiferentes) todo el mundo coincide en que lo mejor de la película es la secuencia protagonizada por Blanca Suarez, compartida con Carmen Machi, una secuencia que transcurre en tierra firme. De hecho, el único momento –quitando el arranque y el desenlace- que transcurre en tierra firme. Si una película cuya gracia reside en que todo sucede dentro de un avión resulta que su mayor logro está fuera… ¿no es muestra suficiente de que algo no funciona?
Pero no todos los defectos se centran en la decepción que provoca la falta de aprovechamiento de un buen punto de partida, sino la degradación total a la que se llega cuando, con la excusa de mezclar mescalina en agua de Valencia (gracias a los últimos pasajeros que faltaban por nombrar, unos recién casados interpretados –por decir algo, pues son los más flojos o peor aprovechados del casting- por Miguel Ángel Silvestre y Laya Martí), todo deriva en una bacanal sexual, filmadas con verdadero mal gusto y abusando de los chistes de cacapedoculopis que harían sonrojar a los propios hermanos Farrelly.  Si lo mejor que puede hacer Almodóvar con una buena idea y unos grandes actores (pese a todo Cámara sigue siendo inmenso, por más que sus esfuerzos para salvar esta mamarrachada sean estériles) sea un surtido de felaciones, “enculadas” y coitos despreciando cualquier atisbo de la más mínima moral y aplaudiendo el alcoholismo, las drogas y el vicio, pues casi mejor que se podría haber quedado en su casa manchega.
Quiero comentar también que Almodóvar siempre ha sido un icono gay. No me considero homófogo aunque tampoco conozco demasiado ese ambiente, pero si lo que se ve en el film pretende servir de referencia al mundo gay creo que les está haciendo un flaco favor.
Por supuesto, estoy hablando todo el rato de comedia porque así es como se ha definido la película, pero aún estoy esperando no sólo una carcajada sino una mínima sonrisa durante toda la proyección. Y o bien me quedé sordo ese día o puedo hablar también por el resto de la sala. Independientemente de que a alguien le puedan hacer más o menos gracia las guarradas (de eso se nutre la comedia americana durante los últimos años), esta película no tiene nada divertido y ni siquiera recuerdo un solo diálogo que pueda merecer la pena.
No quiero hacer leña, pero creedme. Es mala, muy mala. Y sentí incluso vergüenza de que próximamente vaya a ser representante del cine español. Solo el prólogo de Antonio y Pe y los momentos de Blanca Suarez se aguantan. Y eso es demasiado poco.

No diré si al final el avión se estrella o no, pero Pedrito, desde luego, sí lo ha hecho. Yo no odio a Almodóvar, pero otra película como esta y empezaré a hacerlo.