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lunes, 25 de noviembre de 2019

LA TRINCHERA INFINITA

Deslumbraron con Loreak y, aunque algo menos, lo volvieron a hacer con Handia, así que había mucha expectativa por la nueva película de Aitor Arregi, Jon Garaño y Jose Mari Goenaga.
A groso modo, La trinchera infinita podría definirse como “otra película más” de la Guerra Civil, lo que, englobándola en ese tópico despectivo del que tantas veces se acusa al cine español. Sin embargo, eso sería un grave error, por más que la temática parta con el conflicto y se extienda durante gran parte de la dictadura de Franco (en este sentido puede ser complementaria de la también excelente Mientras dure la guerra, otra película valiente y diferente sobre la Guerra Civil, diametralmente opuesta a esta en fondo y formas, pero hermandadas precisamente por eso mismo). Y es que es cierto que el arranque viene propiciado por la llegada de los nacionales a un pequeño pueblo de Andalucía donde arrestan o ejecutan a los militantes políticos del lugar, haciendo que un concejal, Higinio, intente huir primero y esconderse en un agujero en su propia casa después para tratar de sobrevivir. Eran los llamados “topos”, personajes reales de esa época que llegaron a pasar años, o incluso décadas, ocultos por temor a las represalias. Pero una vez sentadas las bases y planteado el conflicto, la cosa deriva hacia un relato intimista y muy claustrofóbico que va más allá de cualquier conflicto armado (al final la historia está ambientada en la guerra Civil española como podría estarlo en Bosnia, siria o cualquier lugar donde el miedo obligue a cometer actos desesperados) para centrarse en las relaciones personales.
Rosa es la esposa de Higinio, y ambos forman un matrimonio enamorados y unidos en la desgracia. Pero el paso del tiempo puede con todo y la situación comienza a desgastar hasta los corazones más fuertes. Los celos, los miedos y el deseo de libertad hacen mella en la pareja, convirtiendo así el relato en un análisis magistral de las relaciones humanas, permitiendo entonces que el conflicto pase a segundo plano.
Y mientras contemplamos con angustia como el paso del tiempo sigue su curso, un tercer personaje entra en escena planteando un nuevo debate. Higino ha desafiado al ejército y sigue oculto entre dos paredes, habituado a vivir como un ratón, pero, ¿lo hace eso ser un héroe o un cobarde? Esta es otra rama del drama que plantea La frontera infinita, que por momentos recuerda el sentido de claustrofobia de Buried pero que se extiende más allá del agujero inmundo que conforma toda la vida de Higinio, recordándonos que no es él la única víctima de la situación y que es quizá Rosa, condenada a toda una vida de mentiras y disimulos, quien lleva la carga más pesada.
Todo esto lo cuentan Aitor Arregi, Jon Garaño y Jose Mari Goenaga en los muchos momentos de asfixiante cotidianidad en los que, aparentemente, no está ocurriendo nada, pero de alguna manera consiguen que ese lento devenir de los acontecimientos se pegue a la piel del espectador, transmitiendo toda la angustia y la soledad de los protagonistas y no concediéndole ni un respiro. No hay espacio para el aburrimiento ni la desidia, y la sensación al salir del cine, a ver cielo abierto, es de total liberación.
Para ello, los directores apuestan por una puesta en escena opresiva, impidiendo que veamos con claridad lo que sucede en el mundo exterior, un mundo exterior muchas veces reducido a un agujero en la pared, tal y como lo está viviendo el propio Higinio, recurriendo a la cámara en mano en los escasos momentos de exteriores y a una fotografía muy detallada en manos de Javier Aguirre (también responsable de la no menos brillante pero visualmente opuesta Ventajas de viajar en tren).
Todo esto no sería posible, desde luego, sin dos grandes actores a los que aferrarse. Y aunque ya estemos acostumbrados a las portentosas interpretaciones de Antonio de la Torre (transformación física incluida) es Belén Cuesta (más dada a la comedia) quien se debería llevar todos los méritos, haciendo un trabajo encomiable y siendo ella quien logra la empatía total con el espectador. Eso sin desmerecer a ninguno de los secundarios, todos a gran nivel.
Es, pues, La trinchera infinita, la mejor película hasta la fecha de sus ya galardonados directores, una apuesta valiente y complicada que triunfa desde su simpleza y que se queda agarrada a la retina (y al corazón) del espectador hasta muchas horas después de su final.

Valoración: Nueve sobre diez.

sábado, 6 de octubre de 2018

EL REINO

Que Dios nos perdone fue uno de los thrillers más efectivos de hace un par de años. Ahora, Rodrigo Sorogoyen y Antonio de la Torre, director y protagonista de aquella, vuelven a reunirse en El reino, un nuevo thriller pero cambiando la intriga policíaca por la intriga política.
El reino no está inspirada en ningún caso real. ¿O sí? Teniendo sumo cuidado de no señalar a un lado o a otro, o mejor, señalando a ambos a la vez, El Reino puede tener como referencia a cualquiera de los últimos escándalos políticos que han azotado a este país.
Con una brillantez absoluta, De la Torre se mete en la piel de un político de éxito, de esos que se codean con las altas esferas, que les ríe las gracias y que tiene pie y medio en las alturas. Hasta que todo salta por los aires. Se destapa un caso de corrupción y pasa de héroe a villano de la noche a la mañana. Sus antaño amigos lo quieren llevar al matadero y es convertido en la cabeza de turco perfecta. Pero él está dispuesto a tirar de la manta si es necesario para salvar su propio pellejo.
La moraleja de la película está clara: nadie está limpio. Sorogoyen no pretende posicionarse políticamente, sino reflejar una realidad tan despreciable como preocupante, y aunque no sea la primera vez que este tema se trata en el cine español si es esta una de las ocasiones en que se hace con mayor eficacia.
El reino no es una simple película de denuncia. Es un retrato de como funcionan las cosas detrás de los despachos y es, también, una historia de intriga donde su elemento más ficcionado (esperemos), que incluye asesinatos y desapariciones, sirve para mantener la tensión y ayudar a empatizar al público con el personaje de De la Torre. Y es que esto es cine, y para que una película funcione necesitamos un protagonista junto al que sufrir.
Esto no significa, sin embargo, que haya un capítulo de redención para el político en cuestión. Eso del perdón corresponde, como rezaba su anterior película, a Dios. Aquí es la justicia la que debe hablar (si es que se puede creer en ella, que tampoco mucho), y por eso pensar que Manuel López-Vidal, que es como se llama el tipejo en cuestión, no es el gran villano del film sino uno más del rebaño tampoco es un gran consuelo. Así, Sorogoyen lo humaniza, recordándonos que es también padre y esposo, pero eso solo sirve para hacernos bajar las defensas. El mal sigue siendo el mal, y ahí está el personaje de Bárbara Lennie, tan fabulosa como es habitual en ella, para recordárnoslo. Pensando en ello, quizá la única lástima sea pensar que no hay demasiados periodistas como ella en la vida real.
El reino es, en fin, una magnifica película que si bien no nos explica nada que no sepamos sí nos muestra los entresijos de esa realidad con solvencia y eficacia, logrando el gran mérito de destripar asuntos políticos sin caer en ningún momento en el aburrimiento y propiciando una magnífica interpretación de Antonio De la Torre, que se supera película a película.

Valoración: Ocho sobre diez.

lunes, 7 de agosto de 2017

ABRACADABRA, interesante amalgama de géneros

Al ritmo contagioso de la popular canción de Steve Miller Band, Abracadabra es la nueva película de Pablo Berger tras la exitosa Blancanieves.
¿Cómo afronta un director con tan solo dos películas un nuevo proyecto después de tanto premio y reconocimiento? Lo sencillo habría sido seguir por la misma línea, pero Berger sorprende con una película que parece casi en las antípodas de su Blancanieves, aquella delicia muda y en blanco y negro que reinventaba el popular cuento con toques de tauromaquia y flamenco.
Si es cierto que hay un denominador común en toda la filmografía de Berger, esa panorámica de la España más castiza y cañí, por momentos casposa y siempre tópica. En Abracadabra no es diferente, y el arranque del film, con ese Madrid tan urbano y descolorido, tiene algo del Almodóvar más iniciático, con personajes femeninos que llevan el timón de la historia y maridos machistas y maltratadores, catetos operarios de obras y apasionados del futbol y la cerveza. Luego la cosa cambia, y Berger pasa del costumbrismo a una mezcla extraña de géneros que alterna el drama y la comedia con unos toques muy negros y mucho surrealismo.
Abracadabra cuenta la historia de Carmen y Carlos, un matrimonio ya gastado después de diecinueve años de convivencia que dará un vuelco cuando Pepe, primo de Carmen e hipnotista aficionado, meta por accidente el espíritu de un muerto en el cuerpo de Carlos. A partir de entonces, el marido cafre empezará a evidenciar pequeños cambios que hará dudar a Carmen sobre sus propios sentimientos. Un triángulo amoroso bastante poco común donde el “inquilino” espectral tendría todas las de ganar de no ser que en vida fue un desequilibrado asesino.
No siempre consigue salir Berger airoso de sus cambios de rumbo, habiendo momentos tan divertidos como estúpidos (la escena del vendedor inmobiliario, por ejemplo) que están a punto de arruinar la película. Sin embargo, como si de un espectáculo de equilibrismo más que de magia se tratase realmente, Berger camina sobre el cable sin llegar a perder pie nunca, y con sus errores y desvaríos el conjunto general nunca llega a estropearse, alcanzando un brillante desenlace final (aquí quizá los referentes pasarían a ser Woody Allen) con una amarga pero estimulante conclusión.
Muchos son los grandes actores que pululan por aquí, algunos bordando la mejor interpretación de sus carreras, como es el caso de José Mota, impecable como hilo conductor y elemento cómico, otros parecen limitarse a pasárselo estupendamente, como el excesivo Josep María Pou. Hay también cameos inesperados, como Julián Villagrán, rostros de los de toda la vida, como Janfri Topera, y la sorpresa de Quim Gutiérrez. Pero las dos perlas de la función son, sin duda, Antonio de la Torre, que tras tantos papeles introvertidos y callados sorprende con la vis cómica que demuestra en este desdoblado papel, y, sobre todo y ante todo, Maribel Verdú. Verdú está sublime, coqueteando con la españolita choni sin caer nunca en la caricatura y sabiendo transformarse a medida que su personaje va pasando por diversos estados de ánimo en función a los giros de guion que sufre. Maribel Verdú, que ya era lo mejor de Blancanieves, se hace con la película, consiguiendo por sí misma que las pocas veces que el guion flojea la película no llegue nunca a resentirse.
En resumen, arriesgada película de Berger, que parece copiar esa moda de la comedia de cuñados que tanto se prodiga últimamente para darle una vuelta de tuerca y pi8llar con el pie cambiado al espectador. Posiblemente esto haga que no todo el mundo se deje atrapar por su película, pero más allá de su calidad (que, como todo, siempre es opinable), su valentía y aplomo la convierten en un visionado imprescindible para este verano.

Valoración: Siete sobre diez.

lunes, 31 de octubre de 2016

QUE DIOS NOS PERDONE: otra muestra del gran momento del cine policíaco en España.

Es ya un hecho demostrado que el thriller policíaco es el género que mejor define al cine español actual y Que Dios nos perdone es el último ejemplo de una película argumentalmente intensa y emocionante pero de gran calidad interpretativa.
Sin embargo, no recuerdo demasiados serial killers en nuestra cinematografía, lo cual sí que ofrece un punto novedoso. Con Rodrigo Sorogoyen haciendo un magnífico trabajo tras las cámaras, la película narra la aparición de un asesino en serie en Madrid en el año 2011, coincidiendo con la visita del Santo Papa a la capital y el trabajo de una pareja de policías empeñada en capturarlo. La premisa puede antojarse tópica y habitual, pero insisto en el buen momento que el género tiene en nuestro país y en la personalidad con que se está sabiendo tratar. Por eso, rompiendo esquemas, Que Dios nos perdone no responde al perfil de psicópata calculador y sibilino, sino que tiene una sordidez que se acerca al Seven de David Fincher. No en vano se trata de un violador de ancianas.
Por otro lado, durante gran parte del metraje, el asesino en cuestión parece una mera excusa para poder seguir de cerca a los policías protagonistas, como sucediera ya en La Isla Mínima, dos “héroes” que tienen tantas tonalidades oscuras en sus vidas privadas como el propio asesino. Estamos, pues, ante un trío de personajes que no merece ninguno la simpatía por parte del espectador, algo que ya comentaba hace poco al respecto de la película La chica del tren, pero que, a diferencia de aquella, no impide el buen funcionamiento del film. Quizá se deba a que el desarrollo de personajes está muy bien elaborado por parte de los guionistas (Sorogoyen y su colaboradora habitual Isabel peña), al gran trabajo del director para repartir los tiempos de la acción, o a la labor de los actores protagonistas, en especial unos grandiosos Antonio de la Torre (en un papel tan contenido como el de Tarde para la ira pero a la vez completamente diferente) y Roberto Álamo que son el verdadero alma de la película. El precio a pagar, no obstante, es la debilidad que se refleja en el resto de segundarios, apenas definidos en débiles pinceladas.
Que Dios nos perdone es una película sucia, que no busca reflejar en ningún momento la belleza de la ciudad ni sus puntos de referencia. Por el contrario, muestran la cara más amarga y vil de Madrid, quizá como reflejo de la propia sociedad que la ocupa. Es, sin embargo, esa crudeza, esa incomodidad incluso que algunas escenas producen, lo que convierten Que Dios nos perdone en una gran película, y a Rodrigo Sorogoyen, con solo dos películas en su currículo, a un director muy a tener en cuenta.

Valoración: Ocho sobre diez.

martes, 13 de septiembre de 2016

TARDE PARA LA IRA: Cautivador debut de Arévalo como director.

No es ninguna novedad que el cine español actual está plagado de thrillers negros con muy buena factura. La isla mínima o Cien años de perdón son dos buenos ejemplos de ellos en los que, además, coincide un intérprete concreto: Raúl Arévalo. Además, ambas películas se caracterizan por tener una factura impecable, una realización que nada tiene que envidiar a las grandes producciones americanas.
Para su debut como director, Arévalo se ha servido de ese mismo género pero dándole la vuelta a la tortilla. Tarde para laira es una historia sucia, desgarradora, y como tal, se localiza en la España más costumbrista, en una España de barrio, de pueblo, casi en las antípodas de lo se venía haciendo últimamente.
Escrita por el propio Arévalo junto a David Pulido, Tarde para la ira es una película que ha necesitado de casi diez años para su creación, lo cual le ha servido al novel director para lograr imponer el estilo y la personalidad deseados, sin imposiciones de la productora. Por eso, es meritorio que en un primer trabajo se demuestre una personalidad tan brutal y una claridad de ideas tan notoria que hacen de esta película una gran propuesta y de Arévalo un director a seguir muy de cerca.
Tarde para la ira arranca con planos muy cortos, casi claustrofóbicos, como invitándonos a participar de las vidas de los protagonistas, unos Antonio de la torre y Luis Callejo que están sensacionales en su brillante ejercicio de contención. A ritmo muy lento, rozando la impasividad, la película se va fraguando hasta que se produce su primer gran giro de guion y entonces todo cambia, desde el ritmo hasta la composición visual. Sin entrar en detalles, diremos sólo que Tarde para la ira es una película de venganza, pasional y violenta, que sabe medir sus fuerzas para rozar unos límites que nunca llega a traspasar. La primera media hora es casi desesperante por su escasez narrativa. El final es casi excesivo. Y la clave de todo ello, y el gran valor de Arévalo, es lograr ese “casi” sin superarlo, sin estropear una historia sencilla pero contundente y unos personajes donde no hay realmente buenos y malos (sino todo lo contrario) movidos por el amor y la desesperación.
Tarde para la ira es una película muy próxima, en la que casi se huele la suciedad de las calles y el refrito de los bares, y donde De la Torre consigue con sus miradas vacías y sin alma (aparente) lo que muchos no logran con grandes diálogos.
Magnífico debut como realizador de un ya de por sí gran actor y magnífica película que logra desesperar y cautivar por igual.

Valoración: siete sobre diez.

lunes, 4 de mayo de 2015

FELICES 140 (6d10)

Resulta curiosa e incluso desconcertante la nueva película protagonizada por una Maribel Verdú que se me antoja mejor a medida que pasan los años y que aquí lleva toda la voz cantante, por más que se rodee de un reparto ciertamente interesante.
Dirigida por Gracia Querejeta a partir de un guion de Santos Mercero la película arranca como una suerte de Los amigos de Peter a la española cuando Elia, la protagonista, decide reunir a la vieja pandilla en una casa rural para celebrar su cuadragésimo cumpleaños. Sin embargo, tras esa invitación se esconde una doble intención, ya que Elia quiere aprovechar para comunicar también a sus seres más queridos que es la única ganadora del Euromillones, exactamente de un bote de 140 millones de euros.
Todo pinta a comedia costumbrista que reflexiona sobre la amistad, el paso del tiempo y las heridas no cicatrizadas, algo parecido a lo que sucedía en el magnífico título de Kenneth Branagh que también describía un reencuentro entre amigos con un secreto de fondo. Una premisa argumental que se ha visto muchas veces en cine pero que suele funcionar francamente bien.
Hay, sin embargo, un giro argumental a mitad del metraje que retuerce el concepto y provoca que nos encontremos en dos películas diferentes dentro de una. Y ahí es donde Felices 140 se topa con su principal virtud y su mayor problema.
Ese jugar con los géneros le facilita el diferenciarse de las principales referencias, cambiando el punto de vista y convirtiendo al nuevo elemento introducido en el motor sobre lo que gira todo (que en el fondo no es la amistad, como parecía al principio, sino el dinero). Corre el riesgo, sin embargo, que ese cambio de estilo resulte indigesto y haya quien, incluso, se sienta decepcionado al encontrarse ante una película que no es la que esperaba.
Personalmente, creo que las dos intenciones casan muy bien, y que el ritmo de la historia no decae en ningún momento, siendo la transición argumental muy adecuada y echando tan solo en falta un final algo más alargado. Ello es mérito del guion y del buen trabajo de Querejeta tras las cámaras, que sabe aprovecharse además del paisaje canario que rodea el lugar del reencuentro, pero no se puede negar que la cualidad principal de la película hay que encontrarla en su reparto, con una inmensa Maribel Verdú que luce por encima de todos pero con la labor siempre excelente de Antonio de la Torre y Eduard Fernández, sin desmerecer a Nora Navas, Marian Álvarez, Alex O’Dogherty, Paula Cancio o Marcos Ruíz.
Sin caer en excesos, Felices 140 tiene sus momentos de humor y de drama, de buenos sentimientos y de odiosas decisiones, y sin llegar a ser una película perfecta logra emocionar e invita a la reflexión sin atufar por ello a pretenciosidad.
Simpática, entretenida y muy recomendable, siempre y cuando no nos indigestemos con tanta mala leche.

martes, 30 de septiembre de 2014

LA ISLA MÍNIMA (8d10)

Dirigida por Alberto Rodríguez, quien ya sorprendiera en el 2012 con Grupo 7, y protagonizada por unos excelentes Javier Gutierrez y Raul Arévalo, que rompen aquí con sus interpretaciones habituales (más dirigidas a la comedia) para componer unos personajes complejos y reflexivos, La Isla Mínima es un excelente ejercicio de autor, una obra milimétricamente calculada para que todo cuadre con una precisión milimétrica, consiguiendo que una historia angustiosa y perturbadora no sea en realidad más que el telón de fondo para indagar en la personalidad de dos hombres contrapuestos y, por extensión, en la realidad de una sociedad, la española, que en aquel lejano ya 1980 luchaba todavía por encontrar su sentido en una época de transición y cambios.
La trama arranca cuando Juan y Pedro, dos policías completamente fuera de su ambiente, llegan a un perdido pueblo ubicado en las marismas del Guadalquivir a investigar la desaparición de dos niñas. Rodeados por un ambiente que, pese a sus espacios abiertos, resulta claustrofóbico, los agentes deberán mimetizarse con un pueblo cerrado y hostil donde nada será lo que parece y los secretos parecen aflorar en cada esquina, incluso entre ellos mismos.
La Isla Mínima es un relato sobre la España rural, esa España alejada de las grandes urbes para la que el tiempo parece transcurrir de forma diferente a la del resto de la sociedad y donde sus habitantes están dispuestos a hacer lo que sea con tal de escapar del lugar. Algo parecido a los relatos sobre la América Profunda que tanto gustan al otro lado del charco y sobre la que la semana anterior tuvimos un buen ejemplo con Joe. Por ello, el primer elemento que destaca del film es la espectacular fotografía de Alex Catalán que consigue mostrar la hipnótica belleza del lugar mediante planos cenitales para luego arrastrarnos en un paisaje  radicalmente contrapuesto cuando nos lleva a pie de suelo.
Muchos han querido ver referencias de Paul Schrader o John Sturges, pero yo no me voy tan lejos y reconozco en Rodríguez dejes del mejor David Fincher, con retazos de Zodiac y alguna imagen que evoca a la inminente (y esperada) Perdida. Pero el mayor hándicap con que se va a encontrar La Isla Mínima (tal y como le sucediera hace unos años a la Blancanieves de Pablo Berger con respecto a The Artist) es la inevitable comparación con la serie de la HBO True Detective. Y no es para menos. No cabe duda que es cuestión de casualidad y suerte (mala) el haber coincidido en el tiempo, y aunque ninguna de las dos ha podido mirarse en la otra las similitudes son apabullantes, como si pertenecieran a las caras opuestas de un mismo espejo.
Ambas versan sobre la relación de dos policías de caracteres e ideologías contrapuestas, se basan en una atmósfera malsana y enfermiza para explicarnos una historia de asesinatos de chicas jóvenes y, lo más importante, en ambos casos la investigación policial no es más que una mera excusa para enseñarnos esas historias secundarias, esos relatos que no están totalmente presentes pero se palpan en el ambiente, contagiándonos y angustiándonos. Sin embargo, mientras en aquella la relación entre los personajes se establecía mediante conversaciones en ocasiones interminables y a menudo cargadas de una pomposidad y pedantería extrema, en esta se suple con silencios y miradas. Tal es la genialidad de los actores que no necesitan más.
Podríamos hablar de la muerte de la inocencia, de la depravación del ser humano, centrándonos para ello en una trama criminal que, quizá sea lo que más flojea en su resolución final, pero, como en la serie de Nic Pizzolatto, hay cosas más importantes que contar. Y todo ello teniendo en cuenta que apenas sabemos nada de los protagonistas y lo poco que se nos explica es a pinceladas ligeras que nos deja con ganas de saber más, aunque no lo necesitemos para poder comprenderlos.
Ligeramente inspirada en el caso de las Niñas de Alcácer, La Isla Mínima remite a esa época postfranquista donde cada uno está buscando todavía su lugar en la nueva sociedad, en una ruptura entre lo viejo y lo nuevo, que se define de forma metafórica en las identidades y pensamientos de Juan y Pedro.
Para ello, los actores demuestran encontrarse en estado de gracia, con interpretaciones contenidas llenas de matices e intenciones cargadas de claro sombras, llegando a desconcertar por momentos. Junto a ellos, destacan también Antonio de la Torre, inquietante, y Jesús Castro, que como ya le sucediera en El Niño, consigue transmitir lo que su personaje le pide pero demostrando sus limitaciones hasta el punto que sus tics en ambas películas son prácticamente los mismos.
En resumen, La Isla Mínima va más allá de una simple historia de asesinatos. Es adictiva y emocional y tiene algunas secuencias bestialmente arrebatadoras, consiguiendo conformar una película indudablemente excelente, casi de lo mejor del año.
Pero claro, siempre habrá el que siga diciendo que el cine español solo son tetas y Guerra Civil… En fin…



martes, 17 de septiembre de 2013

LA GRAN FAMILIA ESPAÑOLA (6d10)

No hay ninguna duda que las comedias alrededor de las bodas son casi un subgénero propio. Tras títulos tan recordados como El padre de la novia, Los padres de ella o la reciente y flojita La gran boda llega a las carteleras la versión a la española de todas ellas, un retrato de una familia “tipo” que ante las complicaciones que supone la celebración de una boda deben quitarse las caretas y desnudarse unos a otros, aflorando la realidad que se oculta tras los buenos sentimientos y las sonrisas forzadas.
Ese es el planteamiento de la nueva película de Daniel Sánchez Arévalo, que tras Azuloscurocasinegro, Gordos y Primos se ha convertido en un referente en la comedia de este país y un artista (tanto como director como en su faceta de guionista) muy a tener en cuenta. Con un amplio reparto, La gran familia española nos cuenta en cuatro pinceladas la historia de un matrimonio que se enamoraron viendo  Siete novias para siete hermanos y trataron de emular a los protagonistas de la película de Stanley Donen hasta descubrir que la vida no es tan bonita como en el cine y acabar en un doloroso divorcio, con cinco hijos y una nieta (con nombre de chico, para seguir la tradición) como herencia. Ahora, el pequeño de los hermanos se dispone a casarse con su novia de toda la vida, embarazada para más señas, con la que espera conseguir el “séptimo hermano” y cumplir con el sueño roto de padre, gravemente afectado del corazón.
Comienza así un día de locura que, para más inri, coincidirá con la final del Mundial de fútbol que España juega contra Holanda, produciéndose así dos historias paralelas, la protagonizada por esta arquetípica familia por un lado con inciertos resultados y la de conocido final feliz llevada a cabo por Iniesta, Casillas y compañía.
Quiere Sánchez Arévalo hacer un homenaje al cine que más admira (Siete novias para siete hermanos no es solo una excusa argumental, con las imágenes originales del film se abre y cierra esta película), cayendo quizá en las trampas de este. En su esfuerzo por dibujar a una familia española tipo, como anuncia el título, el director cae al lado contrario, enredándose con tópicos que si bien funcionan con corrección quitan un punto de realismo al asunto. Así, el tema del infarto en medio de la boda, el personaje deficiente, la prima zorrona, o los triángulos amorosos (dos hay en esta boda, aunque resueltos de maneras diferentes), son algo más habitual en el cine que en cualquier boda española habitual, cuya identidad con la realidad se demuestra, básicamente, en la importancia del partido de futbol por encima de convites y otras monsergas.
La película funciona con bastante corrección, pero esquivando el humor absurdo y desenfrenado y resaltando demasiadas situaciones dramáticas como para poder definirla abiertamente como comedia. Y aquí se encuentra tanto su mayor acierto como su principal tara. Por un lado, es de aplaudir que los personajes tengan cara y ojos e inviten a la reflexión a través de las historias paralelas que ocultan cada uno de ellos, sus dramas personales que impera por encima de todo hasta llegar a la conclusión de que lo verdaderamente importante es la unión familiar, mientras que por otro lado, la montaña rusa sentimental que se propone, alternando situaciones difíciles con momentos desternillantes llega a desconcertar, haciendo dudar al espectador sobre si debe reír o llorar o ambas cosas a la vez.
Con todo, la película es sumamente entretenida y los actores están todos de aprobado, consiguiendo Sánchez Arévalo un retrato triste de una familia española pero invitando al optimismo y la esperanza (quizá poco creíble pero de agradecer), aderezada con una bien seleccionada banda sonora.

Y como guinda el pastel, y personen ustedes el spoiler, el gol de Iniesta. ¿Qué más se puede pedir?

domingo, 10 de marzo de 2013

LOS AMANTES PASAJEROS (3d10)

Me gustaría comenzar esta crítica avisando de que no soy un gran seguidor de Almodóvar. No tengo nada contra él, pero el director manchego es tan especial y arrastra tantos seguidores como detractores que opinan sobre sus películas con tal pasión que creo interesante advertiros que yo no estoy en ninguno de esos dos grupos. Ni lo amo ni lo odio. En realidad conozco poco de su cine, supongo que básicamente por falta de interés, hasta tal punto que solo he visto tres de sus obras en las salas, curiosamente un melodrama (La flor de su secreto, que me interesó bastante, un declarado homenaje a Douglas Sirk que no fue de sus mayores éxitos), un thriller (La piel que habito, intensa y apasionante, no perfecta pero sí muy buena) y una comedia, esta que nos ocupa hoy, con la que dicen que vuelve a sus orígenes.
Y hago esta larga introducción para que sepáis que no conozco de primera mano esos orígenes (no busquéis aquí comparaciones con Mujeres al borde de un ataque de nervios  o Átame), pero si Los amantes pasajeros debe servirme como referencia del estilo Almodóvar sin duda debería entrar de cabeza en el grupo de los que lo odian y creer que cosas como La piel que habito son un accidente en su carrera. No obstante, prefiero ser generoso y creer que éste es el accidente y esperar a su siguiente proyecto, porque no encuentro en esta epopeya en un avión ni calidad ni humor ni nada que poder destacar. La película es, sencillamente, horrible, espantosa y desagradable, quizá de lo peor que he visto últimamente en un cine (forzosamente; esta película la veo en televisión y no llego al primer intermedio).
Cuando hablo de cine intento ser más racional que pasional (aunque sé que no siempre lo consigo), y eso me ha impedido hacer lo que me pedía el cuerpo y valorarla directamente con un cero patatero, ya que pienso que incluso la película más inmunda suele tener algo que salvar (y si no repasad mi crítica de The Master) y esta no va a ser la excepción. Almodóvar es un gran director y hay momentos en los que eso se nota, algunos encuadres son interesantes y la utilización del color puede considerarse brillante. Además un espectacular reparto (tanto los protagonistas como los amiguetes que simplemente pasaban por ahí) hace que la intensidad interpretativa sea alta. Pero aquí termina todo, y la balanza cae pesadamente sobre el lado negativo, empezando por un guion que si bien tiene una premisa curiosa termina mutando en un despropósito total que invita a pensar que Almodóvar debería empezar a plantearse, a estas alturas de su carrera, en dedicarse sólo a dirigir dejando la escritura en manos de otro profesional, ya que su desgaste –al igual que le está sucediendo a Woody Allen- es más que evidente.
Pasemos al argumento: después de que una distracción de  unos operarios del aeropuerto (ese gag/prólogo con Antonio Banderas y Penélope Cruz es una de las dos escenas salvables de la película, de la otra hablaré en breve) un avión en pleno vuelo se encuentra con que no pueden abrir el tren de aterrizaje. En espera de una solución, el comandante decide drogar a todo el pasaje para evitar una crisis, no teniendo suficiente tranquilizantes para los pasajeros de primera, que serán, junto con tres asistentes de vuelo y los dos pilotos (Hugo Silva y Antonio de la Torre), los protagonistas de esta ¿comedia? coral. Este es el punto de partida interesante y que podría desembocar en diversos estilos que Almodóvar se empeña en mezclar  (en lugar de elegir) de forma torpe y confusa. Según conocemos las historias internas de cada pasajero (en una especie de Gran Hermano aéreo) podríamos encontrarnos ante una película de intriga (tenemos a un asesino a sueldo –José María Yazpik-  que comparte espacio con su próxima víctima –Cecilia Roth- y una vidente que viaja a México es busca de unos desaparecidos –Lola Dueñas-), una crónica política (hay un político prófugo acusado de corrupción –José Luis Torrijo- y el aeropuerto donde finalmente tratarán de aterrizar lleva años construido y nunca se ha utilizado), una comedia loca (los tres asistentes –por no decir azafatos- son gays –Carlos Areces, Javier Cámara y Raúl Arévalo-  y tratan de rebajar la tensión con una actuación musical), un drama (por la historia del político que lleva años sin saber de su hija desaparecida que resulta que ahora trabaja de score –por no decir puta- o los momentos previos al aterrizaje forzoso que invitan a pensar que todo puede acabar en tragedia) o apostar por el tono romántico (un galán de cine –Guillermo Toledo-  huye de una relación destructiva –con Paz Vega- mientras comprende que abandonó e hirió a la chica que realmente merecía la pena –Blanca Suarez-). Pero el manchego quiere jugar todas las cartas a la vez, meterlas todas en una batidora y ofrecernos el batiburrillo resultante, sin importarle que sea inconexo o carezca de ritmo.
Pero quien considere mi crítica como un simple punto de vista –opinable, como todos-, resulta que comete aquí el señor Pedro un error de novato que me ayuda a cerrar toda posibilidad de debate. Si repasamos la gran totalidad de las críticas profesionales (tanto las que son a favor como las que son en contra, o incluso las más indiferentes) todo el mundo coincide en que lo mejor de la película es la secuencia protagonizada por Blanca Suarez, compartida con Carmen Machi, una secuencia que transcurre en tierra firme. De hecho, el único momento –quitando el arranque y el desenlace- que transcurre en tierra firme. Si una película cuya gracia reside en que todo sucede dentro de un avión resulta que su mayor logro está fuera… ¿no es muestra suficiente de que algo no funciona?
Pero no todos los defectos se centran en la decepción que provoca la falta de aprovechamiento de un buen punto de partida, sino la degradación total a la que se llega cuando, con la excusa de mezclar mescalina en agua de Valencia (gracias a los últimos pasajeros que faltaban por nombrar, unos recién casados interpretados –por decir algo, pues son los más flojos o peor aprovechados del casting- por Miguel Ángel Silvestre y Laya Martí), todo deriva en una bacanal sexual, filmadas con verdadero mal gusto y abusando de los chistes de cacapedoculopis que harían sonrojar a los propios hermanos Farrelly.  Si lo mejor que puede hacer Almodóvar con una buena idea y unos grandes actores (pese a todo Cámara sigue siendo inmenso, por más que sus esfuerzos para salvar esta mamarrachada sean estériles) sea un surtido de felaciones, “enculadas” y coitos despreciando cualquier atisbo de la más mínima moral y aplaudiendo el alcoholismo, las drogas y el vicio, pues casi mejor que se podría haber quedado en su casa manchega.
Quiero comentar también que Almodóvar siempre ha sido un icono gay. No me considero homófogo aunque tampoco conozco demasiado ese ambiente, pero si lo que se ve en el film pretende servir de referencia al mundo gay creo que les está haciendo un flaco favor.
Por supuesto, estoy hablando todo el rato de comedia porque así es como se ha definido la película, pero aún estoy esperando no sólo una carcajada sino una mínima sonrisa durante toda la proyección. Y o bien me quedé sordo ese día o puedo hablar también por el resto de la sala. Independientemente de que a alguien le puedan hacer más o menos gracia las guarradas (de eso se nutre la comedia americana durante los últimos años), esta película no tiene nada divertido y ni siquiera recuerdo un solo diálogo que pueda merecer la pena.
No quiero hacer leña, pero creedme. Es mala, muy mala. Y sentí incluso vergüenza de que próximamente vaya a ser representante del cine español. Solo el prólogo de Antonio y Pe y los momentos de Blanca Suarez se aguantan. Y eso es demasiado poco.

No diré si al final el avión se estrella o no, pero Pedrito, desde luego, sí lo ha hecho. Yo no odio a Almodóvar, pero otra película como esta y empezaré a hacerlo.