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lunes, 15 de julio de 2019

A PESAR DE TODO

Cuarta película de Netflix de producción española tras 7 añosFe de etarras y ¿Qué te llevarías a una isla desierta? (esta última la tengo pendiente) y parece que la racha se ha truncado, ya que la propuesta que dirige la argentina Gabriela Tagliavini es la más floja hasta la fecha.
Lo que no se le puede negar a A pesar de todo es su espectacular reparto. Tras un cuarteto protagonista de auténtico lujo (Blanca Suárez, Macarena García, Amaia Salamanca y Belén Cuesta), el elenco de secundarios es casi interminable: Juan diego, Joaquín Climent, Maxi Iglesias, Carlos Bardem, Tito Valverde, Emilio Gutiérrez Caba, Marisa Paredes, Rossy de Palma y hasta un breve cameo de Teresa Rabal. Sin embargo, ello no oculta los muchos defectos de una comedia muy plana, simplona y sin la gracia necesaria en los momentos cómicos ni el sentimentalismo apropiado en los dramáticos, los que provoca que la unión entre estos, por supuesto, no case adecuadamente.
A pesar de todo cuenta la historia de cuatro hermanas muy diferentes entre sí que viven bastante distanciadas hasta que la muerte de su madre las reúne y las obliga a entenderse cuando, tras la lectura del testamente, descubren que la persona que creían que era su padre no lo era y deberán seguir una serie de pistas para descubrir quien o quienes son sus verdaderos padres.
La historia es muy sencillita, y aunque no aporta nada extremadamente original (hasta Mamma mía! tenía más trasfondo) el guion se puede llegar a aceptar con simpatía y un puntito de complicidad. Los actores están bien, en especial ellas cuatro, que se entregan a su trabajo lo mejor que pueden. ¿Dónde radica, pues, el problema? Claramente, en la dirección. Tagliavini fracasa por completo en su puesta en escena, no consiguiendo sacar todo el partido posible al sensacional reparto, equivocándose casi siempre a la hora de colocar la cámara, estando torpe con las cámaras lentas y los cambios de ritmo y hasta desaprovechando el Madrid que actúa como telón de fondo y que se nota que pretende emplear a modo postal sin saber hacerlo.
Es una lástima, porque reunir a semejantes actrices para algo tan superfluo es un desperdicio, aunque por lo menos la duración de la película es tan breve (apenas ochenta minutos) que al menos no hay tiempo de aburrirse y, aunque solo sea por ellas, se puede ver como mera distracción.


Valoración: Cinco sobre diez.

lunes, 31 de diciembre de 2018

TIEMPO DESPUÉS

Hace ya la friolera de tres décadas que se estrenó Amanece que no es poco, una extraña película que, rozando el humor absurdo y surrealista, se ha convertido en ora de culto, contando con una legión de seguidores autodenominados los Amanecistas. En ese tiempo, su director, José Luis cuerda, ha intercalado la realización de otras películas de humor con algunas más serias, pero nunca había abrazado con tanta firmeza ese estilo tan personal que le dio la fama hasta esta Tiempo después, que, aunque argumentalmente no siga los pasos de su clásico, sí puede considerarse una secuela espiritual del mismo.
Ignorada en su momento, tampoco es que esta especie de recuperación lo haya tenido muy fácil para salir adelante, siendo necesaria la implicación de una generación de cómicos que aseguran haberse visto influenciados en sus carreras por Amanece… para impulsar la existencia de Tiempo después. Nombres como Arturo Valls o Andreu Buenafuente figuran entre los productores, mientras que en el reparto destacan también Berto Romero o Joaquín Reyes, mezclándose con veteranos como Miguel Rellán, Manolo Solo o Gabino Diego.
Tiempo después puede entenderse como una continuación apócrifa de Amanece…, como u homenaje melancólico hacia aquella o como una despedida artística de Cuerda. O quizá como las tres cosas en una. Es, quizá, esa mezcla de intenciones lo que debilita una película que tiene los mimbres para volver a ser divertidamente absurda pero que se queda muy por debajo de sus aspiraciones.
Con Roberto Álamo y Blanca Suarez como protagonistas principales, la película es una sátira política que banaliza el momento social actual de manera nada sutil e incluso machacona, y diálogos delirantes se entremezclan con chistes demasiado tontos, confundiéndose a veces el surrealismo con el sinsentido. Hay unas ideas muy brillantes de base, pero que no terminan de funcionar del todo al extenderse, haciendo en muchas ocasiones que el chiste sea cansino y repetitivo, de manera que es el tráiler mucho mas delirante y grandioso que la propia película. Sirva como ejemplo la jerga florida y petulante que usan la mayoría de los protagonistas, genial en boca de algún personaje concreto pero agotadora al extenderlo indiscriminadamente.
El abuso de los cameos tampoco ayuda demasiado, resultando un recurso fácil para buscar la conexión con el público (en mi sala, las mayores risas sonaron con la simple aparición de Andreu Buenafuente) más digno de las películas de Torrente que de lo que se espera de Cuerda.
Por ello, Tiempo después es una película divertida con momentos muy locos, pero demasiado irregular, a la que hay que agradecer la entrega de los actores por creerse sus papeles pero que carece de la frescura de amanece y que pierde en todas sus comparaciones, teniendo en cuenta que ya aquella no era una película fácil ni para todos los gustos.
¿Es Tiempo después una película recomendable? Posiblemente sí, aunque solo para aquellos que acepten entrar en el absurdo (aunque a vece inteligente) juego que nos propone Cuerda y con la conciencia de que, esta vez, más bien atardece, lo que quizá tampoco sea poca cosa.

Valoración: Seis sobre diez.

domingo, 10 de julio de 2016

MI PANADERÍA EN BROOKLYN: Tan simpática como irregular.

Mi panadería en Brooklyn es una de esas curiosas películas a medio camino entre la producción española y la americana, rodada por Gustavo Ron en inglés y con Nueva York, magníficamente retratada, como telón de fondo, aunque para justificar la financiación española hay una mínima parte localizada en Valencia.
Estamos ante una simpática comedia sobre dos hermanas que heredan una boulangerie (bakery en el original, a mí lo de panadería se me queda corto para este local de clara estética francesa) maltratada por las deudas y que deciden mantener a flote con la ayuda de uno de los empleados del banco que pretende embargarla (obvio interés romántico de una de ellas). Como tal, la historia funciona bastante correctamente, teniendo agradables toques de humor y potenciando la química entre las actrices que interpretan a las dos hermanas, ambas de escaso bagaje, aunque es Aimee Teegarden quien logra destacar más.
El problema con la película está en las historias secundarias que adornan la trama principal, en ocasiones sin aportar nada a la misma, con personajes tan innecesarios como el de un dependiente enamorado de una diseñadora de interiores italiana (papel que, vaya usted a saber por qué interpreta Blanca Suárez) con una trama que incluye unas “pastillas milagrosas” de vergüenza ajena. Imagino que la pretensión de Gustavo Ron, que también es autor del guion junto a Francisco Zegers, era diversificar la historia, hacerla más coral. Ese, sin embargo, es su mayor error, ya que se despista por derroteros que no interesan (o que se pierden literalmente, como la que corresponde al tío de las protagonistas) e impiden un mejor desarrollo del trío principal (cuarteto si incluimos al interés romántico de la segunda hermana), amén de que algunas situaciones cómicas rozan el absurdo con una exageración más propia del slapstick que de la comedia romántica ante la que se supone que estamos. También me rechina, por cierto, el toque de "magia" que no entiendo a qué viene a cuento, pero bueno...
Eso sí, siempre es de agradecer la presencia de Blanca Suárez en una película, posiblemente de lo mejor junto a la Teegarden, aunque el haberla visto doblada me impide juzgar su interpretación como italiana.
Así pues, estamos ante una comedia amable, sin muchas pretensiones más que la de pasar un buen rato, con una gran factura técnica y una maravillosa estampa neoyorquina pero que deja con la sensación de que podía haber aspirado a más.

Valoración: Cinco sobre diez.

domingo, 10 de marzo de 2013

LOS AMANTES PASAJEROS (3d10)

Me gustaría comenzar esta crítica avisando de que no soy un gran seguidor de Almodóvar. No tengo nada contra él, pero el director manchego es tan especial y arrastra tantos seguidores como detractores que opinan sobre sus películas con tal pasión que creo interesante advertiros que yo no estoy en ninguno de esos dos grupos. Ni lo amo ni lo odio. En realidad conozco poco de su cine, supongo que básicamente por falta de interés, hasta tal punto que solo he visto tres de sus obras en las salas, curiosamente un melodrama (La flor de su secreto, que me interesó bastante, un declarado homenaje a Douglas Sirk que no fue de sus mayores éxitos), un thriller (La piel que habito, intensa y apasionante, no perfecta pero sí muy buena) y una comedia, esta que nos ocupa hoy, con la que dicen que vuelve a sus orígenes.
Y hago esta larga introducción para que sepáis que no conozco de primera mano esos orígenes (no busquéis aquí comparaciones con Mujeres al borde de un ataque de nervios  o Átame), pero si Los amantes pasajeros debe servirme como referencia del estilo Almodóvar sin duda debería entrar de cabeza en el grupo de los que lo odian y creer que cosas como La piel que habito son un accidente en su carrera. No obstante, prefiero ser generoso y creer que éste es el accidente y esperar a su siguiente proyecto, porque no encuentro en esta epopeya en un avión ni calidad ni humor ni nada que poder destacar. La película es, sencillamente, horrible, espantosa y desagradable, quizá de lo peor que he visto últimamente en un cine (forzosamente; esta película la veo en televisión y no llego al primer intermedio).
Cuando hablo de cine intento ser más racional que pasional (aunque sé que no siempre lo consigo), y eso me ha impedido hacer lo que me pedía el cuerpo y valorarla directamente con un cero patatero, ya que pienso que incluso la película más inmunda suele tener algo que salvar (y si no repasad mi crítica de The Master) y esta no va a ser la excepción. Almodóvar es un gran director y hay momentos en los que eso se nota, algunos encuadres son interesantes y la utilización del color puede considerarse brillante. Además un espectacular reparto (tanto los protagonistas como los amiguetes que simplemente pasaban por ahí) hace que la intensidad interpretativa sea alta. Pero aquí termina todo, y la balanza cae pesadamente sobre el lado negativo, empezando por un guion que si bien tiene una premisa curiosa termina mutando en un despropósito total que invita a pensar que Almodóvar debería empezar a plantearse, a estas alturas de su carrera, en dedicarse sólo a dirigir dejando la escritura en manos de otro profesional, ya que su desgaste –al igual que le está sucediendo a Woody Allen- es más que evidente.
Pasemos al argumento: después de que una distracción de  unos operarios del aeropuerto (ese gag/prólogo con Antonio Banderas y Penélope Cruz es una de las dos escenas salvables de la película, de la otra hablaré en breve) un avión en pleno vuelo se encuentra con que no pueden abrir el tren de aterrizaje. En espera de una solución, el comandante decide drogar a todo el pasaje para evitar una crisis, no teniendo suficiente tranquilizantes para los pasajeros de primera, que serán, junto con tres asistentes de vuelo y los dos pilotos (Hugo Silva y Antonio de la Torre), los protagonistas de esta ¿comedia? coral. Este es el punto de partida interesante y que podría desembocar en diversos estilos que Almodóvar se empeña en mezclar  (en lugar de elegir) de forma torpe y confusa. Según conocemos las historias internas de cada pasajero (en una especie de Gran Hermano aéreo) podríamos encontrarnos ante una película de intriga (tenemos a un asesino a sueldo –José María Yazpik-  que comparte espacio con su próxima víctima –Cecilia Roth- y una vidente que viaja a México es busca de unos desaparecidos –Lola Dueñas-), una crónica política (hay un político prófugo acusado de corrupción –José Luis Torrijo- y el aeropuerto donde finalmente tratarán de aterrizar lleva años construido y nunca se ha utilizado), una comedia loca (los tres asistentes –por no decir azafatos- son gays –Carlos Areces, Javier Cámara y Raúl Arévalo-  y tratan de rebajar la tensión con una actuación musical), un drama (por la historia del político que lleva años sin saber de su hija desaparecida que resulta que ahora trabaja de score –por no decir puta- o los momentos previos al aterrizaje forzoso que invitan a pensar que todo puede acabar en tragedia) o apostar por el tono romántico (un galán de cine –Guillermo Toledo-  huye de una relación destructiva –con Paz Vega- mientras comprende que abandonó e hirió a la chica que realmente merecía la pena –Blanca Suarez-). Pero el manchego quiere jugar todas las cartas a la vez, meterlas todas en una batidora y ofrecernos el batiburrillo resultante, sin importarle que sea inconexo o carezca de ritmo.
Pero quien considere mi crítica como un simple punto de vista –opinable, como todos-, resulta que comete aquí el señor Pedro un error de novato que me ayuda a cerrar toda posibilidad de debate. Si repasamos la gran totalidad de las críticas profesionales (tanto las que son a favor como las que son en contra, o incluso las más indiferentes) todo el mundo coincide en que lo mejor de la película es la secuencia protagonizada por Blanca Suarez, compartida con Carmen Machi, una secuencia que transcurre en tierra firme. De hecho, el único momento –quitando el arranque y el desenlace- que transcurre en tierra firme. Si una película cuya gracia reside en que todo sucede dentro de un avión resulta que su mayor logro está fuera… ¿no es muestra suficiente de que algo no funciona?
Pero no todos los defectos se centran en la decepción que provoca la falta de aprovechamiento de un buen punto de partida, sino la degradación total a la que se llega cuando, con la excusa de mezclar mescalina en agua de Valencia (gracias a los últimos pasajeros que faltaban por nombrar, unos recién casados interpretados –por decir algo, pues son los más flojos o peor aprovechados del casting- por Miguel Ángel Silvestre y Laya Martí), todo deriva en una bacanal sexual, filmadas con verdadero mal gusto y abusando de los chistes de cacapedoculopis que harían sonrojar a los propios hermanos Farrelly.  Si lo mejor que puede hacer Almodóvar con una buena idea y unos grandes actores (pese a todo Cámara sigue siendo inmenso, por más que sus esfuerzos para salvar esta mamarrachada sean estériles) sea un surtido de felaciones, “enculadas” y coitos despreciando cualquier atisbo de la más mínima moral y aplaudiendo el alcoholismo, las drogas y el vicio, pues casi mejor que se podría haber quedado en su casa manchega.
Quiero comentar también que Almodóvar siempre ha sido un icono gay. No me considero homófogo aunque tampoco conozco demasiado ese ambiente, pero si lo que se ve en el film pretende servir de referencia al mundo gay creo que les está haciendo un flaco favor.
Por supuesto, estoy hablando todo el rato de comedia porque así es como se ha definido la película, pero aún estoy esperando no sólo una carcajada sino una mínima sonrisa durante toda la proyección. Y o bien me quedé sordo ese día o puedo hablar también por el resto de la sala. Independientemente de que a alguien le puedan hacer más o menos gracia las guarradas (de eso se nutre la comedia americana durante los últimos años), esta película no tiene nada divertido y ni siquiera recuerdo un solo diálogo que pueda merecer la pena.
No quiero hacer leña, pero creedme. Es mala, muy mala. Y sentí incluso vergüenza de que próximamente vaya a ser representante del cine español. Solo el prólogo de Antonio y Pe y los momentos de Blanca Suarez se aguantan. Y eso es demasiado poco.

No diré si al final el avión se estrella o no, pero Pedrito, desde luego, sí lo ha hecho. Yo no odio a Almodóvar, pero otra película como esta y empezaré a hacerlo.