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sábado, 6 de abril de 2019

DOLOR Y GLORIA

Aunque se recuerde con agrado las grandes comedias de Almodóvar de sus comienzos, en los últimos años el director manchego se ha movido con más comodidad en el drama. De hecho, entre sus últimos trabajos, es precisamente la comedia Los amantes pasajeros, la que considero su peor trabajo, mientras que títulos como La piel que habito o Julieta me llegaron a entusiasmar.
Como sea, Almodóvar es un artista de una personalidad tal que es difícil que deje indiferente a nadie, y su cine es tan personal que te obliga a conectar con él o resulta difícil dejarse atrapar por sus historias. Esto, síntoma referencial en su filmografía, se acentúa aun más si cabe en Dolor y Gloria al tratarse de su trabajo más personal, un cuento con claros tintes autobiográficos en que se adentra por su propia psique y se desnuda ante su público, tanto física como espiritualmente.
Antonio Banderas, el espejo en el que se refleja, interpreta a un director de cine en horas bajas, atormentado por unos problemas de salud que le impiden hacer aquello que más le gusta y que prácticamente le da la vida, como es dirigir, en analogía a las dificultades que el propio Almodóvar ha tenido en sus últimos rodajes (parece ser que el de Julieta fue especialmente duro por sus problemas de espalda), a la vez que se adentra en el pasado del artista para recrear una niñez marcada por la autoridad materna (esta vez en rol recae en Penélope Cruz), siendo precisamente la figura de la madre un elemento clave para su cine.
Dolor y Gloria es, por tanto, un viaje al interior del espíritu de Almodóvar, pero es también un ensayo sobre el artista, que puede llegar a extrapolarse a cualquier autor que sepa identificarse con el protagonista. Más allá de si sabemos reconocer el toque autobiográfico del personaje, Dolor y Gloria habla sobre el bloqueo del artista, la lucha desesperada por enfrentarse a sus miedos más profundos y las barreras que se crean (en ocasiones por uno mismo) para limitar ciertas libertades
Dolor y Gloria es, pues, una película dura y amarga, pero no carente de toques sutiles de comedia que ayudan a establecer esa conexión a la que me refería al principio, que termina siendo, a la postre, uno de los mejores trabajos del manchego, una especie de punto y aparte que sirve como colofón a una trayectoria llena de claroscuros, discutida y admirada por igual, que tiene en sus protagonistas una de sus mejores armas, siendo Banderas la gran estrella de la función. El malagueño está sencillamente espléndido y hace del dolor interno su mejor arma para culminar una composición magistral que nos reconcilia con ese gran actor que es y al que teníamos algo perdido en producciones de medio pelo de ese Hollywood ingrato con sus estrellas y de escasa memoria artística.
Dolor y Gloria seguirá sin gustar a los “odiadores gratuitos” de Almodóvar, pero enamorará a sus seguidores y a todo aquel espectador intermedio que simplemente se deje embriagar por una historia tan personal como universal que sepa enamorarse de esa España de postguerra en la que la ropa se lavaba a mano y la gente pobre convertía las cuevas en hogares.

Valoración: Ocho sobre diez.

sábado, 6 de octubre de 2018

TODOS LO SABEN

A priori, cuando uno se enfrenta a una película como esta, no pude pensar más que está ante una marcianada. Pongámonos en situación. Todos lo saben es una película dirigida por Asghar Farhad, director iraní con dos Oscar en su haber que nunca había filmado una película fuera de su país. Lo hace ahora en una producción 100% española rodada en un pueblo de interior, con Penélope cruz hablando con acento argentino y arrancando la acción con los preparativos de una boda en la que aparecen, bajando de un autocar, los padres del novio hablando en catalán. Todo parece muy loco, ¿no?
Una vez aceptada esta curiosa mezcolanza cultural, la película se presenta con un ritmo pausado, con tono costumbrista, que permite hacer una magnífica presentación de personajes que permite a los actores, protagonistas y secundarios, lucir a un magnífico nivel, desde el triángulo protagonista que forman Javier Bardem, Ricardo Darín y la propia Cruz, como la magnífica lista de grandes secundarios que son Bárbara Lennie, Eduard Fernández, Inma Cuesta, Elvira Mínguez, Sara Sálamo, etc. 
La trama mezcla elementos propios del culebrón familiar, con una saga de un clan cargado de secretos en un ambiente rural en que tan difícil resulta, precisamente, guardar secretos y donde todos se conocen muy bien (demasiado, incluso) o el thriller, ya que durante la celebración de la susodicha boda la hija del personaje de Penélope Cruz es secuestrada.
Siempre he comentado que el principal problema de las películas de intriga es que, para el espectador aficionado, es difícil encontrar el equilibrio entre el engaño y la coherencia, lo cual suele derivar o bien en el ridículo o bien en anticiparse al final. Por ello, el gran mérito del film de Farhad, cuyo guion filma él mismo, está en saber derivar la atención en los conflictos personales entre los protagonistas y en la manera en la que cada uno se enfrente a la tragedia y a los fantasmas del pasado que el secuestro pasa, por momentos, a un segundo plano, consiguiendo que el propio espectador se olvide de jugar a ser detective y se pueda sorprender por el desenlace, por más simple que a la postre pueda resultar.
No es esto, por tanto, un film del estilo Agatha Christie ni lo pretende. Y ello propicia que el foco esté siempre encima de los personajes más que en la acción y que el tono dramático, la intensidad de las interpretaciones y la angustia contagiosa entre los protagonistas impere por encima de todo. Decía Farhad que España e Iran tenía mucho más en común que Irán y otras culturas como la irlandesa o la japonesa, por poner algún ejemplo, y algo de razón debe tener, pues su retrato de esa España profunda y rural es impecable, así como su muestrario de la condición humana, del amor, la envidia, la generosidad o el rencor que maneja los hilos de la acción.
Todos lo saben es, en fin, un gran título, una película soberbia, de grandes interpretaciones y con un Farhad que, con el cambo de idioma y cultura, no ha perdido el nervio ni el temple narrativo, aunque para ello nunca podrá estar suficientemente agradecido a la entrega total de unos actores magníficos y completamente entregados a su película.

Valoración: Ocho sobre diez. 

lunes, 12 de marzo de 2018

LOVING PABLO


La sombra de Scorsese es alargada. Tanto, que ha terminado por salpicar a nuestro propio cine y a un director con tanta personalidad propia como es Fernando León de Aranoa. El madrileño, posiblemente el mejor retratista de nuestra realidad con películas como Barrio, Los lunes al sol o Princesas, ya coqueteó con el humor dramático con aroma yanqui en Un día perfecto, pero en su última película, Loving Pablo, se entrega totalmente al estilo más definitorio de Martin Scorsese para narrar la historia, sobre todo la caída, de Pablo Escobar.
Con un reparto muy nuestro a la par que muy internacional, con el matrimonio Javier Bardem/Penélope Cruz encabezándolo, pero con apariciones de otros rostros conocidos como el de Oscar Jaenada, Loving Pablo sigue a pies juntillas las directrices de esas películas autobiográficas que tan de moda están a raíz de El lobo de Wall Street y que ha tenido en Yo, Tonya el último referente. Violenta y desagradable como la historia demanda, con voz en off narrativa, miradas a cámara de Penélope Cruz y un sinfín de canciones acompañando a los protagonistas, Loving Pablo podría ser la última pieza del puzle que el mundo audiovisual parece querer dedicar al narcotraficante más popular de la historia. Puesto de moda gracias a la serie de Netflix Narcos, últimamente hemos visto apariciones del personaje en títulos como la serie El Patrón del mal y la película Escobar: Paraíso perdido, aparte de tener importancia crucial de forma más o menos directa en Barry Seal o El infiltrado.
La “burbuja” de Pablo Escobar se culmina con este retrato que León de Aranoa hace sobre su etapa más poderosa y su decadencia, siempre visto a través de los ojos de su amante, la periodista Virginia Vallejo. Como el propio Javier Bardem ha explicado en los actos promocionales del film, lo que se pretendía es retratar al verdadero Escobar, el asesino cruel y déspota, lejos de las etiquetas de héroe del pueblo que en algún momento se le pudieran adjudicar. Y en ese aspecto, gracias al excelente trabajo del actor y a una convincente caracterización, la película cumple con creces. Recorriendo más de diez años en la vida de los dos personajes protagonistas, la película funciona como metáfora sobre el poder y la corrupción, no solo en manos del sanguinario narco, sino también de las altas esferas políticas a las que la llegada de dinero en generosas cantidades les invita a mirar hacia otro lado.
El principal problema de Loving Pablo radica en que, pese al conocimiento que se pueda tener o no sobre la figura de Virginia Vallejo, realmente quedaba poco por contar sobre el propio Escobar, de manera que todo lo que se ve en pantalla suena ya a algo visto con anterioridad, por más que tanto las escenas de acción como los momentos de comedia (sátira, más bien) funcionen a la perfección.
Así pues, Loving Pablo es una película que interesará a aquellos que se acerquen por primera vez a la figura de Pablo Escobar, pero que resultará algo repetitiva a quienes sean fans de las dos primeras temporadas de Narcos, donde había mucho más tiempo para indagar en las estrecheces de la figura del protagonista.
Obviando esto, la película cumple con creces su cometido y es un retrato de una época y un hombre de gran solvencia y poderoso empaque visual, que sin duda dejará con ganas de más ansia de conocimiento a aquellos que desconozcan la serie, permitiendo que ambos productos se retroalimenten mutuamente.

Valoración: Siete sobre diez.

domingo, 26 de noviembre de 2017

ASESINATO EN EL ORIENT EXPRESS, el regreso del mejor detective del mundo.

Por motivos que no llego a comprender, Kenneth Branagh nunca ha sido considerado como uno de los grandes directores actuales, por más que lleve acumuladas cinco nominaciones al Oscar. Quizá su problema fuese empezar muy fuerte, con algunas de las mejores adaptaciones de Shakespeare que se han visto en cine (Enrique V, Mucho ruido y pocas nueces, Hamlet...) aparte de alguna película maravillosa de cosecha propia (Los amigos de Peter). 
Seguramente Frankenstein de Mary Shelley era su apuesta por el cine más taquillero y, pese a que la considero una grandísima película, no llegó a cuajar, dando pie a una etapa de ligera decadencia (aunque todavía no he visto una película suya que se pueda definir como mala) tras la que ha tenido que buscar en el cine más comercial para poder salir a flote. Los millones amasados por Thor (para mí, y con permiso del señor Waitiki, la mejor de la saga con diferencia) y Cenicienta lo han reconciliado con las productoras (olvidados quedan sus experimentos con Como gustéis o La flauta mágica) permitiéndole acceder a una película como esta, que le permite regresar a su estilo mças personal sin alejarse de la comercialidad.
Por eso, es posible que con Asesinato en el Orient Express haya dado por fin con la tecla correcta, aunando su elegante puesta en escena, su pasión por adaptar y modernizar clásicos literarios y la necesidad de triunfar en taquilla. Tanto es así que ya está en marcha la secuela de esta película (aunque sería más correcto decir la nueva aventura de Poirot), con lo que podríamos estar ante el inicio de una nueva saga cinematográfica.
Agatha Christie ha sido numerosas veces adaptada en la gran pantalla, aunque pocas veces con éxito. Sin embargo, una de esas raras ocasiones fue, de la mano de sidney Lumet, la obra que ahora nos ocupa, con lo que el riesgo acometido por Branagh es doble.
Por eso, y porque, aunque el fondo sea el mismo las formas son totalmente opuestas, convendría olvidarse de esa gran película y no querer jugar a las comparaciones. Este Asesinato en el Orient Express no es un remake de aquel, sino otra adaptación independiente de la novela, y así debe ser considerado.
Es por ello que Branagh se ha esforzado por modernizar el relato, no cambiando la época imaginada por la escritora (ya jugó a eso con Hamlet), pero sí dotando a la historia de un toque humorístico, casi de vodevil, y convirtiendo al protagonista en un héroe de inteligencia inaudita más cercano al Sherlock de Benedict Cumberbatch que al Poirot de David Suchet. Es decir, se amolda a las convicciones de los blockbusters modernos, pero consiguiendo que ni el humor caiga en el ridículo ni el histrionismo de algunos personajes se hagan pesados.
Como poderoso reclamo, la película cuenta con un excelente reparto, aunque quien se lleva la mayor gloria es el propio Branagh interpretando a un Poirot de ridículo bigote y suprema astucia, un personaje que podría resultar pedante y cansino pero que logra manejar con habilidad para que sea en realidad el héroe al que recurrir en caso de necesidad. En este sentido, el irlandés cumple con creces como interprete tal y como ya lo hacia como director. Junto a él, un surtido de estrellas resplandecientes con un aura tan magnético que brillan con intensidad sin necesidad (ni tiempo) para esforzarse demasiado: Daisy Rydley, Michelle Pfeiffer, Johnny Deep, Josh Gad, Derek Jacobi, Penelope Cruz, Judi Dench, Willem Dafoe, etc.
Pocos autores hay como Branagh (contribuye también en el guion) que se muevan como pez en el agua en una adaptación literaria, y aquí consigue superar la frontera que separa ambos medios para conseguir una película dinámica, intrigante y divertida, con el espectáculo visual que los paisajes nevados le ofrecen y moviendo a su antojo la cámara por entre los vagones del famoso tren de manera anda caprichosa.
Se podría pensar que los relatos de Agatha Christie han quedado un poco desfasados en pleno siglo XXI, pero esta película demuestra que no.  Tanto, que es disfrutable incluso conociendo de antemano su final (que se supone que es donde está la gracia de los escritos de la Christie), ya que una historia tantes veces llevada al cine o al teatro es difícil que mantenga su misterio. Y ya se me ponen los dientes largos esperando la llegada de esa teórica Muerte en el Nilo.
Por una vez, este Hercules Poirot (Hercule, perdón) mola tanto o más que el Sherlock Holmes televisivo o GuyRichiano. ¿O no es verdad?

Valoración: Ocho sobre diez.

domingo, 27 de noviembre de 2016

LA REINA DE ESPAÑA: la niña ya no es lo que era.

Más de dieciocho años después de que Trueba triunfara en los premios Goya con la interesante La niña de tus ojos, con la que culminaba una época dorada tras su coqueteo americano de Two Much, La Reina de España supone una continuación de las peripecias de esa troupe cinéfila alrededor de la estrella Macarena Granada a la que daba vida Penélope Cruz.
Como recordarán, La niña de tus ojos culminaba con un Antonio Resines desamparado en la Alemania nazi al que se le podía dar por muerto, condensando el descenso a la oscuridad de una película bastante divertida que se iba volviendo más seria y triste a medida que avanzaba el metraje. Con La reina de España sucede justo lo contrario, empieza muy dramática, con el personaje de Resines regresando a un Madrid lluvioso, convertido en un hombre sin hogar y, casi, sin identidad, para ir cogiendo color hasta un final festivo y bastante simplón, un final “made in Hollywood”, que diría Woody Allen.
Pues sí, el antaño director de cine Blas Fontiveros ha sobrevivido a su estancia en un Campo de Concentración y ha regresado a la España de postguerra coincidiendo con el retorno del Hollywood dorado de su musa y antigua amante, la actriz Macarena Granada, que va a protagonizar en España una película basada en Isabel la Católica (un proyecto, por cierto, que existió realmente: Samuel Bronston habría producido Isabel of Spain protagonizada por Sophia Loren de no ser por el fracaso de La caída del Imperio Romano).
Así, Fontiveros y Macarena se reencuentran, al igual que el resto del equipo: Julián Torralva (Jorge Sanz), Castillo (Santiago Segura), Lucía (Neus Asensi), Trini (Loles León) y Rosa (Rosa María Sardà). Solo el marco interpretado por Jesús Bonilla cae de la ecuación y su participación se limita a un simple cameo. A estos hay que añadir a dos nuevos integrantes, el ayudante de dirección Pepe Bonilla (Javier Cámara) y el maquinista Leo (Chino Darín).
La excusa para esta secuela (algo a lo que, Torrente y REC aparte, no estamos demasiado acostumbrados en este país) es la ilusión de Fernando Trueba por saber qué ha sido de estos personajes a los que tomó tanto cariño y volver a reencontrarse con ellos, y sin duda esa ha sido también la excusa para que el reparto original al completo haya accedido a regresar, Penélope incluida. Sin embargo, quien ya no está es David Trueba y Rafael Azcona en la escritura del guion y quizá eso sea lo que marca las principales diferencias entre La reina de España y La niña de tus ojos. Y es que, digámoslo sin tapujos, La reina de España es inferior, muy inferior, a la película de 1998.
Trueba parece querer hacer un homenaje a su profesión y reivindicar el ejercicio de los cineastas españoles durante el franquismo, en un ejercicio de egocentrismo profesional y auto homenaje similar al que hicieran los hermanos Coen en ¡Ave, César! pero con mucha menos gracia. La mayoría de los gags no divierten como debieran, la trama general es simplista y absurda y se intuyen un montón de posibles buenos momentos desaprovechados. Hay, además, un claro discurso político que no favorece en nada a la película y al que supo esquivar muy bien en La niña de tus ojos, convirtiendo por momentos el film en una proclama antifranquista (por más que se empeñe también en minimizar la figura del dictador español con constantes comparativas con Hitler).
Ni siquiera la aportación americana luce como debe, con un esperpéntico Cary Elwes (que lejos ha quedado La Princesa prometida) que logra milagrosamente sacar algo de jugo a su torpe personaje, un interesante Mandy Patinkin (desaprovechado reflejo de la Caza de Brujas de McCarthy, un presencial Arturo Ripstein reflejando al propio Bronston y una versión cruelmente deformada de John Ford con los rasgos de Clive Revill. Eso sí, al menos hay que reconocer que los actores se esfuerzan al máximo y logran sacar provecho de lo poco rescatable de sus guiones. Se nota que se sentían cómodos en los personajes y que han podido acomodarse en ellos a la perfección, abriendo las puertas (el propio Trueba no lo ha descartado) a una tercera película.
No todo en La Reina de España es malo. Hay momentos divertidos, secuencias muy bien rodadas y se denota un amor por el cine que siempre termina por traspasar la pantalla y contagiar al espectador más apasionado. Esos trucos con los decorados, esas construcciones de cartón piedra y esas intimidades en los rodajes son una gozada, y la magnífica puesta en escena (es lo que hay cuando se tiene dinero para gastar) consiguen que la película merezca el aprobado justo, lo cual no deja de ser una tremenda decepción ante las expectativas creadas.
La reina de España es más una fiesta de reencuentro entre viejos amigos que una película, y todo aquel que no se sienta partícipe de la misma se quedará con un regusto amargo y con la sensación de que el propio guion no es, en cierta medida, una copia de lo que ya había en la anterior película. Eso sí, como en toda fiesta que se precie, hay invitados sorpresa. Y saber reconocerlos es también un aliciente añadido.

Valoración: Cinco sobre diez.

domingo, 20 de marzo de 2016

AGENTE CONTRAINTELIGENTE: Inteligencia banal

Aunque eso de parodiar algún género cinematográfico es algo que se ha hecho toda la vida y los agentes secretos siempre han sido propicios para ello, parece que en los últimos tiempos es un tema más recurrente de lo habitual. Se pueden hacer parodias desde la ironía, como Casino Royal (John Huston y compañía), desde la pleitesía, como en Mentiras Arriesgadas (James Cameron), desde el absurdo, como Anacleto, agentesecreto (Javier Ruíz Caldera), burlándose de ciertos estamentos, como Zoolander (Ben Stiller), o simplemente, haciendo una comedia simplona alternando chistes con dosis de acción, como Espías (Paul Feig). Y luego hay cosas como Agente Contrainteligente (Louis Leterrier).
Puede que no sea el más indicado para hablar de esta película, pues pese a pretender ser siempre objetivo en mis opiniones hay ocasiones en que uno se encuentra con cierta predisposición para enfrentarse a un film determinado, y el humor de Sacha Baron Cohen nunca ha sido muy de mi agrado, por más que me lo pasé moderadamente bien con El dictador. Sin embargo, en su nueva película, Cohen (guionista y productor) ha querido poner el listón bien alto y abusar de los excesos hasta límites tan insospechados que, si algo hay que reconocerle, es su originalidad. Hay en la película cosas nunca vistas antes en el cine, desde luego. Lo malo es que habría vivido más feliz si hubiese continuado sin verlas jamás.
La escatología elevada al infinito es lo que define a una película burda, soez y hasta desagradable, que contiene algún momento inspirado y algún chiste bien conseguido, pedo cuyo hedor a basura es siempre más profundo que cualquier mérito que se le pueda encontrar y eso hace que su simple visionado sea una ejercicio de tortura visual e insulto a la inteligencia.
Aun sin gustarme ciertas bromas como la del SIDA, está bien que se atreva a meterse con todo y con todos, pero cuando se pierde la elegancia sin ningún tipo de complejos se renuncia directamente al derecho de ser juzgado con total imparcialidad. Los que me conocen saben que no soy dado a poner ceros (ni dieces, ya puestos) a una película, pero en esta me he visto ciertamente tentado. Solo tres cosas me obligan a elevar un mínimo la nota: la buena química entre Mark Strong (Marc, con lo gran actor que eres, ¿por qué te metiste en esto?) y Sacha Baron Cohen que podría haber dado mucho más de sí, algunas secuencias de acción, como la primera, filmada desde el punto de vista del protagonista, al más puro estilo shooter (ejercicio que pierde su gracia al repetirse demasiado, haciendo de algunas secuencias confusas y mareantes) y el hecho de que muchos presentes en la sala reían a carcajada limpia viendo chorros de semen contra el rosto de los protagonistas, culos reventados y lindezas semejantes. Y no hablo desde el puritarismo más radical, que con Deadpool me lo pasé pipa, pero es que mi paciencia tiene un límite…
Y ya borda el ridículo cuando pretende ponerse seria y emotiva con esos flashbacks con los protagonistas cuando eran niños.
Me pregunto qué le habrá pasado a Louis Leterrier, un tipo que en su currículo tiene Transporter, El increíble Hulk y Ahora me ves… para haberse metido en esto.
No me veo con valor de recomendaros huir lo más lejos posible de esta película (insisto, había gente a mi alrededor que se reía), pero sí os digo que solo hay dos alternativas para enfrentarse a ella: o es una completa y absoluta basura (aunque visto el nivel de la peli quedaría mejor decir directamente mierda, con perdón) o resulta que el marciano soy yo.
Vosotros mismos…

Valoración: Dos sobre diez.

domingo, 14 de febrero de 2016

ZOOLANDER 2: festival del absurdo.

Ya desde su debut como director con Reality bites (Bocados de realidad) Ben Stiller demostró que era algo más que un simple actor de comedia de brocha gorda, habiendo sabido siempre alternar todo tipo de comedias ligeras como actor (desde grotescas como Algo pasa con Mary, convencionales como la saga Los padres de ella o incluso de corte infantil como Noche en el museo) con apuestas algo más inteligentes como director.
Fue precisamente con Zoolander que el gran público lo descubrió, convenciendo con aquella alocada comedia donde aprovechaba para burlarse cruelmente del mundillo de la moda y los estereotipos de diseño y creando a un personaje estúpido pero entrañable que estaba claro que tarde o temprano tendría que regresar a las pantallas). Tras la brillante Tropic Thunder y la más reflexiva (aunque algo fallida) La vida secreta de Walter Mitty, Stiller ha recuperado por fin a su personaje más celebrado, este Derek Zoolander de nuevo acompañado por el Hansel al que da vida Owen Wilson y a los que se une en esta ocasión nuestra Penélope Cruz interpretando a una exmodelo de bañadores y actual agente de la Interpol.
Zoolander 2 sigue los pasos marcados por su predecesora y actualiza su sátira a los tiempos actuales (han pasado quince años entre ellas) con unos Zoolander y Hensel tan rematadamente idiotas como antaño pero atrapados ahora en un mundo que no comprenden y que se ha modernizado sin contar con ellos.
Stiller, que es coautor del guion, recupera momentos de máxima gloria para su personaje, convertido en un inepto agente secreto que bien podría compartir pantalla con Johhny English o el propio Torrente y consigue crear algún que otro gag memorable, como la muerte de Justin Beaver que abre el film (y que demuestra que el cantante tiene sentido del humor) pero que por lo general se pierde en un exceso de “frikadas” que no encajan con la habilidad que lo hacían en la peli del 2001.
Todo en Zoolandes 2 es completamente absurdo, descomunalmente ridículo y caricaturesco. Y así, claro, es imposible no encontrar muchos momentos para la carcajada. Sin embargo, tanto cameo (alguno demasiado impuesto) y surrealismo (el personaje de Kristen Wiig me saca por completo de la trama) terminan por lastrar una película que no supera en ningún momento a la primera y que podría situarse entre lo más flojo de la trayectoria de Stiller como realizador.
Sin que ello signifique, desde luego, que sea un buen divertimento y un buena ocasión de pasar un buen rato sin más.

Valoración: 6 sobre 10.

viernes, 18 de septiembre de 2015

MA MA (8d10)

El esperado regreso de Julio Medem a las pantallas después del tibio recibimiento que tuvo Habitación en Roma se ha saldado ahora con una disparidad crítica tan sólo comparable a los amores y odios que acostumbra a provocar Pedro Almodóvar, pese a que la propuesta de Medem sea a la postre (alucinaciones aparte) mucho más convencional que el cine del manchego.
Producida por Penélope Cruz, dueña y señora del film tanto a un lado como a otro de la pantalla, Ma ma cuenta la historia de Magda, madre recién separada y maestra en paro a la que detectan un cáncer de pecho. Con esta premisa es evidente que no estamos ante una comedia, pero el drama de Magda no está tratado tampoco bajo una tentadora sensiblería propia de un melodrama televisivo.
Quizá sea esta falta de recreo en el drama más descansado lo que ha indignado a sus detractores, pues Medem, tratando de distanciarse de forma consciente de la lágrima fácil dota a Magda de un sentido del humor muy negro que la ayuda tanto a ella como al espectador a superar el dolor.
Fácil de caer en comparaciones con Camino o la magnífica serie de televisión Pulseres Vermelles (Pulseras Rojas), Ma Ma trata sobre el cáncer, sí, pero no es una película sobre la muerte sino que, todo lo contrario, habla sobre el amor por la vida, las segundas oportunidades, la maternidad...
Ma ma es una dura y sobrecogedora historia de superación, pero también es un cuento de hadas, una fantasía bienintencionada y hermosa, un canto a la fe y a la esperanza.
Por motivos que no alcanzo a comprender, Pe puede pasar de ser desconsoladamente idolatra tanto como odiada sin causa aparente, y la aceptación de este film será un buen rasero para ello, pues pese a contar con el siempre perfecto Luis Tosar y la interesante aportación (tanto interpretativa como musical) de Asier Etxeandia (sin olvidarnos del joven Teo Planell, muy correcto también), ya he comentado que Ma Ma es Penélope Cruz, para bien y para mal. Ella es la que lleva la historia y copa casi todos los planos, es la esencia vital para todos los personajes que la rodean y el motor del estado de ánimo del espectador. Si ella funciona, la película funciona. Si no, no. Así de simple. Y a mi entender (que nunca he admirado especialmente a la actriz madrileña) la mujer está sublime.
La nota discordante la encuentro en Julián, ese ginecólogo al que no critico sus excentricidades musicales (yo mismo he conocido a alguno que dedicaba parte de la hora de visita en su consulta a contar chistes o enseñar fotos de sus vacaciones), pero si me rechina esa intromisión en la intimidad de Magda, esa facilidad para atravesar la barrera médico/paciente y convertirse sin saber bien cono en un miembro adoptivo de la familia, sin que se nos explique con claridad sus motivaciones personales (está enamorado, quizá, de Magda? Al menos, lo parece).
Detalles nimios como este aparte, la película consigue emocionar y estremecer, plagada de grandes hallazgos visuales propios de su director y recursos interesantes como el uso metafórico de la nieve o la natación de algunas secuencias desde el punto de vista del corazón de Magda.

jueves, 5 de diciembre de 2013

EL CONSEJERO (5d10)

Resulta complicado analizar objetivamente una película como esta, cuya aprobación o no es tan delicado que puede depender de algo tan ajeno a los productores como el estado de ánimo, la calidad de la sala del cine o, y esto posiblemente vaya a ser lo más determinante, las expectativas creadas.
Vayamos por partes: para empezar nos encontramos con que está dirigida por Ridley Scott, uno de los mejores directores en activo, capaz de hacer películas interesantes y obras maestras, pero nunca -polémicas aparte- películas malas, y que aquí filma con eficacia y haciendo gala de su elegancia habitual -las dos escenas de alto voltaje sexual en manos de cualquier otro habrían hecho gala de mal gusto sin duda-, aunque lejos de la espectacularidad y alardes visuales, por simple coherencia narrativa, de su anterior film: Prometheus.
Después tenemos el elenco de actores, donde sobresale el magnífico Michael Fassbender, la sorprendente Cameron Diaz (que como le pasara a Sandra Bullock con Gravity demuestra que puede aspirar a más que comedias románticas insulsas) y las aportaciones, más estelares que otra cosa, de Javier Bardem (que o no habla un inglés suficientemente fluido para entenderse con su peluquero o le debe dinero desde hace ya algunos años), Penélope Cruz y un Brad Pitt que sabe a poco; aparte de las apariciones fugaces de Rosie Perez, Édgar Ramírez, Rubén Blades, Natalie Dormer o John Leguizamo.
Por último, pero no menos importante, tenemos un guion obra del escritor Cormac McCarthy, de cuya imaginación salió La carretera, Todos los caballos bellos y No es país para viejos, completando un cóctel que debería ser explosivo.

Pero posiblemente este sea el punto débil de la película, ya que se trata de un guion directo, no de la adaptación de una novela suya, por lo que no ha pasado por el filtro de un guionista de verdad que sepa entender mejor que McCarthy el lenguaje cinematográfico. Por eso El consejero, pese a tener una historia interesante y secuencias sencillamente brillantes, abusa de diálogos demasiado espesos que pese a su genialidad terminan por saturar, siendo por momentos imposibles de seguir. Además, da la sensación de que McCarthy no termina de decidirse por lo que quiere contar (o quizá es sólo que no lo sabe transmitir), de manera que el espectador pasa un par de horas viendo como suceden cosas entre personajes que hablan muy bien pero finalizada la película sale de la sala con sensación de vacío, como si la película tuviera un mensaje oculto que no ha sabido comprender.
Poco o nada se sabe de los personajes y sus motivaciones, y aunque algunos elementos clave están pululando por ahí (el amor, la codicia) no se profundiza en ellos lo suficiente para podernos creer a los protagonistas o, lo que es más importante, identificarnos con ellos.
Gracias a Scott y al buen hacer de los actores, El consejero contiene momentos hipnóticos y brutales, y quizá eso sería suficiente para premiar a una peliculilla del montón, pero creo que esta en concreto nació con el deseo de ser una obra maestra, y como tal le debemos exigir.

No merece, pues, ser suspendida, pero los posos que deja tras haberla meditado con tranquilidad tan sólo la hacen merecedora del aprobado justito. 

domingo, 10 de marzo de 2013

LOS AMANTES PASAJEROS (3d10)

Me gustaría comenzar esta crítica avisando de que no soy un gran seguidor de Almodóvar. No tengo nada contra él, pero el director manchego es tan especial y arrastra tantos seguidores como detractores que opinan sobre sus películas con tal pasión que creo interesante advertiros que yo no estoy en ninguno de esos dos grupos. Ni lo amo ni lo odio. En realidad conozco poco de su cine, supongo que básicamente por falta de interés, hasta tal punto que solo he visto tres de sus obras en las salas, curiosamente un melodrama (La flor de su secreto, que me interesó bastante, un declarado homenaje a Douglas Sirk que no fue de sus mayores éxitos), un thriller (La piel que habito, intensa y apasionante, no perfecta pero sí muy buena) y una comedia, esta que nos ocupa hoy, con la que dicen que vuelve a sus orígenes.
Y hago esta larga introducción para que sepáis que no conozco de primera mano esos orígenes (no busquéis aquí comparaciones con Mujeres al borde de un ataque de nervios  o Átame), pero si Los amantes pasajeros debe servirme como referencia del estilo Almodóvar sin duda debería entrar de cabeza en el grupo de los que lo odian y creer que cosas como La piel que habito son un accidente en su carrera. No obstante, prefiero ser generoso y creer que éste es el accidente y esperar a su siguiente proyecto, porque no encuentro en esta epopeya en un avión ni calidad ni humor ni nada que poder destacar. La película es, sencillamente, horrible, espantosa y desagradable, quizá de lo peor que he visto últimamente en un cine (forzosamente; esta película la veo en televisión y no llego al primer intermedio).
Cuando hablo de cine intento ser más racional que pasional (aunque sé que no siempre lo consigo), y eso me ha impedido hacer lo que me pedía el cuerpo y valorarla directamente con un cero patatero, ya que pienso que incluso la película más inmunda suele tener algo que salvar (y si no repasad mi crítica de The Master) y esta no va a ser la excepción. Almodóvar es un gran director y hay momentos en los que eso se nota, algunos encuadres son interesantes y la utilización del color puede considerarse brillante. Además un espectacular reparto (tanto los protagonistas como los amiguetes que simplemente pasaban por ahí) hace que la intensidad interpretativa sea alta. Pero aquí termina todo, y la balanza cae pesadamente sobre el lado negativo, empezando por un guion que si bien tiene una premisa curiosa termina mutando en un despropósito total que invita a pensar que Almodóvar debería empezar a plantearse, a estas alturas de su carrera, en dedicarse sólo a dirigir dejando la escritura en manos de otro profesional, ya que su desgaste –al igual que le está sucediendo a Woody Allen- es más que evidente.
Pasemos al argumento: después de que una distracción de  unos operarios del aeropuerto (ese gag/prólogo con Antonio Banderas y Penélope Cruz es una de las dos escenas salvables de la película, de la otra hablaré en breve) un avión en pleno vuelo se encuentra con que no pueden abrir el tren de aterrizaje. En espera de una solución, el comandante decide drogar a todo el pasaje para evitar una crisis, no teniendo suficiente tranquilizantes para los pasajeros de primera, que serán, junto con tres asistentes de vuelo y los dos pilotos (Hugo Silva y Antonio de la Torre), los protagonistas de esta ¿comedia? coral. Este es el punto de partida interesante y que podría desembocar en diversos estilos que Almodóvar se empeña en mezclar  (en lugar de elegir) de forma torpe y confusa. Según conocemos las historias internas de cada pasajero (en una especie de Gran Hermano aéreo) podríamos encontrarnos ante una película de intriga (tenemos a un asesino a sueldo –José María Yazpik-  que comparte espacio con su próxima víctima –Cecilia Roth- y una vidente que viaja a México es busca de unos desaparecidos –Lola Dueñas-), una crónica política (hay un político prófugo acusado de corrupción –José Luis Torrijo- y el aeropuerto donde finalmente tratarán de aterrizar lleva años construido y nunca se ha utilizado), una comedia loca (los tres asistentes –por no decir azafatos- son gays –Carlos Areces, Javier Cámara y Raúl Arévalo-  y tratan de rebajar la tensión con una actuación musical), un drama (por la historia del político que lleva años sin saber de su hija desaparecida que resulta que ahora trabaja de score –por no decir puta- o los momentos previos al aterrizaje forzoso que invitan a pensar que todo puede acabar en tragedia) o apostar por el tono romántico (un galán de cine –Guillermo Toledo-  huye de una relación destructiva –con Paz Vega- mientras comprende que abandonó e hirió a la chica que realmente merecía la pena –Blanca Suarez-). Pero el manchego quiere jugar todas las cartas a la vez, meterlas todas en una batidora y ofrecernos el batiburrillo resultante, sin importarle que sea inconexo o carezca de ritmo.
Pero quien considere mi crítica como un simple punto de vista –opinable, como todos-, resulta que comete aquí el señor Pedro un error de novato que me ayuda a cerrar toda posibilidad de debate. Si repasamos la gran totalidad de las críticas profesionales (tanto las que son a favor como las que son en contra, o incluso las más indiferentes) todo el mundo coincide en que lo mejor de la película es la secuencia protagonizada por Blanca Suarez, compartida con Carmen Machi, una secuencia que transcurre en tierra firme. De hecho, el único momento –quitando el arranque y el desenlace- que transcurre en tierra firme. Si una película cuya gracia reside en que todo sucede dentro de un avión resulta que su mayor logro está fuera… ¿no es muestra suficiente de que algo no funciona?
Pero no todos los defectos se centran en la decepción que provoca la falta de aprovechamiento de un buen punto de partida, sino la degradación total a la que se llega cuando, con la excusa de mezclar mescalina en agua de Valencia (gracias a los últimos pasajeros que faltaban por nombrar, unos recién casados interpretados –por decir algo, pues son los más flojos o peor aprovechados del casting- por Miguel Ángel Silvestre y Laya Martí), todo deriva en una bacanal sexual, filmadas con verdadero mal gusto y abusando de los chistes de cacapedoculopis que harían sonrojar a los propios hermanos Farrelly.  Si lo mejor que puede hacer Almodóvar con una buena idea y unos grandes actores (pese a todo Cámara sigue siendo inmenso, por más que sus esfuerzos para salvar esta mamarrachada sean estériles) sea un surtido de felaciones, “enculadas” y coitos despreciando cualquier atisbo de la más mínima moral y aplaudiendo el alcoholismo, las drogas y el vicio, pues casi mejor que se podría haber quedado en su casa manchega.
Quiero comentar también que Almodóvar siempre ha sido un icono gay. No me considero homófogo aunque tampoco conozco demasiado ese ambiente, pero si lo que se ve en el film pretende servir de referencia al mundo gay creo que les está haciendo un flaco favor.
Por supuesto, estoy hablando todo el rato de comedia porque así es como se ha definido la película, pero aún estoy esperando no sólo una carcajada sino una mínima sonrisa durante toda la proyección. Y o bien me quedé sordo ese día o puedo hablar también por el resto de la sala. Independientemente de que a alguien le puedan hacer más o menos gracia las guarradas (de eso se nutre la comedia americana durante los últimos años), esta película no tiene nada divertido y ni siquiera recuerdo un solo diálogo que pueda merecer la pena.
No quiero hacer leña, pero creedme. Es mala, muy mala. Y sentí incluso vergüenza de que próximamente vaya a ser representante del cine español. Solo el prólogo de Antonio y Pe y los momentos de Blanca Suarez se aguantan. Y eso es demasiado poco.

No diré si al final el avión se estrella o no, pero Pedrito, desde luego, sí lo ha hecho. Yo no odio a Almodóvar, pero otra película como esta y empezaré a hacerlo.