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jueves, 8 de agosto de 2019

PADRE NO HAY MÁS QUE UNO

Después de haber creado, para bien o para mal, un icono de la cultura popular como es Torrente, cuya quinta película parece haber supuesto el final de la saga, Santiago Segura parece sentirse cómodo adaptando historias de otros. Ya lo hizo con su versión de la película chilena Sin filtros, que él bautizó como Sin rodeos, y ahora repite con la película argentina Mamá se fue de viaje para rendir tributo a ese cine familiar de los años sesenta, con la gran familia como principal referente, en su nuevo trabajo como director, Padre no hay más que uno, donde, esta vez sí, se ha reservado el papel protagonista.
Bien cómodo en la comedia blanca cargada de buenas intenciones y con un deje de crítica social hacia el patriarcado, tal y como ya se reflejara en la estimable Sin rodeos, Segura parece acercarse a ese humor patrio tan denostado en los últimos tiempos, ese humor de cuñados que, sin embargo, no llega a abrazar del todo, huyendo del estereotipo fácil y consiguiendo que ese estilo propio propicia momentos muy divertidos y eficaces.
Debo reconocer que, pese a lo mucho que me gustó su anterior película, gracias en parte a una enorme Maribel Verdú, me acerqué a Padre no hay más que uno con ciertas reticencias, esperando encontrar una comedia del montón, plana y sin demasiada inteligencia. Al final, es posible que se le pueda reprochar su falta de riesgo, siendo (y esto es algo que no deja de sorprenderme cuando pensamos en la cafrería de Torrente) una propuesta extremadamente familiar, apta para todos los públicos, y de un buenismo innegable. De acuerdo, es cierto que no estamos ante una obra de Billy Wilder. Ni tampoco se lo propone. Segura, de la mano de Marta González de Vega, coautora del guion, solo quiere contar una historia familiar, tan familiar como que incluso cuela a dos de sus propios hijos entre el reparto, que parte del eterno juego de la guerra de sexos y del cambio de roles entre los miembros de un matrimonio para aleccionar y educar. Pero tampoco creo que debamos tomarnos esto de la crítica social demasiado en serio. Estamos ante una comedia familiar, y a una comedia familiar lo principal que hay que pedirle es que sea divertida, que haga reír a toda la familia. Y en ese sentido, Segura cumple con creces.
Rodeado de un abanico de actores muy efectivos (incluyendo a los cuatro niños del clan) y algún inevitable cameo de “amiguetes”, la película va de menos a más, terminando por seducir con su sencillez y resultando ser un pasatiempo tan estimable como apropiado.
Quizá muchos no acaben de acostumbrarse a este nuevo Santiago Segura, tan dócil y domado. Yo, por mi parte, sigo encantado con él. En un año donde las comedias españolas brillan por su patetismo, esta es, junto a Lo dejo cuando quiera, con la que mejor me lo he pasado.

Valoración: Siete sobre diez.

domingo, 4 de marzo de 2018

SIN RODEOS


Ha sido toda una sorpresa reencontrarse con Santiago Segura como director de cine. Con una exitosa carrera pero muy limitada a la saga Torrente, no tenía ninguna duda sobre sus cualidades como realizador (creo que no había ninguna duda sobre su talento en la franquicia, otra cosa más discutible es su buen o mal gusto), pero lo que no me imaginaba es que su primera película ajena a su creación fuese una comedia tan blanca y bienintencionada como Sin rodeos.
Hay que aceptar de entrada que la premisa argumental no es excesivamente original. De hecho, la cosa es una especie de revisión de la magnífica Un día de furia, de Joel Schumacher, con un gran Michael Douglas, pasada por el filtro de la comedia con aparentes toques mágicos como Mentiroso Compulsivo, aquella historia en la que Jim Carrey era incapaz de abrir la boca sin soltar verdades como puños por ella, casi siempre en el momento más inoportuno. Todo ello, en una visión femenina, eso sí. De manera que lo que había que esperar era a ver si los gags individuales pudiesen elevar la película a más de un simple entretenimiento.
Pero lo cierto es que Sin rodeos es eso y mucho más. Con un claro deje de reivindicación feminista, la película es justo el extremo opuesto a lo que era Torrente (a la que no estoy criticando, ojo -la quinta me divirtió mucho-, pero que basaba todo su poderío en el humor de sal gruesa). Con una excelsa, extraordinaria, Maribel Verdú aceptando con gusto toda la responsabilidad de cargar con el film a sus espaldas, Segura (que también participa en el guion, inspirado en una pieza teatral película chilena) consigue con maestría componer una divertidísimo canto a la vida, una película que, como su tema musical final anuncia, invita a la alegría y regala un buen rollo al cuerpo increíble, por más que todos los que rodean a la pobre Paz, el personaje interpretado por Verdú, sean unos cafres de cuidado.
Retrato ácido de la sociedad actual, con sus adictos al móvil, sus “influencers youtuberas”, sus artistas de baratillo y demás, la protagonista no es que no pueda mentir, como sucedía en el film de Carrey, sino que parece no tener filtros en sus palabras y acciones, convertida en una especie de justiciera social desatada tras tanto tiempo conteniéndose y tragando sapos y culebras (además de pastillas antidepresivas).
No es que Santiago Segura quiera practicar ahora la moralina, es más bien que se mira en el espejo del mundo que nos rodea para construir una heroína de la que enamorarnos e incluso envidiar por cómo logra retomar el control de su vida, sabiendo componer situaciones y diálogos desternillantes muy alejado de la vulgaridad o la escatología y aprovechando al máximo el buen plantel de segundarios, algunos amiguetes habituales, otros recién llegados a su mundillo circense, como una acertada Cristina Pedroche.
Me quedo, no obstante, sin espacio suficiente para elogiar a la protagonista, que aunque lleva años demostrando lo talentosa que es, parece que se acuerden suficientemente de ella en las entregas de premios. Aquí vuelve a dar lo mejor de sí misma y roza la perfección en un catálogo de registros siempre en un equilibrio tan frágil que podrían provocar cierta tendencia al ridículo en cualquier otra actriz.
En resumen, fantástica película que invita a tomarse la vida de otra manera y a escapar de los dramas diarios que nos rodean.
Valoración: Ocho sobre diez.

viernes, 13 de octubre de 2017

Sitges 2017: SOLO SE VIVE UNA VEZ

Federico Cueva es un reputado técnico argentino de efectos especiales que, tras algún coqueteo televisivo, da ahora el salto a la dirección cinematográfica.
Sólo se vive una vez es una comedia de acción muy loca que aúna detalles de sagas como Fast & Furious, parodia el histriónico estilo de Michael Bay y se inspira ligeramente (de manera reconocida en la propia película) en Único testigo, de Peter Weir.
Peter Lanzani, al que vimos hace poco en la brillante El Clan, es el protagonista absoluto de esta pantomima, aunque el elenco de secundarios que Cueva ha conseguido aunar es ciertamente llamativa, desde el orondo Gerard Depardieu hasta el descomunal Hugo Silva (cuya interpretación se come a todos sus compañeros de reparto), pasando por Santiago Segura (también coproductor) o Carlos Areces.
La película, una coproducción entre Argentina y España ambientada en Buenos Aires, narra la historia de Leonardo, un estafador de poca monta que es testigo de un asesinato y que para proteger su vida se oculta entre una comunidad judía. Con esta premisa, la historia nunca termina de decidir si debe tomarse en serio o no, quedando a medio camino entre la parodia y el frenesí. Así, las escenas de acción, que demuestran con claridad los orígenes de Cuevas, son espectaculares y emocionantes, pero tienen un punto de exageración que pueden llegar a sacar al espectador de la película. Explosiones imposibles, coches voladores y situaciones absurdas campan por el film a sus anchas, en una especie de quiero y no puedo de lujo que refleja las propias dudas del director en cuanto al camino a seguir.
Así y todo, tomada como un simple divertimento, la película llega a funcionar bastante bien, pese a lo desaprovechados de algunos actores participantes. Eso sí, la aparición de silva se hace esperar, pero cuando llega su carisma y humor se hacen dueños de la película, consiguiendo que el interés de esta aumente considerablemente.
Buen cine de entretenimiento imposible de tomarse en serio pero muy disfrutable si no se aspira a más que a un rato de evasión.

Valoración: Seis sobre diez.

domingo, 27 de noviembre de 2016

LA REINA DE ESPAÑA: la niña ya no es lo que era.

Más de dieciocho años después de que Trueba triunfara en los premios Goya con la interesante La niña de tus ojos, con la que culminaba una época dorada tras su coqueteo americano de Two Much, La Reina de España supone una continuación de las peripecias de esa troupe cinéfila alrededor de la estrella Macarena Granada a la que daba vida Penélope Cruz.
Como recordarán, La niña de tus ojos culminaba con un Antonio Resines desamparado en la Alemania nazi al que se le podía dar por muerto, condensando el descenso a la oscuridad de una película bastante divertida que se iba volviendo más seria y triste a medida que avanzaba el metraje. Con La reina de España sucede justo lo contrario, empieza muy dramática, con el personaje de Resines regresando a un Madrid lluvioso, convertido en un hombre sin hogar y, casi, sin identidad, para ir cogiendo color hasta un final festivo y bastante simplón, un final “made in Hollywood”, que diría Woody Allen.
Pues sí, el antaño director de cine Blas Fontiveros ha sobrevivido a su estancia en un Campo de Concentración y ha regresado a la España de postguerra coincidiendo con el retorno del Hollywood dorado de su musa y antigua amante, la actriz Macarena Granada, que va a protagonizar en España una película basada en Isabel la Católica (un proyecto, por cierto, que existió realmente: Samuel Bronston habría producido Isabel of Spain protagonizada por Sophia Loren de no ser por el fracaso de La caída del Imperio Romano).
Así, Fontiveros y Macarena se reencuentran, al igual que el resto del equipo: Julián Torralva (Jorge Sanz), Castillo (Santiago Segura), Lucía (Neus Asensi), Trini (Loles León) y Rosa (Rosa María Sardà). Solo el marco interpretado por Jesús Bonilla cae de la ecuación y su participación se limita a un simple cameo. A estos hay que añadir a dos nuevos integrantes, el ayudante de dirección Pepe Bonilla (Javier Cámara) y el maquinista Leo (Chino Darín).
La excusa para esta secuela (algo a lo que, Torrente y REC aparte, no estamos demasiado acostumbrados en este país) es la ilusión de Fernando Trueba por saber qué ha sido de estos personajes a los que tomó tanto cariño y volver a reencontrarse con ellos, y sin duda esa ha sido también la excusa para que el reparto original al completo haya accedido a regresar, Penélope incluida. Sin embargo, quien ya no está es David Trueba y Rafael Azcona en la escritura del guion y quizá eso sea lo que marca las principales diferencias entre La reina de España y La niña de tus ojos. Y es que, digámoslo sin tapujos, La reina de España es inferior, muy inferior, a la película de 1998.
Trueba parece querer hacer un homenaje a su profesión y reivindicar el ejercicio de los cineastas españoles durante el franquismo, en un ejercicio de egocentrismo profesional y auto homenaje similar al que hicieran los hermanos Coen en ¡Ave, César! pero con mucha menos gracia. La mayoría de los gags no divierten como debieran, la trama general es simplista y absurda y se intuyen un montón de posibles buenos momentos desaprovechados. Hay, además, un claro discurso político que no favorece en nada a la película y al que supo esquivar muy bien en La niña de tus ojos, convirtiendo por momentos el film en una proclama antifranquista (por más que se empeñe también en minimizar la figura del dictador español con constantes comparativas con Hitler).
Ni siquiera la aportación americana luce como debe, con un esperpéntico Cary Elwes (que lejos ha quedado La Princesa prometida) que logra milagrosamente sacar algo de jugo a su torpe personaje, un interesante Mandy Patinkin (desaprovechado reflejo de la Caza de Brujas de McCarthy, un presencial Arturo Ripstein reflejando al propio Bronston y una versión cruelmente deformada de John Ford con los rasgos de Clive Revill. Eso sí, al menos hay que reconocer que los actores se esfuerzan al máximo y logran sacar provecho de lo poco rescatable de sus guiones. Se nota que se sentían cómodos en los personajes y que han podido acomodarse en ellos a la perfección, abriendo las puertas (el propio Trueba no lo ha descartado) a una tercera película.
No todo en La Reina de España es malo. Hay momentos divertidos, secuencias muy bien rodadas y se denota un amor por el cine que siempre termina por traspasar la pantalla y contagiar al espectador más apasionado. Esos trucos con los decorados, esas construcciones de cartón piedra y esas intimidades en los rodajes son una gozada, y la magnífica puesta en escena (es lo que hay cuando se tiene dinero para gastar) consiguen que la película merezca el aprobado justo, lo cual no deja de ser una tremenda decepción ante las expectativas creadas.
La reina de España es más una fiesta de reencuentro entre viejos amigos que una película, y todo aquel que no se sienta partícipe de la misma se quedará con un regusto amargo y con la sensación de que el propio guion no es, en cierta medida, una copia de lo que ya había en la anterior película. Eso sí, como en toda fiesta que se precie, hay invitados sorpresa. Y saber reconocerlos es también un aliciente añadido.

Valoración: Cinco sobre diez.

jueves, 29 de octubre de 2015

MI GRAN NOCHE (7d10)

Después de que Las Brujas de Zugarramurdi (y sobretodo La chispa de la vida) no terminasen de sedudir a público y crítica, quizá debido a lo irregular de su ritmo y su descompensado final, Alex de la iglesia, de la mano de su fiel guionista Jorge Guerricaechevarría, ha regresado al terreno que mejor conoce, la comedia pura y dura, para coescribir y dirigir una absoluta locura, un desmadre genial donde las sorpresas no dejan de suceder, como en un vodevil demencial, cargado de gags y con un ritmo frenético.
Tal y como hiciera su buen amigo Santiago Segura con El Fary en la saga Torrente, De la Iglesia ha querido rendir pleitesía a Raphael, una de las grandes voces de nuestra música, al que convierte en la gran estrella en el centro de esta función absurda y desquiciada que satiriza la grabación de un especial televisivo (tan casposo y ridículo como los de verdad) para la noche de Fin de Año.
No pretende ser La Gran Noche una crítica social ni un alegato contra los tiempos de crisis que no terminamos de abandonar (ya he empezado diciendo que esto es comedia pura y dura), pero alrededor de ese gran festival que componen los diversos personajes que pululan por la gala De la Iglesia se permite crear un envoltorio donde, en pequeñas pinceladas, se reflejen algunos de los problemas que nos han tocado vivir, como la corrupción, la inestabilidad laboral o los tratos de favor entre las altas esferas , pero siempre sin perder el punto de vista de la diversión y el buen rollo que destila la propuesta.
¿Buen rollo? Bueno, para el espectador sí, pero lo que es para los personajes… Entre presentadores que se odian entre sí, trabajadores descontentos, invitadas extremadamente gafes, groupies manipuladoras y aprovechadas, divos pasados de rosca y fans obsesivos dispuestos a cometer un asesinato, dentro de la película hay de todo excepto buen rollo.
Pese a la tan cacareada presencia protagonista de Raphael, autoparidiándose de manera genial, la película es en realidad una propuesta coral, donde una decena de historias se entremezclan entre ellas de manera que resulta imposible no conectar con al menos un buen puñado de ellas. Cierto es que cuando se pretende abarcar tanto se corre el peligro de que se profundice en unas más que en otras y eso no siempre es sinónimo de que la destacada sea la que mejor funciona, pero pienso que De la Iglesia ha sabido cogerle bien el pulso a su obra, impidiendo que se le escape de las manos y haciendo que todo encaje con la exactitud del mecanismo de un reloj. ¿Qué nos gustaría conocer más cosas de algunas subtramas? Desde luego. Pero para evitarlo necesitaríamos una película de tres horas. Y no sé si tres horas grabando una gala musical tan casposa como esta no terminaría resultando tan agotador para el espectador como para los propios protagonistas.
Lo que hay que reconocerle al director es que esta vez sí ha sabido cerrar la historia como corresponde, consiguiendo cuadrar el círculo e impidiendo que se le vaya de las manos (y mira que habría sido fácil), dando su pequeño final a todas las historias (algunas mejor que otras, eso sí), y permitiendo que la clausura caiga en los auténticos protagonistas de la función: Raphael, Blanca Suarez y Pepón Nieto.
Con incontables cameos, algunos apenas reconocibles, la película se sustenta en un interminable y brillante reparto cargado de figuras de la comedia nacional. Aparte del cacareado Raphael (que interpreta a su propio reverso: una estrella que se niega a apagarse, tiránica y egomaníaca), el cual sorprende por su vis cómica y satírica,  hay que reconocer el siempre excelente trabajo de Caros Areces como su manager (o más bien esclavo) además de hijo adoptivo ruso (!!), la desternillante parodia que del artista latino de pocas luces compone Mario Casas (un cruce entre Bisbal, Civera y Chayanne) o la siempre destacable Blanca Suarez. Pero aún hay más. Por aquí se enfrentan en una implacable guerra de sexos Hugo Silva y Carolina Bang, coquetea con la ambigüedad sexual Carmen Machi, se burla de la corrupción Santiago Segura… en fin, una lista interminable en la que no hay papel pequeño que se quede sin su momentito de gloria. Y luego está la imprescindible Terele Pávez, por supuesto.
Haciendo hincapié en la banalidad televisiva por la que atravesamos, De la Iglesia demuestra habérselo pasado en grande con esta comedia muy gamberra pero algo menos negra de lo habitual y consigue también que todos los espectadores lo pasemos igual de bien, riendo sin parar al ritmo de las canciones de Raphael (uy, perdón, de Alphonso), de Chayanne (ay no, que es Adanne) y alguna más que se cuela por ahí.
En resumen, un locurón total, entretenido, por momentos desternillante, con tintes de emoción y, desde luego, muy, pero que muy recomendable.

sábado, 8 de noviembre de 2014

TORRENTE 5: OPERACIÓN EUROVEGAS (7d10)

Pocas ganas tenía yo de ver esta película, si os he de ser sincero. De hecho, debo ser uno de los pocos españoles que no había visto jamás ninguna de las cuatro películas anteriores de la saga. No me llamaba en absoluto, simple y llanamente.
Con el estreno de este nuevo Torrente me decidí a recuperar en video las anteriores dudando si darle una oportunidad o no, pues los que me conocéis ya sabéis que el humor escatológico no es mi fuerte, y de eso Santiago Segura sabe un rato. Repasando (mal mirando, mejor dicho, hay cosas más importantes que hacer) las primeras películas descubrí que Torrente, el brazo tonto de la ley era flojilla pero no estaba mal. Su secuela, Misión en Marbella, mejoraba técnicamente (el presupuesto se nota) pero tenía menos frescura. Y las otras dos películas son ya simplemente malas a rabiar.
Torrente era, a mi parecer, un buen personaje, con muy buenas posibilidades, pero totalmente desaprovechado en favor de la casquería más degradante y sucia. Y por eso las semanas han ido pasando sin encontrar el momento ni las ganas de ver al más mezquino hincha del Atleti por primera vez en pantalla grande. Pero una coincidencia en horarios me han invitado a ceder al fin la cabeza y…
Pues ¿qué queréis que os diga? ¡Que me ha gustado! ¡Toma ya! Tiene Torrente: Operación Eurovegas la frescura del Segura inicial, el intento de hacer algo original y divertido, pero con la sabiduría que dan los años. Reduciendo los chistes soeces y desagradables a apenas un par (casi obligados para no perder la identidad de Torrente, pero que a mí personalmente me obligan a que baje la nota del conjunto por ello), esta quinta entrega es la menos sucia de todas, apostando por un humor puro y duro donde mezcla con acierto el humor adrenalítico al más puro estilo americano con el toque castizo, consiguiendo además que la sátira social que apenas se intuía en otras entregas aquí sean un detalle más a aplaudir, una ironía social descarnada ayudada por el salto en el tiempo (estamos en 2018, en una España expulsada de la unión Europea, en la que han vuelto las pesetas y Catalunya es independiente además de finalista del Mundial de fútbol) que invita a verlo todo con más perspectiva.
Si en otras películas se adivinaba el homenaje pasado por su rasero que Segura quería hacer sobre películas de acción al estilo James Bond o a dramas carcelarios con Evasión o Victoria, aquí el referente es el cine de atracos, siendo Ocean’s eleven el espejo en que mirarse.
Torrente ha salido de la prisión en la que acabó en su última película y decide pasarse al otro lado de la ley, reuniendo a su habitual grupo de amiguetes para preparar el asalto al casino de Eurovegas a las órdenes de un americano encarnado por Alec Baldwin. Porqué un actor del prestigio como Baldwin ha accedido a meterse en este fregado (últimamente está de nuevo en la cresta de la ola gracias, principalmente, a la serie de Rockefeller Plaza aunque también ha participado en los dos últimos films de Woody Allen y está trabajando actualmente a las ordenes de Warren Beatty, Cameron Crowe y en la quinta entrega de Misión imposible) es un misterio (el primer deseado por Segura fue Mel Gibson, que todavía se debe estar preguntando qué es ese absurdo guion que le han dejado sobre la mesa), pero su aportación da un caché especial al film y su carisma resulta innegable.
Todo funciona a la perfección dentro del engranaje sencillo y sin demasiadas pretensiones de esta película, empezando por los elegantes títulos de crédito (la ausencia de cuerpos desnudos y el hecho de que el tema principal sea cantado en inglés ya demuestra el deseo de romper un poco con todo lo anterior)e  incluyendo el reparto de frikis que, por una vez, son bien aprovechados por el director, y el interminable número de cameos que invitan a ver la película varias veces más para tratar de identificarlos. Incluso un tipo como Jesulín de Ubrique cumple con corrección y muestra una correcta química con el personaje de Segura, mientras que Julián López interpreta a Cuco, lo que origina algún acertado chiste sobre su cambio de físico (en entregas anteriores el personaje tenía el rostro de tenía el rostro de Gabino diego).
No creo que sea el último Torrente que veamos (la taquilla manda, ya se sabe, y esta ha sido el mejor estreno español del año, aunque tras tres semanas en cartel lleva trece millones recaudados, muy lejos aún de los veintidós de la segunda entrega), pero intuyo yo algo de despedida en este film, ya sea por el salto en el tiempo, por la recuperación de personajes de la primera película como los interpretados por Chus Lampreabe o Neus Asensi (¡por Dios! ¿Qué se ha hecho esta mujer?) o la reinvención del tema final de Torrente 2 en manos de nuevo del gran Joaquín Sabina. Es como un fin de fiesta  de una saga que parecía agotada hasta el inteligente giro que Segura ha sabido hacerle.
No quiero que penséis que se trata de una obra maestra del cine español, ni mucho menos, pero sí es una comedia muy entretenida, con momentos épicos, y totalmente digna, como si Santiago Segura se hubiese cansado de buscar la provocación y el escándalo fácil y hubiese querido tratar de hacer cine.
Hay algunos gags memorables, otro que no lo son tanto, y apenas unas pinceladas (innecesarias totalmente pero tampoco mucho más ordinarias que las que se pueden ver, sin ir más lejos, en el simple tráiler de cosas como Dos tontos todavía más tontos) de ordinariez, pero en su conjunto es divertida y refrescante, con alguna interpretación chusquera que sorprende y una doble visión en paralelo del atraco (la que corresponde al plan y la finalmente resultante) digna de mención.
Por lo menos, en esta se les nota que se han divertido filmando. Y lo han sabido transmitir.

lunes, 30 de septiembre de 2013

BRUJAS DE ZAGARRAMURDI (7d10)

Alex de la Iglesia no solo es un gran director, sino también un gran amante del cine que no duda en regar sus obras de guiños y homenajes a películas que le marcaron. Alcanza, sin embargo, en su último título niveles extremos cuando realiza un más que evidente revisionado del Abierto hasta el amanecer que parieron Robert Rodriguez (director) y Quentin Tarantino (guionista) allá por 1996.
Las coincidencias no son pocas: Jose y Tony (Hugo Silva y Mario Casas) realizan un atraco tal y como hicieran en aquella los personajes encarnados por George Clooney y Quentin Tarantino y huyen a toda prisa con intención de cruzar la frontera (aquí la francesa, en el anterior caso la mejicana), llevando consigo a un rehén (Jaime Ordóñez en lugar de Harvey Keitel) y llevando consigo, además, un niño (aunque es evidente que las comparaciones entre Gabriel Delgado y Juliette Lewis son más esquivas). Justo en la frontera deben detenerse en un bar de inquietante aspecto (mucho menos animado, eso sí, que la Teta Enroscada) y a partir de ahí una trama policíaca de robos y persecuciones se transforma en un festival de sangre y muerte, sustituyendo los vampiros de Rodríguez por brujas con claras connotaciones sexistas (de hecho, todo el envoltorio de la película, con brillantes diálogos que a la postre resultan lo más atractivo del film, gira alrededor de la lucha de sexos, llegándose a la conclusión inapelable de que las mujeres son malas, pero los hombres tontos).
No falta ni el momento erótico, con Carolina Bang en ropa interior bebiendo de un corazón y derramando sangre que recorre lujuriosa su cuerpo, evocando a Salma Hayek en la ya clásica escena con el champán (y para rizar más el rizo, ambas actrices eran en el momento del rodaje las parejas de los respectivos directores). Incluso en un momento de la trama Jose y Tony se refieren a Manuel (Ordóñez) diciendo que parece un cura, precisamente a lo que se dedicaba Keitel en Abierto hasta el amanecer.
Siendo coherentes con lo que supone la producción cinematográfica española con respecto a la americana, hay que reconocerle a Brujas de Zagarramurdi un presupuesto proporcional mayor al que tuvo Rodríguez en su bizarra fábula vampírica, con lo que aquí la acción va más allá del bar y el reparto de personajes es más coral, con la aparición de la exmujer de Jose (Macarena Gómez) y los dos inspectores que llevan el caso del robo (Pepón Nieto y Secun de la Rosa) en medio de todo el fregado, aunque a decir verdad son tramas que podría haberse ahorrado De La Iglesia por su escasa aportación al film.
Y es que si Abierto hasta el amanecer presentaba unos personajes interesantes que se diluían cuando la historia se transformaba en un delirio gore de lucha por la supervivencia, algo parecido le sucede a Brujas de Zagarramurdi, que tras un inicio brillante y emocionante termina dejándose llevar por los excesos visuales del aquelarre satánico perdiendo esplendor y abusando de tantos exageraciones y situaciones  absurdas que roza en algunos momentos el ridículo, y no solo ya por la aparición satánica final (que no desvelaré aquí, aunque tampoco es que haya mucho que desvelar) que recuerda a alguna producción de serie B que tanto gustaban a Sam Raimi, sino –sobretodo- por la forzada subtrama romántica impuesta para aspirar a un final feliz, o al desperdicio de personajes como los inspectores Calvo y Pacheco que no ayudan en nada al desarrollo argumental.
Como historia de entretenimiento a la que no se le pide demasiado, la película funciona, y son muchos los momentos delirantes que provocan la carcajada al espectador, pero teniendo a Alex de la Iglesia a los mandos cabría esperar algo más de un film desigual, abrumador y con un último tercio alargado y cansino que tiene su mejor virtud en el reparto, fundamentalmente televisivo, donde Silva, Casas y Ordóñez brillan con luz propia aunque, como no se podía esperar otra cosa, la verdadera reina de la función es una inmensa Carmen Maura, bien secundada por Terele Pávez, que con su talento permiten que perdonemos paparruchadas como las brujas interpretadas por Santiago Segura y Carlos Areces (y es que en España esto del amiguismo funciona demasiado).
Divertida, excesiva, apabullante, absurda, escatológica (la escena de Macarena Gómez en la letrina es tan desagradable como brillante) y visualmente apasionante, Brujas de Zagarramurdi es una película que sin duda provocará debate, pero que debe ser vista, pues aun con todos sus defectos las virtudes terminan por predominar, aunque deje una sensación agridulce por la cuesta abajo que supone el clímax final.

Talento tiene, pero no suficientemente aprovechado.