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sábado, 6 de abril de 2019

DOLOR Y GLORIA

Aunque se recuerde con agrado las grandes comedias de Almodóvar de sus comienzos, en los últimos años el director manchego se ha movido con más comodidad en el drama. De hecho, entre sus últimos trabajos, es precisamente la comedia Los amantes pasajeros, la que considero su peor trabajo, mientras que títulos como La piel que habito o Julieta me llegaron a entusiasmar.
Como sea, Almodóvar es un artista de una personalidad tal que es difícil que deje indiferente a nadie, y su cine es tan personal que te obliga a conectar con él o resulta difícil dejarse atrapar por sus historias. Esto, síntoma referencial en su filmografía, se acentúa aun más si cabe en Dolor y Gloria al tratarse de su trabajo más personal, un cuento con claros tintes autobiográficos en que se adentra por su propia psique y se desnuda ante su público, tanto física como espiritualmente.
Antonio Banderas, el espejo en el que se refleja, interpreta a un director de cine en horas bajas, atormentado por unos problemas de salud que le impiden hacer aquello que más le gusta y que prácticamente le da la vida, como es dirigir, en analogía a las dificultades que el propio Almodóvar ha tenido en sus últimos rodajes (parece ser que el de Julieta fue especialmente duro por sus problemas de espalda), a la vez que se adentra en el pasado del artista para recrear una niñez marcada por la autoridad materna (esta vez en rol recae en Penélope Cruz), siendo precisamente la figura de la madre un elemento clave para su cine.
Dolor y Gloria es, por tanto, un viaje al interior del espíritu de Almodóvar, pero es también un ensayo sobre el artista, que puede llegar a extrapolarse a cualquier autor que sepa identificarse con el protagonista. Más allá de si sabemos reconocer el toque autobiográfico del personaje, Dolor y Gloria habla sobre el bloqueo del artista, la lucha desesperada por enfrentarse a sus miedos más profundos y las barreras que se crean (en ocasiones por uno mismo) para limitar ciertas libertades
Dolor y Gloria es, pues, una película dura y amarga, pero no carente de toques sutiles de comedia que ayudan a establecer esa conexión a la que me refería al principio, que termina siendo, a la postre, uno de los mejores trabajos del manchego, una especie de punto y aparte que sirve como colofón a una trayectoria llena de claroscuros, discutida y admirada por igual, que tiene en sus protagonistas una de sus mejores armas, siendo Banderas la gran estrella de la función. El malagueño está sencillamente espléndido y hace del dolor interno su mejor arma para culminar una composición magistral que nos reconcilia con ese gran actor que es y al que teníamos algo perdido en producciones de medio pelo de ese Hollywood ingrato con sus estrellas y de escasa memoria artística.
Dolor y Gloria seguirá sin gustar a los “odiadores gratuitos” de Almodóvar, pero enamorará a sus seguidores y a todo aquel espectador intermedio que simplemente se deje embriagar por una historia tan personal como universal que sepa enamorarse de esa España de postguerra en la que la ropa se lavaba a mano y la gente pobre convertía las cuevas en hogares.

Valoración: Ocho sobre diez.

jueves, 21 de febrero de 2019

PERDIENDO EL ESTE

Hace unos pocos años, siguiendo la estela de comedias españolas que arrasaban en taquilla, Atresmedia presentó Perdiendo el norte, una nueva vuelta de tuerca al uso y abuso de los tópicos, tanto patrios como foráneos (en este caso, alemanes), que no estaba del todo mal. La gracia de aquella película, más allá de sus chascarrillos y gracietas, es que utilizaba con inteligencia el ambiente de precariedad laboral del país para hacer una comparativa con los emigrantes que se fueron a buscarse las castañas fuera de España durante el franquismo, a la vez que sirve como espejo para poder identificarse con os propios inmigrantes que llegan ahora a nuestro país en busca de una vida mejor.
Todo eso se perdió en la fallida serie de televisión que pretendía seguir el espíritu de la película de Nacho G. Velilla y se diluye ya por completo es esta innecesaria secuela con la que han echado a los leones al debutante Paco Caballero que poco puede hacer para impregnar de algo de vida a la patochada que es Perdiendo el este.
El argumento es nimio. Más de lo mismo, pero ahora en China. Y para ello, por aquello de perder caché, los protagonistas son los que en la primera película eran simples secundarios. Con Yon González, Blanca Suarez y José Sacristán fuera de la producción, la evidencia de que estamos ante un producto de segunda es evidente, y Julián López, ahora máxima estrella del invento, poco puede hacer con un guion pobre que se limita a acumular chistes uno tras otro con la esperanza de que alguno caiga en gracia.
Tampoco los actores ayudan mucho, pues estamos ante uno de los peores trabajos del habitualmente solvente Miki Esparbé, a Carmen Machi y Leo Harlem se les nota desganados, Javier cámara es un visto y no visto (nunca el concepto “pasaba por ahí” ha sido más apropiado) y Edu Soto está simplemente espantoso. Solo la parte femenina se salva algo de la quema, pues tanto Chacha Huang como Silvia Alonso se esfuerzan por sacar adelante sus personajes mientras que Malena Alterio, con el poco papel que tiene, cumple como es habitual en ella (ya era de lo mejor de la también deficiente Bajo el mismo techo.
Al final, con lo que nos encontramos es una comedia romántica muy prototípica, que sigue los esquemas del género con tanta fidelidad que no hay hueco para la sorpresa, con un abuso de chistes locales que rozan la incorrección política (y no en el sentido positivo, de gamberrismo, sino en el ofensivo) y que solo quiere estirar más el chiste de un subgénero folklórico que funcionó muy bien en Ocho apellidos vascos pero que debe empezar a poner ya el freno para no resultar totalmente cansino. 
Sí, ver chinos corriendo en los Sanfermines puede tener su gracia, pero no tanto.


Valoración: Tres sobre diez.

sábado, 24 de noviembre de 2018

SUPERLÓPEZ

Cuando se confirmó que el proyecto eternamente postergado de llevar las aventuras de SuperLópez a la gran pantalla se iba a hacer realidad, me llevé una gran alegría. Luego vinieron las primeras noticias sobre fichajes, el primer tráiler y alguna imagen promocional y de la ilusión pasé al espanto a pasos agigantados. Solo faltaba leer unas declaraciones del creador de SuperLópez, Jan, confirmando que este no era “su” SuperLópez.
Al final, lo único que me mantenía con un hilo de esperanza era el director, Javier Ruiz Caldera, quien estuvo tras las cámaras de Spanish moviePromoción FantasmaTres bodas de más y, sobre todo, otra apuesta comiquera de nuestro cine, Anacleto, agente secreto. Además, yo soy de los que disfruté mucho con su Anacleto, y aunque no se pareciera demasiado al personaje creado por Vázquez, lo podía justificar en el hecho de que este no tenía aventuras largas que poder adaptar, cosa que sí sucede con SuperLópez.
Al final, precedida por algunas críticas nefastas de los que ya la habían visto en algún festival, me acerqué a la película con el convencimiento de que estábamos ante uno de los estropicios del año, un despropósito que no haría más que traicionar a uno de mis personajes de cómic preferidos y que marcó mi infancia más incluso que otros más icónicos como Mortadelo y Filemón o Zipi y Zape.
Una vez vista, hay que decir que parte de mis temores se vieron confirmados y que la observación de Jan era muy acertada. Este no es SuperLópez. Se parece a él como un huevo a una castaña. Sí, tiene muchos guiños, como la escena del café con leche y cruasán, los bolsazos de Luisa y los petisos, pero no comparte el mismo espíritu que el antihéroe de Jan. Hay cosas que se pueden justificar como una modernización del personaje, pero otras que no hay por donde agarrarlas. Así que, definitivamente, esta no es una buena adaptación del comic. Casi podría decir, incluso, que es nefasta.
Pero luego está su vertiente como producto de entretenimiento. En este sentido, debo confesar que las críticas eran exageradas y que Ruiz Caldera sale bastante airoso del proyecto. Es cierto que se le pueden poner muchos peros (y no me vale la excusa del ajustado presupuesto: SuperLópez tiene un montón de historietas que podrían haber adaptado mucho más “callejeras” que esta epopeya que requiere de robots gigantescos y naves espaciales) y que quizá el villano no esté a la altura del talento de Maribel Verdú, pero lo cierto es que olvidando los orígenes del personaje y tomándose la película como una simple parodia de Superman, la cosa funciona bastante bien.
De hecho, hay homenajes bastante directos al Superman de Donner, aunque también al de Snyder, aunque este es solo uno de los muchos guiños que tiene el film, que se mira también en el espejo (paródico) del Spiderman de Raimi, en Star Wars o incluso en El gran héroe americano que popularizó a William Katt allá por los ochenta.
Sorprende que, con el material de base y el currículo del director (y de los guionistas, los autores de Ocho apellidos vascos y Ocho apellidos catalanes), el humor no esté mucho más presente, siendo el Jaime González al que da vida Julián López el elemento más humorístico del guion, aunque la relación (no demasiado fraternal) entre Juan López y su padre terrestre también dé bastante juego. Por lo demás, es una película con tintes románticos, con conflictos por la doble personalidad del héroe (algo muy de comic, por cierto), de villanos megalómanos que solo quieren destruir el mundo e incluso se permite analizar (muy a su manera) la necesidad de aprobación por parte de un hijo desde dos ángulos diferentes, pero, sobre todo, es una película sobre un tipo extraordinario que toda la vida ha querido ser corriente y que, ahora que o ha conseguido, se ve obligado a hacer algo extraordinario.
Sin inspirarse en ninguna aventura escrita, la historia de SuperLópez se encuentra maniatada por las exigencias de una película “de orígenes”, teniendo que perder su tiempo en explicar una infancia del protagonista y el descubrimiento de sus poderes (por lo menos descubre que puede volar en menos tiempo que el Clark Kent de Smallville), pero no por ello pierde su ritmo narrativo, que en este sentido es algo más dinámico que en el caso de Anacleto. Ruiz Caldera sabe lo que tiene entre manos y, aunque no sea todo lo fiel que a uno le habría gustado al espíritu del personaje, consigue que su lavado de cara sea muy efectivo. Para que me entiendan, lo que hace está más cerca de la interesante Zipi y Zape y el club de la canica (nada que vez con los tebeos) que de La gran aventura de Mortadelo y Filemón, que por buscar una identificación tan fiel al original termina cayendo en el ridículo.
Tampoco Dani Rovira, que es un tipo que me cae francamente bien, aunque todavía no llega a deslumbrarme en su faceta como actor, desentona dando vida al protagonista, mientras que la presencia de Alexandra Jiménez (que ya fuera pareja de Rovira en 100 metros) es siempre jugar con una carta ganadora.
Resumiendo, que este no es “mi” SuperLópez, pero ello no impide que sea una muy disfrutable película, un divertimento muy bien filmado con escenas muy emocionantes, alguna cámara lenta un poco cargante y un tono castizo muy propio de sus guionistas. Y con unos efectos especiales que solo rechinan en las escenas de vuelo (y eso que en España tenemos experiencia en ello, recuerden el clásico Supersonic man que fue imitado por los creadores del vuelo del Superman II de Lester) Y que, como todo buen film de superhéroes que se precie (aunque sea parodiándolos) tiene su correspondiente escena postcréditos (bastante irrelevante, eso sí), aunque el verdadero epílogo, el que va justo antes de la genial canción de Alejo Stivel, es uno de esos que los apócrifos necesitaran que les expliquen y que los verdaderos fans aplaudirán con la esperanza de que la hipotética secuela sí sea un fiel retrato a los guiones de Jan.

Valoración: Seis sobre diez.

martes, 20 de marzo de 2018

LA TRIBU

Fernando Colomo, clásico director de comedias al que teníamos la vista perdida desde su Isla bonita del 2015, la cual pasó relativamente desapercibida por las salas comerciales, recupera el cine más comercial ficcionando la historia real de un grupo de mujeres que, bajo el nombre de “Las mamis” revolucionaron Badalona y llevaron su pasión por el baile hasta llegar a participar en el programa Got Talent.
Para ello, ha contado con la participación de una de las parejas cómicas más celebradas de la televisión de principios de siglo. En Aida, Paco León se había quedado tonto (como él mismo se definía) por culpa de las drogas, atormentando con ello a su sufrida madre, a la que daba vida Carmen Machi. En La Tribu, León y Machi vuelven a ser hijo y madre, y es un accidente con un autobús lo que “vuelve tonto” al protagonista.
Aceptada como una comedia sin más pretensiones que el simple entretenimiento, la película funciona a la perfección, resultando muy fresca y divertida y alegrando la vida con las divertidas coreografías de este grupo de Mamis que lidera Carmen Machi. Las situaciones cómicas enganchan al espectador y donde el acierto del guion flojea el carisma de los actores protagonistas lo saben ocultar.
El problema está si se aspira a tomarse algo en serio. Y no es ese un capricho personal, sino que la historia de Colomo invita a ello cuando pretende ilustrar una sátira social sobre los abusos de poder y los problemas de identidad en una sociedad donde el dinero está por encima de todo, convirtiendo a los trabajadores en simples números destinados a aumentar en capital de las empresas a las que (en el sentido más literal posible) pertenecen. Ese aire de crítica social sobrevuela en todo momento la película hasta su clímax final, donde no hay una resolución satisfactoria para el conflicto (puede que por no encontrar Colomo una respuesta creíble que no estropee el buen rollo de la actuación musical), dando la sensación de que hay un buenismo exagerado donde todo vale por el bien de la comedia.
Así que, al final, todo depende de cómo cada uno quiera ver la película. Si nos conformamos con una tontada sin tapujos, una especie de revisión de lujo del Luisma de toda la vida cambiando la periferia de Madrid (el ficticio Esperanza Sur) por la de Barcelona (Badalona), todo va bien. Si buscamos respuestas a los conflictos que el propio film nos plantea para aliviar con ello nuestras conciencias capitalistas, entonces nos hemos equivocado de película.

Valoración: Seis sobre diez.

lunes, 30 de octubre de 2017

CdS: FE DE ETARRAS: discreta diversión sobre el terrorismo

Aprovechando que gracias al festival de Sitges este fin de semana ya tenía la mitad de los deberes hechos (recordad buscar la opinión sobre El secreto de Marrowbone en los especiales de Sitges), en lo que a estrenos importantes se refiere, recupero una sección que tenía bastante olvidada, la de aquellas películas que recupero en formato doméstico o que, como en esta ocasión, han sido diseñadas directamente para televisión. O para streaming, mejor dicho. Y no será porque no tenga títulos pendientes.
El caso es que el estreno de Fe de etarras por parte de Netflix no podía ser más apropiado. Primero, porque vio la luz (sin contar con su polémico paso por San Sebastián) el día 12 de octubre, fiesta nacional. Segundo, porque coincide con un momento turbulento en Catalunya por culpa de sentimientos nacionalistas, que es de lo que trata la película, aunque a Dios gracias la situación no es ni de lejos tan aterradora como sucediera en el País Vasco.
Más allá del buen o mal gusto que pudiesen tener con la campaña publicitaria (recordad el cartel gigantesco que llegó a ser objeto de denuncia cuando todavía no se sabía que esto era una comedia), la duda estaba es saber si ya había pasado suficiente tiempo como para poder hacer comedia sobre un asunto tan delicado como el del terrorismo de ETA.
Personalmente creo que dar un tono de comedia a la vida, por dura que pueda resultar, siempre es positivo, bajo la condición de que se haga con respeto y buen gusto. Y Borja Cobeaga (director) y Diego San José (guionista) saben cumplir con esas cualidades. Bien conocedores del conflicto, que ya retrataron alguna vez en el programa de humor televisivo Vaya semanita, no han buscado un humor fácil de gags simples como en su mayor éxito, Ocho apellidos vascos, en la que también se permitían alguna broma con el tema. Han optado por un humor más sutil y corrosivo que en ningún momento puede llegar a ofender a las víctimas (que es lo más importante) y que ridiculiza a los fanáticos capaces de asesinar en nombre de una bandera o unos ideales sin duda obsoletos.
Fe de etarras cuenta como el veterano Martín, después de una traición del pasado, tiene la oportunidad de redimirse liderando un comando compuesto por los convencidos Álex y Ainara y por el aspirante a terrorista Pernando (ese es su nombre de combate, aunque a lo largo de la película lo va cambiando por Van Damme, Stallone...). El objetivo es esperar en un piso franco a que les indiquen el momento de poner una bomba en plena capital para reivindicar los ideales de la banda terrorista justo en el momento en que se está negociando su rendición, coincidiendo además con el Mundial de Fútbol que España logró ganar.
Con un reparto en el que destaca el siempre sobresaliente Javier Cámara, la película se nutre de diversos chistes a consta de la pasión/fobia por los símbolos nacionales (y para esto nada mejor que el fútbol) y la obsesión de los terroristas por cumplir su misión lidiando para ello con las situaciones más esperpénticas posibles. No hay, en mi opinión, nada que deba ofender a nadie, siendo mi principal queja de la película que no alcanza el tono de humor necesario para funcionar correctamente. No es que los chistes no hagan gracia, que la hacen, sino que son demasiado escasos, habiendo demasiados momentos en los que se podría dudar si es una comedia o un drama costumbrista. Esta indecisión, junto a una subtrama romántica que tampoco aporta demasiado, es la principal traba para una película que, por otra parte, es necesaria para recordar una época que conviene dejar atrás en cuanto a los hechos pero no en cuanto a la memoria. Siempre conviene recordar los errores del pasado para tratar de aprender de ellos, y resulta más sencillo y agradable hacerlo desde la comedia (me viene a la mente la similar Four lions, en este caso sobre el extremismo islámico) que desde el dolor, sin que por ello deba acusarse de frivolizar.
Interesante propuesta de Cobeaga y San José y valiente apuesta de Netflix, que sigue sin conseguir grandes obras maestras pero que poco a poco va ampliando un interesante catálogo de películas de producción propias. No es perfecta, quizá incluso inferior a 7 años, pero al menos marca el camino a seguir.

Valoración: Seis sobre diez.

sábado, 14 de marzo de 2015

PERDIENDO EL NORTE (6d10)

La nueva película de Nacho G. Velilla demuestra, ya de entrada, que tras Fuera de carta y Que se mueran los feos, el director zaragozano mejora en cada trabajo, resultando su  última obra la más redonda de todas las rodadas hasta la fecha.
Esto no significa, sin embargo, que Perdiendo en norte sea una película perfecta, desde luego. En realidad, queda lejos de estarlo, ya que aunque resulta simpática y fresca y contiene algún buen momento de humor no alcanza a ser tan divertida como la comedia que se le supone que es, mientras que los momentos dramáticos, que los tiene también, carecen de la fuerza suficiente para emocionar como es debido.
Ello se debe, en gran parte, a las debilidades de un guion que apuesta por lo seguro en todo momento, sin ninguna pretensión por arriesgar o innovar lo más mínimo, dando la sensación de que pese a que la película funcione perfectamente bien no es más que un refrito de cosas vistas anteriormente.
Nacida como actualización sin complejos del clásico patrio Vente a Alemania, Pepe, de Pedro Lazaga y de la que no por casualidad se recupera al gran José Sacristán, Perdiendo el norte funciona como triste demostración de lo poco que han cambiado las cosas en nuestro país, mostrándonos la historia de dos jóvenes que pese a estar sobradamente preparados para tener éxito en el mundo laboral deciden ir a ganarse las habichuelas a Alemania atraídos por los cantos de sirena de un programa de televisión, en vista de que en España las cosas no pintan demasiado bien, ya sea por culpa de la crisis o de la corrupción. 
Hay aquí un primer amago (centrado básicamente en los propios títulos de crédito) de hacer una denuncia social sobre la situación de nuestro país que termina diluyéndose cuando nuestros protagonistas llegan al país germano donde descubren que no es oro todo lo que reluce y sus aspiraciones laborales se van difuminando en pos de otros derroteros, hasta que la película termina tomando dos caminos diferentes siguiendo el curso de los dos protagonistas, la comedia romántica protagonizada por Yon González y Blanca Suarez y la comedia de situación y enredo en la que tan bien se desenvuelve Julián López y dónde forma un curioso triángulo con Malena Alterio y Younes Bachir.
Como ya he dicho, Velilla toma ideas prestadas de mil y un referentes, desde el arranque que rememora el principio de El lobo de Wall Street  o el recuerdo a films más o menos recientes de temática muy pareja como Un franco, catorce pesetas o La vida inesperada, permitiendo, quizá por culpa de su experiencia en sitcoms televisivas, que la historia se le vaya de las manos, perdiéndose el mensaje que pueda querer transmitir para terminar demasiado plano y previsible, lo cual no es necesariamente malo, aunque inevitablemente deja sensación de oportunidad desaprovechada.
Velilla rodea a sus protagonistas con secundarios de lujo (y amiguetes suyos) como Javier Cámara, Carmen Machi o Úrsula Corberó, aunque quizá quien roba las mejores escenas es Miki Esparbé, el personaje más puramente cómico de la función.
Al final, Perdiendo el Norte es agradable y entretenida, más floja de lo deseable y demasiado complaciente, dejando incluso alguna historia algo en el aire, pero a la que se le puede perdonar en pos a sus buenas intenciones y su simpático desarrollo.

sábado, 8 de noviembre de 2014

TORRENTE 5: OPERACIÓN EUROVEGAS (7d10)

Pocas ganas tenía yo de ver esta película, si os he de ser sincero. De hecho, debo ser uno de los pocos españoles que no había visto jamás ninguna de las cuatro películas anteriores de la saga. No me llamaba en absoluto, simple y llanamente.
Con el estreno de este nuevo Torrente me decidí a recuperar en video las anteriores dudando si darle una oportunidad o no, pues los que me conocéis ya sabéis que el humor escatológico no es mi fuerte, y de eso Santiago Segura sabe un rato. Repasando (mal mirando, mejor dicho, hay cosas más importantes que hacer) las primeras películas descubrí que Torrente, el brazo tonto de la ley era flojilla pero no estaba mal. Su secuela, Misión en Marbella, mejoraba técnicamente (el presupuesto se nota) pero tenía menos frescura. Y las otras dos películas son ya simplemente malas a rabiar.
Torrente era, a mi parecer, un buen personaje, con muy buenas posibilidades, pero totalmente desaprovechado en favor de la casquería más degradante y sucia. Y por eso las semanas han ido pasando sin encontrar el momento ni las ganas de ver al más mezquino hincha del Atleti por primera vez en pantalla grande. Pero una coincidencia en horarios me han invitado a ceder al fin la cabeza y…
Pues ¿qué queréis que os diga? ¡Que me ha gustado! ¡Toma ya! Tiene Torrente: Operación Eurovegas la frescura del Segura inicial, el intento de hacer algo original y divertido, pero con la sabiduría que dan los años. Reduciendo los chistes soeces y desagradables a apenas un par (casi obligados para no perder la identidad de Torrente, pero que a mí personalmente me obligan a que baje la nota del conjunto por ello), esta quinta entrega es la menos sucia de todas, apostando por un humor puro y duro donde mezcla con acierto el humor adrenalítico al más puro estilo americano con el toque castizo, consiguiendo además que la sátira social que apenas se intuía en otras entregas aquí sean un detalle más a aplaudir, una ironía social descarnada ayudada por el salto en el tiempo (estamos en 2018, en una España expulsada de la unión Europea, en la que han vuelto las pesetas y Catalunya es independiente además de finalista del Mundial de fútbol) que invita a verlo todo con más perspectiva.
Si en otras películas se adivinaba el homenaje pasado por su rasero que Segura quería hacer sobre películas de acción al estilo James Bond o a dramas carcelarios con Evasión o Victoria, aquí el referente es el cine de atracos, siendo Ocean’s eleven el espejo en que mirarse.
Torrente ha salido de la prisión en la que acabó en su última película y decide pasarse al otro lado de la ley, reuniendo a su habitual grupo de amiguetes para preparar el asalto al casino de Eurovegas a las órdenes de un americano encarnado por Alec Baldwin. Porqué un actor del prestigio como Baldwin ha accedido a meterse en este fregado (últimamente está de nuevo en la cresta de la ola gracias, principalmente, a la serie de Rockefeller Plaza aunque también ha participado en los dos últimos films de Woody Allen y está trabajando actualmente a las ordenes de Warren Beatty, Cameron Crowe y en la quinta entrega de Misión imposible) es un misterio (el primer deseado por Segura fue Mel Gibson, que todavía se debe estar preguntando qué es ese absurdo guion que le han dejado sobre la mesa), pero su aportación da un caché especial al film y su carisma resulta innegable.
Todo funciona a la perfección dentro del engranaje sencillo y sin demasiadas pretensiones de esta película, empezando por los elegantes títulos de crédito (la ausencia de cuerpos desnudos y el hecho de que el tema principal sea cantado en inglés ya demuestra el deseo de romper un poco con todo lo anterior)e  incluyendo el reparto de frikis que, por una vez, son bien aprovechados por el director, y el interminable número de cameos que invitan a ver la película varias veces más para tratar de identificarlos. Incluso un tipo como Jesulín de Ubrique cumple con corrección y muestra una correcta química con el personaje de Segura, mientras que Julián López interpreta a Cuco, lo que origina algún acertado chiste sobre su cambio de físico (en entregas anteriores el personaje tenía el rostro de tenía el rostro de Gabino diego).
No creo que sea el último Torrente que veamos (la taquilla manda, ya se sabe, y esta ha sido el mejor estreno español del año, aunque tras tres semanas en cartel lleva trece millones recaudados, muy lejos aún de los veintidós de la segunda entrega), pero intuyo yo algo de despedida en este film, ya sea por el salto en el tiempo, por la recuperación de personajes de la primera película como los interpretados por Chus Lampreabe o Neus Asensi (¡por Dios! ¿Qué se ha hecho esta mujer?) o la reinvención del tema final de Torrente 2 en manos de nuevo del gran Joaquín Sabina. Es como un fin de fiesta  de una saga que parecía agotada hasta el inteligente giro que Segura ha sabido hacerle.
No quiero que penséis que se trata de una obra maestra del cine español, ni mucho menos, pero sí es una comedia muy entretenida, con momentos épicos, y totalmente digna, como si Santiago Segura se hubiese cansado de buscar la provocación y el escándalo fácil y hubiese querido tratar de hacer cine.
Hay algunos gags memorables, otro que no lo son tanto, y apenas unas pinceladas (innecesarias totalmente pero tampoco mucho más ordinarias que las que se pueden ver, sin ir más lejos, en el simple tráiler de cosas como Dos tontos todavía más tontos) de ordinariez, pero en su conjunto es divertida y refrescante, con alguna interpretación chusquera que sorprende y una doble visión en paralelo del atraco (la que corresponde al plan y la finalmente resultante) digna de mención.
Por lo menos, en esta se les nota que se han divertido filmando. Y lo han sabido transmitir.