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sábado, 6 de abril de 2019

DOLOR Y GLORIA

Aunque se recuerde con agrado las grandes comedias de Almodóvar de sus comienzos, en los últimos años el director manchego se ha movido con más comodidad en el drama. De hecho, entre sus últimos trabajos, es precisamente la comedia Los amantes pasajeros, la que considero su peor trabajo, mientras que títulos como La piel que habito o Julieta me llegaron a entusiasmar.
Como sea, Almodóvar es un artista de una personalidad tal que es difícil que deje indiferente a nadie, y su cine es tan personal que te obliga a conectar con él o resulta difícil dejarse atrapar por sus historias. Esto, síntoma referencial en su filmografía, se acentúa aun más si cabe en Dolor y Gloria al tratarse de su trabajo más personal, un cuento con claros tintes autobiográficos en que se adentra por su propia psique y se desnuda ante su público, tanto física como espiritualmente.
Antonio Banderas, el espejo en el que se refleja, interpreta a un director de cine en horas bajas, atormentado por unos problemas de salud que le impiden hacer aquello que más le gusta y que prácticamente le da la vida, como es dirigir, en analogía a las dificultades que el propio Almodóvar ha tenido en sus últimos rodajes (parece ser que el de Julieta fue especialmente duro por sus problemas de espalda), a la vez que se adentra en el pasado del artista para recrear una niñez marcada por la autoridad materna (esta vez en rol recae en Penélope Cruz), siendo precisamente la figura de la madre un elemento clave para su cine.
Dolor y Gloria es, por tanto, un viaje al interior del espíritu de Almodóvar, pero es también un ensayo sobre el artista, que puede llegar a extrapolarse a cualquier autor que sepa identificarse con el protagonista. Más allá de si sabemos reconocer el toque autobiográfico del personaje, Dolor y Gloria habla sobre el bloqueo del artista, la lucha desesperada por enfrentarse a sus miedos más profundos y las barreras que se crean (en ocasiones por uno mismo) para limitar ciertas libertades
Dolor y Gloria es, pues, una película dura y amarga, pero no carente de toques sutiles de comedia que ayudan a establecer esa conexión a la que me refería al principio, que termina siendo, a la postre, uno de los mejores trabajos del manchego, una especie de punto y aparte que sirve como colofón a una trayectoria llena de claroscuros, discutida y admirada por igual, que tiene en sus protagonistas una de sus mejores armas, siendo Banderas la gran estrella de la función. El malagueño está sencillamente espléndido y hace del dolor interno su mejor arma para culminar una composición magistral que nos reconcilia con ese gran actor que es y al que teníamos algo perdido en producciones de medio pelo de ese Hollywood ingrato con sus estrellas y de escasa memoria artística.
Dolor y Gloria seguirá sin gustar a los “odiadores gratuitos” de Almodóvar, pero enamorará a sus seguidores y a todo aquel espectador intermedio que simplemente se deje embriagar por una historia tan personal como universal que sepa enamorarse de esa España de postguerra en la que la ropa se lavaba a mano y la gente pobre convertía las cuevas en hogares.

Valoración: Ocho sobre diez.

domingo, 7 de octubre de 2018

OLA DE CRÍMENES

Viendo las primeras críticas negativas de Venom, y ante lo poco que me apetecía el adulcoramiento que esperaba de Christopher Robin, esta era, a priori, la película que esperaba con más ganas de entre los estrenos del viernes, principalmente por la presencia siempre estimulante de Maribel Verdú, ya que me cuesta recordar una película suya de los últimos años que me haya decepcionado (incluso la flojita Fin tenía elementos de interés). 
Sin embargo, una vez vista, Ola de crímenes ha dejado mucho que desear. No porque sea una mala película, sino porque es demasiado simplona y va siempre a lo fácil. Juan Luis Caviaro lo define perfectamente en su comentario para el portal Espinof: es demasiado negra para considerarla una comedia ligera pero demasiado ligera para ser una comedia negra.
Gracia Querejeta vuelve a dirigir a la Verdú tras la interesante experiencia en Felices 140 en una trama desmadrada llena de crímenes y giros de guion imprevisibles, un poco en la estela de títulos como ¿Quién mató a Bambi?, con un reparto espectacular aunque, en la mayoría de los casos, infrautilizado. En el fondo, Maribel Verdú es duela y señora el cotarro y la cámara sólo se centra en ella (quizá en exceso, hasta el punto de que si la película la hubiese dirigido un hombre habría encontrado en ella un evidente toque machista). 
La historia parte del asesinato del exmarido de la protagonista, Leyre (un ejemplo de lo que comentaba del reparto, la presencia de Luis Tosar aquí es casi anecdótica) en manos de su hijo y la cadena de acontecimientos que ello provoca, con policías corruptos, tramas empresariales oscuras (cualquier comparación con el retrato de realidad social de El reino es pura fantasía) y mafiosos e poca monta. Todo es muy delirante, pero a la vez muy tonto, buscando los trucos de prestidigitación en sus trampas de guion que no se molestan en ningún momento en resulta mínimamente verosímiles.
Con ello, el gran trabajo de casting se ve empañado por unos diálogos simples y un guion que no les permite trabajar demasiado sus personajes, con lo que ni siquiera los esfuerzos de Maribel Verdú logran que la película alce el vuelo en ningún momento.
Con todo, dejando las exigencias de lado (si alguien quiere una buena comedia española todavía puede encontrar Yucatán en los cines), la película resulta entretenida, y al menos la puesta en escena de Querejeta es elegante y funcional.
Poco más se puede rascar en una película que posiblemente se olvide rápido y quede como una simple anécdota dentro de la filmografía de sus protagonistas, una broma simpática en una época en que la comedia española merece, por méritos propios, una mayor exigencia.

Valoración: Cinco sobre diez.

domingo, 25 de marzo de 2018

EL AVISO

Daniel Calparsoro es uno de los directores más interesantes del panorama cinematográfico patrio, y la reciente y exitosa (aunque a mi entender no suficientemente redonda) Cien años de perdón es una muestra de ello. Además, el thriller policiáco está de moda en nuestra filmografía, y aunque El aviso no entre directamente en el terreno policiáco, por ahí andan los tiros.
Todo parte de un suceso aparentemente inexplicable: un asalto a una tienda de gasolinera tiene un fatídico desenlace: un inocente es tiroteado y mientras su vida se debate entre la vida y la muerte su mejor amigo descubre una extraña secuencia matemática que demuestra que el incidente no fue casual y que se ha venido repitiendo a lo largo de los años. Diez años más tarde, un niño recibe un aviso advirtiéndole sobre su más que probable muerte.
Calparsoro construye una angustiante historia con tientes muy urbanos alrededor de la figura de Jon, un matemático en sus horas más bajas atrapado en un triángulo amoroso junto a su mejor amigo y el amor de su juventud. Con guion de Jorge Guerricaechevarria, Patxi Arnezcua y Chris Sparling a partir de una novela de Paul Pen, la historia se mueve a través de os marcos temporales, siendo posiblemente ese el mayor acierto de la puesta en escena de Calparsoro, capaz de mostrar cada una de las líneas temporales constantemente sin que ello resulte confuso, pero por contra está a punto de perder el control de su obra a medida que se aproxima a su final, cuando las preguntas se acumulan y uno ya intuye que no se va a encontrar con respuestas satisfactorias.
No es que sea imprescindible dar un sentido a todo lo que ocurre, permitiendo que el factor sobrenatural actúe libremente, pero posiblemente toda la parte central de la historia tiene unos visos demasiado realistas, con una subtrama de bulling con un peso específico en la misma, como para encajar fácilmente ese elemento de ciencia ficción que no se nos había llegado a anunciar en ningún momento.
Puede que sea conveniente para el interés de la historia no saber nada respecto a su argumento al entrar en la sala de cine, pero no es menos cierto que si uno va a la espera de un simple thriller de intriga y misterio y se encuentra de golpe especulando sobre la reencarnación, las paradojas temporales y los portales interdimensionales (y nada de esto se menciona en la película pero, como con las meigas, haberlos haylos), puede que quede impregnado por cierto regusto de insatisfacción.
Como sea, la presencia de grandes actores (en especial en su parte femenina) ayuda a simpatizar más con el misterio y Calparsoro tiene suficiente pericia visual como para conseguir que durante toda la proyección el misterio y el desasosiego nos invada, por más que al final pueda predominar más la confusión y el vacío que la sensación de un trabajo bien hecho.
Y es que ni estamos ante una película de ciencia ficción aunque sí lo sea ni tampoco se trata de un policíaco realista, aunque también. Demasiada indefinición y medias tintas para poder aplaudir como se merece a esta El aviso, cuyo resultado final sí es, al menos, mucho más correcto que el espantoso y nada apetecible tráiler que la precedía.

Valoración: Seis sobre diez.

lunes, 13 de noviembre de 2017

ORO, en busca de El Dorado

Dejando de lado Solo quiero caminar, que pasó bastante desapercibida por las pantallas, Agustín Díaz Yanes es siempre recordado por la irregular Alatriste. Ahora, once años después, vuelve a contar con la colaboración de Arturo Pérez-Reverte en una extraña maniobra con la que se adapta una historia inédita para la que el propio escritor firma también el guion.
Con un despliegue algo menos ambicioso que Alatriste pero una mejor factura técnica, Oro es la epopeya de unos conquistadores españoles en busca de una ciudad de Las Indias que se supone estaba hecha toda de oro, desde las paredes de las casas hasta los propios tejados. Estamos, por tanto, ante una aventura con tintes bélicos, una historia de supervivencia en la selva amazónica que no es, en el fondo, más que una mera excusa para hablar sobre la crueldad y la mezquindad de la condición humana, de cómo la codicia y el temor puede llevar a alguien a cometer actos de villanía. Aún con restos de honor entre algunos de los protagonistas, la película está plagada de decisiones traicioneras, enfrentamientos por amor (o lujuria) y menosprecio a la vida humana, ya sea la propia, la del hombre blanco o la del indígena. Es, pues, Oro, una fábula sucia y cruel, donde, como si quisiera hacer paralelismos con la sociedad actual, incluso las disputas por os nacionalismos regionales tienen cabida en la trama.
Para ello, Agustín Díaz Yanes se ha rodeado de lo mejorcito en actores de nuestro país, con nombres de la talla de Raúl Arévalo, Óscar Jaenada, José Coronado, Juan José Ballesta, Luis Callejo, Antonio Dechent o Anna Castillo, además de la breve pero intensa aparición de Juan Diego. Es curioso, sin embargo, que en una historia tan masculina y viril quien consiga sobresalir la maravillosa Bárbara Lennie. Recuerdo como tras el estreno de El niño muchos protestaban por lo poco que se prodigaba esta estupenda actriz (ese mismo año deslumbró a todos con Magical Girl), y ahora que empieza a ser más frecuente verla nos encontramos con esos productos de vergüenza ajena como la ridícula serie de El Incidente. Con Oro, Lennie consigue regresar al buen camino.
No estamos ante una película redonda. Quizá Díaz Yanes y Pérez-Reverte, en su afán por ser fieles a la realidad histórica, olvidaron dar algo más de profundidad a sus protagonistas, mientras que la propia trama es demasiado lineal, excesivamente plana. Los soldados van de un punto A a un punto B, enfrentándose a los obstáculos del camino y punto. No hay ningún giro, ningún recoveco del camino que logre sorprender demasiado y ninguno de los protagonistas, más allá de las nobles u oscuras intenciones que puedan tener, tiene un pasado que nos perita simpatizar demasiado con ellos.
Con todo, el buen trabajo de los artistas, la firme dirección de Díaz Yanes y el empaque técnico que logra que todo se vea con un realismo impecable, hacen de la película una propuesta muy interesante y totalmente recomendable.

Valoración: siete sobre diez.

martes, 13 de septiembre de 2016

TARDE PARA LA IRA: Cautivador debut de Arévalo como director.

No es ninguna novedad que el cine español actual está plagado de thrillers negros con muy buena factura. La isla mínima o Cien años de perdón son dos buenos ejemplos de ellos en los que, además, coincide un intérprete concreto: Raúl Arévalo. Además, ambas películas se caracterizan por tener una factura impecable, una realización que nada tiene que envidiar a las grandes producciones americanas.
Para su debut como director, Arévalo se ha servido de ese mismo género pero dándole la vuelta a la tortilla. Tarde para laira es una historia sucia, desgarradora, y como tal, se localiza en la España más costumbrista, en una España de barrio, de pueblo, casi en las antípodas de lo se venía haciendo últimamente.
Escrita por el propio Arévalo junto a David Pulido, Tarde para la ira es una película que ha necesitado de casi diez años para su creación, lo cual le ha servido al novel director para lograr imponer el estilo y la personalidad deseados, sin imposiciones de la productora. Por eso, es meritorio que en un primer trabajo se demuestre una personalidad tan brutal y una claridad de ideas tan notoria que hacen de esta película una gran propuesta y de Arévalo un director a seguir muy de cerca.
Tarde para la ira arranca con planos muy cortos, casi claustrofóbicos, como invitándonos a participar de las vidas de los protagonistas, unos Antonio de la torre y Luis Callejo que están sensacionales en su brillante ejercicio de contención. A ritmo muy lento, rozando la impasividad, la película se va fraguando hasta que se produce su primer gran giro de guion y entonces todo cambia, desde el ritmo hasta la composición visual. Sin entrar en detalles, diremos sólo que Tarde para la ira es una película de venganza, pasional y violenta, que sabe medir sus fuerzas para rozar unos límites que nunca llega a traspasar. La primera media hora es casi desesperante por su escasez narrativa. El final es casi excesivo. Y la clave de todo ello, y el gran valor de Arévalo, es lograr ese “casi” sin superarlo, sin estropear una historia sencilla pero contundente y unos personajes donde no hay realmente buenos y malos (sino todo lo contrario) movidos por el amor y la desesperación.
Tarde para la ira es una película muy próxima, en la que casi se huele la suciedad de las calles y el refrito de los bares, y donde De la Torre consigue con sus miradas vacías y sin alma (aparente) lo que muchos no logran con grandes diálogos.
Magnífico debut como realizador de un ya de por sí gran actor y magnífica película que logra desesperar y cautivar por igual.

Valoración: siete sobre diez.

domingo, 6 de marzo de 2016

CIEN AÑOS DE PERDÓN: Entretenimiento efectivo aunque vacío.

Me encuentro ante una extraña dualidad a la hora de escribir sobre esta película. Siempre he defendido a ultranza las virtudes del cine español. Y me refiero con ello no a poner nuestra producción patria por encima de lo que nos llega del otro lado del charco (no soy tan iluso) sino más bien a pretender ver que aquí se pueden hacer filmes tan virtuosos como los financiados con dinero yanqui.
Cien años de perdón es un claro ejemplo de que aquí se pueden hacer películas americanas de muy buena factura. No importa las nacionalidades ni las fobias que se puedan sentir hacia la cinematografía propia para disfrutar de un entretenimiento de casi dos horas sobre un atraco a un banco que recuerda poderosamente al estilo visual de Sidney Lumet, Michael Mann o incluso la escena inicial de El Caballero oscuro de Nolan. Hay, incluso, un deje argumental del Plan oculto de Spike Lee, siempre sirviéndose de ese invento que Alfred Hitchcock dio a llamar McGuffin. Y todo eso, sin olvidarnos de que estamos ante unos ladrones con un tufillo a héroes que al final deben caernos bien y quedar casi como los buenos de la historia, como si de unos Clooneys, Pitts o Damon del montón fuesen y trabajaran para la banda de un tal Ocean. Todo, como pueden ver, referentes muy americanos.
Mezclando todo ello en una batidora la película de Daniel Calparsoro sobre un atraco con rehenes en una España corrupta y de inestables ideologías políticas funciona bien en cuanto a ritmo y emoción, consagrándose a las virtudes de sus dos protagonistas, unos Luis Tosar y Rodrigo de la Serna que contagian química, y a un cuidado ejercicio de estilismo que permite que la película navegue entre el thriller y la crónica social sin permitir que decaiga en ningún momento el interés.
Pertenece este trabajo a esa colección de títulos más o menos admirables que demuestran que nos tics que tanto han dado al cine de nuestro país (y que tantos odios han engendrado también) son cosa de otros tiempos. Un cine dinámico, ecléctico y, digámoslo claro, muy comercial, como son las obras de Enrique Urbizu,  Daniel Monzón o Alberto Rodríguez. Unas películas que, insisto, no tienen nada que envidiar al cine americano.
Sin embargo, si me niego a situar al cine español por debajo del yanqui tampoco sería justo exigirle menos que a aquel. Si bien es cierto que Cien años de perdón puede resultar tan entretenida como otras películas de ladrones con aires de Robin Hood como la mencionada Ocean’s eleven, Le llaman Bodhi, The Town o Reservoir dogs, también resulta a la postre tan vacía de contenido como algunas de las aquí mencionadas.  Es Cien años de perdón una película que se disfruta mediante su visionado pero que se olvida al término del mismo, culpa en parte de una exceso de personajes apenas elaborados o que, por ahondar en el arquetipo, rezan el ridículo, caso de los interpretados por Raúl Arévalo o Luis Callejo, por poner un par de ejemplos.
Quizá el principal problema de Cien años de perdón, y que impide que llegue a ser una gran película pese a sus evidentes méritos, es la pretensión de su director, Calparsoro, por querer profundizar en una deriva que se le va de las manos. La insistencia de convertir a los villanos en héroes con una subtrama de corrupción política que al final no va a ningún sitio desinfla una historia en la que parece que lo que se pretende es explicar al espectador algo que ya conoce sobradamente: los chanchullos del poder. Y ese ejercicio estéril de pretenciosidad, insistiendo sobre lo evidente, hace que se pierda demasiado tiempo dando vueltas en círculo y se abandone la fuerza de una trama que debiera haber sido más negra y policiaca.
Es cine de entretenimiento comercial, sí, pero no de autor. Aunque se pretende.

Valoración: seis sobre diez.

domingo, 1 de febrero de 2015

LAS OVEJAS NO PIERDEN EL TREN (6d10)

Podría decirse que Las ovejas no pierden el tren es el primer intento del año de repetir el éxito de las comedias españolas que dominaron el 2014. No en vano tenemos como protagonistas a Raúl Arévalo e Inma Cuesta, los grandes triunfadores del año con La Isla mínima y Tres bodas de más, aunque son solo la punta del iceberg de un reparto coral que recuerda al caso de La gran familia española.
Sin embargo, analizada en profundidad, poco de comedia tiene esta amarga historia sobre el complejo de Peter Pan, en la que tres parejas muy diferentes entre sí se enfrentarán a sus propios miedos e inseguridades y, sobre todo, a la falta de madurez ya sea profesional o emocional.
Alberto y luisa son los que llevan el peso de la historia, una pareja que se niega a aceptar que está en crisis y que parecen querer huir de sus problemas trasladándose a una casa en un entorno rural donde él pueda centrarse en su trabajo como escritor. Cerca de ellos se encuentra Sara, la hermana de Luisa, en eterna búsqueda del amor perfecto y que cree encontrarlo en la figura de un periodista deportivo, y Juan, hermano de Alberto, que pretende superar el dolor de su divorcio con una relación con una chica veinte años más joven que él.
Pero más allá de los enredos y situaciones equívocas que puedan ocasionar estas tres parejas y que ofrecen los alivios cómicos del film, lo cierto es que el retrato de una generación, la que se pierde en la frontera de los cuarenta, resulta definitivamente agridulce, teniendo más consistencia el sabor de las rupturas sentimentales que el aroma de los nuevos amores, y acariciando de refilón otros temas de no menos importancia como los problemas económicos, la soledad de los padres mayores o incluso la enfermedad (maravillosa la interpretación de Miguel Rellán como un hombre afectado de Alzheimer).
No podemos hablar de una película redonda, quizá ni siquiera a la altura de alguna de las comedias costumbristas que sedujeron a la taquilla el año pasado (es inevitable añadir a las ya mencionadas a Ocho apellidos vascos), sobre todo porque no todo el mundo va a aceptar de buen grado que la película carezca del humor suficiente que se presupone con su promoción, pero el carisma de sus intérpretes es suficiente para llevar el film a buen puerto, dejarse engañar por el regusto optimista de su conclusión y hasta sabernos reconocer reflejados en los espejos de alguno de los personajes que pululan por pantalla.
Tan tópica como simpática, Las ovejas no pierden el tren no va a suponer un futuro referente para la filmografía española, pero tampoco la desmerece en absoluto.

jueves, 8 de mayo de 2014

LA VIDA INESPERADA * (6d10)

Permítanme comenzar este comentario dirigiéndome a todos aquellos que me siguen desde hace poco y que probablemente no hayan leído mi post de presentación, firmado allá por un lejano enero del 2013. En él me presentaba como un verdadero amante del cine, y con esto no me refiero tan solo a las películas, sino que insisto en el concepto CINE, que es el lugar donde considero deben ser vistas dichas películas. Éste es un elemento imprescindible para poder disfrutar y, por lo tanto, valorar correctamente las obras fílmicas, por lo que en un alarde de honestidad decidí incluir un asterisco en el título de la entrada cuando no hubiese visualizado la película a comentar en unas condiciones optimas, ya sea por haber recurrido al formato doméstico o por cualquier deficiencia provocada por la propia sala de cine que pueda influenciar mi crítica sin que sea culpa de los autores del film.
Además, siempre intento hacer una valoración lo más personal posible, sin dejarme influenciar por otros críticos o foros de opinión. Sin embargo, en el caso que nos ocupa hoy confieso haber aumentado un punto mi valoración después de haber escuchado un comentario concreto en la radio. Y el motivo es el mismo que me ha impulsado a colocar el dichoso asterisco en el título pese a haber visto la película en mi cine habitual y con la comodidad y calidad de imagen y sonido de siempre. Y es que nos encontramos ante una muestra más de la incompetencia de las distribuidoras españolas que se empeñan en estrenar poco y mal y de considerar al espectador de poco menos que idiota. Uno de los problemas de esta película (tranquilos, pronto me pongo con la crítica de verdad) es que pese a tratar sobre un grupo de españoles haciendo las Américas en ningún momento se proponía la más mínima referencia al contraste de idiomas, lo cual resultaba raro aun cuando su director no quisiera centrar su trama en ello. Si a esto añadimos el espantoso doblaje de los personajes (básicamente mujeres) oriundos el resultado es una sensación extraña que te saca en muchos momentos de la película. Sólo ahora he descubierto que pese a ser una película española, con actores españoles y hablada mayoritariamente en español, tenía que haber ido a verla en salas de versión original porque algún lumbreras ha decidido maltratar la decisión del director a la hora de filmar en formato bilingüe y traducir los pocos momentos en los que se habla en inglés, estropeando en gran parte el aspecto final del film.
Así que si alguno de ustedes tiene pensado ir a verla, téngalo en cuenta.
Ahora sí, pasada ya mi pataleta inicial (a este paso el blog terminará llamándose El Panda antiproductoras), voy a entrar de lleno en la película.
La vida inesperada es una comedia agridulce que describe las peripecias de Juan (Javier Cámara), un español afincado en Nueva York con aspiraciones de triunfar en el mundo del espectáculo pero cuya realidad (como la de la mayoría de actores) es que malvive entre obras de teatro minoritarias y trabajos de poca monta como camarero, tendero o incluso profesor de cocina española pese a no saber ni preparar una simple paella. Pese a todo su vida transcurre con sencillez entre bambalinas y escarceos amorosos con Sandra (Carmen Ruiz) hasta que recibe la visita de su primo Jorge (Raúl Arévalo), el triunfador de la familia. Será entonces cuando la complicada convivencia y la relación amor-odio entre primos les descubra lo que esconden en su interior y les obligue a tomar decisiones que llevan tiempo posponiendo.
Dirigida por Jorge Torregrossa, que debutó en el mundo del cine con la irregular Fin, La vida inesperada contiene tantos errores como aciertos, empezando por su reparto, con un Cámara tan brillante como nos tiene acostumbrados pero con la sensación de estar repitiendo siempre el mismo personaje y un Arévalo al que nunca me creo como seductor ni triunfador.
Elvira Lindo, la creadora de Manolito Gafotas, escribió esta historia directamente para el cine durante el tiempo en la que estuvo residiendo en la metrópolis americana (donde también residió varios años el propio director, por cierto) de manera que el film termina siendo una declaración de amor a la ciudad que nunca duerme, que aparece magníficamente fotografiada. Tanto es así que durante todo el metraje sobrevuela el espíritu de Woody Allen, artista que sin duda tenían en mente tanto Lindo como Torregrossa al construir su ficción. Podemos encontrar aquí todos los tics de Allen, desde utilizar Manhattan como un personaje más al glamuroso a la par que bohemio encanto de las catas de vinos (aquí acompañados de queso manchego y paella), sin olvidar los intensos diálogos en busca de un ingenio reflexivo sobre el éxito, la vida y, sobretodo, las mujeres (o el sexo). Por no faltar, no falta ni la banda sonora cargada de jazz de la mano de Lucio Godoy y Federico Jusid. Pero una cosa está clara: cuando se imita a un genio el resultado final siempre estará por debajo del original. Y eso le pasa a La vida inesperada, que quiere ser y no puede, pues ni Elvira Lindo ni sus diálogos están a la altura del realizador de Manhattan, y los notables esfuerzos de Torregrossa por plasmar la belleza de la ciudad, sus vistas desde las azoteas o los bancos mirando al Hudson junto al puente de Brooklyn no son suficientes. Hay, además, un exceso de amabilidad del director y la guionista hacia sus personajes, haciendo que las dificultades que supone la vida de los españoles en Nueva York parezcan menos. Tomo como muestra la secuencia de la paella en la que los tres protagonistas podrían prepararse para un conflicto entre ellos pero culmina con el inicio de tres relaciones sentimentales casi casuales que terminarán derivando en los amores de sus vidas. Todo demasiado bonito. Todo demasiado sencillo. Y para colmo, los pocos momentos en los que la película se distancia de Allen es para abusar de dos tópicos del cine español. Me estoy refiriendo, por un lado, a las conversaciones del personaje de Cámara con su madre por skype, que son muy almodovarianas (casi se puede imaginar a Chus Lampreave en el papel que finalmente recayó en Gloria Muñoz) y la presencia de un veterano argentino en el papel de voz de la conciencia del protagonista que no lo interpreta Héctor Alterio pero podría.

En fin, interesante película (si dejamos aparte el tema del doblaje), divertida en unos momentos, reflexiva en otros,  con una dirección extraña (contrasta lo brillantemente filmada que está Nueva York con algunas escenas, como una conversación en una cafetería entre Juan y Jojo, bastante mal construidas) pero que deja un cierto regusto a que podría haber llegado más lejos si Torregrossa hubiese buscado ser él mismo y buscar su propio camino en lugar de limitarse a imitar a otros.