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domingo, 14 de julio de 2019

LOS JAPÓN

Lo mejor que se puede decir sobre Los Japón es que no pretende engañar a nadie. Estamos ante una comedieta española prefabricada que confía todo su potencial en repetir el éxito de las comedias social-geográficas que puso de moda Ocho apellidos vascos (y que tuvo una secuela bastante inferior) y que trató de replicar Perdiendo el norte (esta ya con una secuela directamente mala) y en la gracia que puedan hacer sus protagonistas, un Dani Rovira haciendo lo mismo de siempre y una María León que se me antoja algo desaprovechada.
Con esto por delante, y después de las terribles críticas que ha recibido, hay que reconocer que Los Japón no es la peor película del año ni mucho menos. Tiene mucha menos gracia de la que pretende, y verla en el mismo fin de semana en que disfruté de Spiderman: lejos de casa y Yesterday es jugar con todo en contra, pero cuando uno va preparado para lo peor lo que suele suceder es que se lleve alguna ligera sorpresa. Así, sin que la cosa sea para nada muy meritoria, y sabiendo que no se puede esperar más que chistes sobre choques culturales, al menos se agradece que el director, Álvaro Díaz Lorenzo, apueste por una comedia más abierta que en la tristona Señor, dame paciencia, y que se nos ofrezca una postal turística del país del sol naciente que nunca está nada mal.
Lo demás, pues lo previsible. Tópicos, chistes de cuñaos y el Rovira intentando ser más serio de lo que sabe ser. Poco donde rascar, pero que estando avisados puede contentar al menos exigente y provocar alguna sonrisa sin caer en la vergüenza ajena de otros títulos coetáneos (y ya hablaremos de eso llamado Lo nunca visto).
En fin, aprobado justito y gracias. Más de lo que cabría esperar, desde luego, para un argumento tan absurdo que parece una vuelta de tuerca castiza a la fórmula de Princesa por sorpresa, con un españolito medio convertido, de la noche a la mañana, en emperador de japón.
Eso sí, lo de la escena postcréditos al estilo Marvel… ¿en serio? No me queda claro si es el chiste final o si de verdad aspiran a hacer una secuela de esto. Por ambición que no sea…


Valoración: Cinco sobre diez.

domingo, 16 de diciembre de 2018

MIAMOR PERDIDO

Miamor es el nombre de un gato que los protagonistas de esta historia encuentran abandonado al principio de la película, cuando están locamente enamorados, y deciden adoptarlo. Es, obviamente, un juego de palabras facilón para dar a entender de que la película va sobre la pérdida del amor, pero en plan chiste tonto. Y es que, finalmente, también es una clara referencia a ese chiste de la infancia sobre una señora que tenía un perro llamado Mistetas y los equívocos que el nombre causaba.
Conscientes de ello, en el guion de Miguel Esteban y Clara Martínez-Lázaro se encarga de recordarlo constantemente, en uno de los chistes más simples, pero también más efectivos, del film.
Dirigida por Emilio Martínez-Lázaro, la idea de Miamor perdido era replicar el éxito de Ocho apellidos vascos, con lo que el director vuelve a contar por tercera vez con Dani Rovira como protagonista, esta vez en un papel ideal para él, ya que interpretar a un monologuista que hace bolos por bares y clubs y termina llenando teatros y actuando en cine es como interpretarse a sí mismo. A su lado está Michelle Jenner, actriz de gran vis cómica que no termina de estar aquí aprovechada del todo. Ellos dos cumplen bien, y la química entre ellos es eficiente, y tampoco el director hace un mal trabajo, con una realización que recuerda a las comedias clásicas y con eficientes saltos temporales de manera que los monólogos de Rovira sirvan tanto como narración que como conclusión de cada subtrama o capítulo de la obra.
Lo que flojea, pues, es el propio guion, demasiado prefabricado, que da demasiados rumbos y no alcanza en ningún momento a apostar por una historia concreta. Pese a que los protagonistas, Olivia y Mario, copan casi toda la pantalla, apenas sabemos nada de ellos ni conseguimos saber exactamente lo que piensan ni lo que quien. En un momento son dos románticos empedernidos y al siguiente parecen empeñados en destruir todo lo bueno que hay en su vida. En una escena son responsables y concienciados con sus carreras y su futuro y al siguiente hacen locuras más propias de adolescentes de que una pareja feliz y consolidada. Es ese toque de locura que busca el humor más “happy” el que nunca llega a arraigar, y por lo que la película se ve con una agradable sonrisa, pero nunca llega a ser una comedia suficientemente eficaz como sucedía con otros productos de Martínez-Lázaro padre. Quizá porque su hija, autora de la flojita Hacerse mayor y otros problemas, no está todavía a la altura de las circunstancias, quizá porque Miguel Esteban, guionista en Hotel CoconutEl Intermedio o El fin de la comedia, se encuentra más cómodo en televisión que en cine, aunque al menos se deja ver su mano en algunos monólogos aislados.
Hay, además, una variopinta colección de secundarios, algunos apenas un leve cameo, que parecen querer forzar más la complicidad del espectador (esto ya lo hacía, y mucho mejor, Segura en sus Torrentes) que aportar nada a la historia, como son los casos de Vito Sanz, Pablo Carbonell, javivi o el visto y no visto Joaquín Reyes.
Miamor perdido podría haber sido una buena comedia que aprovechara para hablar de la dificultad de compatibilizar una relación de pareja con el éxito (o el fracaso) profesional, debatir sobre los límites que hay que poner (o no) al humor, analizar la absurda (y dolorosa) guerra que desencadenan las separaciones cuando hay custodias por en medio, reflexionar sobre el micromachismo… Muchos elementos que están en la película pero que son solo un adorno para lo que de verdad interesa  a sus autores: ver a Mario y Olivia besándose y tirándose los trastos por la cabeza con una arbitrariedad y un continuo vaivén de sentimientos que nunca termina de cuajar (ni Martínez-Lázaro es Bob Reiner ni Miamor perdido es Cuando Harry encontró a Sally) y que al final no son más que una sucesión de gags para una comedia romántica muy al uso que se sostiene por el buen trabajo de los protagonistas y la puesta en escena del director pero que podría (debería) haber dado para más. Para mucho más.


Valoración: Seis sobre diez.

miércoles, 18 de julio de 2018

EL MEJOR VERANO DE MI VIDA

Ya hace algún tiempo, sobretodo a raíz del éxito de Dani Rovira con Ocho apellidos vascos y su secuela, que los monologuistas televisivos se han convertido en la nueva cantera para el cine español, con mayor o menor fortuna. Leo Harlem, padrino del “cuñaismo” y del humor más castizo y patrio, ha sido de los últimos en apuntarse a la moda, teniendo un papel bastante destacado en la insulsa Villaviciosa de al lado y copando todo el protagonismo en El mejor verano de mi vida.
Casi se podría decir que El mejor verano de mi vida es un vehículo para su exclusivo lucimiento, lo que ya de por sí supone un gran peligro. Soy muy fan del actor en su faceta de cómico de el club de la comedia, pero los antecedentes filmicos no auguraban buenos presagios. Sin embargo, hay otro elemento muy a tener en cuenta en la película y es el que consigue declinar la balanza hacia el sí más rotundo, consiguiendo que lo que a priori parecía una peliculilla más de humor paleto sea una comedia sensible y contagiadora de muy buen rollo. Me estoy refiriendo a Dani de la Orden, quien ya hiciera un buen trabajo en El pregón (aunque quizá algo absorbido por el carisma de sus estrellas protagonistas, de nuevo monologuistas más que actores) pero del que recuerdo con especial entusiasmo sus primeras obras, Barcelona nit d’estiu y, sobretodo, la fascinante Barcelona nit d’hivern.
El mejor verano de mi vida es una película que se cuece a ritmo lento, de manera que sus méritos van claramente de menos a más. El prólogo presentando al protagonista, un típico perdedor, granuja pero de buen corazón, es un arranque muy pobre que no mejora con esa especie de road movie que inicia con su hijo en busca de unas vacaciones a la altura de las circunstancias (es decir, lo mejor que se pueda pagar con cero dinero) y que presagiaba otra comedia rural heredera del cine de Paco Martínez Soria que no iba a aportar nada nuevo al panorama fílmico español. Pero hete aquí que tras el primer giro de guion entran en escena los personajes de Maggie Civantos y Stephanie Gil y entre ambas logran iluminar la pantalla (muy apreciable también la labor de Alejandro Serrano en el papel de hijo), dando un toque de humor absurdo y lujo al film (con que facilidad se cambia del turismo rural más hippie al snobismo de Marbella) que entra así en el buen camino, dejando de lado las cafrerías típicas de los chistes de tractores y paletos y dando paso a un buenrollismo que, aunque poco creíble en su narrativa, logra emocionar con momentos muy tiernos y conmovedores.
Este es el filón que mejor sabe explotar Dani de la Orden, y tras un comienzo titubeante logra imponer su marca, impregnando de frescura y buen humor (hay más sonrisas que carcajadas, eso sí) su película y logrando, con un tono muy blanco, una lección de positividad mucho más efectiva que otra reciente “feel good movie” como era Campeones, algo más manipuladora en cuanto a su sensiblería moral.
Puede que los más reticentes definan El mejor verano de su vida como una tontería sin demasiadas pretensiones, y quizá ese sea su punto de partida, pero el resultado final, con un Leo Harlem francamente encomiable, no puede ser más satisfactorio.
Sin duda, la película (española) del verano. Aunque se rodara en inverno.

Valoración: Siete sobre diez.

domingo, 25 de marzo de 2018

EL AVISO

Daniel Calparsoro es uno de los directores más interesantes del panorama cinematográfico patrio, y la reciente y exitosa (aunque a mi entender no suficientemente redonda) Cien años de perdón es una muestra de ello. Además, el thriller policiáco está de moda en nuestra filmografía, y aunque El aviso no entre directamente en el terreno policiáco, por ahí andan los tiros.
Todo parte de un suceso aparentemente inexplicable: un asalto a una tienda de gasolinera tiene un fatídico desenlace: un inocente es tiroteado y mientras su vida se debate entre la vida y la muerte su mejor amigo descubre una extraña secuencia matemática que demuestra que el incidente no fue casual y que se ha venido repitiendo a lo largo de los años. Diez años más tarde, un niño recibe un aviso advirtiéndole sobre su más que probable muerte.
Calparsoro construye una angustiante historia con tientes muy urbanos alrededor de la figura de Jon, un matemático en sus horas más bajas atrapado en un triángulo amoroso junto a su mejor amigo y el amor de su juventud. Con guion de Jorge Guerricaechevarria, Patxi Arnezcua y Chris Sparling a partir de una novela de Paul Pen, la historia se mueve a través de os marcos temporales, siendo posiblemente ese el mayor acierto de la puesta en escena de Calparsoro, capaz de mostrar cada una de las líneas temporales constantemente sin que ello resulte confuso, pero por contra está a punto de perder el control de su obra a medida que se aproxima a su final, cuando las preguntas se acumulan y uno ya intuye que no se va a encontrar con respuestas satisfactorias.
No es que sea imprescindible dar un sentido a todo lo que ocurre, permitiendo que el factor sobrenatural actúe libremente, pero posiblemente toda la parte central de la historia tiene unos visos demasiado realistas, con una subtrama de bulling con un peso específico en la misma, como para encajar fácilmente ese elemento de ciencia ficción que no se nos había llegado a anunciar en ningún momento.
Puede que sea conveniente para el interés de la historia no saber nada respecto a su argumento al entrar en la sala de cine, pero no es menos cierto que si uno va a la espera de un simple thriller de intriga y misterio y se encuentra de golpe especulando sobre la reencarnación, las paradojas temporales y los portales interdimensionales (y nada de esto se menciona en la película pero, como con las meigas, haberlos haylos), puede que quede impregnado por cierto regusto de insatisfacción.
Como sea, la presencia de grandes actores (en especial en su parte femenina) ayuda a simpatizar más con el misterio y Calparsoro tiene suficiente pericia visual como para conseguir que durante toda la proyección el misterio y el desasosiego nos invada, por más que al final pueda predominar más la confusión y el vacío que la sensación de un trabajo bien hecho.
Y es que ni estamos ante una película de ciencia ficción aunque sí lo sea ni tampoco se trata de un policíaco realista, aunque también. Demasiada indefinición y medias tintas para poder aplaudir como se merece a esta El aviso, cuyo resultado final sí es, al menos, mucho más correcto que el espantoso y nada apetecible tráiler que la precedía.

Valoración: Seis sobre diez.

martes, 27 de febrero de 2018

CUANDO DEJES DE QUERERME

Una joven argentina de origen vasco recibe una inquietante llamada: ha aparecido el cadáver de su padre, que aparentemente la había abandonado a ella y a su madre hace treinta y cinco años.
Tras este arranque, Cuando dejes de quererme es la historia de como Laura, acompañada por su padrastro, regresa a la tierra en la que nació dispuesta a remover los secretos de un misterioso pasado y a enfrentarse a sus propios fantasmas.
Dirigida por Igor Lagarreta en su primera película como director después de haber trabajado como director de segunda unidad en films como Zipi y Zape y la isla del Capitán o Autómata (de la que también fue autor del guion), la película alterna el drama familiar con el thriller criminal en una atmosfera perturbadora, logrando que los misterios se adentren en los paisajes boscosos de los alrededores de Durango con mucha más efectividad que películas de corte similar del año anterior como La niebla y la doncella o El guardián invisible. Se hecha en falta, sin embargo, un poco más de carga política en un relato que, por su localización y fecha, debería presentar los conflictos euskeras con más contundencia. La presencia de ETA sobrevuela la historia en todo momento, y hay escenas que incluso llegan a evocar al aroma de Patria, la afamada novela de Francisco Aramburu que está adaptando HBO, pero no son detalles suficientes como para reflejar la realidad de un país que, sin duda, deberían haber marcado mucho más la historia.
En lugar de ello, Lagarreta prefiere contentarse con contar una fábula de hallazgos detectivescos como excusa para desnudar el dolor de la protagonista al descubrir que no conocía nada de su pasado familiar y atreverse, después de mucho tiempo encerrada en sí misma, a volver a sentir, ya sea odio hacia todo lo que rodea la muerte de su padre, afecto por el hombre que ha sustituido durante tantos años esa figura paterna o incluso amor, permitiendo así que la película coquetee también con la subtrama romántica.
Bien narrada, con giros interesantes y buenas interpretaciones (resulta curioso ver al catalán Miki Esparbé haciendo de vasco, aunque con orígenes argentinos, aunque el personaje de Eduardo Blanco pueda llegar a resultar algo cargante), Cuando dejes de quererme es una interesante y triste película que, sin llegar a inventar nada, logra entretener y mantener el interés hasta el final, sin llegar a resentirse de los diversos saltos temporales (hay presentes tres épocas diferentes) que la componen.

Valoración: seis sobre diez.

lunes, 13 de noviembre de 2017

ORO, en busca de El Dorado

Dejando de lado Solo quiero caminar, que pasó bastante desapercibida por las pantallas, Agustín Díaz Yanes es siempre recordado por la irregular Alatriste. Ahora, once años después, vuelve a contar con la colaboración de Arturo Pérez-Reverte en una extraña maniobra con la que se adapta una historia inédita para la que el propio escritor firma también el guion.
Con un despliegue algo menos ambicioso que Alatriste pero una mejor factura técnica, Oro es la epopeya de unos conquistadores españoles en busca de una ciudad de Las Indias que se supone estaba hecha toda de oro, desde las paredes de las casas hasta los propios tejados. Estamos, por tanto, ante una aventura con tintes bélicos, una historia de supervivencia en la selva amazónica que no es, en el fondo, más que una mera excusa para hablar sobre la crueldad y la mezquindad de la condición humana, de cómo la codicia y el temor puede llevar a alguien a cometer actos de villanía. Aún con restos de honor entre algunos de los protagonistas, la película está plagada de decisiones traicioneras, enfrentamientos por amor (o lujuria) y menosprecio a la vida humana, ya sea la propia, la del hombre blanco o la del indígena. Es, pues, Oro, una fábula sucia y cruel, donde, como si quisiera hacer paralelismos con la sociedad actual, incluso las disputas por os nacionalismos regionales tienen cabida en la trama.
Para ello, Agustín Díaz Yanes se ha rodeado de lo mejorcito en actores de nuestro país, con nombres de la talla de Raúl Arévalo, Óscar Jaenada, José Coronado, Juan José Ballesta, Luis Callejo, Antonio Dechent o Anna Castillo, además de la breve pero intensa aparición de Juan Diego. Es curioso, sin embargo, que en una historia tan masculina y viril quien consiga sobresalir la maravillosa Bárbara Lennie. Recuerdo como tras el estreno de El niño muchos protestaban por lo poco que se prodigaba esta estupenda actriz (ese mismo año deslumbró a todos con Magical Girl), y ahora que empieza a ser más frecuente verla nos encontramos con esos productos de vergüenza ajena como la ridícula serie de El Incidente. Con Oro, Lennie consigue regresar al buen camino.
No estamos ante una película redonda. Quizá Díaz Yanes y Pérez-Reverte, en su afán por ser fieles a la realidad histórica, olvidaron dar algo más de profundidad a sus protagonistas, mientras que la propia trama es demasiado lineal, excesivamente plana. Los soldados van de un punto A a un punto B, enfrentándose a los obstáculos del camino y punto. No hay ningún giro, ningún recoveco del camino que logre sorprender demasiado y ninguno de los protagonistas, más allá de las nobles u oscuras intenciones que puedan tener, tiene un pasado que nos perita simpatizar demasiado con ellos.
Con todo, el buen trabajo de los artistas, la firme dirección de Díaz Yanes y el empaque técnico que logra que todo se vea con un realismo impecable, hacen de la película una propuesta muy interesante y totalmente recomendable.

Valoración: siete sobre diez.

viernes, 26 de agosto de 2016

SECUESTRO: absurda ineptitud

Aunque podamos presumir de que últimamente el cine español ha sabido reinventarse y tocar todo tipo de palos genéricos, en la mayoría con acierto, todavía arrastramos la el resurgir que hace unos años padeció el thriller de terror gracias, sobre todo, a títulos como Los otros o El orfanato. Ahora que parece que es el thriller policial el que ha ocupado su lugar en la predominancia de películas de género, Secuestro parece un intento tardío de aprovecharse de esa moda, no dudando en referirse a otros títulos de la productora como El Cuerpo, Los ojos de Julia o la mencionada El Orfanato para publicitarla o recurrir a José coronado para una colaboración breve pero crucial, algo a lo que se está acostumbrando últimamente (Hijo de Caín sería otro buen ejemplo).
Secuestro no es un film de terror como tal, pero pretende conseguir una atmósfera de misterio angustiante y tramposa que va más allá del simple policíaco, como si aspirase a lograr la sordidez de títulos de culto como Seven. Todo comienza con la aparición de Víctor, un niño mudo, en mitad de la carretera y ensangrentado. Víctima de un secuestro, el hecho de que sea hijo de una importante abogada da al caso una relevancia especial que pronto se convertirá en una caza de brujas contra el único sospechoso del caso, un granuja de poca monta acostumbrado a trapicheos menores y con antecedentes penales.
Mar Tarragona debuta aquí como directora, aunque tiene amplia experiencia en el campo por su faceta de productora de alguno de los títulos antes mencionados, y aunque sale airosa en su trabajo carece de un guion lo suficientemente contundente como para que su historia funcione como debe ser. Personajes increíblemente estúpidos, situaciones descabelladas, subtramas desaprovechadas y giros que se ven venir de lejos son demasiado lastre para conseguir que la película funcione, por más que las interpretaciones se esfuercen en salvar la papeleta o, por lo menos, dignificarla.
Y es una lástima, porque uno podría conformarse con que una película de estas características distraiga y mantenga la tensión durante algo más de hora y media, pero hay algunos despropósitos argumentales tan grandes que es imposible desconectar de ellos y disfrutar de la película sin más, lo que echa al traste todo lo bueno que, por el contrario, se pudiese encontrar.

Valoración: Cuatro sobre diez.