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domingo, 16 de diciembre de 2018

MIAMOR PERDIDO

Miamor es el nombre de un gato que los protagonistas de esta historia encuentran abandonado al principio de la película, cuando están locamente enamorados, y deciden adoptarlo. Es, obviamente, un juego de palabras facilón para dar a entender de que la película va sobre la pérdida del amor, pero en plan chiste tonto. Y es que, finalmente, también es una clara referencia a ese chiste de la infancia sobre una señora que tenía un perro llamado Mistetas y los equívocos que el nombre causaba.
Conscientes de ello, en el guion de Miguel Esteban y Clara Martínez-Lázaro se encarga de recordarlo constantemente, en uno de los chistes más simples, pero también más efectivos, del film.
Dirigida por Emilio Martínez-Lázaro, la idea de Miamor perdido era replicar el éxito de Ocho apellidos vascos, con lo que el director vuelve a contar por tercera vez con Dani Rovira como protagonista, esta vez en un papel ideal para él, ya que interpretar a un monologuista que hace bolos por bares y clubs y termina llenando teatros y actuando en cine es como interpretarse a sí mismo. A su lado está Michelle Jenner, actriz de gran vis cómica que no termina de estar aquí aprovechada del todo. Ellos dos cumplen bien, y la química entre ellos es eficiente, y tampoco el director hace un mal trabajo, con una realización que recuerda a las comedias clásicas y con eficientes saltos temporales de manera que los monólogos de Rovira sirvan tanto como narración que como conclusión de cada subtrama o capítulo de la obra.
Lo que flojea, pues, es el propio guion, demasiado prefabricado, que da demasiados rumbos y no alcanza en ningún momento a apostar por una historia concreta. Pese a que los protagonistas, Olivia y Mario, copan casi toda la pantalla, apenas sabemos nada de ellos ni conseguimos saber exactamente lo que piensan ni lo que quien. En un momento son dos románticos empedernidos y al siguiente parecen empeñados en destruir todo lo bueno que hay en su vida. En una escena son responsables y concienciados con sus carreras y su futuro y al siguiente hacen locuras más propias de adolescentes de que una pareja feliz y consolidada. Es ese toque de locura que busca el humor más “happy” el que nunca llega a arraigar, y por lo que la película se ve con una agradable sonrisa, pero nunca llega a ser una comedia suficientemente eficaz como sucedía con otros productos de Martínez-Lázaro padre. Quizá porque su hija, autora de la flojita Hacerse mayor y otros problemas, no está todavía a la altura de las circunstancias, quizá porque Miguel Esteban, guionista en Hotel CoconutEl Intermedio o El fin de la comedia, se encuentra más cómodo en televisión que en cine, aunque al menos se deja ver su mano en algunos monólogos aislados.
Hay, además, una variopinta colección de secundarios, algunos apenas un leve cameo, que parecen querer forzar más la complicidad del espectador (esto ya lo hacía, y mucho mejor, Segura en sus Torrentes) que aportar nada a la historia, como son los casos de Vito Sanz, Pablo Carbonell, javivi o el visto y no visto Joaquín Reyes.
Miamor perdido podría haber sido una buena comedia que aprovechara para hablar de la dificultad de compatibilizar una relación de pareja con el éxito (o el fracaso) profesional, debatir sobre los límites que hay que poner (o no) al humor, analizar la absurda (y dolorosa) guerra que desencadenan las separaciones cuando hay custodias por en medio, reflexionar sobre el micromachismo… Muchos elementos que están en la película pero que son solo un adorno para lo que de verdad interesa  a sus autores: ver a Mario y Olivia besándose y tirándose los trastos por la cabeza con una arbitrariedad y un continuo vaivén de sentimientos que nunca termina de cuajar (ni Martínez-Lázaro es Bob Reiner ni Miamor perdido es Cuando Harry encontró a Sally) y que al final no son más que una sucesión de gags para una comedia romántica muy al uso que se sostiene por el buen trabajo de los protagonistas y la puesta en escena del director pero que podría (debería) haber dado para más. Para mucho más.


Valoración: Seis sobre diez.

viernes, 25 de mayo de 2018

HACERSE MAYOR Y OTROS PROBLEMAS


Hacerse mayor y otros problemas es la nueva película de Clara Martínez-Lázaro, más conocida en su faceta de guionista y heredera de la vis cómica de su padre Emilio Martínez-Lázaro.
Sin embargo, en su última aventura cinematográfica parece no saber combinar demasiado bien las facetas de guionista y directora, ya que, aún partiendo de una historia simpática y divertida, el ritmo narrativo sufre terribles altibajos que dificultan la identificación del espectador con la protagonista.
Emma ha conseguido publicar su primer cuento infantil, pese a no tener absolutamente ninguna mano para los niños, y se siente emocionada, aparte de abrumada, cuando se entera de que Lola, su mejor amiga, está embarazada y confía en ella para ser, no solo la madrina del futuro retoño, sino también la tutora legal en caso de que sufriesen los padres un accidente. Esto provoca una crisis de responsabilidad en Emma, agravada con la competividad por la amistad de Lola tras la aparición de una tercera amiga de la infancia y el complicado romance con el elegido para ser el tutor legal masculino.
Típica comedia sobre el complejo de Peter Pan a la que al menos hay que agradecer no sea demasiado previsible en su desarrollo, la película está repleta de situaciones divertidas y bien resueltas por su protagonista, Silvia Alonso, aun cuando carece de un análisis demasiado profundo de los personajes y las acciones vayan de un lugar a otro sin una correcta continuidad. Además, el resto de actores que conforman el elenco no parecen estar demasiado inspirados, en especial un Vito Sanz que, pese a estar de moda tras su paso por la serie Vergüenza y la película Las leyes de la termodinámica, no deja de repetir siempre el mismo tipo de papel.
Hacerse mayor y otros problemas podría considerarse una de esas comedias “happy” que solo aspiran a alegrar un poco la vida con una moralina superficial y frases de calendario, algo así como fue No culpes al karma de lo que te pasa por gilipollas y que se dejan disfrutar si no se le exige demasiado al producto, que no pasa de ser una sucesión de chistes algo estereotipados y con unos actores que tienden a la caricatura.

Valoración: Cinco sobre diez.

lunes, 23 de abril de 2018

LAS LEYES DE LA TERMODINÁMICA


Lo malo de las comedias románticas es que todas están cortadas por un mismo patrón. Generalmente el esquema es muy básico: chico conoce chica, chico se enamora de chica, una confusión provoca que chico se separe de chica y, finalmente, chico se reconcilia con chica. Todo muy básico pero que, como funciona, no se suele cambiar.
Por eso, cuando alguien hace algo un poco diferente (me viene a la mente algún título como (500) días juntos o el final de Separados) es digno de elogio. Y solo por eso merece considerarse al guionista y director Mateo Gil como un tipo a tener en cuenta.
El problema es que Gil, que viendo su filmografía está claro que le gusta más el riesgo que el acomodo (sus dos últimas películas fueron un western como Blackthorn y un drama existencial futurista como Proyecto Lázaro), tiene más claro lo que quiere hacer que cómo hacerlo. Ya en su momento condené Proyecto Lázaro por lo aburrida que se me hizo, y algo similar me sucede con Las leyes de la termodinámica.
Desde el punto de vista argumental no es que haya nada del otro mundo. Cuando Manel conoce a Elena (una ascendente modelo) se enamora perdidamente, pero cuando la relación se tuerce no es capaz de levantar cabeza y superar el rechazo, todo narrado con mucho humor y desenfado. La nota original es cuando aprovechando que Manel es físico se trata de justificar todos los actos bajo el prisma de la ciencia, cobrando una literalidad total eso de que el amor es física y química.
Todo está predestinado mediante una serie de cálculos y algoritmos, y para dejar constancia de ello la película está nutrida de apariciones de científicos que, como en un documental didáctico al igual que Adam McKay hacía en La gran apuesta para explicar la crisis financiera, explican al espectador diversas leyes de la física cuántica y demás.
Sí, todo muy original y fresco, pero que pierde su gracia a la media hora de película. Porque, reconozcámoslo, uno va al cine a divertirse, no a aprender física, y a la tercera o cuarta vez que se interrumpe la acción para que un señor nos suelte una explicación que no vamos a comprender (ni lo vamos a intentar siquiera), el cerebro empieza a desconectar del argumento, más cuando para subrayar las explicaciones Mateo Gil juega con la cámara atrás y las repeticiones de planos.
Así que sí, le reconozco cierta originalidad y frescura a la película, pero lamento decir que no me intereso demasiado, más cuando, como no podía ser de otra manera, la conclusión final tras tanta charla científica, es que todo es mentira, y que el amor está regido por el corazón, no por la ciencia.

Valoración: Cuatro sobre diez.