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viernes, 19 de febrero de 2021

Visto en Netflix: ODIO, DE DANI ROVIRA

Erigido como uno de los actores de confería más taquillera de nuestro país gracias, sobre todo, a la saga de Ocho apellidos vascos, Dani Rovira lleva unos años alternando aciertos con fracasos, posiblemente limitado en su faceta de actor a la calidad de sus guiones y a la vista mano del director de turno. Algo alejado en este tiempo de los escenarios donde saltó a la fama como monopolista, es una alegría que Netflix se haya sacado de la manga este espectáculo de casi hora y media llamado Odio, representado, además, en la Málaga natal del artista.

2020 ha sido un año complicado para Rovira, que ha tenido que luchar para superar un cáncer. Lo ha hecho con energía y positivismo, y eso es lo primero que se desprende de su extenso monólogo donde, con un humor ácido pero optimista, revela las carencias del ser humano, disfrazando la admiración de odio.

Escrito por completo por él mismo, Odio no es un espectáculo perfecto, cayendo en algún momento en el alargamiento de algún chiste o rozando zonas demasiado comunes (eso de no saber ligar por apps ya suena a viejuno) y chabacanas, pero por lo general cumple con creces la intención de hacernos reír, sabiendo además emocionar cuando se lo pretende. Cierto es que en algún momento puede parecer que se pasa de serio, pero es apenas un momento puntual perdido entre el chiste fácil y la carcajada plena.

Además, entre sus experiencias personajes, muy presentes en la obra, y las cosas y personas a las que «odia» hay tiempo, por supuesto, para la auto parodia. Y por si se lo están preguntando, sí, su experiencia como presentador de los Goya forma parte, inevitablemente, de la colección de odios que se analizan.

Es Dani Rovira en esencia pura. El mejor Dani Rovira, el de los monólogos, el del carisma, el del cáncer y, como no se cansa de repetir, el malagueño. Ese al que, pese al título del espectáculo, no podemos dejar de amar.

domingo, 14 de julio de 2019

LOS JAPÓN

Lo mejor que se puede decir sobre Los Japón es que no pretende engañar a nadie. Estamos ante una comedieta española prefabricada que confía todo su potencial en repetir el éxito de las comedias social-geográficas que puso de moda Ocho apellidos vascos (y que tuvo una secuela bastante inferior) y que trató de replicar Perdiendo el norte (esta ya con una secuela directamente mala) y en la gracia que puedan hacer sus protagonistas, un Dani Rovira haciendo lo mismo de siempre y una María León que se me antoja algo desaprovechada.
Con esto por delante, y después de las terribles críticas que ha recibido, hay que reconocer que Los Japón no es la peor película del año ni mucho menos. Tiene mucha menos gracia de la que pretende, y verla en el mismo fin de semana en que disfruté de Spiderman: lejos de casa y Yesterday es jugar con todo en contra, pero cuando uno va preparado para lo peor lo que suele suceder es que se lleve alguna ligera sorpresa. Así, sin que la cosa sea para nada muy meritoria, y sabiendo que no se puede esperar más que chistes sobre choques culturales, al menos se agradece que el director, Álvaro Díaz Lorenzo, apueste por una comedia más abierta que en la tristona Señor, dame paciencia, y que se nos ofrezca una postal turística del país del sol naciente que nunca está nada mal.
Lo demás, pues lo previsible. Tópicos, chistes de cuñaos y el Rovira intentando ser más serio de lo que sabe ser. Poco donde rascar, pero que estando avisados puede contentar al menos exigente y provocar alguna sonrisa sin caer en la vergüenza ajena de otros títulos coetáneos (y ya hablaremos de eso llamado Lo nunca visto).
En fin, aprobado justito y gracias. Más de lo que cabría esperar, desde luego, para un argumento tan absurdo que parece una vuelta de tuerca castiza a la fórmula de Princesa por sorpresa, con un españolito medio convertido, de la noche a la mañana, en emperador de japón.
Eso sí, lo de la escena postcréditos al estilo Marvel… ¿en serio? No me queda claro si es el chiste final o si de verdad aspiran a hacer una secuela de esto. Por ambición que no sea…


Valoración: Cinco sobre diez.

domingo, 17 de marzo de 2019

TAXI A GIBRALTAR


Decía, a colación de la película 4 latas, que en ocasiones los tráileres de películas invitan a pensar que estamos ante una producción espantosa y luego no es para tanto. En esa línea se encontraba también esta Taxi a Gibraltar, la nueva comedia al servicio de Dani Rovira (aunque esta vez algo más comedido de lo habitual, repartiendo el protagonismo con Joaquín Furriel) con la que el director (y también coguionista) Alejo Flah vuelve a ofrecernos una comedia de enredos cafre y con aroma cañí que se aprovecha de las leyendas doradas alrededor de la relación entre el gobierno franquista y una Europa embarcada en la II Guerra Mundial, tal y como hiciera ya la mediocre El oro de Moscú, hace ya más de quince años, coin la que guarda ciertas similitudes.
Ciertamente, la película no ha resultado ser el completo desastre que sus avances invitaban a pensar, pero tampoco se queda muy lejos. Tras un correcto arranque, donde las historias y motivaciones de los dos protagonistas quedan bien reflejadas, y un toque de realidad social con las referencias al conflicto entre los taxis y los VTC, la cosa va decayendo a medida que avanza la película, forzando a que todo quede en manos el cariño que se pueda tomar al trío protagonista (Ingrid García Jonsson poco puede hacer con las líneas de diálogo que le han caído en gracia). Hay cierta química entre Rovira y Furriel, cierto, pero sus confrontaciones son tan repetitivas que la gracia se pierde pronto, mientras que la aparición de algún que otro secundario (es novio del personaje de ella, por ejemplo) está realizada con torpeza, más cerca del ridículo que del humor.
Al final, la película es una tontería que, quizá en otras manos, podría haber tenido más gracia, pudiéndose apostar, por ejemplo, un poco más en la polémica con los VTC, burlándose con algo más de mala leche del tema del Brexit o complicando algo la “misión” de los protagonistas para robar unos lingotes de oro que se supone están ocultos en los túneles el peñón de Gibraltar.
No es, por lo tanto, la peor película del mundo ni hay que rasgarse las vestiduras tras su visionado, pero resulta ciertamente decepcionante, resultando demasiado absurda para poder tomársela en serio, pero falta del surrealismo necesario para ser lo alocada que debería, amén de que la simpatía con la que obligan a ver a los protagonistas avanza desde el primer momento el irremediable (y forzado) final feliz que debe tener la película.
De nuevo, una comedia ambiciosa que termina resultando una más del montón, una propuesta con la que echarse algunas risas (tampoco demasiadas) y que será olvidada con relativa facilidad.


Valoración: Cinco sobre diez.

domingo, 16 de diciembre de 2018

MIAMOR PERDIDO

Miamor es el nombre de un gato que los protagonistas de esta historia encuentran abandonado al principio de la película, cuando están locamente enamorados, y deciden adoptarlo. Es, obviamente, un juego de palabras facilón para dar a entender de que la película va sobre la pérdida del amor, pero en plan chiste tonto. Y es que, finalmente, también es una clara referencia a ese chiste de la infancia sobre una señora que tenía un perro llamado Mistetas y los equívocos que el nombre causaba.
Conscientes de ello, en el guion de Miguel Esteban y Clara Martínez-Lázaro se encarga de recordarlo constantemente, en uno de los chistes más simples, pero también más efectivos, del film.
Dirigida por Emilio Martínez-Lázaro, la idea de Miamor perdido era replicar el éxito de Ocho apellidos vascos, con lo que el director vuelve a contar por tercera vez con Dani Rovira como protagonista, esta vez en un papel ideal para él, ya que interpretar a un monologuista que hace bolos por bares y clubs y termina llenando teatros y actuando en cine es como interpretarse a sí mismo. A su lado está Michelle Jenner, actriz de gran vis cómica que no termina de estar aquí aprovechada del todo. Ellos dos cumplen bien, y la química entre ellos es eficiente, y tampoco el director hace un mal trabajo, con una realización que recuerda a las comedias clásicas y con eficientes saltos temporales de manera que los monólogos de Rovira sirvan tanto como narración que como conclusión de cada subtrama o capítulo de la obra.
Lo que flojea, pues, es el propio guion, demasiado prefabricado, que da demasiados rumbos y no alcanza en ningún momento a apostar por una historia concreta. Pese a que los protagonistas, Olivia y Mario, copan casi toda la pantalla, apenas sabemos nada de ellos ni conseguimos saber exactamente lo que piensan ni lo que quien. En un momento son dos románticos empedernidos y al siguiente parecen empeñados en destruir todo lo bueno que hay en su vida. En una escena son responsables y concienciados con sus carreras y su futuro y al siguiente hacen locuras más propias de adolescentes de que una pareja feliz y consolidada. Es ese toque de locura que busca el humor más “happy” el que nunca llega a arraigar, y por lo que la película se ve con una agradable sonrisa, pero nunca llega a ser una comedia suficientemente eficaz como sucedía con otros productos de Martínez-Lázaro padre. Quizá porque su hija, autora de la flojita Hacerse mayor y otros problemas, no está todavía a la altura de las circunstancias, quizá porque Miguel Esteban, guionista en Hotel CoconutEl Intermedio o El fin de la comedia, se encuentra más cómodo en televisión que en cine, aunque al menos se deja ver su mano en algunos monólogos aislados.
Hay, además, una variopinta colección de secundarios, algunos apenas un leve cameo, que parecen querer forzar más la complicidad del espectador (esto ya lo hacía, y mucho mejor, Segura en sus Torrentes) que aportar nada a la historia, como son los casos de Vito Sanz, Pablo Carbonell, javivi o el visto y no visto Joaquín Reyes.
Miamor perdido podría haber sido una buena comedia que aprovechara para hablar de la dificultad de compatibilizar una relación de pareja con el éxito (o el fracaso) profesional, debatir sobre los límites que hay que poner (o no) al humor, analizar la absurda (y dolorosa) guerra que desencadenan las separaciones cuando hay custodias por en medio, reflexionar sobre el micromachismo… Muchos elementos que están en la película pero que son solo un adorno para lo que de verdad interesa  a sus autores: ver a Mario y Olivia besándose y tirándose los trastos por la cabeza con una arbitrariedad y un continuo vaivén de sentimientos que nunca termina de cuajar (ni Martínez-Lázaro es Bob Reiner ni Miamor perdido es Cuando Harry encontró a Sally) y que al final no son más que una sucesión de gags para una comedia romántica muy al uso que se sostiene por el buen trabajo de los protagonistas y la puesta en escena del director pero que podría (debería) haber dado para más. Para mucho más.


Valoración: Seis sobre diez.

sábado, 24 de noviembre de 2018

SUPERLÓPEZ

Cuando se confirmó que el proyecto eternamente postergado de llevar las aventuras de SuperLópez a la gran pantalla se iba a hacer realidad, me llevé una gran alegría. Luego vinieron las primeras noticias sobre fichajes, el primer tráiler y alguna imagen promocional y de la ilusión pasé al espanto a pasos agigantados. Solo faltaba leer unas declaraciones del creador de SuperLópez, Jan, confirmando que este no era “su” SuperLópez.
Al final, lo único que me mantenía con un hilo de esperanza era el director, Javier Ruiz Caldera, quien estuvo tras las cámaras de Spanish moviePromoción FantasmaTres bodas de más y, sobre todo, otra apuesta comiquera de nuestro cine, Anacleto, agente secreto. Además, yo soy de los que disfruté mucho con su Anacleto, y aunque no se pareciera demasiado al personaje creado por Vázquez, lo podía justificar en el hecho de que este no tenía aventuras largas que poder adaptar, cosa que sí sucede con SuperLópez.
Al final, precedida por algunas críticas nefastas de los que ya la habían visto en algún festival, me acerqué a la película con el convencimiento de que estábamos ante uno de los estropicios del año, un despropósito que no haría más que traicionar a uno de mis personajes de cómic preferidos y que marcó mi infancia más incluso que otros más icónicos como Mortadelo y Filemón o Zipi y Zape.
Una vez vista, hay que decir que parte de mis temores se vieron confirmados y que la observación de Jan era muy acertada. Este no es SuperLópez. Se parece a él como un huevo a una castaña. Sí, tiene muchos guiños, como la escena del café con leche y cruasán, los bolsazos de Luisa y los petisos, pero no comparte el mismo espíritu que el antihéroe de Jan. Hay cosas que se pueden justificar como una modernización del personaje, pero otras que no hay por donde agarrarlas. Así que, definitivamente, esta no es una buena adaptación del comic. Casi podría decir, incluso, que es nefasta.
Pero luego está su vertiente como producto de entretenimiento. En este sentido, debo confesar que las críticas eran exageradas y que Ruiz Caldera sale bastante airoso del proyecto. Es cierto que se le pueden poner muchos peros (y no me vale la excusa del ajustado presupuesto: SuperLópez tiene un montón de historietas que podrían haber adaptado mucho más “callejeras” que esta epopeya que requiere de robots gigantescos y naves espaciales) y que quizá el villano no esté a la altura del talento de Maribel Verdú, pero lo cierto es que olvidando los orígenes del personaje y tomándose la película como una simple parodia de Superman, la cosa funciona bastante bien.
De hecho, hay homenajes bastante directos al Superman de Donner, aunque también al de Snyder, aunque este es solo uno de los muchos guiños que tiene el film, que se mira también en el espejo (paródico) del Spiderman de Raimi, en Star Wars o incluso en El gran héroe americano que popularizó a William Katt allá por los ochenta.
Sorprende que, con el material de base y el currículo del director (y de los guionistas, los autores de Ocho apellidos vascos y Ocho apellidos catalanes), el humor no esté mucho más presente, siendo el Jaime González al que da vida Julián López el elemento más humorístico del guion, aunque la relación (no demasiado fraternal) entre Juan López y su padre terrestre también dé bastante juego. Por lo demás, es una película con tintes románticos, con conflictos por la doble personalidad del héroe (algo muy de comic, por cierto), de villanos megalómanos que solo quieren destruir el mundo e incluso se permite analizar (muy a su manera) la necesidad de aprobación por parte de un hijo desde dos ángulos diferentes, pero, sobre todo, es una película sobre un tipo extraordinario que toda la vida ha querido ser corriente y que, ahora que o ha conseguido, se ve obligado a hacer algo extraordinario.
Sin inspirarse en ninguna aventura escrita, la historia de SuperLópez se encuentra maniatada por las exigencias de una película “de orígenes”, teniendo que perder su tiempo en explicar una infancia del protagonista y el descubrimiento de sus poderes (por lo menos descubre que puede volar en menos tiempo que el Clark Kent de Smallville), pero no por ello pierde su ritmo narrativo, que en este sentido es algo más dinámico que en el caso de Anacleto. Ruiz Caldera sabe lo que tiene entre manos y, aunque no sea todo lo fiel que a uno le habría gustado al espíritu del personaje, consigue que su lavado de cara sea muy efectivo. Para que me entiendan, lo que hace está más cerca de la interesante Zipi y Zape y el club de la canica (nada que vez con los tebeos) que de La gran aventura de Mortadelo y Filemón, que por buscar una identificación tan fiel al original termina cayendo en el ridículo.
Tampoco Dani Rovira, que es un tipo que me cae francamente bien, aunque todavía no llega a deslumbrarme en su faceta como actor, desentona dando vida al protagonista, mientras que la presencia de Alexandra Jiménez (que ya fuera pareja de Rovira en 100 metros) es siempre jugar con una carta ganadora.
Resumiendo, que este no es “mi” SuperLópez, pero ello no impide que sea una muy disfrutable película, un divertimento muy bien filmado con escenas muy emocionantes, alguna cámara lenta un poco cargante y un tono castizo muy propio de sus guionistas. Y con unos efectos especiales que solo rechinan en las escenas de vuelo (y eso que en España tenemos experiencia en ello, recuerden el clásico Supersonic man que fue imitado por los creadores del vuelo del Superman II de Lester) Y que, como todo buen film de superhéroes que se precie (aunque sea parodiándolos) tiene su correspondiente escena postcréditos (bastante irrelevante, eso sí), aunque el verdadero epílogo, el que va justo antes de la genial canción de Alejo Stivel, es uno de esos que los apócrifos necesitaran que les expliquen y que los verdaderos fans aplaudirán con la esperanza de que la hipotética secuela sí sea un fiel retrato a los guiones de Jan.

Valoración: Seis sobre diez.

sábado, 5 de noviembre de 2016

100 METROS, manipuladora pero efectiva.

Nos estamos acostumbrando a que el cine español se abra poco a poco a temas más variados tomando como referente un Hollywood cada vez menos inalcanzable, pero quizá películas como esta son todavía una rara avis por aquí, más allá de algún drama intenso como Mar abierto.
100 metros es una película basada en un personaje real (Ramón Arroyo) con una enfermedad, pero más allá de eso es una historia de superación, una historia sobre que no hay nada imposible y que los únicos límites que tenemos son los que nosotros mismos nos imponemos.
100 metros cuenta como vida de un gran publicista cambia cuando descubre que tiene esclerosis múltiple, una enfermedad degenerativa que lo mengua física y anímicamente y lo hunde en una depresión de la que sólo puede aspirar a salir con el empeño de finalizar un Iron Man, una de las pruebas deportivas más duras y exigentes que hay.
Como no podia ser de otra manera, esto deriva en una aventura de gran calado sentimental y lágrima fácil, con momentos que rozan la pornografía sentimental que ríete tú de Un monstruo viene a verme, con un dramatismo épico que funciona aunque fuerza demasiado la maquinaria.
Afortunadamente, hay en la película una segunda historia que desconozco si es igual de real que la primera, que se centra en la vida triste y aislada de su suegro, aspirante a gran ciclista en su juventud y entrenador retirado ahora. Enfrentados a muerte desde siempre, es la enfermedad y la desesperación lo que les obligará a entenderse y a aprender el uno del otro. Y es en esta subtrama donde mejor funciona el elemento emocional, quizá debido a la empatía del personaje o puede que por la calidad de la interpretación de Karra Elejalde.
Y es que una vez más Dani Rovira se empeña en disfrazarse de actor dramático y la cosa le queda muy forzada, mientras que a Elejandre la pasión le sale de dentro, estando tan brillante como es habitual en él. Rovira se esfuerza, eso es notable, y logra superar su papel en aquella patochada de El futuro ya no es lo que era, pero su composición resulta algo artificial y exagerada. A medio camino se encuentra Alexandra Jiménez, otra habitual de la comedia que sale airosa del experimento pero por los pelos. Y eso me lleva a preguntarme en qué narices estaban pensando los responsables de casting, más allá de la pura comercialidad, para reunir a tres actores de un rango tan marcadamente cómico en semejante drama.
Marcel Barrena, el director, olvida definir un poco mejor al protagonista, Ramón, un friki en potencia (o eso imaginamos) al que relaciona al principio en exceso (en un intento de metáfora nada sutil) con el Iron Man de Marvel para olvidarse pronto de ese rasgo distintivo, mientras que reúne a una colección de marginales demasiado estereotipada para representar el drama de una enfermedad ya que no conviene demostrarle en exceso en el protagonista. Al menos, eso sí, el aprovechamiento de los paisajes es mucho más inteligente y vistoso que en la reciente La propera pell, convirtiendo a la ciudad de Barcelona y sus alrededores en parte de la historia.
100 metros no es una película perfecta y peca por momentos de manipuladora pero cumple en sus requisitos de mostrar una historia de superación casi imposible de creer si no fuese real, con un trasfondo sobre el amor, la amistad y la pérdida que sin duda empañará muchos ojos este fin de semana, aunque sea abusando de la sensiblería.

Valoración: Siete sobre diez.

miércoles, 21 de septiembre de 2016

EL FUTURO YA NO ES LO QUE ERA: Para algunos sí que no hay futuro ya.

Ante la llegada de una película como esta, uno no puede más que plantearse una serie de interrogantes. Por ejemplo: ¿Cuántas películas debe protagonizar un humorista para llegar a ser considerado actor? ¿Basta con un cambio bastante drástico de look para mejorar a nivel interpretativo? Y por último, ¿es esta realmente la peor película del año, como dice casi todo el mundo?
Probablemente no sea la peor película del año (Los Visitantes la lían es decididamente peor, eso sin duda) pero sí es una mala película. Y el principal responsable (algo de culpa tendrá Dani Rovira, pero está claro que él hace lo que puede) la tiene Pedro L. Barbero, que ha tardado quince años en rodar su segunda película (Tuno negro fue la primera) y ahora puede entender uno por qué.
No es que la dirección sea desastrosa (es hasta salvable en ocasiones), pero el propio Barbero es autor del guion, y eso sí que es un auténtico lastre para el film.
De entrada, no se sabe lo que El futuro ya no es lo que era pretende ser. Parece una comedia, pero luego uno se encuentra con unas dosis de drama bastante fuertes y muy pocos chistes (aunque sea precisamente con un chiste como arranca el asunto). Es todo tan confuso e irregular como las dos principales influencias de Barbero en su historia: Woody Allen y el cine de Superhéroes. Porqué sí, Barbero pretende hacer una tragicomedia muy a lo Woody Allen, con muchas frases lapidarias (algunas con cierta gracia, no todo va a ser negativo) y no solo no lo esconde sino que muestra cada vez que puede la escultura que Oviedo dedicó al cineasta de Manhattan. Pero luego todo se resume en una metáfora sobre la dualidad del héroe que, por si alguien no había pillado, repite constantemente: el falso héroe en que se convierte el personaje de Dani Rovira se llama Kar-El y constantemente se nombra a Superman. ¿Queda alguna duda? Por si fuese poco, el productor televisivo al que da vida José Corbacho es un calco del J.J.Jameson de Spiderman, así que por influencias no será. Una combinación, ya pueden ustedes imaginar, como aceite y agua.
El futuro ya no es lo que era parte con buenas intenciones, pero fracasa en cada paso que da, desde la insistente y cansina voz en off hasta el despliegue de tópicos mal empleados que se amontonan en la historia, una historia a la que le falta ritmo, alma e identidad y que, por si no hubiese quedado claro, naufraga definitivamente en la acumulación de escenas aparentemente finales, demostrando que el propio Barbero no parece tener muy claro como cerrar su obra. Un buen puñado de actores desaprovechados (Carmen Maura y Carolina Bang a la cabeza), algún cameo que hace algo de gracia y un mensaje que resulta tan confuso que pese al obligado giro final uno piensa que está ante una película de postguerra: machista y homofóbica.
Puede que algún acierto haya conseguido Barbero, como la interpretación de la joven Lucía de La Fuente, fresca y descarada, la estampa que ofrece de la ciudad de Oviedo y alguna que otra frase inspirada. Lo demás, anodino y plano. Y nuevo traspiés de Dani Rovira que, más allá de sus Ocho apellidos vascos, todavía debe luchar para hacerse un nombre como actor.
¿La peor película del año? No, claro. Las hay peores. Pero si ese debe ser un consuelo…

Valoración: Tres sobre diez.

lunes, 23 de noviembre de 2015

OCHO APELLIDOS CATALANES (6d10)

Apenas un par de años ha tardado en llegar la secuela de la más exitosa película de la historia de nuestro país. Y por ello las expectativas son tan altas como difíciles de cumplir.
No, definitivamente la continuación de Ocho apellidos vascos no va a tener el éxito de su predecesora (aunque dinero va a dar, de eso no hay duda) y ya se están escuchando las primeras (e injustificadas) críticas negativas.
Ocho apellidos catalanes no es una gran película, dejémoslo claro desde el principio, tal y como tampoco lo era Ocho apellidos vascos. Siempre consideré que era una buena comedia pero su éxito fue desmesurado y a todas luces inaudito, y por ello es imposible que su secuela esté a la altura de algo que, en la práctica, no tenía tal altura. Es como luchar contra el recuerdo de algo que nunca fue.
Además, la película nace ya de entrada con un terrible handycap. No puede innovar demasiado, pues los que disfrutaron de la primera película en el fondo quieren más de lo mismo, pero tampoco puede convertirse en una mera fotocopia a la que acusen de falta de originalidad. ¿Solución? No la hay. Y por eso muchos van a sentirse decepcionados ante esta continuación que, todo sea dicho, no es que tenga un gran guion.
La cosa es sencilla. Amaia va a casarse con un catalán y Rafa, advertido por Koldo, decide presentarse en la boda para tratar de reconquistar a su chica. Todo muy típico y previsible, demasiado convencional. La clásica comedia romántica vista mil veces y cuyo desenlace podemos adivinar desde la primera escena, no solo en lo referente a los protagonistas sino también en cuando a los secundarios.
El acierto de los guionistas Borja Cobeaga y Diego San José está en los diálogos, que como en la versión vasca es donde se muestran más mordaces y donde se pueden encontrar los mejores puntos de humor. No se han sustituido las bromas a costa de vascos y andaluces por las referidas a los catalanes, sino que estos se han añadido, dando más colorido a la función y permitiendo que no quede títere con cabeza en esta comedia con toques de vodevil (toda la escena situada en la masía propiedad del personaje de Rosa María Sardá) con una mala leche a base de tópicos e iconos geográficos perfectamente repartidos por gran parte del territorio nacional, aunque es innegable que el tema de la independencia centra todos los focos, como era de esperar.
En el apartado interpretativo, aparte del cuarteto original que repite con solvencia, tenemos la aportación de un Berto Romero que cada vez parece sentirse más cómodo en su faceta como actor (y todo parecía haber empezado como una broma a modo de cameo), de Rosa María Sarda que se come la pantalla con su presencia en cada aparición (y que ayuda a olvidar su espantosa interpretación en la más espantosa todavía Rey Gitano) y de Belén cuesta, la última punta de este cuadrado amoroso que Emilio Martínez de Lázaro nos propone y la que más sorprende por su versatibilidad lingüística.
Vista desde tierras catalanas, tengo la curiosidad de ver la reacción del público local ante los chistes más radicales. Con la primera película muchos se tomaban con buen humor la pantomima que se hacía de vascos y andaluces, pero cuando les toca a ellos… Habrá que ver si se toman las cosas con la  misma tolerancia.
Yo por mi parte me lo pasé relativamente bien, sabiendo lo que iba a ver y sin esperarme ninguna maravilla. Es una correcta continuación que, como sucede con la mayoría de secuelas de comedias, adolece el factor sorpresa que tuvo la primera parte y que repite un esquema ampliando sus horizontes y recuperando con calzador algunos personajes como Joaquín y Curro, aunque sí le puedo achacar algo de falta de valentía en situaciones más extremas como la insípida intervención en el pueblo de la Guardia Civil, una subtrama claramente desaprovechada.
Reírse es una costumbre muy sana, y reírse de uno mismo más todavía. Eso es lo que propone la película, y quererle pedir más que eso sería una seria equivocación. Hay lo que hay y no hay que pedirle peras al olmo. Aunque sea un olmo catalán.


Actualización: en su primer fin de semana ha arrasado en taquilla, batiendo todos los récords y rebasado sobradamente el estreno que tuvo Ocho apellidos vascos, y viendo las colas kilométricas que sufrí ayer noche en mi cine parece innegable que, pese a coincidir en su estreno con un Madrid-Barça de fútbol, el éxito está asegurado. Eso sí, cabe recordar que la recaudación de Ocho apellidos vascos fue de menos a más y estuvo mucho tiempo aferrada en el número uno y algo me dice que esta va a sufrir el efecto contrario y el boca a oreja le va a hacer mucho daño. Aunque claro, que le quiten lo bailado...

domingo, 21 de junio de 2015

AHORA O NUNCA (6d10)

En un momento inmejorable para la comedia española, Ahora o nunca parece querer aprovecharse de la suma entre la moda de las películas de bodas (ahí están los éxitos de Tres bodas de más o La gran familia española) y el triunfo en taquilla de Ocho apellidos vascos, con la que comparte protagonista masculino y (no por casualidad) presencia femenina, aunque Clara lago en este caso sea muy secundaria.
Aunque sea injusto entrar en comparaciones con la obra de Martínez Lázaro, parece que son los propios artífices de Ahora o nunca, la directora Maria Ripoll y los guionista Jorge Lara y Francisco Roncal, quienes buscan el recuerdo de la anterior comedia de Dani Rovira, que resultaba algo más fresca en su concepción y diálogos que esta quizá en parte porque Rovira todavía no se creía actor y se limitaba a ser él mismo. Más alejado del genial monologista, Rovira encabeza un reparto interesante para una comedia romántica de libro. Casi se podía decir que sigue los esquemas establecidos paso por paso, y aunque los diversos episodios del camino puedan sorprender el final del trayecto podría ser anunciado desde el mismo momento en que se apagan las luces del cine.
Eva y Álex están enamorados y se quieren casar en el mismo lugar de la campiña inglesa donde se conocieron. Allí se dirige la emocionada novia y una parte de la familia para ir preparándolo todo mientras el resto debe esperar la entrega del vestido de novia. Pero una huelga de controladores aéreos parece destinada a boicotear la ceremonia.
Comedia blanca, facilona, algo televisiva y muy tópica, con los mejores gags maltratados por su tráiler, parece lastrada por un ritmo irregular que no termina de conseguir que arranque nunca, un defecto que en parte mostraba ya Ripoll en su anterior película, Rastres de Sàndal.
Dicho así, se podría pensar que se trata de una mala película. Y quizá lo sea. Mala como es mala cualquier comedia de Julia Roberts o Sandra Bullock. Tonta, embaucadora y superficial. Demasiado anclada en sus arquetipos. Demasiado dispuesta a dar lo poco que el público pueda esperar de ella.
Posiblemente, lo que estábamos esperando.
Así que sí, quizá sea una película mala, simple y previsible, pero los arranques de Rovira, la mala leche de Jordi Sánchez, el encanto de María Valverde, la presencia de Yolanda Ramos, el pastelosa complicidad del trío de amigas de la novia, la frescura de Melody… Todo ello, visto en su conjunto, consigue arrancar más de una carcajada al respetable que, cegados por las luces de neón que anuncian como definitivo algo tan etéreo como el amor, terminamos dejándonos seducir por una película que quizá no llegue a ser nunca como Ocho apellidos vascos pero por lo menos le da mil patadas a ese horror que fue Cómo sobrevivir a una despedida, con la que incluso parece compartir una subtrama, afortunadamente mucho mejor resuelta.

domingo, 30 de marzo de 2014

OCHO APELLIDOS VASCOS (7d10)

Se dice que el pasado 2013 no fue un año especialmente brillante para el cine español, más con el batacazo inesperado (pero merecido) del último Almodóvar.
Quizá sea cierto que no se han estrenado películas magníficas, pero sí algunos títulos muy interesantes sobre todo en el terreno del suspense y de la comedia. En este último apartado recuerdo ahora las divertidas La gran familia española, Tres bodas de más, ¿Quién mató a Bambi?... y en esa línea hemos empezado el 2014 con un estreno que esté reventando las taquillas y batiendo records, quizá algo exagerados.
Y es que Ocho apellidos vascos es una apuesta ciertamente desternillante, con un humor blanco y en ocasiones muy facilón pero sin duda efectivo que da una vuelta de tuerca a todos los tópicos posibles entre dos culturas tan opuestas como es el extremismo andaluz y el vasco. Sin querer entrar en polémicas ni mear fuera de tiesto (no es esta una plataforma para idealismos políticos ni se pretende hacer crítica social), los guionistas Borja Cobeaga y Diego San José (vascos, por si alguien se lo preguntaba) se burlas (u homenajean, que cada uno lo llame como quiera) de todo lo que se les pasa por delante, desde el beticismo más “loperiano”, la gomina y la “gracieta” del sur hasta el las manifestaciones independentistas o el desprecio ante todo lo foráneo a lo vasco.
La historia, en su comienzo, no tiene nada de original. Chico (sevillano) conoce chica (vasca). Chica vuelve a la otra punta del país dejando chico loquito por ella y chico va en busca de chica. Chica pasa del chico pero, un giro de los acontecimientos la obliga a suplicar su ayuda y fingir que son novios. Como veis, nada nuevo bajo el sol. Así, el enganche de la película no es su argumento, gastado y previsible y con un desenlace final que es lo peor de todo por su ñoñería y simpleza, sino sus gags, algunos visuales otros provenientes de diálogos brillantes y afilados.
Los protagonistas, un Dani Rovira sin experiencia en cine pero con un buen camino recorrido ya en televisión desde que comenzara haciendo monólogos y una brillante Clara Lago que crece con cada película que hace y es capaz de decirlo todo con la mirada, tienen una química perfecta, tanto para el humor como para el amor, y esto es fundamental para que la película funcione. La chispa del sur y la mala leche del norte. Dos personas antagónicas que, al final, buscan lo mismo en la vida. Como todos nosotros. Y es que si hay algún mensaje en la película es el de que despreciar a alguien por su origen o ideas es absurdo, aunque esto es tan solo un apunte, porque lo que realmente pretenden es provocar la carcajada fácil y enseñarnos a reírnos de nosotros mismos, seamos como los andaluces, como los vascos o como ninguno de ellos.
Y por detrás, dos veteranos que suben un poco más el nivel si cabe, Karra Elejalde (el padre y extremo más radical del espíritu vasco) y Carmen Machi (aliada del chico y visión imparcial del duelo por ser extremeña).  Y el elemento casi “friki” imprescindible, Alfonso Sánchez y Alberto López, el Cabeza y el Culebra de El mundo es nuestro.
Exagerada e increíble por momentos, no hay un momento de tregua en esta historia de amor fingido que termina, no sólo con el enamoramiento de los protagonistas, sino enamorando al gran público. Nace sin más pretensiones que hacer pasar un buen rato y llenar las salas de los cines. Y eso es lo que consigue.
Y como prueba, la luz verde que tiene ya su secuela.