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domingo, 14 de abril de 2019

LO DEJO CUANDO QUIERA

Ya he comentado en alguna ocasión la facilidad del cine español actual de producir comedias casi en serie, y en ello los de Mediaset son casi unos especialistas, acostumbrados a convertir en oro todo lo que tocan. Con Lo dejo cuando quiera repiten, además, una exitosa fórmula que ya les dio buenos frutos en las destacables Perfectos desconocidos y Sin rodeos, es decir, adaptar una película de éxito de otra filmografía vecina. En este caso, el director Carlos Therón, acostumbrado a lidiar con éxitos como Es por tu bien o Fuga de cerebros 2, ha variado un poco la fórmula, ya que en lugar de limitarse a fotocopiar la película italiana original se ha limitado a inspirarse en el punto de partida para crear su propia historia.
Además, Therón, también guionista, se sale de los estándares habituales de la comedia española representada en la imagen de Dani Rovira y compañía para componer una comedia más gamberra de lo habitual, muy heredera del cine de Jud Apalow pero también de aquellas comedias zafias de los ochenta, tipo Los albóndigas en remojo o Porkis, a la par que está ahí la innegable sombra de la serie Breaking Bad.
Lo hace, además, sin dejar de lado la sociedad actual, ya que aprovecha para reflejar la realidad de una generación, la que ronda la cuarentena, nacida para comerse el mundo y a la que la crisis y las malas decisiones gubernamentales condenó a la mediocridad. Esto se contrapone, además, con el desencanto de la llamada generación del futuro, comparando ambas y sabiéndolas distanciar y a la vez acercar con una pericia que (sin perder de vista que esto, en el fondo, no aspira más que a ser un gran chiste) ya quisiera para sí la insoportable After.
Pero dejémonos de reflexiones profundas y analíticas. Como ya he dicho, Lo dejo cuando quiera, la historia de unos profesores universitarios maltratados por la vida (y por su propia mediocridad) cuyo destino cambia cuando se lanzan a comercializar las pastillas que ellos mismos han creado, es muy gamberra y macarra, y eso es lo que mejor la diferencia de la mediocridad en la que amenazaba caer la comedia española en los últimos tiempos.
No es una obra maestra, ni lo pretende. Es, simplemente, una propuesta muy divertida en la que sus actores (casi todos de origen televisivo) se entregan a fondo y en el que el elenco femenino, aunque en un rol secundario, sobresale con eficacia, enriqueciendo la trama principal. Y mucha atención al brillante trabajo de un Ernesto Alterio desatado.
Ridículamente tonta, pero tronchante y eficaz a la vez. No se le puede (ni debe) pedir más.


Valoración: Siete sobre diez.

sábado, 24 de noviembre de 2018

SUPERLÓPEZ

Cuando se confirmó que el proyecto eternamente postergado de llevar las aventuras de SuperLópez a la gran pantalla se iba a hacer realidad, me llevé una gran alegría. Luego vinieron las primeras noticias sobre fichajes, el primer tráiler y alguna imagen promocional y de la ilusión pasé al espanto a pasos agigantados. Solo faltaba leer unas declaraciones del creador de SuperLópez, Jan, confirmando que este no era “su” SuperLópez.
Al final, lo único que me mantenía con un hilo de esperanza era el director, Javier Ruiz Caldera, quien estuvo tras las cámaras de Spanish moviePromoción FantasmaTres bodas de más y, sobre todo, otra apuesta comiquera de nuestro cine, Anacleto, agente secreto. Además, yo soy de los que disfruté mucho con su Anacleto, y aunque no se pareciera demasiado al personaje creado por Vázquez, lo podía justificar en el hecho de que este no tenía aventuras largas que poder adaptar, cosa que sí sucede con SuperLópez.
Al final, precedida por algunas críticas nefastas de los que ya la habían visto en algún festival, me acerqué a la película con el convencimiento de que estábamos ante uno de los estropicios del año, un despropósito que no haría más que traicionar a uno de mis personajes de cómic preferidos y que marcó mi infancia más incluso que otros más icónicos como Mortadelo y Filemón o Zipi y Zape.
Una vez vista, hay que decir que parte de mis temores se vieron confirmados y que la observación de Jan era muy acertada. Este no es SuperLópez. Se parece a él como un huevo a una castaña. Sí, tiene muchos guiños, como la escena del café con leche y cruasán, los bolsazos de Luisa y los petisos, pero no comparte el mismo espíritu que el antihéroe de Jan. Hay cosas que se pueden justificar como una modernización del personaje, pero otras que no hay por donde agarrarlas. Así que, definitivamente, esta no es una buena adaptación del comic. Casi podría decir, incluso, que es nefasta.
Pero luego está su vertiente como producto de entretenimiento. En este sentido, debo confesar que las críticas eran exageradas y que Ruiz Caldera sale bastante airoso del proyecto. Es cierto que se le pueden poner muchos peros (y no me vale la excusa del ajustado presupuesto: SuperLópez tiene un montón de historietas que podrían haber adaptado mucho más “callejeras” que esta epopeya que requiere de robots gigantescos y naves espaciales) y que quizá el villano no esté a la altura del talento de Maribel Verdú, pero lo cierto es que olvidando los orígenes del personaje y tomándose la película como una simple parodia de Superman, la cosa funciona bastante bien.
De hecho, hay homenajes bastante directos al Superman de Donner, aunque también al de Snyder, aunque este es solo uno de los muchos guiños que tiene el film, que se mira también en el espejo (paródico) del Spiderman de Raimi, en Star Wars o incluso en El gran héroe americano que popularizó a William Katt allá por los ochenta.
Sorprende que, con el material de base y el currículo del director (y de los guionistas, los autores de Ocho apellidos vascos y Ocho apellidos catalanes), el humor no esté mucho más presente, siendo el Jaime González al que da vida Julián López el elemento más humorístico del guion, aunque la relación (no demasiado fraternal) entre Juan López y su padre terrestre también dé bastante juego. Por lo demás, es una película con tintes románticos, con conflictos por la doble personalidad del héroe (algo muy de comic, por cierto), de villanos megalómanos que solo quieren destruir el mundo e incluso se permite analizar (muy a su manera) la necesidad de aprobación por parte de un hijo desde dos ángulos diferentes, pero, sobre todo, es una película sobre un tipo extraordinario que toda la vida ha querido ser corriente y que, ahora que o ha conseguido, se ve obligado a hacer algo extraordinario.
Sin inspirarse en ninguna aventura escrita, la historia de SuperLópez se encuentra maniatada por las exigencias de una película “de orígenes”, teniendo que perder su tiempo en explicar una infancia del protagonista y el descubrimiento de sus poderes (por lo menos descubre que puede volar en menos tiempo que el Clark Kent de Smallville), pero no por ello pierde su ritmo narrativo, que en este sentido es algo más dinámico que en el caso de Anacleto. Ruiz Caldera sabe lo que tiene entre manos y, aunque no sea todo lo fiel que a uno le habría gustado al espíritu del personaje, consigue que su lavado de cara sea muy efectivo. Para que me entiendan, lo que hace está más cerca de la interesante Zipi y Zape y el club de la canica (nada que vez con los tebeos) que de La gran aventura de Mortadelo y Filemón, que por buscar una identificación tan fiel al original termina cayendo en el ridículo.
Tampoco Dani Rovira, que es un tipo que me cae francamente bien, aunque todavía no llega a deslumbrarme en su faceta como actor, desentona dando vida al protagonista, mientras que la presencia de Alexandra Jiménez (que ya fuera pareja de Rovira en 100 metros) es siempre jugar con una carta ganadora.
Resumiendo, que este no es “mi” SuperLópez, pero ello no impide que sea una muy disfrutable película, un divertimento muy bien filmado con escenas muy emocionantes, alguna cámara lenta un poco cargante y un tono castizo muy propio de sus guionistas. Y con unos efectos especiales que solo rechinan en las escenas de vuelo (y eso que en España tenemos experiencia en ello, recuerden el clásico Supersonic man que fue imitado por los creadores del vuelo del Superman II de Lester) Y que, como todo buen film de superhéroes que se precie (aunque sea parodiándolos) tiene su correspondiente escena postcréditos (bastante irrelevante, eso sí), aunque el verdadero epílogo, el que va justo antes de la genial canción de Alejo Stivel, es uno de esos que los apócrifos necesitaran que les expliquen y que los verdaderos fans aplaudirán con la esperanza de que la hipotética secuela sí sea un fiel retrato a los guiones de Jan.

Valoración: Seis sobre diez.

lunes, 2 de octubre de 2017

LA LLAMADA: milagro musical

La llamada es una película extraña, casi una marcianada, que debe su origen a una obra de teatro extremadamente modesta y que solo su brillante elenco actoral permite que la película no sea igual de modesta.
Confieso que me daba un poco de miedo enfrentarme a la película: un musical español protagonizado por monjas. ¿Qué podría salir mal? Sin embargo, y siempre desde el punto de vista del que no conociese de antemano la pieza de teatro (para quien ya la hubiese disfrutado el elemento sorpresa se diluye), lo cierto es que estamos ante una interesante propuesta, una extrañeza que se puede ver tanto como una oda religiosa extrema como una irreverente burla. Y es que esta historia de dos jóvenes rebeldes y fiesteras con aspiraciones a cantantes que se encuentran en un campamento de verano religioso cuando una de ellas recibe la visita de Dios roza peligrosamente esa frontera, manteniéndose siempre en el hilo y terminando por seducir con un sentido del humor muy sano, unas conocidas canciones pop (aunque también hay alguna creada para la ocasión) y dos actrices entregadas como son Macarena García y Anna Castillo que demuestran que las buenas impresiones que dejaron en Blancanieves y en El Olivo, respectivamente, no fue cosa de un día. Tampoco están nada mal Gracia Olayo y Belén cuesta que junto a Richard Collins-Moore en el papel de Dios componen el reparto casi total de la película.
La llamada resulta fresca y estimulante, un canto al amor y a la amistad, una llamada a la Fe y un absurdo sinsentido que consigue, como poco, dotar de alegría al espectador y permitirle salir de la sala con una sonrisa y algo más animado que al entrar. Y con los tiempos que corren, eso no es cualquier cosa, la verdad.

Valoración: Siete sobre diez.

domingo, 21 de junio de 2015

AHORA O NUNCA (6d10)

En un momento inmejorable para la comedia española, Ahora o nunca parece querer aprovecharse de la suma entre la moda de las películas de bodas (ahí están los éxitos de Tres bodas de más o La gran familia española) y el triunfo en taquilla de Ocho apellidos vascos, con la que comparte protagonista masculino y (no por casualidad) presencia femenina, aunque Clara lago en este caso sea muy secundaria.
Aunque sea injusto entrar en comparaciones con la obra de Martínez Lázaro, parece que son los propios artífices de Ahora o nunca, la directora Maria Ripoll y los guionista Jorge Lara y Francisco Roncal, quienes buscan el recuerdo de la anterior comedia de Dani Rovira, que resultaba algo más fresca en su concepción y diálogos que esta quizá en parte porque Rovira todavía no se creía actor y se limitaba a ser él mismo. Más alejado del genial monologista, Rovira encabeza un reparto interesante para una comedia romántica de libro. Casi se podía decir que sigue los esquemas establecidos paso por paso, y aunque los diversos episodios del camino puedan sorprender el final del trayecto podría ser anunciado desde el mismo momento en que se apagan las luces del cine.
Eva y Álex están enamorados y se quieren casar en el mismo lugar de la campiña inglesa donde se conocieron. Allí se dirige la emocionada novia y una parte de la familia para ir preparándolo todo mientras el resto debe esperar la entrega del vestido de novia. Pero una huelga de controladores aéreos parece destinada a boicotear la ceremonia.
Comedia blanca, facilona, algo televisiva y muy tópica, con los mejores gags maltratados por su tráiler, parece lastrada por un ritmo irregular que no termina de conseguir que arranque nunca, un defecto que en parte mostraba ya Ripoll en su anterior película, Rastres de Sàndal.
Dicho así, se podría pensar que se trata de una mala película. Y quizá lo sea. Mala como es mala cualquier comedia de Julia Roberts o Sandra Bullock. Tonta, embaucadora y superficial. Demasiado anclada en sus arquetipos. Demasiado dispuesta a dar lo poco que el público pueda esperar de ella.
Posiblemente, lo que estábamos esperando.
Así que sí, quizá sea una película mala, simple y previsible, pero los arranques de Rovira, la mala leche de Jordi Sánchez, el encanto de María Valverde, la presencia de Yolanda Ramos, el pastelosa complicidad del trío de amigas de la novia, la frescura de Melody… Todo ello, visto en su conjunto, consigue arrancar más de una carcajada al respetable que, cegados por las luces de neón que anuncian como definitivo algo tan etéreo como el amor, terminamos dejándonos seducir por una película que quizá no llegue a ser nunca como Ocho apellidos vascos pero por lo menos le da mil patadas a ese horror que fue Cómo sobrevivir a una despedida, con la que incluso parece compartir una subtrama, afortunadamente mucho mejor resuelta.