Apenas
un par de años ha tardado en llegar la secuela de la más exitosa película de la
historia de nuestro país. Y por ello las expectativas son tan altas como
difíciles de cumplir.
No,
definitivamente la continuación de Ocho
apellidos vascos no va a tener el éxito de su predecesora (aunque dinero va
a dar, de eso no hay duda) y ya se están escuchando las primeras (e
injustificadas) críticas negativas.

Además,
la película nace ya de entrada con un terrible handycap. No puede innovar
demasiado, pues los que disfrutaron de la primera película en el fondo quieren
más de lo mismo, pero tampoco puede convertirse en una mera fotocopia a la que
acusen de falta de originalidad. ¿Solución? No la hay. Y por eso muchos van a
sentirse decepcionados ante esta continuación que, todo sea dicho, no es que
tenga un gran guion.
La
cosa es sencilla. Amaia va a casarse con un catalán y Rafa, advertido por
Koldo, decide presentarse en la boda para tratar de reconquistar a su chica.
Todo muy típico y previsible, demasiado convencional. La clásica comedia
romántica vista mil veces y cuyo desenlace podemos adivinar desde la primera
escena, no solo en lo referente a los protagonistas sino también en cuando a
los secundarios.
El
acierto de los guionistas Borja Cobeaga y Diego San José está en los diálogos,
que como en la versión vasca es donde se muestran más mordaces y donde se pueden
encontrar los mejores puntos de humor. No se han sustituido las bromas a costa
de vascos y andaluces por las referidas a los catalanes, sino que estos se han
añadido, dando más colorido a la función y permitiendo que no quede títere con
cabeza en esta comedia con toques de vodevil (toda la escena situada en la
masía propiedad del personaje de Rosa María Sardá) con una mala leche a base de
tópicos e iconos geográficos perfectamente repartidos por gran parte del
territorio nacional, aunque es innegable que el tema de la independencia centra
todos los focos, como era de esperar.
En
el apartado interpretativo, aparte del cuarteto original que repite con
solvencia, tenemos la aportación de un Berto Romero que cada vez parece
sentirse más cómodo en su faceta como actor (y todo parecía haber empezado como
una broma a modo de cameo), de Rosa María Sarda que se come la pantalla con su
presencia en cada aparición (y que ayuda a olvidar su espantosa interpretación
en la más espantosa todavía Rey Gitano) y de Belén cuesta, la última punta de
este cuadrado amoroso que Emilio Martínez de Lázaro nos propone y la que más
sorprende por su versatibilidad lingüística.
Vista
desde tierras catalanas, tengo la curiosidad de ver la reacción del público
local ante los chistes más radicales. Con la primera película muchos se tomaban
con buen humor la pantomima que se hacía de vascos y andaluces, pero cuando les
toca a ellos… Habrá que ver si se toman las cosas con la misma tolerancia.

Actualización: en su primer fin de semana ha arrasado en taquilla, batiendo todos los récords y rebasado sobradamente el estreno que tuvo Ocho apellidos vascos, y viendo las colas kilométricas que sufrí ayer noche en mi cine parece innegable que, pese a coincidir en su estreno con un Madrid-Barça de fútbol, el éxito está asegurado. Eso sí, cabe recordar que la recaudación de Ocho apellidos vascos fue de menos a más y estuvo mucho tiempo aferrada en el número uno y algo me dice que esta va a sufrir el efecto contrario y el boca a oreja le va a hacer mucho daño. Aunque claro, que le quiten lo bailado...
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