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domingo, 28 de abril de 2019

LA PEQUEÑA SUIZA

Si hace apenas unos días aplaudía el hecho de que Carlos Therón presentara una propuesta diferente a la comedia al uso que estamos viendo últimamente en nuestro país con Lo dejo cuando quiera, esta semana toca el lado contrario, ya que La pequeña Suiza es un paso atrás en el intento de demostrar que nuestro cine es capaz de salirse de los tópicos que tanto lo suelen estigmatizar.
Dirigida por Kepa Sojo, en su segunda película tras una buena colección de cortometrajes en su haber, La pequeña Suiza es una nueva vuelta de tuerca a los chistes patrios sobre los tópicos más rurales y costumbristas, muy heredera de los Ocho apellidos vascos y sus múltiples imitaciones.
De hecho, la premisa no podría ser más simple: Tellería, un pueblo enclavado en el País Vasco pero que en realidad pertenece a Castilla, se debate ante la frustración que le causa los impedimentos para ser integrados al fin como vascos. Ante el conflicto de intereses entre los diversos gobiernos, y tras un descubrimiento arqueológico, optan por tirar por el camino de en medio y solicitar anexionarse a Suiza.
Hay que reconocer que, ante la simpleza de personajes y el aroma a frustrada (y frustrante) imitación del espíritu más berlanguiano, hay al menos un punto de absurdo disparate que le da un puntito de valor al film. Sin embargo, quizá heredero del currículo cortometrajista del director, las diversas subtramas están demasiado deslavazadas (e incluso inconclusas) como para que todo funcione en una sola unidad. Es como si las historias independientes (el cura que trafica con armas, el triángulo amoroso, el agente secreto, los vecinos enfrentados al pueblo…) fuesen un fiel reflejo del conflicto de identidad de los protagonistas, creando así una extraña metáfora de metacine que para nada es lo que se pretendía y que no ayuda en absoluto a que la película, más allá de su pobre argumento, pudiese funcionar todo lo bien que podría.
Hay momentos simpáticos y sus actores están correctos, lo que consigue salvar la película del naufragio, pero uno se queda con las ganas de que el absurdo de su planteamiento hubiese sido explotado hasta sus últimas consecuencias, de manera que todo tendría que haber sido más loco y ridículo de lo que es. Esto no habría mejorado la trama, pero al menos sí hubiese propiciado más carcajadas.

Valoración: Cinco sobre diez.

domingo, 17 de marzo de 2019

TAXI A GIBRALTAR


Decía, a colación de la película 4 latas, que en ocasiones los tráileres de películas invitan a pensar que estamos ante una producción espantosa y luego no es para tanto. En esa línea se encontraba también esta Taxi a Gibraltar, la nueva comedia al servicio de Dani Rovira (aunque esta vez algo más comedido de lo habitual, repartiendo el protagonismo con Joaquín Furriel) con la que el director (y también coguionista) Alejo Flah vuelve a ofrecernos una comedia de enredos cafre y con aroma cañí que se aprovecha de las leyendas doradas alrededor de la relación entre el gobierno franquista y una Europa embarcada en la II Guerra Mundial, tal y como hiciera ya la mediocre El oro de Moscú, hace ya más de quince años, coin la que guarda ciertas similitudes.
Ciertamente, la película no ha resultado ser el completo desastre que sus avances invitaban a pensar, pero tampoco se queda muy lejos. Tras un correcto arranque, donde las historias y motivaciones de los dos protagonistas quedan bien reflejadas, y un toque de realidad social con las referencias al conflicto entre los taxis y los VTC, la cosa va decayendo a medida que avanza la película, forzando a que todo quede en manos el cariño que se pueda tomar al trío protagonista (Ingrid García Jonsson poco puede hacer con las líneas de diálogo que le han caído en gracia). Hay cierta química entre Rovira y Furriel, cierto, pero sus confrontaciones son tan repetitivas que la gracia se pierde pronto, mientras que la aparición de algún que otro secundario (es novio del personaje de ella, por ejemplo) está realizada con torpeza, más cerca del ridículo que del humor.
Al final, la película es una tontería que, quizá en otras manos, podría haber tenido más gracia, pudiéndose apostar, por ejemplo, un poco más en la polémica con los VTC, burlándose con algo más de mala leche del tema del Brexit o complicando algo la “misión” de los protagonistas para robar unos lingotes de oro que se supone están ocultos en los túneles el peñón de Gibraltar.
No es, por lo tanto, la peor película del mundo ni hay que rasgarse las vestiduras tras su visionado, pero resulta ciertamente decepcionante, resultando demasiado absurda para poder tomársela en serio, pero falta del surrealismo necesario para ser lo alocada que debería, amén de que la simpatía con la que obligan a ver a los protagonistas avanza desde el primer momento el irremediable (y forzado) final feliz que debe tener la película.
De nuevo, una comedia ambiciosa que termina resultando una más del montón, una propuesta con la que echarse algunas risas (tampoco demasiadas) y que será olvidada con relativa facilidad.


Valoración: Cinco sobre diez.

lunes, 25 de abril de 2016

TORO: El difícil camino de la redención.

Más allá de las comedias más o menos correctas o el costumbrismo que ha caracterizado nuestro cine, desde los lejanos años de Berlanga hasta el Almodóvar actual, el despegue de calidad (o por lo menos de reconocimiento en taquilla, de manera generalizada) ha venido mediante apuestas por un cine de estilo cortado por un patrón específico.
Si hasta hace poco parecía que lo que caracterizaba al cine español moderno eran las películas de género, esa forma tan simplista de englobar al suspense, al fantástico  y al terror, donde proliferaron autores como Alejandro Amenábar, Jaume Balagueró, J.A. Bayona o Paco Plaza, ahora es tiempo para los thrillers de corte policiaco. En los últimos meses se han reivindicado nombres como Alberto Rodríguez (La Isla Mínima), Daniel Monzón (Celda 211, El Niño) o enrique Urbizu (No habrá paz para los malvados), y sólo en lo que llevamos de año se han estrenado con éxito obras como El desconocido (Dani de la Torre) o Cien años de perdón (Daniel Calpalsoro).
Kike Maillo es un director que podría estar en la lista de los primeros merced a su debut en el largometraje con EVA, aquella fábula futurista con robots demasiado humanos, pero salta definitivamente al segundo con su nueva película, protagonizada por los dos actores más taquilleros del panorama nacional: Mario Casas (le pese a quien le pese) y Luis Tosar (que interviene, curiosamente, en la mayoría de las películas antes mencionadas).
Toro cuenta la historia de dos hermanos (Casas y Tosar) fieles retratos del perdedor de bajos fondos, simples delincuentes de poca monta a merced de Romano,  un “padrino” brillantemente interpretado por José Sacristán (actor que vive una segunda juventud gracias a su apuesta por los jóvenes valores, lo que le ha permitido aparecer en títulos como la imprescindible Magical Girl de Carlos Vermut o la más floja Vulcania de José Skaf). 
Cuando uno de ellos, apodado Toro, el preferido de Romano, decide retirarse para vivir una vida de legalidad, un último trapicheo se tuerce, provocando la muerte delm tercero de los hermanos. Toro cumple condena en la cárcel pero cuando logra la condicional, convertido en un hombre nuevo, descubre que no es fácil huir de los fantasmas del pasado.
Ambientada en Torremolinos y sus alrededores, Toro es una intensa historia de redención y segundas oportunidades, muy sórdida en algunos momentos, cuyas evidentes debilidades de un guion algo tramposo y facilón se compensan con los recursos visuales de Maillo, que lejos de limitarse a poner la cámara para plasmar la historian y punto exige un protagonismo para sí mismo en forma de planos líricos y juegos de luz que ayudan, junto a las tres interpretaciones principales, a aumentar el nivel de la película y que se intuye desde los mismos títulos de crédito, en los que se refleja algo del estilo de Fincher.
Apenas acabamos de inaugurar el segundo trimestre del 2016 y ya parece que estamos ante otro año glorioso para nuestro cine, con apuestas descaradamente arriesgadas como esta que, rápidamente, se va a posicionar como uno de los títulos más interesantes de la cartelera actual, junto a la Kiki de Paco León.
Después, claro está, saldrá el espabilado de turno diciendo que el cine español es una mierda y que todas las películas son iguales. Pero allá cada uno con su ceguera…

Valoración: Siete sobre diez.