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miércoles, 27 de noviembre de 2019

ADIÓS

Aunque no quedé muy satisfecho con la película Tokarev, el debut de Pedro Cabezas en Hollywood de la mano de Nicolas Cage, debo reconocer que con su salto televisivo, encargándose de episodios de títulos tan notables como Penny DreadfulThe StrainFear The Walking Dead o American Gods, le ha portado suficiente experiencia como para, en su regreso a España (nueve años después de su exitosa Carne de neón), componer una de las mejores películas españolas del año, en un 2019 en el que nuestro cine ha estado especialmente sobresaliente.
Para los que siguen teniendo problemas con el cine patrio, insistiendo en que es siempre igual, le propongo el ejercicio de comparar el último estreno recibido, Si yo fuera rico, película prefabricada y en busca de un público acomodado, con esta maravilla que es Adiós. Sí, ya se que son géneros y estilos diferentes, pero no soy yo quien se empeña en meter todo el cine español en el mismo saco, ¿no?
Con un enorme Mario Casas a la cabeza (¿dónde están ahora los que lo criticaban tanto?), la película es un cruel relato de venganza tras la muerte, en un accidente de tráfico, de la niña pequeña del matrimonio formado por el personaje de Casas y el de la también excelente Natalia de Molina. En otras manos (y en otra filmografía), esta podría ser la clásica película de venganzas fraternales que bien podría haber protagonizado Liam Neeson, Mel Gibson o ingluso el propio Nicolas Cage, pero no, esto va de otra cosa, esto va de la España del sur, de la España real, de luchas territoriales entre clanes y familias. Y, sobre todo, va de realidad, de mucha realidad.
Con un tono sucio y hasta desagradable, la película busca más compartir el sufrimiento de los protagonistas que el placer propio de la venganza, poniéndose así en las antípodas de, por ejemplo, El justiciero de Eli Roth. En lugar de eso, Cabezas (que firma el guion junto a Carmen Jimenez y José Rodríguez) apuesta por un tono más intimista donde podemos sentir la pérdida de la niña como nuestra, y haciéndonos entender que, por difícil que parezca, la vida sigue tras la tragedia y que la obsesión ciega por esa venganza, por el todos contra todos, solo puede traer consecuencias aún peores.
Paco Cabezas brilla pues, en el aspecto más personal de la historia, pero esto no significa que se dejen de lado las escenas de acción, espectaculares y brillantemente dirigidas. El asalto al barrio de las 3000 viviendas, la pelea entre la policía a la que da vida Ruth Díaz o la secuencia final son meros ejemplos de que la cinta puede ser trágica y dolorosa a la par que emocionante y adrenalínica.
La España cañí es el escenario ideal para una historia sórdida, de bajos fondos, donde Casas ha tenido que reinventarse (asombroso lo que hace con su acento) para dar un paso más en su brillante carrera, aunque sin por ello desmerecer a un reparto que, en su totalidad, están excelsos.
Adiós, con una banda sonora también impagable (y lo dice alguien a quien no le gusta el flamenco, pero que se le puso la piel de gallina con cada canción) y una excelente ambientación, es una película que no se puede ver cómodamente sentado en la butaca, asaltado siempre por los nervios y que se sigue disfrutando (es un decir) una vez finalizada la proyección. Una joya a la altura de Quien a hierro mata o La trinchera infinita, por nombrar algún ejemplo de cine español angustiante y opresivo de este año.


Valoración: Ocho sobre diez.

martes, 30 de octubre de 2018

EL FOTÓGRAFO DE MAUTHAUSEN

Aunque parezca mentira, todavía tengo bastantes amigos que desprecian el cine español aludiendo a que “siempre va de lo mismo”. No creo que sea necesario entrar en una defensa de nuestro cine que, con los evidentes altibajos de cualquier filmografía, goza de una estimable salud, pero por si acaso, me voy a limitar a recordar algunos de los estrenos más recientes que demuestran la gran variedad de temas que se tratan con gran acierto en títulos e gran calidad: YucatánLasombra de la ley o El reino son solo algunos ejemplos de temáticas que difieren con lo que se suele esperar de un cine encasillado por muchos en la comedia rural, el drama almovariano, la Guerra Civil y, en ocasiones, el cine de género.
El fotógrafo de Mauthausen es otro de esos ejemplos de que no hay que poner límites creativos al cine hecho en casa y que es posible abordad cualquier temática, por arriesgada que parezca. Mar Tarragona, en su nuevo trabajo tras la irregular Secuestro, aborda la historia de los españoles expatriados que terminaron en el campo de concentración nazi de Mauthausen, centrando la mirada en Francesc Boix, un fotógrafo que arriesgó su vida por conseguir pruebas gráficas de las atrocidades que se cometían en los Campos y que pasó a la historia por ser el único español que participó como testigo en los tristemente célebres Juicios de Núremberg.
Mario casas, cada vez más alejado de su imagen de ídolo de quinceañeras, sufre un efectivo cambio físico para meterse en la piel de este prisionero que se empeña en arriesgar su propia vida, arrastrando a sus compañeros en el intento, para conseguir justicia, siendo una de las figuras destacadas de una película con un reparto internacional muy bien medido y que funciona a la perfección.
Con un estilo narrativo muy clásico, Mar Tarragona compone una película que quizá no arriesga demasiado en lo estético, pero que consigue con ello una gran efectividad, siguiendo casi a rajatabla los cánones del género carcelario. Con referencias a La fuga de AlcatrazEvasión o Victoria o incluso La vida es bella, Tarragona logra una puesta en escena muy por encima de lo esperado a raíz del ajustado presupuesto con el que contaba, si bien puede echársele en cara la falta de profundidad de algunos personajes, amparándose en exceso en el arquetipo y jugando con la complicidad del espectador acostumbrado ya a identificar con facilidad personajes de esta calaña.
Al final, el mayor mérito del film es conseguir transmitir el dolor y el sufrimiento de los prisioneros con una estética gélida y sobrecogedora, sin renunciar a ligeros toques de humor en la personalidad de Boix que ayudan a empatizar más aún a su personaje. Además, las fotografías reales que se muestran al término del film reivindican la gran precisión y detallismo con que Tarragona ha planificado su rodaje y otorgan a El fotógrafo de Mauthausen un valor por encima de lo puramente cinematográfico.

Valoración: Siete sobre diez.

sábado, 25 de marzo de 2017

EL BAR, divertida, cruel y reflexiva.

Tiene un problema Álex de la Iglesia cada vez que debe estrenar una nueva película. Y es que en sus inicios tiene algunos títulos tan magníficos como El día de la Bestia o La Comunidad que, como le pasa a algún colega anglosajón suyo como Shaymalan, parece que nunca vaya a poder volver a estar a la altura de las expectativas. Y eso es algo demasiado injusto hacia un realizador que ha dado grandes obras a la filmografía de este país.
Es por ello que muchos destacan El bar como una especie de regreso a esa época gloriosa después de unos años de oscuridad. Personalmente no puedo estar completamente de acuerdo, pues si bien es cierto que El bar es una muy buena película supe disfrutar mucho también de Las brujas de Zugarramurdi y Mi gran noche, siendo de su época más reciente La chispa de la vida la única que me dejó algo frío.
Si es cierto, sin embargo, que ahora logra resarcirse de algo de lo que se le acusa continuamente: no saber cerrar bien sus películas. Porque desde luego El bar tiene un final impecable, que podrá ser más o menos del gusto del espectador, pero totalmente coherente con la historia y con una amargura como no podía ser de otra manera. Pero empecemos mejor por el principio…
El bar no es exactamente una comedia negra, aunque tiene muchos puntos de humor. Es más bien una radiografía de la sociedad, de cómo el ser humano reacciona ante situaciones límite y como el instinto de supervivencia se antepone habitualmente a la propia moral. Por ello no es una película de buenos y malos y cada personaje, incluso en sus momentos de mayor bajeza, merece ser justificado. ¿Acaso no haríamos nosotros lo mismo?
La cosa va de un grupo de desconocidos que quedan atrapados en el interior de un bar después de que dos personas sean abatidas a tiros en mitad de la calle y el centro de Madrid, de un momento para otro, quede totalmente desierto. Es entonces cuando los miedos, la desconfianza y las fobias salen a relucir, convirtiéndose el bar del título en una suerte de Gran hermano con muchas similitudes con La niebla, aquella novela de Stephen King versionada por Frank Darabont donde también un grupo de desconocidos quedaban atrapados, en esa ocasión en un supermercado, aterrados por una misteriosa amenaza del exterior.
El guion que el propio De la Iglesia firma con su amigo y colaborador habitual Jorge Guerricaechevarría combina con inteligencia el humor y el drama, la acción y los momentos más intimistas, aunque hay que reconocerle que obliga a realizar en algún que otro momento un ejercicio de suspensión de la credibilidad, y el director consigue mantener el ritmo en todo momento, sin que ni siquiera con la salida del bar se llegue a perder el interés ni la emoción. Pero no basta con su buen trabajo para llevar este barco a buen puerto, y sin duda sería imposible sostener una película como El bar sin un trabajo impecable por parte de todos sus protagonistas. Joaquín Climent y Alejandro Awada cumplen con creces, Mario Casas y Secun de la Rosa están brillantes y divertidos y a Terele Pávez y Carmen Machi no vamos a descubrirlas ahora, ¿no? Pero son sin duda Jaime Ordóñez y Blanca Suarez quienes realmente se llevan el gato al agua. Ordóñez está deliciosamente excesivo, histriónico, capaz de despertar odio y ternura en el espectador en cuestión de segundos. Suarez, por su parte, está superlativa, evolucionando de niña pija maleducada a heroína de la función con una facilidad pasmosa. Sin problemas para resistir con firmeza los primeros planos, asusta conmueve, convence y enamora.
El bar puede parecer una película excesiva, cargada de momentos surrealistas y de reacciones desproporcionadas, pero si uno se para a analizar bien a los personajes, magníficamente retratados en apenas cuatro planos, se da cuenta de que esas reacciones son tan terriblemente humanas y naturales que, por encima de los chistes, la emoción y el suspense, convierten a El bar en una película extremadamente triste. Y ese encadenado de planos finales por las calles de Madrid lo demuestran.
El bar es, por tanto, absurda, tronchante, dura y con momentos de escatológica sensualidad, pero, por encima de todo, es una película que me ha hecho reflexionar. Y no estoy muy seguro de si me gusta las reflexiones a las que he llegado. ¿Qué habría hecho yo? O lo que es más importante, ¿qué habríais hecho vosotros?
Esta vez, definitivamente, De la Iglesia lo ha conseguido. De principio a fin. ¡Bravo!

Valoración: Ocho sobre diez.

martes, 10 de enero de 2017

CONTRATIEMPO, entretenido pasatiempo imposible de reflexionar.

El barcelonés Oriol Paulo es un guionista especializado en thrillers de guiones intrigantes y con giros de guion inesperados, como el caso de Los ojos de Julia o la decepcionante Secuestro, aunque fue con El cuerpo con la que dio en salto a la dirección en 2012.
Cuatro años más tarde Paulo repite la experiencia con Contratiempo, donde vuelve a contar con José Coronado pero dejando el papel de protagonistas a Mario Casas y Bárbara Lennie, ecléctica pareja que podrían no tener mucho en común (él uno de los actores españoles más mediáticos y habitual en las carpetas de las adolescentes, ella una de las mejores actrices del país habitualmente entregada a películas de corte más independiente y arriesgado), pero esa es una baza que, como bien afirma el propio director, juega más a favor que en contra, siendo en pantalla una pareja de amantes sin la química que podrían necesitar de ser una unión de corte más romántico.
Contratiempo explica la historia de Adrián Doria, un emprendedor empresario de éxito que es agredido en una habitación de hotel para descubrir, al recobrar el conocimiento, que su amante ha sido asesinada y la policía está acechándolo al otro lado de la puerta. Con el handycap de que la puerta está cerrada por dentro y no hay ventanas accesibles por las que el asesino pueda haber escapado, Adrián es el principal sospechoso del crimen, y un exhaustivo repaso de los hechos (con secretos ocultos de por medio) con una importante preparadora de testigos puede revelar la verdad.
Contratiempo es un juego, un retorcido puzle en el que todos mienten y hay que escarbar en la psique de cada personaje para averiguar la verdad. Y para hacer partícipe al espectador, Paulo va dejando alguna miguita para que, a diferencia de lo que sucedía en El Cuerpo, de manera que nosotros mismos podamos jugar a detective y tratar de dilucidar por dónde van los tiros.
Así, mientras se está disfrutando de la película, Paulo consigue mantener la intriga y desconcertar con los múltiples cambios de dirección que va tomando la película tras cada giro de esquina, rompiendo la continuidad temporal constantemente y consiguiendo una atmósfera muy americana con ese buen uso de la metrópolis barcelonesa. Sin embargo, tan loable propósito se trunca con los dos errores capitales de Paulo en su complicado entramado.
Por un lado, todo está tan enfocado a sorprender y desorientar que una vez se llega al desenlace final (o se logra adivinar antes de hora, lo cual tampoco es muy complicado) la película pierde todo su sentido, de manera que se me antoja muy difícil un posible segundo visionado.
En segundo lugar, tampoco conviene reflexionar demasiado la película una vez finalizada. Y es que tras tantos quiebros y recovecos argumentales el desenlace final es una completa estupidez, un despropósito totalmente inverosímil y absurdo que roza el ridículo. Paulo juega al todo vale con tal de engañar, y al final deja que su ansias por engañar convierta la película en un engaño en sí misma.
Contratiempo es una película que te atrapa durante su visionado, te deja desangelado una vez finalizada y puede llegar a indignar pasadas unas horas. Como sea, accedo a quedarme en un punto intermedio y recordar las sensaciones en la propia sala de cine que me llevan a aprobarla por los pelos.
Valoración: Cinco sobre diez.

lunes, 25 de abril de 2016

TORO: El difícil camino de la redención.

Más allá de las comedias más o menos correctas o el costumbrismo que ha caracterizado nuestro cine, desde los lejanos años de Berlanga hasta el Almodóvar actual, el despegue de calidad (o por lo menos de reconocimiento en taquilla, de manera generalizada) ha venido mediante apuestas por un cine de estilo cortado por un patrón específico.
Si hasta hace poco parecía que lo que caracterizaba al cine español moderno eran las películas de género, esa forma tan simplista de englobar al suspense, al fantástico  y al terror, donde proliferaron autores como Alejandro Amenábar, Jaume Balagueró, J.A. Bayona o Paco Plaza, ahora es tiempo para los thrillers de corte policiaco. En los últimos meses se han reivindicado nombres como Alberto Rodríguez (La Isla Mínima), Daniel Monzón (Celda 211, El Niño) o enrique Urbizu (No habrá paz para los malvados), y sólo en lo que llevamos de año se han estrenado con éxito obras como El desconocido (Dani de la Torre) o Cien años de perdón (Daniel Calpalsoro).
Kike Maillo es un director que podría estar en la lista de los primeros merced a su debut en el largometraje con EVA, aquella fábula futurista con robots demasiado humanos, pero salta definitivamente al segundo con su nueva película, protagonizada por los dos actores más taquilleros del panorama nacional: Mario Casas (le pese a quien le pese) y Luis Tosar (que interviene, curiosamente, en la mayoría de las películas antes mencionadas).
Toro cuenta la historia de dos hermanos (Casas y Tosar) fieles retratos del perdedor de bajos fondos, simples delincuentes de poca monta a merced de Romano,  un “padrino” brillantemente interpretado por José Sacristán (actor que vive una segunda juventud gracias a su apuesta por los jóvenes valores, lo que le ha permitido aparecer en títulos como la imprescindible Magical Girl de Carlos Vermut o la más floja Vulcania de José Skaf). 
Cuando uno de ellos, apodado Toro, el preferido de Romano, decide retirarse para vivir una vida de legalidad, un último trapicheo se tuerce, provocando la muerte delm tercero de los hermanos. Toro cumple condena en la cárcel pero cuando logra la condicional, convertido en un hombre nuevo, descubre que no es fácil huir de los fantasmas del pasado.
Ambientada en Torremolinos y sus alrededores, Toro es una intensa historia de redención y segundas oportunidades, muy sórdida en algunos momentos, cuyas evidentes debilidades de un guion algo tramposo y facilón se compensan con los recursos visuales de Maillo, que lejos de limitarse a poner la cámara para plasmar la historian y punto exige un protagonismo para sí mismo en forma de planos líricos y juegos de luz que ayudan, junto a las tres interpretaciones principales, a aumentar el nivel de la película y que se intuye desde los mismos títulos de crédito, en los que se refleja algo del estilo de Fincher.
Apenas acabamos de inaugurar el segundo trimestre del 2016 y ya parece que estamos ante otro año glorioso para nuestro cine, con apuestas descaradamente arriesgadas como esta que, rápidamente, se va a posicionar como uno de los títulos más interesantes de la cartelera actual, junto a la Kiki de Paco León.
Después, claro está, saldrá el espabilado de turno diciendo que el cine español es una mierda y que todas las películas son iguales. Pero allá cada uno con su ceguera…

Valoración: Siete sobre diez.

martes, 29 de diciembre de 2015

PALMERAS EN LA NIEVE (6d10)

Conectando directamente con la entrada anterior, en la que apuntaba que el excesivo hype de Carliots y Snoopy podría haberme aguado un poco la fiesta, con Palmeras en la nieve pasa justamente lo contrario: era tan malo todo lo que había llegado a mis oídos que la película me sorprendió gratamente.
Creo que se ha sido muy injusto con un film que sí, que tiene muchas deficiencias que no voy a obviar en mi opinión, pero que es una propuesta emotiva y de impecable factura que describe la situación de las colonias españolas en África y nos traslada a una época no demasiado lejana en el tiempo pero que se me antoja infinita en la memoria.
Basada en la exitosa novela de Luz Gabás y dirigida por Fernando González Molina (que repite por cuarta vez con Mario Casas), Palmeras en la nieve explica, a golpe de flashbacks, dos historias paralelas separadas sesenta años en el tiempo, centradas en el esfuerzo que Killiam debe hacer para adaptarse a su nueva vida en la isla de Fernando Poo (en la Guinea española) donde nació y en su posterior historia de amor prohibido con una oriunda del lugar, Bisila, una historia que su sobrina, en el presente, irá descubriendo a la vez que se descubre a sí misma.
Palmeras en la nieve es la gran apuesta del cine español para despedir el año, una ambiciosa producción que no ha tenido miedo a correr el riesgo de competir en pantalla con Star Wars: el despertar de la fuerza y que tiene en la figura de Mario Casas su mejor baza. La película de Fernando González Molina es un relato épico, con gran dramatismo y sensibilidad, pero que peca de un sentido narrativo demasiado televisivo. Pese a ser la cuarta película de su director, este parece seguir demasiado apegado al mundo de las series  de donde proviene como para saber diferenciar los tiempos de cada medio. Así, con un metraje excesivo que se convierte en la principal lacra de la película (163 minutos a todas luces agotadores), la adaptación habría funcionado mucho mejor como miniserie que como películas, teniendo que emplear mucho tiempo para contar su drama y dejando encima con la sensación de que muchos detalles de interés (sobre todo lo relacionado al contexto histórico) han sido tocados muy de puntillas.
El reparto es interesante y funcional, correcto sin llegar a brillar. La historia río funciona, quizá mejor en su parte de flashbacks que en el presente. Y la apuesta, arriesgada en su concepto, por presentarnos una película ambientada en las colonias españolas tiene por sí sola un valor documental que no es nada despreciable.
No es redonda. Quizá hasta le falte mucho para aspirar a serlo. Pero sí es una película sumamente interesante y con más valores de los que muchos le han querido ver. Un drama bien desarrollado y que, en algunos pasajes, llega a emocionar.

jueves, 29 de octubre de 2015

MI GRAN NOCHE (7d10)

Después de que Las Brujas de Zugarramurdi (y sobretodo La chispa de la vida) no terminasen de sedudir a público y crítica, quizá debido a lo irregular de su ritmo y su descompensado final, Alex de la iglesia, de la mano de su fiel guionista Jorge Guerricaechevarría, ha regresado al terreno que mejor conoce, la comedia pura y dura, para coescribir y dirigir una absoluta locura, un desmadre genial donde las sorpresas no dejan de suceder, como en un vodevil demencial, cargado de gags y con un ritmo frenético.
Tal y como hiciera su buen amigo Santiago Segura con El Fary en la saga Torrente, De la Iglesia ha querido rendir pleitesía a Raphael, una de las grandes voces de nuestra música, al que convierte en la gran estrella en el centro de esta función absurda y desquiciada que satiriza la grabación de un especial televisivo (tan casposo y ridículo como los de verdad) para la noche de Fin de Año.
No pretende ser La Gran Noche una crítica social ni un alegato contra los tiempos de crisis que no terminamos de abandonar (ya he empezado diciendo que esto es comedia pura y dura), pero alrededor de ese gran festival que componen los diversos personajes que pululan por la gala De la Iglesia se permite crear un envoltorio donde, en pequeñas pinceladas, se reflejen algunos de los problemas que nos han tocado vivir, como la corrupción, la inestabilidad laboral o los tratos de favor entre las altas esferas , pero siempre sin perder el punto de vista de la diversión y el buen rollo que destila la propuesta.
¿Buen rollo? Bueno, para el espectador sí, pero lo que es para los personajes… Entre presentadores que se odian entre sí, trabajadores descontentos, invitadas extremadamente gafes, groupies manipuladoras y aprovechadas, divos pasados de rosca y fans obsesivos dispuestos a cometer un asesinato, dentro de la película hay de todo excepto buen rollo.
Pese a la tan cacareada presencia protagonista de Raphael, autoparidiándose de manera genial, la película es en realidad una propuesta coral, donde una decena de historias se entremezclan entre ellas de manera que resulta imposible no conectar con al menos un buen puñado de ellas. Cierto es que cuando se pretende abarcar tanto se corre el peligro de que se profundice en unas más que en otras y eso no siempre es sinónimo de que la destacada sea la que mejor funciona, pero pienso que De la Iglesia ha sabido cogerle bien el pulso a su obra, impidiendo que se le escape de las manos y haciendo que todo encaje con la exactitud del mecanismo de un reloj. ¿Qué nos gustaría conocer más cosas de algunas subtramas? Desde luego. Pero para evitarlo necesitaríamos una película de tres horas. Y no sé si tres horas grabando una gala musical tan casposa como esta no terminaría resultando tan agotador para el espectador como para los propios protagonistas.
Lo que hay que reconocerle al director es que esta vez sí ha sabido cerrar la historia como corresponde, consiguiendo cuadrar el círculo e impidiendo que se le vaya de las manos (y mira que habría sido fácil), dando su pequeño final a todas las historias (algunas mejor que otras, eso sí), y permitiendo que la clausura caiga en los auténticos protagonistas de la función: Raphael, Blanca Suarez y Pepón Nieto.
Con incontables cameos, algunos apenas reconocibles, la película se sustenta en un interminable y brillante reparto cargado de figuras de la comedia nacional. Aparte del cacareado Raphael (que interpreta a su propio reverso: una estrella que se niega a apagarse, tiránica y egomaníaca), el cual sorprende por su vis cómica y satírica,  hay que reconocer el siempre excelente trabajo de Caros Areces como su manager (o más bien esclavo) además de hijo adoptivo ruso (!!), la desternillante parodia que del artista latino de pocas luces compone Mario Casas (un cruce entre Bisbal, Civera y Chayanne) o la siempre destacable Blanca Suarez. Pero aún hay más. Por aquí se enfrentan en una implacable guerra de sexos Hugo Silva y Carolina Bang, coquetea con la ambigüedad sexual Carmen Machi, se burla de la corrupción Santiago Segura… en fin, una lista interminable en la que no hay papel pequeño que se quede sin su momentito de gloria. Y luego está la imprescindible Terele Pávez, por supuesto.
Haciendo hincapié en la banalidad televisiva por la que atravesamos, De la Iglesia demuestra habérselo pasado en grande con esta comedia muy gamberra pero algo menos negra de lo habitual y consigue también que todos los espectadores lo pasemos igual de bien, riendo sin parar al ritmo de las canciones de Raphael (uy, perdón, de Alphonso), de Chayanne (ay no, que es Adanne) y alguna más que se cuela por ahí.
En resumen, un locurón total, entretenido, por momentos desternillante, con tintes de emoción y, desde luego, muy, pero que muy recomendable.

viernes, 27 de diciembre de 2013

ISMAEL (7d10)


La película del director argentino Marcelo Piñeyro, autor entre otras de la interesante El Método, es una apuesta por el melodrama puro y duro, un género poco trabajado en el cine español con escasas excepciones, la mayoría representadas en la figura de Pedro Almodovar.

Partiendo de la historia de Ismael, un niño negro que escapa de su casa de Madrid para viajar hasta Barcelona para conocer a su padre biológico, el desarrollo de la trama es tranquilo y carente de sorpresas, con un ritmo sosegado y, en ocasiones, demasiado bienintencionado, y con unos personajes que, analizados a fondo, son quizá demasiado amables y comprensivos con lo que les sucede, restando así algo de intensidad al drama que se supone nos están contando. No obstante, Piñeyro tiene la habilidad (gracias en parte a su guion) de darnos ligeras pinceladas de historias paralelas que si bien se entrecruzan con la principal sin apenas influenciar en ella nos ayudan a disfrutar de cierta coralidad, evitando la pesadez de dejar todo el film en manos única y exclusivamente de un padre y su hijo, algo que podría recordar a aquella película de lágrima fácil y bostezo generoso que unió a dos generaciones de Smith en En busca de la felicidad. Así, la relación entre Félix, el padre del chico, y su propia madre, Nora; el pasado de su buen amigo Jordi; la problemática social de un grupo de alumnos inadaptados de Félix o los restos del amor no cicatrizado entre este y Alika, la madre de Ismael, quien sí parece haber sido capaz de rehacer su vida; dan la suficiente salsa a la película para no encontrarnos ante un simple telefilm lacrimógeno de media tarde.

Además, junto a los preciosos paisajes de Cadaqués (parece que la costa mediterránea se ha puesto últimamente de moda en nuestro cine), lo que más destaca en la película es la capacidad de sus intérpretes para componer unos personajes creíbles sin abusar de la sensiblería. Con los únicos peros del propio Ismael (Larsson do Amaral, que hace un buen trabajo –muy por encima en la comparativa con el insoportable Jaden Smith- pero al que se le nota que es su primer papel en cine, transmitiendo simpatía pero poco más) y Juan Diego Botto (por debajo de sus posibilidades, quizá por falta de dedicación por parte de los guionistas hacia su personaje), el resto del electo protagonista está de diez, destacando Belén Rueda, que se ha ganado por derecho propio ser considerada la gran estrella del panorama nacional, ya sea en cine de terror, intriga o, como en esta ocasión, en drama (y donde coquetea con acierto con el humor) y cuyas escenas junto al magnífico Sergi López son lo mejor del film. La modelo, también debutante en pantalla grande, Ella Kweku no desentona y Mario Casas sorprende, dando un nuevo paso de gigante en su trayectoria y demostrando que puede distanciarse de su imagen de pegatina de carpeta de adolescente que se ganó a pulso con las taquilleras Tres metros sobre el cielo, Tengo ganas de ti y la serie televisiva de El Barco, mereciendo ser valorado como intérprete no sólo por quitarse la camiseta en sus películas más flojas sino por su buen hacer en títulos como la excelente Grupo 7, la interesante Las brujas de Zugarramurdi y, ahora, Ismael.

No se trata de una película perfecta, pero sabe tratar con acierto los temas del corazón, emocionando cuando debe emocionar y sacándonos una sonrisa cuando es necesario sacarla. Y eso no siempre es fácil.

lunes, 30 de septiembre de 2013

BRUJAS DE ZAGARRAMURDI (7d10)

Alex de la Iglesia no solo es un gran director, sino también un gran amante del cine que no duda en regar sus obras de guiños y homenajes a películas que le marcaron. Alcanza, sin embargo, en su último título niveles extremos cuando realiza un más que evidente revisionado del Abierto hasta el amanecer que parieron Robert Rodriguez (director) y Quentin Tarantino (guionista) allá por 1996.
Las coincidencias no son pocas: Jose y Tony (Hugo Silva y Mario Casas) realizan un atraco tal y como hicieran en aquella los personajes encarnados por George Clooney y Quentin Tarantino y huyen a toda prisa con intención de cruzar la frontera (aquí la francesa, en el anterior caso la mejicana), llevando consigo a un rehén (Jaime Ordóñez en lugar de Harvey Keitel) y llevando consigo, además, un niño (aunque es evidente que las comparaciones entre Gabriel Delgado y Juliette Lewis son más esquivas). Justo en la frontera deben detenerse en un bar de inquietante aspecto (mucho menos animado, eso sí, que la Teta Enroscada) y a partir de ahí una trama policíaca de robos y persecuciones se transforma en un festival de sangre y muerte, sustituyendo los vampiros de Rodríguez por brujas con claras connotaciones sexistas (de hecho, todo el envoltorio de la película, con brillantes diálogos que a la postre resultan lo más atractivo del film, gira alrededor de la lucha de sexos, llegándose a la conclusión inapelable de que las mujeres son malas, pero los hombres tontos).
No falta ni el momento erótico, con Carolina Bang en ropa interior bebiendo de un corazón y derramando sangre que recorre lujuriosa su cuerpo, evocando a Salma Hayek en la ya clásica escena con el champán (y para rizar más el rizo, ambas actrices eran en el momento del rodaje las parejas de los respectivos directores). Incluso en un momento de la trama Jose y Tony se refieren a Manuel (Ordóñez) diciendo que parece un cura, precisamente a lo que se dedicaba Keitel en Abierto hasta el amanecer.
Siendo coherentes con lo que supone la producción cinematográfica española con respecto a la americana, hay que reconocerle a Brujas de Zagarramurdi un presupuesto proporcional mayor al que tuvo Rodríguez en su bizarra fábula vampírica, con lo que aquí la acción va más allá del bar y el reparto de personajes es más coral, con la aparición de la exmujer de Jose (Macarena Gómez) y los dos inspectores que llevan el caso del robo (Pepón Nieto y Secun de la Rosa) en medio de todo el fregado, aunque a decir verdad son tramas que podría haberse ahorrado De La Iglesia por su escasa aportación al film.
Y es que si Abierto hasta el amanecer presentaba unos personajes interesantes que se diluían cuando la historia se transformaba en un delirio gore de lucha por la supervivencia, algo parecido le sucede a Brujas de Zagarramurdi, que tras un inicio brillante y emocionante termina dejándose llevar por los excesos visuales del aquelarre satánico perdiendo esplendor y abusando de tantos exageraciones y situaciones  absurdas que roza en algunos momentos el ridículo, y no solo ya por la aparición satánica final (que no desvelaré aquí, aunque tampoco es que haya mucho que desvelar) que recuerda a alguna producción de serie B que tanto gustaban a Sam Raimi, sino –sobretodo- por la forzada subtrama romántica impuesta para aspirar a un final feliz, o al desperdicio de personajes como los inspectores Calvo y Pacheco que no ayudan en nada al desarrollo argumental.
Como historia de entretenimiento a la que no se le pide demasiado, la película funciona, y son muchos los momentos delirantes que provocan la carcajada al espectador, pero teniendo a Alex de la Iglesia a los mandos cabría esperar algo más de un film desigual, abrumador y con un último tercio alargado y cansino que tiene su mejor virtud en el reparto, fundamentalmente televisivo, donde Silva, Casas y Ordóñez brillan con luz propia aunque, como no se podía esperar otra cosa, la verdadera reina de la función es una inmensa Carmen Maura, bien secundada por Terele Pávez, que con su talento permiten que perdonemos paparruchadas como las brujas interpretadas por Santiago Segura y Carlos Areces (y es que en España esto del amiguismo funciona demasiado).
Divertida, excesiva, apabullante, absurda, escatológica (la escena de Macarena Gómez en la letrina es tan desagradable como brillante) y visualmente apasionante, Brujas de Zagarramurdi es una película que sin duda provocará debate, pero que debe ser vista, pues aun con todos sus defectos las virtudes terminan por predominar, aunque deje una sensación agridulce por la cuesta abajo que supone el clímax final.

Talento tiene, pero no suficientemente aprovechado.