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miércoles, 27 de noviembre de 2019

ADIÓS

Aunque no quedé muy satisfecho con la película Tokarev, el debut de Pedro Cabezas en Hollywood de la mano de Nicolas Cage, debo reconocer que con su salto televisivo, encargándose de episodios de títulos tan notables como Penny DreadfulThe StrainFear The Walking Dead o American Gods, le ha portado suficiente experiencia como para, en su regreso a España (nueve años después de su exitosa Carne de neón), componer una de las mejores películas españolas del año, en un 2019 en el que nuestro cine ha estado especialmente sobresaliente.
Para los que siguen teniendo problemas con el cine patrio, insistiendo en que es siempre igual, le propongo el ejercicio de comparar el último estreno recibido, Si yo fuera rico, película prefabricada y en busca de un público acomodado, con esta maravilla que es Adiós. Sí, ya se que son géneros y estilos diferentes, pero no soy yo quien se empeña en meter todo el cine español en el mismo saco, ¿no?
Con un enorme Mario Casas a la cabeza (¿dónde están ahora los que lo criticaban tanto?), la película es un cruel relato de venganza tras la muerte, en un accidente de tráfico, de la niña pequeña del matrimonio formado por el personaje de Casas y el de la también excelente Natalia de Molina. En otras manos (y en otra filmografía), esta podría ser la clásica película de venganzas fraternales que bien podría haber protagonizado Liam Neeson, Mel Gibson o ingluso el propio Nicolas Cage, pero no, esto va de otra cosa, esto va de la España del sur, de la España real, de luchas territoriales entre clanes y familias. Y, sobre todo, va de realidad, de mucha realidad.
Con un tono sucio y hasta desagradable, la película busca más compartir el sufrimiento de los protagonistas que el placer propio de la venganza, poniéndose así en las antípodas de, por ejemplo, El justiciero de Eli Roth. En lugar de eso, Cabezas (que firma el guion junto a Carmen Jimenez y José Rodríguez) apuesta por un tono más intimista donde podemos sentir la pérdida de la niña como nuestra, y haciéndonos entender que, por difícil que parezca, la vida sigue tras la tragedia y que la obsesión ciega por esa venganza, por el todos contra todos, solo puede traer consecuencias aún peores.
Paco Cabezas brilla pues, en el aspecto más personal de la historia, pero esto no significa que se dejen de lado las escenas de acción, espectaculares y brillantemente dirigidas. El asalto al barrio de las 3000 viviendas, la pelea entre la policía a la que da vida Ruth Díaz o la secuencia final son meros ejemplos de que la cinta puede ser trágica y dolorosa a la par que emocionante y adrenalínica.
La España cañí es el escenario ideal para una historia sórdida, de bajos fondos, donde Casas ha tenido que reinventarse (asombroso lo que hace con su acento) para dar un paso más en su brillante carrera, aunque sin por ello desmerecer a un reparto que, en su totalidad, están excelsos.
Adiós, con una banda sonora también impagable (y lo dice alguien a quien no le gusta el flamenco, pero que se le puso la piel de gallina con cada canción) y una excelente ambientación, es una película que no se puede ver cómodamente sentado en la butaca, asaltado siempre por los nervios y que se sigue disfrutando (es un decir) una vez finalizada la proyección. Una joya a la altura de Quien a hierro mata o La trinchera infinita, por nombrar algún ejemplo de cine español angustiante y opresivo de este año.


Valoración: Ocho sobre diez.

lunes, 15 de julio de 2019

A PESAR DE TODO

Cuarta película de Netflix de producción española tras 7 añosFe de etarras y ¿Qué te llevarías a una isla desierta? (esta última la tengo pendiente) y parece que la racha se ha truncado, ya que la propuesta que dirige la argentina Gabriela Tagliavini es la más floja hasta la fecha.
Lo que no se le puede negar a A pesar de todo es su espectacular reparto. Tras un cuarteto protagonista de auténtico lujo (Blanca Suárez, Macarena García, Amaia Salamanca y Belén Cuesta), el elenco de secundarios es casi interminable: Juan diego, Joaquín Climent, Maxi Iglesias, Carlos Bardem, Tito Valverde, Emilio Gutiérrez Caba, Marisa Paredes, Rossy de Palma y hasta un breve cameo de Teresa Rabal. Sin embargo, ello no oculta los muchos defectos de una comedia muy plana, simplona y sin la gracia necesaria en los momentos cómicos ni el sentimentalismo apropiado en los dramáticos, los que provoca que la unión entre estos, por supuesto, no case adecuadamente.
A pesar de todo cuenta la historia de cuatro hermanas muy diferentes entre sí que viven bastante distanciadas hasta que la muerte de su madre las reúne y las obliga a entenderse cuando, tras la lectura del testamente, descubren que la persona que creían que era su padre no lo era y deberán seguir una serie de pistas para descubrir quien o quienes son sus verdaderos padres.
La historia es muy sencillita, y aunque no aporta nada extremadamente original (hasta Mamma mía! tenía más trasfondo) el guion se puede llegar a aceptar con simpatía y un puntito de complicidad. Los actores están bien, en especial ellas cuatro, que se entregan a su trabajo lo mejor que pueden. ¿Dónde radica, pues, el problema? Claramente, en la dirección. Tagliavini fracasa por completo en su puesta en escena, no consiguiendo sacar todo el partido posible al sensacional reparto, equivocándose casi siempre a la hora de colocar la cámara, estando torpe con las cámaras lentas y los cambios de ritmo y hasta desaprovechando el Madrid que actúa como telón de fondo y que se nota que pretende emplear a modo postal sin saber hacerlo.
Es una lástima, porque reunir a semejantes actrices para algo tan superfluo es un desperdicio, aunque por lo menos la duración de la película es tan breve (apenas ochenta minutos) que al menos no hay tiempo de aburrirse y, aunque solo sea por ellas, se puede ver como mera distracción.


Valoración: Cinco sobre diez.

martes, 27 de diciembre de 2016

ASSASSIN'S CREED: por fin un videojuego entretenido.

En un año donde Warcraft ha sido uno de los más sonados fracasos de taquilla (tan solo camuflado por el relativo éxito que ha tenido la película en China), Assassin'sCreed se erigía como la segunda oportunidad del mundo de los videojuegos de triunfar en Hollywood tras la mala fortuna que están teniendo en adaptaciones anteriores (la saga de Resident Evil y Prince of Persia es, quizá, de lo más potable del género), aunque las perspectivas no parecían muy halagüeñas.
Finalmente, si nos fiamos de los primeros resultados de taquilla, las previsiones se han cumplido y la película va camino a ser un nuevo fracaso comercial, pero lo cierto es que en esta ocasión no es tanto culpa de sus autores como de sus aspiraciones.
Lo primero que chirriaba en el proyecto era la elección de su director: Justin Kurzel no parecía el más indicado para una superproducción ambientada en el mundo de los videojuegos, más cuando lo único destacable de su filmografía anterior es Macbeth, donde contó ya con Michael Fassbender y Marion Cotillard. Sin embargo, una vez vista la película, es evidente el motivo de su elección, y es que las similitudes visuales entre Assassin's Creed y Macbeth son más que notables. De hecho, parece ser que fue el propio Fassbender, también productor, quien sugirió al director.
Así, con la adaptación de Shakespeare como referente, estaba claro que nos íbamos a encontrar ante una película bastante personal, donde la imagen y el estilismo predomina sobre las formas y que podría ser algo indigesta para el público más consumista. Además, su historia no adapta ningún juego en concreto, sino que se inspira libremente en la trama general sobre la eterna disputa entre Templarios y Assassins por hacerse con el fruto del Edén, un artefacto con el que poder dominar las mentes de toda la humanidad. Sin embargo, en los juegos estas luchas se han producido en Jerusalén, Florencia, Roma o Constantinopla, mientras que la película se centra en la España de 1492, lo que se traduce en una importante presencia de actores españoles en la película (con el gran Javier Gutiérrez y Carlos Bardem a la cabeza) y diversas panorámicas de la Sevilla del siglo XV o del Madrid actual (resulta curiosa la presencia del estadio Vicente Calderón).
Esta historia nueva más algunas notables diferencias son las que tampoco van a convencer a los grandes seguidores de la saga (que quizá no perdonen que la acción en el presente sea tan o más importante que la del pasado), lo que deja el target del film bastante reducido. Sin embargo, la realidad es que estamos ante una estupenda película de acción e intriga, cuya trama es bastante previsible aunque exigente con el espectador, y donde las escenas de acción están deliciosamente coreografiadas. El propio director ha querido rechazar los efectos digitales al máximo y se dice que Fassbender y la actriz Ariane Labed realizaron ellos mismos el 95% de sus escenas. Quizá aquí esté uno de los puntos débiles del film, que ante esta declaración de intenciones el director abusa de un montaje atropellado que en algunos momentos impide disfrutar completamente de lo que se está viendo.
Cierto es que la historia no soporta un análisis profundo en busca de verosimilitud, como tampoco lo haría el juego (en el fondo esto va de un tipo que se traslada al pasado gracias a la secuencia genética de su ADN, idéntica a la de un antepasado suyo), pero el ritmo narrativo, el buen hacer de los actores y sobretodo la impecable ejecución técnica (aunque tambiés se abusa un poco del "postureo" de algunos personajes) hacen de Assassin's Creed una película muy disfrutable y, probablemente, la mejor adaptación de un videojuego hasta la fecha.
Eso sí, en la 20th. Century Fox han apostado fuerte por un cine diferente y personal y la jugada puede haberles salido rana. Se pretendía hacer una trilogía. Habrá que ver si lo consigue.

Valoración: siete sobre diez.

domingo, 23 de agosto de 2015

LA DEUDA (7d10)

Dirigida por Barney Elliot con claras reminiscencias al cine social de Iñarritu, La deuda es una alegoría de cómo funciona nuestra sociedad, regida por intereses económicos en beneficio del capitalismo y siempre a merced de los más poderosos, pero apuntando también con el dedo al débil que no dudará en aprovecharse para su propio beneficio cuando la ocasión le sea propicia.
Utilizando como excusa la deuda externa de Perú, objeto del deseo de los tiburones de Nueva York, la trama se divide en tres historias tan, a priori, diferentes como los problemas de una enfermera por conseguir cita para que operen a su anciana madre, la negativa de un campesino de Pampacancha de vender sus tierras a un lugarteniente del lugar que promete grandes beneficios y bienestar y la historia de un ejecutivo americano y su compañero de orígenes peruanos que tienen como objetivo comprar todos los bonos del país andino muy por debajo de su valor real.
Con un planteamiento interesante y una puesta en escena enérgica y atractiva, Barney Elliot, guionista y director debutante, comete el mismo riesgo que el mencionado Iñarritu en títulos como Babel o 21 gramos, donde el empleo de diversos argumentos pueda provocar que alguno de ellos chirríe en consonancia con los otros, tal y como sucede aquí con la historia ambientada en Lima, que pese a la importancia capital que tiene en la conclusión forzada y moralista que unifica los tres argumentos, es por si sola la más inconsistente e irregular.
Una de las mejores bazas con las que cuenta Elliot para su película es la recuperación de Stephen Dolff, bastante desaparecido últimamente, junto a la siempre interesante aportación de David Strathairm, además de la correcta interpretación de Alberto Ammann, la aparición breve de Carlos Bardem o la presencia de desconocidos pero cumplidores intérpretes oriundos.
Coproducida entre Estados Unidos, España y Perú, la intención de Elliott es exteriorizar el problema de la deuda externa peruana para hacerla universal, en un cuento en el que el malo no es el rico, sino el poderoso, demostrando que cualquiera puede ser egoísta en pos de su propio beneficio sin reparar en que cada acción tiene su consecuencia, lo cual es ya de por sí una loable intención, por más que a la postre el mensaje de redención quede algo maniqueista y forzado, lo que junto a una imagen (a mi entender) algo triste del país andino (echo de menos una mejor utilización de los paisajes, quizá con alguna panorámica algo más generosa que las que nos ofrece Elliot) deslucen el resultado final de la obra.

lunes, 17 de noviembre de 2014

ESCOBAR, PARAÍSO PERDIDO (5d10)

Si me permiten la broma, voy a empezar mi comentario proponiendo un título alternativo: Escobar, oportunidad perdida.
Y es que esta aproximación a una de las figuras más controvertidas e importantes de la historia colombiana podría haber supuesto una actualización (en ciertos modos así lo pretende) de El Padrino de Coppola en su versión latina, pero prefiere (por cobardía o simplemente en busca de una mayor comercialidad) teñirse de rosa en una especie de Romeo y Julieta tan empalagoso como previsible.
Ya desde su arranque la película muestra sus carencias, ofreciendo hasta tres saltos en el tiempo en sus primeros cinco minutos que, a la postre, no ofrecen nada de interés al espectador más que, si acaso, avisarnos de antemano que pese a lo tramposo del título Pablo Escobar no es el protagonista del film, sino un turista en apariencia inocente y honesto (y en resolución bobo y pardillo) llamado Nick. Que sea Josh Hutcherson el elegido para encarnar el papel podría significar simplemente que el joven actor de Kentucky pretende dar el salto al cine “de adultos”, pero en realidad tan solo revela que la presencia del Peeta de Los juegos del hambre solo busca despertar el interés femenino, sin que a nadie parezca importarle que los esfuerzos del chico por resultar creíble resultan francamente estériles.
Aun así, su interpretación no es suficientemente sosa (sí su personaje) como para estropear la película, a la vez que la española Claudia Traisac realiza una buena interpretación y Benicio Del Toro está sencillamente magistral, como por otra parte cabría esperar. De esta manera, y considerando también que la realización es más que correcta, podríamos destacar al debutante Andrea Di Stefano como último artífice de los logros de la película. Sin embargo, lo peor del film es su guion y dado que también está firmado por el propio Di Stefano, la máxima responsabilidad sobre los aciertos y errores del resultado final deberían caer sobre él y nada más que sobre él.
Por si hubiera algún despistado por ahí que no lo sepa, Pablo Escobar fue el líder de una de las redes de narcotráfico más importantes de Colombia, aparte de un devoto creyente y amado padre y esposo que, para sus seguidores, era considerado casi un santo por sus obras de caridad (¿ven las referencias hacia Don Corleone?) al igual que era visto como un sádico déspota por sus enemigos. Ahí hay una gran historia que contar y el séptimo arte no podía dejar pasar la oportunidad de contarla, pero se comete el gran error (inexplicable a mi entender) de no quererle dar al personaje el protagonismo oportuno, dejando que el peso de la narración recaiga sobre un joven canadiense que trata de montar un negocio con su hermano en las playas Colombia y que tiene la desgracia de enamorarse de la sobrina de Escobar.
Este tal Nick es un personaje totalmente inventado, por lo que no estamos ante un biopic al uso. Al dejar que toda la trama se centre en el canadiense el autor se puede permitir todas las licencias históricas que le plazca, tratando de buscar la identificación del espectador con el chico, pero no prevé que, al no poder alterar el destino final de Escobar (eso sería una licencia demasiado grande) lo que suceda con el chaval en relación con el mafioso colombiano nos es, ya de antemano, completamente irrelevante, limitándose todo a descubrir si su historia de amor va a terminar en happy end o en tragedia.
Por otro lado, resulta muy difícil llegar a simpatizar con el protagonista (a mí, por lo menos), por no hablar ya de compartir sus decisiones o creerse el por otro lado estéril descenso a los infiernos del muchacho, que terminará vendiendo su alma al diablo para nada, haciéndonos creer por un momento que la película va a transformarse de drama a peli de acción (del subgénero de venganzas) como por arte de magia. Naturalmente, no es así, y todos los caminos recorridos por el supuesto héroe terminan siendo para nada. Así, nos encontramos al salir del cine con dos horas casi vacuas de las que solo podemos aprender retazos de la personalidad de este Escobar, definido como un Robin Hood moderno pero que no deja de ser, y perdonen la expresión, un grandísimo hijo de puta.
No hay aquí nada de cómo llegó a la cima de su poder, cómo tenía a la policía y al ejército comiendo de la palma de su mano o cómo concluye su historia. Pero claro, eso habría sido otra película, y no tendría nada que ver con la historia de amor teen abocada desde el primer minuto al desastre que parece interesarle a Di Stefano.
A modo anecdótico, me gustaría destacar que esta producción francesa (aunque España y Bélgica también han metido mano) sobre un canadiense rodeados de colombianos está protagonizada por un norteamericano rodeado de un puertorriqueño (Del Toro) y varios españoles (Traisac y Bardén, entre otros) y rodada en Panamá. No es que me parezca mal, pero me resulta curioso. ¿Tan malos son los actores colombianos?
Claro que no podemos destacar esto como algo necesariamente negativo, ya que sin la aportación de Del Toro la película sería totalmente diferente y él y sólo él consigue salvar los muebles las escasas veces que aparece en escena, con ese magnetismo animal que tan bien sabe provocar.
Lo dicho, la historia de Pablo Escobar podría ser apasionante, y esta película es una oportunidad perdida para poderla descubrir.