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miércoles, 21 de junio de 2017

AMERICAN PASTORAL, dolorosa radiografía americana.

American pastoral supone el debut en la dirección de Ewan McGregor, que se reserva además un apetitoso papel protagonista junto a la maravillosa Jennifer Connelly y a Dakota Fanning, la verdadera estrella de la función.
American pastoral es, además, una intensa novela de Philip Roth ganadora de un Pulitzer entre otros prestigiosos premios, una obra laureada y tremendamente difícil de adaptar, por lo que la simple valentía de McGregor de estrenarse en la silla de director con semejante propósito ya es por sí solo digno de elogio.
En una reunión de antiguos alumnos, un escritor de éxito recibe la noticia del fallecimiento de Levov, un amigo de la infancia. Levov, apodado como “el Sueco”, era la encarnación del sueño americano: joven, guapo y triunfador, el Sueco tenía un gran porvenir por delante. Hijo judío de un empresario bien aposentado, con una brillante carrera deportiva y enamorado de la chica más atractiva de la zona. Lo tenía todo para triunfar, y el nacimiento de su hija convertía a su familia en la perfección con la que cualquiera podría soñar. Pero en ocasiones, los sueños terminan truncándose…
American pastoral, con el Sueco y su familia como hilos conductores, hace un recorrido por la América de los años 60, vertiendo sus tintas contra algunas de las polémicas que acompañaron el mandato de Lyndon B. Johnson, como las protestas masivas por los derechos civiles de la población negra y la participación de Estados unidos en la guerra de Vietnam.
La América en la que se había criado el Sueco se está desmoronando, y su hija Merry (brillante también Hannah Nordberg en su encarnación de doce años) es quien va a pagar las consecuencias de ese descenso a los Infiernos ideológico y espiritual.
American pastoral es una película dura, que sacude las entrañas y hurga en las heridas de los valores familiares, haciendo que el matrimonio protagonista pierda el control de sus vidas sin que puedan hacer nada por retomar el rumbo.
Tiene McGregor algunas cosas a mejorar, como la excesivamente elíptica conclusión, que deja con ganas de saber más sobre los últimos días del Sueco y su esposa Dawn, o la sensación de que el actor da por supuestos muchos datos de la historia americana que pueden pasar desapercibidos para el espectador medio ajeno a ese país. Además, a medida que avanza el metraje, la crónica social comienza a perder peso para centrar los focos en el drama familiar, pero está este tan bien narrado que casi no importa demasiado.
American pastoral es una de esas películas que se disfruta (es un decir) durante su visionado, pero que una vez fuera de las salas de cine continúa removiendo las conciencias y los sentimientos, alargando la agonía y compartiendo el pesar del Sueco.
Convincente McGregor como actor y sobresalientes el elenco femenino, American pastoral es un prometedor debut que, si bien deja de lado algunas subtramas importantes de la novela, sabe resumir el espíritu y la esencia de la misma para ofrecer un relato que debía hablar de triunfadores y se debe conformar con el amargo regusto de la derrota y el dolor.

Valoración: Siete sobre diez.

domingo, 23 de agosto de 2015

LA DEUDA (7d10)

Dirigida por Barney Elliot con claras reminiscencias al cine social de Iñarritu, La deuda es una alegoría de cómo funciona nuestra sociedad, regida por intereses económicos en beneficio del capitalismo y siempre a merced de los más poderosos, pero apuntando también con el dedo al débil que no dudará en aprovecharse para su propio beneficio cuando la ocasión le sea propicia.
Utilizando como excusa la deuda externa de Perú, objeto del deseo de los tiburones de Nueva York, la trama se divide en tres historias tan, a priori, diferentes como los problemas de una enfermera por conseguir cita para que operen a su anciana madre, la negativa de un campesino de Pampacancha de vender sus tierras a un lugarteniente del lugar que promete grandes beneficios y bienestar y la historia de un ejecutivo americano y su compañero de orígenes peruanos que tienen como objetivo comprar todos los bonos del país andino muy por debajo de su valor real.
Con un planteamiento interesante y una puesta en escena enérgica y atractiva, Barney Elliot, guionista y director debutante, comete el mismo riesgo que el mencionado Iñarritu en títulos como Babel o 21 gramos, donde el empleo de diversos argumentos pueda provocar que alguno de ellos chirríe en consonancia con los otros, tal y como sucede aquí con la historia ambientada en Lima, que pese a la importancia capital que tiene en la conclusión forzada y moralista que unifica los tres argumentos, es por si sola la más inconsistente e irregular.
Una de las mejores bazas con las que cuenta Elliot para su película es la recuperación de Stephen Dolff, bastante desaparecido últimamente, junto a la siempre interesante aportación de David Strathairm, además de la correcta interpretación de Alberto Ammann, la aparición breve de Carlos Bardem o la presencia de desconocidos pero cumplidores intérpretes oriundos.
Coproducida entre Estados Unidos, España y Perú, la intención de Elliott es exteriorizar el problema de la deuda externa peruana para hacerla universal, en un cuento en el que el malo no es el rico, sino el poderoso, demostrando que cualquiera puede ser egoísta en pos de su propio beneficio sin reparar en que cada acción tiene su consecuencia, lo cual es ya de por sí una loable intención, por más que a la postre el mensaje de redención quede algo maniqueista y forzado, lo que junto a una imagen (a mi entender) algo triste del país andino (echo de menos una mejor utilización de los paisajes, quizá con alguna panorámica algo más generosa que las que nos ofrece Elliot) deslucen el resultado final de la obra.

domingo, 18 de mayo de 2014

GODZILLA (5d10)

Decepcionante.
Así de claro. Si no le gustan las críticas largas puede ahorrarse el resto del comentario. Una sola palabra resume a la perfección la sensación que a uno se le queda en el cuerpo después de ver al nuevo Godzilla.
Decepcionante.
No es una película mala, ni mucho menos. Incluso tiene momentos brillantes. Pero toda la genialidad que se intuía en su alargada campaña promocional y en esos trailers intensos que sin mostrar nada te dejaban inquieto ante lo que se insinuaba desaparece a los diez minutos de película y no vuelve a aflorar, y con cuentagotas, hasta la batalla final, larga y emocionante pero con demasiado regusto a Los Vengadores y, sobretodo, El hombre de Acero. Es decir, una hora y pico de absoluto vacío para darlo todo en un final de traca destruyendo una ciudad entera.
Después de dos prólogos (uno durante los títulos de crédito) sobre las pruebas nucleares de 1954 y el posterior salto a 1999 en Filipinas, que ya va poniendo los dientes largos sobre lo que nos espera, el principio es notable, con dos actores excelentes llevando la narración: efímero Bryan Cranston y anecdótica Juliette Binoche. Ambos, Joe y Sandra Brody, trabajan en la central nuclear de Janjira hasta que un accidente nunca aclarado provoca una fuga radioactiva que obliga a desalojar la zona y ponerla en cuarentena. De aquí saltamos quince años en el futuro cuando  el hijo de los Brody, Ford, ya es un adulto de pelo en pecho, soldadito fiel del ejército americano, amante padre y esposo y desconfiado hijo que no cree a su demente padre que sigue obsesionado con la explosión nuclear que le truncó la vida y lo arrastra hasta el cementerio de hormigón en que se ha convertido Janjira en busca de respuestas.
Hasta aquí la película tiene un ritmo notable, con una tensión palpable que va in crescendo sin necesidad de haber visto todavía bicho alguno, aunque el detalle de ver a Joe Brody gritando que algo malo está pasando sin que nadie le haga el más mínimo caso empieza a oler un poco mal, siendo tan manido como en la mayoría de las películas catastrofistas de Roland Emerich. Como sea, a partir de ahí la película comienza a ir cuesta abajo, resultando irónico que la aparición del monstruo de turno, que resulta no ser Godzilla, sino un Oteni (organismo terrestre no identificado). Y aquí encuentro el primer gran fallo, y es que el bicho de marras es espantosamente feo. De aspecto insectóide (un cruce entre una araña y una amantis religiosa) su diseño bebe demasiado del Alien de H.R. Giger y un robot, ya que tanto la confección de sus patas como su cabeza se me antojan ligeramente metálicos lo que, sinceramente, me saca de la historia y me hace olvidarme que estoy ante una superproducción estadounidense que hasta ahora era visualmente impecable.
A partir de ahora el protagonismo absoluto recaerá en Ford Brody, un insustancial Aaron Taylor-Johnson que no estaba mal en Kick-Ass y lo hacía francamente bien en Anna Karenina pero que no debía tener un buen mes mientras rodaba Godzilla pues está de lo más apático. Y ese es el segundo gran fallo de la película, pues su presencia molesta más que otra cosa (como sucediera con Matthew Broderick en el film del 98). Entiendo que lo que han pretendido los productores es dar más importancia al hombre que al monstruo, recordando que Godzilla es en realidad una metáfora sobre lo letal que puede ser la humanidad para sí misma, pero el camino elegido no ha sido ni de lejos el más acertado. Ford se pasará toda la película bailando al son de un “deus ex machina” que resulta mucho más inverosímil que la propia existencia de los monstruos atómicos. Verlo sobrevivir una vez a una situación mortal para el resto de sus acompañantes tiene un pase, pero a la tercera la paciencia del espectador empieza a flojear y todo amenaza con ser tomado a cachondeo.
Además, su participación implica una subtrama dramática con su mujer (Elizabeth Olsen, otra que pasaba por ahí y cuya presencia solo sirve para que ella y Aaron empiecen a conocerse un poco de cara a generar la química necesaria para la inminente Los Vengadores: la era de Ultron, en la que interpretarán a los hermanos Maximoff) y su hijo que jugarán un cansino “¿dónde estás que no te encuentro?” cada uno por su lado al más puro estilo Lo imposible, que para nada conecta con la emotividad del público.
Mientras, aparece por ahí un segundo Oteni (un macho y una hembra, claro, porque ya demostró Alien y su secuela que toda peli de monstruos que se precie debe tener una amenazante escena de “huevos” para que funcione) y ya es entonces cuando, por fin, el señor Godzilla se digna a aparecer.
Sentadas las bases de la acción y con un patético ejército americano dando tumbos por ahí como gallina sin cabeza, generando más peligro que soluciones, y con otra muestra de la desidia de los actores participantes, pues se dejan ver por ahí actores de renombre y demostrada calidad como Ken Watanabe, Sally Hawkins y David Strathairn y todos se limitan a poner la misma cara durante todo el metraje, se empieza a intuir que Godzilla no va a ser, ni mucho menos, la gran amenaza que nos estaban vendiendo, sino más bien… Y ahí lo voy a dejar, que a veces me pierdo y explico más de la cuenta.
Godzilla no es el protagonista de la película, por más que cuando aparece su presencia sea imponente y amenazadora, y el director, Gareth Edwards, prefiere el juego de la sutileza antes que la destrucción masiva que tanto hace disfrutar a Emmerich, director de la anterior aproximación yanqui al Kaiju japonés. En este sentido, hay que agradecer que no se limite a mostrar durante dos horas a Godzilla luchando contra los Oteni (para eso prefiero revisionar el King Kong de Jackson y la escena entre el simio gigante y el dinosaurio) que podría haber resultado tan cansino como Pacific Rin (de la que trata de desmarcarse desde el primer momento) hasta el punto que la escasa aparición del lagarto mutante recuerda al trabajo de Spielberg en Tiburón o los minutos iniciales de Parque Jurásico.
Algo debimos olernos cuando se contrató a un director como  Gareth Edwards para el film, sabedores de que su única película, Monsters, era una película de extraterrestres sin apenas extraterrestres y que funcionaba como metáfora social rodada con apenas cuatro duros. Lo segundo preocupante era la clasificación moral de siete años.
Godzilla bebe mucho de sus referentes japoneses y apuesta por un toque intimista que podría haber funcionado si no fuera porque termina aburriendo. Pasan muchas cosas, hay mucha acción, pero el estar constantemente esperando la aparición triunfal del monstruo hace que todo el tramo central de la película nos sobre, pese a contener algunas secuencias hermosas (como la del salto en paracaídas, justo la misma que nos muestras prácticamente entera en el tráiler) y una impactante banda sonora a cargo de Alexandre Desplat. Así, yo me pregunto: ¿vale la pena tanta acción y destrucción si al final vamos a ver más los resultados que los hechos?
Con una tonalidad gris que predomina gran parte de la película (y que me invita a aconsejar que a nadie se le ocurra pagar la diferencia que supone su visionado en 3D), el desenlace final es un resumen de todo lo que hemos estado esperando durante más de una hora, donde se da un giro a los propósitos y, como en El hombre de acero, los destrozos son tan descomunales y los planos de edificios enteros cayendo al suelo tan repetidos que cuesta imaginar que nos puedan vender un final feliz a la historia sin hacernos reparar en los miles (o millones) de muertos que han debido dejar atrás.
En fin, que si se analiza dejando de lado las expectativas iniciales y recordando que quieran hacer más una película con mensaje que un espectáculo de acción, la obra es superior al Godzilla de Emmerich. Sin embargo, yo me lo pasé mejor con la otra.
Eso también lo resume todo…