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jueves, 19 de octubre de 2017

Sitges 2017: WIND RIVER

Comanchería no solo fue una de las mejores películas del año pasado, colocándose entre las nominadas al Oscar pese a su origen independiente, sino que supuso también la consagración de su guionista, Taylor Sheridan, que ya había empezado a destacar gracias al libreto de Sicario
Con Wind River, donde además debuta como director, Sheridan cierra una especie de trilogía sobre los conflictos fronterizos, esas zonas en tierra de nadie donde la desolación lo domina todo y de la que es difícil escapar.
Sin las gotas de humor de la brillante película de David Mackenzie, Wind River versa sobre la investigación de un asesinato en una pequeña reserva india en el estado de Wyoming, una zona que no parece importarle a nadie y por lo que el FBI envía a una novata al frente de su primer caso.
En medio de unos hermosos paisajes nevados, tan bellos como mortales, la agente Jane Banner, con la ayuda del rastreador Cory Lambert, hará un recorrido por la américa más olvidada, de perdedores atrapados por sus raíces, siendo el asesinato un simple mcguffin para que Sheridan se recree con el retrato de esa tierra de perdedores que tanto le gusta describir en sus películas, avanzando con paso lento pero firme en una trama que, eso sí, derivará en un duelo propio del oeste más salvaje.
Bien apoyado en un reparto firme, que supone el reencuentro de Elizabeth Olsen y Jeremy Renner tras sus trabajos en el Universo Marvel, Wind River es una hermosa pero triste reflexión que, por lo pronto, ya se llevó un premio en la pasada edición del festival de Cannes.

Valoración: Siete sobre diez.

lunes, 4 de mayo de 2015

LOS VENGADORES: LA ERA DE ULTRÓN (8d10)

Había mucha expectativa ante la llegada de esta nueva película de la saga de Marvel. No era para menos. Los Vengadores (2012) de Joss Whedon rompió todos los pronósticos y batió auténticos récords de taquilla, ascendiendo al tercer puesto de las películas más taquilleras de la historia. Resultaba verdaderamente emocionante ver lo que iba a ser capaz de conseguir su secuela.
Sin embargo, habría que empezar señalando que Los Vengadores: la era de Ultrón no es para nada una secuela de aquel exitoso título, sino un episodio más en la titánica saga que Marvel está creando desde que debutara como productora propia con Iron man, creando una compleja historia río (de acuerdo que algunas de las películas tienen poca conexión con la trama de las gemas, pero alguna semillita hay siempre) que derivará, Dios mediante, en La guerra del Infinito. Así pues, Marvel y Whedon han planteado esta película como un escalón más hacia su meta, una oportunidad de aportar nuevos detalles sobre esas dichosas gemas y, de paso, analizar más en profundidad a algunos personajes que no tienen la posibilidad de desarrollarse en películas individuales, amén de presentar a algún que otro personaje (o concepto, como la mención de cierta nación) de cara al futuro.
A simple vista, sí podría parecernos esta Era de Ultrón una secuela al uso. De hecho, algunos medios torpes (mis amigos del CSI, ya sabéis, los Críticos Sesudos Intelectualoides), aseguran que Whedon se ha limitado a copiar el mismo esquema, con la simple fórmula de multiplicarlo todo sin criterio alguno. A esos opinadores (los mismos puristas que pueden rellenar páginas y páginas calibrando las diferencias entre un western épico o uno crepuscular sin constatar que en el fondo todos son tipos a caballo pegando tiros con escasas similitudes a sus homólogos reales) les diría que no tienen ni idea, y que un análisis más en profundidad revela las múltiples diferencias entre ambas películas. O quizá es cosa mía, que soy un purista de los comics…
Como sea, el propio Whedon debía ser consciente de lo imposible que sería contemplar esta película sin realizar comparaciones (tanto es así que tres son las referencias a as que se han de enfrentar estos Vengadores, más tarde lo analizaré con más calma) por lo que el mérito de haber construido una película tan extraordinaria es, a mi entender, más grande si cabe.
Ante todo, Los Vengadores: la era de Ultrón es una película entretenida, fresca y adrenalítica. Cuenta con grandes y épicos enfrentamientos y la acción no decae en ningún momento, desde ese prólogo tan “Bondiano” hasta la resolución final (escena intercréditos, que no postcréditos, incluida), pero además se toma el tiempo necesario para analizar la personalidad de sus protagonistas, reflexionar sobre las relaciones entre ellos y recordaros que, pese a sus inmensos poderes, no dejan de tener también grandes debilidades (eso de los héroes con pies de barro es toda una tradición para Marvel), consiguiendo aunar sin que rechine secuencias de gran trascendencia interna con grandes momentos de diversión.
Los que leéis habitualmente este blog ya sabéis que la acción desmedida, la destrucción sin más, termina por aburrirme. Ese final infinito de El hombre de Acero o la segunda mitad de Transformers 4 (las otras tres ya las tengo completamente olvidadas) son para mí un sinsentido digital en las que solo se destrozan cosas sin el más mínimo ápice de alma. Ya en Los Vengadores se veía mucha destrucción, pero con los interludios precisos para permitirnos coger aire. Y esa sensación de pausas entre combates, incluyendo el inmenso y épico combate final (sirva como ejemplo al conversación entre Ojo de Halcón y Wanda o la escena de Pietro), está más potenciada aún en esta película.
La era de Ultrón no es una película perfecta, como no lo es ninguna, y puede fallar allí donde acertaba Los Vengadores. En las inevitables comparaciones que mencionaba al principio resulta evidente que cuenta con la ventaja de no tener que justificar la presencia de cada uno de los protagonistas, que pese a haber sido ya presentados en anteriores películas necesitaban de un tiempo para conocerse entre ellos (cosa que el film de 2012 hacía ejemplarmente bien, por cierto), pero eso, que como positivo tiene que la acción arranca de inmediato sin perder tiempo en explicaciones innecesarias, provoca a su vez que los personajes nuevos queden algo desdibujados, que quizá falte algo más de tiempo para conocer mejor a Wanda y Pietro o que incluso el destino de personajes aparentemente secundarios como Strucker o Ulisses Klauer sean algo abruptos.
La era de Ultrón cuenta como, tras la disolución de SHIELD vista en Capitán América: Soldado de Invierno y Marvel: Agentes de SHIELD los Vengadores se dedican a buscar células ocultas de HYDRA y, de paso, recuperar el cetro de Loki, portador de una de las gemas del Infinito (de momento en cine ya hemos podido ver cuatro de las seis existentes). En estas, Tony Stark logra dar con la clave para finalizar un antiguo proyecto suyo, llamado Ultrón, consistente en la creación de Inteligencia Artificial. Ni que decir tiene que el asunto se le va de las manos y se va a liar parda con el tal Ultrón.
Sin perder el tiempo en introspecciones demasiado cargantes, La era de Ultrón, una película decididamente palomitera y espectacular, contiene elementos propios de films más reflexivos, como el apunte al complejo de Edipo (mucho más difuso que en el comic, donde la relación entre Ultrón y su creador original, Henry Pym –esto ha tenido que cambiar en la película porque el personaje de Pym no hace su aparición en el MCU hasta dentro de unos meses, en Ant-Man- es un conflicto paternofilial llevado a su máximo exponente), la pérdida de la inocencia o incluso una vuelta de tuerca a la fábula de la bella y la bestia. Todo tiene cabida en las más de dos horas y media que dura la película y que, aun pudiendo resultar por momentos agotadora, no aburre en ningún momento, gracias en buena medida a la inteligencia con la que Whedon reparte el tiempo entre sus protagonistas.
Más allá de sus valores propios como película, que dentro del género blockbuster roza la perfección, ya he comentado que el film iba a tener que sufrir tres grandes comparativas. La primera es con su propia antecesora, de la que sale airosa, aunque sin llegar a superarla. La segunda corresponde a la lucha que enfrenta a Marvel con su “distinguida competencia” por ser los dioses del Olimpo cinematográfico. Si gracias al Superman de Donner y al Batman de Burton  parecía que DC era la única editorial de comics de superhéroes con derecho a triunfar en taquilla la “nueva” Marvel no solo ha plantado cara a la DC “nolaniana” sino que, en mi parecer, la ha terminado por superar. No solo el titánico proyecto de hacer una especie de serie cinematográfica le está funcionando bien (incluso con productos a priori menos comerciales como Los guardianes de la Galaxia) sino que ha demostrado una cohesión y claridad de ideas de la que parecen carecer en la acera de enfrente. Se temía, por las palabras de Whedon hablando de una película más oscura (y vista la innegable calidad de la sobria Capitán América: el soldado de Invierno) que estos nuevos Vengadores se iban a acercar bastante a la oscuridad que desde que se impusiera en la trilogía del murciélago está marcando la nueva corriente superheróica, a juzgar por ese sombrío y totalmente carente de humor Hombre de Acero, y que se reflejaba en otras películas supuestamente palomiteras como Godzilla.
Pero no, Los Vengadores están a otra cosa, muy por encima de modas y corrientes, y si bien es verdad que están más serios y reflexivos que en la primera entrega esto corresponde más a una madurez en los personajes, a una conciencia de las consecuencias de sus propios actos, que a un cambio de orientación.
Cambian, podríamos decir, las maneras, pero no las formas, y mientras los debates internos y las relaciones afectivas van marcando el camino del futuro los chascarrillos se siguen sucediendo, recordando que el drama puede ir de la mano del humor siempre que se haga con el corazón. Puede que alguien quiera criticar el exceso de chistes en momentos de máxima tensión, pero no nos engañemos, esto es Marvel, y así han sido las cosas aquí desde aquella antológica portada de comic en la que el Capitán américa arreaba un puñetazo en la cara al mismísimo Hitler.
Whedon es perro viejo (pese a que apenas es un novato en esto del cine) y sabe que no necesita ni de la amarga trascendencia de Nolan ni del artificio colorista y explosivo de Michael Bay para crear una obra compleja pero sin complejos, épica pero dinámica, emotiva pero sin melodramas. Y es que hasta esto lo hace bien el director: emocionando y retorciéndonos el corazón cuando menos se espera, preparando el camino en una dirección para dar un repentino volantazo que, en medio de una narrativa que podría parecer tópica, retorcer e incluso burlarse de los convencionalismos para demostrar que es posible sorprender en una historia que todo el mundo sabe cómo debe concluir.
Y eso nos lleva a la tercera comparativa, quizá la que más pueda perder. Y es que si la carga dramática (amén de la semilla que se planta del distanciamiento entre Iron Man y el Capi y de la relación –o no relación, según lo queramos ver- sentimental que se vislumbra) viene dada sobre todo por esos misteriosos hermanos gemelos que actúan por venganza tras la muerte de sus padres (se les llama “mejorados”, ya que en cine la palabra mutante es propiedad de la Fox), es inevitable comparar al Pietro Maximoff que interpreta Aaron Taylor-Johnson con el Peter Maximoff al que dio vida Evan Peters en X-men: Días del futuro pasado. Efectivamente, ambos personajes son el mismo en el mundo del comic, pero el complicado entramado de los derechos legales  los ha desdoblado en cine aunque manteniendo sus poderes originales.  No hay duda de que el Maximoff de la película de Bryan Singer tenía una escena mucho más espectacular que todas las apariciones de Pietro en La era de Ultrón, pero también se podría decir que llegó a morir de éxito, pues finalizada dicha escena el chico desaparecía de pantalla para dejar el terreno libre “a los mayores”. Aquí el héroe luce mucho menos, pero mantiene su propia subtrama hasta el final, y es una apuesta ganadora afirmar que lo que acontece a los hermanos Maximoff marcará sin duda el futuro de la saga.
Conseguí con el visionado de esta película algo que hoy en día se me antoja casi imposible, ir a las salas sin apenas idea de lo que me esperaba, gracias en buena parte a un par de trailers muy bien confeccionados que no llegaban a desvelar casi nada de la trama y que incluso invitaba al engaño. Es por eso por lo que quiero mantenerme muy cauto con no desvelar nada más de lo que ya se ha machacado estos días en los medios de comunicación y me limitaré a mencionar la aparición de La Visión, otra apuesta de futuro para la franquicia y que compone el primero de los muchos secundarios de lujo que decoran esta gran película, una especie de fin de fiesta a lo grande para la Fase Dos de Marvel (queda Ant Man, pero por magnitud creo que será más bien un epílogo antes de adentrarnos en la tercera y definitiva fase) que nadie ha querido perderse (y los que no han podido estar son mencionados en uno de los muchos chistes antológicos del film), un espectáculo de luces y sonido donde la Santísima Trinidad siguen siendo Iron Man, Thor y el Capitán américa pero cuyos minutos están magníficamente bien repartidos y nos presenta sorpresas que a estas alturas de la historia ya no nos esperábamos de ciertos personajes, aunque quizá se eche algo en falta el protagonismo cómico que tenía Hulk (aquí mucho más Banner que nunca) en la primera película y que ha sido sustituido, como elemento sobre el que giran los mejores chistes, por el propio Mjolnir.
Quizá la peor noticia de la película sea la confirmación de que Whedon, agotado por el titánico esfuerzo de llevar a buen puerto tan magna producción, no estará a los mandos de la tercera aventura de los héroes más poderosos de la Tierra, aunque se espera que siga vinculado de alguna manera al MCU. Al menos sabemos que sus sustitutos, los hermanos Russo, son una buena garantía tras su Soldado de Invierno. Por eso el final de la película tiene un ligero tono a despedida, aunque quizá lo más glorioso de todo sea que, por muy espectacular que sea todo, por muy definitivas que parezcan las batallas, por muy colosal que sea la amenaza de Ultrón, esto no son sino los preparativos de lo que está por llegar. La película es casi una hoja de ruta codificada exclusivamente para los Marvel Zombies más fieles que marca las pautas que conducirán hasta el enfrentamiento definitivo contra cierto ser de tono violáceo. Siempre que primero logren sobrevivir a su propia guerra civil, claro.
Magnífica en todo su esplendor, sólo puedo concluir tal y como lo hace el Capi en la última escena (y si esto es un spoiler, después de esta parrafada, casi hasta me da igual), al grito de: “Vengadores…”
Fundido final.

domingo, 18 de mayo de 2014

GODZILLA (5d10)

Decepcionante.
Así de claro. Si no le gustan las críticas largas puede ahorrarse el resto del comentario. Una sola palabra resume a la perfección la sensación que a uno se le queda en el cuerpo después de ver al nuevo Godzilla.
Decepcionante.
No es una película mala, ni mucho menos. Incluso tiene momentos brillantes. Pero toda la genialidad que se intuía en su alargada campaña promocional y en esos trailers intensos que sin mostrar nada te dejaban inquieto ante lo que se insinuaba desaparece a los diez minutos de película y no vuelve a aflorar, y con cuentagotas, hasta la batalla final, larga y emocionante pero con demasiado regusto a Los Vengadores y, sobretodo, El hombre de Acero. Es decir, una hora y pico de absoluto vacío para darlo todo en un final de traca destruyendo una ciudad entera.
Después de dos prólogos (uno durante los títulos de crédito) sobre las pruebas nucleares de 1954 y el posterior salto a 1999 en Filipinas, que ya va poniendo los dientes largos sobre lo que nos espera, el principio es notable, con dos actores excelentes llevando la narración: efímero Bryan Cranston y anecdótica Juliette Binoche. Ambos, Joe y Sandra Brody, trabajan en la central nuclear de Janjira hasta que un accidente nunca aclarado provoca una fuga radioactiva que obliga a desalojar la zona y ponerla en cuarentena. De aquí saltamos quince años en el futuro cuando  el hijo de los Brody, Ford, ya es un adulto de pelo en pecho, soldadito fiel del ejército americano, amante padre y esposo y desconfiado hijo que no cree a su demente padre que sigue obsesionado con la explosión nuclear que le truncó la vida y lo arrastra hasta el cementerio de hormigón en que se ha convertido Janjira en busca de respuestas.
Hasta aquí la película tiene un ritmo notable, con una tensión palpable que va in crescendo sin necesidad de haber visto todavía bicho alguno, aunque el detalle de ver a Joe Brody gritando que algo malo está pasando sin que nadie le haga el más mínimo caso empieza a oler un poco mal, siendo tan manido como en la mayoría de las películas catastrofistas de Roland Emerich. Como sea, a partir de ahí la película comienza a ir cuesta abajo, resultando irónico que la aparición del monstruo de turno, que resulta no ser Godzilla, sino un Oteni (organismo terrestre no identificado). Y aquí encuentro el primer gran fallo, y es que el bicho de marras es espantosamente feo. De aspecto insectóide (un cruce entre una araña y una amantis religiosa) su diseño bebe demasiado del Alien de H.R. Giger y un robot, ya que tanto la confección de sus patas como su cabeza se me antojan ligeramente metálicos lo que, sinceramente, me saca de la historia y me hace olvidarme que estoy ante una superproducción estadounidense que hasta ahora era visualmente impecable.
A partir de ahora el protagonismo absoluto recaerá en Ford Brody, un insustancial Aaron Taylor-Johnson que no estaba mal en Kick-Ass y lo hacía francamente bien en Anna Karenina pero que no debía tener un buen mes mientras rodaba Godzilla pues está de lo más apático. Y ese es el segundo gran fallo de la película, pues su presencia molesta más que otra cosa (como sucediera con Matthew Broderick en el film del 98). Entiendo que lo que han pretendido los productores es dar más importancia al hombre que al monstruo, recordando que Godzilla es en realidad una metáfora sobre lo letal que puede ser la humanidad para sí misma, pero el camino elegido no ha sido ni de lejos el más acertado. Ford se pasará toda la película bailando al son de un “deus ex machina” que resulta mucho más inverosímil que la propia existencia de los monstruos atómicos. Verlo sobrevivir una vez a una situación mortal para el resto de sus acompañantes tiene un pase, pero a la tercera la paciencia del espectador empieza a flojear y todo amenaza con ser tomado a cachondeo.
Además, su participación implica una subtrama dramática con su mujer (Elizabeth Olsen, otra que pasaba por ahí y cuya presencia solo sirve para que ella y Aaron empiecen a conocerse un poco de cara a generar la química necesaria para la inminente Los Vengadores: la era de Ultron, en la que interpretarán a los hermanos Maximoff) y su hijo que jugarán un cansino “¿dónde estás que no te encuentro?” cada uno por su lado al más puro estilo Lo imposible, que para nada conecta con la emotividad del público.
Mientras, aparece por ahí un segundo Oteni (un macho y una hembra, claro, porque ya demostró Alien y su secuela que toda peli de monstruos que se precie debe tener una amenazante escena de “huevos” para que funcione) y ya es entonces cuando, por fin, el señor Godzilla se digna a aparecer.
Sentadas las bases de la acción y con un patético ejército americano dando tumbos por ahí como gallina sin cabeza, generando más peligro que soluciones, y con otra muestra de la desidia de los actores participantes, pues se dejan ver por ahí actores de renombre y demostrada calidad como Ken Watanabe, Sally Hawkins y David Strathairn y todos se limitan a poner la misma cara durante todo el metraje, se empieza a intuir que Godzilla no va a ser, ni mucho menos, la gran amenaza que nos estaban vendiendo, sino más bien… Y ahí lo voy a dejar, que a veces me pierdo y explico más de la cuenta.
Godzilla no es el protagonista de la película, por más que cuando aparece su presencia sea imponente y amenazadora, y el director, Gareth Edwards, prefiere el juego de la sutileza antes que la destrucción masiva que tanto hace disfrutar a Emmerich, director de la anterior aproximación yanqui al Kaiju japonés. En este sentido, hay que agradecer que no se limite a mostrar durante dos horas a Godzilla luchando contra los Oteni (para eso prefiero revisionar el King Kong de Jackson y la escena entre el simio gigante y el dinosaurio) que podría haber resultado tan cansino como Pacific Rin (de la que trata de desmarcarse desde el primer momento) hasta el punto que la escasa aparición del lagarto mutante recuerda al trabajo de Spielberg en Tiburón o los minutos iniciales de Parque Jurásico.
Algo debimos olernos cuando se contrató a un director como  Gareth Edwards para el film, sabedores de que su única película, Monsters, era una película de extraterrestres sin apenas extraterrestres y que funcionaba como metáfora social rodada con apenas cuatro duros. Lo segundo preocupante era la clasificación moral de siete años.
Godzilla bebe mucho de sus referentes japoneses y apuesta por un toque intimista que podría haber funcionado si no fuera porque termina aburriendo. Pasan muchas cosas, hay mucha acción, pero el estar constantemente esperando la aparición triunfal del monstruo hace que todo el tramo central de la película nos sobre, pese a contener algunas secuencias hermosas (como la del salto en paracaídas, justo la misma que nos muestras prácticamente entera en el tráiler) y una impactante banda sonora a cargo de Alexandre Desplat. Así, yo me pregunto: ¿vale la pena tanta acción y destrucción si al final vamos a ver más los resultados que los hechos?
Con una tonalidad gris que predomina gran parte de la película (y que me invita a aconsejar que a nadie se le ocurra pagar la diferencia que supone su visionado en 3D), el desenlace final es un resumen de todo lo que hemos estado esperando durante más de una hora, donde se da un giro a los propósitos y, como en El hombre de acero, los destrozos son tan descomunales y los planos de edificios enteros cayendo al suelo tan repetidos que cuesta imaginar que nos puedan vender un final feliz a la historia sin hacernos reparar en los miles (o millones) de muertos que han debido dejar atrás.
En fin, que si se analiza dejando de lado las expectativas iniciales y recordando que quieran hacer más una película con mensaje que un espectáculo de acción, la obra es superior al Godzilla de Emmerich. Sin embargo, yo me lo pasé mejor con la otra.
Eso también lo resume todo…


lunes, 10 de febrero de 2014

OLD BOY * (4d10)

Por mucho que Spike Lee se canse en decir que no es un remake, sino una adaptación directa del comic, es imposible evitar las comparaciones con la brillante película de Chan-wook Park. No voy a ocultar mi admiración por el cine de Park –basta con que reviséis mi crítica de Stoker-, pero lo cierto es que no hay en esta nueva versión de una terrible historia de venganza nada de la belleza visual y el colorido de la original, más allá de algunos carteles inspirados y un par de escenas concretas.
Ya de entrada no hay nada destacable desde el punto de vista de la dirección. Spike Lee fue años atrás un director de gran personalidad caracterizado por su lucha por la igualdad social, siendo Malcon X su mejor ejemplo, pero de un tiempo a esta parte se ha domesticado en exceso y aun manteniendo sus dotes fílmicas no muestra unas señas de identidad destacables.
En vacío el debate sobre si es o no necesario este remake, ya que debemos recordar que el público objetivo es el americano y posiblemente ellos no habrán podido disfrutar (y mucho menos doblada al inglés) la Old Boy de Park, por lo que es mucho más lógico un remake como este que, por ejemplo, el de Robocop que llegará a España en unos días.
Old Boy cuenta la historia de un hombre despreciable, alcohólico, tan mal marido como padre, que un día es secuestrado y retenido durante veinte años en una pequeña habitación mientras mediante un televisor es informado del atroz asesinato de su ex mujer y de cómo él es el principal sospechoso, siendo buscado por la policía y repudiado por su propia hija. Cuando al fin consiga la libertad pondrá en marcha una sangrienta venganza y una búsqueda de la redención sin más ayuda que la de una joven voluntaria social.
El principal escollo de la película, dejando de lado las comparaciones, está en la interpretación de dos de los protagonistas (Elizabeth Olsen está muy bien, como nos tiene acostumbrados), ya que Josh Brolin lo borda cuando tiene que ser desagradable y consigue que lo odiemos pero fracasa a la hora de convencernos para empatizar con él y apoyemos su cruenta venganza que, por otro lado, no le resulta demasiado complicada (dejando de lado el giro final que no es cuestión de revelar aquí), mientras que Samuel L. Jackson insiste en mimetizarse en tipos extravagantes y ridículos que no ayuda a que nos involucremos en la trama.
Las escenas de lucha no son, desde luego, lo fuerte de Lee, que no domina el arte de las coreografías  como merece una historia surgida de un comic oriental, propiciando que la venganza de este hombre llamado Doucett sea menos creíble todavía.
Si bien su argumento es interesante, su puesta en escena es cansina y pesada, llegando a aburrir durante su primera mitad, alargando en exceso esos veinte años que dura el encierro, de manera que cuando empieza la acción el público ya ha perdido gran parte del interés. Y cuando eso sucede, en ocasiones es imposible recuperarlo.
Para rematar, la distribuidora es la primera que no ha confiado para nada en la película, habiéndose estrenado (otra más) muy mal, casi a escondidas, por lo que de nuevo he tenido que recurrir a una “sesión privada” como muestra el asterisco de arriba.

Y puestos a tener que recurrir al cine de salón, ¿por qué no os revisáis mejor la película de Chan-wook Park?